Chapter Text
Desde que Poseidón se manifestó, Atenea sintió un nudo que no podía ignorar en lo profundo de su carne revestida en icor y divinidad, en lo que, quizás, un mortal llamaría estómago. Era inevitable, se dijo a sí misma. Era obvio que él vendría, después de todo, ya había mostrado interés en esta ciudad.
Sin embargo, igual de inevitable era sentir su inmaculado cuerpo reaccionar como lo hacía cada vez que lo veía, pues el recuerdo de Palas, su oh dulce ninfa, cuya sangre aún torturaba su recuerdo y sus manos, volvía como un eco más doliente que la mirada fija y exigente de su propio padre, que no permitía errores de su preciada hija, que le costó una esposa amada y una cicatriz solo oculta por el poder divino.
¿Cómo podía él, dios de tempestades, conocido por tan posesivo ser, estar ahí, tan imponente, tan seguro, como si nada hubiese ocurrido? Ella mantuvo la cabeza erguida, pero sus manos —ocultas bajo el manto de su himation— se aferraban con fuerza a los pliegues de su peplo. No podía permitirse mostrarse débil. No ante él.
La tensión entre ambos era como una cuerda estirada al límite, pronta a quebrarse con el más leve roce. Atenea sabía que una sola palabra mal dicha podría desatar una tormenta que quizás no fuera capaz de contener. Y, quizás, una que no quería contener.
Su porte era impecable, como siempre, pero dentro de sí algo se agitaba. Cuando Poseidón reveló su obsequio —un manantial de agua salada, pura y cristalina, un agua que no era simplemente marina, era sagrada, era suya. Oh, Atenea extrañaba la sensación de tocar, aunque sea con la yema de sus dedos, agua tan sublime— el aire a su alrededor pareció volverse más denso. No podía negar la belleza de aquella fuente, pues el diseño era inigualable, una semejanza a las fuentes de Anfitrite en sus jardines, ni el valor de dicho regalo.
El agua salada limpia era un recurso inestimable; no prometía simplemente buena medicina, prácticamente aseguraba avances agigantados, convertir a la Acrópolis en una polis de potencia medicinal. Casi podía saborear todas las estructuras arquitectónicas que atraería—escuelas, centros, asiendas—. Era una innovación extraordinaria, una muestra de la inteligencia y visión de su tío.
Ella sabía que no era tan estúpido como se asumía. Simplemente era un dios tan temperamental y susceptible como su dominio. Sin embargo, por supuesto que su intelectualismo era superior, al igual que cualquier divino. ¿Quién, sino, podría darle un desafío? Apolo era demasiado autocontrolado como para prestarse de dichas niñeces, como le gustaba llamarlo.
Y sin embargo, su preocupación fue en vano.
Atenea observó a los mortales con una mezcla de frustración y desencanto. ¿Cómo podían ser tan ciegos? El manantial de Poseidón era un regalo invaluable, y ellos solo vieron lo superficial, lo inmediato.
«Que desperdicio» pensó, apretando los dientes «No comprenden el verdadero valor de lo que se les ofrece.»
Intentó ofrecer un regalo igualmente útil, tomando en cuenta la evidente simpleza de los humanos. Su olivo era alto, generoso, rebosante de vida y fruto. Les daría alimento, fuego, aceite. Un don tangible, práctico, algo que pudieran entender y apreciar. Pero cuando fue proclamada vencedora, no sintió triunfo, sino una amarga derrota.
Atenas, la ciudad que llevaría su nombre, jamás sería para ella un canto digno de himnos. Era una victoria hueca, una corona de laurel que pesaba en su frente como el recuerdo de lo que pudo ser, y no fue. Los mortales habían elegido lo sencillo, lo obvio, y ahora vivirían con las consecuencias.
"Miró en silencio al insensato que osó emitir tal juicio, mientras sentía un temblor abrirse paso bajo sus pies. No lo detuvo. Sabía que su tío no estaba herido por la derrota, sino por haber sido ignorado. La tierra vibró, y Atenea se mantuvo impasible, los ojos fijos en el horizonte. No era su lugar intervenir.
Siglos más tarde, acusarían a la derrota por una votación de desigualdad de números de hombres y mujeres, pero hoy, Athena sabía que fue un hombre mismo, gobernante ensimismo, que se plantó en frente de su tío, a decirle que no elegía su regalo, el cual no le permitió explicar, ni pidió una explicación, contra un árbol por el que sí preguntó.
El chapoteo resonó en el aire. Atenea supuso que su tío se había retirado. No necesitaba mirar: el sonido del agua al agitarse bastaba. Por un instante, pensó si debía sentirse aliviada, pero el alivio no llegó. Solo quedó el vacío. Una pregunta sin respuesta:
¿Había valido la pena?
—¡Mortales insolentes!— la voz de Poseidón rugió como las olas chocando con furia contra las cosas, oyendose de fondo los gritos de los marineros hundidos por la turbulencia del ponto. Atenea se irguió, rígida, como un resorte. Su tono era tan filoso como el acero, y sus ojos ardían de cólera. —¿Cómo osan rechazar mi divino y precioso don por un árbol frágil y vulgar? ¡Que la tierra tiemble bajo sus pies, y que las olas arrasen sus costas! Así aprenderán el precio de menospreciarme.
Y, sin embargo, lo único que Atenea pudo preguntarse fue:
«¿Qué fue ese chapoteo?»
Si no fue Poseidón retirándose al mar...
Sus ojos, grises como el cielo nublado y tormentoso, brillantes como una perla y grandes como los de un búho, se clavaron en la figura que emergía del manantial, y una creciente sensación de horror se apoderó de ella.
Una niña. Hermosa, sí, pero no de la belleza habitual: era una belleza extraña, nueva, casi indómita. Se veía joven, y aun así... madura. Su piel, bronceada y marcada de cicatrices. Su cabello, negro como tinta, flotaba sobre el agua adornado de hojas verdes. Labios carnosos, nariz pequeña, rasgos agudos y delicados a la vez.
El mundo de Atenea se quebró cuando vio sus ojos.
Eran los de Poseidón. Verdes, vastos, salvajes, infinitos. Bellos.
Demasiado grandes. Pupilas amplias, perfectas. Un halo brillante -casi plateado- titiló cuando la niña la miró.
Esto era malo.
-
—¿¡Quién osa profanar mi sagrado regalo!?
Realmente malo.
—Tío, gran rey... por favor, paz— dijo Atenea por encima del hombro, sin apartar los ojos de la niña, ajena a la desgracia que se cernía sobre ella.
Hacía mucho que Atenea no sentía miedo.
Jamás había sentido terror.
Nunca se había sentido tan mortal como en ese momento.
Se acercó, ignorando a su tío, reduciendo su altura divina para examinarla mejor. Poseidón, aunque aún furioso, se limitó a observar.
—¿Cuál es tu nombre, niña?— preguntó Athena, sin saber de dónde sacó voz para hablar. Desde cerca, se parecía, descaradamente, a la Madre de los Dioses. Probablemente porque se parecía descaradamente a Poseidón, quién era, sin dudas, el Cronide más parecido a su madre.
Eso solo aumentó la sensación de hundimiento en su interior.
—Perseira.
Athena casi traga saliva.
Frunció el ceño cuando la niña se interrumpió a sí misma y se sumergió de nuevo. No había notado cuán profundo era el manantial.
—¡Hermana!— la voz de Hermes rompió el silencio. Atenea suspiró-. Papá está furioso. Quiere vernos a todos. En el Olimpo. Ahora.
Por supuesto.
Por supuesto que Zeus estaba enojado.
Por supuesto que la niña se escondió de Hermes.
Por supuesto que Hermes estaba entretenido.
Por supuesto.
Por supuesto.
Por supuesto.
Ella se giró, ignorando a Poseidón, que también se dirigía a Hermes.
Qué molesto era. Qué molesto era él. A veces, ver esa apariencia tan común, tan mortal, le daba una sensación de náuseas. Emulaba mortalidad, pero era demasiado bello, demasiado perfecto, su sonrisa era demasiado grande, descartaría cualquier piel mortal, sus ojos no tenían iris, y la parte superior del rostro estaba oculto por las sombras, dejando sus ojos brillar inquietantemente.
Era bizarro, ser tan divino en un cuerpo amorfo y simulando humanidad. Tan bizarro como ver a Ares ganando una pelea jugando sucio.
Ares ganaba, Ares perdía, Ares empezaba, pero jamás jugando sucio. Ares era honor y código, y era inquietante, casi horroroso, pensar en él haciendo trampa.
Se preguntó si la niña se escondió por eso. O si se escondió por su desnudez. O por la desnudez de Hermes.
No la juzgaría, sinceramente. Ninguna niña con mejillas tan dulces debería estar desnuda ante los ojos de un dios, y por lo que Atenea sabía de las niñas de esa edad, tampoco querían saber nada sobre el cuerpo de un hombre.
Tampoco entendía porqué le importaba. Atenea no era una persona maternal, no dulce, ni nada. Incluso Artemisa y Hestia, igual de puras, sentían amor y cuidado por los niños, tenían facilidad para instintos femeninos que Atenea nunca tuvo, y siempre lo atribuyó a una ausencia materna.
Nunca tuvo hijos, ni deseó tenerlos. Preocuparse por una niña que prometía problemas no significaba nada.
—Hermes— saludó con sequedad —me temo que ahora mismo tengo un asunto urgente entre manos, a menos que el llamado sea de extrema urgencia.
Sabía que lo era. Y también sabía por qué.
Los ojos de esa pequeña ninfa, oculta bajo el agua, podían ser verdes, fluir como el mar costero y el océano más profundo, pero la pupila era demasiado amplia, el brillo demasiado inusual, la forma demasiado grande. Cómo ojos de búho. Cómo los ojos de Athena.
Oh, ella sabía cómo se veía de mal esto para su juramento.
—Ah, ya sabes— replicó su hermano, carente de su ligereza habitual —, solo es nuestro padre... furioso por su nieta inesperada.
Las plumas de Athena se erizaron.
—Bah, aún no se sabe nada— intervino Poseidón, al fin calmado, tomando lugar a su lado.
Una tregua parcial. Bien.
—Lo que dice nuestro tío es cierto— respondió Atenea, con una serenidad que no sentía —. Podría ser solo hija suya, nacida por accidente. El mar es la más fértil de las existencias. No sería ninguna sorpresa.
—Una hija sin madre— el dios mensajero la miró fijamente, el sarcasmo titilando detrás de su sonrisa diplomática y alegre —. Una explicación sabia y aguda.
Atenea, a pesar de sí misma, a pesar de la furia vibrante de su tío junto a ella, tuvo que estar de acuerdo con su hermano. Qué ridículo sonaba eso en voz alta.
—Desde que ambos pisamos el Ática, no ha habido contacto alguno— su tono fue, quizás, más brusco de lo que pretendía.
No debería demostrar cuán afectada se sentía. No frente a Hermes. Ella debería saberlo mejor.
Incluso Poseidón, con su ira y su temperamento, era mejor que la frivolidad impredecible de Hermes.
—Bueno, bueno. No estoy acusando a nadie de romper sus votos, ¿No?
Athena alzó la barbilla, con la respuesta lista en su afilada lengua, cuando su tío puso perezosamente un brazo frente a ella, sin tocarla.
Él no se veía tranquilo, pero tampoco impresionado por su intercambio.
—Basta, ustedes dos, niños insolentes. Discutiendo frente a sus mayores, deberían avergonzarse— los más jóvenes, sin una pizca de vergüenza, inclinaron la cabeza ante él como reconocimiento y aparente disculpa.
Poseidón chasqueó la lengua.
