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Un reino a la inversa

Summary:

Luigi, un príncipe que fue criado para liderar un reino que se rige por normas y principios éticos, a su vez, un rey tirano con “planes malévolos”, están destinados a enfrentarse una y otra vez. Pero los malentendidos que los unen podrían ser muy riesgosos entre los dos reinos.

¿Podrán ambos superar las adversidades y no enamorarse en el proceso?

(Redactado con ayuda de la IA)

Chapter 1: Acechado

Chapter Text

La orden atravesó la noche como un cuchillo.

—¡Atrápenlo! ¡No dejen que escape!

El soldado gritó con tanta fuerza que sus cuerdas vocales estuvieron a punto de reventar. El sonido rebotó contra las paredes de piedra y salió disparado por las calles vacías, persiguiendo a Luigi como un sabueso invisible.

Luigi huía.

Su brazo derecho le colgaba del hombro como un objeto ajeno, meciéndose al ritmo desbocado de sus pasos. No sentía los dedos. No sentía el codo. Solo una pulsación sorda y caliente que le subía hasta la mandíbula. Como si alguien le hubiera inyectado fuego directamente en el hueso.

Pero no podía parar.

Detrás de él, las antorchas de los soldados Koopa teñían las fachadas de naranja. Eran al menos seis. Quizás más. Había perdido la cuenta tres calles atrás, cuando una lanza le pasó rozando la oreja y casi lo ensarta contra una carreta cargada de mineral de las minas.

La mente empezó a fallarle.

No fue un apagón repentino. Fue un lento desconectarse de la realidad. Como cuando te quedas dormido a medias y todavía oyes la televisión de fondo, pero ya no entiendes lo que dicen. La neblina le entró por los ojos y se le instaló detrás de la frente.

Su cuerpo se convirtió en un manojo de nervios. Todo era impulso. Todo era instinto.

Intentó parpadear para aclararse la vista. Las pestañas le pesaban como persianas oxidadas. Lo único que consiguió fue que el mundo se le llenara de puntitos negros que danzaban frente a él como moscas.

El tiempo se volvió espeso. Cada segundo le costaba una eternidad.

Y entonces, justo cuando sus piernas empezaban a ceder, las pisadas lo trajeron de vuelta.

Tan, tan, tan.

Botas contra el empedrado. Rítmicas. Militares. Cada vez más cerca.

—¡Encuéntrenlo! ¡No volveremos sin capturar a ese engreído príncipe!

La voz tenía historia. No era el grito impersonal de un soldado cualquiera. Era un bramido cargado de algo antiguo, una rabia que había sobrevivido a muchas lunas y que ahora se clavaba en la nuca de Luigi como un dardo. Resentimiento puro. De ese que fermenta en los cuarteles durante meses y solo encuentra salida en forma de órdenes a gritos.

Luigi dobló la esquina y se metió en un callejón.

La luz de las antorchas se apagó a su espalda. La oscuridad lo envolvió de golpe, húmeda y fría como un sótano. Olía a humedad y a orina. Las paredes estaban cubiertas de hollín resbaladizo.

Su respiración era un desastre. El aire le entraba a bocanadas cortas, como si sus pulmones se hubieran encogido de repente. La garganta le ardía. Sentía que alguien le estaba pasando una lija por dentro cada vez que intentaba tragar.

El mundo se había reducido a una pizarra borrosa. Ya no distinguía las calles. Ya no sabía hacia dónde corría. Solo huía.

Apoyó la mano buena contra la pared más cercana y dejó que las yemas de los dedos le guiaran por el pasillo de piedra. Iba dejando un rastro de sangre en los ladrillos sin darse cuenta. Un reguero oscuro que goteaba desde la manga rota hasta el suelo.

No llegó muy lejos.

Las rodillas le fallaron sin avisar. Fue un colapso torpe, sin dignidad. Como cuando un estibador suelta un saco de papas al final de un turno de doce horas. Así cayó Luigi. Pesado. Inerte. Sin cuidado.

La espalda contra el suelo frío. El pecho subiendo y bajando a un ritmo que no era humano.

Y entonces el dolor habló.

Ya no era un zumbido de fondo ni una pulsación manejable. Era un trueno que le recorría el brazo desde la muñeca hasta el hombro y luego se ramificaba hacia el pecho, hacia el cuello, hacia detrás de los ojos. Un latigazo constante que no le daba tregua.

Luigi apretó los dientes hasta que sintió que se le astillaban. El sabor metálico de la sangre le llenó la boca. No sabía si era de los labios partidos o de las encías. Daba igual.

Cerró los ojos.

Y la idea apareció.

No fue una ocurrencia cualquiera. Fue un pensamiento afilado, quirúrgico, que se le clavó justo entre las cejas con la precisión de un bisturí.

¿Y si cortaba el problema de raíz?

No era valentía. No era locura. Era una pregunta fría, calculada, que llevaba un rato flotando en los márgenes de su conciencia y que ahora se plantaba delante de él con los brazos cruzados, exigiéndole una respuesta.

El dolor volvió a atacar. Esta vez más fuerte. Como si el vidrio molido que le corría por las venas hubiera decidido multiplicarse.

Luigi abrió los ojos.

Sobre el callejón, el cielo era una franja estrecha de un violeta enfermizo. No había estrellas. Solo el resplandor lejano de las antorchas que seguían buscándolo tres calles más abajo.