Chapter Text
Había madrugadas como esta en las que Manuel le daba rienda suelta a su cabeza.
Esos momentos eran los que menos le gustaban. Su mente volaba y creaba escenarios que lo llenaban de angustia y lo dejaban levemente temblando, juntando las manos y pidiéndole a quien sea que esté ahí que no permita que se vuelvan realidad.
La tortura de esa madrugada era Lautaro. Más específicamente un Lautaro que nunca volvía de Dubai. Un Lautaro que desaparecía sin dejar rastro, llevándose todos sus sueños con él. Manuel jamás se había considerado una persona religiosa, hace años no pisaba una Iglesia y apenas recordaba las oraciones básicas; pero la desesperación que sintió cuando el chico se fue hizo que caiga de rodillas y rece con todas sus fuerzas que vuelva. Pedía en susurros hasta dormirse poder volver a ver sus ojos miel mirándolo como nunca nadie lo había hecho antes.
A veces Manuel tenía que respirar hondo y recordarse a sí mismo que el chico había vuelto. El mismo que en ese momento abría la puerta de su habitación.
– Gordo ¿Qué pasó? –pregunta Manuel extrañado.
– Tuve una parálisis de sueño y no me puedo volver a dormir– dudó mordiéndose el labio inferior– ¿Puedo dormir con vos?
– Si obvio bebote. Vení– dijo a la vez que abría las sábanas y se hacía a un lado para darle lugar al rubio.
Lautaro no perdió un segundo de más y en lo que duraba un parpadeo ya estaba en el lugar que lo hacía sentir seguro: junto a Manuel.
– ¿Mejor? – pregunta el ojiverde con una pequeña sonrisa.
– Si… mejor. Gracias– dice despacio.
– Ni se te ocurra volver agradecerme por algo asi. Sabes que siempre sos bienvenido gordo– El otro chico no responde pero gracias a la poca luz de la Luna que entraba por la abertura entre las cortinas, pudo ver cómo asintió brevemente.
Permanecieron despiertos un rato más, uno junto al otro, sin hablar. Pero no era incómodo, era tranquilizador. A Manuel le gustaba pensar que se conocían mejor que nadie y que se entendían tan bien, que no era necesario llenar el aire con palabras innecesarias. Con la sola presencia del otro ya bastaba. Con ese pensamiento Manuel volteó ligeramente la cabeza para ver el perfil del chico a su lado, quien tenía los ojos cerrados, pero Manuel conocía tan bien el ritmo de su respiración que sabía a ciencia cierta que no estaba dormido. Casi no había luz pero él no la necesitaba para tallar con sus ojos las facciones que conocía de memoria: piel de porcelana; ojos con forma de avellanas; nariz recta; labios finos y rosados; orejas pequeñas; y cabello dorado, con su tan característico flequillo que acariciaba su frente. Verlo le traía paz y a la vez sentía que tenía la fuerza de mil hombres listos para la batalla.
No sabe cuánto tiempo estuvo perdido en sus pensamientos pero se vio interrumpido por una voz.
– Deja de mirarme y dormite– Moski ya lo estaba mirando desde su lugar.
– No puedo si te tengo a vos al lado bebote– sonríe.
– Me tenes podrido diciendo cosas así– dice molesto el rubio.
– ¿Por qué? ¿Te pongo nervioso?-- no pudo evitar seguir molestando al chico.
– Es cualquiera lo que decis. Me jode y punto.
– Tiene que haber una razón. Decime dale.
– Buenas noches, Manuel– dijo para seguidamente darle la espalda al ojiverde.
Manuel decidió dejarlo ahí. No quería que el chico se vaya de su habitación porque había decidido que Manuel era lo suficientemente molesto como para preferir enfrentarse a otra parálisis de sueño que dormir con él. Por lo tanto, cerró los ojos y esperó a que su respiración se ralentizara.
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Un frió a su lado hizo que Manuel abriera los ojos con cansancio.
Inconscientemente volteó su cabeza para ver cual era la razón y pudo ver que el lugar a su lado estaba vacío. Al principio no le prestó mucha atención, seguramente su amigo había ido al baño. Pero cuando pasaron los minutos y notó que Moski no volvía, una opresión en su pecho comenzaba a tomar lugar. Es una costumbre que surgió a raíz de la huida del chico a medio oriente. Cada vez que lo perdía de vista por mucho tiempo o no sabía exactamente en donde estaba, el recuerdo del rubio diciéndole que se había ido para no volver le pasaba factura. Claramente trataba de disimularlo lo más que podía. El nunca habló con alguien sobre su miedo de que Moski vuelva a irse. No le gusta la idea de que las personas lo miren con lástima e intenten calmar su mente con palabras alentadoras, sabe que sería una pérdida de tiempo y solo lo haría sentir peor. En todo caso prefería guardarlo para sí mismo y debatirlo con su propia cabeza. Que lo juzguen si quieren, no le interesa.
Rápidamente se incorpora en su cama y comienza su búsqueda. Primero se fijó en el baño pero estaba totalmente vacío. Luego se dirige a la habitación del chico. Vacía. En su camino al living escucha un leve quejido, que si no hubiese sido por el silencio de la noche, probablemente hubiese pasado desapercibido. Apura el paso.
Al llegar al living puede ver una figura que conoce muy bien, sentada en el sillón con las luces apagadas y la cabeza entre las manos. Se acerca lentamente para quedar a centímetros de distancia y poder arrodillarse frente al chico. Este se sobresaltó por la sorpresa de una mano ajena apoyada en una de sus rodillas, pero al levantar la cabeza y ver que era Manuel, automáticamente se relaja.
– ¿Qué haces acá gordo? Es tarde– lo mira con preocupación.
– Nada Manu, no me podía dormir y vine acá para no molestarte a vos dando vueltas en la cama– dice con una mueca que simulaba ser una sonrisa.
– Vos sabes que a mi me podes contar todo gordo. Decime ¿Qué te pasa?
– Ya te dije que nada Manu, en serio. Volvé a dormir– aleja su mirada.
– ¿Entonces por qué te encontré quejándote con la cabeza en las manos?
– Porque estoy cansado Manu, solo es eso.
– Se que me mentis Lautaro ¿Por qué no me querés decir? ¿Alguien te hizo algo?
– No Manuel, no rompas– dice el rubio con el ceño fruncido.
– ¿Entonces qué es? – se levanta de su lugar comenzando a molestarse también– ¿Santiago te hizo algo? ¿Balza? – lo mira fijamente– ¿Yo te hice algo? –su voz tiembla un poco sin poder evitarlo.
– ¡No! Nadie me hizo nada ¿okey? ¡Yo soy el único culpable!– tapa sus labios cuando se da cuenta de lo que dijo.
– ¿Qué? ¿A qué te referís con eso?-- pregunta extrañado.
– A nada Manuel. Olvidate– se levanta de su lugar para escapar hacia su habitación. Manuel lo sigue.
– ¡Lautaro!
– Baja la voz que Bauleti duerme– dice mientras se adentra a su habitación.
– Duerme como un tronco, ni se va a enterar. Ahora decime qué te pasa. Dale
– Manuel basta. Estoy cansado– dice mientras lo mira con ojos totalmente agotados.
A Manuel no le gusta la mirada que le brinda su amigo, le recordaba a la mirada nublada que tenía antes de irse. Cuando Moski volvió de Dubai, se prometió a sí mismo en secreto que no iba a permitir que una nueva tormenta cruzara la mirada del rubio. Lo tomó como una tarea personal: hacer feliz a su mejor amigo.
Por eso su primera reacción fue envolver al rubio en sus brazos, formando un abrazo delicado pero firme, como si estuviese sosteniendo al cristal más delicado del mundo entre sus manos. Llevó una de ellas a la cabeza del chico y comenzó a dar caricias suaves, enredando sus dedos entre las hebras doradas, tratando de transmitir paz. Supo que lo estaba logrando cuando el cuerpo entre sus brazos comenzó a relajarse y la respiración que soplaba en su cuello se volvió más tranquila, coordinada con los latidos de su corazón.
– No hagas esas cosas– dijo un Moski que parecía rendido. Pero no se movió de su lugar.
– Hago muchas cosas bebote– dijo intentando alivianar el ambiente.
– Sabes de lo que te hablo. Deja de tratarme como si fuese lo más preciado de tu mundo.
– Sos lo más preciado de mi mundo– afirmó ahora mirándolo a los ojos.
– No podes decir esas cosas y pretender que– se detuvo a sí mismo a mitad de la oración.
– ¿Y pretender que? Habla conmigo Lauti. Por favor– ya no le importaba parecer desesperado. Suplicaría si tenía que hacerlo.
Pudo ver el momento en que su amigo se rendía y dejaba caer a sus pies la armadura de hierro que cargaba como si su peso no le oprimiera el pecho.
– Y pretender que la gente no hable sobre nosotros– completó.
– ¿Lo decis por el shipp? Dejalos que hablen gordo, nosotros sabemos quienes somos.
– No es solo eso… dale Manuel ¿Me vas a decir que no te diste cuenta? Si soy re obvio, todo el mundo se dio cuenta. Hasta hacen edits de eso con canciones de Taylor Swift. – dijo nervioso.
En ese momento la cabeza de Manuel comenzó a trabajar a mil por hora, buscando algo en sus recuerdos que le dé un indicio de lo que podía estar hablando el rubio. Forzó su cerebro hasta que dolió y entonces…
Ah
Ah
Claro que Manuel se había dado cuenta, pero no había dicho nada.
A su mente llega un recuerdo que guardó muy en el fondo y casi que se olvida hasta ese momento. Fue antes de que Moski se vaya a Dubai. Estaba en el living de su departamento viendo la televisión con sus amigos cuando Manuel decidió que quería bajar a comprar un chocolate para merendar y de paso estiraba un poco las piernas. Cuando quiso buscar algún kiosco cercano en el google de su celular, recordó que lo había dejado cargando en su habitación porque se le había apagado. Así que aprovechando que sus amigos estaban distraídos con el partido en la televisión, agarró el celular de Moski– quien no usa contraseñas– y entró a la aplicación. Cuando presiona en la barra de búsqueda inmediatamente le aparecen las busquedas mas recientes y ahi, como si estuviese escrito en letras neon, la busqueda “Como saber si soy bisexual” resaltaba entre las demás. Se congeló por un momento ¿Moski era bisexual?, más importante ¿Moski era bisexual y no se lo habia dicho? Que locura. Sin querer darle más vueltas al asunto, salió de la aplicación y bloqueó el celular dejándolo cuidadosamente en su lugar. Si Moski no le había dicho nada, él lo respetaría y esperaría a que su amigo decida cuándo hablar, él lo apoyaría.
Había pasado tanto tiempo que Manuel se había olvidado casi por completo, pero ahora que lo piensa el comportamiento de Moski tiene sentido. Los nervios, estar distraído, no poder dormir bien, el enojo cuando él le pidió que le cuente. Moski se sentia acorralado. Lo peor era que su secreto ya no era tan secreto si la mayoría de la gente que los miraba pensaba que Moski gustaba de él, asumiendo que su amigo se sentia atraido por las personas de su mismo sexo.
Manuel jamás trataría a su mejor amigo diferente por algo así y la realidad es que jamás le molestó que los shippeen, le parece divertido. Además Manuel siempre dijo abiertamente que él no rechazaba la idea de estar con un hombre si se daba la ocasión y le atraía. Solo prefería no usar etiquetas. Así que Manuel podía entender cómo se sentía su amigo y decidió hacerle ver que no está solo.
– Ah… hablas de eso. Casi me asustás gordo, pensé que era algo grave.-- dijo riendo para sacarle el hierro al asunto.
Moski lo miró como si estuviera loco ¿Tan rara era la naturalidad con la que hablaba?
– ¿Qué? ¿Ya sabías? ¿Como? – Moski retrocedió unos pasos por la sorpresa.
– Si bebé, me di cuenta hace rato. Acordate que te conozco mejor que nadie.
– Y… ¿Te parece bien? – pregunta haciéndose más chiquito en su lugar, como si eso fuera posible.
– Si bebote, no tiene nada de malo. Además yo me siento igual– dijo ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora.
Ahora la cara de Lautaro era un poema. Cejas elevadas, mandíbula casi por el piso, ojos bien abiertos y ¿Mejillas sonrojadas?
– ¿Qué pasó bebote? ¿Tan raro es enterarte que me pasa lo mismo?-- rie incredulo.
– O sea si… ¿No me estás mintiendo? ¿Es real? – sus ojos brillan con incertidumbre y algo más: ilusión.
– Te prometo que si gordo. Jamás podría joder con algo así. – Manuel se acerca para sostener las pequeñas manos del rubio entre las suyas y llevarlas a sus labios para dejar un pequeño beso en ellas– Ahora con eso más que claro ¿Podemos acostarnos a dormir? No son ni las seis todavía.
Moski no dijo nada, simplemente se dejó llevar a la cama y se recostó al lado del ojiverde. Todo en automático, sin caer en lo que estaba pasando.
Manuel, por su lado, se acomodó boca arriba y atrajo al chico hacia su pecho en un gesto protector, llevando una de sus manos a su cintura y acariciando la poca piel expuesta, justo en donde la remera se levanta unos pocos centímetros. Respiraciones acompasadas, relajadas; corazones latiendo como uno solo; piernas enredadas; y cuerpos tan juntos que cualquiera que los viera no sabría dónde empieza uno y donde termina el otro.
El sueño había comenzado a hacer efecto. Manuel sentía como sus párpados se hacían más pesados y su mente parecía anestesiada, justo como pasaba antes de que caiga en un sueño profundo durante largas horas. Pero justo antes de que pueda caer en el mundo de los sueños, Lautaro habló:
– Manu…¿estás despierto? –susurró un poco tímido.
– ¿Mmmm?
– ¿Qué vamos a hacer entonces?
– Lo que vos quieras gordo– Manuel no terminaba de entender la pregunta ¿Hacer con qué?
– ¿Le vamos a decir a la gente?
– En realidad no es algo que le incumba a nadie más que a nosotros, pero si vos querés hacerlo yo te apoyo gordo– dio un bostezo.
– Mmmmm no, tenés razón. Mejor que quede entre nosotros por ahora. Todavía me tengo que acostumbrar a la idea– dice pensativo– Pero sí les podemos decir a los más cercanos. Bauleti se va a caer de culo.
– Probablemente ya sospechaba algo. Igual que Balza– a este punto Manuel ponía todo su esfuerzo en formar oraciones coherentes.
– ¿Vos crees? – lo mira curioso.
– Si gordo, muy probablemente.
– Bueno, espero que se lo tomen bien– muerde su labio inferior.
– Y si no, que se jodan. Se van a tener que acostumbrar.
– Si… me gusta esto– suspira– ¿Eso significa que puedo dormir con vos más seguido?-- pregunta con las mejillas encendidas.
Manuel frunce el ceño. No entiende la pregunta pero claro que no le molesta que Moski duerma con él. –Obvio bebote, siempre podés dormir conmigo si querés.
Moski parece iluminarse. Sonríe abiertamente, todo dientes, ojos grandes y el color carmín salpicando su rostro. Manuel no sabe qué hizo exactamente, pero si está seguro que quiere ser el causante de esa sonrisa más seguido.
– Durmamos gordo, es demasiado temprano– dice mirando la hora es su celular, ya eran más de las seis.
Moski no responde, pero bosteza y cierra los ojos mientras se pega más a Manuel para, seguidamente, caer completamente rendido.
Manuel cree que nunca tuvo una mejor noche de descanso que esa.
