Chapter Text
"Solución Temporal"
No hay escenas explícitas por completo, pero igual tomar sus precauciones.
Cuántas posibilidades había de que cuando por fin decidiste hacer las cosas bien ─que significa solo después de pasar por cuatro años de alcohol, drogas, sexo rudo sin restriccion de género «no pregunten», que en contadas ocasiones ni siquiera disfrutaba; unas cuantas noches en una celda por delitos menores y la cereza del pastel: la clara amenaza de internarlo rehabilitación, eso o el hospital mental.
Y Johnny no iba a averiguar si su padrastro podia lograr que terminara ahí, aunque está 99,1% seguro de que no está loco. Pero claro, ese no es el punto, qué porcentaje había de que aún después de ese tiempo de haberse graduado, que con un poco de presión decidiera ir a la Universidad y se encontrara a su rival de la secundaria, de entre todos, por Dios, contra todo pronóstico.
No sólo eso, sino que el muy hijo de puta había hecho cambio de carrera a nada más y nada menos que a la misma de Johnny, por lo que serían compañeros.
La cosa había ido más o menos así, recuerda haber llegado demasiado temprano ese día para su gusto, con nada más que un pan tostado rancio y un vaso de café oscuro y sin azúcar, la que se estaba obligando a ser su nuevo vicio desde que había dejado todo lo demás y ahora estuviera librando una batalla que y tenía pérdida contra la abstinencia, porque el café no le gustaba antes y tampoco lo hace ahora, que mierda más asquerosa.
Pero bueno, estaba sentado en unas columnas de sillas frente al podio donde unos insufribles profesores daban la bienvenida y pura mierda más que no se molesto en escuchar. Está mirando a su alrededor, escaneando rostros, atuendos, o cualquier otra cosa que lo hagan olvidar que está más mojado de sudor que el taparrabos de un luchador de sumo; o que está temblando más que Chihuahua en reposo; o que a solo dos asientos hay un imbécil fumando, tan cerca que solo tenía que flexionarse un poco y podría arrebatarle el objeto para darle una buena calada.
Eso hasta que lo vió, a unas filas de distancia y en diagonal. Sabe, que debería avergonzarse de lo rápido, de lo fácil que fue reconocerlo cuando estaba casi de espaldas a él.
Habían pasado años de no haberlo visto, así como Johnny cambio en ciertas cosas, LaRusso también, eran mínimas, pues seguía teniendo cara de bebé patético, pero era diferente igual, la adultez se iba asentando en ellos, y en definitiva se notaba.
De entre todas las personas con las que estudió, tenía que ser el que menos quería ver, Daniel LaRusso, y seguía igual de nerd, con una mano en la boca, el pulgar entre sus dientes, mientras mordía sus uñas «Buagh, que asco». Como si su mirada pesara, justo en ese momento volteó, y sus ojos cayeron de inmediato en él ¡de entre cientos de personas! Tenía que ser mala suerte, Johnny sabía que no tenía que pasar debajo de esa escalera aquella vez a sus 14 años cuando estaba en una de sus escapadas con Tommy, que no le daría mala suerte había dicho el muy cabrón, si bueno, que explique esto.
No sabe si debió aliviarse o asustarse de que lo que se encontró en la expresión de LaRusso no fue rencor, sorpresa seguro, incluso él la tenía, hubo un reconocimiento inmediato, como la vez que fue al dojo sin saber que se lo encontraría. Ahora bien, no sabría que haber pensado de la escaneada que le dio, y mucho menos que en esta ocasión fuese él el que sonriera, apenas un gesto, pero estaba ahí, aunque con sus síntomas bien se lo pudo haber alucinado, tanto la sonrisa como al propio LaRusso.
Pero los días pasaron, incluso las semanas, y Johnny comenzó a sentirse bien, los síntomas físicos, al menos, habían desaparecido casi por completo, ya no sudaba, ya no le molestaba tanto la luz al entrar a un aula e incluso toleraba más las voces a su alrededor. Aunque aún no podía deshacerse de las náuseas, plus su buen pulso lo traicionaba con temblores involuntarios cuando más lo necesitaba.
Pero en general, estaba bien...
De nuevo, él estaba haciendo esto solo porque se negó a la rehabilitación, mucho más a la terapia, su ego le dijo que podía con eso solo, que su ser sería más que capaz de pasar por esto sin dificultad.
Pero es que no contó con lo que las sustancias provocarían en su cabeza. No había considerado el hospital mental como un hogar hasta ahora, porque no creía que pensar que el tiempo si fue justo con LaRusso porque ahora estaba más ¿atractivo? Ni en sus peores pesadillas se imaginó pensando en el moreno para otra cosa que no fuera odiarlo.
Tenía que estar loco, sobre todo porque ha comenzado a alucinar y cuando no está pensando en ir al súper por unas latas de cerveza o en dirigirse a los lugares más oscuros y solitarios del Campus a pedir hierba. Entonces su mente le reproducía la imagen de LaRusso a cualquier momento y en cualquier lugar donde estuviera.
Su presencia apenas le daba chance de alucinar con Ali, aunque a veces se difumina y cree ver a otra rubia con la que se enrollo una vez, pero eran muy raras las situaciones.
Gracias a eso, su deseo mortal de recaer y los bruscos cambios de humor apenas le daban un mínimo de chance para la Universidad, decir que se lo estaba llevando semestre era poco.
Para su consternación, las cosas con Daniel fueron... bastante normales. En teoría, nunca se hablaron por iniciativa propia, y siempre había al menos otro compañero más cerca para dirigir la conversación. Johnny no estaba seguro de estar feliz con que al parecer tenían un acuerdo tácito de estar en buenos términos. Sobre todo después de que el otro fuera la causa de que su vida se le viniera a abajo y se aislara en sus en definitiva controladas adicciones.
Pero la falta de reacción explosiva en el otro no ayudaba a su ferviente deseo de darle una paliza para desquitarse. Y saben que lo intentó, siempre soltando comentarios que en el pasado provocaban una respuesta en Daniel.
En todo momento el moreno hizo lo contrario a lo que esperaba, si acaso más bien lo miraba fijamente, hasta el punto de incomodarlo, a él, a Johnny Lawrence. Sin duda se había jodido asimismo con las drogas. Única explicación lógica.
Pero lo que Johnny no sabía, o estaba demasiado ocupado con su mierda como para notarlo, es que Daniel hace rato que había superado la secundaria, para él, que Johnny le diera aquel trofeo en el All Valley fue como la disculpa que sabe que una persona como el rubio nunca daban, así que estaba bien.
De hecho, ahora más que nunca estaba demasiado bien, es decir, Johnny siempre fue atractivo, pero carajo, ahora estaba tan vulnerable, sin esa fachada de chico rudo que nunca le sentó como verdadera.
Se había estirado más, seguía igual se ancho y marcado, pero si te fijabas bien, podrías notar una pancita que no le molestaría recorrer con sus dedos, o su boca, cualquiera le sirve. También tenía el cabello más largo y era un desastre, y últimamente portaba un enrojecimiento que no parecía quererlo abandonar. En conclusión, si hablaran de tipos, Johnny Lawrence era en definitiva su tipo.
Pero claro, Daniel admite estar más cachondo que de costumbre, denuncienlo. Es un adulto joven con una líbido perfectamente funcional, así que si, él quiere algo, y lo quiere de Johnny, la pregunta era: ¿cómo lograría obtenerlo cuando Lawrence parecía tan reacio a su presencia?
Daniel tenía un puchero, en plena clase, mientras pensaba en todo eso. Su cabeza descansando en su puño cerrado, inclinado de una forma que veía al profesor explicando ─aunque su atención no estaba ahí─ y donde también tenía el ángulo perfecto al perfil del rubio, a una distancia considerable.
Le tomó semanas notar como el otro siempre viajaba con un café en la mano, que bebía con diligencia como si se le fuera la vida en ello, durante las prácticas sus manos temblaban, eso era nuevo, y en definitiva sabía que no era por nervios, Johnny Lawrence jamás se ponía nervioso. Pero claro, tuvo que replantearse eso cuando notó comportamientos ansiosos en él, o sea ¿Desde cuándo?
Pero la gota que rebasó el vaso fue esa vez en las famosas fiestas de fraternidad ─punto para ellos, podrían apestar en los estudios, pero las fiestas eran épicas─ y bueno, las probabilidades de toparse con Johnny en un lugar tan grande y abarrotado de gente eran pocas. Más no nulas.
Estaba buscando el puto baño en el laberíntico y oscuro lugar, solo iluminado por luces de colores intermitentes, cuando cruzó por un pasillo semi vacío, idéntico a los anteriores, solo que esta vez habían dos sombras pegadas a una pared oscura. No había que ser un genio para saber que se estaban comiendo la boca, Daniel estaba listo para dar media vuelta sin querer arruinarles la fiesta a nadie, eso fue hasta que escucho la voz ronca de alguien por el que ha estado fantaseando los últimos días.
Y él debió irse, siendo justos, pero en cambio se escondió y escuchó, sonidos húmedos, tela rozando y gemidos
Se pegó a la pared, oculto por las sombras de una columna. A pocos metros, Johnny Lawrence estaba acorralado contra el muro por una chica cuyo nombre Daniel no conocía, pero cuya intención era obvia. Se estaban besando con un hambre desesperada, un enredo de manos y alientos pesados que hizo que a Daniel se le secara la boca.
─Vamos, Johnny... ─susurró ella entre besos, bajando una mano con decisión hacia el cinturón de los vaqueros del rubio.
Daniel apretó los puños, de nuevo, debió irse, pero se quedó congelado otra vez cuando notó el cambio en la atmósfera. En el momento en que la mano de la chica intentó profundizar el contacto, Johnny la detuvo con un agarre seco en la muñeca. Su respiración era errática, pero no por placer.
─Espera... yo... no puedo ─balbuceó Johnny, su voz sonando más joven y asustada de lo que Daniel jamás habría imaginado.
─¿Qué pasa? ─preguntó ella, confundida, volviendo a intentar el contacto─. Solo relájate.
─No es eso. Es que... no va a pasar, ¿bien? No está funcionando ─soltó él, y Daniel pudo notar la humillación destilando de cada palabra.
Hubo un silencio tenso, solo roto por la música lejana. La chica retrocedió un paso, mirando hacia abajo y luego a la cara desencajada de Johnny. El desconcierto en su rostro se transformó rápidamente en una mueca de fastidio y, finalmente, en una risa cruel y cargada de despecho.
─¿Es en serio? ─soltó ella con un tono que cortaba como el hielo─. Me haces perder el tiempo media hora para esto.
─No es por ti, es solo que...
─Ah, claro, la vieja excusa ─lo interrumpió ella, acomodándose la ropa con gestos bruscos─. Sabes, decían que eras el gran Johnny Lawrence, pero si ni siquiera puedes mantenerla arriba, no sé qué haces aquí. Menudo desperdicio de cara bonita.
La chica se dio la vuelta y se marchó a pisotones, dejando a Johnny solo en la oscuridad. Daniel, desde su escondite, la siguió con la mirada hasta perderla, luego se volteó y vio cómo el rubio dejaba caer la cabeza contra la pared y cerraba los ojos, apretando los dientes en un gesto de pura derrota.
En ese momento, Daniel dejó de sentir celos; lo que sintió fue una punzada de algo mucho más peligroso: una empatía que lo obligaba a querer intervenir.
...
─¿¡Qué carajos estás diciendo, LaRusso!?
Daniel rodó los ojos, bueno,ya sabía que no sería sencillo,suspiro poniendo las manos en su cintura.
─No hagas escándalo, no tienes por qué hacerlo raro. Solo... pensé que necesitabas ayuda y yo estoy más que dispuesto. Soy muy paciente y amable debes saber.
─Pero- No. Espera. De dónde sacaste... ¿a qué viene todo esto?
Por un segundo, Johnny sintió un miedo irracional de que Daniel supiera que lo veía en todos lados, incluso cuando no estaba.
─¿Importa?
Johnny abrió la boca, pero la cerró cuando no supo que decir, aún estaba sorprendido, su corazón estaba acelerado y su mente ya le estaba haciendo el favor de reproducir imágenes del "y si" que lo enojaban.
Al no ver ninguna señal de que Johnny fuese a ceder , Daniel se decepcionó. Pero ni modo, no podía obligarlo a aceptar, conociendolo el rubio aún lo veía como su enemigo, tal vez cambiar esa idea llevaría demasiado tiempo y quien sabe cuánto más ganarse su amistad.
Lastima, realmente quería ofrecer su ayuda.
─Sabes, déjalo así. Lamento si te incomode, yo solo... Quería ayudar.
─Ayudar...
¡¿Ofreciendo sexo!? ¿Asi de simple? Daniel LaRusso, el mismo capullo de la secundaria, el mismo que lo odió y lo molesto. De verdad el mismo que le robó a su novia le estaba ofreciendo una mamada.
Tenía que estar alucinando.
Daniel no volvió a insistir, pero las miradas no cesaron, y está vez, con un Johnny consciente, por fin lo notó, más de una ocasión sus miradas se encontraron, se mantenían así hasta que alguno se avergonzaba lo suficiente, no se sorprendan, pero la mayoría de las veces era Johnny.
No fue mucho más fácil después, ambos tenían esta materia opcional obligatoria: deporte. Y poner a dos jóvenes calientes en shorts con franelillas a sudar por un campo abierto no era una buena idea.
Aún tiene visiones de la vez que entró a las duchas y vió a LaRusso con solo una toalla en la cadera, apenas tapando, mechones largos y negros tapaban parte de su cara, goteando, y su piel bronceada brillaba con pequeñas gotas.
Definitivamente fue un espectáculo que ni en un millón de años pensó que disfrutaría.
Para Daniel no fue tan sencillo como lo hizo ver, le tomó tiempo y fuerza de voluntad admitir que le prendia Johnny, quería que se involucraran sexualmente y todo eso. Pero, incluso hasta se preguntaba como sería que fueran amigos, y se preocupaba por el rubio, quiso ofrecer su ayuda esta vez en los estudios luego de saber que estaba perdiendo el semestre, lo hubiera hecho, de no ser porque se acobardo al final, después se enteró que le habian asignado a un tutor de grado superior, así que se tranquilizó, estaría bien entonces, no era necesario.
Pero no se sintió mejor, Johnny seguía topandose con su mirada sin dejar a la vista casi nada en su expresión, ningún indicio de si odiaba o no que lo observara. Lo frustraba un poco.
...
─Bueno, Daniel. Tienes que hacer algo, hombre. Comienzas a apestar a miseria.
Amanda, su mejor amiga de otra carrera lo miraba con una mueca de negación, se sentía mal por su amigo. Pero cree que es su culpa también, porque: ¿Como vas a acercarte a tu crush ofreciendo ser una solución temporal? En plan sexual encima.
Que tonto era a veces, dijo que tal vez era la mejor opción ya que Johnny no le tenía aprecio precisamente, y su oferta ofrecía cero sentimientos involucrados, pero era un suicidio por donde se mirara. Encima que saldría de la nada, era hasta cierto punto gracioso, no para Daniel y menos para el tal Johnny claro.
─Me siento miserable.
─Solo consigue a alguien más, quitate el estrés.
─No puedo.
─¿Por qué no?
Daniel se sonrojo, desvío la mirada con un puchero. Amanda solo alzó las cejas cuando una idea le llegó.
─No me digas...
─No lo digas, no te atrevas a burlar te ─sono quejumbroso.
Pero Amanda solo se echó a reír en silencio.
─No puede ser que le seas fiel a un casi nada.
Daniel no respondió, aunque no hizo falta, en ese mismo instante un tercero llegó colocándose detrás del moreno, fuera de su vista. Pero la chica si lo vió y su curiosidad aumentó.
─Mmm, siento interrumpir...
Daniel pudo o no haberse hecho daño con lo rápido que se incorporó y giró su cuerpo, sin poder creer lo que veía.
─¿Johnny?
Así que era nada más y nada menos que el famoso Johnny Lawrence, la sonrisa de Amanda comenzó a formarse.
─¿Podemos hablar?
─Si claro.
─En privado.
Daniel se fijó en su amiga que ya reía negando, lo despidió con un gesto, diciendo que igual tenía que ir a ver a su novia.
Johnny no esperó mucho más antes de alejarse de la cafetería y las miradas curiosas, con Daniel siguiéndole de cerca, ni siquiera notaba a donde lo llevaban ni que caminaron bastante hasta terminar en el último piso de un edificio, donde casi no se daban clases así que los salones estaban vacíos y acumulando polvo.
Sin embargo, Johnny se detuvo en el pasillo, recostandose de una pared, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta sin mirarlo directamente.
Lo que siguió fue una conversación, una muy bizarra, e innecesaria si le preguntan a Daniel, y él sabe que no estaban aquí por eso, él tampoco, así que pasemos a lo interesante.
Si Daniel negó después que había tomado a Johnny por la solapa de su chaqueta con una urgencia casi violenta para arrastrarlo al aula más cercana, era solo porque no quería admitir cuánto le temblaban las manos. El movimiento fue tan brusco que la mochila que colgaba de un solo hombro de Johnny terminó en el suelo, olvidado, mientras la puerta se cerraba tras ellos con un golpe seco.
Daniel deslizó sus manos por el cuello ajeno, hundiendo los dedos en ese cabello rubio desordenado para obligarlo a bajar la cabeza. Se detuvo a escasos centímetros de sus labios, la respiración de ambos mezclándose en el aire pesado del salón. Johnny había insinuado que aceptaría su "solución temporal", pero para Daniel, los besos siempre habían sido terreno sagrado, algo que iba mucho más allá de un simple favor.
Johnny no se movía. Sus manos permanecían apoyadas contra la pared a cada lado del cuerpo de Daniel, buscando una estabilidad que sus sentidos, nublados por las sustancias, no lograban encontrar. Sin embargo, cuando Daniel buscó permiso con la mirada, Johnny asintió. Ese gesto fue la chispa que encendió la pólvora.
Al principio, Daniel lo tocó con una presión tímida, casi una novatada. Era la incredulidad de tenerlo finalmente ahí lo que lo frenaba. Pero Johnny, impaciente y fastidiado por la falta de intensidad, soltó un gruñido de disgusto y amagó con alejarse, cortando el contacto.
Daniel no lo dejó ir.
Dado un paso atrás para ganar impulso, lo empujó de vuelta contra la pared con firmeza, aprovechando el momento en que Johnny abrió la boca para protestar. Lo besó de nuevo, esta vez con un ángulo perfecto y una diligencia hambrienta. Su lengua tanteó el terreno con una confianza renovada, reclamando el espacio, mientras sus cuerpos chocaban. Daniel era todo fuego y movimiento, contrastando con la inercia de un Johnny que empezaba a derretirse bajo la fricción, rindiéndose finalmente a la insistencia de esas manos que lo sujetaban como si fuera lo más valioso y detestable de su mundo.
Johnny soltó un jadeo ahogado cuando la lengua de Daniel invadió su espacio. No era un beso dulce; sabía a desesperación y a esa competitividad que siempre los había definido, pero ahora volcada en un deseo crudo. Daniel presionó su cuerpo contra el de Johnny, eliminando cualquier rastro de aire entre ambos, obligándolo a sentir la firmeza de su decisión.
Daniel bajó una de sus manos desde el cabello rubio hasta el pecho de Johnny, sintiendo el ritmo errático de su corazón bajo la tela de la chaqueta. A pesar de la apatía física causada por las sustancias, el cuerpo de Johnny reaccionaba al asedio. Sus manos, que antes buscaban la pared, bajaron con torpeza hasta los hombros de Daniel, no para apartarlo, sino para anclarse a algo real.
─Te dije que podía ayudarte ─susurró Daniel contra sus labios, su voz era un hilo ronco que vibraba en la boca de Johnny─. Solo deja de pensar, Lawrence.
Daniel no esperó respuesta. Bajó una de sus manos con decisión, delineando el costado de Johnny hasta llegar a su cintura, apretando con fuerza para recordarle que estaba allí, que era de carne y hueso. El contraste era fascinante: Daniel era todo movimiento, fuego y dedos inquietos; mientras que Johnny era una estatua de sal empezando a derretirse, abrumado por la sobreestimulación de alguien que lo quería con la misma intensidad con la que antes lo odiaba.
Daniel se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para ver los ojos nublados de Johnny y sus labios rojos por la fricción.
─Mírame ─ordenó Daniel, buscando esa chispa de reconocimiento─. No es una pelea, pero voy a hacer que te olvides de todo lo demás.
A partir de esa tarde en el aula vacía, el caos encontró un ritmo. Lo que empezó como un impulso desesperado se convirtió en una rutina de encuentros furtivos y respiraciones compartidas en los rincones menos transitados de la universidad.
Al principio, tal como Daniel esperaba, las sesiones eran limitadas. La bruma en el sistema de Johnny levantaba un muro invisible entre su cuerpo y el deseo; por eso, durante semanas, su mundo se redujo a la fricción de la ropa, manos que exploraban con torpeza y besos que sabían a cafeína y urgencia. Johnny solía quedarse allí, estático, dejando que Daniel llevara el mando, como si estuviera esperando que su propio cuerpo recordara cómo reaccionar.
Sin embargo, Daniel se sentía extrañamente victorioso.
No importaba que Johnny no siempre pudiera llegar al final o que sus respuestas físicas fueran lentas. Para Daniel, la prueba del éxito no estaba en el sexo en sí, sino en el hecho de que Johnny siempre volvía. Lo buscaba en los pasillos con una mirada pesada, o aparecía en la puerta de su cuarto sin decir palabra, aceptando esa "ayuda" que Daniel le ofrecía con una devoción casi terapéutica. Ver a Johnny buscarlo de forma voluntaria, dejando de lado el orgullo y los viejos resentimientos, convencía a Daniel de que realmente estaba siendo su salvación, sin darse cuenta de que él mismo se estaba volviendo adicto a ser la única persona capaz de sostener a Johnny Lawrence cuando este se estaba desmoronando.
Daniel se miró al espejo por última vez, ignorando el comentario burlón de Amanda sobre lo mucho que se estaba esforzando. Había pasado exactamente un mes desde el aula vacía, un mes de encuentros cargados de una fricción desesperada pero silenciosa. Pero esta noche era distinta. Johnny le había propuesto ─o más bien, sugerido con su habitual tono defensivo─ ir a un partido de béisbol y cenar algo. No era una cita oficial, pero Daniel se sentía como si estuviera a punto de disputar la final del All Valley.
Siguiendo el consejo de Amanda, se había dejado un par de botones de la camisa abiertos y el cabello libre, dándole un aire relajado que gritaba confianza.
Al llegar al estadio, la reacción de Johnny fue la primera victoria de la noche. Aunque el rubio intentó disimularlo bajo la visera de su gorra, Daniel notó cómo su mirada se anclaba más de lo debido en la piel expuesta de su pecho. No dijo nada; fingió que el calor que sentía era por el clima y no por la atención de esos ojos azules que, por primera vez en semanas, parecían estar realmente enfocados en él y no en la neblina de sus problemas.
El partido pasó entre gritos y risas por cosas triviales. Fue un pacto silencioso: nada de clases, nada de futuro, nada de "problemas". Por unas horas, solo eran dos universitarios normales.
Sin embargo, el verdadero cambio ocurrió durante la cena. Johnny no lo llevó a un puesto de hot dogs grasiento como había amenazado, sino a un restaurante pequeño, lo suficientemente íntimo para que el ruido del exterior desapareciera.
─Estás muy callado, LaRusso ─soltó Johnny, aunque él tampoco había dejado de observar a Daniel por encima de su vaso.
Daniel sonrió, dejando que la luz tenue del lugar resaltara sus facciones. Podía sentir la mirada de Johnny recorriéndolo con una intensidad nueva, una que no buscaba una "ayuda rápida", sino algo que Daniel apenas se atrevía a nombrar. El deseo estaba ahí, pero ya no era solo físico; era un reconocimiento.
─Solo estoy disfrutando el hecho de que no me has insultado en toda la noche, Lawrence ─bromeó Daniel, aunque su tono era suave, casi un reto─. Es un avance.
Johnny bajó el vaso y se inclinó un poco sobre la mesa, acortando la distancia. No había drogas de por medio esta noche, solo la cruda realidad de estar frente a frente.
─No te acostumbres ─gruñó Johnny, pero no apartó la vista. En el fondo de sus ojos, Daniel vio por fin lo que había estado esperando: la señal de que la rutina de besos a escondidas ya no iba a ser suficiente para ninguno de los dos.
El camino de regreso al campus fue inusualmente tranquilo, pero no era ese silencio incómodo de sus días de instituto. Daniel caminaba con paso ligero, sintiendo el ligero calor del vino en sus mejillas, mientras observaba de reojo a Johnny. El rubio se movía con una lucidez que Daniel no le conocía; no había rastro de esa mirada perdida o de la pesadez en sus hombros. Realmente parecía estar ahí. Fue testigo de que no bebió alcohol en toda la noche, y Daniel no estaba seguro pues nunca hablaban por mucho tiempo y menos de cosas íntimas, pero cuando no veía a Johnny en clases entonces estaba en una aula con él o durmiendo, así que quería creer que había dejado esos otros vicios por completo.
Cuando llegaron frente a la puerta del departamento, Daniel se detuvo y buscó sus llaves, asumiendo que este era el punto final de la noche.
─Bueno... gracias por no hacer que el partido fuera un desastre total, Lawrence ─bromeó Daniel, abriendo la puerta.
El interior estaba sumido en una oscuridad absoluta, apenas interrumpida por las luces del pasillo de la residencia. Johnny se quedó en el umbral, escudriñando el silencio del lugar con el ceño fruncido.
─¿Tu compañero de cuarto siempre tiene las luces apagadas tan temprano? ─preguntó Johnny, con esa voz ronca que a Daniel siempre le ponía los pelos de punta.
Daniel soltó una pequeña risa y entró al apartamento, dejando la puerta entornada.
─En realidad, mi "compañero de cuarto" es Amanda. Mi mejor amiga de toda la vida ─explicó mientras dejaba las llaves en la mesa─. Y por suerte para mi paz mental, hoy tiene una pijamada en la casa de su novia. Así que el lugar es solo mío esta noche.
Se dio la vuelta para despedirse formalmente, pero se encontró con que Johnny no se había movido. Estaba apoyado en el marco de la puerta, observándolo con una intensidad depredadora que Daniel solo había visto a medias en las aulas oscuras. Sin la bruma de las drogas, la mirada de Johnny era un incendio azul.
─¿Solo? ─repitió Johnny, y la palabra sonó como una pregunta y una sentencia al mismo tiempo.
Dio un paso hacia adentro, cerrando la puerta tras de sí con un clic metálico que resonó en todo el salón. El ambiente cambió en un segundo; ya no eran dos ex-rivales regresando de una salida casual. Daniel sintió el aire escaparse de sus pulmones cuando comprendió que, por primera vez, Johnny no estaba allí para ser "ayudado", sino para tomar lo que Daniel le había estado ofreciendo con tanta insistencia durante el último mes.
La atmósfera en el apartamento cambió por completo. La luz naranja de los faroles exteriores se filtraba por las persianas, dibujando rayas de sombra y claridad sobre el rostro de Johnny, dándole un aspecto casi irreal, más afilado y decidido.
Daniel retrocedió un paso, chocando suavemente con la mesa del recibidor. El corazón le golpeaba las costillas, pero mantuvo esa fachada de seguridad que tanto le gustaba usar con Lawrence.
─¿Qué se supone que haces, Johnny? ─preguntó Daniel, intentando que su voz no temblara─. No recuerdo haberte invitado a pasar.
Johny soltó una risa seca, un sonido bajo que vibró en el espacio cerrado. Se acercó con una lentitud calculada, acortando la distancia hasta que Daniel pudo oler el jabón y esa ausencia de alcohol que lo hacía sentir tan peligrosamente presente.
─Llevas toda la puta noche tentándome, LaRusso ─soltó Johnny, su voz era una advertencia─. Con esa camisa, con el pelo así... con esa forma de mirarme como si supieras exactamente qué me pasa por la cabeza.
Daniel abrió la boca para protestar, para decir que simplemente se había vestido bien para una salida, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Era cierto que no había intentado nada físico en todo el trayecto, pero Johnny tenía razón en algo: la tensión había estado ahí, tirando de ellos como un hilo invisible.
─Yo no he hecho nada ─logró articular Daniel, aunque sus ojos traicionaban su curiosidad.
─Exacto. No has hecho nada. Y eso es lo que me está volviendo loco ─Johnny acortó el último centímetro de distancia, atrapando a Daniel entre su cuerpo y la mesa─. Llevas un mes siendo el que tiene el control, el que ofrece la "ayuda", el que decide cuándo parar porque yo estaba demasiado jodido para oponerme.
Johnny puso una mano firme sobre la mesa, justo al lado de la cadera de Daniel, y la otra subió para sujetar su mandíbula con una seguridad que Daniel no le había visto en años. Ya no era el chico roto del pasillo de la fraternidad; era el Johnny Lawrence que recordaba, pero sin el odio empañándolo todo.
─Pero esta noche no necesito que me ayudes, Daniel ─susurró contra sus labios, borrando cualquier rastro de la timidez que hubo en sus encuentros anteriores─. Esta noche sé perfectamente lo que quiero.
Daniel sintió que el mundo se detenía. El control, ese que tanto se había esforzado por mantener para proteger a Johnny (y a sí mismo), se le escapaba entre los dedos como arena. Sintió el calor subirle por el pecho, y como siempre que se sentía acorralado, su mecanismo de defensa fue la verborragia.
─Mira, Lawrence, si crees que porque no bebiste y me llevaste a cenar ahora puedes simplemente entrar aquí y... y dar por hecho que voy a dejar que tomes el mando, estás muy equivocado. Yo fui el que propuso esto, ¿recuerdas? Yo era el que estaba ayudándote, y si ahora te sientes tan valiente es porque hice un buen trabajo, así que no te pongas tan-
Johnny no lo interrumpió con palabras. En su lugar, dejó escapar una sonrisa ladeada, esa expresión cargada de una confianza peligrosa que Daniel no veía desde sus años de instituto. Disfrutó del balbuceo de Daniel, asintiendo levemente como si estuviera escuchando un discurso fascinante, mientras la mano que sostenía su mandíbula se deslizaba con lentitud por su garganta.
─Sigue hablando, LaRusso ─murmuró Johnny contra su oído, su aliento cálido enviando descargas eléctricas por la columna de Daniel─. Me encanta cuando te pones así de mandón.
Daniel abrió la boca para su siguiente réplica, algo sobre lo arrogante que estaba siendo, pero las palabras se murieron en su garganta junto a un gemido ahogado. Johnny aprovechó el acceso a su cuello para enterrar el rostro en el hueco de su hombro. No fue un beso suave; fue una succión decidida, firme, marcando territorio sobre la piel que Daniel tanto se había esmerado en dejar expuesta esa noche.
─Yo... yo decía que... ─intentó Daniel, pero su voz salió una octava más aguda, rompiéndose mientras sus dedos se clavaban instintivamente en los antebrazos de Johnny para no caerse.
Johnny succionó con más fuerza, justo sobre el pulso acelerado de Daniel, y luego se separó apenas unos milímetros para ver el daño causado. Al notar cómo a Daniel le fallaban las piernas y cómo sus ojos se ponían vidriosos, Johnny sonrió con una satisfacción absoluta.
─¿Qué pasó, Daniel? ─susurró Johnny, viendo cómo el rastro rojo florecía en su piel bajo la luz naranja del farol─. Te has quedado callado de repente.
No respondió con palabras.
Con un movimiento que fue puro instinto, Daniel tiró de Johnny hacia abajo y lo besó. Sus bocas chocaron con una fuerza que hizo que ambos retrocedieran un milímetro antes de fusionarse. La boca de Johnny sabía a limpio y a una urgencia que Daniel no le conocía. Las manos de Daniel se movieron con rapidez, enredándose en el cabello rubio para asegurar el contacto, profundizando el beso con una voracidad que hizo que la respiración de Johnny se volviera errática.
Johny respondió con una firmeza que hizo que a Daniel se le pusiera la piel de gallina. Su mano bajó por la pierna de Daniel, enganchando su rodilla para elevarla, obligándolo a rodearlo. Daniel se impulsó, anclándose a la cintura de Johnny. Johnny no esperó; dio un paso adelante y presionó su rodilla directamente contra la entrepierna de Daniel.
El contacto fue certero, una presión sólida que hizo que Daniel soltara un gemido ronco, un sonido gutural que vibró contra la boca de Johnny. El calor en el apartamento subió varios grados en un segundo, y bajo la luz naranja que se filtraba por la ventana, solo existía el choque de sus cuerpos y el ritmo acelerado de sus pulsos.
Daniel fue el primero en confirmar que la ropa comenzaba a estorbar, sus manos se deslizaron del cabello hasta debajo de la chaqueta de Johnny, empujándola fuera de los brazos de su dueño que ya estaba ayudándole con la tarea, cuando la prenda cayó con un ruido sordo fue el turno de Johnny para buscar desabrochar los botones restantes de la camisa de Daniel.
Daniel soltó una risa entrecortada, una mezcla de nervios y pura adrenalina, mientras echaba la cabeza hacia atrás para darle a Johnny mejor acceso.
─Vaya, Lawrence... ─jadeó Daniel, su voz cargada de una ironía que apenas lograba ocultar cuánto le afectaba la situación─. ¿Qué pasó con el "ni siquiera me gusta tanto"? Parece que tienes un incendio que apagar y te urge bastante.
Johnny se detuvo un segundo, su mirada azul brillando con una intensidad salvaje bajo la luz naranja que se filtraba por la ventana. No había derrota en su rostro, sino una aceptación cruda y posesiva de su propio deseo.
─No sé en qué momento te volviste tan atrevido, LaRusso. Pero si todavía tienes muchas ganas de usar la boca puedo ayudarte a darle un mejor uso.
Sin darle tiempo a replicar, Johnny retrocedió un paso. Pero no fue para huir. Su mano bajó con firmeza desde la cintura de Daniel hasta su hombro, aplicando una presión constante y decidida hacia abajo. Daniel, acostumbrado a llevar el mando durante el último mes, dudó una fracción de segundo, pero la sorpresa fue rápidamente reemplazada por una chispa de curiosidad desafiante en sus ojos oscuros. No opuso resistencia; simplemente se dejó llevar por la fuerza de Johnny, descendiendo lentamente hasta que sus rodillas tocaron el suelo de madera con un golpe sordo.
Johnny no se movió. Se quedó allí, de pie, su silueta recortada contra la luz de la calle, respirando con dificultad. Su mano permaneció en el hombro de Daniel, no para retenerlo, sino para guiarlo. Con un movimiento lento, casi reverente, Johnny acercó el rostro de Daniel a su entrepierna, aún cubierta por la tela gruesa y áspera de sus vaqueros.
El mensaje era cristalino. Daniel tragó saliva, sintiendo el calor irradiando directamente de Johnny a través de la tela. Levantó la mirada, buscando los ojos de Johnny en la penumbra, una sonrisa ladeada y nerviosa asomando en sus labios. Quería mantener esa fachada de control, esa ironía que siempre lo protegía, pero la realidad de la situación estaba empezando a desbordarlo.
Con una lentitud calculada, Daniel inclinó la cabeza hacia adelante. Sus labios tocaron la costura central de los jeans de Johnny. Fue un contacto ligero al principio, pero luego profundizó la presión, moviendo su boca sobre la tela con movimientos lentos y pesados. El sabor del denim y la promesa de lo que había debajo lo inundaron.
Intentó mantener el contacto visual con Johnny, una última batalla de voluntades en medio de la rendición. Pero la fachada de Daniel se quebró cuando lo sintió. A pesar de la neblina de las drogas que solía nublar a Johnny, a pesar de las semanas de apatía física, el espacio dentro de los jeans de Johnny se tensó. Se endureció. La "ayuda" de Daniel, la paciencia y la insistencia de ese mes de rutina, finalmente habían dado sus frutos.
Con un asombro mal disimulado Daniel ya estaba deslizando los dedos hacia el botón metálico, con la punta de la lengua humedeciendo sus propios labios por la anticipación. Quería verlo. Quería confirmar con sus propios ojos el peso y el tamaño de lo que había logrado despertar, imaginando ya la sensación de plenitud inundando su boca. Pero Johnny no estaba dispuesto a dejar que Daniel se perdiera en su propio juego de observación.
Con el cuerpo finalmente respondiendo a su voluntad, una oleada de adrenalina y deseo crudo barrió la antigua apatía de Johnny.
Con la misma facilidad con la que lo había hecho descender, Johnny cerró el puño en el cabello oscuro de Daniel. No fue un gesto delicado; tiró con una fuerza que obligó a Daniel a soltar un gemido de sorpresa y a arquear la espalda, levantando la cabeza hasta que sus ojos se encontraron de nuevo bajo la luz ambarina del salón.
Daniel estaba jadeante, con los labios entreabiertos y las pupilas dilatadas, pero Johnny no le dio tregua. Se inclinó hacia él, manteniendo la tensión en su agarre, su aliento rozando la nariz de Daniel.
─Eres un maldito oportunista, LaRusso ─gruñó Johnny, con una sonrisa feroz que no llegaba a ser una burla, sino una declaración de guerra─. Te encanta, ¿verdad? Jugar al salvador, al que tiene todas las respuestas... al que me tiene donde quiere.
Daniel intentó formular una respuesta coherente, pero las palabras se sentían pesadas en su garganta. Quería decirle que estaba equivocado, que no era el héroe de nadie. Quería gritarle que, en realidad, era un egoísta que solo buscaba saciar su propio deseo, y que su ego ─ese maldito ego que siempre lo metía en problemas─ le hizo creer que con un poco de paciencia podría reconstruir lo que Johnny había roto. Solo quería volver a hacerlo sentir algo real para poder tenerlo, para sentirlo dentro; eso era todo. No había grandes propósitos ni buenas intenciones. Al menos, eso se decía a sí mismo al principio.
Pero ahora, con el agarre de Johnny firme en su cabello y la luz de los faroles bañando la habitación, Daniel ya no estaba tan seguro.
Ya no sabía si estaba dispuesto a aceptar que esto también era solo algo temporal.
─No soy un salvador, Johnny ─logró susurrar Daniel, su voz rompiéndose entre la honestidad y el deseo─. Soy mucho peor que eso.
─Mejor ─respondió Johnny, su voz reducida a un susurro ronco─. Y más te vale que seas sincero, LaRusso. No pienso ser paciente contigo esta noche.
Sin darle tiempo a procesar la advertencia, Johnny acortó la distancia y lo besó de nuevo. Fue un beso que no pedía permiso, cargado de la urgencia de quien ha recuperado el sentido del tacto después de una eternidad. Daniel respondió al instante, soltando un jadeo que se perdió en la boca de Johnny.
Sus manos subieron con ansia, olvidándose de las estrategias y los juegos de poder, para enredarse con fuerza en ese cabello rubio que tanto le fascinaba. Era suave, contrastando con la aspereza del momento y la brusquedad de sus cuerpos chocando de nuevo contra la mesa la cual se movió con un chirrido.
Entre besos y jadeos, Daniel logró sugerirle a Johnny que mejor fueran a su habitación antes de que rompieran algo importante. Johnny no lo hizo esperar; con una fuerza que Daniel no recordaba haberle visto, lo levantó del suelo, cargándolo con una determinación que dejó a Daniel sin aliento. La punzada de vergüenza por ser llevado así fue eclipsada de inmediato por la intensidad de los besos que seguían intercambiando en el corto trayecto.
Bajo la luz ambarina de los faroles que bañaba el cuarto, Johnny lo dejó sobre la cama con una necesidad que ya no intentaba ocultar. Daniel no dudó en aferrarse a él mientras el mundo exterior desaparecía por completo. Ya no importaba quién ayudaba a quién, ni si esto duraría hasta el amanecer o toda la vida. Lo único real era el calor de Johnny sobre él, la firmeza de sus manos y la promesa de una noche donde, por fin, ninguno de los dos iba a contenerse.
.
.
.
.
.
.
Disculpen los posibles errores, intente arreglarlo lo mejor posible.
