Chapter Text
— ¿Por qué no puedo salir mamá?
—Es peligroso para alguien como tú y como yo.
— ¿Por qué?
—Hay muchas personas que no nos quieren como somos. Nos temen sin razón y en ello, vienen que hagan cosas tontas. Como querer hacernos daño.
— ¿Quién nos quiere hacer daño?
—Muchas personas. Muchas.
—pero, mamá, afuera es muy bonito ¿Por qué habría algo malo afuera?
—La belleza ayuda a cubrir la maldad Jin, pero no olvides que estas personas no hacen porque nos tienen miedo. Creen que somos malos... Están asustados, como nosotros de ellos—Es dejado en la cama—. Recuérdalo ¿Sí? A veces las cosas malas pasan, porque hay gente asustada.
Asiente y la mujer apaga la vela. Jin aguarda a que ella se vaya al piso de arriba para salir de la cama, ponerse zapatos y salir por la ventana de su habitación. Estando en uno de los enormes jardines de la casa que tienen. Sonríe amplio, estirando las manos donde las pequeñas partículas brillantes se empiezan a acumular.
Sabe que su mamá es bruja, sabe que quizá también sea uno pronto, pero lo que guarda con mayor certeza dentro de sí es que la magia existe ¿Cómo lo sabe? Puede verla. Brillando de aquí allá. Energía danzante que se alegra de cada tipo de vida, energía que se transforma en vida por sí misma.
Corre hacia el bosque, persiguiendo un largo hilo y encontrando a una persona tirada en el suelo. Herida e inconsciente. Se acuclilla, revisando lo que tiene más. Encontrando que tiene una flecha clavada en la pierna. La saca y pone las manos en la herida.
—N-niño- No...
El dolor lo despierta, pero Jin observa como la energía se condensa ahí; sana la herida y el hilo se vuelve más grueso. Sonríe amplio antes de apartar la mano.
—C-cómo-
—Ten cuidado. Heridas feas matan. —Recomienda con deje tierno. La mujer se sienta, abriendo y cerrando la boca al mismo tiempo que lo ve con incredulidad. Jin sacude la mano para despedirse y volver de dónde vino.
— ¿Por qué la queman mamá?
—Porque están asustados.
Jin ladea la cabeza, tomado de la mano de su madre. Una mujer ya muerta y carbonizada que aun arde. Su madre reanuda el andar, acomodando uno de los mechones de su cabello. Jin da largos pasos, el niño de seis años que curiosea todo sin poder evitarlo. Estando siempre recluido en casa, es imposible no maravillarse hasta de lo más tonto al salir.
—Mamá ¿Qué son las cosas que brillan?
— ¿Cosa que brillan?
—Sí. Aquí no hay muchas, pero en el bosque sí. Son luces que están en los árboles, los animales ¿Qué son? —pide saber. Pues él no tiene una idea clara de ello más allá de decir: Es magia—. También se ven mucho cuando mueves el palito. —Fuera de casa, no puede decir varita. Todos se vuelven locos con esa palabra. Al menos eso dijo su madre.
— ¿Siempre lo ves? —interroga deteniéndose con gesto sorprendido.
—Sí. Siempre. Así no me da miedo la oscuridad cuando apagas la vela. Siempre hay luz y son muy bonitas.
La bruja permanece pensativa todo el camino de regreso a casa.
. . .
—Esta es la varita de mamá, por ende, no te va a ir muy bien—Advierte entregándosela—. ¿Qué ves? ¿Sientes algo? —Jin asiente.
—Es cálida. Se siente... Viva. —responde.
—Dentro de ella, hay un núcleo que permite a la magia ¡Pup! Salir—explica tomándola con él. Su mano delicada y grande en comparación a la infantil, cuyas puntas están rosas—. Vamos a probar ¿Sí? Piensa en que quieres que la flor florezca. Uno, dos, tres.
Jin sigue el movimiento de su progenitora y a medida que la rosa florece, ella sonríe y lo abraza con fuerza. Jin se gira para abrazarla de regreso. Feliz de ser como ella.
A partir de ese día su madre se dedica a enseñarlo a hacer magia. Lo mucho que tiene la mujer. Desde rituales hasta hechizos sencillos para cocinar y no quemar la casa entera. Jin se dedica enteramente a los rituales. Encontrándolos más que fascinantes junto a las ilustraciones que poseen.
Las bodas, los bailes, las canciones, incluso se imagina escuchando la música. También aprende como hacer prendas de cristales. Protecciones, amuletos y demás. Siendo especialmente bueno para él. Andando por el mercado a dos horas y tanto de casa, Jin da cuenta de una persona enferma y estuvo a poco de sacar la varita para ayudar con eso.
Su mamá lo detuvo a tiempo.
— ¿Por qué no puedo ayudarlo?
—Si muestras tu magia, ellos harán lo mismo que a la mujer aquella ves ¿Lo recuerdas? —Jin sube las cejas y levanta el labio inferior—. Jin, somos criaturas fascinantes, distintas y especiales... Criaturas que ellos creen una amenaza. Pase lo que pase. Sin importar nada, a no uses magia si hay alguien viéndolo.
Abre un poco más los ojos.
—Si hay alguien frente a ti, no lo hagas. Así estarás a salvo. Te lo prometo. —Sonríe suave—. Venga, vamos, aún faltan algunas cosas.
Empieza a cuestionarse: Si la magia es algo tan bello, tan especial y maravilloso ¿Por qué debería de esconderlo? A más pasaban los años, el cuestionamiento no hace sino crecer. Volviéndose más salvaje y atormentante en su cabeza llena de ansiedad por mostrar todo lo que pueda hacer.
Como puede manejar la energía para ayudar a otros. Curando varios animales que vienen heridos por cacerías cercanas, manteniendo su primera rosa viva y alegre. Saliendo por la noche a bailar con la energía que tanto lo acaricia y acobija sin falta cada vez que va a por ella.
Su madre lo elogia mucho en todo lo que hace. Siendo gran perfección en la perseverancia, en las ganas de conseguirlo. Experimentar en todo lo que su potencial puede llegar a tener.
Contraria a la idea de muchos magos –según su madre-, no odia a Dios. La idea que lo compone le parece genuinamente bella. Una que llena de esperanza a las personas que no tienen ni pueden ver la magia. Tras haber leído la biblia y hallar apartados entre extraños y poco lindos para él, lo encuentra como un relato de magia.
Pura fantasía que ellos son capaces de hacer realidad. Separar el mar, hacer que salga agua de una roca, invocar plagas; diría que lo más natural, es pensar que hay magia en las personas. Que no deberían ser rechazadas por ello. No obstante, se desvía, la gente trasversa a su gusto, considerando malo que bien puede ser un don de Dios.
Quizá los magos que tanto se esmeran en eliminar, son un regalo que Dios les está enviando y son incapaces de darse cuenta de ello. Contaminado por el pecado de la avaricia y la envidia. Jin se pregunta si solo da muchas vueltas a la situación o es efectivamente así.
Estando en misa, aburrido como ostra, no puede ser de otra forma. Teniendo trece años de vida, debería ser imposible morir de aburrimiento cada domingo para escuchar a un sacerdote. Le genera demasiado aburrimiento que demoren tanto.
—No puedo salir, pero si tengo que venir a soportar eso ¿Por qué? —queja dramático. Puede que escucharlo lo aburra, pero el lugar le gusta y su madre lo sabe, por ello no evita responder con una sonrisa, divertida.
—Porque todo tiene su magia, si te acostumbras a la que no entiendes, seremos más normales. —susurra.
Bufa, fingiendo poco convencimiento de la motivación que da su madre para ir a una iglesia. Es bonita, no lo va a negar. El olor a incienso es agradable, los colores que dan los vitrales son encantadores por la luz solar. Da un suspiro, percibiendo la magia que hay en el lugar. Tan suave y amable. Voltea bruscamente la cabeza, habiendo sentido un chispazo extraño por un niño que lo tocó en la mano.
Un simple accidente. Lo observa atentamente, notando débiles hilos de magia rodeándolo.
—Lo siento. —dice apurado, yéndose con rapidez a lo que debe hacer. No pudo detallar su cara, por desgracia.
Jin lo ve poco después entre el coro. Un monaguillo especialmente bueno en lo que hace, con una enorme sonrisa mientras entona notas altas y manifiesta su tan fuerte creencia en el ser supremo. Sonríe enternecido, dando cuenta de cómo la magia se alborota a su alrededor.
Su ferviente y genuina creencia, pasos buenos y alma pura como se exige para estar ahí, lo hacen resaltar por sobre los demás. Con resaltante belleza infantil y voz melodiosa ¿Qué más le gusta de la iglesia? La gente, que converge por esperar magia. Una distinta que ellos mismos explican. Desconociendo que fluye. Es un lugar con mucha energía. La forma tan tierna en que transita, se envuelve y cobija a quienes vienen con la fe ciega en ello.
Llama su atención que estos destellos, se mantengan lejos de algunos. Principalmente los nobles de gestos afables, el sacerdote que da la misa y contadísimas personas más. Por más que quisiera entenderlo, no tiene manera de hacerlo. Incluso le hubiera gustado hablar con el monaguillo, pero se tuvo que ir.
A medio de la salida da cuenta de que algo golpea desde fuera y cristales de los vitrales caen. Casi matan a varias personas, Jin mantiene la varita bajo su manga, musitando el hechizo en voz baja y deteniendo la caída, echándolos a un lado donde no hicieran daño. Ve alrededor nervioso antes de apurarse a ir con su madre. Ella no se dio cuenta.
Nadie lo hizo, en realidad.
Solo un par de nobles, el monaguillo y el sacerdote.
Su casa fue atacada.
Su mamá no aparece.
No sabe que se supone que tenga que hacer ahora varado a mitad del bosque. Moquea, escondiendo el rostro entre sus brazos. Queriendo, de forma genuina, odiar a las personas que entraron a su casa destruyéndola, las que ocasionaron que su madre se fuera...
Quisiera odiarlos, pero sigue pensando que ellos creen que es una amenaza. Que, al hacer magia, desafía las leyes de Dios. Todos ellos están asustados. Levanta la cabeza, dando cuenta de cómo la energía se esmera en hacerse notar, en hacer que la siga. Levanta de su escondite, siguiendo los incontables hilos.
En su camino es capaz de ver un campo floreado. Pone las manos en el suelo y miles de partículas brillantes brotan. Al igual que una sonrisa enorme.
— ¿Hay alguien aquí...? —Se pregunta Jin, suave, echándose ahí y girando para ver arriba. Poco más que árboles frondosos.
Percibe que hubo vida aquí.
Que hubo dos vidas aquí.
Entrecierra los ojos. Pensando en decirle a su mamá que los descubrieron por su culpa, pero piensa ¿Por qué no iba a ayudarlos si podía? Tenía que hacerlo, aun cuando me verían. Da una suave sonrisa. A pesar de todo, está satisfecho de haber salvado a esas personas. Tenía la posibilidad a la mano. La tomó.
Quien tiene el poder y no lo usa, es casi un culpable. Al menos eso concluye.
Levanta la varita y la agita en una determinada forma, recitando un hechizo que le viene susurrado por las mismas flores. Una forma de ser uno de ellos. Que su energía repose en la tierra hasta que su madre venga a buscarlo...
Incluso si no llega nunca, estará más feliz formando parte de la hermosa naturaleza llena de magia a la que siempre ha estado despierto para ver.
— ¡LO ENCONTRÉ!
— ¡MAMÁ! ¡MAMÁ!
Sus gritos desesperados quedan silenciados multitud. Quedando como un mudo lamento a la mujer quemada en una hoguera enorme. Cae por estar hecha de madera. Empujan a Jin, forzándolo a andar a la otra, aun apagada y donde lo atan con tanta fuerza que lo lastiman.
—Por favor... por favor...
Solloza suplicante, luciendo más niño; más desesperado; más inocente.
— ¿No es exagerado? Quizá ella era una bruja, pero él no...
Dice una mujer con la mano en el pecho y gesto penoso.
—Puede ser un niño robado.
Propone un hombre con genuino dolor de verlo ahí.
—Apenas tiene trece años...
Lamenta una señora mayor.
— ¡No lamenten a esta criatura! —Ordena la entidad religiosa. Jin gimotea, con su pulso disparado y la cara hinchada por tanto llanto—. ¡No merece nuestra lástima! ¡Es una criatura demoniaca que busca su salvación a través de sus buenas intenciones! ¡Dios...!
— ¡ESTO NO LO QUIERE DIOS! —exclama con fuerza, en un arranque desesperado por hacer que despertar a todos quienes están ahí—. ¡¿POR QUÉ INSISTEN EN ELLO! ES... MAGIA BUENA QUE HAY, ÉL-
Es tomado del rostro bruscamente, viendo a quien lo encontró en primer lugar, quien lo tiró en una mazmorra, quien lo desnudó y puso una bata blanca y quien lo arrastró descalzo hasta aquí. Su ejecutor. Hombre de cincuenta y tantos, cabello negro y crespo, bigote poblado con ojos cargados de odio.
—Calla tus palabras o te haré sufrir más cortándote la lengua.
Pocos consideran esto una exageración. Muchos esperan que el fuego inicie. Pocos quieren que no suceda.
—Por favor... por favor no lo- ¡MAMÁ! ¡MAMÁ AYUDAME! ¡MA-!
Lo hacen mantener la boca abierta. Los ojos de Jin par en par cuando le toman la lengua con una pinza y de un corte seco le cortan la lengua. Los gritos no salen a pesar de que él siente que sí. Ahogándose en sangre, el fuego encendido y la multitud impidiéndole tener un solo pensamiento coherente.
Jin cree rogar, cuando en realidad está tan adolorido que alucina que lo hace. Rogando que lo suelten y lo dejen ir. Que está sufriendo demasiado. Que lo único que quería, era estar con su madre, que quería ayudar a las personas. No hacen caso. Sus exclamaciones y puños alzados son lo único que sobre sale más allá del fuego. Bramando sin parar:
"Brujo"
"Brujo"
"Brujo"
El humo lo impide respirar. Su piel frágil que cede ante las llamas, los nervios expuestos al calor lo conducen a gritar aún más, el ahogo me impide hacerlo por un tiempo prolongado. Sea por humo, sea por su propia sangre desbordada de su boca. El fuego rece y logra ver algo.
Con la sensación de que sus ojos explotaran debido a las llamas naranjas que lo recubren y destruyen. No ve bien. Es imposible hacerlo—Un alma quebrada por anhelar ayudar a otros—. Namjoon toma el rostro entre sus manos, la cabeza que cae y en su toque piadoso, la vida se desvanece de él para no torturarlo más.
Su figura oscura entre las llamas, viendo esa alma tan brillante, fracturada y luciendo como la madera consumida. Le da un suave beso, consolando así su dolor.
—Que brillante eres a pesar de las fracturas. Vamos a darte una oportunidad más ¿Te parece? Jin. —sonríe con los ojos cerrados, abrazándola para sí mismo. Pone una mano en el cuerpo que aún posee magia y lo hace explotar.
El fuego que consume a quienes lo merecen por fracturar a quien no deseaba más que bienestar.
~ * * * ~ * * * ~
—Tú me... —Jin entreabre los ojos, viendo a Namjoon—. La hoguera.
—Resultaba complicado no verte. La energía te buscaba. Tú no me notabas, pero estoy en todos lados. Incluso cuando hiciste lo que hiciste—Se encoge de hombros—. Necesitabas otro chance.
Jin se lo queda viendo, confundido.
—Tu madre murió, la varita se rompió, tu lengua se cortó y aun así no hubo odio en tu corazón. No hubo más que perdón—suspira—. Ansia de cuidar la vida que tanto podías ver, porque la querías seguir admirando. Es una motivación dulce. Hecha por un niño tan pequeño. Siempre despierto, queriendo despertar a los demás de las maravillas que hay para admirar.
Jin se queda quieto, pensando en su marca y la forma que tiene. La misma que la madera al quemarse, el sentido tan poco obvio de la palabra enlazada a ello. Namjoon se queda viendo a Yoongi.
—Sabes que vas a ver.
—Sí...
— ¿Y bien?
— ¿Va a doler? —Es lo único que se atreve a preguntar, asustado. Namjoon niega con la cabeza.
—No. Es un dolor ya aprendido. No hace falta que lo repitas. Tan solo verás los detalles que tantos querías.
Asiente débil antes de tomar un trago considerable de la bebida alcohólica. El florero negro desaparece y la vegetación crece en torno al asiento, incluso a Yoongi que cierra los ojos. Namjoon le acomoda para que no sienta dolor de cuello y lo besa en la cabeza.
—Veamos qué piensas de tu primer amor.
—Namjoon.
— ¿Umm?
Va hacia Jimin. quien mantiene la copa agarrada con sus dos manos.
—Todo fue... ¿Real? —A pesar de no ser específico, Namjoon sabe de qué está hablando.
—Claro que lo fue. A pesar de esto, yo realmente no sabía que pasaba y me sacaba de quicio. Es frustrante. A un punto insoportable que ahora me parece un buen recuerdo. No dudes de eso. De que hubo realidad en los sentimientos, lo hubo.
Jimin asiente con la mirada gacha. Jin continúa en su propia nebulosa hasta que una sonrisa suave aparece en su rostro.
¿Lo ves? Eres tan excepcional, que incluso la muerte lo pudo notar.
Da una risa suave, sintiendo un abrazo, la calidez que tan familiar se hace y que siempre ha tenido presente sin saber de dónde venía: Su eterna guardiana, su madre. Tan igual a la actual. Ambas dispuestas a dar la vida por él y que, sin falta, no dejan de amarlo a pesar de todo.
Quizá no sean la misma en términos de alma, pero manifiestan lo mismo, son el mismo cariño, el mismo amor y saber que tiene ambas. Una terrenal, una que abrazar siempre, tener aquella dama de fuego blanco lo hace tan feliz que la marca se vuelve fucsia en su nuca al igual que su cabello.
Alma despierta y capaz de ver como la vida nace de tantas formas distintas.
