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Avatar: La Leyenda del Loto Negro

Chapter 7: Cambios sociales reales

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La Ciudad Qinchao se coloreó con la luz azafranada del atardecer cuando la lucha social llegó a su fin. Los revolucionarios tomaron el control del Palacio Gubernamental, los gendarmes huyeron como las ratas que eran.

Hikari, Yin, Niyeh y Bang se dirigieron a la casa de las dos primeras. Apenas se tumbaron en las camas durmieron por horas, inertes como piedras, en especial ellas. 

Algunos revolucionarios se quedaron ocupando el Palacio Gubernamental, mantendrían capturados al gobernador y otros políticos mientras reorganizaban la estructura de la ciudad. Iban a hacer cambios reales, la propiedad privada sería abolida y sustituida por propiedad social. Los asuntos políticos serían manejados por dos entidades: La asamblea de trabajadores, compuesta por representantes rotativos de los diferentes gremios, y la asamblea ciudadana, donde participarían todos los habitantes de Qinchao sin importar su ocupación.

También iban a formar un grupo de autodefensa por si el País Tierra enviaba su ejército para volverlos a dominar.

A la mañana siguiente Hikari y sus camaradas despertaron y tomaron asiento alrededor de una mesa.

—Qinchao es una ciudad pequeña, sin recursos importantes o una ubicación estratégica, espero la dejen en paz —murmuró Hikari, todavía soñolienta.

—Yo me apuesto lo contrario, hablamos del gobierno, esos siempre desean controlar a la gente —dijo Niyeh mientras limpiaba sus lentes con un pañuelo.

—Pienso lo mismo, lo más probable es que manden a su ejército para volver a dominar este lugar —explicó Yin.

Hikari suspiró y asintió, sabía que eso era lo más probable, aun así deseaba que no fastidiaran más a la gente de Qinchao que había perdido tanto por conseguir su autonomía.

—Por cierto —alzó su cabeza y miró a Niyeh y Bang—. ¿Por qué vinieron a esta ciudad? El plan era vernos en el Templo Aire del Sur. ¿Sabían que necesitábamos ayuda?

—Fue idea de Bang —respondió Niyeh, se colocó sus lentes y se cruzó de brazos—. Dijo que de seguro habrías iniciado una revolución en la ciudad donde estabas. Al parecer conoce bien tu locura.

Hikari sonrió hacia su mejor amigo y le comunicó en lenguaje de señas: Sí que me conoces.

Sabía que no esperarías, que iniciarías ya una revuelta, que bueno que lo hiciste, en esta ciudad se ha demostrado que se puede lograr la revolución. Respondió Bang, sus señas eran animadas, casi frenéticas.

—Sí... —Hikari volvió a suspirar. Habían triunfado en esa revolución, pero el costo había sido elevado, cientos de muertos, un mayor número de heridos, algunos que todavía no se recuperaban.

Además, si Bang y Niyeh no hubieran aparecido tal vez su lucha hubiera sido aplacada y ella, Yin y todos los rebeldes habrían sido masacrados.

—Logramos la revolución en esta ciudad, pero fue más complicado de lo que pensé —añadió con una mirada perdida, como si viera a los rebeldes caídos sobre las avenidas.

—Por eso, para conseguir la revolución en todas las naciones será mejor seguir el plan establecido —dijo Yin, imperturbable como siempre.

—Sí —respondió Hikari, hubo un momento de silencio, estiró sus brazos al cielo y agregó—: Parece que ya no nos necesitan aquí. ¿Partimos hacia el Templo Aire del Sur?

Me gustaría comer antes, me muero de hambre. Pidió Bang con aspavientos exagerados.

—Tú y tu hambre infinita —se quejó Niyeh.

Bang sonrió y Hikari río un poco.

—Prepararé el desayuno para los cuatros.

—Yo te ayudo —Niyeh se levantó de su asiento.

—Gracias.

Hikari disfrutaba cocinar, y más si era para la gente que quería. Niyeh cortó rodajas de vegetales y de carne de pato pavo. Lo hizo en segundos, cortes de calidad, se notaba su habilidad con el cuchillo. Hikari preparó la olla, vertió los ingredientes y pizcas de condimentos y revolvió el contenido a fuego lento. Las estelas de vapor se elevaron de la olla y un aroma delicioso se esparció por toda la estancia.

Minutos después los cuatro desayunaron ansiosos. Esa comida más las horas de sueño los repuso por completo.

Estuvo delicioso como siempre Hikari. Agradeció Bang.

—Tu cocina es maravillosa amor —comentó Yin.

—Sigan agradeciéndole solo a ella, al cabo yo no ayude en nada —murmuró Niyeh con sarcasmo.

Gracias Niyeh. Expresó Bang.

—Gracias por este desayuno —reconoció Yin.

—Ya no vale, se siente forzado.

Bang soltó una carcajada sonora y Hikari sonrió. Reposaron unos minutos y después preguntó:

—¿Listos para irnos?

—Antes de partir, de seguro te querrás despedir, ¿no amor?

—Pero estarán ocupados.

—Aun así creo que les gustaría que te despidas de ellos.

—Está bien, haré una despedida breve, tú también deberías despedirte de la gente de esta ciudad Yin, también viviste aquí por tres años.

Yin hizo una mueca imperceptible.

—Supongo que tienes razón, vamos.

Yo quiero despedirme de los compañeros con los que luche codo a codo. Pidió Bang.

—Pues vamos todos entonces —exclamó Niyeh.

Los cuatro miembros del Loto Negro se dirigieron al Palacio Gubernamental donde varios revolucionarios estaban reunidos y planeaban las estrategias para reestructurar la ciudad. Lo primordial era garantizar comida, agua y otras necesidades básicas para los ciudadanos. Demostrar que la gente podía autogestionarse, aunque sin duda algunos de los habitantes huirían antes de experimentar los cambios sociales.

Hikari y sus camaradas ingresaron al Palacio Gubernamental. Los revolucionarios dejaron lo que estaban haciendo y fueron a saludarlos. Hikari abrazó a varios y se despidió de todos con sollozos. Yin se despidió solo de unos pocos y Niyeh y Bang de los que conocieron en la batalla.

—Gracias por ayudarnos —dijo uno de los rebeldes.

—Sin ustedes no habríamos podido ganar —dijo otro.

—Espero que nuestra lucha inspire a otras ciudades —mencionó una mujer.

—Espero que todo el mundo se vea libre de sus gobiernos corruptos y de las corporaciones criminales.

—También lo espero —respondió Hikari.

Con las despedidas realizadas, Hikari, Yin, Niyeh y Bang salieron de la Ciudad Qinchao y se dirigieron al sureste.