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Necesito un cliffhanger

Summary:

Psiquiatras, humor, adventura, pruebas nucleares y por supuesto setas. Un fanfic enmarcado.

Disclaimer:

This product is meant for humorous and educational purposes only. Any resemblance to real persons is purely coincidental. No psychiatrists, animals or trees were harmed in the production of this fanfic. Read at your own risk.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Parte 1

Chapter Text

Necesito un cliffhanger. Parte 1

 

—Buenos días Doctora Roald. Me han recomendado sus servicios para el tratamiento de las adicciones cibernéticas.
—Sí, esa es mi especialidad. Buenos días. El señor Wilson, ¿verdad? Túmbese aquí, en el diván, y dígame que le ha traído hasta la consulta de Psiquiatría.
—Uy, qué cómodo. Verá, creo que me he obsesionado leyendo fanfics, pero en muchos no puedo pasar del primer capítulo, así que salto a uno nuevo, y a otro, y a otro... He probado con diferentes Fandoms, pero ninguno me atrapa. Cada vez necesito más pasar más tiempo en el ordenador y he engordado diez kilos de comer tanta comida basura. Además, mire que ojos tengo, si hasta he desarrollado una conjuntivitis crónica.
—Ya veo, luego le receto unas gotas. Pero cuénteme si tiene alguna preferencia en concreto.
—Empecé con "Teen Wolf", pero tras leerme gran parte de ellos, pasé por "Se ha escrito un crimen" y ahora... —el hombre se estrujó nerviosamente las manos y habló con expresión extraviada— me da vergüenza confesarlo, pero he caído tan bajo como para empezar a leerme los fanfics de "Candy - Candy".
—No se aflija, todo el mundo tiene sus momentos de debilidad. Yo misma reconozco que su amor prohibido por Anthony engancha mucho.
—¡Pero es que aún es peor! —exclamó con voz desgarrada—. Hasta me compré la versión extendida en Blu-Ray y la tengo escondida detrás de cinco cajetillas de tabaco. Me odio por ello —susurró con abatimiento, para luego llevarse las manos a la cara.

 

La psiquiatra, con gesto comprensivo, esperó unos instantes a que el paciente se recompusiera, abrumado por confesar sus secretos más íntimos. Tras exhalar un gran suspiro para darse ánimos, el hombre continuó con voz vacilante.

 

—Inclusive he empezado a escribir uno pero, tras diecisiete páginas, me he dado cuenta que no puedo continuar. Estoy atrapado en un bucle sin salida, sin ideas. No hago más que darle vueltas y vuelvo a devorar fanfics de lo que sea, buscando un golpe de inspiración, una escapatoria a la angustia que me invade.
— Yo misma publico fanfiction, por lo que puedo afirmar que no iba muy desencaminado. La escritura es terapéutica, si bien veo que le ha resultado contraproducente. Pero no se preocupe, aquí estoy para ayudarle.

 

La mujer le sonrió en gesto de apoyo. Agarró una libreta decorada con motivos navideños y tras golpetearla con un lápiz prosiguió la conversación con voz suave:

 

—Por lo que me comenta todo comenzó tras empezar a leer compulsivamente los fanfics de Teen Wolf.
—Sí, es cierto, estaba enganchado a la serie pero la dejé.
—¿Cuál piensa que puede ser la razón? ¿Acaso se siente traicionado por sus guionistas?, ¿el guión no está a la altura?

 

El paciente apoyó los dedos sobre su boca y lo meditó unos segundos.

 

—Hasta cierto punto sí, creo que sí, no... No sé —exclamó con frustración—. Me gustaría que la historia fuera diferente, pero cuando dejó de satisfacerme me enganché a las reposiciones de "La Casa de la Pradera".

 

La doctora le miró con interés y dijo:

 

—Hm, interesante elección. ¿Le recuerda a su infancia? Me pregunto qué diría Freud. Tal vez... Espere unos instantes, tengo que reflexionar en profundidad, puede que tenga una idea sobre su problema...

 

Ante la mirada perpleja del enfermo, la doctora empezó a garabatear furiosamente en su libretita. Cuanto más escribía, más palidecía su visitante, que ya se veía empacando sus bártulos de camino a un centro de desintoxicación de los que salían en las películas, enfermera psicópata incluida. Al fin, la mujer dejó resbalar el lápiz, que cayó con un "clong" al suelo, y quedó sumida en sus pensamientos.

 

El pobre paciente, aprovechando que la médica estaba distraída, sacó tembloroso una caja de píldoras y se metió a palo seco tres de golpe. Ya puestos, aprovechó para mirar los cuadros de fanart que había colgados en la pared de la consulta. Los más valiosos eran de Sterek, pues habían sido firmados años atrás durante un momento de despiste del reparto original.

 

La doctora parecía sumida en un extraño estupor, mirando hacia el infinito, así que se levantó sigilosamente y tras robar uno de los dibujos escondiéndolo debajo de la gabardina (la medicación estaba empezando a hacerle efecto y si le pillaban siempre podría echarle la culpa a los efectos secundarios), se largó al baño, pues su infección de vejiga amenazaba con provocar un desagradable incidente. Ya más aliviado, decidió esconder estratégicamente el cuadro tras el retrete.

 

Cuando volvió, la psiquiatra se encontraba exactamente en la misma posición, impertérrita. Tanta concentración no auguraba nada bueno, así que el hombre no tuvo ánimos para esperar más tiempo una respuesta sobre su dolencia:

 

—Doctora, ¿es grave?

 

Silencio.

 

—¿Doctora?

 

La mujer seguía con cara inexpresiva mirando fijamente la mancha roja de la alfombra (sobre la que ningún paciente se atrevió jamás a preguntar). Incluso le empezaba a caer un poco de babilla por la comisura de los labios que amenazaba con gotear a su bata.

 

El señor Wilson se levantó y movió una mano por delante de su cara pero ni con esas. Estaba claro que su fe en la psiquiatría se estaba desmoronando a pasos agigantados. No pudo soportarlo más y empezó a zarandearla con entusiasmo. Nada. Seguía con los ojos vidriosos como un besugo.

 

Al final, aunque su madre siempre le había dicho que la violencia no era la solución, decidió no contenerse y le arreó un buen par de hostias. No pareció surtir gran efecto. Se metió un bonito cenicero al que le había echado el ojo en el bolsillo y estaba ponderando si echarle encima el jamón de agua de la mesita (margaritas incluidas), cuando la mujer empezó a parpadear y recobrar los sentidos. Miró a su alrededor con alarma y se quitó la baba con el dorso de la mano.

 

—Doctora...
—¿Eh? Ah, sí, perdone, es que sufro un extraño tipo de narcolepsia y a veces me quedo dormida de repente y.... —se interrumpió al ver la cara del paciente— pero no se preocupe, que no le voy a cobrar la sesión.
—Ya.

 

Una vez pasada la emergencia el hombre había cruzado los brazos y la miraba con cara de enfado. Volvió a sentarse en el diván de mala gana, esperando. La médica se aclaró la garganta:

 

—Ejem, a... ahora, si es tan amable, cuénteme lo que ha escrito, porqué no ha podido continuar su fanfic.
—Está bien.

 

«El prologo empieza en los finales de los setenta, ¿sabe?, durante la guerra fría. En aquella época corrían rumores en Beacon Hills de que en el bosque de Sherwood, situado más al norte, se estaban desarrollando pruebas gubernamentales secretas. En ocasiones se observaran nieblas fosforescentes que se deslizaban sobre la reserva y envolvían la casa Hale o tormentas con ranas que caían del cielo. Las malas lenguas afirmaban que la familia se había vuelto loca y empezaron a circular historias de extraños sucesos durante la luna llena, monstruos que corrían por el bosque y desapariciones de animales domésticos.

 

»Por ello, nadie se extrañó cuando un incendio se desató en la mansión, pues la gente lo atribuyó a los servicios secretos del gobierno, como evidencia de que realmente estaban ocultando la realización de pruebas nucleares en el área. La ciudad al completo guardó un ominoso silencio, no fuera a ser que el resto de sus habitantes corriera la misma suerte.

 

»Sólo sobrevivieron tres de los hijos (Laura, Derek y Cora) y su joven tío Peter, porque a este le había tocado de niñera y se había escapado ese fin de semana a ver un concierto de Jimi Hendrix, dejando a los niños olvidados en el maletero del coche».

 

—Caramba, está de lo más intrigante. Continúe por favor —dijo la doctora, olvidando mencionar a su cliente el hecho de que había encendido la grabadora con la esperanza de plagiarle la historia.

 

La voz del hombre había ido cambiando: de un inicio tembloroso, ahora casi vibraba de excitación. Se encontraba estimulado, sin duda, por los psicotrópicos ingeridos, así como por el avieso interés de la psiquiatra, que el enfermo confundía con aprobación hacia su historia y no con maquinaciones mentales sobre cómo sacarle los cuartos de la forma más rápida posible.

 

«La historia ahora se desarrolla en el presente, con Peter encerrando en un sanatorio tras un brote psicótico provocado por tanto fumar marihuana. El resto de la familia, tras reconstruir la case Hale, se gana la vida criando vacas y cultivando champiñones en las cuevas de su propiedad. El desencadenante de los acontecimientos ocurre a principios de primavera, el día que Derek trasladaba una caja de setas. Sin que se dé cuenta, un champiñón escapa al suelo de la foresta y sin obstáculos en su camino, termina rodando a un charco del que emanaban lentamente burbujas plateadas.

 

»Dos meses después, en lo más recóndito de la reserva, una seta gigante de dos metros de altura se alza entre la maleza. El descubrimiento pronto se hace eco en el pueblo, por lo que una maraña de curiosos se adentra en el bosque. La expectación es tanta que los Hale, hartos de que les espanten las vacas, empiezan a cobrar entrada por cada visita.

 

»La noche del eclipse lunar, tras gastarse la paga en la bolera, nuestros héroes deciden ahorrarse unos dólares, por lo que dejan parte de las neuronas en casa y se escapan en busca de la fúngica atracción de feria. Entre ellos se encuentra Lydia, la Presidenta del Club de Castidad, armada con una lupa, una cinta métrica y una "Guía de las Setas de California"; así como Stiles, que espera de una vez por todas convencerla para retozar entre los prados de la reserva.

 

»Junto a la pareja, Scott, vestido de camuflaje, vigila la retaguardia cargado con una escopeta de cañones recortados y una cinta en la frente, pues los rumores sobre la peligrosidad del lugar no son para tomárselos a la ligera. A su pesar, esa noche Allison no les acompañaba, pues tenía una cita con los Mundiales de tiro con arco y nada, salvo una catástrofe nuclear, le despegaría de su caja de palomitas frente a la pantalla de cincuenta y dos pulgadas de su casa.

 

»Como es obvio, tras una discusión sobre "pensaba que lo ibas a traer tú" descubren que a nadie se le ocurrió llevarse una linterna. Poco a poco las sombras avanzan y sólo el resplandor de la luna, y el mapa de las estrellas que Lidia consulta en su móvil de alta gama, les libra de perderse entre tanta planta.

 

»Unos aullidos desgarran la noche. Pero no, no se trata de hombres lobos ni nada parecido, sino de Jackson, que les estaba siguiendo a escondidas y se había caído sobre una bosta, al tropezar con un termómetro, los restos de un bocata de calamares y tres latas de cerveza. Pero qué guarra es la gente.

 

»Tras quitarle los calamares del pelo y una vez adecentado entre maldiciones, los cuatro estudiantes alcanzan el claro después de dar unas vueltas muy tontas. Allí destaca el Agaricus en toda su grandeza, rodeado de un halo de viejos robles que inclinan sus ramas llenas de andrajosos líquenes como tributo silencioso a su magnética presencia.

 

»Mientras Scott se distrae, convencido por Stiles de la bondad de cazar gamusinos a altas horas de la noche, Lydia saca el cuchillo de carnicero que guarda en el bolso de Prada. Lo agarra con decisión y en ese instante, justo antes de dar el golpe, el eclipse lunar empieza...».

 

Beeeep. Un sonido disonante sobresaltó a ambos, interrumpiendo la epopeya. Era la alarma del final de la consulta y, por ende, del principio de lo que iba a ser un espeluznante relato.

 

—Rayos —se le escapó a la psiquiatra, que veía perder su oportunidad de ganar dinero a espuertas vendiendo el guión cinematográfico de aquella historia—. Discúlpeme, pero... ¿puede venir mañana?

 

Continuará...