Actions

Work Header

El Tiempo Contigo. (Frieren x Himmel)

Summary:

Después de años sin comprender los sentimientos humanos, Frieren comienza a notar algo que siempre estuvo frente a ella: el amor silencioso y sincero de Himmel. Aunque sea complicado para una elfa, algunas emociones pueden permanecer incluso después del paso del tiempo... y quizá aún no sea tarde para corresponder al hombre que siempre la ha amado.

Chapter Text

En medio del alocado viaje de los héroes que tienen el objetivo de derrotar al Rey Demonio, un día particularmente tranquilo llega.

El cielo brilla en tonos anaranjados sobre las colinas silenciosas. La luz del atardecer cae lentamente sobre el camino de piedra del pueblo, tiñendo de oro el cabello plateado de Frieren mientras ella observa distraídamente unas flores pequeñas que crecen entre las grietas del suelo.

Himmel camina a su lado, siempre atento, aunque quizás demasiado cerca.

Frieren levanta apenas la mirada, curiosa al verlo tan extrañamente serio. Himmel sostiene algo pequeño entre los dedos, ocultándolo con una sonrisa que parece debatirse entre confianza y nerviosismo. Se trata de algo que compró hace un momento en el mercado.

Con un pequeño soplo del viento, Frieren voltea a verlo y nota su actitud.

—¿Qué ocurre? —pregunta ella con tranquilidad—. Te ves más extraño de lo habitual.

Por supuesto, Himmel suelta una pequeña risa herida.

—Gracias, jajaja. Siempre eres tan amable.

Entonces, antes de que ella pueda preguntar algo más, Himmel hace algo inesperado: se arrodilla frente a ella, su capa blanca ondeando al compás de su movimiento.

Frieren parpadea, tomada por sorpresa, aunque su rostro no cambie.

La suave brisa mueve la capa del héroe mientras el reflejo del sol de la tarde ilumina su rostro. Himmel, con una sonrisa suave curvando sus labios, toma con delicadeza la mano izquierda de Frieren y desliza un anillo plateado en uno de sus dedos. Un gesto sencillo, elegante.

La plata refleja el atardecer como agua tranquila, y en el centro descansa una pequeña gema azul que brilla tenuemente bajo la luz dorada.

Frieren observa el anillo en silencio, luego observa a Himmel. Luego otra vez el anillo.

—¿Qué es esto? —pregunta ella, confundida.

—Un regalo —contesta él, su tono gentil al igual que el toque de su mano sobre los dedos de la elfa.

Ella espabila de nuevo, preguntando luego con genuina curiosidad:

—¿Y por qué estás arrodillado para darme un regalo?

Himmel se queda callado unos segundos. Luego sonríe con la picardía de siempre y dice:

—Porque me veo genial haciéndolo. ✨

—Eres exagerado y egocéntrico, Himmel —remata Friere, mirándolo fijamente.

El golpe atraviesa directamente el orgulloso corazón del héroe.

—Frieren... a veces siento que destruyes mis mejores momentos sin siquiera intentarlo.

—¿De verdad?

—Sí, jajaja... De verdad...

Himmel se incorpora, la frente en alto como siempre. Incluso orgulloso de sí mismo.

Ella baja nuevamente la vista hacia el anillo. Lo gira un poco con el pulgar, observando cómo la gema atrapa la luz del atardecer. Es bonito. Genuinamente bonito.

Himmel sonríe al verla tan concentrada y no puede evitar decir:

—Te queda bien.

—Hmm... —murmura Frieren sin mirarlo.

—Eso significa "gracias", ¿verdad? ✨

—No.

—¡Qué cruel!

Frieren ignora el comentario y continúa mirando el anillo unos segundos más antes de empezar a caminar nuevamente. Himmel suspira teatralmente y la sigue, llevando una mano al pecho como un héroe trágico derrotado por la indiferencia de una elfa.

Sin embargo, aquello no dura demasiado. Pues mientras avanzan por el sendero, Frieren mantiene la mirada al frente... y, cada cierto tiempo, sus ojos descienden hacia el anillo.

No entiende por qué. Ha recibido regalos antes. Grimorios, joyas, ropa, objetos mágicos inútiles. Himmel suele regalar cosas constantemente. A aldeanos, niños, ancianos. Incluso una vez le regaló flores a una estatua.

Es simplemente el tipo de persona que hace esas cosas.

Entonces, ¿por qué este regalo se siente diferente? ¿Por qué le parece tan hermoso el brillo de la gema azul brilla bajo el sol?

Frieren frunce apenas el ceño, más intrigada de lo que le gustaría. Así que pronuncia en voz baja, pero sincera:

—Gracias por el regalo, Himmel.

Palabras simples, directas, pero que son más que suficientes para el héroe.

—De nada —responde él con esa sonrisa radiante de siempre.

Cuando llegan al campamento, Eisen está terminando de cortar leña mientras Heiter roba descaradamente trozos de comida de la olla antes de que la cena esté lista.

—Llegan tarde —dice Eisen sin dejar de trabajar.

—Es que Himmel estaba actuando raro otra vez —responde Frieren como si nada.

—¡¿Por qué me traicionas tan rápido?! —exclama el héroe con exagerado dramatismo.

Heiter levanta una ceja, divertido.

—Eso no reduce mucho las posibilidades. Himmel actúa raro todo el tiempo.

—No me ayudas, sacerdote borracho.

Tras unas pequeñas risas, Frieren se sienta junto al fuego mientras Himmel continúa quejándose de la falta de apoyo emocional dentro del grupo. La cena pronto llena el aire con un aroma cálido y agradable, mezclándose con las risas tranquilas de Heiter y las respuestas secas de Eisen.

Todo es normal, familiar. Pero incluso así... los dedos de Frieren rozan distraídamente el anillo en su mano.

Sus ojos se desvían hacia Himmel sin querer. Él está sonriendo mientras discute con Heiter sobre algo absurdo. Su expresión es luminosa, despreocupada. El fuego del campamento danza sobre su cabello azul y sus ojos claros.

Frieren lo observa unos segundos más de lo habitual. Y por alguna razón... algo en su pecho se siente ligeramente inquieto.

No es desagradable, solo extraño e inusual. Como una pequeña gota cayendo en el agua quieta.

Una onda diminuta, pero persistente.

🤍🩵🤍🩵

Los días continúan avanzando igual que siempre.

Montañas, bosques, pueblos pequeños escondidos entre caminos de piedra. Demonios derrotados. Solicitudes absurdas de aldeanos desesperados. Explorar algún calabozo abandonado.

Nada cambia realmente... y aun así, para Frieren, algo se siente diferente.

Al principio apenas lo nota. Son cosas pequeñas, demasiado pequeñas.

Cómo descubrir que Himmel siempre camina ligeramente delante de ella cuando atraviesan lugares peligrosos. O cómo disminuye el paso sin decir nada cuando ella se detiene a observar flores extrañas o tiendas de grimorios.

También está su sonrisa. Esa sonrisa brillante y tranquila que aparece cada vez que Frieren hace literalmente cualquier cosa.

A veces basta con que ella diga con un tono más emocionado:

—Encontré otro hechizo inútil.

Y Himmel responde como si acabara de escuchar la noticia más maravillosa del mundo:

—Eso suena increíble. ¿Qué hechizo es?

La elfa no lo entiende, pero empieza a notarlo.

Empieza a ser consciente de cosas que antes no le habrían importado en lo más mínimo.

Una tarde, después de derrotar a un demonio cerca de una aldea, un grupo de niños rodea emocionado a Himmel. Él ríe mientras les muestra cómo sostener una espada de madera correctamente, exagerando poses heroicas hasta hacerlos reír.

Frieren lo observa desde lejos. La luz del sol cae sobre Himmel como si el mundo entero hubiera decidido cooperar con su dramatismo natural. Incluso cansado y cubierto de polvo, sigue sonriendo de forma sincera. El héroe sigue brillando.

—Lo estás mirando mucho últimamente —murmura Heiter a su lado mientras bebe discretamente alcohol de una botella.

Frieren desvía apenas la mirada, su tono neutral.

—¿De verdad?

—Sí —responde el sacerdote de inmediato—. Es algo nuevo en ti.

—Solo estoy observándolo. No es la gran cosa.

Heiter, sin embargo, comenta con un aire de sabiduría:

—Eso suele hacer la gente cuando le interesa alguien.

—No entiendo a qué te refieres —replica ella con expresión neutral, pero genuinamente confundida.

Heiter solo sonríe detrás de su copa.

—Claro que no. Ese es el punto.

Frieren frunce ligeramente el ceño. Otra vez eso.

Últimamente, Eisen y Heiter parecen decir cosas extrañas relacionadas con Himmel.

Comentarios sueltos o murmullos sobre la "atención" que Frieren le ha estado dedicando a su compañero durante el último tiempo. Comentarios que, por supuesto, no se toman la molestia de explicar debidamente.

Y lo peor es que, por alguna razón, esas palabras permanecen dando vueltas en su cabeza más tiempo del necesario.

Posteriormente, un problema se hace presente en la aventura.

Los cuatro llegan a una pequeña ciudad al anochecer, agotados tras una misión especialmente larga. Himmel insiste en que está bien durante toda la cena, aunque su voz suena más débil de lo normal. Incluso luce un poco más pálido.

Frieren lo nota enseguida: Himmel siempre habla demasiado. Demasiado alto y alegre. Pero ahora sus movimientos son lentos, pesados.

Cuando suben a las habitaciones de la posada, Himmel apenas logra mantenerse de pie antes de tambalearse ligeramente. Heiter lo sostiene del brazo por instinto. Su piel está caliente; una muy mala señal.

—Himmel... ¿Por qué no dijiste nada? —dice el sacerdote, escandalizado.

El susodicho ríe con torpeza, apoyándose en el barandal de la escalera.

—Parece que mi cuerpo decidió rendirse antes que mi espíritu heroico —responde con un tono ligero, despreocupado.

Frieren se acerca despacio, levantando una mano para tocar la frente de su compañero.

—Tienes fiebre —comenta con el mismo tono tranquilo, pero no indiferente.

El héroe intenta volver a sonreír como siempre hace.

—Solo un poco, no te preocupes...

—Pero estás temblando.

—Eso le añade dramatismo, ¿no?

En ese momento, Frieren lo mira fijamente. Himmel intenta mantener su sonrisa habitual, pero esta vez se ve frágil. Extrañamente frágil.

Y eso le disgusta.

Llegando a la habitación compartida, el hombre es recostado en la cama. Heiter termina revisándolo mientras Eisen permanece de brazos cruzados junto a la puerta.

—Pensé que habías dicho que los guapos nunca pescaban un resfriado —comenta el enano con tono burlón.

—Mentí... —admite Himmel, debilitado y algo apenado. Luego levanta la barbilla con su típica arrogancia—. Pero eso no me quita lo guapo. ✨

El sacerdote suspira con una seriedad poco habitual y se aparta un poco.

—No es una fiebre normal.

—¿Qué significa eso? —pregunta Frieren.

—Probablemente inhaló polen de una flor demoníaca en el bosque de ayer —explica Heiter, su tono más preocupado—. La fiebre mágica tarda en aparecer y puede ser mortal.

Al instante, Himmel levanta una mano desde la cama y exclama:

—Buenas noticias. Si sobrevivo, esto aumentará muchísimo mi leyenda.

—Cállate, héroe desquiciado —dice Eisen, casi enojado.

—Qué agresivo...

Pero incluso mientras bromea, su respiración es pesada. Su rostro es muy pálido.

Frieren continúa observándolo en silencio. Nunca había pensado demasiado en la fragilidad humana.

Los humanos simplemente envejecen rápido. Se enferman rápido. Mueren rápido. Es algo natural, distante e inalterable. Pero ahora Himmel está frente a ella, respirando con dificultad bajo la tenue luz de una habitación desconocida... De repente, esa realidad se siente incómodamente cercana.

Heiter se pone de pie con un aire más decidido.

—La cura debería venderse en un monasterio al otro lado de la ciudad, pero nos quedamos sin dinero. Eso significa que Eisen y yo iremos a buscar otra opción.

—No hace falta tanto escándalo —murmura Himmel desde la cama, sin miedo o preocupación—. Mañana estaré perfecto. Ya lo verán.

—Sí, claro —dice Heiter con sarcasmo—. Y yo dejaré el alcohol.

—Los milagros existen, mi querido amigo. ✨

Eisen toma su abrigo y también se encamina a la puerta. Se detiene un momento en el umbral, mirando a Himmel con unos ojos tranquilos, pero preocupados en cierta forma.

—Volveremos pronto. Pórtate bien, héroe tonto.

Tras retirarse, el cuarto queda en silencio. Solo permanece el sonido suave de la lluvia comenzando afuera en la oscuridad de la noche... y la respiración irregular de Himmel.

Frieren sigue de pie junto a la cama y Himmel gira apenas el rostro hacia ella.

Incluso enfermo, intenta mantenerse alegre y positivo.

—No tienes que quedarte, Frieren. Estaré bien... puedes ir con ellos.

Ella observa el brillo débil en sus ojos, el leve temblor en sus manos, el cansancio que claramente intenta ocultar. Y no entiende por qué verlo así le provoca una sensación tan pesada en el pecho.

Es desagradable, inquietante. Como si algo estuviera fuera de lugar.

—Me quedaré —dice finalmente con el mismo tono sereno de siempre.

Himmel parece un poco sorprendido. Luego sonríe con una suavidad distinta, más pequeña y real.

—Entonces supongo que sobreviviré esta noche. Sería vergonzoso morir mientras tú me estás cuidando.

Frieren ignora el comentario y se sienta en la silla junto a la cama.

Mientras Himmel termina quedándose dormido poco a poco, Frieren baja la mirada hacia el anillo plateado en su mano. Lo ha estado usando a diario, porque es un regalo que le gusta mucho.

La gema azul brilla tenuemente bajo la luz de la habitación. Sus dedos la rozan distraídamente.

Luego sus ojos regresan hacia él y de pronto, por primera vez en toda su existencia, Frieren desea silenciosamente que el tiempo avance más despacio.

Un recuerdo inesperado llega a su mente. Una ocasión en la que, después de salvar una aldea de unos demonios, convivieron un poco más con los habitantes. Entre ellos había un niño muy enfermo que no podía salvarse con ningún tipo de magia.

En sus últimos momentos, el grupo hizo todo lo posible por hacerlo feliz. Le regalaron flores, le contaron historias de sus aventuras y lo hicieron reír con anécdotas absurdas protagonizadas por Himmel y Heiter.

Frieren todavía recuerda la sonrisa débil del niño aquella noche. Y también recuerda a Himmel.

Él estaba sentado junto a la cama, sosteniendo la pequeña mano del niño entre las suyas hasta el último instante. Sin apartarse o dejarlo solo.

En ese momento, Frieren no entendió por qué Himmel era tan excesivamente amable y atento. Ahora... quizá empieza a comprenderlo un poco.

La lluvia continúa golpeando suavemente las ventanas de la posada mientras ella observa a Himmel dormir bajo la tenue luz de la habitación. Su respiración sigue siendo pesada. Su mano descansa fuera de las mantas, ligeramente temblorosa por la fiebre.

Frieren duda apenas unos segundos. Luego extiende la mano lentamente. Sus dedos rozan primero la piel cálida de Himmel. Después, con una suavidad casi torpe, entrelaza sus dedos con los de él.

La mano del héroe está ardiendo, pero aun así... Himmel responde al contacto casi de inmediato. Sus dedos se mueven débilmente alrededor de los de ella, como si incluso dormido pudiera reconocerla.

Y entonces abre los ojos.

—¿Frieren...?

Su voz sale ronca por el cansancio. Al notar sus manos unidas, el héroe se sobresalta apenas.

—¿Eh? ¿Por qué haces esto, Frieren?

Su corazón empieza a latir demasiado rápido. Puede sentirlo incluso en medio del agotamiento y la fiebre.

Frieren observa en silencio la reacción de Himmel: el leve rubor que aparece en sus mejillas, su expresión confundida, la forma en que intenta mantenerse tranquilo mientras claramente está entrando en pánico por dentro.

Y, para sorpresa de ambos, una pequeña sonrisa aparece en el rostro de la elfa. Un gesto suave, minúsculo, pero real.

—Porque pensé que esto te haría sentir mejor —responde ella con calma—. Igual que hiciste con ese niño enfermo en la aldea Hage. ¿Lo recuerdas?

Himmel se queda inmóvil, sus ojos se abren apenas más. No parece sorprendido únicamente por el gesto... sino porque Frieren haya recordado ese detalle.

Entre todas las cosas que ella podría conservar en su memoria eterna, recordó eso. A él sosteniendo la mano de un niño desafortunado.

El héroe baja lentamente la mirada hacia sus dedos entrelazados y no puede evitar sonreír. Esta vez no es la sonrisa brillante y exagerada que suele mostrar al mundo. Es algo más frágil, íntimo y sincero.

—Claro que lo recuerdo —murmura con ese tono suave.

Frieren inclina un poco la cabeza, añadiendo con curiosidad y nostalgia:

—Aprendí que los humanos hacen mucho eso cuando alguien está enfermo. Mi maestra Flamme hizo lo mismo conmigo cuando tuve un resfriado.

—Sí. Es un gesto simple que tenemos para mostrar apoyo y compañía...

—Sigue pareciéndome extraño.

Himmel deja escapar una pequeña risa cansada. Luego la observa con ternura.

—Jajajaja... Y aun así lo estás haciendo.

Frieren guarda silencio, porque no sabe responder a eso. No sabe explicar por qué verlo sufrir le resulta tan incómodo.

No sabe explicar por qué desea quedarse a su lado. No sabe explicar por qué su pecho se siente extrañamente tranquilo ahora que Himmel le aprieta la mano de vuelta con tanta delicadeza.

El héroe la observa unos segundos más, como si quisiera grabar aquel momento dentro de su alma.

Luego, con la voz adormecida por el sueño y la fiebre, murmura de todo corazón:

—Gracias, Frieren.

Con escucharlo, algo cálido atraviesa el pecho de la elfa. Pequeño, silencioso, pero imposible de ignorar.

Y mientras la lluvia sigue cayendo afuera, Frieren permanece allí junto a él, sin soltar su mano ni una sola vez. Definitivamente, algo ha cambiado dentro de ella.

(Continúa en la siguiente parte... 💖).