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Las personas que se quedaron

Summary:

Kim Dokja había pasado gran parte de su vida convencido de que las personas siempre terminaban marchándose.

Entonces adoptó a tres niños.

Después conoció a Yoo Joonghyuk.

Y, poco a poco, descubrió que algunas personas elegían quedarse.

Chapter 1: Cinco minutos más

Chapter Text

El despertador sonó a las cinco y media de la mañana.

Kim Dokja extendió una mano fuera de las mantas, tanteó la mesita de noche durante unos segundos y finalmente consiguió silenciarlo.

El apartamento volvió a quedarse en silencio.

Perfecto.

Maravilloso.

Dokja se acomodó mejor entre las sábanas y cerró los ojos.

Cinco minutos más.

Solo cinco.

Se lo merecía.

Había corregido exámenes hasta casi medianoche, tenía una reunión con la directora después de clases y, si tenía suerte, podría utilizar el almuerzo para terminar de preparar las actividades de la próxima semana.

Cinco minutos no iban a matar a nadie.

Se acomodó sobre el costado.

Suspiró.

Y entonces recordó algo.

Abrió los ojos.

Se quedó mirando el techo.

Parpadeó una vez.

Luego otra.

—...Ah.

Tenía hijos.

Tres.

Tres hijos.

Tres hijos que necesitaban desayunar.

Tres hijos que necesitaban llegar a la escuela.

Tres hijos que, si no los despertaba ahora mismo, convertirían la mañana en una catástrofe.

Dokja volvió a cerrar los ojos.

Consideró seriamente fingir que no existían.

La idea duró exactamente dos segundos.

Con un gemido ahogado, apartó las mantas y se incorporó.

El suelo estaba frío.

La vida era cruel.

Y la paternidad era una estafa.

Arrastró los pies hasta la cocina, todavía medio dormido.

El apartamento permanecía en silencio.

Demasiado silencio.

Eso significaba que Lee Gilyoung seguía profundamente dormido.

Que Shin Yoosung aún no había empezado a perseguir a sus hermanos para que se prepararan.

Y que Han Donghoon probablemente llevaba despierto horas haciendo quién sabía qué en internet.

Dokja puso agua a hervir y se quedó inmóvil frente a la cafetera.

Necesitaba café.

Desesperadamente.

Mientras esperaba, observó la fotografía pegada a la puerta del refrigerador.

Era una foto antigua.

Gilyoung estaba haciendo una mueca.

Yoosung intentaba mantener la compostura.

Donghoon miraba a la cámara con expresión inocente, lo cual era la prueba definitiva de que estaba tramando algo.

Y en el centro estaba él.

Cansado.

Despeinado.

Sonriendo.

Una sonrisa pequeña apareció en los labios de Dokja.

A veces seguía sin entender cómo había llegado hasta ahí.

Nunca había planeado convertirse en padre.

Mucho menos en padre de tres niños.

Sin embargo, ahí estaban.

Y no cambiaría aquello por nada.

El sonido del agua hirviendo lo devolvió a la realidad.

Preparó el café.

Sacó los ingredientes para el desayuno.

Y, tras mirar la hora en su teléfono, tomó una decisión que cualquier padre responsable habría tomado mucho antes.

Era hora de despertar a sus hijos.

Dokja tomó su taza.

Bebió un largo sorbo.

Y se dirigió hacia el pasillo como un hombre marchando hacia una batalla que sabía que no podía ganar.

La puerta de la habitación de Gilyoung estaba cerrada.

Dokja la observó durante unos segundos.

Luego tomó otro sorbo de café.

Necesitaba prepararse mentalmente.

Había sobrevivido a reuniones de profesores.

Había sobrevivido a inspecciones académicas.

Había sobrevivido a adolescentes convencidos de que resumir una novela consistía en copiar la contraportada.

Podía sobrevivir a esto.

Quizás.

Empujó la puerta.

La habitación estaba en penumbra.

Y en medio de la cama, completamente enterrado bajo una montaña de mantas, se encontraba Lee Gilyoung.

Dokja suspiró.

—Gilyoung.

Ninguna respuesta.

—Gilyoung.

Silencio.

—Lee Gilyoung.

La montaña de mantas se movió apenas unos centímetros.

Una victoria mínima.

—Cinco minutos más.

—Eso dijiste hace diez minutos.

—Entonces todavía me quedan cinco.

Dokja cerró los ojos.

Contó hasta tres.

Volvió a abrirlos.

—Tienes escuela.

—Estoy enfermo.

—Qué coincidencia. Te enfermas todos los martes.

—Es una enfermedad grave.

—¿Ah sí?

—Muy grave.

Dokja observó el bulto inmóvil.

—¿Y cuáles son los síntomas?

—Sueño.

—Increíble.

—Lo sé.

Por un instante consideró arrancarle las mantas.

Sin embargo, sabía por experiencia que aquello solo provocaría que Gilyoung se aferrara a ellas como un náufrago a una tabla de madera.

Tomó otro sorbo de café.

Mientras pensaba en una nueva estrategia, su mente se desvió inevitablemente hacia la clase que tenía programada para esa mañana.

Tercer año.

Literatura contemporánea.

Treinta y dos alumnos.

Y un ensayo que había pedido la semana anterior.

Lo cual significaba que probablemente solo doce lo habrían hecho.

Quizás quince si tenía suerte.

Aún podía recordar la expresión perfectamente seria de Han Sooyoung cuando le había dicho que esperaba demasiado de los estudiantes.

Según ella, cualquier tarea que requiriera leer más de dos páginas era considerada tortura psicológica por la mayoría de adolescentes.

Dokja sospechaba que aquella afirmación era, lamentablemente, correcta.

—Papá.

La voz somnolienta de Gilyoung lo sacó de sus pensamientos.

—¿Sí?

—¿Estás pensando en el trabajo otra vez?

Dokja bajó la mirada hacia el bulto.

—Tal vez.

—No deberías.

—¿Y por qué no?

—Porque todavía no te pagan por pensar.

Era una observación sorprendentemente razonable.

Dokja decidió ignorarla.

—Levántate.

—No.

—Gilyoung.

—No.

—Voy a contar hasta tres.

—Siempre cuentas hasta tres.

—Porque funciona.

—No funciona.

—Funciona suficiente.

La manta volvió a moverse.

—Uno.

Silencio.

—Dos.

Más silencio.

—Tres.

Nada.

Dokja dejó escapar un largo suspiro.

Entonces sonrió lentamente.

—Muy bien.

—...

—Supongo que tendré que decirle a Yoosung que prepare el desayuno extra.

La montaña de mantas se quedó inmóvil.

—Con las salchichas.

Silencio.

—Y los panqueques.

La manta descendió unos centímetros.

—Y el chocolate caliente.

La cabeza despeinada de Gilyoung apareció finalmente.

—Eso es chantaje.

—Es crianza.

—No creo que sea legal.

—Levántate y podrás denunciarme después.

Gilyoung lo observó con los ojos entrecerrados.

Luego volvió a mirar la cama.

Después el pasillo.

Y finalmente a Dokja.

—Te odio.

—Yo también te quiero.

—No dije eso.

—Lo sé.

—Voy a volver a dormirme.

—No lo harás.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque acabo de mencionar panqueques.

La expresión de Gilyoung se volvió derrotada.

Y, por primera vez aquella mañana, comenzó a levantarse de la cama.

Dokja consideró aquello una victoria histórica.

—Al baño.

—Papá.

—Al baño.

—Pero...

—Lee Gilyoung.

Gilyoung soltó un suspiro dramático que habría hecho sentir orgulloso a cualquier actor profesional.

—Algún día voy a denunciarte.

—Hazlo después de lavarte los dientes.

Con la dignidad de un condenado caminando hacia el cadalso, Gilyoung arrastró los pies por el pasillo hasta el baño.

Dokja esperó a escuchar la puerta cerrarse.

Luego escuchó el sonido del grifo.

Perfecto.

Una batalla ganada.

Todavía quedaban varias más.

Con su taza de café en una mano, continuó avanzando por el pasillo.

La siguiente puerta pertenecía a Yoosung y Donghoon.

No porque compartieran habitación.

Sino porque, por algún motivo que escapaba a toda lógica, siempre terminaban juntos antes de ir a la escuela.

Dokja se detuvo frente a la puerta.

Había silencio.

Eso era sospechoso.

Muy sospechoso.

Porque cuando aquellos dos estaban despiertos, normalmente hacían ruido.

Y cuando no hacían ruido...

Estaban tramando algo.

Dokja abrió la puerta.

Y confirmó inmediatamente sus sospechas.

—...

—...

—...

Sentados en el suelo, frente a tres pantallas distintas, estaban Shin Yoosung y Han Donghoon.

Ambos completamente vestidos.

Ambos perfectamente peinados.

Ambos con sus mochilas preparadas.

Ambos despiertos.

Lo cual era maravilloso.

Lo preocupante era el resto.

—¿Qué están haciendo?

Yoosung levantó la vista.

—Buenos días, papá.

—Buenos días, Dokja-ssi.

Donghoon sonrió con una inocencia tan exagerada que resultaba ofensiva.

Dokja observó las pantallas.

Luego observó a los niños.

Volvió a observar las pantallas.

—¿Por qué hay cámaras de seguridad de la escuela en tu computadora?

Donghoon parpadeó.

—Pregunta complicada.

—No lo es.

—Creo que sí.

—Donghoon.

—Sí.

—¿Por qué hay cámaras de seguridad de la escuela en tu computadora?

—Investigación académica.

Dokja cerró los ojos.

Respiró profundamente.

Volvió a abrirlos.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien olvidó cambiar la contraseña predeterminada.

—Han Donghoon.

—No fui yo.

—Eso no mejora la situación.

A su lado, Yoosung señaló una de las pantallas.

—Estamos verificando si el club de robótica ya llegó.

—¿Por qué?

—Porque apostaron con Donghoon.

Dokja sintió que le dolía la cabeza.

—¿Qué apostaron?

—Cinco dólares.

—Diez.

—Donghoon.

—Inflación.

—¿Por qué están apostando sobre estudiantes?

—Porque es divertido.

—Porque es estadísticamente interesante.

Las respuestas llegaron al mismo tiempo.

Dokja miró al techo.

A veces se preguntaba si realmente era un buen padre.

—¿Saben qué? No voy a preguntar más.

—Buena decisión.

—Excelente decisión.

—Porque tengo miedo de las respuestas.

Eso consiguió que ambos parecieran ligeramente culpables.

Solo ligeramente.

—¿Desayunaron?

—No.

—Te estábamos esperando.

Aquello consiguió desarmarlo de inmediato.

Porque, por supuesto, lo estaban esperando.

Aunque fueran demasiado inteligentes para su propio bien.

Aunque probablemente estuvieran violando varias normas informáticas.

Aunque acabaran de reducir algunos años de su esperanza de vida.

Seguían siendo sus hijos.

Y seguían esperando desayunar con él.

Dokja dejó escapar un suspiro.

—Muy bien. A la cocina.

—¿Gilyoung ya está despierto?

—Técnicamente.

—¿Qué significa técnicamente?

—Que está en el baño.

Los dos intercambiaron una mirada.

—Entonces todavía está dormido.

—Definitivamente sigue dormido.

—Eso es físicamente imposible.

—Nunca subestimes a Gilyoung.

Dokja tuvo que admitir que tenían un punto.

Con un gesto de cabeza, indicó la salida.

Los dos obedecieron inmediatamente.

Otra señal preocupante.

Cuando Yoosung y Donghoon obedecían tan rápido era porque estaban intentando distraerlo de algo.

Dokja volvió a mirar las pantallas.

Luego a los niños.

Luego otra vez a las pantallas.

Finalmente decidió que no quería saberlo.

Tenía una clase que preparar.

Tres niños que alimentar.

Y una reunión con Yoo Sangah que probablemente terminaría con más trabajo del que ya tenía.

Algunos misterios podían quedarse sin resolver.

Por lo menos hasta después del desayuno.

La cocina recuperó algo parecido a la normalidad una vez que Yoosung y Donghoon se instalaron en la mesa.

O al menos tan normal como podía ser una cocina donde dos niños discutían sobre probabilidades estadísticas antes de las siete de la mañana.

Dokja decidió no intervenir.

Había aprendido que ciertas batallas no podían ganarse.

Se concentró en el desayuno.

Panqueques.

Huevos.

Salchichas.

Chocolate caliente para los niños.

Más café para él.

Mucho más café.

Mientras removía la mezcla para los panqueques, su mirada se dirigió automáticamente hacia el reloj.

Habían pasado tres minutos.

Frunció el ceño.

Dejó el tazón sobre la encimera.

Y salió de la cocina.

—¿Papá?

—Ya vuelvo.

—¿Estás revisando a Gilyoung otra vez?

—Sí.

—Solo han pasado tres minutos.

—Precisamente.

Yoosung y Donghoon intercambiaron una mirada.

Ninguno intentó detenerlo.

Los tres sabían perfectamente por qué.

Dokja llegó hasta el baño.

Escuchó.

Silencio.

Un silencio absoluto.

El tipo de silencio que ningún niño debía producir por voluntad propia.

Golpeó la puerta.

—Gilyoung.

No hubo respuesta.

Dokja cerró los ojos.

Contó hasta dos.

—Lee Gilyoung.

Un ruido extraño llegó desde el interior.

Luego una voz adormilada.

—Estoy vivo.

—Eso no responde mi pregunta.

—¿Cuál era la pregunta?

—No hice ninguna.

—Entonces técnicamente sí respondí.

Dokja apoyó la frente contra la puerta.

—¿Te quedaste dormido?

—No.

—¿Seguro?

—Completamente.

—¿Por qué tardaste tanto en responder?

—Estaba pensando.

—¿En qué?

Silencio.

—Gilyoung.

—No lo recuerdo.

—Ajá.

—Fue una reflexión profunda.

—Estoy seguro.

Un resoplido divertido escapó de la cocina.

Probablemente Yoosung.

O Donghoon.

O ambos.

—Tienes treinta segundos para salir.

—Eso es opresión.

—Veinticinco.

—Voy.

—Veinte.

—¡Ya voy!

Satisfecho, Dokja regresó a la cocina.

Los panqueques seguían donde los había dejado.

Yoosung estaba terminando de organizar las loncheras.

Y Donghoon parecía sospechosamente entretenido con su teléfono.

—No quiero saberlo.

—¿Qué cosa?

—Exactamente eso.

Donghoon sonrió.

Aquella sonrisa nunca anunciaba nada bueno.

Dokja decidió ignorarlo.

Era demasiado temprano para investigar crímenes informáticos.

Volvió a la estufa y comenzó a cocinar los primeros panqueques.

El aroma dulce empezó a llenar la cocina.

Inmediatamente escuchó pasos apresurados acercándose por el pasillo.

Yoosung levantó la vista.

—Qué rápido.

—Los panqueques tienen ese efecto.

Donghoon asintió.

—Es como magia.

Segundos después, Gilyoung apareció.

Todavía tenía el cabello húmedo.

Todavía parecía medio dormido.

Pero estaba vestido.

Y despierto.

Más o menos.

—Buenos días.

—Hace veinte minutos que estamos despiertos.

—Entonces buenos días otra vez.

Dokja observó a los tres niños sentados alrededor de la mesa.

Yoosung revisando horarios.

Donghoon escribiendo quién sabía qué.

Gilyoung intentando apoyar la cabeza sobre la mesa.

Y por un instante sintió esa extraña calidez en el pecho que aparecía en momentos como ese.

La misma que sentía cuando los veía regresar de la escuela.

O cuando se quedaban dormidos viendo películas.

O cuando olvidaban que ya eran demasiado mayores para buscarlo después de una pesadilla.

Era una sensación sencilla.

Tranquila.

Y peligrosamente parecida a la felicidad.

Por suerte, desapareció casi de inmediato.

—Papá.

—¿Sí?

—Gilyoung se está volviendo a dormir.

Dokja giró la cabeza.

Efectivamente.

Gilyoung había conseguido quedarse dormido sentado en menos de treinta segundos.

—Increíble.

—Es un talento.

—Es una enfermedad grave.

—Ya te lo había dicho.

Dokja suspiró.

Luego tomó una salchicha del plato.

Y la acercó peligrosamente al rostro de Gilyoung.

Los ojos del niño se abrieron al instante.

—¡¿Qué haces?!

—Comprobando signos vitales.

—¡Eso no funciona así!

—Funcionó perfectamente.

—Papá es un abusador.

—Papá te hizo desayunar.

—...

—...

—Te perdono.

El desayuno duró exactamente siete minutos.

Lo cual era un nuevo récord.

No un récord bueno.

Simplemente un récord.

—¿Qué hora es?

—Las seis cuarenta y ocho.

—Vamos tarde.

—Lo sé.

—Papá.

—Lo sé.

—Papá.

—Shin Yoosung, llevo sabiendo que vamos tarde desde las seis cuarenta.

Yoosung pareció satisfecha con aquella respuesta.

Lo cual era preocupante.

Dokja sospechaba que su hija disfrutaba demasiado teniendo razón.

Tomó un sorbo de café.

Era el tercero de la mañana.

Probablemente no sería el último.

A su alrededor, el caos habitual reinaba en la mesa.

Gilyoung devoraba panqueques como si alguien fuera a quitárselos.

Donghoon consultaba algo en su teléfono entre bocado y bocado.

Y Yoosung intentaba convencer a ambos de que comer tan rápido era perjudicial para la salud.

Nadie le estaba prestando atención.

—Mastiquen.

—Lo estoy haciendo.

—No estás haciendo nada.

—Estoy respirando.

—Eso no cuenta.

—Debería contar.

—No cuenta.

Dokja decidió mantenerse al margen de aquella discusión.

Tenía problemas más importantes.

Como el hecho de que todavía debía imprimir unas hojas para su primera clase.

Y que Yoo Sangah probablemente ya le había enviado tres correos electrónicos que aún no había leído.

Su teléfono vibró.

Lo miró.

Cuatro correos electrónicos.

Dokja volvió a dejarlo boca abajo sobre la mesa.

Algunos problemas podían esperar.

—¿Hoy tienes reunión?

La pregunta vino de Yoosung.

—Sí.

—¿Con la directora?

—Sí.

—Mis condolencias.

Donghoon asintió solemnemente.

—Las necesitaremos.

—Gracias por el apoyo moral.

—Estamos aquí para ti.

—Qué considerados.

—Lo sabemos.

Dokja tuvo que contener una sonrisa.

A veces olvidaba lo divertidos que podían ser.

Hasta que recordaba que eran así todo el tiempo.

Terminó su café.

Y entonces miró el reloj.

Se quedó inmóvil.

Volvió a mirar.

Parpadeó.

—¿Por qué son las seis cincuenta y cinco?

—Porque el tiempo avanza.

—Gracias, Donghoon.

—De nada.

—No era una pregunta.

—Lo sé.

Dokja se puso de pie tan rápido que casi derramó la taza.

—Muy bien.

Tres pares de ojos se volvieron hacia él.

—Tenemos exactamente diez minutos para salir.

—Eso no parece suficiente.

—Porque no lo es.

—Excelente.

—Terminen de comer.

—Estoy comiendo.

—Tú estás inhalando comida.

—Técnicamente sigue siendo comer.

—No me obligues a buscar una definición.

—Lo harías.

—Lo haría.

Gilyoung pareció considerar seriamente aquella amenaza.

Y decidió acelerar todavía más.

Un error.

Porque inmediatamente empezó a toser.

Yoosung le pasó un vaso de agua antes de que Dokja pudiera hacerlo.

—Más despacio.

—No tenemos tiempo para más despacio.

—Tampoco tenemos tiempo para que te atragantes.

—Buen punto.

Mientras tanto, Donghoon ya había terminado.

No porque hubiera comido rápido.

Sino porque, aparentemente, poseía alguna habilidad sobrenatural para terminar antes que todos los demás.

—Mochila lista.

—Bien.

—Almuerzo listo.

—Bien.

—Tarea terminada.

—Excelente.

—Acceso a siete cámaras nuevas.

—Donghoon.

—¿Sí?

—Habíamos hablado de esto.

—No recuerdo esa conversación.

—Porque la ignoraste.

—Ah.

—Eso explica muchas cosas.

Yoosung soltó una risa.

Gilyoung casi se atragantó otra vez.

Y Dokja empezó a recoger platos con la velocidad de un hombre que ya aceptó su destino.

El reloj seguía avanzando.

La cocina parecía haber sido atacada por un pequeño huracán.

Y todavía tenían que llegar a la escuela.

Normalmente aquello sería estresante.

Pero mientras observaba a sus hijos discutir sobre quién tenía que lavar los platos esa noche, Dokja descubrió que no podía sentirse demasiado molesto.

Caóticos.

Ruidosos.

Problemáticos.

Desesperantes.

Eran todas esas cosas.

Y aun así, el apartamento se sentiría demasiado vacío sin ellos.

La idea apenas tuvo tiempo de instalarse antes de que Yoosung hablara.

—Papá.

—¿Sí?

—Gilyoung olvidó su tarea.

Hubo un segundo de silencio.

Luego otro.

Después un grito horrorizado resonó por toda la cocina.

—¿¡QUÉ!?

Y así terminó cualquier esperanza de salir de casa con dignidad aquella mañana.

 

El apartamento explotó en actividad.

—¿¡QUÉ QUIERES DECIR CON QUE OLVIDASTE TU TAREA!?

—¡No la olvidé!

—Entonces, ¿dónde está?

—...

—Lee Gilyoung.

—No lo sé.

—Eso significa que la olvidaste.

—No necesariamente.

—Significa exactamente eso.

Dokja se dejó caer contra el respaldo de una silla.

Durante un breve instante consideró fingir una emergencia médica.

Tal vez podría esconderse en el baño.

O debajo de la mesa.

O mudarse a otro país.

Desafortunadamente, seguía siendo el único adulto presente.

—¿De qué materia es?

—Ciencias.

—¿Cuándo la hiciste?

—Anoche.

—¿La terminaste?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Completamente seguro?

—Papá.

—Necesito verificar.

—La terminé.

—Bien.

Al menos había una posibilidad de encontrarla.

Eso ya era una mejora.

—¿Dónde fue la última vez que la viste?

—En mi escritorio.

—¿Y después?

—...

—Gilyoung.

—No recuerdo.

—Maravilloso.

Yoosung ya estaba caminando hacia las habitaciones.

—Voy a buscar.

—Yo también.

Donghoon se puso de pie.

—¿Tú también?

—Quiero ver el desastre.

—Aprecio tu sinceridad.

—Gracias.

En menos de diez segundos, los tres niños desaparecieron por el pasillo.

Dokja miró el reloj.

Luego volvió a mirar el reloj.

Después comprobó si, por algún milagro, el tiempo había decidido detenerse.

No lo había hecho.

—Perfecto.

Todo iba perfectamente.

Aquel pensamiento era tan falso que incluso él se sintió ofendido.

Se levantó y comenzó a ayudar.

Primero revisó la mochila de Gilyoung.

Nada.

Después debajo del sofá.

Nada.

Entre los libros del salón.

Nada.

Cuando llegó al pasillo escuchó voces procedentes de la habitación de Gilyoung.

—¿Por qué tienes una colección de piedras?

—Porque son interesantes.

—Parecen piedras normales.

—Porque no entiendes de piedras.

—Nadie entiende de piedras.

—Papá entiende.

—Papá finge entender.

—Eso también cuenta.

Dokja decidió que aquella conversación no necesitaba su intervención.

Abrió la puerta.

Y encontró a Yoosung revisando cajones.

A Donghoon mirando debajo de la cama.

Y a Gilyoung dando vueltas sin ningún propósito aparente.

—¿Encontraron algo?

—No.

—No.

—No.

Excelente.

—¿Buscaste en tu escritorio?

—Sí.

—¿Debajo?

—Sí.

—¿Dentro de los libros?

—Sí.

—¿Entre los libros?

—...

—Lee Gilyoung.

—Quizás.

—Busca.

Gilyoung se dirigió hacia la estantería.

Mientras tanto, Donghoon sacó algo de debajo de la cama.

—Encontré una zapatilla.

—Eso no ayuda.

—Nunca dije que ayudara.

—Justo.

—También encontré una cuchara.

—¿Por qué hay una cuchara debajo de la cama?

—No lo sé.

—Yo tampoco.

—¿Deberíamos preocuparnos?

—Probablemente.

—No quiero saberlo.

—Yo tampoco.

Yoosung encontró una libreta.

La revisó.

Negó con la cabeza.

—No es esta.

El reloj seguía avanzando.

Dokja comenzaba a aceptar que llegarían tarde.

Otra vez.

No era una situación ideal.

Pero tampoco era precisamente nueva.

Justo cuando estaba a punto de rendirse, escuchó un grito.

—¡LA ENCONTRÉ!

Todos giraron hacia Gilyoung.

El niño sostenía varias hojas arrugadas con expresión triunfal.

—¿Dónde estaba?

—Entre un libro.

—¿Qué libro?

—...

—Gilyoung.

—Uno de los tuyos.

Dokja sintió un mal presentimiento.

—¿Cuál?

—El que me prestaste.

—¿Cuál?

—El muy aburrido.

—Eso no reduce las opciones.

—El de las quinientas páginas.

—Eso tampoco.

—El que tenía notas tuyas.

Dokja cerró los ojos.

Perfecto.

Había escondido una tarea dentro de uno de sus libros de trabajo.

Aquello era exactamente algo que él habría hecho a su edad.

O incluso la semana pasada.

—Muy bien.

Le arrebató suavemente las hojas.

Las revisó.

Completas.

Milagrosamente completas.

—Vamos.

—¿Ya?

—Sí.

—Pero...

—Ahora.

—¿Y el desayuno?

—Ya desayunaste.

—¿Y mi dignidad?

—La perdiste cuando te dormiste en el baño.

—Eso fue un golpe bajo.

—Lo sé.

Cinco minutos después, los cuatro estaban luchando por ponerse zapatos, recoger mochilas y salir por la puerta.

Donghoon llevaba el teléfono.

Yoosung llevaba el control de la situación.

Gilyoung llevaba su tarea como si fuera un tesoro nacional.

Y Dokja llevaba café.

Porque algunas cosas eran imprescindibles.

Finalmente lograron salir.

Dokja cerró la puerta del apartamento.

Suspiró.

Miró el cielo de la mañana.

Y sintió una breve sensación de victoria.

Habían sobrevivido.

Todos estaban vestidos.

Todos estaban alimentados.

Todos tenían sus tareas.

Nadie había resultado herido.

Aquello ya era un éxito.

Por supuesto, esa sensación duró exactamente tres segundos.

—Papá.

—¿Sí?

—Olvidaste tu maletín.

Dokja se quedó inmóvil.

Lentamente giró la cabeza.

Y vio su maletín descansando tranquilamente junto a la puerta del apartamento, visible a través de la pequeña ventana del rellano.

...

—No digan nada.

—No íbamos a hacerlo.

—Íbamos a hacerlo muchísimo.

—Han Donghoon.

—Sí, papá.

—No.

Para cuando llegaron a la escuela, Kim Dokja ya había vivido el equivalente emocional de tres días completos.

El tráfico había sido terrible.

Gilyoung había olvidado que llevaba la tarea en las manos y había entrado en pánico durante dos minutos.

Donghoon había intentado explicarle algo sobre seguridad informática que solo había conseguido darle dolor de cabeza.

Y Yoosung había señalado, en tres ocasiones distintas, que si hubieran salido cinco minutos antes no estarían llegando tarde.

Dokja estaba empezando a sospechar que aquella niña disfrutaba demasiado teniendo razón.

—Ya llegamos.

—Milagrosamente.

—Papá.

—Lo siento.

Aparcó en uno de los espacios para profesores.

Apagó el motor.

Y durante unos segundos simplemente permaneció sentado.

Necesitaba un momento.

Solo uno.

—Papá.

—¿Sí?

—Estás mirando al vacío otra vez.

—Estoy reuniendo fuerzas.

—¿Para qué?

—Para sobrevivir.

Los tres niños parecieron aceptar aquella explicación.

Porque, honestamente, era razonable.

Finalmente salió del coche.

El aire fresco de la mañana le golpeó el rostro.

Se pasó una mano por el cabello.

Aquello fue un error.

Solo consiguió despeinarse más.

Perfecto.

Exactamente la imagen profesional que quería proyectar como profesor.

Los niños ya estaban recogiendo sus mochilas cuando una voz conocida llamó desde algún lugar cercano.

—¡Dokja-ssi!

Dokja giró la cabeza.

Yoo Sangah avanzaba por el estacionamiento con una sonrisa amable y una taza de café en la mano.

Impecable, como siempre.

Dokja sospechaba que la directora nunca había tenido un mal día en toda su vida.

—Buenos días.

—Llegaste justo a tiempo.

—Eso es una forma muy optimista de decir que llegué tarde.

—Todavía no son las siete y media.

—Lo ves. Optimismo.

Sangah soltó una pequeña risa.

Entonces su atención se desvió hacia algún punto detrás de él.

—Oh.

Dokja siguió su mirada.

Y se quedó inmóvil.

Un vehículo acababa de detenerse unas filas más allá.

La puerta se abrió.

Primero salió una niña.

Cabello perfectamente peinado.

Uniforme impecable.

Mochila perfectamente colocada.

Ni una sola arruga.

Ni una.

Dokja sintió una punzada de envidia.

Luego salió el adulto que la acompañaba.

Alto.

Muy alto.

Cabello oscuro.

Traje impecable.

Expresión seria.

Y una presencia que hizo que varias personas del estacionamiento lo miraran sin darse cuenta.

Durante un segundo, Dokja tuvo la absurda impresión de que aquel hombre había salido directamente de una revista.

O de un anuncio.

O de algún lugar donde las personas no olvidaban maletines ni perdían tareas escolares.

A su lado, Gilyoung murmuró:

—Parece un guardaespaldas.

—Parece un villano.

—Parece alguien que paga los impuestos a tiempo.

Dokja no sabía cuál de los comentarios era más intimidante.

La niña notó su presencia primero.

—¡Dokja ahjussi!

Mía levantó una mano para saludar.

Inmediatamente los tres niños respondieron.

—¡Mia!

—Buenos días.

—Llegaste temprano.

—Como siempre.

Mia parecía bastante orgullosa de aquello.

Mientras los niños comenzaban a hablar entre ellos, el hombre levantó la vista.

Y sus ojos se encontraron con los de Dokja.

Hubo un breve silencio.

Dokja, despeinado.

Con la corbata ligeramente torcida.

Una mancha de harina todavía en la manga.

Y un vaso de café que probablemente era lo único impidiendo su colapso.

Frente a él, aquel hombre parecía la definición misma de control.

Ninguna arruga.

Ningún cabello fuera de lugar.

Ninguna señal de haber luchado contra tres niños y una tarea perdida durante la última hora.

Dokja lo odió un poco.

Solo un poco.

—Dokja-ssi.

La voz de Sangah lo sacó de sus pensamientos.

—Ah.

—Permíteme presentarte.

La sonrisa de la directora se volvió ligeramente divertida.

Como si ya estuviera anticipando algo.

—Él es Yoo Joonghyuk. El tutor legal de Yoo Mia.

Dokja parpadeó.

Así que ese era Yoo Joonghyuk.

Había escuchado su nombre varias veces.

Nunca lo había visto.

Ahora entendía por qué algunos profesores parecían ponerse nerviosos cuando aparecía.

—Y Joonghyuk-ssi, él es Kim Dokja. Nuestro profesor de literatura.

Hubo un instante de silencio.

Luego ambos inclinaron ligeramente la cabeza.

—Un placer.

—Igualmente.

Ninguno sonrió.

Ninguno parecía especialmente impresionado.

Y, sin embargo, Yoo Sangah tuvo la sospecha inmediata de que aquello iba a traerle problemas.

Muchos problemas.

Mientras tanto, a pocos metros de distancia, cuatro niños observaban la escena.

—¿Qué opinan?

—Todavía es muy pronto.

—Coincido.

—Pero tienen potencial.

—Mucho potencial.

Mía asintió solemnemente.

—Definitivamente.

Y así, sin que ellos lo supieran, el destino de Kim Dokja y Yoo Joonghyuk quedó sellado.

No por el destino.

Ni por el romance.

Ni siquiera por sus propias decisiones.

Sino por cuatro niños que, en conjunto, decidieron entrometerse.

Lo cual, sinceramente, era mucho más peligroso.