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Tina caminaba con pesadez de regreso a su hogar. Sentía como que de un momento a otro se desmayaría, pero obligó a su cuerpo a avanzar, sus pies moviéndose como si se encontrara en charcos de lodo. El sol intenso la hizo cubrir sus ojos con su mano, en momentos se sostenía con el tronco de un árbol cuando su cuerpo se balanceaba buscando descanso. Caminó durante lo que parecían días. En algún punto, se pensó el tirarse al suelo y llorar. No por las heridas o el cansancio, sino por haber fallado miserablemente en su búsqueda. El no haber encontrado señales de su generalísimo.
Pero un fuego mucho más intenso le impedía hacer eso. En algún rincón de su mente, le decía con voz reconfortante de que su general era fuerte, que no era de los que se rendían, y se dijo una y otra vez que era lo suficientemente inteligente y capaz de quizás por milagro, haber escapado por su cuenta, tal como le escribió en su carta.
Entonces al horizonte, logró divisar algo que se alzaba desde una gran altura. Unas torres tan altas que parecían tocar el cielo, el sol atravesando por las columnas. Una sonrisa se le asomó y la fatiga pareció disminuir nada más ver que estaba completo. Al parecer su jefe había tenido tiempo de sobra.
Su primera parada fue la mansión. Estaba casi igual de inmaculada como Juan siempre la había mantenido, las pinturas decorando las paredes, macetas y luces que resplandecían y le daban aquel toque hogareño que a ella le gustaba. Llamó en voz alta para ver si encontraba a alguien en casa, pero estaba completamente vacía, el silencio le dejaba una sensación extraña, ya que todos los días sin falta, se escuchaban gritos entre las paredes y caos por donde fuera.
De pronto escuchó un grito desde la entrada.
—¡Tina! —La voz de Foolish lleno aquel silencio y con ello, ella sonrió con el agotamiento pegándole de pronto, dejándose caer en una de las sillas del comedor.
—Foolish, hola — cerró los ojos y trago saliva con pesadez —. ¿Hay alguien más en casa? Yo ah…volví, claramente.
—Si, algo había oído de tu misión —respondió él sobando su espalda en comprensión —. ¿Cómo te fue? Luces bastante cansada.
—Si, bueno…no fue una misión muy exitosa ¿Sabes? —susurró en un intento de esbozar una sonrisa —. No logré encontrar nada, ni las instalaciones de la federación, ni información…
—Oh, bueno. Supongo que somo dos que no lograron nada en su ausencia, ja, ja —dijo el despreocupado —. Yo estuve en…mi campamento varios días. Pero no encontré mucho acerca del Fatal error, ya sabes.
Ella asintió y suspiro —¿Y que le diré a Aldo? ¿Sabes donde está?
Ante la mención del nombre, Foolish se tensó y comenzó a caminar con ciertos nervios —. Ah, cierto. Venía justo porque te vi llegar y tenía que decirte que…Aldo decidió dejar el puesto de General.
Tina arrugó su ceño en respuesta con clara confusión —. ¿Qué? Es decir, cuando se lo llevaron me dejó el puesto, tiene sentido.
—No, pero me refiero a que volvió y…ha decidido no ser el General ¡Nunca más! —Foolish se acercó con preocupación —. Tina, ha estado raro desde que lo vi, en verdad tienes que hablar con él. Creo que tu puedes hacerle cambiar de opinión.
Ella sintió un dolor en la cabeza con cada palabra de su amigo frente a él ¿Acaso se había desmayado en el bosque? Porque nada de eso sonaba real. No tenía sentido. Aunque estaba agotada, se levantó y decidió caminar hacia el castillo, esperando encontrarlo y aclarar el tema.
Cuando llegó a la entrada, su pecho comenzó a doler. Empezó a pensar en miles de escenarios acerca de como reaccionaría a su regreso, con las manos vacías y sin ningún tipo de información. Se dio a la idea que estaría decepcionado, de que quizás le reprocharía todo ese tiempo perdido, como siempre lo ha hecho. Pero esperaba que quizás en una minúscula chance, le dijera que estaba orgulloso porque lo intentó.
Caminó y pasó el arco de la entrada, mirando alrededor donde cofres y materiales estaban regados por doquier. En algún momento sintió su presencia por detrás y respingo en alerta.
—¡Ah! —soltó el grito con el corazón agitado —¡Me asustaste! ¡Hola!
Ella esbozo una sonrisa tan grande sin pensarlo mucho. De pronto ya no le importaba mucho si la regañaba por su incompetencia, lo único es que le alegraba verlo ahí, a salvo de nuevo con ellos después de los días que habían pasado en angustia y temor.
—Hola —dijo él con cierta seriedad —. ¿Dónde estuviste?
—¿Eh? Bueno, yo…fui a buscarte —contestó Tina bajando la mirada —. Te dejé una carta ¿No te llego?
Aldo inhaló y exhaló el aire con cierto alivio. Sabia que nunca confiaría en las palabras de uno de la federación, que antes confiaría en lo que dijera el líder del régimen que uno de esos seres blancos. Aún así, quería confirmar que la carta era verdadera, aunque no tuviera duda.
—Si, me llegó ¿Entonces? —preguntó sin dejar esa postura firme —. ¿Encontraste algo en tu viaje?
Ella apretó sus labios y subió la mirada con culpa —Bueno…no realmente. Viajé bastante lejos, pero…no logré encontrar donde estabas, o algo relacionado a la Federación.
Esperó el regaño, que quizás se burlara, pero no hubo nada más que un suspiro.
—¿Y qué te pasó? Vienes toda herida — Aldo la miro con cierto rastro de aflicción.
—No lo sé…creo que solo me caí por ahí...jaja, siempre un desastre yo ¿No? —lo dijo en tono de broma, pero no pudo evitar sentirse mal consigo misma.
Pasaron segundos en silencio, mirándose con distintos sentimientos. Entonces Aldo habló con tono sombrío:
—Ven — comenzó a caminar para entrar al castillo, a lo que Tina le siguió con la angustia creciendo a cada segundo. Los ecos de sus pisadas resonaban alrededor de las paredes vacías, un frío que envolvía el ambiente.
Subieron y subieron, hasta encontrarse en la parte más alta. Aldo llevó sus manos atrás de la espalda, inhalando con profundidad antes de comenzar su discurso.
—Tina, ¿Has hablado con alguien desde que llegaste? —ella abrió la boca ligeramente, mirando al suelo por segundos para finalmente responder.
—Si, con Foolish. Me dijo cosas…que no me creí la verdad —admitió en voz baja —. ¿Es verdad? Acerca de que dejaste el puesto de generalísimo.
—Si, es verdad —respondió este sin dudarlo.
Tina abrió los ojos en shock y volvió a abrir la boca sin creer lo que había oído ¿La persona que más luchaba en contra de la Federación había dejado su puesto, así como así?
—¿P-por qué? —preguntó con la voz casi en un susurro.
—Después de haber sido llevado a las instalaciones de la Federación, vi cosas Tina —Dirigió su mirada hasta donde su mirada le permitiera, un océano que parecía extenderse al infinito —. Vi el cómo torturaban a Juan. Me dejaron en un cuarto varios días y en uno ellos…me mostraron cosas.
—¿Que...cosas? —Preguntó ella con un ligero temblor en las manos. Este apretó sus manos entre si aún detrás de su espalda.
—No necesitas saberlo —respondió firmemente —. Pero no fue agradable…
El aire soplaba con mayor intensidad desde la altura en donde se encontraban. Tina intentó mirar el rostro de su general (O el que lo fue), pero la luz del ocaso la cegaba al mirar en su dirección. Miró de la misma manera hacia la lejanía para entonces atreverse a preguntar:
—¿Acaso te han…amenazado, te hicieron algo? —Aldo mostró una ligera sonrisa irónica
—No. Solo me dejaron ir. Pero después de haber visto lo que vi…creo que después de todo, no tiene sentido —Por fin se movió para mirarla de frente —. Sobre la milicia, los planes que hemos estado haciendo. Nada de eso tuvo o tiene sentido ahora.
Un dolor en el pecho de Tina se alojó al escucharlo decir aquellas palabras. Estaba hablando con un vacío tan palpable, como si sus vidas carecieran de sentido mientras que La federación existiera.
—¡Claro que tuvieron sentido! — exclamó ella intentando que entrara en razón —. Hemos hecho todo este trabajo y poniéndonos en riesgo porque queremos ser libres, y porque queremos proteger a nuestra familia ¿No?
Libres…libertad, era una palabra en la que Aldo había pensado mucho últimamente. Pensando sobre si tuvieran la minúscula posibilidad de acabar por completo con la federación, de si lograra ese objetivo con toda su familia ilesa, para vivir en paz. Era un pensamiento demasiado optimista, pero sobre todo imposible.
En la vida se tenían que hacer sacrificios, por más que llegaran a doler. Además, no estaba seguro si la federación era la única amenaza dentro de la isla.
—¿Entonces quieres eso tina? ¿Más sacrificios? — le preguntó —. ¿No es suficiente con lo que le hicieron a Juan? ¿O que me tuvieran retenido ahí por días?
—No, eso no es...—Tina cerró su boca con duda —. Solo…no logro entender. Hemos luchado tanto, no podemos dejar que todo los que nos han hecho se quede así. A nosotros, a los demás de la isla.
Aldo suspiró mirando hacia la punta del castillo, ensimismado en sus pensamientos. Claro que ella diría eso, después de todo, esa llama que había empezado como una ligera chispa, él mismo la había avivado con el tiempo juntos, convirtiéndola en una llamarada que a este punto era imposible de apagar. Igual que la misma suya, creciendo con cada segundo pensando en ellos, en Cucurucho y su rostro en pesadillas.
—¿Entonces? —Le preguntó por fin volteando a mirarla de nuevo.
¿Entonces? Tina no supo muy bien que decir. Claro que no quería que su familia sufriera de nuevo como lo estaban haciendo, pero tampoco quería parar de luchar, no solo por Aldo o todos los que la rodeaban. Era por esos recuerdos enterrados en su mente, aquellos que la hacían llorar por las noches sintiendo que había perdido algo tan importante y esencial. Y sabia que aquella organización se lo había arrebatado sin ningún tipo de piedad.
—Entonces…—respondió lentamente sopesando las palabras —yo no pienso rendirme. Quiero seguir luchando, así que…
Apretó sus puños y levantó la cabeza para mirarlo con determinación —Lucharé, aunque tú no quieras hacerlo. Tatakae, ¿Recuerdas?
Llevo su puño derecho al pecho, exactamente a la altura del corazón. El saludo le trajo memorias a Aldo que ahora parecían borrones en su mente, incluso con los enojos y problemas que habían llegado a tener, y con ello sonrió ligeramente.
—Muy bien —dijo firmemente acercándose a ella. Tina flaqueó un segundo pensando en sacar su espada para defenderse de cualquier ataque que su antiguo general llegara a hacer, pero solo dio pasos hacia atrás hasta llegar a la pared del castillo.
Tragó débilmente y se dijo a sí misma que no quería pelear contra él, no ahora que las cosas eran tan tensas entre ellos. Pero si tenía que hacerlo, si debía defender sus ideales, lo haría. Porque eso fue lo que le enseñó.
—Entonces puedes seguir siendo la generalísima allá en El norte — le murmuró con un tono indescifrable —. Ahora mismo tienes más convicción para avanzar que yo así que…
—¿Qué? No….— Tina negó con su cabeza algo abrumada por el pensamiento —. Yo no puedo, yo no…no quiero ser la generalísima. Estos días han sido tan agotadores y difíciles.
—¿Entonces que piensas hacer? ¿Acaso no dijiste que quieres luchar?
—Si, pero…yo…— bajó la mirada algo cohibida, inhaló y exhaló y jugó con una manga que estaba deshilachada, enredando su dedo entre el hilo —. La milicia es…importante para mí. Pero porque tú estás en ella.
Las palabras hicieron flaquear a Aldo de una manera que no pensó sentir. Quería seguir siendo firme y pensar en que cualquier decisión que tomara, tendría consecuencias. No podía dejarse llevar por sentimentalismo y cualquier aprecio que le tuviera.
Aun así, lo dijo:
—¿Entonces estarías dispuesta a dejar el título? — volvieron a mirarse con la tensión en el aire —. Soy firme con lo que dije, no pienso volver. Así que, si ya no estoy ¿Tú piensas alejarte de eso, y disfrutar la isla?
Esas últimas palabras le recorrieron la espalda en escalofríos. Nunca pensó escuchar esas palabras salir de la boca de Aldo. Nada de eso se sentía correcto, y claramente no estaba de acuerdo con que dejara el puesto. Pero aun así, lo único que pudo responder fue un:
—No lo sé — miró hacia su casa, ahí a metros de distancia suyo —. No lo sé, pero…sí sé que quiero seguir ayudándote, Aldo. Quiero seguir aprendiendo cosas, aprender a pelear mejor, construir cosas, quizás solo escuchar música contigo.
Ella sonrió pensando en todas aquellas tardes y noches en desvela, con la única preocupación de no hacer enojar a su generalísimo más de lo que normalmente hacía. Bromear con quién se había convertido en uno de los mejores amigos que podría tener en su vida, y eso ya era decir mucho.
—Entonces deja el puesto — dijo Aldo en voz baja —. Si quieres que sigamos disfrutando de la Isla como lo hemos estado haciendo, deja todo acerca de pelear e investigar la federación.
Tina miró de nuevo a aquellos ojos que resultaban a veces tan fríos, a veces cálidos, y en ese momento, pudo notar algo de súplica en ellos. Algo que le pedía aceptar su propuesta, el quizás llevar una vida tranquila, quizás ya no serían el generalísimo y su mano derecha, pero seguían siendo familia, al menos ella esperaba eso.
Cómo si los segundos fueran horas, lo pensó y pensó. Se miró a sí misma con el uniforme y solo pudo recordar como tomaban de rehén a Aldo aquel día. “Porque eso hacemos en El norte. Consagramos nuestros corazones a esta familia.” Y entonces sintió algo prender en su cabeza.
—¿Y qué pasa con nuestra familia? — dijo antes de responder cualquier cosa.
—Nada, todo puede seguir siendo normal. Solo hay que vivir en paz — respondió Aldo levantando los hombros —. Solo ya no existirá más la milicia.
Le dolía el pensamiento, pero volvió a reflexionar. Apretó sus labios y miró al horizonte.
“Quizás esta sea una buena oportunidad para investigarlos ¿Sabes?” Le había susurrado en la sala.
—¿Y qué vas a hacer ahora que no…eres el general? — le preguntó algo dudosa. Aldo miró al castillo dando una clara respuesta.
—Seguir construyendo aquí, es bastante grande ¿Sabes? Me tomara un buen tiempo acabarlo — sus labios se abrieron sin saber si continuar, pero terminó por soltarlo —. Tengo muchas habitaciones vacías que necesitan decoración. Y quizás algún inquilino.
A Tina le brillaron los ojos un instante ¿Aún le estaba ofreciendo vivir ahí? ¿Y que lo ayudara a decorar? Se sentía feliz, claramente. Pero esas palabras también conllevaban algo más pesado. Si aceptaba, eso diría que dejaba atrás todo el deseo de luchar.
—¿En serio? — dijo con una sonrisa —. Bueno, ya sabes que se me dificulta decorar, me lleva mucho tiempo ¿Sabes? Aún estoy pensando en cambiar cosas de mi propio cuarto y llevamos meses aquí…incluso en la sala no pude acabar una misera estatua…
—Tenemos tiempo — dijo Aldo caminando hacia las escaleras —. Eso quiero creer.
Tina lo siguió hasta la sala del trono. El lugar tan amplio era intimidante, así como frío y solitario. Quizás un par de luces estarían bien pensaba la chica, una alfombra grande y quizás pinturas alrededor.
Aldo se dirigió al trono y miró hacia aquellos dos asientos. Uno que Coco había tomado, su pequeño amigo que había creado en estos días de soledad. Se preguntó que tan bien él y Tina se llevarían.
Miró al otro y de nuevo, sus pensamientos se dividían pensando que era una mala idea. Que quizás debería alejarla a toda costa, gritarle y decirle que ya no quería nada de ellos, o de ella. Pero algo más iba ganando, sobre todo con aquellas palabras: “La milicia es…importante para mí. Pero porque tú estás en ella”.
Quizás al final del día, él era igual de importante para ella, así como Tina lo era para él ¿Cómo iba a hacer todo solo? No sentía que podría hacerlo.
—¿Entonces, Tina? — le dijo volteando a su dirección —. Dime que harás, con todo esto de la Federación y la milicia. Si aún piensas luchar, puedes hacerlo, pero lo harás sola. Porque yo no ayudaré en eso.
Ella inhaló y sintió sus manos temblar, a lo que las ocultó detrás suyo, quizás para fingir algo de seguridad.
—Quiero seguir ayudando a mi familia — respondió —. Y eso te incluye a ti también ¿Sabes? Así que…
La oscuridad de la noche y el lugar les impedía mirarse mutuamente, pero aun así podían sentir que cualquier cosa cambiaría, en consecuencia de sus palabras.
—Déjame…pensarlo un poco más ¿Si? Puedes descansar y no investigar nada o a nadie. Has peleado bastante por nosotros — le dijo Tina comprensiva —. Aunque no puedes impedir que los demás lo hagan. Después de todo no eres el único que ha sufrido por ellos.
—Hmm, ya veremos — respondió con cierta frialdad.
Tina esperó algo más pero no hubo nada, así que carraspeó y continuó:
—Entonces ¿Puedo venir aquí seguido?
—…Si, puedes — le respondió lentamente —. Pero si veo que haces algo como tus estatuas de la sala te sacaré a patadas.
Ella soltó una risita a lo bajo y aunque Aldo no quisiera, también lo hizo a sus adentros.
—Ok…
Y Tina caminó hacia la salida. Entre el eco del lugar, la voz de Aldo se alzó entre las paredes.
—Tina — ella giró su cabeza una última vez —Bienvenida de vuelta. Creo que no te lo había dicho.
Ella esbozó una sonrisa tan genuina que no pudo evitar sentir las lágrimas en sus ojos, pero las retuvo lo suficiente para que no cayeran.
—¡Gracias Generali-! — se calló con vergüenza —Oh, gracias, Aldo. Yo también estoy muy feliz de que estés de vuelta.
Y se fue casi corriendo para no echar a perder su casi reconciliación. Cuando estuvo seguro de que Tina estaba lejos, Aldo soltó un suspiro mezclado con la risa. Claramente esa chica seguiría siendo la misma, a veces torpe pero tenaz, nerviosa pero valiente cuando llegaba el momento. Y por ello sabía que podía confiar en ella.
Confiar en que le ayudaría en aquel plan secreto contra la federación, que llevaría tiempo, bastante, pero al final su objetivo nunca cambiaría, se lo dijo una y otra vez en aquella celda, pensando en sus seres queridos.
Los destruiría a como diera lugar. Incluso si eso significaba sacrificarse.
