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The burden of being alive

Summary:

Sakura solo conoce una forma de vida: sobrevivir.

En el castillo del patriarca, un tirano obsesionado con la hibridación de razas y sus hijos solo tienen la certeza de que, si no matan, serán eliminados. Sakura es un híbrido de ángel e íncubo, algo que se creía imposible. Su creador lo considera su obra maestra. Y Sakura ha pasado años demostrando que merece seguir vivo, una prueba tras otra, un hermano tras otro.

Pero cuando muere y regresa con fragmentos de un futuro que nadie más recuerda, empieza a atraer la atención de quienes no deberían mirarlo.

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Sakura knows only one way of life: survival.

In the patriarch’s castle—a tyrant obsessed with interbreeding—his children know only one certainty: if they don’t kill, they will be killed. Sakura is a hybrid of angel and incubus, something once thought impossible. His creator considers him his masterpiece. And Sakura has spent years proving he deserves to live, one test after another, one brother after another.

But when he dies and returns with fragments of a future no one else remembers, he begins to attract the attention of those who shouldn’t be watching him.

Chapter 1: Español

Notes:

Por el momento dejaré el capítulo tanto en ESPAÑOL (Capítulo 1) como en INGLÉS (Capítulo 2); por favor, diríjanse al capítulo que les sea más fácil de leer.

For now, I’ll leave the chapter in both SPANISH (Chapter 1) and ENGLISH (Chapter 2); please choose the version that’s easiest for you to read.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

El aire olía a veneno.

No como algo metafórico, ni como una advertencia poética: era veneno, puro y literal, filtrándose desde las grietas de las paredes de piedra. Cada bocanada quemaba la garganta, raspaba los pulmones con uñas invisibles y dejaba un regusto metálico que se mezclaba con el sabor constante de la sangre en su lengua.

Sakura se arrastraba por el pasadizo de piedra como una sombra malherida, la respiración contenida hasta que el pecho le ardía con cada latido. Exhalaba en fragmentos medidos, apenas un hilo de aire entre los dientes apretados. Cada paso era milimetrado: talón primero, luego la planta, luego el peso, probando la piedra antes de confiarse a ella. Un solo temblor en el suelo, una chispa errante de energía mágica escapándose de sus heridas… y moriría.

El suelo estaba cubierto de trampas. Centenares. Algunas eran simples: placas de presión que activaban cuchillas ocultas en los muros, sus bordes aún brillantes con restos de veneno seco. Otras eran más crueles: complejos encantamientos explosivos grabados en runas tan pequeñas que parecían arañazos, programados para estallar ante la más leve variación en la temperatura o el aura de quien pasara sobre ellas.

Sakura había visto lo que les hacían.

Si tenían suerte, solo quedaban los dientes.

Una runa se encendió bajo su pie.

"¡Tch!" El salto fue instintivo, pero no lo suficiente.

El círculo rúnico explotó a centímetros de su rostro, y la onda expansiva lo lanzó hacia un costado como si fuera un trapo. Rodó sobre el suelo, sintiendo el calor abrasador arrancarle la piel de la pierna izquierda en tiras finas, como papel quemándose. El olor a carne chamuscada se mezcló con el veneno del aire, y por un segundo, todo fue blanco.

Dolía.

Pero él ya no lloraba por eso.

Se incorporó con los brazos temblando, apoyando el peso sobre la pierna buena. La otra colgaba inútil, la carne viva ardiendo bajo los harapos de su pantalón. Cojeó. No se detuvo.

La penumbra se curvó a su alrededor como una criatura hambrienta. Y en ella, alguien se movía. Pesado. Armado. El roce de garras contra la piedra, una respiración húmeda y entrecortada, el olor a bestia y a hierro viejo. Lo reconoció incluso antes de que emergiera entre las sombras: su medio hermano. Uno de los mayores. Una amalgama de bestia y banshee, con garras de obsidiana que reflejaban la escasa luz como espejos rotos, y una voz que, cuando se ejercía, hacía sangrar los oídos desde dentro.

La daga apareció como si siempre hubiera estado allí: un reflejo de acero atado a su antebrazo con vendas manchadas de veneno, la empuñadura gastada por el uso, moldeada a los dedos. 

El chico rugió. Un sonido primario, brutal, que reverberó en el pasadizo estrecho y golpeó a Sakura en el pecho como un puño cerrado. Luego se lanzó hacia él, sin dudar, sin pensar, con la certeza de quien nunca ha encontrado una presa que lo detuviera.

Sakura no retrocedió. La pierna izquierda le ardía, la carne chamuscada protestando con cada milímetro de movimiento. En lugar de huir, se agachó. Las garras de obsidiana pasaron silbando sobre su cabeza, tan cerca que sintió el viento frío que dejaban a su paso.

No era más rápido porque quisiera. Era más rápido porque, si no, moría.

Giró sobre su pie bueno y clavó la daga en el brazo extendido del otro. La hoja encontró carne, sí, pero también encontró músculo duro, denso, como si estuviera apuñalando un tronco en lugar de un cuerpo. El hombre ni siquiera gritó. Solo rugió de nuevo, y el sonido lo golpeó con una fuerza que le nubló la visión por un segundo.

El brazo herido se movió igual. Las garras barrieron el aire otra vez, y esta vez Sakura no pudo esquivarlas del todo. El filo de obsidiana le arrancó la tela del hombro y la piel debajo, tres surcos paralelos que ardieron como fuego.

Sakura rodó hacia atrás, cayendo de rodillas. La sangre le bajaba por el brazo, caliente, mezclándose con el sudor y el veneno. Miró a su hermano. No sangraba tanto como debería. La daga seguía clavada en su brazo, y él ni siquiera había intentado sacarla.

Es más duro de lo que parece”, pensó Sakura. 

El otro se lanzó otra vez.

Esta vez Sakura no esquivó. No podía. La pierna le falló en el último momento, y en lugar de moverse hacia un lado, su cuerpo se fue hacia abajo, hacia el suelo. Cayó de espaldas, el impacto robándole el aire de los pulmones, y encima de él el peso inmenso del hombre, las garras buscando su garganta, su pecho, sus ojos.

Sakura las atrapó con ambas manos.

Los antebrazos le temblaron. La fuerza del otro era brutal, y las puntas de obsidiana bajaban lentamente hacia su cara, milímetro a milímetro. Sakura sentía cómo sus propios huesos crujían bajo la presión. La daga seguía clavada en el brazo del otro, fuera de su alcance.

No puedo”, pensó. “No puedo, no puedo, no puedo.

Pero no soltó.

Las puntas de las garras rozaron su mejilla. Un hilo de sangre bajó hasta su oreja.

Y entonces Sakura hizo lo único que se le ocurrió.

Metió la rodilla buena en el estómago del otro. No fue un golpe limpio, no había espacio para eso, pero fue suficiente para desestabilizarlo. El peso encima de él se desplazó apenas, y ese apenas fue todo lo que Sakura necesitaba.

Soltó una mano. Buscó la daga y la encontró.

La arrancó del brazo del hombre-bestia con un movimiento que le raspó los nudillos contra el hueso del otro, y antes de que el rugido de dolor pudiera formarse, la volvió a clavar. 

Esta vez en el cuello.

La hoja entró más fácil. La piel allí era más fina, la carne más blanda y entonces empujó, empujó hasta que la empuñadura chocó contra la piel.

El hombre se quedó quieto.

Las garras, que habían estado a centímetros de sus ojos, se detuvieron. Un temblor recorrió el cuerpo enorme que lo aplastaba. Luego, el peso se volvió más pesado, y Sakura apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que el torso inerte cayera sobre él.

Su respiración era entrecortada. Empujó y el cuerpo no se movió. Lo empujó otra vez, con más fuerza, y esta vez logró liberar un brazo. Luego el otro. Luego arrastró su pierna buena por el suelo, raspando las piedras con las uñas, hasta que su torso quedó libre.

Se quedó allí, sentado, jadeando. El hombro le ardía. La pierna izquierda era un solo latido de dolor. La mejilla le escocía por el roce de las garras.

Miró el cuerpo de su hermano y parpadeó. No lloró. No tembló. Pero sentía las manos frías, los dedos entumecidos alrededor de la daga que seguía apretando sin querer.

No recordaba cuándo había dejado de verlo como una persona. 

Solo recordaba que fue él… o él.

Uno. Dos. Tres latidos.

Su pecho se sentía hueco, como si algo se hubiera desprendido allí dentro y hubiera caído en un pozo sin fondo.

Entonces, con un chasquido seco que cortó el silencio como un látigo, la puerta de piedra al final del pasadizo se abrió. El aire que entró era diferente: más frío, cargado con el olor a incienso. 

"El amo quiere verle."

La voz del sirviente llegó desde más allá del umbral. Fría. Mecánica. Como si la sangre que empapaba la ropa de Sakura fuera invisible. Como si el cuerpo tendido en el suelo no existiera.

Sakura se puso de pie.

La pierna le tembló, pero se sostuvo. La daga seguía en su mano. La miró un segundo, la sangre goteando del filo, y luego la limpió en su propio pantalón sin pensarlo.

No dijo nada. Solo caminó.

El eco de sus pasos era lo único que lo acompañaba: un golpe seco, otro, otro, alejándose del cuerpo que quedaba atrás. 

 


 

Subió aquellos temidos escalones de piedra con la calma fingida que el patriarca exigía. La pierna izquierda apenas respondía: cada paso era un equilibrio entre el impulso de la buena y el arrastre de la mala, la carne chamuscada protestando bajo los harapos del pantalón. Sangraba. No mucho, pero lo suficiente para dejar un rastro oscuro en cada huella, un goteo que los sirvientes limpiarían antes de que amaneciera. 

No se detuvo.

El dolor era solo una costumbre, una presencia más en su cuerpo, como los músculos o los huesos. Si aprendías a ignorarlo, dejaba de doler. 

Los sirvientes se quedaron atrás, en la penumbra del pasadizo. Nadie lo ayudó a subir. Nadie le ofreció una mano. Él no lo habría aceptado de todas formas.

Atravesó el arco tallado hecho de alas rotas, huesos y colmillos aún manchados de historia, y entró al salón del juicio. El aire allí sabía a poder y crueldad.

Las paredes estaban cubiertas de vitrinas de cristal, cada una iluminada desde dentro con una luz tenue que hacía brillar los objetos como joyas. Trofeos recolectados por su "padre" a lo largo de décadas: dientes de tritón aún con tejido adherido en las raíces, cuernos de dragones bebé conservados en su tamaño original y extremidades flotando en líquido dorado que burbujeaba lentamente. 

En el centro del salón, un trono tallado en piedra negra se alzaba sobre una plataforma de tres escalones. El hombre que lo ocupaba no se movió al verlo entrar.

Su creador.

Sus ojos brillaban con aburrida atención desde lo alto, siguiendo cada uno de los movimientos de Sakura con la misma curiosidad con que se observa a un insecto. Vestía de negro, de pies a cabeza, y su piel era demasiado tersa para la edad que debía tener. Una máscara colgaba de su cuello, sus cuencas vacías mirando hacia algún punto del techo.

A su izquierda, una mesa baja sostenía un cuenco de sangre tibia. A su derecha, una hoja de evaluación flotaba sobre un atril invisible, su superficie cubierta de escritura que avanzaba sola, la pluma moviéndose sin mano que la guiara.

"Te demoraste", dijo finalmente. Su voz era suave, casi cortés, como si estuviera corrigiendo a un hijo que llegó tarde a la cena.

No respondió. Mantuvo la mirada baja, fija en las vetas de la piedra negra bajo sus pies, como le habían enseñado. Como hacía siempre que su cuerpo temblaba y nadie debía notarlo. Las manos, aún manchadas de sangre, descansaban inmóviles a los costados. 

El patriarca no se movió en su trono. 

"¿Dolió?", preguntó desde lo alto. 

Sakura sintió cómo se le tensaba la mandíbula. 

El patriarca sonrió. Fue una mueca seca, sin dientes. Sin alma. 

"Deberías agradecerme, ¿sabes?" Continuó como si Sakura hubiera respondido algo. "Tu existencia… es mi obra más grande."

Sakura no levantó la vista. Pero sus dedos se cerraron sobre las palmas de las manos, las uñas clavándose en la piel con una presión que no era suficiente para sangrar, pero sí para sentirse.

"Te puse un contrincante desechable." El patriarca se recostó en el trono, apoyando un codo en el brazo de piedra con un desdén que rozaba el insulto. "Los hombres-bestia son fáciles de reproducir con otras razas. Ruidosos, útiles para algunas tareas…" Hizo una pausa, y su mirada se desvió hacia su propia mano, examinando una uña quebrada con más interés del que había dedicado a la ejecución que acababa de presenciar. "…pero prescindibles."

Sakura tragó saliva. No por miedo. Por náuseas. 

"Tu muerte, en cambio, habría sido una pérdida."

El patriarca pronunció esas palabras como quien concede un favor. Como si la supervivencia de Sakura fuera un regalo, no el resultado de su propia desesperación. 

"A partir de hoy puedes elegir una habitación fuera del ala de los no reconocidos." El tono del patriarca era casi generoso, como si le hiciera un favor, como si esa migaja de dignidad fuera un palacio. "Has demostrado que tu sangre sirve para algo."

Sakura asintió. Una sola vez. La barbilla bajó y subió en un movimiento tan contenido que apenas se notó. 

"Ah, y 41…" El patriarca saboreó el número como si fuera un título de gloria, dejándolo reposar en el aire un instante antes de continuar. "…no limpies la sangre de tu ropa. Quiero que todos vean tu obra."

Sakura sintió la orden clavarse en lo más hondo. La ropa que llevaba puesta, los harapos manchados de rojo oscuro, debía conservarlos así. Como un uniforme. Como una medalla. 

El patriarca lo liberó con un gesto de la mano, un movimiento perezoso de dedos que ya estaban pensando en otra cosa. No hubo palabras de reconocimiento. Solo una sentencia disfrazada de ascenso.

Sakura se giró. Caminó hacia la salida sin esperar permiso. Cada paso era un recordatorio de su cuerpo maltratado. 

Dos sirvientes lo esperaban fuera. Uno llevaba una bandeja con suministros médicos; el otro, un libro grueso encuadernado en cuero vivo. Lo escoltaron en silencio por corredores que nunca había recorrido. Las piedras aquí no estaban manchadas de sangre. Las antorchas ardían con llama estable, no con el parpadeo enfermizo de las mazmorras.

Sakura caminaba entre ellos sin mirarlos. 

Se detuvieron al pie de una puerta tallada en marfil. Cada barandal era una figura enroscada, una serpiente o un dragón, que parecía observarlo con ojos de piedra.

"Ha sido reconocido", dijo el sirviente de voz neutra, el del libro palpitante. "Debemos registrarle. ¿Ya hay un nombre que desee?"

Sakura no respondió de inmediato. La pregunta se enredó en su pecho como una espina. Por años, nadie lo había llamado por su nombre. Había olvidado cómo sonaba en voz alta, cómo se sentía en la lengua, si era áspero o suave, si al pronunciarlo se abría la boca o se cerraba.

Cerró los ojos y abrió la boca.

"—Sakura Haruka."

Las palabras salieron con lentitud, como si al pronunciarlas pudiera perderlas de nuevo. 

El sirviente asintió. Una pluma mojada en tinta roja trazando las letras en el libro con una caligrafía pulcra. Una mancha de identidad sobre un mar de nombres ya olvidados.

Cuando terminó, cerró el libro. 

"Ahora", dijo el otro sirviente, el de la bandeja.

Sakura lo miró, confundido. El sirviente dejó la bandeja flotando y, sin pedir permiso, comenzó a desabrochar la camisa de Sakura. La tela, pegajosa por la sangre seca y el sudor, se separó de la piel con un roce áspero. El aire frío del corredor golpeó su torso desnudo, y Sakura sintió cómo se le erizaba el vello de los brazos.

El sirviente dio la vuelta y se colocó a su espalda.

Allí, en la piel que casi nunca veía, estaban las marcas. Tatuajes, trazados sobre sus omóplatos y la base de la columna. El sirviente presionó las yemas de sus dedos sobre el centro del dibujo más grande, justo entre los omóplatos. Sakura sintió un calor extraño, no el de la fiebre ni el de la vergüenza. Era un calor que venía de dentro, como si la tinta estuviera ardiendo bajo su piel.

Las marcas comenzaron a romperse. Las líneas negras palidecieron y se desdibujaron. Sakura las sentía deshacerse una a una, y con cada fractura, algo en su espalda se despertaba. Primero fue un cosquilleo. Luego un hormigueo. Luego una presión creciente, como si la piel fuera a rasgarse desde dentro.

Sus alas.

Sakura no las había desplegado en años. No podía. Las ataduras lo impedían, manteniéndolas plegadas contra su espalda, dormidas, inútiles. Pero ahora, sintió cómo los músculos olvidados se estiraban, cómo las plumas se erizaban, cómo el aire golpeaba por primera vez una superficie que no recordaba.

Las alas se abrieron.

No fue un movimiento voluntario. Fue un espasmo, un estirón, un grito mudo de algo que había estado enjaulado demasiado tiempo. La blanca se desplegó como un abanico, inmaculada a pesar de los años, las plumas brillando con un tenue resplandor que no provenía de ninguna luz de la habitación. La negra la siguió, más lenta, más rígida, con el borde desgarrado de una vieja herida que nunca había sanado del todo porque nunca había tenido espacio para hacerlo.

Sakura se quedó inmóvil, sintiendo el peso de sus alas por primera vez en años. Pesaban más de lo que recordaba. O quizás era él quien era más débil.

Luego, su cola se enroscó inmediatamente alrededor de su propia pierna en un gesto automático, defensivo, que no supo controlar.

Sakura respiró hondo. 

Los sirvientes se apartaron sin decir nada. 

Sus dedos temblaban cuando tocaron el pomo. La puerta se abrió con un clic suave, casi amable.

Nada como el ruido de las mazmorras.

La habitación olía a incienso caro, una fragancia dulzona y compleja que se pegaba al paladar. Las cortinas eran de terciopelo rojo, tan gruesas que apenas dejaban pasar la luz. Las paredes estaban decoradas con tapices bordados a mano que representaban escenas de caza, criaturas fantásticas siendo derribadas por figuras con rostros de máscara. Un espejo de cuerpo entero colgaba en la pared opuesta, enmarcado en oro tan pulido que reflejaba cada detalle con crueldad.

Sobre la cama de cuatro columnas, una colcha de seda blanca se desplegaba con pliegues perfectos, como un altar.

Sakura no se movió. El mármol frío del suelo se filtraba a través de las suelas rotas de sus botas. La sangre aún bajaba por su pierna, formando un pequeño charco bajo su pie. Sus alas, recién liberadas, colgaban a los lados con una laxitud que no sabía si era descanso o agotamiento.

En un rincón, un armario abierto revelaba ropas bordadas con hilo de plata, dobladas con una precisión que dolía. En otro, una bandeja con frutas frescas y dulces, sus colores brillando bajo la tenue luz de las velas. Todo dispuesto con cuidado. Todo perfecto.

Luego, con un esfuerzo que le costó más de lo que quería admitir, se sentó en el suelo. Las alas se desplegaron a los lados, ocupando espacio que no estaba acostumbrado a ocupar. La cola se desenroscó de su pierna y se quedó quieta, moviéndose apenas con un vaivén lento. Sakura las miró como si las viera por primera vez.

Y en cierto modo, así era.

Notes:

Sentía que era muy bueno para dejarlo olvidado, pero no tengo algo fijo para la historia; si veo que genera interés y quieren dar ideas para la historia, ¡lo apreciaría mucho!

Espero que haya sido de su agrado y, si no, por favor, no insulten; las críticas constructivas son bien recibidas.

Su autora les desea un lindo día. ❤️