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Ice as a Cream

Summary:

—Te quedaste —dice antes de pensar.

Sale abrupto, sin aliento. Se arrepiente de no morderse la lengua en cuanto nota que la sonrisa de Takuto cae.

—Lo hice —responde él, inclinándose para recoger la ropa regada sobre el suelo—. Lo siento, pretendía irme antes del amanecer, pero estaba cansado —se excusa con la voz un poco ronca, un poco arruinada. Ibuki se muerde el interior de la mejilla y esta vez sangra.



Donde todo comienza con miradas en una fiesta, sigue con conversaciones de almohada y termina con sentimientos que nunca debieron existir.

Notes:

Tengo esta pequeña cosa en borradores desde hace más tiempo del que recuerdo, así que decidí terminarla para el MuneTaku Day (FELICITACIONES!!!!). Antes de continuar hay un par de cosas que quiero agregar.

▻ Si bien no hay nada explícito en cuanto a contenido sexual, tienen conversaciones sobre ello donde hablan un poco al respecto. Tampoco es demasiado explícito.
▻ Hay un intento de suicidio que si bien no es demasiado profundizado, se habla al respecto y es importante. Ten cuidado si eres sensible a ello.

Título extraído de ice.cream by mi precioso Hyunjinnie <3

Work Text:

Ibuki despierta, como todas las mañanas como aquellas, estirando un brazo hacia el lado opuesto de la cama.

Espera encontrar frío, mantas desordenadas y carentes de cualquier tipo de calor; la predecible, tan conocida ausencia que lo golpea cada vez como una alarma interrumpiendo un maravilloso sueño, una maravillosa realidad creada en lo profundo del subconsciente.

Siempre ha sido solitario. Su habitación, un espacio dentro de cuatro paredes albergando algunos muebles, la cama en la que duerme, la ropa que usa. Un espacio creado para su descanso cuyo vacío nunca antes le había importado, que nunca antes había notado. Un vacío que ahora se siente como lo más desalentador que ha experimentado en su vida.

Jamás había esperado algo, hasta que empezó a hacerlo.

Jamás fue tan hiperconsciente de la luz del sol que entra a raudales a través del hueco entre sus cortinas mal cerradas, esa luz que no puede llegar hasta el otro extremo de su cama para brindarle una ilusión de calor, una ilusión de presencia.

Jamás fue tan hiperconsciente del efecto que tiene en sus sentimientos las variaciones térmicas de unas simples sábanas.

Pero ahora lo es. Y tan real como se siente, no hay calor que pueda llegar allí. No lo hace el sol, no lo hace el cuerpo que suele descansar y brindar algo de su propio calor a las mantas porque no suele permanecer el tiempo suficiente para hacer perdurar la temperatura en el espacio junto a Ibuki hasta que decide despertar.

No es tonto, contrario a la creencia popular.

Él realmente no se engaña, sabe qué esperar a pesar de sus acciones contradictorias. Es más un seguro que otra cosa, recordándose a sí mismo su posición y lo que tiene permitido. Ibuki siempre espera encontrar frío, mantas desordenadas y decepción; espera, permanentemente, el sentimiento amargo que suele acompañar sus mañanas solitarias luego de pasar noches acompañado, piel caliente debajo de las yemas de sus dedos y el bulto de sus labios, tan real como el dolor en sus músculos y el ardor en su garganta.

Espera y espera, casi desea el golpe de realidad, la prueba palpable de que no hay nada más allí. Su corazón anhelante lo pide cada vez que sus sentimientos se vuelven un desastre, cada vez que la llama ilusa de la esperanza enciende sus pupilas. No es un amante del café y jura detestarlo con cada fibra de su ser, sin embargo reconoce que esa realización matutina es para él lo que un café cargado es para un asalariado que odia su empleo.

Necesario, trascendente.

Ibuki sigue su rutina y es pura memoria muscular. Estira el brazo, toca las sábanas, arriba y abajo. Toca la almohada, el leve hueco formado en ella debido al peso de una cabeza. Toca y lo siente, sorprendentemente irreal e irrealmente sorprendente haciendo un hueco en su estómago, dándole un vuelco a su corazón: ese día, por primera vez desde el inicio de su extraña relación casual, encuentra un espacio tibio exudando perfume caro, un rastro de calor.

La prueba de que él había estado ahí, de que está ahí. En el plano material, existiendo en carne y hueso.

No es una fantasía borrosa. No es un producto de su imaginación.

Ibuki se sienta de repente, parpadeando rápidamente para aclarar algo de la bruma que acompaña su despertar. Vuelve a tocar, tantea la cama pensando que tal vez se lo está imaginando, pero el espacio a su lado es tan cálido como la cosa arraigada dentro de su pecho y le hace suspirar.

Un suspiro tembloroso, incrédulo. Sorprendido en partes iguales. Real.

Entonces, en medio de la bruma, lo escucha; bajo y claro. El sonido del agua de la ducha cayendo y resonando contra las baldosas del baño. Él está ahí, el sol en un punto alto del cielo y él todavía está en casa. El reloj en su mesa de noche marca las 10:38 AM e Ibuki se muerde el interior de la mejilla. Fuerte. Feliz. El pecho se le infla con algo parecido a la desesperación, el deseo de ver el rostro de esa persona a una hora en la que jamás le ha visto, porque jamás han permanecido tanto tiempo en la misma cama después de encargarse del estrés del otro.

Ibuki espera, se sienta correctamente y deja que sus manos descansen sobre su regazo. La mirada fija en la puerta de su baño, sus oídos atentos a cualquier movimiento, como un buen chico. Como un cachorro esperando pacientemente a que su dueño cruce la puerta de casa luego de un largo día de trabajo para lanzársele encima porque lo ha extrañado demasiado.

Le sabe tan extraño sentirse de esa forma. Tan dependiente, tan esperanzado. Es humillante. Él definitivamente se reiría si lo viese así, probablemente haría un comentario sobre cómo es un chico tan bueno y leal y luego intentaría acariciar la piel detrás de sus orejas. E Ibuki intentaría morder su mano para seguirle el juego, intentaría apartarse para demostrar que no es tan dócil ni tan buen chico, pero finalmente se rendiría porque él lo miraría con estos ojos dulces, rebosantes de algo que podría catalogarse como cariño. Algo similar, al menos, porque Ibuki sabe que no hay, que no debería haber cariño de por medio.

No debería. Fue su primera regla y, sin embargo, lo hay. Algo anhelante, algo egoísta que quiere más de lo que puede tomar.

Algo que sólo él siente, algo que sólo él quiere.

—Oh, ¿ya estás despierto?

Ibuki parpadea un par de veces, en silencio, simplemente mirando cómo una pequeña sonrisa se estira sobre los suaves labios de Takuto mientras cierra la puerta a sus espaldas al salir del baño lleno de vapor. Una presencia tan densa como la masa de un agujero negro existiendo en el espacio reducido de su desordenada habitación, atrayéndolo, tragándolo por completo sin que pueda hacer algo para detenerlo.

Pero él cae con gusto cada vez. Deja que sus ojos caigan, que la existencia de Takuto juegue con su respiración y los latidos de su corazón. Deja que lo tenga en la palma de su mano como la persona masoquista que es, la persona masoquista en la que se ha convertido por él y solo por él.

Lo mira de arriba abajo, deseando tragar cada detalle suyo antes de que pueda desaparecer. Sus mejillas sonrosadas por la calidez del agua, haciendo brillar su suave piel. Los labios regordetes, humectados como siempre. El pequeño lunar asomándose desde su cuello. El cabello amarrado en una coleta húmeda. Su flequillo cayendo con gracia sobre sus ojos burlones. Es precioso.

Logra reconocer en él una camiseta negra algo deslavada de un antiguo equipo de baloncesto que no ha usado desde sus días de secundaria hace tantos años. Era su favorita, pero es vieja y dejó de quedarle en algún momento de su vida.

A Takuto todavía le llega hasta los muslos.

Es la vista más doméstica que ha tenido el placer de presenciar. Y una vez más, ingenuamente, la esperanza es un peso real asentándose sobre sus costillas.

—Te quedaste —dice antes de pensar.

Sale abrupto, sin aliento. Se arrepiente de no morderse la lengua en cuanto nota que la sonrisa de Takuto cae.

—Lo hice —responde él, inclinándose para recoger la ropa regada sobre el suelo—. Lo siento, pretendía irme antes del amanecer, pero estaba cansado —se excusa con la voz un poco ronca, un poco arruinada. Ibuki se muerde el interior de la mejilla y esta vez sangra.

—No lo sientas —se encoge de hombros, un vano intento de no sonar desesperado—. Te lo he dicho, ¿no? Puedes quedarte cuando quieras.

—Lo has hecho —Takuto dice, metiéndose rápidamente en sus pantalones—. Pero eso no es parte de nuestro acuerdo. No es muy... Nosotros.

Ibuki, con todo lo que tiene de fuerza de voluntad, se traga el pequeño nudo que se forma en su garganta. El atisbo de esperanza ingenua en su pecho una vez más, no hace otra cosa que decepcionarlo miserablemente, y es que ni siquiera es culpa de Takuto a esas alturas.

Siempre lo ha sabido, siempre ha dejado en claro sus lugares. Siempre ha trazado la línea que separa sus vidas más allá de los encuentros casuales y los ratos juntos, pero Ibuki es egoísta y se siente tan insatisfecho.

Debería dejar de ser un imbécil y solo tomar lo que le den.

—Tienes razón —exhala, aunque sea solo para darle el gusto—. Sin embargo, ya que estás aquí, ¿quieres desayunar?

Hay silencio mientras observa a Takuto quitarse la vieja camiseta de baloncesto por sobre la cabeza. Necesita ponerse su propia ropa antes de salir, después de todo. Necesita verse tan arreglado y pulcro como siempre luce, como siempre se muestra frente a las personas que no son Ibuki; aquellos que jamás podrán verlo como él lo ve, que jamás conocerán las partes que él conoce.

El fuego posesivo ardiendo en su pecho es algo que necesita apagar, una llama que debe ser ahogada en las profundidades oscuras del Océano Pacífico; no tiene lugar en una relación fugaz como la suya. Sin embargo permanece ahí e Ibuki, siempre el egoísta, la deja arder hasta que lo consume por completo.

—No puedo —Takuto descarta, abrochándose el último botón de su camisa. Esa que Ibuki prácticamente arrancó la noche anterior—. Tengo muchas cosas que hacer.

—¿No puedes o no quieres? —Ibuki piensa en voz alta, ganándose una mirada inquisitiva, una ceja arqueada que podría asustar al mismísimo Lucifer.

—Munemasa...

—Solo- —lo corta, elevando un poco el tono de su voz para ello—, solo quiero que sepas que puedes ser sincero —miente, porque eso es todo lo que ha estado haciendo frente a Takuto últimamente, al parecer—. Si no quieres quedarte, simplemente di que no quieres.

—Siempre soy sincero contigo. Realmente no puedo —Takuto exhala. Se desinfla al mismo tiempo que Ibuki al notar que cualquier intento de lucha desaparece en él.

Hay silencio entre ellos una vez más, un poco asfixiante mientras Takuto dobla la camiseta vieja y cuelga las toallas usadas bajo la mirada atenta de un Ibuki cuya garganta empieza a secarse.

Siempre es así. Las cosas entre ambos siempre se terminan sintiendo distantes aunque Takuto se mueva a través de su departamento como si fuera su propia casa. Sabe dónde está su ropa vieja, sabe dónde están sus toallas y conoce perfectamente la ubicación de cada utensilio en su cocina. Va y viene tomando lo que necesita, tan familiarizado con la vida de Ibuki a pesar de que Ibuki ni siquiera conoce su apellido.

Desconocidos tan conocidos, conocidos tan desconocidos. Se siente mal. Se siente insuficiente. Pero es lo que es, y no hay nada que pueda hacer al respecto.

—Te enviaré un mensaje cuando me desocupe —Takuto dice, Ibuki tararea su respuesta.

Lo observa atentamente todavía, arreglándose el cabello por última vez frente al espejo antes de sonreírle y salir escaleras abajo. Sus pasos resuenan y se hacen cada vez más tenues, el sonido hueco y desolado de telas rozándose y zapatos siendo intercambiados llenan el pequeño departamento antes de ser puntualizados por la puerta abriéndose y cerrándose. Sin mirar atrás. Sin tardar demasiado. Sin vacilación alguna.

Ibuki, agotado, se deja caer una vez más sobre el montón desordenado de mantas y almohadas que es su cama. Esa mancha de humedad en el techo se ha vuelto más grande, debería llamar a alguien para que la revise. Tal vez pueda preguntarle a Kusaka, tal vez podría llamar a Tetsukado. Sabe que a Takuto no le agrada la humedad.

Permite, intenta, que sus pensamientos vaguen aquí y allá, a cualquier persona o cosa que le permita ignorar lo frío que se ha vuelto el lado opuesto de la cama.

───

 


Todo comenzó de la manera menos posible en su lista de imposibilidades: con Tsurugi Kyousuke.

Ibuki lo conoce desde la secundaria, fueron jóvenes apasionados por el deporte que pertenecieron a clubes diferentes, y sin embargo lograron entenderse y apoyarse mutuamente sin necesidad de encontrar entre ellos un mínimo interés común. Volverse mejores amigos fue tan sencillo como quitarte una venda de los ojos y descubrir que hay un paisaje infinito frente a ti; se encontraron una noche en una fiesta organizada por Kariya Masaki, notaron que sus personalidades tan diferentes encajaban como un anillo hecho a la medida para la mujer más rica del país y el resto fue historia.

Permanecieron eternamente pegados a la cadera. Fácil y cómodo, natural y agradable. Su amistad floreció de esa forma. Ibuki jamás pensó que encontraría su lugar seguro en un tipo cuyo autoestima estaba profundamente ligado a cuan simétrico era su delineado, pero sucedió y no podría sentirse más agradecido por ello.

Tsurugi ha estado presente en cada etapa de su vida; viéndolo caer y levantarse, viéndolo esforzarse en sus entrenamientos hasta que sus piernas dejaban de responder, viéndolo intentar demostrarles a sus padres que podría tomar un camino diferente y no asistir a la Universidad porque quería centrarse en su carrera deportiva. Todo lo que es y todo lo que ha sido, Tsurugi lo conoce. Así como Ibuki conoce cada pequeño detalle de la vida de Tsurugi también: sus sueños, sus miedos, su hermano. La persona más importante para él. Son dos mitades de un todo, pueden saber lo que piensa el otro solo mirándose. Y siempre ha apreciado que fuese así.

Años de amistad y un sinfín de subidas y bajadas juntos le hacen creer a uno que conoce cada pequeño detalle de su mejor amigo, que podría prever cualquier situación y decisión. Ibuki lo hizo descaradamente pecando de iluso, dejándose consumir por el efecto Dunning-Kruger como el idiota que aparentemente era.

Porque Ibuki jamás habría imaginado que, de todas las personas, Tsurugi Kyousuke se aparecería en su departamento un viernes por la noche todo bien vestido y maquillado, abordándolo antes de que pudiera siquiera preguntar qué rayos estaba pasando. Lo obligó a vestirse adecuadamente, maldiciendo su existencia y a los hipotéticos hijos de sus hipotéticos hijos por tener nada más que ropa deportiva y pantalones cortos gastados en su armario.

—Hay una fiesta esta noche. En una casa de fraternidad —Tsurugi había dicho, su entrecejo profundamente arrugado mientras intentaba planchar la única camisa existente en todo su guardarropa.

—¿Y? —Ibuki cuestionó, intentando meterse en un par de pantalones negros rasgados—. ¿Por qué eso haría que invadieras mi casa y maldijeras a los hipotéticos hijos de mis hipotéticos hijos por no tener una jodida camisa limpia?

—¿Recuerdas al chico del que te hablé?

—Me hablas de tantos-

—Al que no mandé a volar después de que intentara coquetear conmigo usando pésimas líneas para ligar de Internet.

—Ah —exhaló, deteniendo por un momento sus movimientos en un vago intento por recordar—. ¿El del club de fútbol?

—Ese —Tsurugi asintió—. Irá a la fiesta. Esta noche.

—¿Y eso por qué-

Antes de poder terminar, una camisa blanca perfectamente planchada fue lanzada hacia su rostro. Ibuki bufó, descontento, antes de tomarla y ponérsela.

—Simplemente creí que sería divertido.

—Se me hace difícil creer que el señor "ew, gente" encuentre divertida una fiesta de fraternidad. Ni siquiera te gustaba ir a las fiestas que organizaban nuestros compañeros de secundaria.

—¿Y si estoy intentando cambiar eso? No soy- no soy aburrido —Tsurugi dudó, buscando su mirada con algo similar a la vacilación reflejándose en sus ojos—. No lo soy, ¿verdad?

—Hermano —bufó Ibuki—. ¿Desde cuándo te importa lo que- espera.

Si tuviera que describir esos mínimos segundos que pasó en silencio con una sola palabra, esas milésimas de tiempo que le tomó a su cerebro colocar todas las piezas sobre una hipotética mesa y armar el rompecabezas más intrincado e inesperado del universo, lo llamaría realización.

Brilló intensamente en su mirada; siendo este chico idiota del club de fútbol el único al que Tsurugi continuó nombrando desde que ingresó a la Universidad. Las quejas constantes, las menciones a las líneas para ligar que seguía diciéndole a Tsurugi y que Tsurugi trató como una absoluta molestia justo antes de sonreír cuando creía que Ibuki no lo estaba viendo.

Fue claro como el día, absolutamente todo.

Y cree que ese día pudo haber visto a Tsurugi temblar bajo el intenso brillo de la realización en su mirada atravesándolo como partículas subatómicas.

—No. Cállate —se quejó, el arrepentimiento brotando de cada sílaba.

—Te importa.

—No lo hace, cierra la boca. No sabes nada.

Pero lo hizo. Ibuki lo supo, y entre todas las imposibilidades dentro de su lista de imposibilidades, la imposibilidad más imposible estaba ocurriendo justo frente a sus ojos.

—¡Te gusta ese idiota! —gritó, llevándose una mano rápidamente a la boca para cubrir el creciente asombro—. ¿¡Estás haciendo todo esto por él!?

—¡No es así!

—¿Entonces? Dame un buen motivo porque un simple "creí que sería divertido" se me hace la excusa más estúpida que podrías usar, principalmente conmigo de todas las personas.

Tsurugi lo miró directamente, con esos ojos profundos y felinos gritándole que le arrancaría la yugular a mordiscos si seguía presionando el asunto. Sin embargo, otra vez permitiéndose el egocentrismo de asumir que su mejor amigo no le haría nada y que, en realidad, simplemente intentaba aferrarse a su orgullo mancillado; Ibuki no cedió. Le sostuvo la mirada con una media sonrisa presumida en su rostro hasta que lo escuchó suspirar, hasta que vio los últimos restos de lucha abandonar su cuerpo como partículas virtuales siendo expulsadas de un agujero negro en agonía.

—Solo vístete y vámonos, o vamos a llegar tarde.

Entonces lo entendió.

Una falta de afirmación que también era una falta de negación, de parte de Tsurugi Kyousuke, era una afirmación definitiva. Ibuki contuvo una risa burlona porque pudo ver en su mejor amigo la desesperación, los deseos de abandonar ese tema por completo antes de colapsar sobre sí mismo, así que lo dejó. Incluso tragándose los deseos de decirle que es imposible llegar tarde a una fiesta de fraternidad ya que, para empezar, no existen los horarios en ellas.

Esa noche se dejó arrastrar por Tsurugi a una fiesta de fraternidad de una Universidad que no conocía, lo dejó aferrarse a él el tiempo suficiente hasta que estuvo algo ebrio, lo suficientemente confiado en sí mismo para abandonar su ala protectora e ir en busca del idiota incapaz de ligar sin ayuda de Google.

El reloj de pared ubicado sobre su cabeza en esa equina abandonada marcó, apenas, las doce. La noche era joven aún para el reloj de un estudiante universitario en viernes estresado por los exámenes que tenía a la vuelta de la esquina. Gente siguió llegando, el volumen de la música continuó aumentando e Ibuki, un simple observador, siguió bebiendo pequeños sorbos del vaso plástico que consiguió por ahí porque, si bien no deseaba embriagarse, tampoco quería despreciar el alcohol gratis.

Allí, en toda su inocencia sin saber el cambio drástico que su vida sufriría esa noche, cruzó miradas con alguien.

Ojos rojizos que lo hicieron temblar, que le hicieron sentir cómo un escáner subía y bajaba a través de su cuerpo, analizando cada parte de su existencia.

Ojos rojizos y labios carnosos que le sonrieron de lado, rizos frondosos de cabello castaño que rebotaron con gracia a medida que el desconocido más ridículamente atractivo que Ibuki había visto en su vida se acercaba a él, evadiendo gente, todavía mirándolo como si fuera el destino de un viajero, el oasis para un hombre perdido en el desierto.

Esa noche Ibuki no luchó. Tomó la mano que le tendieron, bailó aunque no supiera hacerlo, aceptó las sonrisas juguetonas, las manos traviesas mapeando su espalda y sus brazos, la voz dulce que le preguntó al oído si deseaba ir a otro lugar.

Aceptó regresar a su departamento después de asegurarse de que Tsurugi estaría bien sin él. Aceptó arrancar ropa y que su ropa fuese arrancada. Aceptó besos salvajes y jadeos dulces, salpicando aliento húmedo contra la curva de su cuello. Aceptó y tomó cuanto deseó de ese extraño que se aferró a sus hombros toda la noche.

Y a la mañana siguiente, cuando despertó con un espacio vacío a su lado y una nota sobre su escritorio con un simple nombre y un número, supo que tal vez algo podría haber comenzado.

───

 


La única información que tiene sobre la persona con la que pasa sus noches solitarias al menos una vez a la semana, es su nombre.

Takuto. Su número de teléfono tiene más caracteres pares que impares y es extrañamente fácil de recordar, incluso para él con su corta memoria incapaz de retener su rutina del día anterior. O del anterior.

No tiene una foto de contacto, no tiene información personal tampoco, lo que le hace creer que ni siquiera tiene su número agendado. No es que le importe. Ibuki solo guardó su número bajo el simple nombre en la nota dejada sobre su escritorio y le envió un "Hola, soy el tipo de anoche.” antes de archivar el chat y dejarlo abandonado por el resto del día.

Takuto le respondió unas horas después. Le saludó de vuelta, le preguntó su nombre e Ibuki, como un idiota, se lo dio completo. Fue un detalle sin importancia en aquel entonces y, sin embargo, ahora es algo en lo que piensa demasiado cada vez que recibe o envía un mensaje preguntando “Oye, ¿estás libre esta noche?”

Takuto. Número de teléfono con más caracteres pares que impares. Le gustan los besos en el cuello y que le sujeten la cintura con fuerza. Tiene un adorable lunar debajo del ombligo que a Ibuki le gusta besar, y supone que asiste a la Universidad de Tsurugi si fue allí donde se conocieron.

Supone, porque también existe la posibilidad de que simplemente estuviese acompañando a un amigo como lo hizo Ibuki. Supone, porque no hablan de sus vidas más allá de lo estresados que se sienten o de lo que quieren probar las noches que se hacen compañía. Supone, porque es lo único que puede hacer cuando se trata de Takuto.

—Si quieres saber más de él, ¿por qué no le preguntas? —Tsurugi dice, acomodándose tranquilamente en su asiento frente al vaso repleto de café americano helado que le acaban de traer.

Tiene un par de horas libres hasta su próxima clase e Ibuki normalmente logra adaptarse a sus huecos antes de meterse de lleno en su propio entrenamiento para ingresar a la selección nacional en los próximos años. Logran verse al menos dos veces a la semana a pesar de sus apretados horarios, y tal vez no es ni una onza del tiempo que solían pasar juntos, pero al menos no es incómodo y todo se siente como siempre cada vez que se sientan en una cafetería para ponerse al día con sus vidas.

Tsurugi sabe sobre Takuto. O el concepto de, porque Ibuki jamás le ha dicho su nombre. Cree que si Takuto le dejó tan poca información sobre sí mismo es porque quiere mantener lo suyo lo más discreto posible, e Ibuki puede estar de acuerdo con él en ese sentido porque odiaría tener que estar dando explicaciones a otros sobre su relación fugaz con este prácticamente desconocido.

—Lo he intentado —Ibuki descarta, jugando con la pajilla de su propio café diluido en litros de leche y crema que Tsurugi tanto desprecia—. Pero siempre evade las preguntas.

—Bueno, supongo que eso viene con el hecho de tener un amigo con derechos.

—Ni siquiera somos amigos —él resopla, sonriendo con sarcasmo—. ¿Qué amigo no sabe tu apellido?

—¿Es eso tan malo?

—¿Eh?

Ibuki observa a su mejor amigo, serio y estoico, analizarlo profundamente como siempre lo hace. Tiene los ojos más profundos y felinos que Ibuki ha visto en su vida, su atención le haría temblar de no ser porque han dormido juntos en la misma cama cientos de veces y conoce cada uno de sus sueños más vergonzosos debido a que habla dormido más de lo que cualquier persona lo haría.

Entonces no se deja intimidar, espera a que Tsurugi esté satisfecho con su interrogatorio silencioso y le permite seguir hablando.

—Cuando despertaste ese día y viste sobre tu escritorio un papel con un simple nombre y un número, ¿qué pensaste?

—Osado de tu parte asumir que pensé algo.

—Ibuki...

—Estaba medio dormido. Tuve una buena noche, guardé su número y le envié un mensaje. Eso es todo.

—Correcto. Eso es lo que pensaste en aquel entonces —razona Tsurugi—. Piénsalo ahora. ¿Qué esperarías al encontrar un papel con un número de teléfono y un nombre sobre tu escritorio después de un polvo de una noche?

Ibuki se encoge de hombros, fingiendo que no lo sabe. Ignorando deliberadamente que lo hace.

Sabe lo que implica, o lo que implicaba en aquel entonces. Sabe lo que es el sexo casual, lo disfruta y no encuentra nada de malo en ello; sin embargo lleva meses encontrándose con Takuto. Llevan meses quedando en el departamento de Ibuki, solo en el suyo, porque Takuto jamás habla de su hogar, así que Ibuki supone que vive con su familia o que tiene algún compañero de cuarto. Llevan meses compartiendo noches solitarias y todavía no sabe nada sobre él más allá de sus suposiciones.

Su relación empezó como algo meramente carnal, sus encuentros eran fugaces y estaban desbordados de lujuria, pero a veces Takuto llega a su departamento y le dice que no está de humor, que simplemente quiere ver una película y ambos terminan acurrucados en su sofá sin decir una sola palabra. A veces llega a la hora de la cena, cocina para ambos y se va después de ayudarlo a lavar los platos. A veces le sonríe y lo mira con un brillo que no es nada similar a la simple lujuria.

E Ibuki sigue cayendo, dejándose envolver por ello. Cae en la comodidad y en lo fácil que es estar en compañía de Takuto aunque peleen por las más mínimas cosas, se saquen de quicio y terminen besándose sobre la mesa del comedor como lo haría una pareja cualquiera.

Hay tantas contradicciones de por medio, hay tantos detalles de su relación que no encajan en la simple idea de conocidos que se encuentran de vez en cuando para tener sexo, pero Ibuki no menciona nada de ello a Tsurugi. Sonará idiota, sonará egoísta y admitirá que lo es, pero desea mantener todos esos detalles para sí mismo como su pequeño secreto, como algo que sólo él puede tener.

Como si esa parte de Takuto fuese solo para él, cuando Ibuki ni siquiera sabe si se acuesta con otras personas también. Jamás han hablado de exclusividad. Ni una sola vez en todos esos meses.

Y a pesar de todo, Ibuki no ha vuelto a acostarse con otra persona desde que tiene a Takuto.

—Ibuki —Tsurugi llama. Su voz suena mucho más suave mientras se inclina sobre la mesa, como si deseara mantener aquello en secreto.

Cuando Ibuki tararea una respuesta, todavía sin atreverse a mirarlo a los ojos, Tsurugi pregunta—: ¿Te gusta?

Ambiguo. Podría tomarla desde cualquier lado, Tsurugi ni siquiera se ha molestado en especificar y espera, de todo corazón, que no piense que Ibuki entiende su lenguaje en código.

¿Qué se supone que le gusta?

¿Lo que tienen? Es complicado.

¿El sexo? Definitivamente.

¿Takuto? No debería.

No tiene una respuesta definitiva para todas esas preguntas, así que no la da. Sin embargo la evidente falta de respuesta verbal enciende algo en los ojos de Tsurugi; él acaba de recibir una respuesta del silencio mismo, tal vez una respuesta que ni siquiera Ibuki conoce. Tal vez una respuesta que no quiere escuchar.

Entonces ninguno dice nada.

El silencio contemplativo se vuelve uno definitivo e Ibuki, una vez más, agradece tener a Tsurugi Kyousuke como su mejor amigo entre todas las personas sobre la faz de la tierra.
ㅤㅤ

───

 


Las cosas con Takuto no siempre obligaron a Ibuki a pensar demasiado en ellas, en lo que tenían. En lo que quería.

Duraron varios meses compartiendo mensajes fugaces, conversaciones algo subidas de tono que culminaron en otros encuentros y dejaron en ellos una sensación de plenitud, un estado de calma; como si nada más existiera en el universo que ellos dos en una habitación y la necesidad carnal de aliviar el estrés.

Takuto llegaba después de la cena y se iba antes del amanecer, luego de que el resplandor postcoital dejara a Ibuki completamente dormido sobre sábanas nuevas que Takuto le obligaba a cambiar mientras preparaba el baño para ambos. El sol jamás encontró a su amante dormido al otro lado de su cama, el espacio junto a él jamás permaneció cálido, ningún signo de que otro ser humano existió allí en la misma habitación junto a él fue dejado atrás.

A veces, el cansancio que nublaba la mente de Ibuki durante mañanas particularmente agotadoras le hacía preguntarse si todo aquello no se trataba de un sueño. Si realmente Takuto existía. Si no era un simple producto de su imaginación, un ángel que se le aparecía entre sueños para mantenerlo cuerdo cuando el mundo se volvía demasiado cruel. Un poco difícil de manejar.

A veces pensaría que todo había sido un sueño extremadamente realista; entonces tomaría su celular, revisaría sus mensajes y encontraría allí el mismo contacto sin foto y sin información. El mismo número con más caracteres pares que impares. Los mismos mensajes que compartieron la noche anterior poniéndose de acuerdo para encontrarse, y luego de ello nada más. Porque sus conversaciones se basaban en mensajes cortos preguntando si podían verse y eso era todo. No había un buenos días, no había un buenas noches. No había mensajes preguntándose cómo estaban, qué estaban haciendo o si ya habían desayunado. No era de su incumbencia saber qué tanto comía o dejaba de comer Takuto y no era incumbencia de Takuto saber cuánto dormía o dejaba de dormir Ibuki.

Pero estaba bien. No encontró en sí mismo nada de lo que quejarse. El sexo era bueno. Takuto era una gran compañía y aunque se quejaba del olor desagradablemente barato de su perfume, todavía enterraba la nariz en su cuello e inhalaba profundamente hasta quedar satisfecho. No eran una responsabilidad ni una carga, no eran una relación estable por la que debían preocuparse, no eran algo que debían cuidar. Takuto jamás se quejaría si Ibuki no le prestaba atención por estar entrenando. Takuto jamás le diría que deje de entrenar para verlo. Takuto simplemente lo encontraría en sus tiempos libres, le haría compañía y luego se iría sin mirar atrás. Y estaba bien. Funcionaba. Ibuki estaba contento con ello.

Sin embargo, si mira hacia atrás en el tiempo, las cosas probablemente empezaron a cambiar esa noche particularmente extraña. La primera noche que compartieron sin involucrar sexo ni intimidad física.

La noche que finalmente supo algo nuevo sobre Takuto.

Algo que no involucraba su falta de foto de contacto o información personal, algo ajeno a su número con más caracteres pares que impares.

El entrenamiento de la tarde había sido una mierda. No logró rendir como le hubiese gustado y ni uno solo de sus tiros entró en la canasta a pesar de ser conocido por su precisión a la hora de encestar. Cuando su entrenador preguntó qué estaba pasando, Ibuki dijo que simplemente estaba cansado. Atribuyó todo a su falta de sueño reciente, lo cual no era mentira, pero tampoco toda la verdad detrás de sus ojeras y el cansancio haciendo pesar sus hombros.

Obvió el hecho de la última cena con sus padres, donde le preguntaron cuándo empezaría a estudiar. Obvió la discusión con ellos porque siguieron insistiendo en que era ridículo y poco seguro basar el futuro y su vida en un deporte. Obvió el hecho de que su mejilla todavía dolía por el golpe que le dio su padre cuando Ibuki le gritó en la cara que no tenía derecho a reclamarle nada porque jamás estuvo ahí para él.

Esa noche, inmensamente frustrado e incalculablemente irritado, llegó a su departamento con el único objetivo de darse una ducha, ignorar el rugido constante de su estómago e irse a dormir. O al menos intentar hacerlo.

Ignoró los mensajes de Tsurugi, ignoró la muy probable pelea que estaban teniendo Matatagi y Tetsukado en el chat grupal con sus amigos e incluso estuvo a punto de ignorar el mensaje enviado por Takuto hace cinco minutos.

Tal vez fue un cruel giro del destino, tal vez fue algún tipo de karma por ser un hijo desagradecido. Tal vez fue el mismo odio que su padre siempre le tuvo desatando el inicio del fin dentro de su vida con algo tan diminuto como la curiosidad picando en el fondo de su mente, llevándolo a abrir el chat y responder una conversación que marcaría un antes y un después en esa fugaz aventura.

Takuto [20:29]:
nos vemos en quince?

Simple. Conciso. Como todo lo que involucraba a Takuto. Como siempre debió mantenerse.

Tú [20:35]:
acabo de llegar
no estoy de humor para lo que sea que quieras intentar

Takuto [20:35]:
dw yo tampoco estoy de humor

Tú [20:35]:
entonces?

Takuto [20:35]:
salgamos
traigo mi auto

Tú [20:36]:
tienes auto??????????

Takuto [20:36]:
lo acabo de robar

Tú [20:36]:
por supuesto
acabo de denunciarte

Takuto [20:37]:
supongo que ahora soy un prófugo de la justicia

Tú [20:37]:
de hecho están rastreando tú celular mientras estás hablando conmigo

Takuto [20:37]:
diré que eres mi cómplice

Tú [20:38]:
no lo harías

Takuto [20:38]:
pruébame

Tú [20:38]:
lo hice la semana pasada
aunque no me quejaré si quieres volver a intentarlo

Takuto [20:40]:
Asqueroso

Takuto [20:45]:
estoy fuera, apresúrate

Tú [20:46]:
lol
bajando

Sin importar el cansancio y la irritabilidad latente en el fondo de su mente, sin importar lo mucho que le dolían las piernas y los brazos, la mejilla magullada y el corazón, Ibuki se vistió rápidamente luego de su ducha fugaz y bajó los pisos de su edificio hasta dar con un Takuto de pie fuera de su auto, mirada fija en su celular. Entrecejo fruncido. Ojos hinchados por la razón que fuese y, por primera vez desde que se conocen, ropa informal en lugar de camisas evidentemente caras y pantalones ajustados.

—Hey —saludó, recibiendo una mirada dura que rápidamente se suavizó en cuanto lo vio.

—Hey —Takuto saludó de vuelta, apagando, apagando, su celular—. Te tardaste.

—Me hablaste cuando estaba a punto de bañarme.

—¿Acaso te bañas?

—Ja, ja. Vete a la mierda.

Takuto se rio, sinceramente, provocando que sus ojos formaran dos perfectos arcos felices.

El dolor muscular de repente pasó a segundo plano, sin importancia. Irrelevante de cualquier manera posible.

—Podríamos hacerlo juntos esta vez —sugirió, alejándose del auto blanco evidentemente caro y abriendo la puerta del pasajero—. Irnos a la mierda, quiero decir.

—¿Desde cuándo maldices?

—Desde que te conozco.

—Ah, ¿tan bueno soy? —Ibuki se burló, ignorando los ojos en blanco de Takuto en favor de subirse al auto.

—Insoportable, diría yo —contrarrestó, cerrando la puerta y dirigiéndose a su propio asiento. El asiento del conductor; puesto en un perfecto ángulo de noventa grados y vergonzosamente cerca de los pedales.

Por supuesto que es un conductor responsable. Casi clínico. Ibuki decidió ponerse el cinturón antes de ser regañado.

—Si tan insoportable soy, ¿por qué vienes a buscarme cada vez?

—No te busco a ti, busco tu pene.

—Pero no viniste aquí esta noche en busca de él.

Takuto resopló una risa y giró una llave, el motor encendiéndose sin hacer ningún tipo de sonido extraño. Nuevo y caro.

—Touché.

En cuanto arrancó ninguno volvió a hablar. El silencio los acompañó por las calles todavía concurridas de la ciudad mientras Ibuki observaba las luces de las farolas reflejarse en el cristal de las ventanas, en los espejos retrovisores al dejarlas atrás, en el rostro serio de Takuto al conducir en silencio.

La concentración le lucía bien, notó. Ibuki jamás había visto en él otras expresiones que no fuesen burlonas, molestas o contraídas por el placer. Fue algo fascinante, imposible de ignorar por más que quisiera.

Así que, por esa noche, se permitió beber algunos de los detalles desconocidos de su amante, solo para tener algo más de material en su lista de suposiciones recientemente creada.

Conduce con una sola mano, le gusta el volumen de la música en múltiplos de cinco y respeta diligentemente las señales de tránsitos. Inclusive la luz amarilla del semáforo. Matatagi se burlaría de él por conducir como una abuela si tuviera la oportunidad.

—¿Ya cenaste? —Takuto preguntó de repente, justo al tomar la carretera que los llevaría a las zonas más alejadas de la ciudad.

Las zonas menos concurridas. Las más tranquilas. Ibuki lo agradeció internamente.

—No —dijo, encogiéndose de hombros—. ¿Tú?

—Tampoco. Simplemente... Demasiado cansado para comer.

—Lo mismo aquí.

—Sin embargo, deberíamos conseguir algo.

—¿Quieres ir a un restaurante o algo así? Porque no sé si lo notaste, pero no vengo vestido para la ocasión.

—Dios, no —él bufó—. No estoy de humor para soportar gente.

Ibuki se guardó para sí mismo un comentario sobre cómo Takuto aseguraba estar de un humor tan jodido y, a pesar de ello, fue en busca de la persona a la que llegó a catalogar como su peor pesadilla. Sonrió un poco en su lugar, sintiéndose extrañamente cálido por dentro.

—¿Alguna sugerencia?

—Buscaré una tienda de conveniencia y compraré fideos, si no te importa.

Importa. Él no come fideos instantáneos.

Los evita a toda costa, porque sigue una dieta estricta que le ayuda a mantener su masa muscular y sabe, gracias a su entrenador, que los fideos instantáneos son unas de las cosas más adictivas y menos saludables que un deportista podría consumir.

Pero esa noche su entrenador no estaba allí. De hecho, son sólo Takuto, él y las estrellas. Las únicas que podían juzgarlo si en ese mismo instante decidía ignorar todas las bases de su dieta y comer un tazón de fideos instantáneos en medio de la noche, con sus tripas rugiendo y Takuto a su lado.

—Me parece bien —decidió.

Encontraron una tienda abierta un par de cuadras más adelante, brillante con muchas luces y letreros fuera indicando que estaba abierta las veinticuatro horas. Takuto le indicó que esperara en el auto mal estacionado mientras bajaba a comprar unas cuantas cosas. Lo hizo sin prestarle atención a las quejas de Ibuki porque no le sentaba bien que pagase por todo, sin importar si parecía que el dinero no le hacía precisamente falta.

Takuto no aceptó, de todas formas. Algo sobre compensarlo por sacarlo de su departamento tan repentinamente. Ibuki habría luchado un poco más por ello, alegando que estaba allí porque quería y no porque se sintiese obligado, sin embargo su amante ya se había adentrado en la tienda como alma que lleva el diablo. No le quedó más opción que bufar y aceptarlo.

Terco, terriblemente terco Takuto.

Consiguió fideos instantáneos, unos extra picantes para él y unos normales para Ibuki. También consiguió dulces, dos latas de bebida energética y una de cerveza. Esto último le hizo arquear una ceja.

—¿La cerveza es para...?

—Para viajar a la luna —Takuto respondió sarcásticamente, sin mirarlo en absoluto mientras ordenaba las compras en el espacio vacío entre sus asientos.

—Ciertamente podríamos terminar estrellados en la luna si conduces ebrio.

—Imposible. La gravedad nos devolvería a la tierra de inmediato.

—No si aceleras en el cielo.

—Definitivamente no sabes cómo funciona la gravedad, ¿eh? —resopló, más divertido que molesto—. Serán solo unos tragos. Es para compartir.

—Sigue siendo sorprendente.

—¿El qué?

—Bueno, tu asiento está en un ángulo perfecto de noventa grados, tu cinturón perfectamente abrochado y estoy seguro de que estás lo más humanamente posible cerca del volante. Perdón por asumir que eras un conductor ejemplar.

Contrario a las suposiciones de Ibuki, Takuto en realidad no se quejó ni respondió agresivamente a su pequeña perorata. En su lugar, permaneció en un silencio contemplativo, poco incómodo por suerte, pero terriblemente desconcertante y preocupante en partes iguales.

Miró el volante por lo que parecieron minutos, sus grandes ojos brillantes reflejando contemplación. Ibuki pudo notar cómo su nariz se arrugaba sutilmente frente a lo que sea que estuviese atravesando su intrincada mente, casi como un gato huraño recibiendo un alimento que no es de su agrado.

Luego de una aparentemente profunda sinapsis, miró a su asiento y finalmente a su cinturón; suspirando en cuanto terminó la extraña inspección.

Lindo, fue lo que pensó.

—¿Sabes qué? —Takuto exhaló, entrecejo fruncido y ojos brillando con algo que solo podía catalogar como determinación—. Tienes razón.

Todo el aire del vehículo pareció condensarse en la garganta de Ibuki tan pronto como lo oyó, con la bebida energizante carbonatada a mitad de camino. Aguantó como campeón; la necesidad de toser y escupirla en la alfombra porque ni todo un año de la beca deportiva mensual que recibe podría pagar aunque sea el botón más pequeño de ese bendito auto.

Recuperó el aliento al mismo tiempo que Takuto se quitó el cinturón, arrastró el asiento hacia atrás con más fuerza de la necesaria y rompió el precioso ángulo de noventa grados en uno, probablemente, mayor a cien. Luego suspiró. Demasiado satisfecho consigo mismo para ignorar ese detalle.

—¿Qué acabas de decir? —alcanzó a articular, casi moribundo. Takuto ni siquiera se detuvo a preguntarle si podía seguir existiendo después de ese ataque de tos.

—Tienes razón —repitió—. Qué ridículo. Puedo conducir como quiera. Es mi auto. No necesito ser perfecto para algo tan banal.

—Correcto —Ibuki tarareó, sin entender del todo, pero apoyándolo de todas formas—. Es tú vida.

—Es mi vida —él repitió.

—Y tú auto, aunque sea robado.

—Mí auto, aunque sea robado —él se rio. Realmente se rio.

Ibuki no pudo evitar hacer lo mismo.

—¿Entonces? ¿Qué vamos a hacer?

—Yo voy a conducir, y tú me vas a ayudar a comer.

—¿Con el auto en movimiento?

—Con el auto en movimiento —Takuto sentenció. La sonrisa en su rostro, por todas partes, solo podía exudar satisfacción.

—Bebé, eso es tan caliente —bromeó, ganándose una risa aireada y linda. Feliz.

La aparente rebeldía solo les duró un par de cuadras hasta que Takuto frenó el auto de repente, evitando atropellar a un perro cruzando la penumbra, pero sacrificando los pantalones de chándal de Ibuki en su lugar mientras el pobre idiota intentaba hacer malabares con dos copas repletas de sopa caliente en cada mano.

Maldijo hasta el cansancio y Takuto se burló de él a carcajadas, ligero y feliz. Más feliz de lo que ha podido verlo desde que se conocieron, algo sincero ajeno a la felicidad momentánea que puede causar un orgasmo o una broma tonta.

Ibuki debió detenerse en ese preciso instante, morderse la lengua y apartar la mirada en lugar de dejarse consumir por la vista de los arcos felices en los ojos de Takuto al sonreír. Debió ignorar el aleteo en su pecho; debió reprimir la sonrisa estirándose sobre sus labios como un reflejo de la propia sonrisa de ese desconocido con cabello ondulado y sonrisa deslumbrante.

Pero no lo hizo. ¿Cómo podría? ¿Cómo podrías apartar los ojos de una maravilla solo porque es peligrosa?

Ibuki una vez, en medio de toda su estupidez, presenció un eclipse solar. Le advirtieron una y mil veces que ver hacia el sol en ese instante podría arruinar sus ojos, dejarlo ciego, pero él no pudo soportar la curiosidad y clavó sus iris felinos al cielo; allá donde el espectáculo astronómico más maravilloso se llevaba a cabo frente a él.

Sus ojos se irritaron y necesitaron llevarlo al médico, sin embargo no se arrepintió ni una sola vez. Porque vio algo hermoso. Porque fue feliz, aunque fuese por un fugaz momento.

Takuto era eso. Su propio eclipse solar sobre la tierra. Justo frente a él.

E Ibuki una vez más lo miró abiertamente. Sin importarle las consecuencias. Sin escuchar ninguna señal ni advertencia.

Al final, Takuto decidió ser responsable para impedir que lo próximo en sufrir daños a causa de la sopa caliente fuese la única razón por la que vuelve a Ibuki cada vez; así que aparcó en el estacionamiento vacío de una vieja gasolinera.

Puso algo de música, tomó sus propios fideos y comieron en un cómodo silencio llenado únicamente por el ritmo latino de la canción reproduciéndose. Ibuki no hizo comentarios al respecto cuando reconoció la voz de Bad Bunny, permitiéndose asombrarse hacia sus adentros. ¿Takuto escuchando un género musical que no fuese de gente estirada? Definitivamente lo descolocó. Solo un poco. No lo suficientemente para no tararear Moscow Mule entre cada bocado.

Más tarde, cuando ya hubo devorado su cena, Ibuki carraspeó sobre el volumen bajo de la música.

—Entonces, ¿puedo preguntar el motivo detrás de este secuestro fortuito? —cuestionó, intentando no sonar tan curioso como realmente se encontraba.

—¿Siquiera sabes lo que significa fortuito?

—No, pero sonó genial.

Takuto bufó, prácticamente inhalando sus fideos.

—La gente es molesta.

—¿Soy parte de la gente?

—Sí —él asintió, encogiéndose de hombros—. Pero eres menos molesto que los demás.

—Cuidado ahí, bebé. Podría empezar a pensar que estás enamorado de mí.

—Correcto. Jamás volveré a hacerte cumplidos.

—¿Decirme que soy menos molesto que los demás es un cumplido?

—Probablemente el más grande que he hecho.

Ibuki silbó, mirando a las estrellas sobre sus cabezas brillar un poco más.

—Me siento honrado.

—No te acostumbres.

—No lo haré.

—Estás sonriendo. Esa definitivamente es una mentira.

—¿Cómo lo sabes?

—Te conozco.

—¿En tan poco tiempo? Lo dudo.

Takuto, tan clínico y pulcro como siempre, tomó los tazones de fideos ya vacíos y los guardó en una bolsa plástica que fue depositada a los pies de Ibuki, lista para ser arrojada al primer cesto de basura que encontraran en el camino. Él levantó la vista al terminar, poco impresionado y casi aburrido. Parpadeando como si de un búho se tratase.

—Eres un gym bro del baloncesto —comenzó—, uno que usa perfumes horrendos solo porque sus comerciales involucran a otros gym bros. Te ríes cuando mientes, cuando estás serio parece que estás estreñido y cuando sonríes parece que tramas algo porque tienes esta expresión de bastardo en potencia realmente intrigante en la cara. Si no fuera por mí, probablemente dormirías sobre sábanas sucias y no te importaría en lo más mínimo. Ah- también sobrevives a base de barras energéticas si ese cargamento capaz de acabar con la hambruna mundial que tienes en tu alacena es algo en lo que pensar.

Ibuki exhaló, incrédulo, mirando a Takuto como si fuese nada menos que una forma de vida extraterrestre materializada frente a él.

¿Esos fueron insultos? El tono de voz le hace pensar que sí. Al menos críticas a su forma de vida, lo cual le afectó mucho más que el hecho de haber sido leído como un jodido libro abierto.

Como si no fuera suficiente con sus padres.

—¿Es esta una especie de crítica? —preguntó. Toda onza de ligereza y alegría abandonando su cuerpo por un momento.

—Para nada —descartó con un movimiento desdeñoso de su mano—. Simplemente estoy enumerando las cosas sobre ti que he notado desde que nos conocimos.

—Suenas obsesionado conmigo, ya sabes.

—Y tú suenas lleno de ti mismo, Ibuki Munemasa. ¿Algo más que decir?

—Iba a preguntarte lo mismo. Pareces tener muchas opiniones guardadas sobre mi forma de vida.

—De hecho-

—Oh, cierra la boca —se quejó, cruzándose de brazos.

Molestia, fuego hirviendo extendiéndose sobre sus costillas. El sentimiento amargo burbujeó en su pecho hasta que escuchó una suave risa, inmutable, como ignorante de cualquier emoción negativa trayendo bilis a la garganta de Ibuki.

Él miró a Takuto riéndose justo a su lado, todavía feliz, como si nada hubiese pasado en realidad. Estuvo a punto de quejarse hasta que lo vio abrir la boca para hablar.

—Tu departamento es un desastre, tal vez todo tú lo eres; pero no te preocupes —Takuto le sonrió sin mirarlo—. El desastre le da el toque a las cosas.

—¿De qué toque estás hablando? —Ibuki exigió.

—El toque humano —dijo, suave. Casi anhelante—. El desastre significa que hay alguien causándolo. Que hay alguien existiendo como una persona independiente, no como un esclavo de algo más grande.

Poético, si puede decirlo. Curioso también; por no decir preocupante.

La llama se apaciguó en su pecho una vez más, siendo opacada por la curiosidad. ¿Por qué Takuto hablaba como si tuviese experiencia en algo que Ibuki no termina de entender? ¿Por qué el anhelo en su sonrisa le hizo doler las costillas?

Suavemente, Ibuki tomó aire y preguntó—: ¿Eres un esclavo de algo más grande, Takuto?

Su voz flotó en el aire hueco y pesado. Uno. Dos. Cinco. Diez segundos de silencio contemplativo transcurrieron, la respuesta no parecía querer llegar; él no la iba a forzar tampoco.

Estuvo a punto de decirle que lo olvidase, que no respondiese si no lo deseaba, pero Takuto de todas formas se le adelantó.

—Lo soy —dijo—. Jamás he podido permitirme el desorden en mi vida, pero está bien —él sonrió un poco más, estirándose cómodamente sobre su asiento inclinado en un ángulo mayor a cien grados, lo suficientemente alejado del volante para que pudiese estirar cómodamente los pies. Un pequeño placer ganado—. Porque encontré a alguien desordenado que me deja ser desordenado cada vez que estamos juntos.

Y eso fue todo. Ibuki lo supo.

Las palabras de Takuto aquella noche, la sonrisa en esos labios regordetes y los arcos de felicidad en sus ojos. El brillo de alivio, de comodidad en los iris rojizos cada vez que lo miraba. Las bromas tontas y el coqueteo sin sentido que llenó su noche hasta que se hizo de madrugada.

Fue el principio del fin.

────

 


—¿Entonces? ¿Cómo van las cosas con tu novio imaginario?

La pregunta, tan repentina e inesperada, se siente como un balde de agua fría erizándole cada terminación nerviosa.

El bocado de palomitas que Ibuki está a punto de llevarse a la boca se detiene a medio camino, flotando sobre su regazo y cayendo distraídamente sobre sus últimos pantalones limpios mientras intenta por todos los medios posibles apaciguar la llama de miedo incrédulo subiendo a través de su tráquea.

Es consciente de lo distraído que puede llegar a ser, idiota incluso si tuviese que opinar por Tsurugi, pero está seguro de jamás haber soltado aunque sea una mínima insinuación sobre tener algún tipo de relación frente a Matatagi Hayato de todas las personas porque lidiar con ello debería ser la pesadilla de cualquier ser humano. Lidiar con Matatagi Hayato, por sí mismo, ya lo es.

Ibuki carraspea luego de ver su vida pasar frente a sus ojos, parpadeando varias veces seguidas. Agradece no haber tenido comida en la boca en el momento. De otra forma, Matatagi tendría que denunciar o esconder un cadáver con evidentes signos de ahogamiento. Siendo él, probablemente su cuerpo sin vida habría desaparecido de la forma más ocurrente, bizarra y poco probable del universo. No quiere saber cuál exactamente.

—¿Mi qué? —alcanza a formular, apartando por una vez la mirada de la competencia infantilmente mortal e inexplicablemente seria que Tetsukado y Kusaka están librando contra Shun y Yuta en el Mario Kart. Algo sobre orgullo masculino y valía que no termina de entender. Jamás ha entendido a Tetsukado ni a sus discursos motivacionales, de todos modos.

A su lado, unos pocos centímetros más allá a lo largo del sofá, Matatagi parpadea hacia él; poco impresionado y evidentemente aburrido, tal vez sabiendo que los dos idiotas que tienen por amigos no serían capaces de derrotar, ni en un millón de años, a sus hermanos menores en un estúpido juego de Mario Kart.

—Ya sabes, este chico misterioso del que tanto hablas y al cual nunca hemos visto —Matatagi ofrece, sonando como el bastardo sarcástico que es.

Ibuki bufa en respuesta, poniendo los ojos en blanco. Ha perdido repentinamente el apetito. La molestia de la realización opacando el miedo desconcertante inicial.

—Voy a matar a Tsurugi —declara—. Enterraré su cuerpo cinco metros bajo tierra.

—¿Sabes? Alguien que está planeando un homicidio no hablaría sobre ello frente a, no sé, el novio de la víctima en potencia.

—¿Por qué? ¿Harás algo al respecto?

—Podría. Estoy seguro de que poseo más conocimientos sobre cómo cometer un crimen sin ser descubierto que tú.

Ibuki exhala algo similar a una risa.

—Actuar como el novio protector no te queda.

—Estoy de acuerdo, pero deberías ver a Tenma.

—Asqueroso. No quiero tener nada que ver con ustedes.

—Solo estás celoso.

—¿Yo? ¿Por qué debería estarlo?

—Para empezar, tengo a mi servicio dos buenas po-

—Correcto. Iré a enterrarme a mí mismo cinco metros bajo tierra si no te detienes en este preciso momento —él interrumpe, apartando las palomitas de su regazo antes de que el simple aroma le obligue a devolver su almuerzo sobre la alfombra.

De fondo, Shun grita una maldición extrañamente específica cuando logra ganarle a Kusaka lo que debe ser su undécima ronda seguida, a juzgar por el punto que Tetsukado marca sombríamente en la pizarra frente a ellos.

Es ridículo. Roza la tragicomedia.

En una circunstancia normal se reiría de ellos e incluso se burlaría de cómo Tetsukado y Kusaka están siendo brutalmente humillados por un par de preadolescentes, pero las circunstancias no son normales y todavía siente la mirada de Matatagi clavándose en su rostro, casi como si intentara hacerle huecos en el cráneo.

—Toma una foto. Durará más.

—Desagradable. Preferiría arrancarme una mano a mordidas.

—Eso es preocupantemente específico.

—Y tú estás siendo obstinadamente idiota. ¿Hablarás conmigo o tendré que sacarte información a la fuerza?

Ibuki bufa. Su pesadilla haciéndose realidad allí frente a él.

—¿Qué te dijo Tsurugi?

—No nos dijo nada. La primera vez Tenma y yo simplemente estábamos tomando un baño y lo escuchamos hablar desde el cuarto. Luego tus llamadas se volvieron recurrentes y, ya sabes, no es como si pudiéramos evitar escucharlo cuando lo tenemos literalmente al lado.

—Hermano, ustedes son asquerosos.

—Es culpa de Tenma. Él es tan pegajoso.

—Como si no lo disfrutaras.

—Ese no es el problema aquí —Matatagi se queja, poniendo los ojos en blanco—. ¿Entonces? ¿Vas a seguir evadiendo el tema como un cobarde o vas a hablarlo con tu mejor amigo?

—Mi mejor amigo es Tsurugi.

—Y el idiota de Tsurugi es mi novio, así que es lo mismo

—Eso no tiene ningún tipo de sentido-

—¡Yah, Ibuki! —grita en advertencia, ganándose un suspiro exasperado a cambio.

De repente se escuchan más gritos de fondo. Ibuki se permite organizar sus ideas en lo que silencia los aullidos de sus amigos al, finalmente, ganar una jodida partida contra Shun y Yuta. Podría maldecirlos en ese preciso instante por ser tan molestos, infantiles hasta el agotamiento, pero en el fondo agradece que distraigan a Matatagi mientras intenta decidir qué tanto contar.

En realidad no ha hablado con Tsurugi sobre Takuto en las últimas semanas, y tampoco es un secreto que ni siquiera con él ha sido completamente honesto sobre su relación. Tsurugi tampoco conoce el nombre de su amante aunque varias veces se lo ha pedido, alegando que podría dar con él, que tal vez podría conocerlo dentro del campus. En algún momento llegó a ofrecer inclusive la ayuda de Tenma, pero Ibuki jamás quiso cruzar un límite claramente establecido por Takuto. No era asunto de ningún tercero, ni siquiera suyo.

Tsurugi sabe que Ibuki conoció a Takuto en aquella fiesta de fraternidad, cuando Tsurugi estaba cursando su segundo semestre. También sabe sobre los encuentros casuales que tienen, el tipo de relación que establecieron entre ellos y la corta pero muy útil lista de reglas que ambos fijaron antes de continuar con lo que sea que tenían. Tienen. Como sea.

De hecho, es gracias a esa lista que llegaron tan lejos. Es gracias a la lista y a los límites marcados por ésta que han podido disfrutar tanto sin comprometerse en absoluto. Sin embargo, es también culpa de esa lista que ahora Ibuki se sienta como un completo idiota al romper la primera regla. La que él mismo sugirió, la que Takuto aceptó con tanto gusto.

Eso también lo sabe Tsurugi; la paulatina, poco impredecible pero aún decepcionante caída de Ibuki. El cómo fue creciendo cada vez más su necesidad de saber cosas sobre Takuto, aunque sea su nombre completo. Aunque sea las cosas que le apasionan, lo que estudia, lo que hace. De dónde vienen sus miedos y preocupaciones, por qué pareciera que aprecia su tiempo con Ibuki como si fuese lo más importante para él, pero sigue marcando el límite cuando Ibuki intenta tenderle la mano.

Es agotador mantener todo en secreto; tan agotador como gratificante. Se siente como vivir un sueño, cada noche donde puede compartir momentos más íntimos con Takuto que no necesariamente están ligados al placer ni a la necesidad carnal. Esos instantes donde siente una conexión más fuerte que lo casual. Es solo suyo, su realidad, su pequeño universo compacto de cabello castaño rizado y labios regordetes, al que puede llegar a través del contacto sin foto y sin información personal.

No está tratando de ocultarlo al mundo, solo quiere ser discreto. Si Tsurugi es la única persona que sabía sobre su conexión es porque el tipo es la discreción personificada y no podría importarle menos andar por ahí hablando sobre qué hacen o dejan de hacer los demás, es algo que admira y aprecia de él; los rumores le son completamente ajenos.

Matatagi, en cambio... Bueno, es Matatagi. También es su amigo y, de hecho, fue Ibuki quien lo presentó a Tsurugi y Tenma sin prever que los tres terminarían en una relación. Él mismo los creó y él mismo fue traicionado por ese par de bastardos. Ni siquiera quiere empezar a hablar de los quinientos códigos de amistad que rompieron en cuanto empezaron a salir a sus espaldas.

Pero dejando de lado su resentimiento poco discreto, Ibuki no ha querido hablar del asunto con Matatagi.

Lo que ocurre con él es que, si bien jamás iría por ahí esparciendo su intimidad porque no podría importarle menos lo que hagan los demás, sí podría torturarlo por el resto de su vida con comentarios sarcásticos y bromas con las que no se detendrá. Ibuki quiso evitarlas a toda costa, pero teniendo en cuenta que probablemente no sólo Matatagi, sino también Tenma estén allí pegados a Tsurugi mientras Ibuki le vuelca su alma a través de una llamada a las ocho de la mañana, entonces ya no hay mucho que evitar.

—¿Entonces?

—Si le dices a alguien sobre esto, lo nuestro se termina —advierte, justo cuando Matatagi vuelve a sentarse en el sofá luego de amenazar con una palanca (solo Dios sabe de dónde salió) a Tetsukado por restregarle una victoria en la cara a sus hermanos.

Él vuelve a mirarlo con esa expresión poco impresionada, como si no hubiese amenazado a un tipo que ha practicado boxeo toda su vida. Como si no hubiese visto a Dios a los ojos y se hubiese reído en su cara.

—Sé más claro, Ibuki. No sé si me estás amenazando o incitando.

—Le diré a Tsurugi que lo llamaste novio casualmente.

—Correcto. Suelta una puta palabra y serás el alimento de los peces de Shun.

—Me parece bien —Ibuki se encoge de hombros, estirando una mano en son de paz para que Matatagi la tome y cierren esa especie de pacto potencialmente homicida.

Solo que el apretón nunca llega. Matatagi mira su mano con el desdén plasmado en cada una de sus ridículas facciones; entonces recuerda que sus dedos deben estar grasosos por las palomitas que devoró hace tan sólo unos minutos. Tiene que ser una puta broma.

—Eres un llorón —se burla.

—Vete a la mierda, no voy a tocar eso.

—Eso. ¡Es mi mano!

—Ni siquiera quiero saber dónde pudo estar esa mano.

—Ni siquiera quiero saber dónde pudo estar tu palanca.

—Mi palanca solo abre cabezas. ¿Tu mano? No me hagas hablar. Hay menores aquí.

Ibuki resopla, poniendo los ojos en blanco. Termina por limpiarse los dedos grasientos en los pantalones que de todos modos ya están sucios; y luego se deja caer un poco más en el sofá, volviendo a fijar la mirada en el juego donde Shun y Yuta vuelven a tener ventaja.

No le presta real atención a lo que sucede frente a él. Simplemente quiere evitar el contacto visual con Matatagi. Como el cobarde que es.

—Están limpias —dice sin más, encogiéndose de hombros—. Desde hace un tiempo.

Incluso si no lo está mirando, todavía puede sentir los ojos de Matatagi clavándose en él. En su expresión, en cada detalle de su lenguaje corporal. Sabe que lo está leyendo como si fuese un libro abierto; siempre ha sido bueno psicoanalizando a las personas.

—¿Este novio tuyo...? —pregunta tentativamente—. O lo que sea que sean-

—No lo he visto en un mes —revela Ibuki—. Un mes, tres días, dieciocho horas.

—¿Hah? ¿Por qué?

—No me ha vuelto a enviar un mensaje.

—¿Y por qué no le envías uno tú?

—Porque me dijo que él me enviaría uno cuando se desocupe.

—Y tú quieres creer que está ocupado.

No es una pregunta, es una afirmación. Una que no ha querido admitirse a sí mismo, porque no quería reconocer el miedo gestándose en su pecho, ese que ha estado enviando tantos pensamientos intrusivos a su mente después de la primera semana sin tener noticias sobre Takuto.

Aquella vez que se reunieron, la noche que Takuto se quedó dormido a su lado y lo despertó con el sonido de la ducha; tan doméstico y surrealista como lo recuerda; fue la última conexión que tuvieron.

Por más que esperó un mensaje, una llamada, cualquier señal de vida, no recibió nada en lo absoluto. Takuto no volvió a contactarse con él e Ibuki, todavía miedoso, no se atrevió a contactarlo él mismo porque se supone que esa era una regla: si uno de ellos dice que llamará, el otro debe esperarlo. No se darán explicaciones. No se insistirá en lo absoluto.

Entonces tiene las manos atadas, por más preocupado que se sienta, por más solitarias que se han vuelto sus noches. No puede hacer nada en absoluto y no ha dejado de atormentarse pensando que tal vez lo arruinó, que seguramente fue su culpa por mirar a Takuto como si pudiese bajar las estrellas del cielo por el simple hecho de quedarse hasta el amanecer. Por ser tan malo ocultando sus sentimientos. Por haberlo abrazado y besado con todo el remolino de sentimientos arraigados en lo profundo de su pecho esa última noche que pasaron juntos.

Tal vez Takuto se dio cuenta de la escala que estaba cobrando esa relación para él y decidió escapar antes de empeorarlo. Tal vez ya no siente la necesidad de conectarse con Ibuki. Tal vez encontró un novio, una relación estable. Tal vez se enamoró y decidió ghostearlo porque es más fácil que afrontar la realidad y hablar las cosas.

Hay tantas probabilidades, tantos escenarios. Su cabeza los crea y los descarta porque si bien desconoce detalles básicos sobre la vida de Takuto como su apellido o lo que hace con su vida, cree conocer lo suficientemente bien al hombre que le prepara la cena y a veces le deja besos fugaces en la mejilla cuando menciona que ha tenido un mal día. El hombre que corre a buscarlo cuando siente al mundo en su contra porque admite abiertamente que Ibuki le transmite paz.

¿A dónde va todo eso? Si Takuto siente tanto por él, ¿por qué no puede traducirse en el mismo sentimiento que ha estado atormentando a Ibuki desde hace un tiempo?

—Quiero creer que lo conozco, supongo —admite.

—Ni siquiera sabes su apellido —Matatagi presiona, crudo y duro. Sal sobre la herida fresca.

Y no, él no lo hace. Ni su apellido ni qué hace con su vida. Ni sus miedos ni sus sueños. Solo conoce retazos; cómo le gustan los besos y lo mucho que se preocupa por el cuidado de su imagen personal. Que sabe conducir, que tiene un auto, que hay algo o alguien detrás de su cuello que no le permite actuar como le gustaría. Que corre a Ibuki para sentirse libre. Que ríe sinceramente a su lado. Que le gusta tomar su mano cuando los planetas se alinean y deciden dar un paseo por la playa a medianoche en lugar de encerrarse en su habitación.

Pero, una vez más, ¿de qué sirve todo eso, cuando ni siquiera tiene la certeza de que este hombre exista?

¿De qué sirve, si incluso su nombre podría ser inventado?

—No lo hago, ¿verdad? —exhala, algo similar a una risa sin gracia.

Derrotado. Cansado.

Desilusionado.

La respuesta toma desprevenido a Matatagi. Ibuki puede notar lo incómodo que se siente, probablemente porque está siendo llorón y patético; y su amigo no sabe qué hacer al respecto. Lo nota removerse un tanto incómodo en su propio lugar, mirando a cualquier parte menos a Ibuki. La mirada dura como si estuviese pensando en todas los cursos de acción que podría tomar en ese preciso momento.

Pero es Matatagi de quien está hablando; una piedra podría ser mucho más abiertamente expresiva que él en lo que a consejos amorosos se refiere. Un león rodeado de venados podría ser más delicado. El mismo Kusaka podría estar menos verbalmente estreñido que este tipo.

—Si sigues pensando tanto se te fundirá una neurona —bromea, ganándose una exhalación exasperada.

—Cuando empecé bromeando con esto no esperaba que estuvieses pasando por una crisis —él se queja—. ¿Qué se supone que diga? Tsurugi es el que sabe lidiar con estas situaciones.

—¿Y Tenma?

—Pff. Tenma lloraría contigo aquí y ahora.

Ibuki se ríe de ello. Sabe que es altamente probable.

—De todas formas no necesitas decir nada —continúa Ibuki; le gana una mirada curiosa de Matatagi—. No vine aquí por consejos, vine a distraerme. Si necesitara consejos no vendría a ver precisamente a dos tipos siendo humillados por preadolescentes en el estúpido Mario Kart. Mucho menos al tipo con una palanca al alcance.

—Se llama Eris —Matatagi aclara, volviendo a tomar la palanca como si fuese su objeto más preciado sobre la faz de la tierra—. Como la Diosa griega de la discordia.

—Poético —se burla, poniendo los ojos en blanco.

—Hombre, me rindo —Tetsukado se queja de repente, apartándose del televisor para dejarse caer exactamente entre Ibuki y Matatagi en el sofá—. ¿Qué diablos les das de comer a tus hermanos? ¡Es insano! ¡Solo pudimos ganar una vez!

—Que ustedes sean malos jugando no es culpa de Shun y Yuta, idiota.

—Oh, vete a la mierda. Somos buenos, pero ellos están locos. Apuesto a que Kusaka y yo podríamos ganarles a ustedes dos hasta con los ojos cerrados.

—Correcto, ¿qué quieres apostar? —se anima Ibuki. Puede notar en el aire cómo el interés de Matatagi también se vuelve palpable. Él definitivamente sabe que pueden ganar.

—El perdedor invitará las bebidas de esta noche —Tetsukado ofrece, ganándose un quejido desaprobatorio de Kusaka—. ¿Qué? ¡Podemos hacerlo!

—Si esto involucra alcohol gratis, me tienen —acepta Matatagi.

—Cualquier cosa gratis te tendría dentro.

—¿Cómo crees que he sobrevivido hasta ahora, querido idiota? Definitivamente no del amor y los buenos deseos.

Ibuki no termina de procesar la apuesta cuando está siendo arrastrado hasta la alfombra frente a la consola. Es Matatagi, quien no lo mira pero se aferra a la tela de su sudadera mientras lo lleva con él.

No necesita decir nada para que Ibuki entienda lo que intenta hacer: distraerlo, ayudarlo a pasar un momento tranquilo, libre de pensamientos intrusivos, libre de Takuto, ya que no hay otra cosa que pueda hacer siendo él. Ibuki aprecia profundamente su amistad aunque jamás lo diría en voz alta.

El resto de la noche transcurre prácticamente igual: Tetsukado y Kusaka siendo humillados de la forma más brutal posible, porque resulta que verdaderamente son malos en el juego y las habilidades de los Matatagi no tienen nada que ver en ello. Kusaka ya lo sabía, pero Tetsukado y su gran boca aparentemente no se habían enterado todavía.

Compran cerveza más tarde esa noche, comparten algunos snacks y mandan a dormir a Shun y Yuta poco después de las doce. Matatagi es un hermano mayor estricto cuando se trata de la salud. Tetsukado se burla de él por ello.

—Oye, ya sabes —Kusaka le regala una gran sonrisa a su lado, ignorando deliberadamente la discusión verbal entre Matatagi y Tetsukado al otro lado de la mesa—. Tómate las cosas con calma. De una forma u otra, todo siempre termina por resolverse.

Ibuki arquea una ceja en su dirección.

—¿Qué es lo que sabes? ¿Nos escuchaste?

—No realmente, pero te veías como la mierda y Matatagi tenía esta expresión de estreñimiento emocional cuando Tetsukado los retó. Solo uní puntos.

—Si no sabes qué sucede, ¿entonces por qué estás tan seguro de que todo se resolverá?

—¡Todo tiene solución, hombre! —tararea animadamente—. Menos la muerte, pero quién sabe si en algún momento la humanidad encontrará una solución incluso para eso.

—Suenas como un hippie en este preciso momento —Ibuki de burla, no pudiendo retener una sonrisa.

Kusaka sonríe sorpresivamente más grande que antes.

—¡Es positivismo! Al parecer estoy rodeado de pesimistas. Alguien debe mantenerlos cuerdos.

—Increíble que seas tú.

—¿Verdad? Lo que hago por la amistad —él suspira, lamentándose falsamente.

Ibuki se burla, sin embargo todavía lo acepta. Tal vez porque está un poco borracho y un poco sensible. Tal vez porque la sonrisa de Kusaka es alentadora. Tal vez porque, por una noche, no quiere pensar más en el asunto T.

Tal vez porque en el fondo quiere ser positivo también.

Tal vez porque, egoístamente, todavía se aferra a la pequeña llama de esperanza infantil en él. Esa que espera ansiosa como un cachorro abandonado que el mismo contacto sin foto y sin información personal, con más caracteres pares que impares, le envíe un mensaje más.

────

 


Una vez Ibuki vio un documental sobre astronomía por pura curiosidad, y llegó a la conclusión de que Takuto es como un cometa orbitando en el sistema solar que es su vida.

Algo constante que va y viene, casi siempre siguiendo el mismo camino y permanentemente a la misma velocidad. Tomándose la misma cantidad de tiempo cada vez que completa una órbita en su largo viaje a través del espacio. Imperturbable y magnífico. Apreciado y admirado.

Sin embargo, a pesar de toda su magnificencia, incluso los cometas pueden sufrir desviaciones. La gravedad de Júpiter es potencialmente un peligro tanto como una bendición para el planeta tierra que podría ser catalogado como el corazón de Ibuki. Son factores externos. A veces lo protegen, otras veces podría implicar un gran peligro para su existencia.

Takuto, con su constancia y su órbita propia no era diferente. Aparecía y desaparecía sin causar problemas en su vida, pero entonces ocurrió.

La primera desviación. La primera variación de su órbita causada por un factor externo.

Después del incidente de la cena nocturna algo, solo Dios sabe qué, cambió entre ellos. Los mensajes se volvieron más constantes, las conversaciones un poco más largas. Todavía no habían buenos días, buenas noches ni preguntas invasivas entre ellos, pero sus encuentros se volvieron más frecuentes y cada vez que debían ponerse de acuerdo para verse, la conversación se alargaba entre cómodas bromas que más de una vez dejaron una sonrisa tonta en su rostro.

Fue así que una noche, entre bromas sin sentido y tal vez un poco de alcohol encima, decidieron establecer una lista básica de reglas alegando que lo suyo, fuera de ser algo de un par de veces, sería más longevo a pesar de no ser menos casual.

1. Esperar a que el otro se contacte cuando dice que lo hará y no insistir si no lo hace.

2. No hablar de las vidas privadas ni de uno ni de otro si así se desea.

3. Comunicar si hay algo referente al sexo que no es del agrado de alguna de las partes y/o si desea probar algo nuevo.

4. No enamorarse.

Fueron solo cuatro. Simples y al punto, la mayoría de ellas pensadas y dichas por Takuto en ese lenguaje complicado que hizo reír a Ibuki toda la noche. Sonaba ridículo intentando mantener esa fachada de seriedad cuando no podía evitar arrastrar las palabras, seguramente culpa de esa botella de cerveza barata casi vacía en su mano.

A pesar de las burlas, Ibuki estuvo de acuerdo con todas ellas. Jamás se imaginaría querer algo más con Takuto, jamás pensaría en preguntar por su vida o en insistirle para verse cuando él mismo estaba ocupado y aquellas reuniones eran meramente para aliviar estrés o sentir algo más que no fuese frustración y agotamiento mental. Ni siquiera sintió la necesidad de hablar de exclusividad porque estaba seguro de que ninguno quería aquello, y de todas formas siempre usaban la protección adecuada en cada uno de sus encuentros.

Al final, luego de que Takuto insistiera en que debía sugerir una regla también, Ibuki anotó desordenadamente la cuarta sobre el papel.

Iba dirigido a ser una broma, algo como oye, sé que soy bueno pero no te enamores de mí. Sin embargo Takuto asintió a su estúpida regla sin sentido y le obligó a firmar ese documento falso escrito con lápiz verde.

Quién diría que la primera regla en ser destruida sería la suya, o que el mismo autor sería el causante de tal desastre.

Las semanas siguientes, ya firmemente establecido lo que eran y lo que querían en compañía del otro, Takuto empezó a buscarlo para cenar. Para beber algo un viernes por la noche en algún bar pintoresco en lugar de encerrarse un par de horas en su desastre de apartamento. De vez en cuando acompañaría a Ibuki a comprar la despensa cuando se le pidiera, luego de que prácticamente le rogara alegando que debía reponer muchas cosas y necesitaría su ayuda (o la de su auto, específicamente) para cargar todo de regreso.

Otras veces se basarían estúpidamente frente a la televisión reproduciendo una película de la que Ibuki habría perdido el hilo hace mucho tiempo. Noches de cine improvisadas que acabaron a veces en nada, a veces con Takuto debajo suyo rosado, bonito, antes de cenar a las 3 de la mañana entre risas y conversaciones tranquilas.

Se sintió diferente. Más íntimo. Un aire suave de familiaridad comenzó a asentarse entre ellos de forma tan sutil que Ibuki no supo en qué momento se encontró rentando un auto y organizando un viaje sorpresa a la playa, solo porque en una de sus conversaciones al azar después del sexo, Takuto mencionó fugazmente lo cansado que estaba y lo sanador que sería sentir la fresca brisa marina sobre su rostro.

Fue un arranque de valentía, tal vez la pura parte impulsiva de su ser callando cualquier pensamiento lógico dentro de su mente. Preparó todo sin avisarle a Takuto y, cuando le envió un mensaje preguntando si estaba libre, no le contestó.

Está bien, pensó. Debe estar ocupado.

Se suponía que sería un viaje corto: dos días y una noche, pero podía esperar. Se conformaba con una tarde en la playa, con darle cinco minutos de una vista agradable a Takuto y regresar a casa.

Sin embargo aquello nunca sucedió.

Pasaron las horas, se escondió el sol y volvió a salir, e Ibuki se quedó en su departamento esperando una respuesta que jamás llegó. El auto rentado esperando afuera, la comida rápida descansando sobre su mesa.

Intentó entender la situación, a pesar de todo. No era la primera vez que Takuto no respondía durante días, no era la primera vez que no tenía noticias suyas por un rato. Se culpó a sí mismo por ser tan impulsivo y adelantarse antes de preguntarle cuándo y si estaría disponible. Pensó que si recibía una respuesta en los próximos días disculpándose por tardar tanto en responder, entonces todo estaría bien.

Los días se convirtieron en semanas y esa respuesta nunca llegó.

───

 


Ibuki investigó el término antes: ghosting.

Ponerle un nombre a lo que suele hacer Takuto se sintió raro la primera vez, principalmente porque eso denota un problema que Ibuki no había querido ver. Lo hace real; el hecho de que Takuto incluso estando ocupado, debería advertirle que no estará disponible por un tiempo en lugar de simplemente desaparecer.

Demuestra interés, demuestra consideración, demuestra que valora su relación. Pero eso no sucede.

Él simplemente va y viene cuando quiere. E Ibuki lo toma porque si eso es todo lo que puede obtener, entonces lo atesorará sin importar lo mucho que duela.

La primera vez que Takuto desapareció retomaron el contacto solamente porque Ibuki, en medio de toda su suerte, se lo cruzó en su camino de regreso a casa luego del entrenamiento: allí a la orilla del río, admirando las estrellas como si deseara convertirse en polvo y llegar hasta ellas.

Fue una noche fría, la brisa le congeló los huesos doloridos hasta que lo vio, allí irreal frente a él, como un espejismo o un delirio de su propia mente falta de sueño.

Takuto solo se percató de su presencia cuando Ibuki estuvo frente a él, pecho agitado por haber corrido hasta allí. Ojos cansados y cejas arrugadas con preocupación.

—Desapareciste —había dicho, casi desesperado.

Takuto lo miró durante unos segundos, pupilas temblando como si estuviese asustado, ojeras manchando su bonito rostro y labios en carne viva, como si hubiesen sido mordidos incontables veces hasta hacerlos sangrar.

Se veía fuera de sí, desorientado como jamás antes lo había visto. Sus manos, notó, estaban rojas mientras se aferraban a la barandilla que marcaba la orilla del río. Un salvavidas, lo único terrenal que parecía mantenerlo atado.

Tardó en decir algo, pero cuando lo hizo, su mirada se suavizó. Ibuki fue capaz de ver cómo la razón parecía volver a su cuerpo, cómo retomaba la compostura que hace apenas unos segundos parecía no tener.

—He estado ocupado —le dijo a cambio. Con esa sonrisa suave y ojos rojizos reflejando un ligero brillo, una mirada que le haría creer a cualquiera que había sido extrañado, que había sido añorado.

Ibuki se tragó el nudo que no sabía que se había formado en su garganta.

—Creí que te había pasado algo. Creí...

—Ibuki —Takuto lo cortó, ahuecando su rostro en el corazón de sus frías palmas—. Estoy bien.

Estoy bien, eso fue suficiente.

Suficiente para perdonar las semanas de silencio y preocupación. Suficiente para no hacer preguntas ni indagar más. Suficiente para tomar el rostro de Takuto de vuelta, como si fuera lo más precioso y delicado de su mundo. Suficiente para besarlo y olvidar que alguna vez se molestó por algo.

Lo tuvo allí de vuelta entre sus brazos; en su casa, en su cuarto. A su lado en el extremo opuesto de la cama, riéndose de sus bromas tontas y preguntándole cómo había estado. E Ibuki lo dejó.

Tal vez esa fue la razón por la que desaparecer durante largos períodos de tiempo, sin aviso previo, se volvió algo común en su relación.

Ibuki se resignó a esperar, a recibir con brazos abiertos, a tomar cada trozo de cristal destrozado que parecía ser la existencia de Takuto cada vez que llegaba a su departamento luego de quién sabe cuánto tiempo; como si llegase allí cuando ya no podía soportarlo más, confiando en que Ibuki reuniría sus trozos rotos cada vez.

Lidiar con ello al principio fue difícil y uno pensaría, por puro sentido común, que una relación como aquella está destinada a acabar o se adapta a las circunstancias y terminaría por volverse más fácil con el paso del tiempo. No hay nada de por medio, pero hay todo. No había compromiso y nunca lo habría, así como se suponía que no había sentimientos y nunca los habría.

Pero Ibuki es un hombre débil, y cada vez que Takuto desapareció luego de dejarle conocer una faceta nueva suya, como la sonrisa tonta que curva sus labios frente a una comedia romántica o la forma tan llena de gracia en la que se cuida el cabello luego de ducharse, se llevó un pequeño trozo de su corazón. Un minúsculo cristal de su alma.

Esta vez no es diferente a todas ellas, es lo que quiere creer. Quiere confiar, tapar el sol con un dedo y fingir que esta no es la definitiva, que Takuto regresará a pesar de todo lo que ha demostrado sentir tan patéticamente. Quiere hacerse a la idea de que un día regresará a casa de un entrenamiento particularmente agotador, encontrará a Takuto esperando por él en la entrada de su departamento y luego cenarán antes de besarse en el sofá.

Los días siguen pasando de esa manera, dolorosos y solitarios. El sol escondiéndose penosamente mientras la luna se asoma, una vez más, para reírse de su soledad rodeada de miles de estrellas.

Tsurugi lo visita uno de esos tantos días, invadiendo su departamento como lo hizo ya muchas veces antes. Como lo hizo aquella noche donde se condenó a sí mismo, aceptando la mano de un desconocido apuesto que más temprano que tarde, se convertiría en algo poco menos que su ruina.

—Es el cumpleaños de Kariya —menciona Tsurugi, pulcramente maquillado y más arreglado de lo usual—. Te envié un mensaje.

—No he revisado mi celular.

Es una vil mentira que nadie en sus cinco sentidos creería, pero Tsurugi la deja pasar porque es un buen amigo. Uno que deja una bolsa particularmente grande sobre la mesa y le arranca el control remoto de la mano, apagando instantáneamente la televisión.

Ni siquiera le estaba prestando atención, de todos modos.

—Supuse que no tendrías nada para la ocasión, así que te compré ropa —señala, la bolsa detrás de él cobrando sentido.

Ibuki lo mira de arriba abajo, luego a la bolsa y finalmente al suelo pintado con rastros de polvo que no se ha molestado en barrer, porque no ha habido nadie quejándose de ello por un tiempo.

—¿Por qué la fiesta de Kariya requiere tanta preparación?

—Es una sorpresa —dice Tsurugi—. La organizó su novio, será en una gran casa en las afueras de la ciudad.

—¿Y? —insiste. Mientras más escucha sobre ello, menos interés siente.

Demasiada gente. Suena a bullicio, alcohol y adultos jóvenes insoportables. Ibuki solo quiere quedarse en cama y darse pena a sí mismo por enamorarse de una persona de la que no debió enamorarse.

—Solo vístete —Tsurugi exhala, lanzándole algo de ropa encima.

Pantalones y camisa del mismo tono de blanco. Tal vez una temática.

—Tsurugi...

—Tenma y Matatagi nos están esperando en el estacionamiento —lo corta, aprovechando el momento para limpiar un poco la basura regada sobre los muebles—. Tenma está haciendo todo lo posible para retenerlo y darte tiempo, así que no juegues con la paciencia de Matatagi.

Ibuki arruga la nariz como clara señal de desagrado antes de tomar la ropa nueva y analizarla.

—Tenma siempre se lleva la peor parte de su relación.

—Eso es mentira. Nosotros-

—Y eso es todo lo que quiero saber —se apresura a silenciarlo, tomando ambas prendas en un arranque y metiéndose de lleno en su habitación para cambiarse.

En otras circunstancias Tsurugi protestaría. En esta, sin embargo, elige permanecer en silencio mientras espera. Probablemente aliviado por el hecho de poder sacarlo de casa luego de tantas semanas donde su vida se ha basado en su cama y el entrenamiento que recibe.

Cuando finalmente se encuentra cambiado, Tsurugi se apiada de su alma y saca un par de cosas más de aquella bolsa misteriosa. Le arregla el cabello tanto como puede, le hace elegir entre algunos accesorios, esconde sus ojeras con maquillaje y resalta sus labios con algo de tinta. Nada demasiado elaborado porque, para empezar, no es el estilo de Ibuki.

—Te ves bien —Tsurugi le dice cuando se mira frente al espejo, haciéndole rodar los ojos.

—Cállate. Tienes novios.

—Ellos probablemente también piensen que te ves bien.

Ibuki sonríe un poco, solo un poco, mientras sigue a Tsurugi hasta el ascensor. Departamento cerrado y llaves en su bolsillo junto a su billetera y su celular. No tardan en encontrarse con Matatagi y Tenma en el estacionamiento, el primero mirándolo como si quisiera asesinarlo y el segundo agitando animadamente su mano a modo de saludo.

—Se tardaron —Matatagi reclama en cuanto entran al auto y cierran las puertas. Tenma le da un pequeño golpe en el brazo desde su lugar en el asiento del copiloto.

—Fue una odisea hacer algo con el cabello de este idiota.

—¡Te ves bien, Ibuki! —lo felicita Tenma, volteando para verlo mejor.

Algo maravilloso sobre Matsukaze Tenma es que sin importar el estado de ánimo, verle sonreír siempre genera una sonrisa igual en tu rostro.

Devolviéndole esa sonrisa, Ibuki estira su mano y tira juguetonamente de la mejilla regordeta de Tenma.

—Gracias. Tú también te ves bien, lamento no poder decir lo mismo de tus novios.

Tenma se ríe de su broma (no tan broma, si puede agregar), tan alegre que le quita toda importancia a las miradas de ojos entrecerrados que Tsurugi y Matatagi le dirigen. Ibuki ríe también.

—Podría empujarte del auto en movimiento, ya sabes.

—Creí que el auto era de Tsurugi.

—Tiene mi permiso de echar a quien quiera —descarta Tsurugi con la mirada ahora fija en el celular, provocando una sonrisa nada inocente sobre los labios de Matatagi.

—Escuchaste al patrón.

—Oh, cállate y arranca antes de que vuelva a mi cama.

El viaje aparenta ser algo largo, a juzgar por la carretera que Matatagi toma para salir de la ciudad. Ibuki había esperado que fuese un traslado silencioso, porque conoce a sus amigos y ninguno es de muchas palabras, pero Tenma parece encantado con llenar el silencio y hacer el ambiente más ameno, menos aburrido.

Tsurugi y Matatagi lo escuchan divagar sobre todo lo que hizo el novio de Kariya para llevar a cabo aquella fiesta, sobre lo que tuvo que hacer para ayudarlo y sobre cómo espera que todo salga bien porque su Kirino-senpai se esforzó mucho. Matatagi, de vez en cuando, bromea con él hasta hacerlo enojar; entonces Tsurugi intercede para que se calle y le deje seguir hablando.

Los tres se ven tan cómodos entre sí. Más abiertamente afectivos con Tenma porque Tsurugi y Matatagi son unos idiotas de aquí a la luna, pero de todas formas se demuestran sutilmente lo mucho que se aman.

Atestiguó la intensidad de los sentimientos de Tsurugi cuando hizo uso de toda su paciencia para enseñarle a conducir a Matatagi.

Enseñarle a conducir su auto.

En todos los años que Ibuki conoce a Tsurugi, jamás le ha dejado tocar su auto. Ni siquiera le ha dejado ayudar a lavarlo, algo sobre el cuidado que debe tener para no rayarlo a pesar de que ningún auto puede ser tan delicado.

El simple hecho de sentarse atrás y dejar que Matatagi conduzca su preciado vehículo ya dice mucho sobre la confianza que le tiene. El simple hecho de que Matatagi esté usando cinturón de seguridad y conduciendo a la velocidad que marcan las señales de tránsito cuando Ibuki lo ha visto conducir irresponsablemente la vieja camioneta del abuelo de Tetsukado deja en evidencia que Tsurugi le importa.

Podrá quejarse de los mil códigos de amistad que Tsurugi y Matatagi rompieron en cuanto empezaron con su relación, pero verlos así le hace desear poder confiar de esa misma forma en alguien. No en cualquier alguien. En esa persona que sigue esperando y de la cual le gustaría tener algún tipo de seguridad. Le gustaría compartir charlas así también, le gustaría tener a alguno de sus amigos refiriéndose a esa persona como novio sin que fuese sarcasmo o una burla.

Sin poder hacer nada más y probablemente rompiendo una de las reglas establecidas, toma su celular y busca el contacto sin foto y sin información personal que ha quedado tan abajo en su lista de chats justo cuando Matatagi toma una última curva que les permite ver las luces de la bendita mansión donde se llevará a cabo la fiesta.

Tú [21:27]:
[Ubicación]

Quiere enviar algo más, un «estoy aquí» o un «me gustaría que estés aquí», pero borra todo lo que intenta escribir y deja el mensaje con ubicación adjunta flotando en el chat vacío desde hace un tiempo.

Takuto probablemente ni siquiera lo verá.

───

 


—¿Crees que me vería bien dirigiendo una orquesta?

Ibuki presionó un par de botones antes de volverse hacia su cama.

La puerta abierta conectando el baño y su habitación le dio una vista clara de Takuto envuelto en sábanas limpias; cabello húmedo por la reciente ducha, brazos y piernas extendidos como si fuese la estrella de mar más molesta existiendo allí entre sus almohadas.

—¿Una orquesta? —preguntó, arqueando una de sus cejas.

—Una sinfónica —aclaró Takuto, sin apartar la mirada del techo. Probablemente escudriñando la mancha de humedad de la que tanto se había estado quejando últimamente—. Como, tengo el porte para hacerlo, ¿verdad?

Un sonido agudo fue emitido por la lavadora en medio del silencio y luego comenzó a llenarse humedeciendo sábanas sucias; borrando cualquier rastro de lo que habían estado haciendo. Ibuki se anotó mentalmente el comprar más sábanas u obligar a Takuto a colaborar con el jabón que utilizaba para lavarlas.

Después de todo era quien más ensuciaba.

—¿A qué viene esto tan de repente? —preguntó a cambio, saliendo del baño solo con un par de pantalones cortos deportivos puestos.

Takuto ni siquiera volteó a verlo.

—Responder una pregunta con otra pregunta es un poco idiota, ya sabes.

—Hablarme sobre una orquesta sinfónica después de hacer lo que hiciste en la ducha es un poco extremo también.

Él se permitió una carcajada, tomando una almohada para lanzarla en su dirección. Ibuki dejó que lo golpeara en el pecho justo como el sonido de su risa.

—Deja de pensar con el pene por una vez y responde sinceramente.

—Sinceramente te verías bien de cualquier forma —dijo desinteresado, como si fuera un hecho universal y no una opinión suya.

Porque objetivamente, Takuto podría hacer cualquier cosa que quisiera hacer.

Ibuki no sabía mucho acerca de sus pasatiempos o lo que estudiaba si es que lo hacía, pero conocía bien la determinación de su amante y la mentalidad increíblemente fuerte que muchas veces le había hecho pensar me gustaría ser así.

Lo admiraba a pesar de que nunca lo diría en voz alta porque eso significaría alimentar el ego del pequeño bastardo que descansaba en su habitación y ese era un mal que no estaba dispuesto a echarse encima.

Takuto se enderezó en la cama permitiendo que Ibuki se acomodara a su lado lo suficientemente cerca para sentir su calor, pero no para que fuese algo demasiado íntimo.

—¿Y profesionalmente? —él volvió a dudar—. Ya sabes, necesitas ganarte el respeto de una orquesta y debes generar en el público esa sensación de autoridad.

—Si te soy sincero, jamás he visto una orquesta —Ibuki confesó, la mirada viajando a la misma mancha de humedad en el techo—. Pero creo que eres tan terco que podrías hacer cualquier cosa que quisieras.

—¿Y me vería bien?

—Y te verías bien —se rio, provocando que Takuto sonriera a su lado.

Era una imagen extraña; tener a Takuto allí riendo libremente luego de ducharse. Él siempre intentaba irse rápido, tal vez demasiado ocupado para permanecer un momento más con Ibuki cuando su asunto ya había acabado.

Sin embargo todavía existían días particulares como esos, donde se quedaría un poco más y tendrían una conversación tonta y sin sentido como dos seres humanos normales. Como dos amigos que se conocen desde hace tiempo, tienen guardados sus números con nombres completos y la vista de una foto familiar en sus contactos.

Ibuki no pudo evitar sonreír cuando volteó siguiendo el sonido tintineante, su mano se estiró ansiosa para apartar un mechón de cabello húmedo del rostro de Takuto.

—Te ves feliz —comentó, ganándose una mirada curiosa—. Das miedo.

—Oh, vete a la mierda —Takuto resopló, poniendo los ojos en blanco sin ninguna molestia verdadera detrás del gesto.

—¿Tiene que ver con una orquesta? ¿O simplemente fui demasiado bueno? —bromeó.

Y se arrepintió en cuanto recibió una almohada de lleno en el rostro.

—Cualquier felicidad que podrías haberme dado me la quitaste con ese comentario —Takuto se quejó.

Pero Ibuki sabía mejor; él no estaba molesto ni menos feliz. Podría atreverse a decir que sonaba más alegre que nunca.

—Vamos, bebé —pidió entre risas—. ¿No es un estado de ánimo lo suficientemente bueno para que me lo digas?

Tal vez estaba siendo demasiado descarado, tal vez estaba tentando a su suerte; pero hubo algo en la noche, algo en la luz de la luna y las estrellas mirándolos a través de la ventana, algo en los hombros ligeros de Takuto y en su sonrisa suave que le hizo presionar un poco más.

—Me gusta la música clásica —Takuto le confesó después de un corto silencio, todavía mirando al techo—. Me gustaría dirigir una orquesta un día, aunque sea solo uno y luego no pueda volver a dirigir en mi vida.

Fue asombroso, si debía opinar. El corazón de Ibuki sintió la emoción latente, cada vez más caliente, viajando a través de todo su cuerpo y empujando una sonrisa amplia entre sus labios, como si la felicidad fuese imposible de contener, mucho menos de ocultar.

Supo algo nuevo del fantasma que atormentaba sus sueños con ojos rojizos y labios suaves, una aguja en un pajar, un pequeño bote entre la inmensidad del mar abierto. Se sintió como encontrar un oasis en medio de un desierto, la esperanza rebosante de saber que Takuto estaba dispuesto a abrirse, al menos más que antes.

Ibuki lo miró con lo que solo se podía catalogar como adoración, pero nadie fue testigo de aquello. Ni siquiera el receptor de esa adoración, porque estaba demasiado asustado de voltear y encontrar esos sentimientos en sus ojos.

—Eso suena tan tu —comentó Ibuki, la sonrisa se escuchó a través de su voz. Él mismo fue capaz de escucharla.

Vio a Takuto soltar un suspiro tembloroso y sonreír un poco. Igual de contento, quiso creer.

—¿Qué se supone que significa eso? —medio se burló, inclinándose al tacto de los dedos furtivos de Ibuki marcando cada rasgo de su rostro con una suavidad que jamás antes había visto en él.

Ibuki se sintió estallar, el más mínimo gesto demostrando querer su cariño hizo que cayera de rodillas una vez más frente al desconocido que usaba su ropa y comía su comida.

—Cuando te veo... —se apagó. Eligió inclinarse sobre su costado y dejó descansar su cabeza sobre su mano, permitiendo que sus ojos viajasen sobre el rostro tranquilo.

Sobre labios sonrientes y nariz puntiaguda, sobre ojos brillantes y pestañas largas. Sobre suaves arrugas entre las cejas, sobre el cabello extremadamente suave que siempre ha olido increíblemente bien.

Entonces el silencio se prolongó porque Ibuki estaba sintiendo tanto, y Takuto volteó a verlo por primera vez porque se estaba preocupando.

E Ibuki vio miedo y esperanza en los ojos rojizos, pupilas temblando como si las palabras que salieran de los labios de Ibuki esa noche pudieran marcar toda su vida.

No sabe qué pudo ver Takuto en sus propios ojos, pero sabe que fue suficiente para dejarlo callado. La tarea más hercúlea que ha enfrentado se logró solo con una mirada. Se sintió poderoso por primera vez desde que se conocieron, porque hasta entonces quien siempre buscó un gramo de afirmación del otro fue Ibuki. Siempre el inseguro fue Ibuki.

Takuto nunca fue indestructible. Probablemente ni siquiera fuerte. Si lo piensa; era solo un tipo intentando poner una máscara de desinterés.

Tal vez intentando protegerse a sí mismo cuando sus ojos gritan pidiendo aprobación.

—Cuando te veo —volvió a decir, ahuecando una mejilla sonrosada en el corazón de su palma—, no hay cosa que grite más Takuto que algo como la música clásica. Siempre pensé que te verías genial con un piano.

—Sé tocar el piano —Takuto se apresuró a decir con un hilo de voz. Ibuki lo vio parpadear varias veces, pero jamás apartar la mirada—. También el violín, pero no soy tan bueno en ello.

—Estoy seguro de que lo eres —su sonrisa se volvió aún más grande. Casi quiso reír cuando la felicidad se volvió tan palpable a través de su mano—. Tocando el piano, el violín o dirigiendo una orquesta completa, estoy seguro de que lo harías genial. Estaría en primera fila viéndote.

—Te dormirías a los cinco minutos —Takuto exhaló una risa húmeda. Ibuki no hizo comentarios al respecto.

Se limitó a enredar sus piernas debajo de las sábanas.

—Tal vez, si fuera una orquesta cualquiera —admitió, trazando lo alto del pómulo ajeno con la yema de su pulgar—. Pero si el director se ve tan bien como tú, ni siquiera parpadearía. Seguro serías todo demandante y exigente allí también, y sabes cuánto me gustas en ese plan.

No es como si no esperara otra almohada en su rostro después de ese comentario (¿desde cuándo tiene tantas?), pero la velocidad con la que Takuto obstruyó su vista con ella fue sorprendente.

Ibuki luchó sin mucha fuerza, sintiéndose flotar, sintiendo la cabeza llena de suave algodón. Probablemente fue la felicidad. Probablemente fue la risa de Takuto llenando todos sus sentidos mientras se subía a su regazo, fingiendo intentar asfixiarlo con una almohada que pronto terminó de lado.

Entonces Takuto lo miró desde arriba con una gran sonrisa llena de agradecimiento, ojos brillantes y el cabello castaño cayendo como cascada sobre su rostro. Ibuki quiso estirar una mano para apartarlo, pero entonces lo estaban besando y ya nada volvió a importar.

Takuto se quedó una hora después del amanecer antes de tomar sus cosas, despedirse y volver a desaparecer.

────

 


Ibuki adora a sus amigos (contrario a la creencia popular), pero si hay algo que no puede tolerar esa noche es a Kariya y Tenma presentándole chico tras chico con notables intenciones de conseguirle una cita.

Se pregunta si Kariya solo está siendo una copia idiota y nada angelical de Cupido o si sabe algo sobre él. Y si es así, cuánto sabe exactamente, quién le dejó saber sobre un asunto que no le incumbe a nadie más que a él.

No menciona nada para no arruinar el ambiente, pero empieza a irritarse un poco.

“Este es [inserte nombre que Ibuki ni siquiera se molesta en recordar], le gusta bailar.“

"Bien por él."

Y el tipo se da la vuelta y se va, indignado, maldiciéndolo por lo bajo. Ibuki no puede culparlo.

Le presentan a un bailarín, a un futbolista y a un amante del básquet con el que entabla una conversación corta por milagro de Dios, hasta que descubre que su equipo favorito es el rival mortal del suyo y ambos deciden dejar las cosas hasta allí; seguir con sus vidas como si ese encuentro nunca hubiese sucedido para empezar. Ambos demasiado pasionales para dejarlo pasar.

Sabe que Kariya lo sigue mirando desde algún lugar de la habitación a pesar de que es su fiesta de cumpleaños, tal vez ese sea el motivo por el que está teniendo un gesto lindo con Ibuki (o con cualquier persona en general) una vez en su vida, pero aquello solo lo hace sentir culpable. Como si de alguna forma estuviese asesinando el ambiente que debería ser alegre.

Como si no fuera suficiente; Tsurugi y Matatagi también lo escudriñan desde el otro lado de la pista de baile, cambiando su atención de Tenma bailando con una chica bonita de ojos azules a él.

Tienen mejores cosas que hacer, Ibuki suspira.

Cansado, decide ponerse de pie y dirigirse a la entrada. Toma un vaso con algún tipo de alcohol sobre una de las mesas y se lo enseña a sus amigos levantándolo sobre la multitud. Voy a salir, gesticula. Tsurugi y Matatagi parecen relajar sus hombros al entender el mensaje. De alguna forma, Ibuki también lo hace.

Su intención inicial al salir es tomar aire fresco; mirar las estrellas ya que el cielo oscuro en una zona alejada de la civilización como aquella no sufre contaminación lumínica como en la ciudad. Solo quiere beber un poco en silencio sin sentir que al menos cuatro pares de ojos están sobre su cuello.

Distraerse de la distracción, básicamente. Pero olvida que la fiesta era una distracción de su obsesión con el chat del contacto sin foto y sin información. Ibuki comete el pecado de intentar distraerse de la distracción con el motivo principal de su razón de ser.

No hay respuesta alguna a su mensaje. Lo cual es entendible porque, para empezar, ¿qué estaba esperando? ¿Que Takuto corriera mágicamente a su lado?

—Lo siento —alguien repentinamente dice a sus espaldas.

El cabello corto del cuello se le eriza en cuanto lo escucha, es la respuesta de su cuerpo al sentir su corazón dando un vuelco en su pecho hasta caer en su estómago.

Ni siquiera necesita mirarlo para saber quién es, pero Ibuki todavía voltea para asegurarse de que está allí y no es sólo un juego cruel de su mente.

Takuto parece haberse materializado directamente de su mente. Con la espalda apoyada en el muro, le regala una sonrisa suave llena de perdón no dicho. Él se saca el celular del bolsillo de sus pantalones sospechosamente blancos y le muestra la pantalla.

—Se apagó antes de que pudiera responder.

E Ibuki quiere creerle. Tanto como quiere obligar a su cerebro a ignorar el parecido entre las ropas enteramente blancas de ambos.

—No creí que responderías —dice en su lugar. Ignora el temblor en sus manos y el sudor asomándose sobre su frente, miedo inminente siendo dejado atrás.

Ninguno hace un intento por moverse. Ibuki sabe que lo suyo se debe a que siente los pies pegados al suelo, al temor de hacer un movimiento brusco y asustar a Takuto volviéndose un impedimento físico.

No es un gato asustadizo, intenta repetirse. El asustadizo probablemente sea solo él.

—¿Por qué escribiste, entonces? —Takuto le pregunta, sosteniéndole el contacto visual a pesar de la distancia.

Correcto, ¿por qué lo hizo? ¿No es eso lo que se estaba preguntando hace un momento?

—No lo sé —admite, dirigiendo su mirada al suelo. Avergonzado por lo patético que se escucha—. Supongo que solo quería verte.

De reojo, Ibuki lo nota removerse un poco en su lugar. Prolonga el silencio hasta que Takuto vuelve a hablar.

—Me estás viendo ahora, ¿no?

Es fácil decirlo. Ibuki no lo ha visto en semanas, no ha tenido noticias suyas. La preocupación le carcomió la cabeza cada vez que intentó tener una noche de sueño completa y jodió ojeras debajo de sus ojos que preocuparon a sus amigos y a su entrenador.

Ni siquiera está seguro de a quién está viendo. Si es el Takuto que se aferra a él durante una noche de películas, el que busca su calor solo porque puede o el que se mete en sus sábanas un par de horas y luego desaparece sin dejar rastro, como si Ibuki no importara lo suficiente para darle algún tipo de explicación.

A día de hoy todavía no sabe si Takuto es su verdadero nombre o si incluso eso es falso.

—¿Realmente lo hago? —escupe sin poder evitarlo. Molestia filtrándose involuntariamente sobre su lengua, como bilis que no puede soportar porque le quema la garganta.

Siempre ha sido pasional. Takuto lo regañó por ello cada vez que regresó a casa luego de un entrenamiento y le comentó durante la cena que peleó con alguno de sus compañeros por motivos tan tontos que ni siquiera su memoria se molesta en retener.

Nunca antes se había permitido dejar que su molestia con Takuto tomara lo peor de él, no debía hacerlo porque su tipo de relación no tenía espacio para quejas sobre falta de tiempo o comunicación. Siempre pensó que la indiferencia de Takuto no permitiría que su actitud le afectara.

Estaba equivocado, es lo que nota. Se arrepiente en cuanto nota a Takuto encogerse un poco sobre sí mismo, asustado, temeroso.

Triste.

Por un momento cree que es solo su imaginación, que es imposible que Takuto de todas las personas esté caminando sobre cáscaras de huevo a su alrededor; eso solo lo hace quien no tiene idea de lo que está haciendo y Takuto jamás fue ese tipo de persona.

Pero entonces recuerda las noches en las que hablaron un poco sobre sus miedos. Recuerda lo vulnerable que Takuto siempre ha sido al pedirle una opinión sobre algo. Recuerda lo mucho que le gustan las palabras de afirmación aunque no lo demuestre.

Recuerda que rompió una regla fundamental entre ellos al enviarle un mensaje cuando Takuto le dijo que le escribiría, y aun así no le ha reclamado nada en absoluto, sino que está allí frente a él cumpliendo su pedido críptico.

—Siempre me has visto —Takuto le confiesa con un hilo de voz—. Siempre, cuando nadie más lo hizo.

Y el corazón de Ibuki se rompe, porque sabe poco y nada sobre su amante, porque es bruto y no entiende muchas cosas, pero sabe que si hay una persona que podría hacerle algún tipo de daño significativo a Takuto, sería él. Si hay alguien a quien Takuto no querría escuchar decepcionado o molesto con él, sería Ibuki.

Lo sabe, porque le sucede exactamente lo mismo. Como aquella vez que sintió su corazón estrujarse la primera vez que cenaron juntos en aquella gasolinera hace tantos meses, después de pensar que Takuto estaba criticando su forma de vida cuando simplemente anhelaba algo similar.

—Lo siento —se apresura a disculparse. Ojos mortificados y voz temblorosa—. Lo siento, Takuto.

—¿Por qué eres tú quien se está disculpando? —Takuto se queja, molesto.

E Ibuki sería un idiota si pensara que está molesto con otra persona que no sea él mismo.

—Rompí una regla.

—¿No fuiste tú quien me dijo que las reglas estaban hechas para romperse?

Lo fue. Se lo dijo en cuanto notó que Takuto odiaba las reglas que lo obligaban a actuar de cierta manera. Cuando se veía tan feliz rompiéndolas junto a él.

—Estas son diferentes...

—¿Y si quiero romperlas también? —Takuto finalmente levanta la vista, ojos cristalinos y mejillas rojas. Incluso con una distancia que se siente como un océano entre ellos, Ibuki puede notar que está temblando.

El pronóstico dijo que harían 28°C esa noche.

—¿Eso es lo que quieres?

—Responder una pregunta con otra pregunta-

—Es idiota, lo sé —Ibuki lo corta—. Solo quiero asegurarme. Porque el único motivo por el que no he intentado romper ninguna de esas reglas antes, eres tú.

Takuto lo mira por un prolongado momento antes de encontrar la voz dentro de su pecho.

—Espero que no hayas roto la tercera —se queja, limpiando las lágrimas que caen como riachuelos sobre sus mejillas.

—Es la única que no rompí —dice, encogiéndose de hombros.

—¿Y la cuarta?

Entonces lo siente; como una realización.

Si mira hacia atrás no puede encontrar un momento en el que no haya estado colgando de las palmas de Takuto. No recuerda un momento en el que no hubiese abierto su corazón dejando que vea todo de él, casi deseando que lo tomara e hiciera con él lo que quisiera, no importa qué, mientras lo tuviera entre sus manos.

Ha intentado negárselo muchas veces, no porque no lo supiera, sino porque admitirlo lo haría real. Algo que no podía permitirse, algo que iba más allá de la relación tan frágil que mantenían.

Pero ahora Takuto lo está mirando con pupilas temblorosas, y se siente como si por primera vez estuviese abriendo su corazón para que Ibuki lo tome.

Entonces lo hace.

—Es probablemente la primera que rompí —admite, y un sollozo que parecía estar contenido a fuerzas en el pecho de Takuto escapa de sus labios.

Es casi mágica la forma en que el peso parece esfumarse de sus hombros. Sus pies vuelven a sentirse ligeros e Ibuki aprovecha para dar unos pasos al frente desesperadamente en busca del contacto del que había sido privado.

Takuto parece sentir lo mismo, porque se olvida de su compostura y corre hasta encontrarse con Ibuki a mitad de camino, abrazándolo por los hombros y aferrándose a su camisa como si fuese a desaparecer si lo suelta.

Ibuki no duda en rodearle la cintura con ambos brazos, pegándolo imposiblemente más a su cuerpo.

—Masa —le susurra al oído, y de alguna forma ya suena como una disculpa.

Sin confiar en su voz, Ibuki hace un sonido con su garganta para hacerle saber que lo está escuchando.

—Lo siento —exhala—, creo que también fue la primer regla que rompí y no sabía cómo lidiar con ello.

Ibuki jamás había esperado algo, hasta que empezó a hacerlo.

Su vida era vacía y un poco solitaria. Tenía padres que no lo apoyaban y estaban constantemente atormentándolo para que abandone sus sueños y estudie algo de provecho. Vivía solo y veía a sus amigos unas pocas veces por semana, porque todos ellos tenían estudios, trabajos y otros asuntos que atender. Una vida ya encaminada, ninguna incertidumbre por el futuro impidiéndoles crecer.

Pero entonces conoció a alguien que parecía entender sus miedos, porque en sus ojos se reflejaba la incertidumbre también. Era una persona fuera de su esquema diario que no afectaba su vida directamente, por lo que Ibuki se permitió abrirse un poco más. Ser sincero, mostrar el miedo del que se avergonzaba.

Encontró a alguien que compartió ese miedo, esa incertidumbre y lo apoyó. Se sintió como un escape de la realidad y, al mismo tiempo, algo que lo aferraba a ella demostrándole que no estaba solo. Que era normal sentirse así. Que no había nada de malo en querer lo que quería y temer lo que temía.

Ibuki jamás había sentido ese tipo de conexión cruda con otra persona, una que con el paso del tiempo mutó, haciéndole querer más. Más contacto, más cercanía, más familiaridad. Jamás había querido tener a alguien tanto como quiso tener a ese extraño que bailó con él en una tonta fiesta de fraternidad y luego se volvió su pequeño mundo aparte.

Ahora que lo tiene entre sus brazos admitiendo que lo entiende, incluso en sus deseos egoístas, Ibuki se promete a sí mismo que nunca más lo dejará ir.

—Está bien —lo tranquiliza, apartándose un poco para poder acunar el rostro lloroso entre sus manos—. Estás lidiando con ello ahora.

—Tenemos que hablar —Takuto le recuerda. Sus manos flotan hasta descansar sobre las de Ibuki, indicándole que no lo suelte todavía.

—Tenemos que hablar —repite antes de inclinarse.

Takuto sabe a ese bálsamo de fresa que le gusta usar, es dulce y cálido como siempre, pero es lento y parece querer fundirse en sus manos mientras lo besa. Ibuki siente tanta adoración que ni siquiera el contacto tan crudo como aquel es suficiente.

—Volvamos a casa —sugiere, apartándose un poco.

La sonrisa es más fuerte que él cuando Takuto lo persigue con sus labios, todavía sin deseos de dejar de besarlo.

Se apresura a dejar un beso casto y rápido sobre los labios estirados antes de que Takuto también se aparte.

—Traje mi auto —le dice, ojos brillantes como pidiéndole algo que Ibuki todavía no termina de descifrar.

—Supongo que también hablaremos de eso cuando lleguemos a casa, ¿verdad?

—Sí —Takuto asiente—. Empecemos bien. Y de nuevo, por favor.

A riesgo de ser demasiado repentino e incluso invasivo, Ibuki traga reuniendo coraje.

—Ibuki Munemasa —dice, ganándose una mirada curiosa que rápidamente cambia la duda en ella a la comprensión—. Soy entrenado por la ex estrella Genda Koujirou y mi sueño es jugar en la selección nacional de baloncesto.

Takuto ya lo sabía. Siempre lo supo, porque Ibuki jamás le ocultó nada a pesar de tener la opción de hacerlo.

A pesar de ello, el rostro de su amante se ilumina como si fuera la primera vez que lo escucha.

—Shindou Takuto —le responde—. Estudio administración de empresas, pero mi sueño es ser director de orquesta.

Director de orquesta.

Eso definitivamente suena a Shindou Takuto.

───

 


—Eras mi escape.

Las palabras llegan a oídos de Ibuki de forma repentina, cortando el denso aire del silencio que acompañó todo su viaje de regreso a la ciudad, al estacionamiento del departamento de Ibuki.

No había sido un silencio incómodo. Era más bien contemplativo, como el ojo del huracán. El pequeño momento de calma después de una tormenta y antes de la próxima. Sabían que había muchas cosas de las que hablar todavía, pero durante el trayecto de regreso al menos Ibuki quiso volver a tapar el sol con un dedo y fingir que todo estaba marchando bien. Que eran ellos. Que las cosas entre ambos siempre se resolvían y siempre volvían a buscarse el uno al otro.

Se tomaron de las manos mientras Takuto conducía. Entrelazaron sus dedos como lo hicieron la última vez que Takuto estuvo en su departamento llorando por algo que Ibuki sabía, no podía ser placer.

Takuto estaba roto. Si le quedaba alguna duda al respecto el solo mirarlo esa noche; tan deshecho como él, tan anhelante de afecto, fue suficiente para convencerlo.

—¿Escape? —duda, volviéndose para mirar a su amante.

No se han bajado del auto todavía. Ni siquiera se han quitado los cinturones de seguridad ni han soltado sus manos en lo absoluto, pero ninguno parece tener intenciones de hacerlo.

Takuto parece necesitar vomitar sus palabras. A Ibuki le urge escucharlo porque ya no sabe qué más hacer.

—Un escape de la vida cotidiana —Takuto aclara, sus ojos fijos en el parabrisas como si tuviera algo más interesante que encontrar en el muro de concreto frente a él, que en los ojos de Ibuki—. Podía ser feliz estando unas cuantas horas a tu lado sin tener que preocuparme por el futuro o por fingir ser alguien que no soy.

Ibuki se muerde el labio inferior en cuanto sus ojos comienzan a picar desobedientemente con lágrimas inminentes. Se siente como si su corazón estuviera siendo estrujado.

Esas palabras, ese sentimiento lo conoce demasiado bien.

—¿Por qué lo dices en tiempo pasado? —duda, apartando su propia mirada. No cree poder hacer algo contra el perfil dulce de Takuto. No quiere verlo morderse los labios como lo hace cuando está terriblemente nervioso, porque siempre despierta en él la necesidad de abrazarlo y consolarlo. De decirle que todo estará bien de una u otra forma.

Esta vez no quiere ni siquiera respirar. Toda la situación es tan delicada que se siente como si la burbuja que crearon pudiera deshacerse ante cualquier movimiento brusco.

—Es difícil, y un poco largo.

—Me gusta lo difícil —me gustas tú, después de todo—, y tengo tiempo de sobra.

Él parece dudar. Su mirada viaja desde el parabrisas hasta sus manos aún entrelazadas, como si estas fueran un imán atrayendo sus ojos. El gesto había dejado de ser extraño en algún momento, sin embargo no puede determinar con exactitud cuándo lo hizo.

Fue natural. Como tomar la mano de una persona que amas cuando vas a cruzar la calle porque quieres asegurarte de que te siga y no corra ningún peligro.

Takuto debe estar pensando lo mismo, si el brillo cristalino en sus ojos es algo en lo que pensar.

—Mis padres tienen mucho dinero y un nombre extremadamente importante en el mundo de los negocios —él empieza, su voz profunda le recuerda a Ibuki las veces que le contó secretos sobre antiguos compositores de música clásica.

—Supongo que perteneces a esa familia Shindou.

Ibuki lo observa asentir y vuelve a guardar silencio.

—Desde pequeño me han dicho que sería el heredero de mi padre. Que debía ser perfecto, que debía estudiar diligentemente para estar a la altura de mi familia —continúa, jugando distraídamente con la mano de Ibuki—. Se suponía que mi madre no podía tener hijos, por eso fue una gran noticia cuando se embarazó. Todos creyeron que era un milagro: el único heredero de los Shindou llegó a través de una mujer infértil e incluso fue un varón. Mi padre, principalmente, creyó que alguna fuerza del universo me envió para continuar con toda nuestra línea. Ya te imaginarás por todo lo que tuve que pasar en cuanto tuve uso de razón.

No, en realidad no lo hace. Ibuki no tiene idea de cómo funcionan las familias adineradas ni los linajes. Su familia es de clase media aunque su padre tiene un trabajo decente como oficinista y su madre trabaja en una pastelería reconocida.

A pesar de todo el desastre que es su vida actual y la relación casi inexistente entre él y sus padres (principalmente su padre, Dios guarde el corazón blando de su madre), Ibuki tuvo una infancia feliz y normal donde pudo jugar en las calles, lastimarse las rodillas y recolectar insectos. Pudo soñar con ser un deportista mundialmente reconocido a la inocente edad de 10 años hasta que entró en la pubertad y su padre, el triste hombre inconforme con su vida que era, quiso forzar en él la idea de estudiar una carrera que le diera un nombre importante. Que le asegurara un futuro donde nadie le gritaría si hacía algo mal o le pagaran menos a pesar de hacer horas extras.

Un hombre que quiso vivir a través de su hijo, pero que lo crió con tanta determinación que no se doblegó a sus inseguridades y decidió trazar su propio destino. Ese era Munemasa, la antítesis de su propio progenitor.

Sin embargo no puede empezar a imaginar lo que debe ser tener padres importantes, con negocios importantes y un lugar importante en la sociedad. Algo de lo que deberá hacerse cargo quiera o no, porque lo perseguirá por el resto de su vida junto con su apellido.

Takuto debe tener mucho peso sobre sus hombros y eso, de alguna forma, le hace sentirse un idiota por quejarse de su vida cuando todavía tiene la oportunidad de elegir.

—Estudio administración de empresas aunque odio todo lo relacionado con los negocios —Takuto continúa, Ibuki aprieta un poco el agarre de sus manos—. Debo actuar como el hijo perfecto de Shindou Takeru en todo momento. Frente a sus socios, frente a los empleados, incluso frente a él. Estoy seguro de que ni siquiera sabe qué es lo que realmente me gusta. Probablemente solo ve en mí una versión joven de sí mismo, una oportunidad de seguir persistiendo en este mundo incluso después de su muerte.

—Por eso me hablaste de la música clásica —Ibuki dice antes de pensar, ganándose por primera vez una mirada por parte de Takuto—. Es eso lo que amas, ¿no? Es eso lo que quieres hacer.

Takuto le sonríe un poco, tan cálido que siente esa calidez llegar a sus mejillas.

—Así es —él asiente—. Todo lo que soy frente al mundo es una farsa. Es agotador. Por eso la primera vez que te vi quise hacer algo que nació de mí, Takuto. Y no de mi apellido.

Ibuki traga por un momento. No muy seguro de si se encuentra listo para escuchar lo que su amante tiene para decir sobre él.

—Se suponía que sería algo de una noche. Vi a un extraño atractivo, quise bailar con él y terminamos en su departamento. Fue lo más acorde a mi edad que hice en mi vida. ¿Sabes lo feliz que me hizo sentirme como un estudiante universitario normal, que va a fiestas de fraternidad y se acuesta con un desconocido solo porque puede? La adrenalina que sentí fue increíble. Como si nada más existiera en el mundo.

Puede sentir como algo se contrae en su pecho, e Ibuki piensa que puede ser felicidad. Takuto brilla con alegría mientras habla de su primer encuentro, lo narra como si fuese algo especial para él y ese simple hecho le hace aflojar los hombros rígidos, porque no sabe qué habría hecho si Takuto se arrepintiera de aquella noche o la recordara como un error, algo que no debió suceder.

No lo está mirando, tiene los ojos brillantes perdidos en alguna parte del techo, pero Ibuki todavía le sonríe sin poder hacer nada para evitarlo.

—Me dejaste tu número —menciona, suena más cariñoso de lo que espera.

Takuto no parece molestarse en lo absoluto.

—Lo hice —asiente—. Creo que fue la emoción del momento. No estaba negado a la idea de repetirlo, pero yo no lo habría buscado.

—¿Qué pensaste cuando te envié un mensaje? —pregunta, justo cuando Takuto vuelve a buscar su mirada.

El brillo en ella le hace sentir un cosquilleo en todas partes.

—Me llegó justo cuando estaba pidiendo una señal para saber qué hacer a continuación —dice, mucho más suave que antes—. Entonces pensé, ¿por qué no? Ni siquiera nos conocíamos. No te había visto en el campus ni me presionaste para que te dijera nada sobre mí. Estar contigo desde un principio fue cómodo. ¿Cómo podría afectarme algo que ni siquiera pertenece a-

—-tu vida cotidiana —completa por él, sabiendo que ha tenido ese mismo pensamiento antes—. Llegué a esa misma conclusión... Y sin embargo, comenzó a afectarme.

Todo el ambiente a su alrededor, de repente, se siente un poco más sombrío. La sonrisa de Takuto de apaga un poco, dejando de lado la alegría para reflejar un perdón que todavía no ha dicho. Justo como cuando todavía estaban en la fiesta de cumpleaños de Kariya.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Ibuki continúa, tomando la iniciativa frente al silencio.

—Las que quieras.

—¿Por qué desaparecías?

—Yo-

—Y no me digas que simplemente estabas ocupado —lo corta, enderezándose un poco más en su asiento para mirarlo mejor. Necesita que Takuto sea sincero, necesita saber qué lo hacía marcar el límite entre ellos cuando las cosas empezaban a avanzar—. Puedo entender que lo hicieras al principio. No teníamos compromisos y éramos desconocidos, pero el tiempo fue pasando y sé que tú también sabes que lo nuestro ya no era lo mismo. Se sentía más como una amistad. ¿No podías enviarme un mensaje al menos diciéndome que estabas bien?

—Tenía miedo —Takuto responde abruptamente, bajando la cabeza—. Lo que teníamos estaba avanzando demasiado rápido.

—¿Y no pudiste decírmelo? Podría haber-

—No quería que se detuviera, Masa —murmura—. Es egoísta, sé que lo fui. Pero no podía decirte detente, esto se siente demasiado real. Porque ni siquiera yo quería detenerlo. Las veces que desaparecí... No todas fueron por ti. A veces se debía a que me sentaba tan mal estar vivo que no quería salir de mi cama.

Ibuki se traga un nudo que se forma repentinamente en su garganta, cortándole la respiración y forzando sus pulmones a arder en llamas.

—Esa vez que te encontré junto al río...

—Si no me hubieras encontrado esa noche, Masa, probablemente no habrías vuelto a encontrarme.

El nudo se vuelve insoportable. Se desliza a través de su garganta hasta su estómago, presionando también su caja torácica.

Había notado algo, el brillo apagado en la mirada del otro esa noche fría, pero tal vez tuvo demasiado miedo para pensar demasiado en ello. Takuto había vuelto a su lado, le había sonreído sinceramente y durmió entre sus brazos esa noche, al menos un poco más de tiempo del normal. Su cabeza estaba demasiado ocupada bloqueando ese pensamiento por el puro miedo de siquiera pensar en Takuto desapareciendo cual espuma sobre el mar.

No nota que está llorando hasta que siente una cálida mano ahuecar su mejilla húmeda, limpiando una única lágrima solitaria que se negó a permanecer en sus pestañas.

—¿Por qué eres tú quien está llorando? —Takuto pregunta, una risa húmeda escapando de sus labios.

—Lo siento —la voz de Ibuki tiembla tanto como sus pupilas—. Noté algo, pero no hice nada al respecto.

—Masa —Takuto lo llama, y suena extremadamente cariñoso. Le hace doler el pecho—. Me salvaste la vida.

—Pero pude hacer más.

—¿Cómo puede haber algo más trascendental que salvar la vida de alguien?

—Acompañarte. No ser un cobarde y preguntarte qué andaba mal aunque la respuesta me asustara.

—Sabes que no te habría respondido, estaba negado a decir cualquier cosa de mí mismo.

—Aun sí-

—No te correspondía cargar con mi dolor, Masa.

—Pero quería hacerlo —exhala, apretando la mandíbula—. Cuando alguien es importante para ti, quieres cargar con su dolor también.

Dos, tres, cinco segundos de silencio. Aire soplando entre ellos, el sonido de llantas y la sombra de otras luces les recuerdan el lugar en el que están: todavía en el estacionamiento. Todavía con sus cinturones de seguridad.

Takuto se quita el suyo, luego quita el de Ibuki y se inclina para abrazarlo. Ibuki no duda en rodearlo con sus brazos, aferrándose a su abrigo como si fuese a desaparecer si lo soltara.

Casi lo hace, no pueden culparlo.

—Vamos adentro —Takuto murmura justo al lado de su oreja, haciéndolo temblar—. Preparemos té y sigamos hablando. ¿Te parece?

Incapaz de confiar en su voz, Ibuki simplemente asiente.



.

.

.



Ambos prepararon el té en silencio. No necesitaban decir nada cuando Takuto conoce su departamento del derecho y del revés, cuando ya se habían encontrado muchas veces en la misma situación.

Preparando el té, preparando palomitas, preparando la cena y a veces un refrigerio de madrugada. Chocolate caliente cuando hacía frío y té helado cuando hacía calor.

Takuto busca las tazas, hierve el agua y las vuelca sobre los saquitos mientras Ibuki busca algún tipo de bocadillo que les ayude a bajar el poco alcohol que han bebido. Encuentra las galletas con chispas de chocolate que Tsurugi le dejó (cortesía de Tenma) cuando fue a buscarlo y las dispone junto a las tazas humeantes sobre la mesa de café que está en su pequeña sala. Takuto ya lo espera sentado en el sofá, luciendo extremadamente suave en una sudadera con capucha que robó de su armario.

—De alguna forma se siente como si todo hubiese vuelto a la normalidad —comenta mientras toma asiento junto a su amante, una pequeña sonrisa estirándole los labios.

Oye a Takuto suspirar con cariño a su lado y eso lo hace increíblemente feliz.

—¿Me extrañaste? —él pregunta. Y suena como burla, como una pregunta que no necesita respuesta alguna, pero Ibuki está decidido a ser sincero y abierto al menos una vez en su vida.

—Como no tienes idea —admite. Y es tan firme y sincero que Takuto se eriza un poco, buscando su mirada aunque Ibuki no busque la suya.

Más interesado en tomar su taza de té y beber antes de que se enfríe.

—Lo siento —Takuto finalmente dice—. Si sirve de algo, yo también te extrañé.

Lo sé, piensa pero no dice.

Después de pasar tanto tiempo juntos, Ibuki aprendió una o dos cosas sobre Takuto. Una de ellas es su forma de demostrar afecto y preocupación a través de pequeñas acciones, porque está tan emocionalmente estreñido que cualquier ápice de sinceridad, cualquier muestra verbal de sentimientos le cuesta tanto como a Ibuki le cuesta mantener la boca cerrada.

Entonces tuvo que adaptarse. Tuvo que notar pequeños signos, pequeñas contradicciones entre palabras filosas y acciones. Aprendió que cada vez que Takuto le dijera idiota, sonreiría con tanto cariño que le haría sentirse extrañamente lleno de algodón. Aprendió que aunque le dijera lo mucho que odiaba que lo abrazara sin consideración por su espacio personal, él mismo buscaría recostarse sobre su hombro o esconderse en el hueco de su cuello.

Ibuki sabe leerlo, tuvo mucho tiempo para aprender a hacerlo. Sin embargo las palabras de afirmación son necesarias de vez en cuando, y el hecho de que Takuto pueda decir te extrañé sin que le sea físicamente imposible le hace sentirse un poco más seguro sobre toda la situación.

—¿Puedo preguntar cómo te sientes ahora? —Ibuki pregunta luego de unos momentos en silencio, llamando la atención de Takuto—. No sobre nosotros. Sobre... Tu vida, en general. ¿Estás bien?

Takuto contempla sus palabras con mucho cuidado antes de dejar su taza de té sobre su regazo.

—Estoy mejor —responde, asintiendo como si tratara de convencerse a sí mismo—. Hablé con mi madre y empecé sesiones con un psicólogo. Me ha estado ayudando mucho.

Ibuki asiente ante sus palabras, evidentemente aliviado en la forma en que suelta todo el aire acumulado en sus pulmones.

—Eso es bueno —murmura, mordiéndose el interior de la mejilla—. No quiero ser entrometido...

—Está bien —Takuto se apresura a tranquilizarlo—. Dije que quería empezar de nuevo, y bien. Puedes preguntar lo que quieras, intentaré responder.

Hay tantas cosas que desea preguntar. Tantas preguntas que se hizo a sí mismo durante sus noches solitarias, pero no puede recordar ninguna en ese momento.

Solo hay una que sigue dando vueltas en su cabeza, insistente como una pesadilla recurrente. Como una inseguridad latente, quemando en carne viva.

—¿Por qué desapareciste la última vez? —Ibuki la suelta, sin importar lo mucho que teme su respuesta.

—¿Quieres que sea completamente sincero?

—Por favor —casi ruega, sintiéndose pequeño—. Dilo como es. No trates de embellecerlo si es malo.

—Yo... —Takuto duda, finalmente decidiendo dejar la taza a un lado para prestarle toda su atención a Ibuki. Como si la situación lo ameritara.

En respuesta, Ibuki hace lo mismo.

—En realidad, todo fue muy confuso para mí. No quería terminar lo que teníamos, es lo único que tengo por ser yo. Eres la única persona que me conoció como realmente soy y me apreció a pesar de no tener nada más para ofrecer.

Ibuki siente sus mejillas arder. Y si Takuto lo nota, no menciona nada en absoluto.

—Sin embargo mi vida no es un lecho de rosas, como puedes ver —él se ríe sin gracia—. Mi familia es un problema, yo soy un problema. No quería añadirte una carga más ni quería cargarme a mí mismo con sentimientos que no sabía si podría cuidar adecuadamente. Después de todo empezamos como un acuerdo mutuo de relación casual que no debería generarnos más problemas, ¿recuerdas?

—En realidad, creo que nos generaste un problema en el momento en que robaste un auto —Ibuki medio bromea, ganándose un resoplido demasiado similar a una risa.

Takuto vuelve a mirarlo con ese brillo dulce en sus ojos, como si hubiera extrañado su inherente estupidez.

—Un secreto, Ibuki. No lo robé, en realidad es mío.

Ibuki exhala, sorprendido, llevándose una mano a la boca todo teatral y dramático.

—¿En serio? Jamás lo habría imaginado.

—No, siendo sinceros sí me creo que te tragaras lo del robo.

—Oh, vamos —Ibuki bufa—. No soy tan idiota.

—Tengo un contra argumento para eso, pero primero me gustaría darte las explicaciones que mereces.

—Correcto —él ríe, sintiéndose más ligero que hace unos minutos—. Continúa.

El ambiente se vuelve más ameno entre ambos gracias a las bromas tontas. Al menos, es suficiente para que Takuto se estire con una sonrisa y tome una galleta antes de darle un mordisco.

Es una buena señal. Takuto usualmente no puede comer cuando se encuentra nervioso.

—La última vez que estuvimos juntos... —empieza, fijando la mirada en la galleta entre sus manos—. No sé cómo explicarlo, pero se sintió tremendamente íntimo.

—Te quedaste —Ibuki murmura sin querer.

Takuto sonríe para sí mismo.

—Lo hice. Porque quería, no porque me dormí. Lamento haber mentido, es solo que... Me asusté.

—¿Fue mi culpa?

—Fui yo mismo —aclara—. Lo recuerdo ahora y... Los besos, nuestras manos, las miradas. No dijimos nada pero estábamos diciendo todo, y sentí que habíamos llegado a un punto donde no había marcha atrás, así que me escapé como un cobarde.

Y es exactamente lo que Ibuki temía.

Desde esa noche no pudo dejar de pensar en todas las señales que dejó sobre Takuto, en lo evidentes que fueron sus sentimientos en cada toque y en cada beso. En la forma de decir su nombre como si fuese poco menos que palabra santa.

Sin embargo estaba tan asustado de haber demostrado demasiado que ni siquiera se detuvo a pensar en lo que Takuto podría haberle estado diciendo con su propio cuerpo. Lo único que recuerda es su nombre siendo murmurado contra su oído de una forma tan dulce que se sintió como lo más parecido a un te amo que pudo recibir. E incluso ese pequeño detalle parecía un producto de su imaginación delirante y necesitada de cualquier señal para seguir aferrándose a la idea de que Takuto regresaría a su lado.

—Sentí lo mismo —decide responder, jugando con un hilo suelto de su pantalón—. Pero creí que mis sentimientos habían sido tan evidentes que los notaste y decidiste terminar con lo nuestro porque ya no era lo que buscabas.

Siente antes de ver las manos de Takuto ahuecando sus mejillas en el corazón de sus cálidas palmas. Los cojines del sofá se hunden a medida que Takuto corta el espacio entre ellos hasta que están frente a frente, sus rodillas tocándose y sus respiraciones sintiéndose.

Él no lucha cuando Takuto le hace levantar la mirada.

—Aunque al principio haya sido así, en cuanto te conocí mejor todo esto dejó de ser solo sexo, Masa —admite, sonando pequeño—. No desaparecí por tus sentimientos. Desaparecí porque no sabía cómo lidiar con los míos, porque no quería lastimarte con ellos.

—Me lastimaste desapareciendo así, Takuto.

—Lo sé —exhala justo cuando una lágrima cae sobre su mejilla.

Ibuki estira un brazo para limpiarla.

—¿Lo sientes?

—Lo hago.

—¿Qué sigue, entonces? —se aventura a preguntar—. Quieres que empecemos de nuevo, que nos conozcamos bien. ¿Pero a dónde nos llevará eso?

—Quiero que conozcas todo de mí —Takuto admite, juntando sus frentes—. También las partes de mí que no me gustan, las que vienen con mi apellido. Luego decidirás si quieres terminar de hundirte en esto conmigo o si es demasiado para que puedas manejarlo.

—¿Por qué lo haces sonar como si el futuro de nuestra relación dependiera de mí, Shindou Takuto? —medio se burla, inclinándose escasos centímetros para frotar las puntas de sus narices.

Takuto sonríe en respuesta. Sus ojos formando los dos arcos felices que aparecen cada noche en los sueños de Ibuki.

—Porque yo ya estoy hasta el cuello en esto.

—¿En qué?

—En lo que siento por ti.

Una, dos, Ibuki parpadea tres veces.

Repite y repasa la misma frase a una velocidad abrumadora dentro de su mente, intentando decodificar su significado como si estuviera intentando resolver algún tipo de ecuación.

Los engranes dentro de su mente deben estar haciendo algún tipo de sonido extraño mientras trabajan, porque la sonrisa de Takuto de repente se hace más grande hasta que está riendo a carcajadas, tal vez por sus ojos grandes y su boca ligeramente abierta por la sorpresa.

Ibuki no se detiene a pensarlo antes de lanzarse sobre Takuto y besarlo, arrancándole un grito ahogado de sorpresa. Sabe suave y dulce a medida que intenta adaptarse a su ritmo, como las chispas de chocolate, el azúcar y la menta del té.

—No necesito pensarlo —dice en cuanto se separan. Takuto tiene esta mirada perdida en sus ojos, como si hubiese sido abruptamente despertado de un sueño donde finalmente alcanzaba el nirvana.

Es absolutamente entrañable la forma en que sus pequeñas manos suben sobre su espalda y se aferran a su camiseta, sin querer que se vaya a ninguna parte. Solo necesitando tenerlo a cerca lo más físicamente posible.

—De todas formas quiero que conozcas cada parte de mí para que jamás vuelvas a dudar sobre lo que siento por ti.

—Lo haré, sin embargo no necesito pensarlo —Ibuki asegura, su sonrisa volviéndose un poco más grande—. Conozca lo que conozca y vea lo que vea, estoy seguro de que nada podrá cambiar lo que siento por ti, Shindou Takuto.

───

 


—No, idiota. ¿Cómo se supone que agendes a la persona con la que estás saliendo con nombre y apellido?

—¿Estamos saliendo? No lo sabía.

—Estoy empezando a arrepentirme de esto.

—Solo han pasado un par de horas, ¿cómo puedes arrepentirte? Sonabas tan convencido en el sofá.

—Dímelo tú mismo. Eres un idiota.

—¿En serio te vas a enojar conmigo por agendarte con nombre y apellido?

—¡Incluso tu mejor amigo tiene un corazón en su apodo!

—Correcto, pondré un corazón junto a tu apellido entonces- ¡Mentira! ¡Era mentira! ¿¡A dónde vas!?

—Renuncio. Estamos terminando.

—¿De qué te quejas? ¡Ni siquiera me tienes agendado!

—¿Quién dice?

—Eh, ¿no puedo ver tu foto ni tu información personal? Nunca he podido.

—Eso es porque no tengo ni foto ni información personal, idiota. Mi número ni siquiera es conocido por muchas personas o en eso insiste mi padre.

—...

—...

—¿Entonces me tienes agendado?

—Siempre lo he hecho.

—¿Cómo? ¿Con qué nombre?

—Sin nombre. Solo idiota.

—...

—...

—Correcto. Estamos terminando.