Chapter Text
"Hoy me vuelves a dejar
Sigo sintiendo como si me estuviera despidiendo
Con la esperanza de que quizá las cosas mejoren
Pero cuando abro los ojos
Nada ha cambiado"
No Sad Song For My Broken Heart — K.Will
Jayce odiaba los funerales.
Y era un rechazo justificado.
Los funerales estaban ligados a la pérdida y a la muerte; le recordaban la finitud de la vida y el cambio.
Odiaba el olor a café que se filtraba por el lugar, el perfume almibarado de las flores que adornaban las coronas alrededor de la caja y las voces acumuladas en murmullos que le empañaban los oídos.
No le eran ajenos. El primer funeral al que asistió fue el de su padre. Aún recordaba la noche previa al sepelio: tantos rostros nuevos y conocidos, familiares que se acercaban a darle sus condolencias mientras susurraban sobre la pérdida y lo miraban con lástima.
Como era natural en la vida, siguió perdiendo a sus seres queridos. A los trece años falleció su abuela; a los cuarenta, su madre.
Ahora estaba allí una vez más. En una sala de paredes blancas, iluminada por una luz cálida pese al crepúsculo que atravesaba los vitrales. Algunos arreglos florales rodeaban el ataúd abierto al fondo de la estancia, dispuesto como la pieza principal.
Habían colocado sillas de madera de pino que combinaban con el suelo de linóleo claro. Era un espacio pensado estratégicamente para transmitir paz y calma y, aun así, el blanco estéril no distaba demasiado del de un sanatorio. Incluso los inciensos de lavanda y mejorana le irritaban la garganta.
Todo le pareció artificioso, poco auténtico. No había concebido a Viktor como alguien religioso ni apegado a ninguna fe, sino como una persona de pensamiento científico, pero al final lo reconoció como parte del protocolo; como la manera en que se organizaban los servicios una vez llegada la muerte.
Las personas entraban y salían de la capilla para ofrecer sus respetos. Apenas unas pocas se quedaban el tiempo suficiente, y en ellas se notaban la tristeza y el agotamiento. Había una barrera invisible que separaba a Jayce de todos ellos.
No habían hablado en una década. Y, aun así, la tarde en que recibió aquella llamada, atendió como si no hubiera transcurrido un solo día desde entonces. No había cambiado su número telefónico en todos esos años; no estaba del todo seguro de por qué. Tal vez porque era más conveniente así, porque estaba acostumbrado a la línea y tenía memorizados los dígitos.
Lo que escuchó al otro lado fue el fin de cualquier oportunidad de arreglo: Viktor había muerto. Cuando preguntó cómo habían conseguido su información, la voz le hizo saber que su contacto estaba en los datos de servicio.
«¿Fue esta la manera en que Viktor se aseguró de informarle de su fallecimiento?»
No podía saberlo.
Cuán confiado había sido Viktor, y cuánto se había arriesgado al tomarse esas molestias incluso sin saber si asistiría.
Lo habría hecho, sin duda. Jayce lo habría hecho.
Por camaradería, consideración hacia los viejos tiempos, cariño o… el afecto que los había mantenido unidos.
“Con permiso”, dijo una voz a su costado.
Jayce se tensó y se apartó de la puerta, del umbral que no se atrevía a cruzar. Había comprado flores por mera formalidad, pero estas se deshicieron entre sus brazos al ser incapaz de entregarlas a quien iban dirigidas. Pensó en lo lamentable que era que las primeras y únicas flores para Viktor llegaran en tales circunstancias.
“¿No va a pasar?”, preguntó una mujer, sin ignorar el ramo entre sus brazos.
Tenía ese porte regio de profesora estricta, aunque no demasiado; tuvo curiosidad en saber si habría sido alguna compañera de trabajo. Solo podía construir una historia a partir de detalles, de palabras sueltas, de la interacción entre los presentes y de cómo la vida de Viktor había penetrado en la de otros. Reconstruir su imagen a partir de fragmentos que no sabía cómo unir.
“En un momento”, se excusó.
A su exesposa no le gustaba mucho que hablara de Viktor. Siempre había sido una especie de tercera presencia en su relación, incluso años después de su distanciamiento. Después de que Viktor se fue, Jayce siguió trabajando y exploró distintas áreas de la ciencia con sus proyectos, aunque sin el impulso explosivo de su juventud. Hasta llegar a darse de topes con la sensación de que ya todo había sido inventado y de que era momento de ceder el futuro a las nuevas generaciones, a mentes jóvenes con un porvenir prometedor.
Jayce pasó la yema de los dedos sobre el marco de la puerta y se apartó de la escena con la excusa de tomar un poco de café amargo. No pudo evitar pensar en la mortalidad, en su legado, si en cincuenta años se le recordaría o si aún se hablaría de él. Pensó también en la clase de anécdotas e historias que se contarían en su nombre, en quiénes llorarían su muerte y dejarían sus condolencias y qué empresas enviarían una corona de flores por mera etiqueta.
La vida de Jayce no había sido ni un poco lo que imaginó. Se había convertido en una rutina vacía. Vivía entre hábitos que ya no significaban nada para él. Era el resultado de dejarse arrastrar por la corriente, y carecer de la energía para luchar en contra.
Había caído en una antipática conformidad.
Se había casado, pero fracasó en ello. Pensó que era lo correcto, esa corazonada que llega de pronto, el gran esquema de la vida, lo que se esperaba de él como hombre: progresar, tener éxito, conseguir una casa y un auto, vivir libre de deudas, casarse, formar una familia y asuntos por el estilo.
Pero él no quería hijos, y su exesposa sí.
Con la muerte de su madre, a causa de una enfermedad que la fue desgastando poco a poco, la ruptura se volvió inevitable. Sobre el papel se entendía como un acuerdo mutuo; pero en la realidad, fueron los problemas los que terminaron por matar la relación. Al igual que con Viktor, dio prioridad a asuntos que en su momento consideró más importantes. Proyectos, ciencia, inversores, su madre, vínculos dentro de la academia, fondos y ayuda a otros con sus proyectos.
Un patrón recurrente.
Debió sorprenderle cuando su exmujer dejó los papeles del divorcio sobre la mesa y empacó sus cosas de los armarios. Debió insistir más, intentar salvar una relación moribunda. Viktor volvió a él en sus noches de insomnio, mientras se preguntaba qué habría pasado si hubiera insistido en cambiar, aún cuando la culpa había sido de ambos.
Un día, simplemente se fue. Lo último que su compañero le dijo antes de marcharse aquella tarde fue un «estoy cansado».
Jayce observó el obituario, la fotografía de Viktor y lo mucho que había cambiado. Los pómulos marcados, las cuencas hundidas y los moretones bajo los ojos. Se había dejado crecer el cabello, rizado y encanecido; un encanecimiento temprano, fruto de una vida cargada de padecimientos y de una enfermedad que lo consumió más lentamente de lo que quizá habría querido.
Aún conservaba la chispa de ingenio en sus ojos y una barba recortada, como si aquella imagen hubiera sido sacada del directorio de la academia. Formal y reservado. El Viktor que habría querida que el resto recordara.
La noche cayó mientras observaba la fotografía y las personas que pasaban a su lado le preguntaban si entraría a la capilla, pero no tuvo la fuerza para hacerlo.
Una notificación de correo lo sacó de sus pensamientos:
[Jayce, escuché lo de Viktor.
Tu asistente dijo que estarías fuera de la ciudad.
¿Quieres hablar? ¿Cómo estás?
Cait]
Leyó el mensaje un par de veces antes de archivarlo. No tenía ánimos de responder. Se dijo que lo haría más tarde, aunque estaba seguro de que no lo haría. Cait le enviaba correos que él rara vez respondía.
Después de que Jayce se arrojó de una terraza, Cait intervino enviándolo a una clínica de reposo. En el fondo agradecía sus esfuerzos, aunque eso no borraba la rabia que sintió al despertar en el hospital, con la pierna hecha trizas y la desalentadora noticia de que su intento había fallado.
Cuando la pierna comenzó a molestarle, dejó el marco de la puerta y tomó asiento en una silla cercana a la pared. Desde ahí solo podía vislumbrar el ataúd abierto, pero no lo que yacía en su interior. Había suficiente distancia para fingir que era alguien más.
Escuchó que Viktor había renunciado a sus sueños; que la ciencia había quedado de lado para favorecer una vida más estable como profesor en una universidad local. Sintió culpa al reconocer que, al apartarse de él y de todo lo que habían construido juntos, fue Viktor quien resultó más afectado. Fue Viktor quien apenas tuvo los medios para probar su trabajo; quien quedó desplazado pese a sus contribuciones a la ciencia actual. A lo que Jayce maldijo la facilidad con la que Piltover y sus mecenas lo convencieron de permitir que la presencia de Viktor fuera borrada del registro.
Además, se dio cuenta de que no había una familia visible llorando junto a la caja. Jayce no conocía toda la historia, pero era consciente de la orfandad de su socio pero asumió de forma ingenua que quizá, al igual que él, Viktor había intentado construir una vida, pero no le encontró mujer ni hijos.
Permaneció hasta que advirtió la mañana y con ella los preparativos para la procesión.
Antes de irse, dio un último vistazo a la imagen de este Viktor, dejando que se superpusiera con la del hombre con el que había pasado tantas horas en el laboratorio.
Algo se rompió en su interior al caer en cuenta de que no tenía más memorias de Viktor. Ni fotos, ni recuerdos tangibles. Nada. Solo recuerdos que se desvanecerían con el tiempo, su nombre anexado como segundo o tercer autor en algunos artículos de investigación y el recorte del periódico de la universidad tras haber ganado la competencia de innovación.
Intentó marcharse a paso lento, con una pronunciada cojera causada por la incomodidad y la falta de circulación en la pierna. Mientras lo hacía, escuchó que lo llamaban.
“¿En qué puedo ayudarle?” pregunto apenas girarse.
“Soy una amiga de Viktor” dijo la mujer. Su cabello era rizado, recogido en los extremos, con algunas canas filtrándose entre los reflejos. Llevaba gafas de montura gruesa y pecas sobre la punta de la nariz. “Bueno, más bien una compañera de trabajo” se corrigió.
Al notar la falta de respuesta, la mujer se apresuró a rebuscar algo en su enorme bolso.
“Mira, tengo que irme y-...”
“Aquí”. Interrumpió ella. “Viktor me pidió que te hiciera llegar esto, Jayce Talis”.
No tuvo oportunidad de preguntar cómo sabía su nombre, pues la mujer ya se alejaba junto al resto de personas restantes. Supuso que eran amistades que Viktor había hecho a lo largo del tiempo. Vio sus siluetas desvanecerse entre los amplios pasillos hasta que se quedó solo.
En su mano descansó una carta con el sello intacto. Su nombre estaba escrito con aquella caligrafía apretada e irregular que conocía tan bien.
Cojeó hasta el estacionamiento, con los músculos tensos y un dolor palpitante que le subía de la pantorrilla hasta el nervio ciático. Los cristales estaban empañados por la niebla matutina y los alrededores se desvanecían en la bruma blanca. El interior del auto estaba helado, así que se apresuró a encender el motor y activar la calefacción para aminorar el malestar que le exigía analgésicos.
Dejó ir el aire de los pulmones. Sentía el sabor de los claveles y lirios en el paladar y la cera de vela en la punta de la nariz. Estrelló la frente contra el volante y se forzó a dar una bocanada profunda.
Vio el desfile de autos que acompañaba la carroza fúnebre desaparecer entre la niebla. Viktor había querido que su cuerpo fuera cremado y que sus cenizas se dispersaran al viento. Incluso sabiendo que Jayce no tenía voz alguna en las decisiones de Viktor, no pudo evitar el sollozo que se le escapó al comprender que no habría un lugar al cual llevarle flores.
Permaneció allí hasta entrada la tarde, y solo entonces recordó la carta en su bolsillo.
[xx/mm/2026]
Querido Jayce,
decía la carta.
Tal vez cuando esta carta llegue a ti, ya no esté.
He pensado en escribirte durante mucho tiempo, pero no me había armado de valor hasta ahora. Será la muerte, que ahora se encuentra a mi lado, o la conciencia de la finitud de la vida la que me ha inspirado, pero no puedo dejar de pensar en la primavera en que ganamos aquel concurso.
Debe ser una sorpresa para ti que me muestre tan abierto al respecto, pero, ¿qué tengo que perder al decir la verdad? Los médicos han perdido toda esperanza en mi caso, así que solo me resta esperar entre días que se vuelven más inciertos y, curiosamente, más largos.
La verdad es que estoy tranquilo, sé lo mucho que te preocupaban esas cosas, pero tienes que saber que ya conocía el desenlace de esto e hice las paces con la vida que me correspondió. Pero antes de partir necesitaba hacer un último intento de contacto.
Me he preguntado qué ha sido de tu vida. Las revistas científicas y los artículos de divulgación no dicen mucho, en realidad; en eso distan de la prensa de farándula.
¿Lograste tus sueños y objetivos? ¿El paso del tiempo ha sido amable contigo? ¿Qué hay del progreso? ¿Estás casado? ¿Tienes familia? ¿Cómo está tu madre?
Por lo visto, te ha ido bien con la empresa. Leí ese último artículo sobre el uso de sistemas autónomos impulsados por inteligencia artificial en asistencia quirúrgica. Lo llaman ‘una revolución para la ciencia y la biomedicina’. No me sorprende; después de todo, eras el hombre del progreso, el genio de nuestra generación.
He pensado que tal vez fui demasiado lejos al tomar una decisión tan abrupta y apresurada como abandonar el proyecto en el que habíamos invertido tanto tiempo. Pero la idea de seguir contigo en un mundo donde yo pertenecía a tu sombra era algo que me negaba a aceptar.
Quizá mis últimas palabras no sean lo que esperabas pero quiero que sepas que siempre te admiraré, porque crecimos juntos y nos apoyamos en las buenas y en las malas.
Sé que hicimos y dijimos cosas de las que nos arrepentimos y por las que nunca llegamos a disculparnos, pero espero que puedas perdonarme, como yo te he perdonado con el tiempo.
██ ██████, Jayce Talis, sinceramente. ███ ████ ███ ███ █████ ██ ██████ ██ ██ ███████ █████████ ███████████
[...]
Lamento no decirlo a tiempo. Ambos sabíamos que no funcionaría. Tú me apreciabas de una forma con la que nunca podría haber estado satisfecho. En ese entonces, me atormentaron más las posibilidades que el rechazo. Habría sobrevivido a ello; estoy acostumbrado a que mi vida no sea sino una sucesión de desilusiones.
Pero ¿qué habría pasado si todo hubiera sido distinto? ¿Qué hubiera pasado con lo que construimos con tanto esmero?
Cuando me fui, decidí dejarlo todo atrás, incluso si eso significaba dejarte a ti también.
A estas alturas puede sonar egoísta, pero ¿alguna vez, en lo alto de tu gloria, pensaste en mí? ¿Me extrañaste del modo en que yo lo hice, aunque fuera un poco?
Me siento patético al confesar todo esto, y divagar en una carta que te causará problemas.
Esta es la última vez que nos comunicaremos, Jayce Talis […]
Hubiera deseado que las cosas entre nosotros hubieran sido diferentes […]
✻ ✻ ✻
Jayce no podía olvidar el contenido de aquella carta.
Entre páginas se acumularon verdades e inquietudes expuestas y tantos asuntos sin resolver. Una intimidad a la que Viktor nunca se había animado a abrir antes. Al terminar de leer, no pudo sino echarse a llorar amargamente, mientras sus puños golpeaban el tablero del auto.
Condujo sin rumbo por la ciudad durante un rato, hasta que dejó de tener sentido permanecer. Como si una parte de sí necesitara escapar de las memorias que se acopiaban y de los errores que se volvían dolorosamente evidentes.
Tras pasar la segunda caseta de cobro, notó que Viktor ni siquiera se había ido demasiado lejos, pues bastaron unas cuantas horas en coche para saber cómo y dónde estaba.
Ni siquiera los separaron dos ciudades de distancia.
Jayce también tenía una confesión que hacer:
Su vida no fue tan admirable como Viktor supuso. Había sido muy miserable. Claro, había tenido éxitos en el trabajo, pero en cualquier otro aspecto de su vida se encontró constantemente al filo de la cuerda floja. Tras la muerte de su madre, cayó en una profunda depresión que lo llevó a atentar contra su vida varias veces; y su exesposa, incapaz de lidiar con sus arrebatos, decidió hacerse a un lado.
Jayce finalmente pudo entender lo que perdió. Quizá, por primera vez, se permitió sentirlo. Había vivido conteniendo sus emociones al límite, para no incomodar ni molestar más de lo que ya lo hacía; hasta sofocar una parte de sí mismo que consideró muerta, como una extremidad necrosada.
Reconoció también cuánto le abrumaba la pérdida, lo solo que estaba en ese mundo. Cómo sus seres queridos se habían ido y cómo a quienes aún permanecían habían apartados por él mismo.
Si muriera al día siguiente, su funeral no sería muy distinto al de Viktor. Con la diferencia de que, en su caso, habría un desfile de influencias y personalidades, que asistían con la intención de guardar las apariencias.
Cuando el semáforo se puso en rojo, detuvo el motor un momento. Metió la mano al bolsillo y acarició los bordes rotos de la carta. El papel se había arrugado y empapado con sus lágrimas. Cuánto había llorado Jayce a lo largo de meses y años; parecía no haber fin para esa sensación, como si estuviese condenado así hasta el último de sus días.
El sonido de un claxon lo sacó de sus pensamientos. Los autos se habían puesto en marcha con el cambio de luz y Jayce avanzó adentrándose en un túnel.
El camino continuó sin complicaciones durante un tiempo, hasta tomar el desvío por la carretera elevada en dirección al Puente del Progreso. Mientras avanzaba, le pareció ver una figura a orillas del camino. Una figura encapuchada y con bastón alto en mano. Considerando el frío y el mal tiempo, no resultó extraño encontrar a algún indigente de carretera arrastrando una manta. Lo inquietante fue que el rostro le pareció idéntico al del memorial de Viktor.
Consideró frenar y volver para asegurarse de lo que había visto. Sin embargo, apenas devolvió la vista al camino, el estruendo de la bocina de un enorme camión de doble caja lo hizo reaccionar demasiado tarde. El chirrido de los neumáticos derrapando sobre el asfalto mojado llenó el aire.
Jayce tensó el cuerpo, intentando frenar y apartarse de la trayectoria del vehículo. Lo último que escuchó fue el crujido del metal doblándose y el dolor seco del impacto.
