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Materiales del caos

Summary:

“Omega”, dijo Él.
Victor se paralizó, aferrado contra la pared. No. No podía ser posible. 
“¿Por qué crees que puedo encontrarte a dónde quieras que vayas? Dejas un rastro de ti, como petróleo. Y mi fuego no puede evitar prenderse de él”. 

O la Criatura viene a sacar a la fuerza algo que su Creador no debe darle.

Notes:

Este fic fue inspirado por el maravillo arte de Faye en Twitter, quien desafortunadamente eliminó su cuenta antes de que pudiera agradecerle por haber ilustrado ese fanart que me cambió la química del cerebro totalmente.
Total, por eso y empujada por las docenas de amistades perversas en el fandom incipiente de Frankenstein, me atreví a arrojarme a este ship que, nunca ni en mis 8 años de estudios literarios, se me hubiera ocurrido. Pero la cara de Oscar Isaac y el cuerpo de Jacob Elordi y la mente de Guillermo del Toro llegaron a provocar milagros. Así que aquí esta, terminado entre los descansos del trabajo lol :)
Besos a todxs <3

Work Text:

La invención, hay que admitirlo con humildad, no consiste en crear de la nada, sino del caos — Mary Shelley, Frankenstein



“¿De qué manera me hiciste semejante a tu imagen, padre, si tu cuerpo es tan fácil de romper?”. 

Víctor Frankenstein no pudo responder una pregunta que él mismo se había hecho infinidad de veces; no cuando Él le estaba abriendo la boca con los dedos para introducirlos dentro. Salados y calientes. Dedos vivos, largos. Él había escogido los dedos de su mano derecha de la de un soldado que había muerto con el fusil todavía aferrado. 

¿Tendrían memoria muscular? ¿Sería esa la razón por la que Él curvaba los dedos hasta el fondo de su garganta, como buscando ahí un gatillo que hiciera disparar una bala definitiva?

“Ngh, kh, agh, agh”. 

Clavado contra la pared húmeda de esa cueva, Víctor no podía escupir ni balas ni palabras. La Criatura había decidido que, en ese momento, lo único que le iba a permitir era recibir. Sus dedos, su voz, grave, desconectada, directamente en la oreja. 

“Pero sabes, incluso los hijos biológicos no son idénticos a sus progenitores. Lo vi con mis propios ojos. Nadie nace como la copia del otro. ¿No es eso injusto? Solamente te ves a ti mismo en un espejo”. 

Víctor sintió dolor en su único tobillo. Durante todo el forcejeo había agradecido que la adrenalina le hubiera permitido andar todavía sin sentir nada, pero incluso eso se estaba diluyendo. 

Todo lo que tomas de manera anticipada cobra factura eventualmente. Todo lo que abandonas regresa para atormentarte. 

“¿Acaso soy tu espejo? ¿O un deseo? Creador, ¿por qué me hiciste tan distinto a ti?”. 

Los dedos salieron de su boca junto a un hilo espeso de saliva blanca. Otro líquido salado le cayó por los labios. Lágrimas. Las lágrimas también eran saladas. ¿Cuántas correspondencias hay en el mundo?

Con la voz destrozada por el rasguño de las uñas de la Criatura, Víctor preguntó: “¿Qué quieres decir?”. 

Para él, las acciones de ese monstruo eran ininteligibles. Lo perseguía, lo atormentaba, pero no lo mataba. Le hacía daño, lo increpaba, pero se pegaba a él, como un perro que había aprendido a amar al fuste que lo golpeaba. 

“¿Qué quieres decir?”, volvió a decir, desesperado, queriendo decir, ¿por qué haces esto? Queriendo decir, ¿distinto cómo? No hay nada en nosotros que nos asemeje.

“Omega”, dijo Él.

Victor se paralizó, aferrado contra la pared. No. No podía ser posible. 

“¿Por qué crees que puedo encontrarte a dónde quieras que vayas? Dejas un rastro de ti, como petróleo. Y mi fuego no puede evitar prenderse de él”. 

“Suéltame”, dijo Victor, atemorizado. “Déjame ir. No sabes lo que dices. ¡Déjame ir, monstruo horrendo!”. 

Pero la Criatura se clavaba contra él, enorme como una roca. Y así, aplastándolo, metió la mano llena de saliva debajo de sus pantalones, hundiéndose entre sus nalgas, para apretar con la yema de tres dedos el frunce sensible y, por obra de alguna entidad satánica, húmedo

“Me hiciste un alfa”, murmuró Él, suavemente, casi con curiosidad. “Un alfa que se alimenta de tus feromonas. Me armaste como la pieza que llena tu vacío. Creador, tú no sabes lo que dices”. 

Victor intentó zafarse de sus manos, de su presencia, pero era imposible. Un dedo atravesó el anillo de músculo y él solo pudo soltar un quejido de terror. 

“Espanto antinatural. ¿Cómo te atreves a hacerme esto? Eres peor que un loco, que un criminal”. 

“Hazme un compañero”, exigió Él, hundiendo lentamente el dedo, abriendo terriblemente ese lugar que nunca había sido tocado por nadie, ni siquiera por Victor mismo. Le ardía, lo hacía sentirse enfermo de asco… pero debajo del horror, algo comenzaba a fraguarse dentro de su estómago…

“¡Nunca! ¡Jamás volveré a cometer este ignominioso error! ¡Eres el primero y serás el último!”. 

“Alfa y omega”, dijo la Criatura. “Los últimos serán los primeros. Omega, si no me haces un compañero, no me va a quedar de otra más que sembrarlo aquí”. 

La Criatura sacó el dedo y luego clavó dos, índice y medio, hasta el fondo y Victor solamente pudo aferrarse a la pared de roca, incapaz de soportar la sensación, de la humillación teñida de placer, del deleite naciendo entre el asco, como una hoja de césped entre la nieve. 

“Matriz fértil, tierra húmeda. Mi creador. ¿No me darás un hijo entonces?”. 



*

Un vacío.

Eso era lo que su padre le había dicho que era un omega.

En los libros de texto, enormes y polvosos, Victor veía la imagen del cuerpo de un omega, hombre o mujer, partida a la mitad, mostrando el espacio que había sido creado para la procreación. 

El útero. El lugar dónde la alquimia del cigoto tenía lugar. El primer nido de la vida, no más grande que su puño cerrado. Creadores de vida, cargados de estigma desde su nacimiento.

“Por supuesto, son necesarios para la continuación de la vida, pero Galeno tenía razón cuando decía que un omega era poco más que un animal”, explicaba fríamente su padre, señalando en el pizarrón el sistema reproductor de un omega. “En celo, un omega pierde su razonamiento. Y un hombre sin razonamiento es peor que un animal, porque por lo menos los animales tienen sentido de la preservación. Un omega puede meter la cabeza en una guillotina ante la promesa de la verga de un alfa”. 

Víctor escuchaba todo eso con terror impresionado. ¿Sabía su padre que estaba hablando así de su madre? Su madre, que era omega y que en ese momento cargaba en su estómago a su hermano. 

Su padre lo miró con sorna, como si pudiera adivinar sus pensamientos. 

“Una mujer omega por lo menos tiene algo de gracia en su apariencia, pero un hombre omega es una contradicción”. 

“¿Es por esa razón que hay tan pocos?”.

Su padre dejó el puntero en la mesa de la biblioteca y Víctor sabía que estaba a punto de enfrentarse a la exasperación de su padre. Su cuerpo entero se paralizó. 

“¿Qué razones da el Tratado de anatomía descriptiva de Bichat sobre la poca disponibilidad de especímenes masculinos del género secundario omega?”. 

“Su rareza”. 

“¿Por qué son raros?”. 

“La guerra”, respondió Víctor, tragando saliva. “La hambruna, las enfermedades. Históricamente, eh, históricamente los hombres omega han sido considerados carne de cañón. Sus feromonas son más fuertes, desestabilizan al enemigo. Pueden, ah, pueden ocultar su género secundario fácilmente. Una mujer omega no”. 

“Hay otra razón, Víctor”, dijo su padre, tomando de la mesa no el puntero si no la fusta. Víctor comenzó a sudar. “La más importante, tal vez”. 

Víctor había leído el Tratado de anatomía más veces de las que podía contar. No había manual ni almanaque ni estudio que no hubiera pasado por sus manos. Se devanó los sesos intentando recordar otra razón por la cual los omegas masculinos eran más raros que los femeninos, pero no había nada. 

Por costumbre, sabiendo qué era lo que continuaba cuando no sabía una de las preguntas arbitrarias de su padre, se puso de pie. Encaró a su padre y solo lo miró. ¿Cuál es la respuesta, padre? ¿Es acaso una que solo tú conoces?

“Ni siquiera con ayuda puedes responder algo tan sencillo”, espetó su padre, decepcionado. “Te lo dije: los omegas son una contradicción. Un omega masculino no solo produce óvulos, sino también espermatozoides. Así que, si tuvieras la mente de un perverso, podrías intuir que un omega puede embarazarse a sí mismo. Su descendencia siempre es dominante. Un omega masculino que se procrea no puede evitar más que replicar su simiente podrida. Una criatura andrógina, con rostros bonitos y feromonas irresistibles. Un omega masculino es un ser poco confiable, retorcido por naturaleza. En El Banquete de Platón, ¿recuerdas lo que hizo Zeus con esas criaturas dobles?”.

Víctor lo recordaba. 

“Los partió con un rayo”. 

“Esa es la razón por la que desde tiempos inmemoriales se les ha considerado de mal agüero y se les ha usado para la disección. Ni siquiera los dioses de antaño apreciaban ese error suyo en la creación… Ahora, levanta las manos. ¿Para qué te sirven si no puedes tomar un libro y leer con atención?”. 

Víctor tenía 14 años y en la piel, salpicados por todo el cuerpo, como las rayas de un tigre, las marcas de la enseñanza de su padre.

Su madre solamente veía las que él dejaba a la vista, en las mejillas o en las manos. Y Víctor no tenía intención alguna de mostrarle las que le había dejado entre los muslos, en las nalgas, detrás de las rodillas. 

Pero tanto su madre como él sabían que su padre había arreciado los castigos porque en cualquier momento Víctor, el primogénito del afamado Doctor Frankenstein, iría a presentarse. Y, todo el pueblo, qué diablos, todo el país, parecía estar a la espera de qué tipo de hombre el hijo del doctor más reputado de la región iría a ser. 

No había dudas para la mayoría de que, como hijo de su padre, iría a presentarse como un alfa dominante, que seguiría el legado de magíster de la medicina. Y Víctor no dudaba eso. Él nunca había puesto en duda su cerebro y su tendencia casi natural al estudio. 

Sin embargo, cuando se trataba de su género secundario no estaba tan seguro.

En el estudio de su madre, sentado junto a ella, mientras la escuchaba leer los poemas de Lessing, pensaba en lo que sabía sobre ser un alfa y un omega.

Él, que había crecido con la presuposición de que sería un alfa del más alto calibre, no tenía dudas sobre lo que representaría crecer y habitar el mundo como un alfa; en la cima de la cadena alimenticia, abanderado con la noble tarea de llevar a la civilización hacia adelante, procrear a la siguiente generación de alfas. 

Pero cuando pensaba en un omega, su cuerpo entero se enfriaba, el estómago se le hacía nudos, la boca se le secaba. 

“Víctor”, susurró su madre. “¿Te duelen las manos?”. 

Su madre dejó el libro de poesía en la mesita ratona y  tomó una de ellas entre las suyas. Las dos manos vendadas, soltando un aroma herbal y metálico, producto de la caléndula de su madre y el yodo de su padre. 

“No, mamá”, respondió él, sonriendo ligeramente.

“¿Por qué tienes las manos tan frías entonces?”. 

“No sé”. 

Su madre le besó el dorso de las manos y, luego, lo besó en la frente. “Estás ardiendo, mi querido. ¿Estás pensando mucho en algo? Vamos, no escuches a tu padre. No dejes que te desanime. Simplemente está bajo mucha presión todo el tiempo.”

“No es eso, mamá…”, murmuró él, mirándose las manos. “Mamá. ¿Cómo se siente ser omega?”. 

Su madre soltó una risa cristalina, llena de vida. Víctor la recordaría toda la vida. La manera en la que podía transformar el ambiente de una habitación con el sonido musical de su voz. Cómo podía despedir un olor a hojas húmedas, al olor de la tierra cuando estaba a punto de llover y provocaba que Víctor quisiera hundirse en su pecho, como esperando encontrar ahí barro y agua, y regresar a ser una semilla y no un chico a punto de presentarse. 

“No sabría responder tu pregunta, mi amor”, dijo su madre, acariciándole la cabeza con su mano fría. “No he tenido la oportunidad de ser otra cosa más que un omega, así que no puedo comparar mi experiencia. Se siente como ser yo. Ordinario. Aunque ser lo que soy me dio la oportunidad de tenerte a ti, así que podría decir que es milagroso”. 

Pero su madre era su madre. Buena y reconfortante. ¿Qué tanto podía confiar en la palabra de alguien que, de acuerdo con los libros y la opinión de su padre, era hipócrita de nacimiento?

En su habitación, Víctor solía cerrar la mano, del tamaño de un útero, y colocársela encima del estómago, intrigado por cómo algo así podía caber dentro de él, en cómo algo así podía crecer y expandirse para acomodar a un bebé de tamaño completo. ¿No era eso un terror impresionante en sí mismo? ¿El gore de la procreación? Un derramamiento, el cuerpo humano siempre cerrado abriéndose voluntariamente para excretar a otro ser vivo. 

Solo de pensarlo, Víctor temblaba. 

No, no podía ser omega. Simplemente era algo que no podía permitirse ser. 

Así que se ponía de rodillas frente a la cama, frente a los ojos brillantes del Arcángel Gabriel, y le pedía: No me hagas un omega. Hazme un hombre que mi padre tema. Hazme un doctor que pueda poseer todos los misterios de la vida. Sácame fuera de la prisión del cuerpo. No me hagas un omega. No me hagas un omega. 

Pero ¿cómo podría Víctor pedir no ser algo que ya había sido desde el vientre de su madre?

Pero sucedió rápido, por suerte. 

Su madre entró en labores de parto y Víctor, con el olor de la sangre de su madre en el rostro, corrió hacia la biblioteca, mientras él mismo sentía dentro del estómago un desgarramiento análogo, una apertura antinatural dentro de él. 

La fiebre que su madre le había atribuido al agobio de ser el hijo de su padre era en realidad el primer síntoma de su celo. Su celo de omega.

Así que mientras su madre moría desangrada, cumpliendo con su labor de omega, Víctor Frankenstein se aferraba a los tomos de anatomía, fisiología, biología, de farmaceútica y de botánica, sufriendo los embates salvajes de su cuerpo, tan parecido al de su madre, que lo reducían a nada más que un animal en busca de una pareja, a un pedazo de carne para ser devorado. 

Víctor no recordaba mucho de esa primera noche de celo. Se acordó del dolor en el vientre, de la fiebre y del vómito. Se acordó del olor a la sangre y de él mismo arañándose la cara, mientras se arrastraba entre los libros de la biblioteca, buscando entre los pergaminos alguien que le explicara qué hacer ante esa desazón.

Por suerte, la muerte de su madre le nubló la cabeza a su padre, quien ni siquiera preguntó dónde había estado Víctor esa fatídica noche.

Pero ocultar su condición había llegado a un precio muy alto, porque ahora, Víctor se había quedado sin su única aliada y, en cambio, se había quedado con un pequeño hermanito, rubio y de ojos azules, tan parecido a su padre, que pronto sustituiría a Víctor como solo foco de atención del Dr. Frankenstein.

Pero si la vida era un juego de balances, entonces Víctor estaba listo a entregar la comprensión y el calor de un abrazo por la indiferencia y la falsedad, que se convertirían en sus aliados para fabricar una realidad en la que él no solo era un alfa de primera categoría, sino un hijo dedicado a la medicina, listo para irse a Ingolstadt, a Edimburgo, a Bolonia, a dónde fuera, pero lejos de William y del legado en decadencia de su padre, quien acabaría muerto antes de que pudiera exigirle a su primogénito cumplir con su tarea de perpetuador de la raza. 

Y allá afuera, ¿a quién le interesaba si Víctor era un alfa y un omega?

A nadie y él, aprovechándose de la súbita orfandad, del desprecio de Dios y de sus ángeles, tampoco estaba interesado en los problemas que conllevaba su condición.

Unas gotas de morfina, una inhalación de opio y Víctor podía pasar su celo entero dormitando en su cama, para luego resurgir como lo que era: Víctor Frankenstein, el líder en la carrera hacia la supremacía de la vida más allá de la muerte. 

Sus feromonas no eran nada en comparación con el poder de su mente y la abyección de su imaginación. Su útero, del tamaño de un puño cerrado, no era nada en comparación del tamaño de su curiosidad y su arrogancia. 

Oh, ¿acaso no sería eso el principio del fin?



*

Henrich Harlander, sentado en la parte trasera de una carreta destruida, se cubría la nariz elegantemente mientras lo veía abrir la camisa de un soldado muerto en el piso.

“¿Qué ves, querido amigo? ¿Un buen pectoral? ¿Un músculo subclavio que valga la pena?”. 

Víctor sabía que Harlender lo consideraba poco más que un carnicero con algo de aptitud. Aún así, era divertido verlo querer pretender que podía soportar estar entre las consecuencias atroces de la guerra, esas que ningún libro de historia contabilizaba; los fosas comunes en las que los cuerpos de los soldados acababan.

“Mmm, no precisamente”, respondió él, tomando sin cuidado a aquel cadáver al que le hacía falta media cara. Lo volteó con esfuerzo para poder verle el cuello. “Ajá. ¿Ves? Este no me sirve. Es un omega mordido”. 

Harlander se asomó apenas, con más desagrado que curiosidad, para ver la marca redonda y casi ennegrecida de unos dientes irregulares marcando la piel pálida de aquel pobre diablo. 

“Ha. Siempre es muy humillante de ver que gente de este tipo tengan todavía la capacidad de reproducirse”, espetó Harlander, tallándose ligeramente la nariz con el nudillo del dedo índice. 

Víctor levantó una ceja elocuente, mientras se acercaba a otro cuerpo. “¿Tiene el señor un problema con los omegas?”. 

Harlander soltó una risa sarcástica. “Tengo un problema con los pobres desgraciados. ¿Quién les ha dicho que es buena idea tener 10 hijos cuando no tienen ni un franco para comprar pan?”. 

“Esencialmente no hay nada diferente entre alfas y omegas”, comenzó a decir Víctor, mientras alzaba el cuerpo de otro “pobre desgraciado”. Por supuesto, ese también era omega. No estaba marcado, pero Víctor podía reconocer a los de su clase con solo mirarlos. No, esto no le iba a servir… quizá necesitaba ir a las cárceles. 

“¿Y luego?”, preguntó Harlander, apropiadamente curioso ante su interlocutor. Después de todo, no había con muchas personas con las que dialogar en tal lugar. 

“Anatómicamente lo único que separa a un hombre alfa de un omega es un órgano de siete centímetros de largo y cinco centímetros de ancho, con menos de 60 gramos de peso”, declaró Víctor, repitiendo perfectamente eso que había aprendido en las lecciones con sus profesores y su padre. “No más grande que el puño de un muchacho… y sin embargo, para el mundo entero eso es suficiente para mandarte a morir en una guerra”. 

“¿Es esta una crítica hacia la industria de la guerra?”, preguntó Harlander, con genuina curiosidad. “Me parece que Elizabeth te ha contaminado con su discurso de paz”. 

“No, no”, se río Victor, quien volteó el enorme cuerpo tieso de un hombre que, gracias al cielo, era un alfa. “En todo caso, estoy hablando sobre la voluntad de Dios”. 

“Nunca esperé escuchar eso de la boca del cínico Víctor Frankenstein”, se burló Harlander, tapándose la nariz de nuevo cuando vio que el hombre frente a él comenzaba cortar la ropa del muerto con su navaja. “Así que crees que ser alfa y omega es una cuestión divina”. 

No era una pregunta, si no un comentario burlón, pero Víctor, admirando el amplio pecho de aquel alfa con ojos llenos de hambre. “Bueno, por supuesto. ¿A quién más se le podría ocurrir una jugarreta tan cruel?”. 

 

*

¿Y quién podía culparlo, realmente?

Víctor tomó pedazos de alfas para construir a un hombre que era el contrario a él. Consciente o inconscientemente, no importaba cuál había sido el proceso mental detrás de aquella creación antinatural; lo que importaba era el resultado, el cuerpo inerte en la plancha de disección, por fin completo; huesos, músculos, articulaciones, tendones y cartílago; entrañas, vasos sanguíneos y nervios; la piel, tejida en pedazos, como si fuera él un talabartero, además de cirujano. Dos ojos y una lengua, procurada fresca de un muchacho que había matado a su padre y sus hermanos. La verga más grande y vulgar que encontró entre los condenados por violación. Escogió la de un hombre que no dejó de reírse cuando lo llevaron al patíbulo y que, cuando le colocaron la soga el cuello, se puso duro de inmediato, como un maldito desquiciado, excitado ante la perspectiva de morir frente a docenas de personas.

Y sin embargo, aquella criatura, hecha de los materiales más funestos de los pobres desgraciados que habían pisado aquella tierra, le pareció hermosa cuando, armada por sus manos, apareció completa frente a él.

Pensó en su padre y su fusta y pensó en su madre y su risa de granate. Pensó en el dinero Harlander y pensó en Elizabeth y sus manos atrapando mariposas.

Se dio cuenta de que él, a diferencia de todos ellos, había superado el orden del que había sido creado.

A su alrededor, se apilaban montones de cadáveres y el olor de la sangre podrida era tal que ni siquiera había moscas que se posaran en la cima de su torre de Babel. 

Él, solo él, había vencido a la maldición que Dios le había lanzado a Eva fuera del Jardín del Edén: el parto con dolores y la sumisión de los omegas ante los alfas. 

No, ahí, en su laboratorio, Víctor Frankenstein estaba a punto de crear vida sin dolor, iba a demostrar la potestad del omega frente al alfa. Ahí, entre los rugidos de los rayos y el olor del petricor, que le recordaba al de su madre, Víctor era el único dios, el único con acceso al verdadero conocimiento prohibido: la gestación fuera del útero, la supremacía del hombre ante el cruel dios entre las nubes.



*

“¿Duele?”, preguntó Él.

Víctor quería preguntarle quién le había enseñado a hablar, quién le había dado un Biblia para leer y quién le había mostrado la diferencia entre alfas y omegas, pero la delicadeza de la voz de la Criatura lo hizo flaquear en su intención. 

Todavía estaba usando la ropa de la boda de William y Elizabeth, y en la boca todavía sentía el dulzor de la champaña que había bebido para soportar la injusticia de ser el primogénito venido a menos, solitario, excéntrico y lisiado. Por no decir que, incluso a su edad, todavía seguía experimentando celos, que serían apropiados para un adolescente virgen y no para alguien de su edad.

La Criatura lo había raptado cuando Víctor se había quedado en su habitación, enfurruñado y medio borracho, incapaz de encarar a su hermano y a su ahora esposa. No sabía si alguien lo había escuchado gritar o si lo buscarían cuando se dieran cuenta de que no estaba en la mansión. Quizá no. Quizá se alegrarían de no verlo, de no tener a alguien como él cerca.

“Sí”, se quejó él, sintiéndose humillado e infantil, como un niño emberrinchado. “Sí, maldito bastardo, me duele”. 

Las manos enormes de la Criatura lo levantaron del suelo y lo colocaron sobre la espalda, con suavidad, en un pedazo seco de tierras y hojas apiladas. De no haber sido por estar cegado por el dolor, Víctor habría pensado que aquello parecía el nido de un animal.

Iluminada pobremente por un par de antorchas, aquella cueva parecía ser un lugar entre el ensueño y la realidad Había algo casi fantástico en la atmósfera de ese espacio. El ruido de las gotas de agua, el eco de sus respiraciones. 

La cueva siempre había sido considerado un espacio de contacto con el inframundo, con la vida antes de la vida misma; una cueva era una metáfora de la matriz, de regresar y no de irte; de la madre y no de la muerte. 

Temblando y sudando frío, Víctor no podía pensar en nada más que huir, pero antes de que pudiera actuar, sintió las manos calientes de la Criatura aferrarse a su rodilla y tentar el metal de su prótesis. 

“No vas a necesitar esto”, murmuró Él, desatando el cinto que apretaba la prótesis a su muslo. Víctor levantó el rostro, aterrado. “Vas a quedarte aquí hasta que mi celo pase… nunca he tenido a nadie con quien pasarlo, Creador. Así que no sé cuánto tiempo… ¿tres días? ¿Una semana?”

“Tú— tú, no, tú no vas a hacer esto realmente, ¿o sí?”, titubeó Víctor, intentando quitar las manos de la Criatura de su pierna, pero en vano. La Criatura arrancó su pierna plateada y la arrojó del otro lado de la cueva, el ruido metálico reverberando por todo el espacio. 

“He visto como lo hacen”, explicó la Criatura, quien comenzó a quitarle la chaqueta de terciopelo negro con movimientos lentos pero decididos. “Alfas y omegas”. 

“Maldito pervertido”. 

La Criatura le arrancó el chaleco con fuerza por toda respuesta. Era una muestra silenciosa de su superioridad, pero también de su absurda benevolencia. Como si estuviera diciéndole: Puedo hacerte daño, pero no quiero. ¿Acaso no soy tan bueno?

“Esto”, dijo Él, tocándose entre las piernas, directamente donde Víctor sabía que estaba su verga de alfa. “Va aquí”. 

Y con un dedo largo presionó el estómago de Víctor, justo debajo del ombligo. 

“Y tengo que vaciar mi semilla hasta que no puedas recordar ni tu nombre. Hasta que me hinche y no pueda salir de aquí y no te quede otro remedio más que aceptar mi semen. Hasta que a los dos no nos quede duda de que cargas a mi niño”. 

El miedo se transformaba en odio y el odio regresaba al terror. La cabeza comenzó a darle vueltas y, por un momento, Víctor pensó que aquello no podía ser verdad. Era demasiado absurdo. Su vida no podía ser más que una colección de absurdos.

“Me voy a matar antes de que te atrevas a hacer algo así conmigo”, espetó él, ofreciendo su última carta para salir de aquel infierno. “Me voy a morder la lengua y me voy a ahogar con mi propia sangre. Dejaré de comer, me cortaré las venas. Matar a un hombre es muy fácil”. 

La Criatura acercó su rostro al suyo y lo tomó del cuello, con inusitada fuerza. “No te atrevas”, gruñó Él, tan furioso que Víctor no puedo evitar sentirse confundido por su reacción. “No te voy a permitir que te vayas hasta que cumplas con tu misión”.

“No puedo vivir en una cueva durante nueve meses”, se burló él. “Si no me mato yo, entonces lo hará el clima, la falta de comida, ¡la falta de abrigo! No son condiciones para la vida”. 

“Te construiré una casa. Cazaré para ti. Te abrazaré para que no tengas frío”, contestó Él, bajando las manos para tomarlo de los hombros.

“¡Me vas a matar tú, entonces!”, gritó él, señalando la entrepierna de la Criatura. “Conozco tu cuerpo mejor que tú. Es—es demasiado grande”. 

La Criatura ladeó la cabeza, como hacía cuando no comprendía algo a pesar de que Víctor se lo explicara una y otra vez. 

“Lo haré con esmero. Pausadamente. Procuraré que te complazca.”.

Víctor soltó una risa amarga. Si no fuera esto exactamente lo que Víctor habría imaginado como su infierno personal, sería casi enternecedor.

Nadie nunca le había ofrecido cazar para él. Nadie nunca le había dicho que se lo iba a coger con cuidado.

Víctor intentó enfocar su mirada en ese rostro que recordaba a la perfección y no pudo evitar pensar que era hermoso, que si no estuviera deformado por la mala hechura de sus puntadas, estaría ante la presencia de un alfa apuesto, del tipo que él había visto toda la vida y, secretamente, detestado.

Era verdad cuando había dicho que conocía su cuerpo mejor él mismo. Recordaba todo, cada proceso de su creación. La madre más estudiada del mundo no estaba tan enterada de la concepción de su hijo como Víctor estaba de aquella criatura. 

Él había visto los pedazos de él incluso antes de que su dueño original estuviera muerto. Él había escogido los miembros más bonitos, los mejores hechos. Él había conectado hueso con hueso, músculo y tendón; había acomodado amorosamente los metros de intestinos dentro de su cavidad estomacal, siguiendo con cuidado el orden que había aprendido desde niño. Los ojos que ahora lo observaban con una lujuria candorosa, él los había preservado en formol, para que no se secaran, para que Él pudiera ver perfectamente el mundo magnífico que ahora sería su hogar. 

¡Ah! Su arrogancia, su maldita y estúpida arrogancia. 

“Suéltame, bestia horrenda”, murmuró él, más enojado consigo mismo que con la Criatura frente a él. “Mátame o déjame en paz. O mátate tú, si tanto te atormenta tu soledad. Eres único en tu aberración; así que muérete con dignidad, lejos de aquí, de la gente civilizada”. 

Para su sorpresa, la Criatura no arreció su ataque. 

Lo soltó del cuello y con un movimiento ágil y torpe al mismo tiempo, se quitó el abrigo que traía puesto.

Antes de que pudiera siquiera imaginarse de lo que estaba haciendo, Víctor sintió el golpe directo y sin diluir de las feromonas de la Criatura, haciéndolo temblar, de terror sí, pero también de placer. 

Víctor alzó una mano para taparse la nariz pero la Criatura lo detuvo y con su fuerza inhumana levantó sus dos brazos por encima de su cabeza, colocándose encima de él.

“No sabía que podía hacer esto”, dijo Él, su voz aún más gruesa y afectada que antes. Lo observó cerrar los ojos y liberar más feromonas, que Víctor no pudo más que aspirar. “Pero se siente natural. Es como respirar. Como levantarte cuando te caes”. 

Era un humano después de todo; él y la Criatura encima de él. Eran humanos, atados a las disposiciones de su carne, de las condiciones de sus funciones biológicas. Nadie podía huir de su humanidad, ni siquiera Él, hecho de pedazos y de la insolencia de su Creador.

“Suéltame”, se quejó Víctor, sin el mismo coraje con el que lo había mandado a matarse. Las feromonas estaban haciendo su trabajo: entre más tiempo las respirara más caía al oprobio de su condición de omega. “Por favor, te lo ruego. Déjame ir. Te haré el compañero que quieres, te lo haré, pero déjame ir, por favor”. 

La Criatura levantó el rostro y sus ojos brillaron con una luz iridiscente, de estrella lejana. En lugar de responder, hundió su rostro en la curva del cuello de Víctor y aspiró con fuerza. 

“Hueles a…”, murmuró Él, haciéndole cosquillas con la vibración de su voz. “Hueles a lluvia. A tierra mojada. Hueles a leche, Creador. A sangre fresca… ¿Sabes a lo mismo?”.

Él realmente era su creación, porque ¿de qué otra manera podría haber adquirido esa misma endemoniada curiosidad?

Víctor, muy a su pesar, echó la cabeza hacia atrás y le dejó el espacio libre para que pudiera oler y saborear. Su cuerpo, ante la presencia incontestable de un alfa dominante no podía hacer más que actuar según su deseo: procrear, ser penetrado, ser tierra fértil para la semilla; ser el omega de su alfa.

Sintió la lengua caliente de la Criatura lamer el pulso desesperado de su yugular. Lo sintió chupar y succionar; lo sintió morder ligeramente, como para dejar una marca, en una pantomima de lo que hacían los alfas cuando marcaban a sus omegas. ¿Eso también lo había aprendido viendo? ¿O eso era algo que su cuerpo entero sabía, así como sabe el corazón que debe latir?

“Ah, no, ah, por favor”, jadeó Víctor, incapaz de resistir la lucha interna entre mente y carne. 

Su mente lógica todavía consciente le decía que se levantara y huyera de ahí, aunque fuera arrastrándose, pero su carne afiebrada le rogaba porque abriera las piernas y recibiera por completo aquella aberración. “No muerdas. No, no me toques, déjame ir”. 

La Criatura se levantó, pero no por obedecerlo, sino porque él también se había bebido directamente las feromonas de Víctor que había comenzado a liberar sin querer, en respuesta a las del alfa.

Encima de él, Él gruñó y tiritó de deleite, como lo haría un borracho al beber un licor dulce luego de días de abstinencia. 

“¿Todos los omegas huelen como tú?”, preguntó la Criatura, negando con la cabeza, como incrédulo de su propia experiencia. “¿O solo tú? ¿O sólo para mí, Creador, esto es más sabroso que una fruta madura?”.

Víctor lo había visto durante años: el actuar enloquecido y lujurioso de los alfas. Había visto a los mozos de su padre perder la cabeza en las caballerizas, persiguiendo a las mucamas; los había visto en la universidad, cogiendo como animales en callejones oscuros de la ciudad; los había visto en habitaciones lujosas de mansiones espectaculares, convertidos en animales. 

No importaba la clase ni la educación ni la religión cuando el género secundario poseía la razón de una persona; lo que tomaba la supremacía era la necesidad de aparearse. Lo único que ocupaba sus cerebros era la de hundirse dentro de un omega, fuera hombre o mujer, rico o pobre, cristiano o ateo.

Y ahora, encima de él, estaba una criatura que él mismo había hecho con los gajos de los alfas más deplorables, más violentos y más poseídos por su hambre perpetua, exhibiendo los síntomas que Víctor conocía perfectamente. 

No había escapatoria para él.

La Criatura encima de él lo iba a devorar. Su propia creación, su hijo, en cierta manera. ¿No lo había llamado padre? Sí, ahora lo entendía: este cuerpo milagroso, tan joven, tan nuevo para el mundo, era el de su hijo y ahora, arrastrado por el instinto que él, su padre, le había otorgado desde su nacimiento, actuaba como un amante. 

¿Acaso Él podía ser de otra manera? Así como Víctor había sido un omega desde que nació, la Criatura había sido un ser abyecto, fuera de la Ley Divina y fuera del comportamiento civilizado.

Y, por supuesto, esto era verdad para Víctor también. Después de todo, la Criatura no era más que el reflejo de su falta. 

Una falta, un vacío. 

Eso era un omega. 

Y encima de él, por fin, estaba eso que lo iría a completar. 

De todos modos, avergonzado por el golpe desesperado de su corazón, Víctor se mordió la mano y volteó el rostro, cuando sintió que la Criatura se aferraba de sus pantalones y, con desesperación animal, se los quitaba. 

Víctor no era virgen. En su perpetua pantomima de alfa, se había acostado con múltiples mujeres omega, que no sospechaban de su condición. Sin embargo, nadie nunca lo había tocado ahí, en el frunce húmedo que demostraba que no era como el resto de los hombres. 

La Criatura levantó sus piernas y las separó dolorosamente hacia afuera. Sus ojos brillaron y su boca se abrió ligeramente, al observar lo que su Creador, su padre, ocultaba ahí: una verga, como la de él, dura y chorreante, y un agujero pulsante, rezumando líquido fragante, la muestra indiscutible de que debajo de él estaba un omega listo para recibirlo. 

“Deja de verme así solamente”, exclamó Víctor, sintiendo que la vergüenza le teñía todo el cuerpo de rojo. “Haz lo que viniste a hacer o lárgate de aquí”.

“Eres tan bonito”, pronunció la Criatura, inclinándose hacia el suelo, para acercar su cara a sus genitales. 

Víctor intentó cerrar las piernas, pero la Criatura se lo impidió. Lo tomó del muñón de la pierna y se la pegó a la tierra, haciendo a Víctor jadear de incomodidad. 

“¿Bonito?”, se quejó él. “Bonito no es una palabra para describir a un hombre”. 

La Criatura pegó su rostro a su verga y se acarició en ella, como haría un perro con el pelaje de su madre. Aquella acción hizo a Víctor arquear la espalda, al ser incapaz de soportar la sensación directa de piel caliente contra piel caliente.

Lo tomó del cabello largo y áspero e intentó hacerlo hacia atrás, de quitarlo, pero su cuerpo estaba perdiendo toda fuerza para pelear y él sabía que, en cualquier momento, se iría a transformar en un omega jadeante pidiendo por su propia muerte, así como había dicho su padre años atrás. 

Un omega puede meter la cabeza en una guillotina ante la promesa de la verga de un alfa.

Lo sintió sacar la lengua y lamer todo su largo, sin ningún ritmo o gracia, sino con desesperación, besando toda la piel de sus muslos, olisqueando debajo de sus bolas, chupando con gusto los jugos que salían de su glande. 

No había técnica, no había delicadeza: lo único que había era hambre y sed. La Criatura nunca había sido abrazada, ni amada por nadie, ni siquiera por él, su padre, su Creador. Así que aquella acción, a pesar de ser el ejecutor, era lo más cercano que había estado al abrazo de un progenitor: así que estaba tomando todo lo que el cuerpo viejo y cansado de Víctor tenía para darle. 

“Pero eres tan bonito. Tu verga es bonita, menuda y deliciosa. La mía no es igual a la tuya. Prefiero esta. Me gusta su fragancia, me gusta su sabor”, murmuró Él, sin despegar la boca ardiente de la piel delicada de Víctor. 

“Cesa ya de decir eso”, exclamó él, haciendo un esfuerzo para hilar las palabras. Su mirada comenzaba a emborronarse, se le dificultaba respirar. Nunca había perdido el control. Toda su vida había usado su máscara de alfa, siempre había actuado en su papel del hijo del Doctor Frankenstein; pero ahora, le era imposible aparentar su naturaleza. 

Mientras la Criatura se metía su verga a la boca, Víctor Frankenstein no era más que un omega, listo para servir a su alfa en cualquier manera que él quisiera.

“Ah, esto es demasiado… Creador, no tengo palabras para describirlo”. 

“Ngh, ah, ah”. 

Víctor tampoco. 

Lo que estaba sucediendo entre ellos iba más allá de las palabras, más allá de las convenciones y de la moralidad. De repente, una vez que sus feromonas habían entrado al juego y una vez que sus cuerpos habían tomado el control de la situación, ya no hacía falta decir nada más.

El omega se iba a abrir para recibir al alfa, como había sucedido desde el principio de los tiempo. El Padre, que antaño había sido el Dios del Cielo y del Trueno, ahora era canibalizado por el Hijo, compuesto por retazos de pecadores y desgraciados, lleno de un amor demasiado grande para soportar. 

En aquella cueva, en aquel país lejano, Víctor y su Criatura no estaban haciendo más que recrea el antiguo mito de Padre y su Hijo, uno a la semejanza del otro; los dos la misma persona, el reflejo de un único deseo, el de no estar solos, el de no estar incompletos.

La Criatura se levantó de entre las piernas de Víctor y comenzó a arrancarle el resto de la ropa.

Por un momento, los dos quedaron al reverso de la primera vez que se conocieron: con la Criatura desnuda y sin idea de su lugar en el mundo y Víctor vestido, sorprendido ante la visión de su victoria sobre la vida. 

Pero ahora Víctor era el desnudo, ya no un hombre si no un omega con la cabeza llena de feromonas y el agujero mojado, incapaz de siquiera responder correctamente una pregunta de anatomía y encima de él, vestido con ropa igual de parchada y andrajosa que su cuerpo estaba su Criatura, su hijo, su victoria, que ahora amenazaba con horadarle la carne, como la flecha de París se clavó en el talón de Aquiles.

“Te veías más grande antes”, murmuró Él, palmeándose la entrepierna, sin dejar de verlo. “Cuando pensaba que eras el hombre más listo y fuerte de todos”.

Los dedos le estaban temblando y Víctor no pudo evitar sentirse conmovido ante el nerviosismo de la Criatura. Así que alzó las manos y desanudó el frente de su pantalón. No estaba usando calzones largos. Lo que veía de Él era lo que era. No había ser más sincero en ese momento que Él.

“Pero ahora me pareces pequeño y frágil. Ahora veo que eres humano solamente”, concluyó la Criatura. “Te compadezco, padre. Pero eso no significa que perdone”. 

Víctor tampoco quería recibir perdón. En ese momento, lo único que quería era ser penetrado.

Sacó la verga de la Criatura de los pantalones y se maravilló de verla en funcionamiento: era enorme, casi vulgarmente; las venas sobresalían por todo su largo y la punta era de un rojo encanijado. Su mano entera no podía rodear el ancho de aquel miembro, tan duro como una botella de leche, tan caliente como un hierro incandescente.

Instintivamente, Víctor cerró las piernas, pero la Criatura lo tomó de los muslos y lo jaló hacia él, alzando su cuerpo para tener un mejor acceso a la entrada agonizante entre sus nalgas. Colocó su pierna sobre su hombro y se inclinó hacia el muñón de la otra, acariciando su cara sobre la horrible cicatriz,

“No, espera”, jadeó Víctor, cuya espina era el único punto de apoyo en el suelo. En la espalda, podía sentir la dureza de la verga de la Criatura, embarrándolo de líquido seminal. “No hagas esto, no pongas tu boca… si vas a meterme eso dentro, hazlo ya. No juegues conmigo”. 

La Criatura solamente lo miró. 

¿Acaso era una mirada de lástima? ¿O era una de reproche? ¿O quizá era la mirada incrédula del cazador ante las súplicas tontas de la presa? 

¿Había Víctor mirado así a su padre cuando decía o hacía algo que él sabía que era una necedad de un viejo?

Los pensamientos y sentimientos de la Criatura en ese momento solamente le pertenecían a él y Víctor no podía hacer nada al respecto. Y menos cuando, la Criatura lo tomó de la verga y hundió la cara entre los pliegues de sus nalgas para comenzar a chupar, sin ninguna reserva, la entrada chorreante.

La sensación fue más impresionante de lo que esperaba. 

Atacado por ambos lados, Víctor no pudo evitar soltar un alarido que, si alguien lo escuchaba, lo confundiría con el de un hombre siendo apuñalado. Pero lo que Víctor sintió en ese momento no fue más que un éxtasis más allá del lenguaje humano: la lengua ancha y caliente de la Criatur lamió todo ese frunce, lleno de terminaciones nerviosas, con el simple propósito de hacerlo sentir placer, mientras que con la mano, enorme y torpe, sobaba su miembro, enfocándose justo a la altura del frenillo, donde se encontraba la parte más sensible.

¿Era eso parte de su aprendizaje humano o también era un instinto natural?

Con cada lamida y con cada beso, Víctor se dilataba cada vez, incapaz de mantener esa cavidad apretada, por miedo y dignidad. Mientras la mano de la Criatura lo acercaba cada vez más al clímax, su agujero pulsaba, como una boca hambrienta, buscando algo que lo llenara. 

Quizá por eso, y sin tener nada más cerca para satisfacer esa necesidad, pues sus manos estaban ocupadas, la Criatura decidió hundir su lengua ahí adentro, atravesando fácilmente el anillo de músculo y darle vueltas ahí adentro, como saboreando cada pequeño pliegue. 

“¡Ah, ngh, no, no hagas eso, ah, ah!”, gritó Víctor, quien de inmediato se sintió a sí mismo derramarse entre los dedos de la Criatura. 

También sorprendido por la eyaculación de su Creador, la Criatura se separó de él. Su boca y barbilla brillaban de estar mojadas por los fluidos que había bebido del cuerpo de Víctor. En ese momento, parecía una bestia, un lobo o un tigre, con el hocico lleno de sangre.

Lo dejó caer en el suelo y frente a él comenzó a desnudarse también.

Su aroma de alfa se acrecentó aún más. Ni siquiera cuando Víctor y la Criatura eran los únicos en el enorme castillo de Harlander había olido así; tan irresistible, un olor penetrante, a madera quemada, a agujas de pino trituradas, a piel caliente. Si el aroma de Víctor era el de la tierra antes de la lluvia, el de la Criatura era el de la tierra luego de un incendio.

Incluso ahí se complementaban.

“Me darás un hijo y, después, yo cumpliré tu petición de no volver a aparecer frente a ti”, jadeó la Criatura, volviendo a acomodarse entre sus piernas, pero esta vez alineando la punta de su enorme verga en el agujero abierto de Víctor. “Así que necesitas tomar toda mi semilla, mi Creador, y asegurarte de que se clave bien adentro y que fructifique. Ya lo hiciste una vez, conmigo. ¿Podrás hacerlo de nuevo?”. 

La punta roja de la verga de la Criatura se sobó delicadamente en su entrada y Víctor gimoteó, meneando las caderas, buscando más, intentando clavarse él sobre aquella enorme lanza, que amenazaba con perforarle el interior.

“Dilo, Víctor”, ordenó la Criatura, tomándolo de la barbilla para mirarlo directamente a los ojos. Era la primera vez que decía su nombre, como antes, como cuando el sumiso y el débil era él. “Di que me darás un bebé. Di que me darás un hermano, un compañero solo para mí”. 

Víctor, Víctor. Esa fue su primera palabra. 

Víctor que significada victorioso, ganador. Que significaba padre y Dios y maestro y carcelero. Víctor que significaba miedo y frío y hambre. Y Víctor que ahora significa madre, amante y mío

“Lo haré”, asintió él tomando con la mano el largo de la verga de la Criatura y clavándose la punta en la entrada de su agujero. “Te daré un bebé y te daré leche y te daré mis gritos, pero, por favor, por favor: cógeme ya. Cógeme”. 

Qué vulgar era la vida fuera del ojo benévolo de Dios.

La Criatura tomó a Víctor de las muñecas y, sin más preámbulos, se insertó hasta el fondo dentro de su Creador.

“¡Ah, ah!”, gritó Víctor, al experimentar una agonía tan desgarradora que por un momento pensó que su cuerpo entero se iba a deshacer en jirones. 

Era demasiado grande y, mientras su mismo cuerpo se acostumbraba a esa espantosa intromisión, era demasiado doloroso. Y además, podía sentirlo todo: la cabeza enorme y caliente, las venas, el largo endurecido, abriéndose camino dentro de él.

La Criatura soltó un bufido de incomodidad, como si a él también le doliera. La maldición de Eva también se reflejaba en la pérdida de la virginidad: dolía hacer un hijo y dolía darlo a luz. La misericordia de Dios se encontraba en que, eventualmente, el sexo se hacía satisfactorio y que lo omegas olvidaban el dolor del parto.

“Víctor”, jadeó la Criatura, cayendo sobre él y abrazando su cuerpo caliente, como buscando un consuelo. “Víctor, se siente tan… se siente tan diferente”. 

“Necesitas moverte”, explicó Víctor, tomando a la Criatura del rostro, buscando entre su gesto de dolor aquella inocencia que había conocido hace años. “Necesitas abrirme aún más”. 

Un estudiante dedicado, su Hijo.

La Criatura comenzó a empujar deliciosamente hacia donde tenía su vacío, su falta.

No medía su fuerza, pero sí estaba atento a los quejidos de Víctor y modulaba el bombeo de sus caderas cuando él exhalaba entre los dientes o cuando cerraba la boca para que el gemido de placer no saliera de entre sus labios. 

Él no dejaba de verlo. Con los ojos abiertos, atentos y curiosos, la Criatura veía cómo se metía su propia verga en esa cavidad mojada y cómo salía de ahí llena del líquido perfumado de su Creador. Veía absorto cómo los músculos del vientre de Víctor se tensaban, cómo sus manos intentaban aferrarse a algo, a las hojas debajo de él, a sus propios brazos. Veía su rostro, siempre furioso, siempre con un gesto de decepción o asco, ahora transformado en uno de éxtasis animal.

Y como un animal también, la Criatura se movía por puro instinto, golpeteando con desespero en las nalgas de Víctor, como si no fuera suficiente estar penetrándolo hasta su cérvix, como si quisiera realmente hacer lo que Víctor había hecho con él: abrirlo en canal y rearmar el interior de su estómago a su antojo.

En cierta manera, eso era justo lo que estaba haciendo: cada que metía su verga dura e incandescente, como una espada recién salida de la fragua, Víctor sentía que el hueco dentro de él se abría más grande y se transformaba para hacerle espacio. 

“Ah, haa, ve más lento, ngh, más lento, me estás lastimando, ¡ah!”. 

“Tú me estás lastimando”, respondió la Criatura, su voz entrecortada, como si estuviera a punto de echarse a llorar. “Estás demasiado apretado… necesito abrirte más”. 

“Basta, basta, argh, me estás desgarrando”. 

Pero la Criatura no se detuvo. El ruido vulgar de sus embestidas se repetía por toda la cueva. Plap, plap, plap. “¿Cómo vas a tener a mi hijo si no te abro más? Esto no será suficiente, ngh. Necesito prepararte para que me recibas a la primera”. 

“Basta, basta, no digas más”. 

“¿Para qué necesitas estar tan cerrado? Eres un omega. Eres mi vaina. Necesito dejarte siempre abierto”. 

“¡Ah, ah!”. 

La Criatura lo tomó de los hombros y antes de que Víctor pudiera rogar para que no lo hiciera, lo volteó sobre su estómago y lo tomó de la cadera, levantando su culo hacia donde estaba él. Era una posición peor de humillante que estar en la espalda, pero también le permitía ocultar su rostro entre la tierra y las hojas. 

“Más”, jadeó la Criatura, comenzando a perder su propia torpe elocuencia. “Más, necesito más”. 

Víctor sintió los pulgares de la Criatura aferrarse a sus nalgas y hundirse cruelmente dentro de su agujero. Hablaba en serio cuando había dicho que quería abrirlo más, por lo que Víctor sintió que con los dedos lo abría a la fuerza y estiraba el anillo de músculo más allá de lo que podía soportar. 

“¡Ah!”, gritó Víctor, agitando los brazos hacia atrás, para impedir que siguiera haciendo eso. “Me vas a hacer sangrar, tú—por favor, detente”. 

La Criatura lo abrió aún más, empujando al límite, mientras que la punta mojada de su enorme verga se colocaba en su lugar de entrada. “Ya estás sangrando”, dijo la Criatura, con un tono de voz que sonaba medio apologético. “Estás sangrando desde que la clavé por primera vez”. 

“Haa, maldito seas”, exclamó Víctor, dejando caer el rostro en el nido de hojas, sintiéndose a sí mismo llorar, esta vez no de dolor ni de humillación, sino de certeza: su agujero roto y sangrante no eran más que la prueba de que el ladrón de su virginidad de omega había sido Él. 

No había manera de fingir que no era así: su coño de omega le pertenecía por completo. Su hueco, por tanto años vacío, era enteramente de Él. Su Alfa antinatural, su Hijo profano. Su pecado hecho carne, que le devolvía con creces todo el mal que había cometido en su vida, embestida tras embestida.

Sin sacar los pulgares de su agujero desflorado, la Criatura siguió follándoselo. Fuerte y sin tregua. Golpe tras golpe tras golpe, su punta martillando dolorosamente su cérvix, abriéndolo también ahí, donde ya ni siquiera se sentía placentero, sino donde comenzaba a sentirse como si un puño quisiera hacerse espacio en sus intestinos. 

Y Víctor, incapaz ya de detener algo que estaba dado por hecho, solamente comenzó a gimotear, sintiendo sus lágrimas mancharle el rostro. 

“No llores”, murmuró la Criatura, luego de un rato de escucharlo sollozar como un niño perdido. Lo soltó de las nalgas por fin y una mano enorme y húmeda se apresó de su barbilla. En ningún momento se salió de él. Clavado por el temible miembro de la Criatura, Víctor se dejó jalar hacia atrás y se dejó abrazar. 

Aquella posición solamente incrementó la sensación de estar siendo apuñalado. La Criatura lo sostuvo del vientre con la otra mano y Víctor sollozó más fuerte cuando sintió, que la verga dentro de él golpeaba la piel sudorosa de su estómago.

“No llores”, repitió la Criatura, buscando su rostro. “¿No es la creación de la vida un momento dichoso?”. 

“¿Cómo puede ser dichoso cuando su ejecución es a través del pecado?”, se quejó Víctor, quien no pudo evitar mirar a la Criatura a los ojos.

“¿No te sentiste exultante el día que desperté, entonces?”. 

Víctor negó con la cabeza y las lágrimas volvieron a caer, rebotando por sus mejillas. La Criatura comenzó a moverse dentro de él de nuevo y con su lengua comenzó a lamerlas, dejando el rostro de Víctor mojado de saliva. 

“Bueno, yo sí”, declaró Él, soltando a Víctor del rostro y tomándolo de las piernas, para alzarlo patéticamente delante de él y comenzar a clavarse dentro de él, impidiendo que Víctor pudiera sostenerse de cualquier sitio, su pierna y su muñón agitándose en el aire. “Cuando desperté y me sentí vivo, fui tan feliz que, si hubiera tenido la capacidad de hacerlo, te habría dado las gracias”. 

Esa posición logró romper su última hebra de racionalidad. Usado como un trapo, como un vertedero de semen, Víctor solamente atinó a gemir con cada golpe de la verga de la Criatura en su cérvix. “Ah, ah, ngh, ah, ngh”. 

Su propio pequeño apéndice de omega se puso duro, estimulado por dentro, cada vez que la Criatura pasaba por el nudo de su próstata. Y a cada momento, la Criatura aceleraba el ritmo, martillando con pura fuerza de bestia ese espacio que era suyo y que quería llenar de semen, de su semilla de alfa. 

“Gracias, Víctor”, repetía la Criatura, sin soltar a su Creador, a su padre, de las piernas, sin dejar de ofrecerlo ante ese altar de la depravación. “Gracias, gracias. Víctor, gracias. Gracias”. 

“Ah, ah, alfa, ngh, alfa”. 

“Víctor, haa, ¡Víctor, Víctor!”. 

Dentro de aquella cavidad sitiada, algo impresionante sucedió. Un chorro de un líquido caliente y espeso lo golpeó por dentro y Víctor se maravilló de comprobar que había sentido el preciso momento en que su agujero se llenó de semen. Sintió los chorros, uno tras otro, llenarlo por completo. Sintió cómo la verga de la Criatura se inflamaba todavía más y cómo él mismo, incapaz de soportar tanto, se vacío también, soltando hebras blancas de su propio semen, que cayeron pesadas sobre las hojas pisadas.

El placer que lo invadió fue tal, que Víctor ni siquiera recordaba que estaba herido del tobillo, que había sido raptado, que dentro de él estaba la abominación diabólica que él había traído a la vida y que estaba en celo inducido por las feromonas de un alfa que, ignorante de las normas de comportamiento, había clavado sus dientes desiguales en la carne suave de su cuello. 

No, lo único que Víctor sabía y sentía era que quería más de su alfa, que él era su omega y que no iba a descansar sino hasta estar inseminado, con el vientre gordo y los pechos llenos de leche. 

Lo único que sabía era que, por fin, era un omega completo, sin vacíos, sin faltas y que aquello, a diferencia de lo que había experimentado en toda su vida, era el cielo absoluto.



*

Víctor despertó y la luz del amanecer se filtraba entre los espacios de los troncos de aquella cabaña tosca. Olía a madera quemada y a tierra mojada.

No recordaba como había llegado ahí, pero, por alguna razón, eso no le causó ansiedad. En todo caso, se quedó muy quieto, en una actitud poco característica de él, admirando los haces de luz atravesando la choza.

Estaba acostado sobre una cama rústica de la misma madera con la que estaba construida la choza, pero debajo de él sintió una cama de paja cubierta de lo que parecía ser pieles curtidas de animales. 

Víctor no era biólogo así que no supo identificar de qué bestia seria. Lo único que sabía era que despedían un olor penetrante a macho y que alrededor de su piel desnuda, se sentían suaves y calientes.

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dónde estaba? 

Víctor intentó alzarse, pero una mano enorme y descolorida, lo sujetó a través del pecho. La mano parecía haber sido cosida con pedazos de piel de todo tono; unos retazos eran pálidos casi azulados, en algunos había lunares y en otros piel bronceada. Los dedos, largos y delicados, se aferraron a uno de sus pechos que, para su sorpresa, estaba hinchado.

El índice y el dedo medio apresaron su pezón oscuro y erecto y lo estiraron hacia arriba, lo que provocó que comenzara a gotear un líquido blanco traslúcido: leche. 

Sus pechos estaban gordos de leche.

“¿Tienes hambre?”, preguntó una voz grave y delicada detrás de él. “Dime qué quieres y te lo traeré”. 

Poco a poco, la realidad de su situación volvió a asentarse dentro de su cabeza.

Víctor Frankenstein bajó las manos hacia su vientre y se sintió el estómago enorme y sólido, caliente luego de haber pasado toda la noche debajo de las pieles de animal.

Aquella momentánea amnesia había sido un síntoma extraño de su último trimestre, quizá inducido ante el terror abyecto de su situación, quizá provocado por la Criatura que se aferró con fuerza de su espalda y comenzó a lamer, como si fuera un tigre o un lobo, la curva de su nuca. 

Sí, eso era lo que hacía cada noche luego de regresar de quién sabe dónde y le tendía una canasta llena de frutas silvestres, botellas de leche de vaca y carne seca. Con cuidado, le limpiaba la laceración del tobillo, luego de haber pasado tanto tiempo con un grillete puesto y, luego, lo ayudaba a bañarse con agua que calentaba en una fogata que dejaba prendida toda la noche. 

Finalmente y cómo último acto de aquel ritual que había durado más de 8 meses, la Criatura se desnudaba y volvía a hundirse en el agujero siempre receptivo de su Creador y le hacía el amor lenta y cuidadosamente, porque no quería hacerle daño al bebé y porque a los dos les convenía que Víctor estuviera siempre en un estado de soporífera lujuria.

Y cada día que despertaba, Víctor sentía que una parte de su humanidad se desgastaba y que olvidaba otra lección que su padre le había enseñado a base de varazos. 

Ahora su maestro era aquella Criatura y Víctor, que toda su vida había perseguido la aprobación de sus superiores, se había convertido en el perfecto alumno de su crueldad.

La Criatura no necesitaba de un doctor, de un hombre del mundo, de un rico y poderoso heredero. Lo había elegido como animal de crianza y en eso se había convertido. La Criatura, con toda la calma del mundo, lo había domado y lo había transformado en algo más, así como Víctor había hecho con él, años atrás. 

“No tengo hambre”, contestó él, aletargado y sumiso. Le dolían los pechos y, peor, entre las piernas sentía una incomodidad familiar, una necesidad que sólo podía calmarse de una manera. “Quiero comer otra cosa”. 

La Criatura, que nunca desobedecía sus deseos, como si él fuera el cautivo, simplemente tomó una de las nalgas de Víctor y, con toda la facilidad del mundo, se metió dentro de su coño de omega, que luego de 200 días de entrenamiento, se había convertido en el perfecto receptáculo de su verga de alfa. 

“Haa, estás tan mojado, Víctor, y es tan temprano en la mañana”. 

“Mmm. Tú me hiciste así”, respondió él, cerrando los ojos y comenzando a moverse a un ritmo perezoso y goloso, dejando que su agujero se pasara por todo ese enorme largo ya tan familiar. “¿Puedes leerme algo?”. 

La Criatura sacó la mano de las pieles y, del suelo, tomó uno de los muchos tomos de poesía y ficción que traía de quién sabe dónde. A Víctor ya ni siquiera le interesaba de dónde. 

Tomándose de los pechos, para que no le rebotaran con el movimiento, Víctor cerró los ojos y se dedicó a escuchar lo que la Criatura, con su voz lenta y todavía torpe, interpretaba del poema que leía y el clamor metálico de la cadena que apresaba su pierna. 

La Criatura comenzó a leer a Lessing, el poeta que tanto le gustaba a su madre. 

“Dar tu felicidad por una manzana ¡Oh, Adán, qué lujuria! Si yo hubiera vivido en tu lugar, el paraíso aún existiría hoy.”

¿No eran ellos como el reflejo maldito de Adán y Eva, perdidos en medio de la nada, alimentado de la tierra, condenados por la lujuria?

Oh, Padre, pensó Víctor, sintiendo que la leche materna le escurría por los dedos, ¿de qué manera me hiciste semejante a tu imagen, si mi carne es tan fácil de romper?