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Un golpe de suerte

Summary:

Lionel estaba enamorado de Guillermo.

Se enamoró de su risa, su mirada, su cabello, su amabilidad y su gran corazón. La admiración dio paso al amor, ya no podía mirar al joven rizado sin que sus mejillas se pusieran rojas y sentir mariposas en el estómago.

Le gustaba mucho.

Y lo peor de todo era saber que no haría nada al respecto.

Notes:

De nuevo me inspiré en una publicación del grupo Mechoa! Le agradezco a los miembros por compartir ideas tan lindas que despiertan mi imaginación, esta en especial me pareció muy tierna y divertida, no podía dejar pasar la oportunidad de escribirla ♥

Intenté hacer algo con romance, un poco de comedia y sabor mexicano xd

Edades de Lionel (15) y Guillermo (16).

/!\Se entiende la diferencia entre la realidad y la ficción. No se busca ofender a nadie. Hago esto con la única intención de entretener.

¡Espero que les guste!

Chapter 1: un golpe de suerte.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

 

Lionel nunca imaginó que tendría que dejar su país. Argentina era todo lo que conocía desde su infancia y lo que más amaba, no quería irse, pero aún era muy joven y tenía que seguir a sus padres. 

Despedirse de su país fue duro, pero despedirse de sus amigos le partió el corazón. Le había tomado tanto tiempo hacer amistades sinceras y cuando finalmente tenía un grupo de buenos amigos, tenía que dejarlos atrás. Los extrañaba a todos, en especial a Sergio, su mejor amigo. Seguía teniendo contacto con ellos a través de redes sociales y videollamadas, pero nunca sería lo mismo. 

Y todo fue gracias a una propuesta de trabajo en Guadalajara, México, que su padre había aceptado de manera inesperada. Las cosas sucedieron demasiado rápido y en un mes, su vida había cambiado de la peor manera.

Ahora estaba en otro país, completamente solo y comiendo su almuerzo sentado en una banca apartada de los demás. Se sentía triste, estaba asustado y no tenía amigos. Así eran sus días en la preparatoria desde el momento en que llegó.

En todo este tiempo no había hablado con nadie ni conocido a una persona que lo hiciera sentir seguro, y se sintió aún peor al reconocer que era culpa suya. Sus compañeros de clase eran amables, intentaban acercarse y hablar con él, pero era tan tímido e inseguro que rechazaba sus buenas intenciones.

A veces pensaba en la posibilidad de decirle a sus padres que ya no quería estar aquí, pero había algo que lo detenía. O mejor dicho, alguien.

Era una persona a la que admiraba desde lejos. Aquel que por un momento, lo hizo sonreír.

.

El argentino estaba de pie en medio de uno de los pasillos mientras miraba la hoja que tenía en sus manos, perdido y sin saber dónde estaba su salón de clases. Sabía que tenía que hablar con alguien, acercarse y preguntar, pero los nervios eran más fuertes. No podía estar frente a alguien sin que se le formara un nudo en la garganta. 

Estaba llegando tarde en su primer día de clases, le daría una mala impresión al profesor y tendría que soportar las miradas de sus compañeros cuando lo vieran entrar por la puerta. Para cualquier otra persona podría parecer ridículo, pero Lionel sintió que se le revolvía el estómago de tan sólo imaginarlo.

Quería ser diferente, quería no tener miedo, quería…

—¡Hey! ¿Quieres ayuda?

Su cuerpo se tensó cuando escuchó una voz a sus espaldas. Se dio la vuelta, encontrando a un chico de cabello rizado mirándolo con una sonrisa, pero lejos de tranquilizarlo con ese gesto, el argentino se sintió cohibido, dando un paso hacia atrás. 

—Llevas aquí bastante rato —dijo, haciendo que los ojos del más bajo se abrieran con miedo. —¡No creas que te estaba mirando! —exclamó con prisa, esperando no ser mal interpretado. —Estaba hablando con un amigo cuando te vi llegar y ya se fue, pero tú sigues aquí. 

Lionel agachó la mirada, sintiéndose torpe. Sabía que había estado parado en el mismo lugar por más de diez minutos, dudando de lo que debía hacer, pero no esperaba que alguien se acercara a él para ofrecerle ayuda. 

Apretó la hoja que sostenía en sus manos tratando de que las palabras salieran de su boca. No entendía porqué era tan difícil, sólo tenía que mover los labios, pero el nudo en su garganta parecía hacerse más grande con cada segundo.

El rizado volvió a acercarse mientras sonreía. 

—¿Es tu horario? —preguntó con curiosidad —Si necesitas encontrar tu salón puedo ayudarte. A ver, presta, déjame verlo.

Extendió su mano tratando de tomar la hoja, pero el más pequeño retrocedió, apretando la hoja contra su pecho. El moreno pareció sorprendido por la reacción del chico y se rindió, dejando caer su mano.

—O tal vez no quieras —su voz se escuchó decepcionada. —Perdón si te molesté.

Lionel se sintió terrible al ver la expresión en el rostro del rizado, quien estaba tratando de ser amable mientras él dejaba que el miedo lo controlara otra vez. El chico estuvo a punto de irse, y entonces algo en su conciencia lo hizo tener un momento de valor.

Inhaló con fuerza y las palabras por fin salieron de su boca. 

—¡Si quiero, por favor! —exclamó, extendiendo la hoja hacia adelante —¡Ayúdame!

Había cerrado los ojos y su cara estaba completamente roja. Se sintió tonto por haber gritado, pero no sabía controlar su voz cuando estaba nervioso. Abrió los ojos, esperando que el chico se estuviera burlando de él, en cambio, encontró que sus ojos marrones lo miraban con amabilidad.

—Oye, no te avergüences, es tu primer día —dijo comprensivo. —Perderse es normal.

El rizado agarró la hoja, rozando accidentalmente sus dedos causando que Lionel la soltara de inmediato. Observó la hoja por un momento, luego lo miró a los ojos con una sonrisa.

—Podemos ir juntos, yo soy de segundo semestre, mi edificio está a un lado del tuyo —dijo, comenzando a caminar. —Ven, sígueme. 

El menor hizo caso, caminando al lado del chico rizado en silencio, manteniendo la mirada hacia el frente sin mirar a nadie a su alrededor mientras apretaba con fuerza las correas de su mochila. 

—No eres de aquí, ¿verdad? —preguntó el moreno. —¿De dónde eres?

Lionel seguía sintiéndose cohibido, pero pensó que sería grosero de su parte no responder.

—Argentina —dijo en voz baja.

El rizado abrió los ojos sorprendido.

—¿Tan lejos? Es un gran cambio.

Lionel agachó su mirada con tristeza.

—Si. Lo sé.

El mexicano quiso golpearse al ver lo que habían provocado sus palabras. El pobre chico se veía asustado, lo más probable es que extrañara su país y su anterior vida, lo último que necesitaba es que alguien fuera un pendejo con él.

—¡Pero te aseguro que serás muy feliz aquí! ¡México es un lugar bien chingón! —exclamó con ímpetu.

El menor volteó a mirarlo. 

—¿Chingón? —preguntó confundido.

El rizado le guiñó un ojo y levantó el pulgar en señal de aprobación.

—Chingón, así como, muy bueno —respondió. Siguieron caminando durante un par de minutos y se detuvieron. —Es en este edificio, tu salón está en el segundo piso —añadió, señalando en dirección al lugar. 

—Gracias, sos muy amable, ah…

—Guillermo —sonrió. —Pero puedes decirme Memo.

La sonrisa en el rostro del joven rizado era genuina y reconfortante. Hizo que el cuerpo de Lionel se relajara, y por primera vez en todos los días que llevaba viviendo en México, se permitió sonreír con sinceridad.

.

A partir de ese día fue como si Guillermo estuviera en todas partes; lo veía en la entrada, en los pasillos, en sus horas libres y a pesar de eso, no se había atrevido a dirigirle la palabra. 

Lionel no quería que pensara que lo estaba siguiendo, pero no pudo evitar querer conocerlo. Se dio cuenta de que Guillermo siempre estaba rodeado de personas con una gran sonrisa en su rostro, era hablador y extrovertido, obviamente disfrutaba pasar tiempo con los demás. 

El mayor era todo lo opuesto a él, y eso hizo que despertara en él un sentimiento de admiración. Le encantaría tener su facilidad de palabra y su confianza para acercarse a las personas. 

También descubrió que a Guillermo le gustaba el fútbol, era portero en el equipo de la preparatoria y Lionel lo usaba de pretexto para verlo en la cancha, iba a los partidos y a los entrenamientos. La manera en que jugaba, con tanta pasión y entrega lo cautivaron por completo.

Aunque sólo habían hablado por un corto tiempo, podía reconocer que Guillermo era un joven alegre, amable y sincero, eso lo convertía en una persona especial. 

Su admiración por el mexicano era genuina, pero poco a poco se convirtió en algo más grande, y un día, llegó el momento en que descubrió cuáles eran sus verdaderos sentimientos.

Estaba en medio de su clase, sin prestar atención a las palabras del profesor. En su banco estaba su libreta abierta y en la primera hoja había un dibujo de un gran corazón, dentro había otro dibujo, el de una pareja hecha con monitos de palitos y en la parte superior estaban dos nombres escritos junto con un par de corazones de colores.

 

💚 Guillermo + Lionel 💙

 

El argentino apretó la pluma que tenía en su mano mientras sus mejillas se pintaban de rojo, y sintió que su corazón latía con fuerza cuando el rostro del mexicano se hizo presente en sus pensamientos. 

Estaba enamorado de Guillermo.

Se enamoró de su risa, su mirada, su cabello, su amabilidad y su gran corazón. La admiración dio paso al amor, ya no podía mirar al joven rizado sin que sus mejillas se pusieran rojas y sentir mariposas en el estómago.

Le gustaba mucho. 

Y lo peor de todo era saber que no haría nada al respecto.

Se mantendría en silencio, observando desde lejos como había estado haciendo todo este tiempo, y guardaría sus sentimientos, en lo más profundo de su corazón. Sabía que nunca tendría el coraje para acercarse y hablar con él, y si llegaba a hacerlo, arruinaría las cosas.

Recordó lo amable que el rizado era con todos y pensó que tal vez su encuentro no había sido nada especial, sólo un día más donde le brindaba ayuda alguien que lo necesitaba. No significaba nada y el pensamiento de que Guillermo se enterara de sus sentimientos y los rechazara era desgarrador.

Es por eso que prefería vivir así, soñando despierto con escenarios imaginarios donde ambos eran amigos, o incluso algo más.

Si tan sólo pudiera…

—¡PENDEJO, SE TE FUE! 

Lionel salió de sus pensamientos al escuchar un grito a lo lejos.

—¡AGUAS! 

El argentino alzó el rostro y de repente, su visión se oscureció. 

Un balón lo golpeó directamente en el rostro haciéndolo caer de la banca. El golpe lo dejó noqueado, con su cuerpo tirado en el suelo y la nariz hinchada. Recuperó la conciencia después de un momento y aún sin poder abrir los ojos, sintió que la cabeza le daba vueltas mientras escuchaba un par de voces a su alrededor.

—¡Cabrón, lo mataste! 

Alguien exclamó, seguido por el sonido de un golpe.

—¡No me pegues wey, fue culpa de Memo!

—Te pasas Andrés.

Las voces se volvieron más nítidas y Lionel abrió los ojos, siendo recibido por la imagen de su enamorado mirándolo con preocupación. Entre todas las personas en la preparatoria, tenía que ser Guillermo quien lo viera en esta vergonzosa situación.

“Pero que suerte de mierda”.

Maldijo por dentro.

—Oye, ¿me escuchas? —preguntó el joven de cabello rizado. Estaba hinchado en el suelo, sosteniendo el pequeño cuerpo que fue golpeado. —Ven, levántate con cuidado —dijo, ayudándolo a que se pusiera de pie.

El argentino se tambaleó a los lados, siendo sujetado por las manos del mexicano y agradeció que el golpe hubiera sido en su cara, al menos así podía disimular el intenso sonrojo en sus mejillas por estar tan cerca de la persona que le gustaba.

—¡No mames le está saliendo sangre! —gritó uno de los chicos, alterando a los demás.

Lionel sintió que algo caliente se deslizaba fuera de su nariz, lo tocó con una de sus manos y se asustó al ver que el líquido rojizo le manchaba los dedos.

—Rápido, vamos a limpiarte —dijo Guillermo, dando un par de pasos. —Andrés ayúdame con-...

El cuerpo de Lionel se tensó cuando las manas del rizado se apretaron alrededor de su cintura.

—¡N-no, soltame! —exclamó, alejándose del moreno. —¡No quiero!

Su reacción sorprendió a las personas que lo rodeaban, todos guardaron silencio y el argentino sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas al ver la expresión atónita en el rostro de Guillermo. Sus nervios lo traicionaron de nuevo, causando que fuera grosero con la persona que le gustaba, rechazando su ayuda y gritando sin razón.

“Soy un bobo”.

Lionel pensó, antes de salir corriendo.

Los chicos se miraron confundidos, pero después de lo sucedido pensaron que era mejor dejar las cosas así, recogieron el balón y regresaron a la cancha, dejando atrás a Guillermo, quien permanecía de pie mirando con tristeza el camino por donde el argentino se había ido.

—Oye Memo, ¿no era ese el güerito que te gusta?

El joven rizado saltó en su lugar, sorprendido por la repentina pregunta de su amigo. No se había dado cuenta de que Andrés seguía a su lado.

—¡¿Qué?!

El menor lo miró con burla.

—No te hagas wey, es el chaparrito que me habías dicho —respondió, dándole un codazo. —El de la cara bonita, ¿apoco no te acuerdas?

Las mejillas de Guillermo se sonrojaron.

—¡Cállate pendejo! —exclamó molesto. Volteó hacia ambos lados asegurándose de que no hubiera nadie alrededor.  —Si, es él, y le rompiste la nariz.

Su amigo arqueó una de sus cejas.

—Si tú parabas el balón yo no le pegaba —afirmó.

Guillermo frunció el ceño.

—¡Puñetas, lo tiraste por encima del arco!

Andrés se encogió de hombros, restándole importancia.

—Debiste acompañarlo.

—¿No lo escuchaste? No quiso mi ayuda, prefiere estar solo —dijo, volviendo la mirada al lugar donde había estado Lionel. —Nunca lo he visto cerca de alguien.

Guillermo no podía olvidar el día en que se conocieron, y que después de ese día viera a Lionel en todas partes hizo las cosas más difíciles. Se encontró observándolo en cada oportunidad que tenía y con el tiempo descubrió que era una persona dulce y amable, pero muy reservada.

Sobre todo por el hecho de que parecía preferir su soledad, todas las veces que lo había visto de lejos nunca tenía compañía ni lo había visto hablar con nadie.

Quiso acercarse en varias ocasiones, pero temía ser rechazado. ¿Qué se supone que debía decir? Sólo habían hablado una vez. Bueno, él había hablado, Lionel demostró ser una persona de pocas palabras, pero cada vez que escuchaba su voz a lo lejos, sentía que era algo especial.

Tomando todo eso en cuenta, que le gustara podía parecer una tontería para algunos, pero para Guillermo sus sentimientos estaban claros desde aquel momento.

Fue amor a primera vista.

.

—Gracias, sos muy amable, ah…

—Guillermo. Pero puedes decirme Memo.

Le dedicó una última sonrisa antes de irse, pero hubo algo que lo detuvo, haciendo que sus ojos se abrieran con interés.

Las mejillas del menor se redondearon mientras sus bonitos ojos cafés se hacían pequeños, sus dientes se asomaban por debajo de sus labios y el tierno hoyuelo en su barbilla hizo la vista más especial.

Era la sonrisa más bonita que había visto en toda su vida.

—Yo soy Lionel.

Guillermo quería decir algo, pero no sabía qué. Simplemente se quedó en silencio, mirando al chico más bajo con adoración, quien poco a poco fue perdiendo la sonrisa volviendo a su personalidad nerviosa, extrañado por la expresión en el rostro del mayor.

—A-adiós —se despidió, corriendo hacia el edificio. 

El joven rizado se quedó de pie en su lugar, sintiendo los acelerados latidos de su corazón. Aún podía sentir la dulzura en la voz del argentino acariciando sus oídos y en ese momento lo supo. Había caído rendido por este chico.

.

Estaba enamorado de Lionel.

Se enamoró de su sonrisa, sus ojos, su voz, su ternura y sabía que bajo su timidez, había una persona que esperaba ser comprendida. Y él deseaba con todo su corazón ser quien lo hiciera.

Pero al mismo tiempo, le asustaba ser imprudente y hacerlo sentir inseguro. Por primera vez estaba nervioso por acercarse y hablar con alguien, y es que Lionel no era sólo alguien. Era la persona que le gustaba.

—Entonces acércate tú, mira que tal vez no vuelvas a tener otra oportunidad —dijo Andrés, tratando de animarlo.

Guillermo apretó sus manos en puños aún con sus guantes puestos, recordando con amargura las palabras y el rechazo del menor, los cuales golpearon su corazón como si hubieran sido ese balón. 

—No quiere estar cerca de mí —respondió, sintiéndose abatido. —Él lo dijo.

Andrés lo miró con pena, le puso una mano en el hombro y sonrió.

—Tal vez ya sabe que le vas al América.

El rizado se enderezó, luciendo ofendido. 

—¡No me estás ayudando!

El menor suspiró con pesadez.

Recordó todas las veces que había sorprendido a su amigo mirando a ese chico de primer semestre, y obviamente, no lo dejó en paz hasta que lo hizo confesar que le gustaba. Era muy obvio por la cara de tonto que ponía el rizado, pero quería escucharlo de sus propios labios.

Andrés lo pensó, pero decidió no entrometerse y dejar que Guillermo decidiera por sí solo el momento adecuado para confesar sus sentimientos, pero al parecer la vida tenía otros planes, ya que de manera inesperada, terminó golpeando al pobre chico de quien su mejor amigo estaba enamorado.

La cagó, pero sabía que podía sacar algo bueno de esto. 

—Lo intento, pero no pones de tu parte —respondió, apretando su mano sobre el hombro del rizado —Memo, has estado suspirando por ese chico desde que comenzó el semestre, sabes que es tímido, así que depende de ti acercarte —dijo, mirándolo con determinación. —Piensa que las cosas pasan por algo, no lo dejes ir. Recuerda que el hubiera no existe. 

Guillermo escuchó las palabras de su amigo y aunque odiaba darle la razón, sabía que estaba diciendo la verdad. El próximo año entraría a su tercer semestre, y sabía que si no confesaba sus sentimientos pronto, después sería demasiado tarde. No quería salir de la preparatoria sintiéndose arrepentido y con Lionel convertido en un recuerdo de su amor imposible.

Prefería confesar sus sentimientos y ser rechazado, que nunca haberle dicho lo que sentía. 

Se armó de valor dando un par de pasos antes de detenerse y darse la vuelta, mirando a su amigo con el ceño fruncido. 

—Más te vale que no lo hayas hecho a propósito —le advirtió. Siendo Andrés podía esperar cualquier cosa, pero haber golpeado a Lionel sólo por darle una oportunidad sería demasiado. 

—Por favor Memo, hasta yo sé que no tengo el coco para pensar algo así —sonrió. —Pero si en verdad te gusta no dejes que se te vaya —dijo, alentando a su amigo. —¡Así que órale, ve por tu güerito!

La expresión de Guillermo se relajó, le agradeció el gesto a su amigo y corrió detrás del bonito argentino que le había robado el corazón.

 

.

 

Lionel estaba sentado en la camilla de la enfermería balanceando sus piernas en el aire. Si, estaba en preparatoria y no alcanzaba el piso, incluso tuvo que usar el banquito de metal para poder subir, pero al menos tenía algo con lo que entretenerse mientras esperaba.

La enfermera se había ido hace un momento después de revisar y limpiar su nariz. Le dijo que esperara unos minutos por si el sangrado regresaba y que si ya no lo hacía podía retirarse. Fue un golpe muy fuerte y a pesar de tener la nariz lastimada, sentía que lo que más le dolía era el corazón. 

Así no era como imaginaba que sería su reencuentro con Guillermo.

Estaba arrepentido. Pudo haber aceptado su ayuda y en este momento estarían juntos, pero lo arruinó como siempre.

Suspiró con pesadez, dejando caer su mirada mientras apretaba la toalla de papel contra su nariz. Ojala el golpe lo hubiera enviado volando de regreso a Argentina. Sentía que nunca podría acostumbrarse a este país e incluso si tenía que olvidar a Guillermo, tal vez irse de aquí sería lo mejor.

 

¡Toc, toc!

 

Lionel escuchó que tocaban la puerta y alzó la mirada, encontrando al joven rizado mirándolo desde afuera.

Su corazón comenzó a latir con fuerza. 

—¿Puedo entrar? —preguntó con cautela. —Quería ver cómo estabas. 

Lionel se sintió cohibido, pero asintió.

—Gracias. Estoy bien.

El mexicano entró a la habitación y se acercó a la camilla con pasos lentos, quedando de pie frente al menor. Lo miró por un largo momento, deteniéndose en su nariz. 

—Lo siento mucho. Por favor, perdona a mi amigo —se disculpó. —Es un pendejo, pero créeme que fue un accidente, no era su intención lastimarte.

El argentino desvió la mirada avergonzado. 

—Si, lo sé —dijo en voz baja y cerró sus ojos, esperando que el rizado no pudiera escuchar los latidos de su corazón.

Estaban solos en una habitación, hablando y mirándose. Era demasiado y no sabía si su pequeño cuerpo podría soportar tanta ansiedad.

El rizado lo miró con ternura.

—Sigues siendo de pocas palabras —sonrió.

Los ojos del argentino se abrieron sorprendidos.

—¿Vos te acordás de mí? —preguntó. Había un deje de esperanza en su voz. 

—No eres fácil de olvidar —dijo. Lionel parpadeó confundido. —Q-quiero decir, eres de otro país, tu acento y tu cara son diferentes. No es que tu acento y tu cara sean raros, de hecho son bonitos —se mordió la lengua. —Y con bonitos quiero decir que te hacen ver buena onda. 

Guillermo sabía que no podía controlar su boca, era un hablador, pero estar cerca de Lionel lo empeoraba aún más. No quería ofenderlo, pero tampoco quería ser tan obvio. Era difícil pensar con claridad cuando los bonitos ojos de Lionel lo estaban mirando.

—Yo... a vos también te recuerdo  —dijo. Sus mejillas se sonrojaron. —Me ayudaste a encontrar mi aula.

El moreno sintió ganas de saltar por toda la habitación sabiendo que el argentino se acordaba de él, pero se obligó a relajarse para no asustarlo. No quería parecer un loco. Aunque la verdad era, que estaba completamente loco por Lionel.

—¿Estás bien? —preguntó, mirando con pena su nariz lastimada.

—Tranquilo, fue un golpe re fuerte, pero no me rompieron la nariz —sonrió. —La enfermera dijo que tuve suerte.

—Me alegro —dijo. Pensó en sus palabras y sacudió la cabeza —Lo digo por tu nariz, no por el golpe —se corrigió. —Sería raro que me alegrara por el golpe, ¿quién se alegra por un golpe? Yo no lo hago, yo-...

Lionel soltó una carcajada, interrumpiendo al mayor quien miró embelesado lo bonita que era su risa. Guillermo tragó, sintiendo su garganta seca. Joder, realmente había caído fuerte por este chico, cualquier pequeña cosa que hacía le parecía hermosa.

—Y vos seguís hablando sin parar —dijo. Una sensación de calor en su cara lo alertó.

Su risa hizo que la sangre volviera a escurrir de su nariz. El menor se asustó al ver que la toalla de papel se ponía completamente roja y miró al chico rizado con pánico en los ojos. 

—¡Espera, yo te ayudo! —exclamó, corriendo por la habitación.

Encontró una toalla de tela y la presionó contra la nariz del argentino, conteniendo el sangrado. El menor le sonrió agradecido, llevó sus manos a la toalla acariciando por accidente las manos del joven rizado.

Se miraron las manos y luego levantaron la vista, dejándose envolver por la tranquilidad del lugar en donde estaban.

Lionel se permitió perder la vergüenza por una vez en su vida para poder mirar de cerca a la persona que le gustaba. Sus ojos marrones, su nariz aguileña, sus cejas rectas y sus hermosos rizos. Tenía tantas ganas de acariciarlos, se veían tan suaves y sabía que pasar los dedos entre ellos sería todo un sueño hecho realidad.

Mientras se perdía en sus pensamientos, el mexicano se encontraba en la misma situación.

Guillermo no podía quitarle los ojos de encima al argentino. Sus grandes ojos cafés, sus largas pestañas, su piel pálida y su bonito cabello castaño. Incluso su nariz golpeada y ensangrentada era bonita. 

Ambos estaban embobados mirando al otro. Eran un par de jóvenes viviendo su primer amor; tímidos, inexpertos y con la ilusión de estar junto a esa persona especial.

Querían que el momento durara para siempre.

—Lionel.

—Guillermo.

Hablaron al mismo tiempo. Se sintieron avergonzados y miraron hacia otro lado con las mejillas sonrojadas.

—¿Querías decir algo? —preguntó el rizado.

Lionel negó con la cabeza. 

—N-no, decilo vos primero.

Guillermo inhaló con fuerza, reteniendo el aire por un momento antes de exhalar. Valía la pena correr el riesgo si era por Lionel.

—Vamos a salir —dijo, mirándolo a los ojos.

El menor se encogió en su lugar.

—¿Salir a dónde? 

—Pues ya sabes, salir juntos —repitió avergonzado. —Tener una cita. 

—Vos querés, ¿una cita conmigo? —preguntó confundido. —¿Por qué?

Guillermo se cubrió la cara con una mano y lentamente la movió hacia arriba, peinando sus rizos para después rascar su nuca. Tenía que ser claro con Lionel. Estaba nervioso y con miedo a ser rechazado, pero sabía que si había un momento perfecto para confesar sus sentimientos, era ahora.

—Porque me gustas. Me gustas desde el día en que nos conocimos —confesó. —Desde el momento en que te vi en el pasillo, pensé que eras lindo y cuando me sonreíste yo…  —se detuvo. Se mordió los labios y tragó el nudo que había en su garganta. —Sentí que quería estar más cerca de ti, pero nunca tuve el valor para acercarme y me conformé con mirarte de lejos. 

Guillermo había cerrado los ojos a mitad de su confesión.

Lo estaba haciendo otra vez, estaba hablando de más, pero estaba abriendo su corazón, y si después de esto Lionel salía corriendo asustado él lo entendería.

—Perdona si parezco un loco, pero no puedo evitar quererte. Me gustas mucho.

La habitación quedó en completo silencio y el mexicano se sintió terriblemente asustado.

Tenía miedo de abrir los ojos y ver el rostro de Lionel lleno de pánico y confusión. Le dijo que le gustaba, le dijo que fue desde hace varios meses y también le dijo que lo había estado observando todo ese tiempo.

¡¿Pero qué carajos había hecho?! 

Un simple "me gustas" era suficiente.

Lentamente abrió los ojos, con miedo a lo que pudiera encontrar y entonces… sintió que se enamoraba por segunda vez.

Lionel lo miraba embelesado, con ojos brillantes y las mejillas sonrojadas. Casi parecía ido, como si tuviera frente a sus ojos algo con lo que había estado soñando toda su vida.

El pensamiento hizo que sus ojos casi salieran de sus cuencas.

¿Podría ser…?

—Y-yo también, te he estado mirando, ah… desde ese día —confesó, apretando la toalla en su nariz. —Vos me gustas, Guillermo. Me gustas mucho.

—Lionel, yo…

El argentino acercó su pequeña mano a la camiseta del mayor, apretando la tela con fuerza mientras lo miraba con sus grandes ojos cafés llenos de esperanza.

—Si quiero, por favor —dijo. —Salgamos. 

Guillermo se llevó una mano al pecho, justo sobre el corazón. Se asustó al sentir lo fuertes que eran sus latidos y llegó a pensar que su corazón se saldría disparado. Los sentimientos que estaba experimentando en ese momento lo hicieron sentir abrumado y entonces, hizo lo que había querido hacer desde el primer momento en que vio sonreír al menor.

Se acercó al pequeño cuerpo sentado sobre la camilla y lo envolvió en un cálido abrazo. Apoyó la barbilla sobre la coronilla del menor, sintiendo el suave toque de cabello castaño mientras la cara de Lionel se presionaba contra su pecho. 

Al argentino le zumbaban los oídos y no sabía si era por su propio corazón o si eran los latidos de Guillermo. Cerró sus ojos con fuerza, sintiendo su rostro completamente caliente y apretó la camiseta del mexicano entre sus manos sin poder creer que esto estuviera pasando.

Estaba siendo abrazado por Guillermo.

La persona que le gusta lo estaba abrazando.

“¿Se puede ser tan feliz con un abrazo?”

Lionel pensó, disfrutando de la calidez del cuerpo del mayor.

Ambos se quedaron así por un largo momento. El joven rizado apretó su agarre, como si temiera que el chico entre sus brazos desapareciera. Lionel se sintió conmovido, pero en medio del abrazo algo le llamó la atención. 

—Che, Guillermo —lo llamó. —Mi sangre.

El mexicano se apartó sin soltar el cuerpo del menor y agachó la cabeza, dándose cuenta de que la toalla había caído al piso. La nariz de Lionel había dejado de sangrar, pero en consecuencia le había ensuciado la camiseta.

El argentino lo miró con pena, avergonzado por arruinarle la ropa y en lugar de recibir una queja, Guillermo volvió a abrazarlo con una gran sonrisa en los labios.

—¿Ya probaste los elotes?

 

.

 

Al salir de clases Guillermo los llevó a un parque cerca de la preparatoria donde siempre había un carrito de elotes. Compró uno para él y otro para Lionel, luego caminaron hacia una de las bancas y se sentaron a comer. 

—Mira, lo pones de lado y lo muerdes —dijo. Movió el elote que tenía en la mano, enseñándole al menor cómo comerlo.

El argentino hizo caso, puso el elote tal como le había dicho el rizado, y tras el primer bocado sus ojos se abrieron sorprendidos por el sabor. Era muy rico; le había puesto mayonesa, crema, queso amarillo y queso rallado. No esperaba que supiera tan bien y sintió pena por no haberlo comido antes.

—¿Te gusta?

Lionel volteó a mirarlo, su cara estaba manchada con los aderezos y sus mejillas seguían llenas. Tragó con gusto y sonrió. 

—¡Está riquísimo! —exclamó.

Guillermo contuvo una risa al verlo. Era adorable, pero pensó que hubiera sido mejor comprarle un elote en vaso. 

—Sabía que te gustaría —dijo. Extendió su mano con una servilleta y limpió las mejillas del menor. 

Lionel se quedó quieto mientras le limpiaban la cara y se sintió un poco avergonzado.

Esta era la primera cita que tenía en su vida y estaba seguro de que se veía como un tonto. Sus mejillas estaban sucias y tenía un parche en la nariz, pero a pesar de eso, los ojos de Guillermo brillaban cada vez que sus miradas se encontraban.

—¿Puedo probar el tuyo? —preguntó, mirando con curiosidad el elote en la mano del mexicano.

—No creo que te guste, le puse chile del que pica —respondió. 

—¿Y pica mucho?

El joven rizado miró su elote y luego miró al menor.

—Para mí no, pero tú… bueno, pruébalo —dijo. —Pero poquito —añadió, acercando el elote al rostro del argentino.

Lionel le dio una gran mordida y sus ojos se abrieron sorprendidos, pero no por una buena razón. Se apartó del elote y tragó, mirando a Guillermo con miedo mientras sus ojos se ponían rojos. 

El joven rizado corrió a uno de los puestos para comprar un agua de pepino y regresó con Lionel. El pobre estaba con su lengua de fuera mientras jadeaba. Guillermo le ofreció el vaso con agua y lo aceptó, bebiendo el líquido hasta que desapareció el ardor en su boca. 

—¿Mejor?

Lionel lo miró con ojos acusadores. 

—¿Por qué comen eso?

—Sabe chido —respondió con una sonrisa. 

—¿Y se lo ponen a todo? —preguntó. Guillermo asintió. —¿No les duele la boca?

El mexicano sonrió.

—Créeme, la boca no es el peor lugar que nos puede doler.

El menor parpadeó confundido y luego dejó salir una pequeña risa. Movió su mano sobre la banca hasta alcanzar la mano de Guillermo.

—Tendré que acostumbrarme —dijo, sintiendo la mano del rizado apretar la suya.

Ambos siguieron comiendo mientras sujetaban sus manos. Su primera cita fue perfecta y todas las que siguieron lo fueron también.

 

.

 

—¡AGUAS!

Se escuchó un grito a lo lejos y el argentino cerró los ojos, encogiéndose en su lugar sabiendo lo que venía. Después del impacto, un grupo de chicos se acercaron corriendo al cuerpo que había caído al suelo tras recibir el golpe.

—¡No chingues Andrés! —lo regañó Hirving.

El mencionado se rascó la cabeza.

—¡Se me fue wey! ¿Qué quieres que haga?

—Meter el balón en la puta portería si fueras tan amable —respondió.

—¡Hey vatos! Es el Memo —gritó Javier, a un lado del cuerpo tendido en el suelo.

Andrés suspiró aliviado. 

—Que bueno, pensé que había golpeado a otra persona.

Guillermo abrió los ojos, estaba aturdido y seguía tirado en el suelo, pero pudo escuchar perfectamente las palabras de su amigo. 

—¡¿Mamón, y yo que soy?! —preguntó indignado.

—Tú eres un compa, no hay pedo —respondió con una sonrisa. Se acercó al argentino que estaba de pie y le dio un ligero golpe en la espalda. —Te lo encargo, Leo.

Guillermo vio a sus amigos recoger el balón y correr en dirección a la cancha sin preocuparse por ayudarlo.

Eran unos hijos de la chingada, pero así los amaba.

—Pendejos —los maldijo, levantándose y quedando sentado sobre la hierba.

El argentino soltó una pequeña risa y se arrodilló junto a él.

—Gracias Guille —le agradeció, besándolo en la mejilla. —Sos el mejor portero.

El joven rizado lo miró embobado y Lionel no sabía si era por el golpe o por lo enamorado que estaba. Casi podía ver corazones en sus ojos marrones y entonces supo que era lo segundo.

—Recibiría el golpe de mil balones por ti, mi amor —confesó. No permitiría que la bonita cara de Lionel fuera lastimada otra vez.

Las mejillas del argentino se sonrojaron y le dio un gran abrazo a su novio.

Su novio. Guillermo era su novio.

Luego de confesarse sus sentimientos, pronto formalizaron su relación. Llevaban seis meses juntos, ahora Lionel estaba en segundo semestre y Guillermo en tercero.

Lionel se había hecho cercano a los amigos del rizado, los chicos lo habían aceptado desde el primer momento, demostrando ser personas amables y divertidas, eso le hizo tener confianza en sí mismo, lo que le permitió desenvolverse con sus compañeros de clase formando un nuevo grupo de amigos.

Sergio seguía siendo el mejor, y se alegró por él cuando hablaron y se enteró de que las cosas en México habían mejorado. Lionel estaba ansioso por hacer que su novio y su mejor amigo se conocieran. Su padre le había dicho que irían a Argentina en las próximas vacaciones y que si los padres de Guillermo se lo permitían, el rizado podría acompañarlos.

Al contrario de lo que pensó en un principio, México se ganó su corazón, recuperó la confianza que había dejado en su país, hizo nuevos amigos y tenía un novio que lo amaba de manera incondicional.

Su vida había cambiado por completo, esta vez de la manera correcta, y todo fue gracias al golpe de un balón.

 

 

Notes:

En esta historia quise darles a mis papis el romance adolescente que nunca tuve QuQ

Ojala en la prepa hubiera conocido a un Memo que me llevara a comer elotes, pero yo no soy Leo, así que me tuve que chingar xd

¡Nos leemos pronto!

🍑.