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Frío.
¿Habrían bajado la temperatura?
No es que le soprendiera en absoluto. Harían cualquier cosa para hacer de esto, un final mucho más dramático de lo que él les estaba dando.
Para ellos todo era un maldito espectáculo, ¿no es así?
Meter a más de cuatrocientas personas en una isla fuera de la civilización, manipular a personas vulnerables, hacerles creer que tienen una segunda oportunidad de arreglar sus vidas a cambio de otras; acorralandolos hasta tocar fondo, jugar con sus mentes hasta perderse a si mismos, para después regocijarse de los estúpidos qué eran los jugadores por querer obtener algo de dinero para sobrevivir.
La temperatura seguía bajando.
¿Qué pretendían? ¿Qué no hubiera ganador? ¿Apresurarlo con su decisión? ¿Qué ambos murieran congelados?
Sentía el cuerpo entumecido. Un paso en falso, caería con ella y todo habría sido en vano.
Ella.
Tan pequeña e inocente.
Aun recordaba el día en que Ga-yeong llegó a él, como un salvavidas, con esa dulzura y gentileza tan propia de ella.
¿Y él? Lo había arruinado todo y jamás tendrá oportunidad de repararlo.
Su corazón sangraba tan solo de pensarlo.
Había sido un completo idiota. Tal vez debería haber tomado todo ese dinero y no mirar atrás. Subir a ese maldito avión y permitirse ser egoísta por una estúpida vez.
El pequeño gorjeo lo sacó de su trance.
No.
¿A quien engañaba? Jamás podría hacerlo. Saber que existía un lugar como este y tener una vida normal e ignorar que cientos de personas luchaban por sus vidas a causa de engaños y manipulaciones...tarde o temprano lo habría matado. Jamás podría haberse quedado de brazos cruzados.
Y aún así.
Jung-bae.
Si tan sólo no hubiera sido tan idiota y al menos haberse tomado la molestia en esos tres años de averiguar cómo se encontraba, no habría tenido la necesidad de recurrir a algo tan bajo. Y sin embargo...
Fue su culpa. Siempre la tuvo.
Dae-ho tenía razón.
Oh.
Cierto.
Sus dedos comenzaban a temblar. La herida lo torturaba como cientos de alfileres, pero ya no le importaba. ¿Qué es lo que había hecho? ¿En realidad ellos tenían razón? ¿Al final todos los humanos nos corrompemos?
De nuevo ese gorjeo.
Su corazón latió y así como llegó, se fue.
Ni siquiera tenía un nombre. Sólo tres dígitos y dos sudaderas.
No era justo.
Miró el contador y sus esperanzas se esfumaron. No iban a cambiar de opinión.
Él no iba a hacerlo.
Tal vez había algo de verdad en sus palabras. Y sin embargo, no le daría el gusto.
Inundado de la última calidez qué sentiría junto a él. Arrulló él pequeño cuerpo entre sus brazos y lo abrazó con tanta delicadeza y amor, susurrando una disculpa sin palabras por no haber hecho lo suficiente por su madre.
La dejó y la ira lo envolvió.
No era justo.
Todo podría haber sido diferente. El no tendría que estar aquí. Jun-hee si. Jung bae, Hyun-ju, la señora jang y su hijo, dae-ho, Sae byeok, Alí.
Sang-woo.
Lo demostraría. Les haría pagar con el cargo de conciencia.
En especial a él.
No miraría. No les daría ese gusto. Que se pudra en el maldito infierno.
Por eso, a pesar de sentir la garganta desgarrada y él cuerpo sangrando, reunió toda su rabia y alzó la voz.
—¡No somos caballos!
Su voz amenazaba con temblar, pero no se doblegaría. escucharían. El lo haría.
—¡Somos humanos!
Lo siento Ga-yeong.
—Y los humanos...
El dolor en su cabeza lo arrazó. Fue tan sólo un instante cuando el techo se volvió rojo y los aullidos taladraron sus oídos. Se tambaleó hacia delante y por un segundo se cubrió los oídos.
Los gritos de la bebé apenas eran audible. Si no estuviera lo suficiente cerca, estaba seguro que no los habría oído.
La cargó tan rápido como su cuerpo maltratado pudo y la abrazó con fuerza contra su pecho.
¿Qué carajos estaba pasando?
A todo el personal, porfavor cesen sus tareas y reúnanse en el punto de evacuación inmediatamente.
¿Qué?
¿Evacuación?
Su corazón comenzó a latir con más fuerza y él frío lo golpeó con grave intensidad.
Repito las instrucciones. A todo el personal, porfavor cesen sus tareas y reúnanse en el punto de evacuación inmediatamente.
La cuenta regresiva se reinició a 30 minutos.
Su estómago cayó.
No.
Los llantos habían cesado, pero eso no lo hizo sentir más tranquilo.
Van a explotar la isla.
Giró sobre sus pies, alterado, buscando una salida sobre el suelo. No había nada. Ninguna escalera de emergencia, ninguna cuerda a la cual aferrarse. Sólo ese maldito botón pegado al suelo.
Oh. Quizás...
"Jugador 456, si quieres vivir, ingresa al círculo qué rodea el inicio del juego."
Se le heló la sangre.
Giró y se enfrentó a la fortaleza de vidrio frente a él.
—¿Qué diablos significa esto?
Silencio.
"Jugador 456, si quieres vivir, ingresa al círculo qué rodea el inicio del juego."
Su garganta ardía de rabia.
—Es todo lo que vas a decir? –sonrió amargamente y tensó la mandibula –¡Da la cara, maldito imbécil!
El altavoz dió un corte de estática al mismo tiempo que varios estruendos de disparos provenian de algún punto detras de la vitrina.
Gin–hun giró de nuevo hacia el centro qué rodeaba el botón.
Se permitió desconfiar por primera vez.
¿Y si esto era una trampa?
El sonido ensordecedor del vidrio haciéndose añicos lo hizo saltar y mirar.
Su corazón dió un vuelco y él sentimiento de esperanza que había perdido tan sólo hacia unos minutos, floreció en ese instante.
—¡Señor Seong!
No pudo evitar sonreír y apretar el bulto junto a su pecho.
—¡Te tomaste tu tiempo!
Jun–ho miró a su alrededor evaluando la situación y giró hacia él.
–¿Qué es esto? –gritó– ¿Tiene algo para bajar? Tenemos que irnos ahora!
Gin-hun volvió a mirar el suelo. Tendría que arriesgarse.
—¡Busca cómo bajar aquí, encontré mi salida!
Rápidamente se colocó sobre el círculo mientras se aseguraba la cangurera improvisada sobre su cuello. No pasó más de un segundo cuando el suelo comenzó a hundirse. Sostuvo a la bebé como un ancla y se mantuvo firme.
Pronto se abrió una puerta y salió con pasos apresurados mirando a su alrededor . El sonido a su izquierda captó su atención y Jun-ho apareció agitando uno de sus brazos con fuerza mientras gritaba qué lo siguiera.
Gi-hun corrió hacia él con ambos brazos acunados frente a su pecho y se adentró en el cuarto sin detenerse ningún segundo más.
—¡Tendremos que seguir bajando! –Jun‐ho lo guió a una puerta a su izquierda, conectándose a varias escaleras angostas de una sola dirección. La luz roja inundaba la oscuridad, apenas podían mirar sus pasos. –¡Perderemos tiempo si volvemos por donde llegué, tenemos poco más de veinte minutos en salir!
Llegaron al final de las escaleras frente a una puerta metálica magenta. Gi-hun se acercó y con fuerza tiró de ella pero no se movió. Jun–ho se llevó el arma al hombro y comenzó a tirar, pero seguía sin moverse. Fue hasta que vieron el censor, que Gin-hun comprendió.
–¡Puta mierda!
Furioso, golpeó la puerta, como si esperara que tuviera un acto de piedad y se abriera por sí misma.
–Espera.
Jun-ho lo apartó hacia atrás y se desnganchó un objeto del antebrazo qué Gin-hun no había visto antes.
–¿Eso es...?
–La encontré en la zona de vigilancia del líder, creo que hubo un atercado antes que yo y dejaron esta mascara en el suelo.
Sostuvo unos segundos el objeto frente al censor y automáticamente se abrió.
–Esperemos funcione con las siguientes.
Siguieron bajando lo más rápido que pudieron hasta pasar dos plantas. Con el ajetreo y los pasos apresurados, la pequeña 222 se removió incómoda y comenzó a quejarse.
–¿Eso es un bebé?
Con una expresión indescriptible en el rostro, Gi-hun sólo asintió. Ya tendría tiempo para las explicaciones.
Bajaron hasta la última planta. Frente a ellos, dos puertas de acceso negras reforzadas de metal, abarcaron la extensión de la pared de manera imponente. Un letrero blanco con letras negras brillantes relucia la palabra "salida". La luz roja parpadeante se emitia del censor. El contador a su lado, llegaba a los quince minutos.
Como las veces anteriores, Jun-ho sostuvo la mascara triangular frente a él, pero esta vez no se movió. Lo intentó un par de veces más, sin éxito alguno. Su determinación comenzó a flaquear
–No...esto no...
Gin–hun le arrebató la mascara y lo intentó por su cuenta.
Nada.
Desesperado, gritó con frustración y tiró con rabia la mascara contra la puerta.
Hasta aquí llegó su suerte.
—Busquemos otra salida por aquí. No debe ser la única.
El hombre más joven evaluó los alrededores, mirando el suelo, el techo, golpeado y arañando paredes.
Gi-hun no se movió.
–¡Mierda!
Jun-ho se desplomó, golpeado el suelo y llevándose las manos tirandose del cabello.
El contador seguía avanzando.
–Si regresamos...
–De todos modos moriremos.
El joven policía levantó la vista y miró la expresión derrotada de su compañero mientras sostenía el bebé con fuerza. Sus brazos temblaban y su piel estaba mucho más pálida. No se había dado cuenta antes por la adrenalina de salir de ahí, que notó la mayor parte de su camisa, tornandose roja.
En lo que evaluava la situación, el sonido de un "click" y una luz verde, ahora proveniente del sensor lo sacó de sus pensamientos. Gi-hun por fin reaccionó y miró la puerta con desconcierto.
Ambos adultos se miraron asombrados entre si cuando la comprensión los golpeó.
Sin perder más tiempo Gi-hun tiró de una de las puertas y sin complicaciones, esta se abrió como si lo hubiera estado siempre y salió.
Jun-ho se recupero de un salto y levantó su arma por instinto.
—Está despejado. ¡Vámonos!
Jun-ho lo siguió y corrieron pasando un puente dentro de lo que parecía una cueva.
–¡Hay una más!
Ambos miraron el momento justo en el qué como un semáforo, el sensor se transformaba en verde.
Trece minutos.
Gi-hun tiró de la barra de metal y el aire salado los impactó llenando sus pulmones.
–¡Dejé mi lancha bajo un cenote! ¡Tendré que nada por ella! –Jun-ho se descolgó el arma y se la tendió a Gi-hun –mi equipo tardará minutos más en llegar, no tendrá tiempo –se apresuró a quitarse los zapatos– correré hasta el punto, subiré esa colina y caeré justo debajo, acércate hasta donde más puedas. Tenemos poco tiempo.
Sin dejar tiempo a contestar, Jun-ho comenzó a correr hacia una colina a su derecha qué Gi-hun apenas había notado. Sus fuerzas comenzaban a flaquear. El dolor punzante en su lado derecho se sentía más insoportable y sus piernas comenzaban a doler.
La pelea con el Jugador 333 y los acontecimientos de la última semana le estaban pasando factura, y sin embargo, su fuerza latía con más energía que antes.
Arrastrando los pies, trotó hasta la orilla y giró hasta correr al final de la playa, donde a lo lejos se miraba una zona rocosa con las olas golpeando con fuerza. Se detuvo al final y miró el agua. Volvió a reforzar las ataduras de su cangurera, se colgó mucho mejor el arma, se quitó los zapatos y se adentró al mar.
Una sensación de frescura envolvió sus tobillos y poco a poco sus piernas. Caminó hasta que el agua tocó su cintura. Siguió hasta que el ardor lo hizo gritar y retrocedió unos pasos. La sal había ingresado en la herida abierta, manchones oscuros pintaban el agua dándose cuenta que no podía avanzar más.
Esperaba que Jun-ho no tardara demasiado.
Miró en la dirección tras las rocas, pero nada.
El sonido de un buque sarpando lo puso en alerta y una sensación de aprension salto en su pecho.
Se estaban escapando.
Él.
Intentó mirar en todas sus direcciones pero no había avistamiento de ningún barco. Lo más seguro era que evitaran su dirección si Jun-ho tenía razón y traían refuerzos. Maldijo en voz baja, sus ojos comenzaron a picar y bajó la mirada el plácido rostro fruncido de la pequeña qué sostenía en brazos e intentó convencerse a sí mismo que no sería en vano.
El sonido de un motor acercándose lo hizo levantar la vista y Jun-ho se acercó a la orilla.
Al diablo con su dolor.
Volvió a adentrarse al mar y descolgado la cangurera, la levantó sobre su cabeza y avanzó con el dolor desgarrando su piel.
Jun-ho tomó a la criatura con sumo cuidado y la dejó en algún punto dentro del bote y volvió por Gin-hun quien se quitó el arma y la tiró dentro, haciendo el esfuerzo por subirse y resbalando en el intento.
–Estoy demasiado cansado.
El detective lo miró con aprehensión y volvió a tomarlo de los brazos.
—Señor Seong, no estoy loco para dejarlo aquí. Aùn tiene muchas cosas que hacer.
Gi-hun cerró los ojos por un breve segundo y respiró hondo.
Estaba a mitad de camino cuando una fuerza invisible lo empujó hacia adelante, cayendo de bruces dentro de la lancha y golpeándose con fuerza.
—¡Maldición!
El sonido de pasos y el motor acelerando le hizo saber que las explosiones habían comenzado.
Como pudo, se recuperó y tomó nuevamente a la bebé entre sus brazos.
El espectáculo era impresionante.
Luces naranjas de todas las direcciones comenzaban a inundar la isla, brillantes y resplandecientes. Decenas de escombros caían al mar y el humo comenzaba a rodear la zona.
Estaba hecho.
Miró el desastre mientras se alejaban. El sentimiento amargo y doloroso en su pecho lo inundó. Sus amigos seguían ahí, ahora con sus cadáveres envueltos en llamas sin jamás tener una tumba a la cual poder llorarles. Por fin se permitió llorar en silencio mientras abrazaba a la pequeña 222, y si Jun-ho lo notó, no lo comentó.
El alivio comenzó a llegar.
Los juegos habían terminado.
Para siempre.
Una ligera sonrisa surcó su rostro, mientras miraba lo que quedaba de la isla destruirse.
Sabía que Young–il seguía vivo. ¿Si acaso era su nombre? Pero en ese momento no podía importarle menos. Ojalá las explosiones lo hubieran alcanzado, deseó.
—¿Cómo diste con la isla?
Su voz era mucho más ronca y sentía la garganta seca, pero necesitaba saber.
–Larga historia. Pero si no hubiera sido por el Jugador 246, ni habríamos llegado a tiempo.
Gin-hun levantó la cabeza de golpe.
—¿246? –graznó sorprendido– ¿está vivo? –La euforia lo invadió– ¿Cómo?
Jun-ho sonrió sin apartar la vista de enfrente.
–Dijo que el guardia número 11 lo ayudó a escapar. Está herido pero sobrevivirá. No hubo mucho tiempo para conversar. Imagino que tendrán cosas de las qué hablar.
Gi-hun se desplomó en su asiento improvisado y cerró lo ojos echando la cabeza hacia atrás.
Si. Ya tendría tiempo.
