Chapter Text
Sus músculos ardían y su vista era borrosa, pero permaneció fielmente en guardia, impotente.
La batalla la había agotado.
Todos estos años lo habían hecho.
Percy sangró por todos, por cada uno de ellos. Su alma cargaba con los nombres de caídos, con las muertes que habían sido un precio que nunca dejó de pagar. Ni siquiera ahora, cuando ya no podía recordar sus rostros por el cansancio y el fragor de la batalla, el dolor seguía allí.
Este día, aquí, en el Olimpo, tomó la dicha decisión que lo preservaría o llevaría a su destrucción.
Y también era su cumpleaños, aunque tuvo la sensación de que de ahora en adelante solo recordaría el 18 de agosto como el aniversario de la muerte de sus amigos.
Luke le suena con tristeza, como si tuviera algún derecho a sentirse mal por ella, como si aún quedara algo de humanidad en él, un vestigio de la persona que alguna vez fue. Pero no había tiempo para eso. No había espacio para la pena. Ya no, pensó Percy mientras veía a Luke apuñalarse su propio Talón de Aquiles.
Percy apretó los dientes, como si le doliera más que al propio Luke.
«Eso era lo mínimo que podía hacer.» el pensamiento de le escapó antes de reprimirlo.
Ahora todo dependía de Percy.
Como siempre.
—Dile a Annie— él tosió, gotas de sangre mancharon sus labios, su barbilla, y cayó al suelo. Sus ojos oscilaron entre azul celeste y dorado. Prevaleció el azul, y Percy se perdió en ese hermoso color claro y helado, tan cálido a pesar de su tonalidad fría, que casi sintió ternura —dile que siempre será mi hermanita.
Percy no le prometió nada.
«Qué equivocado estás» pensó Percy, sintiendo el pinchazo de necesidad de limpiar la sangre de los labios de Luke, de probarla, de abofetearlo «Annabeth es mía. Perdiste tu derecho.»
Luke tosió aún más sangre, retorciéndose del dolor y manteniendo el control en su cuerpo lo mejor que pudo.
No es que no se lo merezca.
Merecía el peor castigo que el Hades podía ofrecer. Peor que Sisifo, peor que Minte, peor que Tántalo.
Peor que los titanes.
Percy cayó de rodillas junto al cuerpo de Luke mientras este se quedaba inerte.
Era tranquilizador verlo tranquilo después de tanto tiempo, pensó Percy, las yemas de sus dedos acariciando con delicadeza la mejilla de Luke, con un cuidado que no correspondían a sus deseos de clavar sus uñas en la carne, en arrancar la piel y el músculo para destrozar el hueso.
Luke era atractivo, siempre lo había sido. Así construyó su ejército de traidores, seduciendo. No era extraño que atrayera a tantos, a tantas chicas, a tantos chicos. Si belleza replicaba casi por completo a la de su padre, excepto por el color rubio de su cabello, las cicatrices y la forma de sus labios. Quizás tenía la nariz un poco más torcida. Pero sí, Luke era uno de los pocos semidioses que había heredado tanto la apariencia de su padre divino.
Como Percy.
Demasiado perfecto, demasiado atractivo, demasiado consumidor .
De todos modos, destruir su rostro sería un desperdicio. Luke estaba muerto de todos modos. Molestar a los muertos era una falta de respeto, y no necesitaba a Hades oa Hermes enfadados en su puerta.
Apoyó su oreja contra el pecho— todavía cálido, todavía trabajando, todavía atractivo de una forma retorcida— de Luke para verificar su pulso. Solo para confirmar, porque cuando los dioses te daban un trabajo, tenías que hacerlo bien.
Sino, pregúntele a Cassandra, que prometió lo que no podía dar. Percy no repetiría su error.
El pecho de Luke era cómodo, pero eso no era lo que a Percy le importaba.
Buscó cualquier pálpito, cualquier movimiento, cualquier sensación.
Nada.
Otra vez, nada
De nuevo, nada .
Bien .
Los ojos de Percy comenzaron a cerrarse antes de que se diera cuenta.
Sus mejillas se sintieron mojadas mientras se acurrucaba. El trabajo estaba hecho, ¿Por qué seguir en la vigilia? Luke era una almohada cómoda de todos los modos. El cuerpo humano tardaba bastante en enfriarse. Lo recordaba vagamente por todo el tiempo que pasaba en la enfermería. Terminas, inevitablemente, aprendiendo una cosa o dos de lo que dicen los enfermeros.
Le dolía la cabeza, sintió el agua salada en sus labios, sus mejillas más mojadas.
Ah, claro. Había estado llorando todo este tiempo.
Luke. Maldito Luke. Percy lo amaba . Percy lo odiaba .
No, no lo odiaba. Odiaba todo lo que lo hacía sentir, odiaba todo lo que hacía, odiaba todo lo que decís, odiaba como actuaba, odiaba su apariencia, odiaba sus lealtades, odiaba su mente torcida.
Pero no odiaba a Luke. Percy amaba a Luke, desde que tenía doce años y creía que su madre estaba muerta, desde que Poseidón reclamó a Percy y nadie quería juntarse con Percy, desde que fue a recuperar el rayo de Zeus y Luke le dio un regalo que Hermes le había dado tiempo atrás.
Lo amaba por eso, lo amaba desde eso, y eso solo lo hacía odiarlo más, pues ahora sabía lo fríamente calculado que Luke tenía aquellas acciones.
Luke había sido de alguna manera su primer amor infantil y su primera figura paterna, o fraterna.
Era extraño, similar a ese dicho que decía que el primer amor de las niñas era su padre.
Pero no era un amor inocente, que buscaba en un chico características de su padre que la hacían sentir segura. Percy no sentía nada inocente hacia Luke. Era inevitable. Lo conoció cuando Percy estaba entrando en la adolescencia. Era inevitable, porque semidioses como Luke y Percy eran demasiado cercanos a los dioses. Sentían más como ellos que como los mortales.
Ningún semidiós sintió como un mortal, pero cada uno se inclinaba más a un lado de la balanza, y Percy sabía, con completa conciencia, de que lado se encontraba.
No, lo que sentía por Luke no era infantil ni inocente.
Luke había sido tan amable con Percy, era tan atractivo y divertido. Era una mezcla infalible. más allá de la diferencia de edad, que había sido considerable, casi enferma. Pero Percy lo veía bien.
Estaba bien porque Percy se había enamorado, no Luke. Estaba bien, porque Luka jamás hizo nada.
Pero pasó lo que tenía que pasar, y Percy se quedó sin figura paterna. Otra vez.
Ah, y sin su amor. Pero no le importaba mucho esa parte.
Ya no amaba a Luke.
Sí, lo amaba, por supuesto que lo amaba. ¿Cómo no amarlo?
Pero ya no lo amaba.
Amaba lo que Luke solía ser, y ese Luke ya no existía.
Y Percy se sentía viuda dos veces.
Y eso estaba bien. Annabeth también amó a Luke de una forma tan...
Peculiar.
Y ella también estaba bien. Annabeth estaba bien. Percy se aseguraría de ello.
Annabeth era de Percy, Percy era de Annabeth. Afortunadamente, Luke, con todas sus cosas malas, jamás pensó en tergiversar eso.
Luke no hizo nada, no. Luke no necesitó hacer nada más que sus propios planes para que Percy y Annabeth lo amaran, para que lo odiaran, para que sintieran un vacío que difícilmente se llenaría.
Aunque sí se llenó. Y desbordó. Alguien se encargó de eso. Ojalá Luke se pudriera.
Qué asco, estar sobre Luke.
Repulsivo.
Vio a dos niñas de doce años perdidas de amor y jamás les puso un límite.
Entre los dulces brazos de Morfeo, sintió una presencia ajena. Era como un abrazo, una fuerza imparable que la arrastraba lejos del presente pero intentaba hacerla sentir segura. Una dulce mentira que le quitaba el aire y asfixiaba cualquier duda para cantar una melodía empalagosa en sus oídos.
El cabello de Percy se alzó levemente, iluminado por un inquietante brillo dorado. No era la luz reconfortante de los dioses, era algo mucho más viejo y retorcido que eso.
En su vigilia somnolienta, Percy no pudo evitar pensar lo injusto que era que algo tan desagradable se viera tan hermoso.
El tiempo se distorsionó alrededor de ella, una sensación de frío y calor a la vez. Y mientras caía, inconsciente, en ese abismo de destellos dorados, no hubo ningún pensamiento.
Hubo unos minutos de nada, de vacío. Su cuerpo sintió un dolor agonizante, como si cada célula se estuviera desgarrando y recomponiendo al mismo tiempo. No podía moverse, no podía gritar. Solo flotaba en una oscuridad infinita.
Percy se sintió perdida y, solo cuando se sintió rodeada de agua helada, abrió los ojos.
Su primer pensamiento fue que su padre se la había llevado después de la batalla y la había llevado a Atlantis.
Era algo que Poseidón haría. No muy sorprendente, porque estaba acostada sobre el cadáver de un traidor, en las ruinas del Olimpo antes de estar en el agua.
Ya sabes, más allá de los tropiezos que tuvieron con el tiempo, Poseidón era... posesivo. Cuidador, atento, amoroso... Sí, amoroso. Cállate. El padre de Percy era... cuestionable, pero la amaba. Ella lo sabía, porque él era dulce y amable con ella, de una forma muy sincera. Jamás daba ni prometía lo que no podía darle.
Pero sí, era posesivo.
No era algo inusualmente desagradable ni espeluznante. Solo extraño a veces, acogedor normalmente incluso. Cómo cuando eras un niño pequeño y tu madre te persigue en el parque, y te quejas de que quieres estar solo, pero al mismo tiempo te gusta mucho porque sabes que ella te va a tratar si te caes.
Percy lo sabía, de alguna manera. La forma en la que hablaba, como se movían sus pupilas, movimientos casi imperceptibles de sus dedos, como su figura parpadeaba tan sutilmente, como si quisiera convertirse en algo más inhumano y cómodo para su divino ser, más él. Siempre actuaba como si quisiera tomar a Percy para que nunca más vea la luz.
Y, bueno, Percy no era estúpida.
Todos los días crecía, todos los días su cuerpo crecía con ella. No, estúpida no era. Fea tampoco.
Ella sabía que era... Sí, hermosa. Para los estándares mortales, supuso que era hermosa. No es que ella lo pensara, pero así la veían. Semidioses inicialmente la confundieron cono hija de Afrodita, chicos mortales la llamaban estatua griega. Sabía que uno que otro más culto la llamó 'Bendecida Venus mortal'.
Percy prefería no meterse en esos líos. No quería ser la próxima Psyche, pero era información, y Percy era buena guardándola.
Percy era hermosa. El tipo de estándar griego que no todos los incultos de ahora, mucho menos los estadounidenses, como él solía susurrarle en el oído de noche como si secreto peligroso—y quizás lo era—, podrían apreciar tan bien como podría un griego de buena cultura.
Ella era hermosa, más cercana a la belleza divina, una belleza que solo los verdaderamente versados y de buen gusto podían apreciar.
Como los dioses.
Y los dioses apreciaban inusualmente la belleza. No era ninguna apreciación que beneficiara a las mujeres, y mucho menos a las mortales.
Quizás, si Poseidón la arrastrara a lo más profundo del mar, Percy podría perdonarlo. Podría apreciarlo, incluso. Pero no ahora. Ningún dios se pasó de la raya, era innecesario protegerla de todos.
Poseidón podía ser delicado y cuidadoso, incluso celoso, con el afecto de Percy. Los dioses lo eran con sus hijos, algunos con más autocontrol que otros.
Percy era bastante conocedora del tema; lo había aprendido lentamente, con una voz susurrante en su oído, y un brazo rodeando su cuerpo, con dedos traviesos y labios juguetones: los dioses no aman como los mortales. Para ellos, amar algo, o tener algo, era protegerlo, adorarlo. Y ella era de Poseidón. No como un objeto, sino como una extensión de si mismos. Una perla dentro de su concha. Y por mucho que a veces la sofocara, también era la única razón por la que seguía viva.
Los semidioses, en cierto modo, eran parte de los dioses, extensiones de ellos. Eso era porque la reproducción y la paternidad no era igual para ellos. No terminaba de comprenderlo, pero sabía que era algo así como dar una parte de ellos mismos que correspondía a su... Núcleo, a su esencia. Lo que eran, lo que los hacía ser ellos, ser dioses. Diferente a, por ejemplo, un mortal, que es sangre, pero no es esa esencia.
De todos modos. Percy se desvió del tema.
Su padre tenía mucho autocontrol. Percy lo sabía. Y lo agradecía, porque él confiaba en su juicio, en su capacidad y respetaba su autonomía.
Parecía algo básico, pero los dioses no funcionaban así. Esos conceptos dentro de una relación padre-hija eran construcciones mortales.
No importaba. Poseidón difícilmente la encerraría en el fondo del mar a menos que creyera que el peligro era tangible y a la vuelta de la esquina.
No lo haría porque sí. Él sabía perfectamente que ella primero le arrancaría la garganta con los dientes antes que aceptar estar bajo su poder, bajo el poder de nadie, sin una razón lógica.
Aunque no lo culpaba. El nombre completo de Percy era Persephone Eira Jackson, ¿Cómo puedes culpar a un dios por temer que el destino se repita?
Sally Jackson era, entre las mortales, toda una reina. La más hermosa, y la más inteligente, Percy pensó.
Persephone, que siempre vuelve a brazos de su madre.
Persephone, que siempre vuelve a brazos de su amor.
Persephone, que jamás será recordada como algo de su padre.
Sí, Sally Jackson era la más hermosa, y la más inteligente, pero también la más rencorosa. Una venganza tan sutil como fría.
¿Con cuántos dioses siquiera interactuaba Percy? Hermes era el único constante.
Bueno, Percy podía concederle el punto a su padre. Hermes era... Hermes.
Era coqueto, apuesto, divertido, ya sabes. Molesto, pero paciente. Era amable con Percy. Mucho, la verdad, sin pedir nada más que compañía y chismes del campamento.
La consentía bastante, si tuviera que admitirlo. Hermes le permitía faltarle al respeto, bromeando y hablándole como si fueran iguales, algo que ella sabía que no debería hacer, que nadie debería hacer.
Él le traía detalles de vez en cuando, nada llamativo. Principalmente comida o baratijas de turismo, probablemente robadas, que siempre se acumulaban en un estante que cada vez se asemejaba más a un altar en lo que Percy debería permitir.
También complacía la necesidad de afecto físico de Percy. Le enseñaba cosas, la ayudaba con su tarea, cuando podía.
Percy no podía evitar recordar, cada vez, todas esas veces que él dividía su consciencia para que una parte de quedara con ella, abrazándola hasta que se quedaba dormida, contándole historias el oído, trazando círculos en cualquier centímetro de piel desnuda que ella tenía solo para calmarla de sus pesadillas.
Pero Hermes nunca pasó el límite.
Nunca hizo algo que ella no le permitiera hacer. Algo que no le pidiera.
Percy frunció el ceño, mirando más atentamente su entorno.
Algo no encajaba. El agua era demasiado clara, el fondo era demasiado liso y suave. Una rama de olivo que parecía joven y recién arrancada descansando a su lado, una rama que definitivamente no había en ningún lugar de Atlantis.
En Atlantis, los olivos estaban prohibidos.
Percy acarició la rama de olivo, sintiendo la necesidad de abrazarla contra su pecho y no dejar que nadie la toque.
Mío. Mío. Míomíomíomíomíomíomío.
La dejó ahí, sin embargo, entrecerrando sus ojos al ver hacia arriba. No estaba en un lugar particularmente profundo, al parecer.
Nadó rápidamente hacia la superficie para averiguar qué sucedió, preguntándose quienes más habían muerto, que había sucedido con el cuerpo de Luke y, sobre todo, porqué estaba en lo que parecía ser una fuente, distrayéndose finalmente de los recuerdos y de la sensación fantasma de los dedos del padre de su amargo primer amor recorriendo su piel.
Eso había sido una mala idea.
Allí estaba su padre, viéndose más joven, más majestuoso y más enfadado de lo que Percy jamás había visto. Eso le valió un desagradable escalofrío y una mueca, sintiendo su estómago hundirse.
Genial, porque lo que más deseaba Percy era tener a su padre enfadado en modo dios.
Frente a él, una mujer increíblemente bella, con ojos grises que le recordaron a Annabeth, la volteó a ver. Percy sintió un nudo en el estómago. ¿Qué estaba pasando? ¿Y por qué los dos eran gigantes?
Jamás se sintió tan desdichada y abandonada por Tyche como cuando ambos voltearon a verla. Un frío recorrió su espalda, y el aire pareció escaparse de sus pulmones.
'¿Ups?', pensó, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor.
Poseidón parecía incluso más furioso, exigiendo respuestas a la bella mujer en gritos que resonaron como olas chocando contra las rocas. Pero ella, la mujer esbelta, no parecía escucharlo. Sus ojos grises, tan parecidos a nubes de tormenta y perlas puras, estaban clavados en Percy, como si fuera una anomalía natural que necesitaba ser estudiada y comprendida.
Sus brillantes ojos con halo plateado casi muestran terror. Sus pupilas eran anormalmente grandes, como la de un búho, aunque se contrajeron, y sus alas a juego estaban erizadas de una forma que a Percy me resultaba casi cómica, y se reiría si no fuera porque se sentía tan perdida.
Su mente apenas registró que estaban hablando en griego, un griego antiguo y melodioso que le resultaba a la vez familiar y extraño. Los sonidos fluían como un río, pero Percy no podía concentrarse en las palabras. Solo veía a los mortales que se acercaban y alejaban muy lo lejos, como si fueran sombras en un sueño.
Percy parpadeó, asustada. Sin pensarlo dos veces, abrió su boca y pronunció una palabra que su madre le había enseñado alguna vez:
—Pātēr?— No sabía por qué lo hizo, ni cómo la palabra había salido de sus labios, pero en ese momento era lo único que podía decir.
Su madre le había enseñado eso. El griego antiguo. Mucho antes que Quirón, mucho antes que cualquiera del campamento. No mucho, pero si lo necesario, lo suficiente.
Jamás llamaba a Poseidón en griego. Había ocurrido solo dos veces en toda su vida: cuando lo conoció, y cuando fue a rogarle por ayuda. Y en ambas ocasiones, Poseidón había perdido cualquier autocontrol. No era una palabra, una lengua, que Percy utilizara a la ligera. No con él.
Miró fijamente a Poseidon, rogando por una respuesta, pero el destino no pareció sonreírle, así como nadie pareció oírla.
Y Percy casi sintió que podía morir.
La dama se encogió lentamente mientras se acercaba, sus ojos grises examinando a Percy como si fuera un enigma, y sus enormes alas de búho aletearon suavemente.
Percy sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no podía apartar la mirada. Había algo en los ojos de esa mujer que la hacía sentirse pequeña y expuesta, como si todos sus secretos estuvieran al descubierto a sus brillantes y agudos ojos.
—Dime, niña, ¿Cuál es tu nombre?— preguntó la mujer, su voz suave pero firme.
Percy vaciló. Su mente era un torbellino de preguntas sin respuesta. ¿Debía decir su nombre completo? ¿Qué pasaría si no lo hacía? Antes de poder decidir, las palabras salieron de su boca casi por instinto.
No entendía porqué, pero quería obedecerla, quería complacerla, quería acurrucarse en sus brazos y hacer todo lo que le pidiera solo por su afecto, por su atención, por su validación.
Era una sensación tan profunda, tan abrumadora y ajena a lo que era Percy, que era tan... Tan suya, de sí misma, que el deseo repentino de pertenecer a esta mujer, tan claramente una diosa, casi la marea.
—Percy...— balbuceó, el griego tropezando en su lengua por su rapidez —Percy Eira J...— sin embargo, Percy no pudo terminar.
Una presencia nueva apareció repentinamente, lo que la hizo asustar. Decidió sumergirse de nuevo en el agua, buscando refugio en las profundidades que tanto le recordaba a su padre, como un abrazo.
No supo mucho de lo que pasó mientras estaba oculta bajo el agua, pero algo en su instinto le dijo que no era seguro salir. Solo sabía que no debía arriesgarse. Se lo dijo el temblor del suelo, la tensión del agua, la forma en la que mecía a Percy.
Se permitió a si misma ser acunada por el agua, sintiéndose reconfortada por la sensación de la esencia de su padre envolviendola. Cerró sus ojos, imaginando como se sentiría tener sus brazos alrededor de ella, acariciando su cabello, consolándola. No era algo que sucediera habitualmente, no se lejos, pero siempre que estaba en agua salada podía percibirlo.
Fue la mujer bonita de antes quien se sumergió solo un momento después de los disturbios, sus ojos grises brillando con una mezcla de curiosidad y preocupación. Con un gesto suave y palabras que se negó a oír, la instó a salir.
Percy obedeció, vacilante, apenas oyendo lo que la mujer decía. No oyó nada, de hecho, su mente aturdida solo interpretó el ululeo de un búho, algo que sorprendente la convenció para salir.
Sin embargo, se detuvo un momento.
La mujer la miró fijamente antes de quitarse la tela larga y grande que cubría su vestido griego (Percy no supo decir qué era la tela ni mucho menos el tipo de vestido) para envolverla.
Fue solo entonces Percy se dio cuenta de que estaba desnuda, como había sido traída al mundo frente a una diosa completamente desconocida. Un rubor cálido le subió a las mejillas, pero no dijo nada. No se sentía juzgada, ni acosada, solo vagamente avergonzada, pero sin ninguna necesidad de cubrirse ante esta diosa. En ese momento, lo único que importaba era la seguridad que esa regia dama le ofrecía.
Con vergüenza, Percy la siguió. Ella parecía acunarla entre sus brazos y Percy se permitió un segundo de paz. Todavía sentía un nudo en el estómago, pero no podía apartar la mirada de la tensa escena de dioses gigantes que tenía frente a ella.
Rápidamente distinguió a su padre, a Zeus, Hera, Apolo y Hermes —Percy tragó saliva, recordando la sensación de sus manos, la respiración en su nuca, los besos en su cuello; el dios de veía tan diferente, y aún así tan parecido; más guapo, de alguna manera, y más macabro—, todos viéndose más jóvenes y majestuosos de lo que jamás los había visto.
Las expresiones eran indescifrables, y eso estaba bien. Los dioses no estaban hechos para ser comprendidos para los mortales. O mejor dicho, los mortales no fueron creados para entender a los inmortales.
Percy prefería no entenderlos, la mayor parte del tiempo. Era más fácil, y tenía miedo de lo que sabría si los entendía.
Una de las alas de la dama la atrajo más cerca de ella, como si esa mujer intentara refugiarla del caos. Sin embargo, la confusión de Percy seguía ahí, latente, esperando estallar.
—Padre, dios rey— llamó la mujer detrás de ella, aunque todos veían a Percy fijamente —esta es la niña nacida de la fuente.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Percy podía sentir el peso de las miradas de los dioses sobre ella, como si estuvieran tratando de descifrar un enigma. Zeus levantó una ceja, Hera frunció el ceño, y Poseidón parecía a punto de estallar.
Percy casi cerró sus ojos en un claro gesto de 'no me jodas', pero se forzó a mirar fijamente hacia delante, aunque se negó a pisar el suelo.
El suelo ateniense.
¿Acaso había caído en una especie de reality show para Hephaestus TV? ¿O era esto algún tipo de castigo por algo que había hecho en una vida pasada? ¿Una broma?
Travis y Connor eran muy bromistas. Sí, probablemente era eso. Quizás se enteraron de que veía seguido a Hermes y le hicieron este montaje.
Claro. Tenía sentido.
—Athena, hija mía— Zeus inclinó su cabeza.
Percy casi esperaba una mirada de odio o una mirada lasciva, pero él se veía sorprendentemente solemne y analítico, casi contemplativo. Sus ojos azul eléctrico brillaban con una luz que parecía penetrar hasta lo más profundo de su alma, como si estuviera evaluando cada fibra de su ser.
—Me has dado una nieta hermosa.
La mujer de erizó otra vez, y Percy también. Ambas hicieron un sonido agudo y bajo de protesta, al unísono.
¡Percy no era hija de esta mujer!
Por todos los dioses, ¡Era Athena! ¿Cómo no lo vio? Era obvio.
Percy sintió el nudo en su estómago expandirse.
La majestuosa mujer al lado de Zeus, que solo podía ser la diosa Hera, hizo una mueca ligera con sus labios, pero también inclinó la cabeza. Sus ojos, llenos de una mezcla de curiosidad y desaprobación a pesar de su rostro cuidadosamente en blanco, se clavaron en Percy.
—Una niña hermosa, a pesar de... las circunstancias de su nacimiento— dijo lentamente, vagamente despectiva —¿Has nombrado a esta... ninfa tan altaneramente con el nombre de dos reinas?
El ala la acercó más, sus plumas todavía más erizadas, como si estuvieran listas para protegerla de cualquier amenaza. Percy sintió una extraña sensación de seguridad, pero la confusión seguía consumiendo su cuerpo en una sensación fría, como si no tuviera sueño para sostenerse y cayera en un vacío sin fin.
—No, diosa reina, me temo que ella se ha nombrado a sí misma, al igual que yo cuando nací de la cabeza del dios rey.
Percy necesitaba una explicación ahora mismo. ¿Qué significaba todo esto? Su mente era un torbellino de preguntas sin respuesta, y la única cosa clara era que estaba en medio de algo mucho más grande de lo que podía entender.
—¿Es eso cierto, nieta mía?— Percy se sobresaltó cuando Zeus se dirigió a ella, su tono indescifrable.
Athena y ella volvieron a hacer ese sonido. El de la diosa de hizo más claro y deliberado, casi una advertencia.
Percy no sabía que responder, así que solo asintió, confundida. Quizás seguir el juego era más seguro para ella.
Hera alzó una ceja, como si esperara una respuesta verbal y perfectamente lógica.
Percy miró rápidamente con confusión a todos allí.
—Es... Es un... Nombre... bonito?— Percy, tan confundida como estaba, recordó usar el griego antiguo. Se sintió áspero en su lengua y probablemente tendría que practicar su pronunciación hasta acostumbrase y no tropezar tanto como lo hacía.
Hera no parecía complacida.
—Es digno, regio— dijo, aparentemente más segura. No se sentía así y no entendía nada, pero decidió seguir el juego hasta entender que pasaba —. Más que respetable.
Zeus inclinó su cabeza nuevamente, como si lo considerara, y el brillo analítico regresó a sus ojos. Hera inclinó la cabeza, menos en desacuerdo, pero aún no complacida.
Percy se pregunto si había algo que realmente la complaciera.
—Si, es un nombre muy respetable y digno, regio, como dices. Un nombre más que hermoso— estuvo de acuerdo, hablándole como le hablaría a un niño pequeño. Probablemente así la veían todos, independiente de lo ofendida que Percy se sintiera por su tono —Una elección curiosa, sin duda, pero llevar el nombre de mí esposa y una de mis hijas debe ser un gran honor.
Percy captó la ligera condescendencia deliberada y, aunque no entendía la situación, se sintió vagamente ofendida y alzó la barbilla.
—Lo es.— dijo secamente, replicando su condescendencia.
Hera la miró de reojo, un poco más interesada mientras todos se suman en un silencio tenso; el aire denso con rastros de ozono le picó en la nariz a Percy, pero ella solo podía concentrarse en su rabillo del ojo, donde su vista periferia podía apreciar a Hermes viéndola fijamente, lamiéndose los labios.
—Padre— llamó Apolo, tan serio que Percy habría hecho una broma si fuera el Apolo que ella conocía, pero algo le decía que no sería bien recibida —¿Puedo revisar a mi sobrina? Parece muy... desorientada.
Hera lo miró, un destello de odio en sus ojos.
—Es una bebé, por supuesto que está desorientada. Los bebés son así. Athena tuvo la fortuna de estar siglos en la cabeza de Zeus antes de nacer, por ello fue particular. Los bebés normales no.
Ouch, pensó Percy, viendo a Athena de reojo.
Qué forma tan peculiar de tacharla de bicho raro. ¿Así se veía el bullying divino?
Sin embargo, la diosa permanecía cuidadosamente en blanco, pero sus plumas seguían erizadas.
—No me molesta que compruebes el estado de la niña— dijo con firmeza —. Ella está decente, así que puedes acercarte. ¿Supongo que estás de acuerdo, Poseidón?
—¿Qué tiene que ver Poseidón?— el tono de Hermes, que Percy identificó como cizañoso, era inusualmente alegre, casi retorcido, y Percy sintió un escalofrío.
—Ella nació de mi fuente— la voz de su padre, arrastrándose, tan distante, golpeó a Percy más duro que una patada de caballo —Que lo haga— chasqueó la lengua, tan irritado de la sola presencia de Percy que ella se sintió ahogándose .
Percy pudo evitar encogerse sobre si misma. Aunque no entendía lo que estaba pasando, podía captar entre las ficticias líneas hipotéticas de todo este embrollo que estos no eran los dioses que conocía. Eran más jóvenes, más poderosos. Más míticos .
Y ella conocía los mitos.
Afortunadamente nadie dijo nada, pero la densidad de sensación en el aire, más fuerte que el ozono.
El toque de Apolo fue suave y cálido, pero le produjo terror .
—Ella— Apolo retrocedió, asombrado, horrorizado —es mortal .
