Actions

Work Header

REESCRIBIENDO LA HISTORIA

Summary:

Historia vista desde Nezuko del final del capitulo 204, y un qué pasaria si, todo volviera a comenzar

Chapter 1: UN MUNDO SIN DEMONIOS

Chapter Text

Reescribir la historia

Hola a todos, en vista que se acerca el final del anime de Kimetsu no Yaiba, pensé, por qué no, y si están tan de moda las historias de regresar y reescribir la historia, qué más da, tal vez así pueda hacer lo que me hubiera gustado de la historia. Con ese contexto, los invito a leer mi versión del manga desde el punto de vista de una fan del Giyunezu, sé que no es canon y que solo nos dejaron un pequeño fanservice con los regalos y el cuidado de ella al Giyuu herido y el arreglo de su haori, pero bueno, tengo que admitir que ese fue el que me inspiró a hacer este 'qué tal si...'

Los acontecimientos de esta historia están basados en el Manga de Gotouge a quien pertenecen todos los créditos y parten desde el capítulo 204.

Como ya es costumbre, no siendo más, comencemos.

----

Han pasado tres meses desde el final de todo.

Tres meses desde que el mundo quedó libre de demonios. Aun ahora, mis recuerdos siguen incompletos. Hay vacíos en mi mente, fragmentos de aquella época en la que fui un demonio que aparecen como sueños lejanos, difíciles de alcanzar. Sin embargo, algo permanece claro en mi corazón: aprendí a apreciar a todas las personas que protegieron a mi hermano y a mí.

Los Pilares... algunos más cercanos que otros. No llegué a conocer realmente a varios de ellos, pero aun así no puedo ignorar cuánto hicieron por cuidar de Tanjiro. Algunas pérdidas, sin embargo, duelen más que otras. Tamayo-san, Mitsuri-san y Shinobu-san dejaron un vacío difícil de explicar. Tal vez porque, de algún modo, eran lo más cercano que volví a tener a una madre.

Cuando nuestro padre partió al cielo, tuve que crecer antes de tiempo. Ser la hermana mayor significaba convertirme en el apoyo de mamá y cuidar de todos en casa. Aun así, ahora que todo terminó, tener a Inosuke y a Zenitsu cerca se siente un poco como volver a tener hermanos pequeños corriendo por todas partes.

Levanté la mirada.

Los pétalos de los cerezos caían lentamente, arrastrados por el viento de primavera.

-Son realmente hermosos... ¿verdad?

Perdimos demasiadas cosas para alcanzar un mundo sin demonios. Pero seguimos vivos. Y eso significa que debemos seguir adelante.

Tomé la mano de Tanjiro. Su piel estaba arrugada y algo flácida por las heridas que aún sanaban. En contraste, mis propias manos seguían vendadas, y mis uñas luchaban por volver a crecer donde antes se habían desprendido. Ese día pensé que lo perdería. Vi con mis propios ojos cómo mi hermano se transformaba en aquello contra lo que tanto había luchado para salvarme. Aun no entiendo cómo no me arrancó el brazo cuando lanzó aquel ataque que iba dirigido a Giyuu-san. Mi cuerpo se movió por sí solo para protegerlo.

No voy a mentir, en el fondo todavía siento un poco de miedo... y algo de resentimiento hacia él por la forma en que me trató cuando nos conocimos. Si puede decirse así, fue la única persona a la que realmente quise darle su merecido. La única espada que me atravesó. Y, aun así... también fue quien salvó mi vida y la de mi hermano. Fue inevitable recordar algo más.

Durante mucho tiempo el olor de Giyuu-san permaneció impregnado en el bambú que llevaba en la boca. En aquel entonces no entendía por qué. Solo después de que Tanjiro despertara y me contara lo ocurrido durante el tiempo en que fui un demonio, supe la verdad. Había utilizado un fragmento de su propio haori para ajustar el bambú. Por eso su olor estuvo conmigo todo ese tiempo. Al menos pude agradecerle. Y, para mi sorpresa, también encontré una pequeña satisfacción en algo que ocurrió poco después de despertar.

Mientras curaba la herida de su brazo perdido, Giyuu-san se disculpó por lo ocurrido el día en que nos conocimos. Luego, con una sonrisa apenas perceptible, me dijo algo que todavía recuerdo. Que, hasta antes de la batalla en el castillo, yo había sido el primer... y único demonio que había logrado golpearlo desde que se convirtió en cazador.

Sé que suena extraño. Tal vez incluso un poco tonto. Pero de alguna forma... me hizo feliz.

Desvié la mirada hacia el brazo de mi hermano.

Aún se veía débil.

-Hermano... -pregunté con cuidado-. ¿Puedes sostener cosas con él?

Tanjiro levantó lentamente el brazo, observándolo como si todavía no terminara de reconocerlo.

-No estoy seguro... -admitió mientras lo movía con cierta dificultad-. Puedo controlarlo... subirlo y bajarlo... pero...- Hizo una pausa- No puedo sentir nada desde el codo hasta la mano. Su voz era tranquila, pero podía percibir la preocupación detrás de ella.

-Supongo que se debe a que originalmente lo perdí... -continuó-. Igual que mi ojo derecho. Recuperó su forma... pero no puedo ver con él.

Hubo un breve silencio.

Entonces giró la cabeza hacia mí.

-A diferencia de mí... tú estás bien, ¿verdad, Nezuko?

La pregunta me tomó por sorpresa. No quería preocuparlo. Mis heridas todavía dolían un poco... pero nada que valiera la pena mencionar. Aunque, para mi desgracia, incluso después de volver a ser humana seguía recordando con claridad el dolor de cada una de ellas. Incluso cuando arrancaban partes de mi cuerpo.

Sonreí.

-¡Estoy completamente bien!

Lo dije tan alto que Inozuke, que dormía junto a Zenitsu a un lado de mi hermano, se removió ligeramente.

Tanjiro me observó en silencio.

-Supongo que tus heridas siguen ahí... -murmuró finalmente-. Igual que las de todos.

Una sombra de culpa cruzó su rostro.

-Lo siento... de verdad. Todo esto ocurrió por mi culpa...

Antes de darme cuenta, ya me había inclinado hacia él. Le di un pequeño cabezazo en la frente.

-¿De verdad crees que a alguno de nosotros le importa eso?

Tanjiro parpadeó, sorprendido.

-Ya no hay nada por lo que debas disculparte -continué-. Pero si vuelves a hacerlo... la próxima vez no voy a detener a nadie cuando quieran golpearte.

Mi enfado se disipó tan rápido como apareció. Porque en ese momento vi su expresión. La misma que ponía cuando, de niños, lograba hacerme enfadar. Recordé a nuestro padre riendo mientras decía que a veces temía por el hombre que algún día quisiera casarse conmigo. Decía que tendría que ser alguien extremadamente paciente... si quería sobrevivir a mi mal carácter. El recuerdo hizo que algo en mi pecho se hundiera.

Después de todo lo que había pasado... tener esos recuerdos todavía dolía. Bajé la mirada hacia las manos de mi hermano.

-Me hace feliz que hayas vuelto a ser humano...Hermano.

-Yo también... -murmuró después de un momento.

Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

-Durante mucho tiempo quise despertar... y simplemente estar en casa. Ayudar a mamá a preparar el desayuno... salir a vender carbón... y regresar al final del día para encontrar a todos esperándonos- Las palabras se quebraron antes de que pudiera detenerlas.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.

-Yo también lo quisiera...

Tanjiro guardó silencio por un instante. Luego habló con suavidad.

-Pero si así fuera... tampoco habríamos podido conocer a todos.

Mientras decía eso, apoyó la mano sobre la cabeza de Zenitsu, que dormía profundamente a su lado, abrazando la sábana y babeando sin ninguna preocupación.

No pude evitar sonreír un poco.

-Es un bebé en el cuerpo de un chico.

Tanjiro soltó una pequeña risa.

-¿Sabes? Giyuu-san pensó que todo había terminado cuando te mordí, Nezuko.

-¿Ja... de verdad pensó eso?

Solté una pequeña risa entre lágrimas.

-Para ser honesta... yo también pensé que todo había terminado en varias ocasiones.

Tanjiro asintió lentamente.

-Según la conversación que tuve con Yushiro, tuvimos mucha suerte de contar con la cura de Shinobu-san.

Hizo una pausa antes de continuar.

-Y también de que la primera persona a la que mordí... fueras tu.

Lo miré con confusión.

-¿Por qué?

-Porque al haber sido un demonio y luego volver a ser humana, tu cuerpo generó anticuerpos contra las células de Muzan.

Fruncí ligeramente el ceño.

-¿Anti... qué?

Tanjiro sonrió un poco.

-Anticuerpos.

-¿Eso significa...?

-Que eres inmune a la sangre de Muzan.

El silencio que siguió fue breve.

Luego Tanjiro volvió a hablar, esta vez con un tono más pensativo.

-Me pregunto si Yushiro estará bien... simplemente se fue después de todo.

Negué ligeramente con la cabeza.

-No tenemos forma de contactarlo.

El viento movió suavemente las ramas del cerezo sobre nosotros.

-Por cierto... sé que Giyuu-san y los demás están por aquí.

Miré a mi hermano.

-Su condición no empeoró... ¿verdad?

-No. Giyuu-san y los demás están bien.

-Hoy tenían pensado ir a ver a Oyakata-sama.

Observé su expresión relajarse. Por suerte... Tanjiro no había estado consciente durante los momentos más críticos de las heridas de Giyuu-san.

- Flashback

Hace tres meses - Finca Mariposa

Cuando la carreta se detuvo frente a la Mansion Mariposa, lo primero que escuché fue un grito ahogado.

-¡Dios...!

Aoi-chan se llevó las manos a la boca al vernos. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Los cuervos ya habían llevado las noticias de la batalla final. Demasiados no regresarían. Los caídos habían sido llevados a otro lugar... y de Shinobu-san ni siquiera quedaba un cuerpo para enterrar.

Yo había viajado en la misma carreta que mi hermano y Giyuu-san. Tanjiro seguía inconsciente. La conversión lo había dejado completamente debilitado. A mi lado, Giyuu-san continuaba perdiendo sangre.

Todavía podía recordar el horror que sentí al verlo tratar su propia herida durante el viaje. Fue brutal... pero también fue la única razón por la que no murió antes de llegar.

Entonces lo escuché.

-Nezuko...

Su voz fue tan baja que por un momento pensé que la había imaginado.

Giré la cabeza.

-Necesito tu ayuda.

Me quedé inmóvil un segundo. Nunca recordaba que se dirigiera a mí directamente, y eso me sorprendió más de lo que debería. Pero también entendí algo de inmediato: yo era la única lo bastante cerca. Los demás estaban ocupados atendiendo a los heridos y recogiendo a los caídos.

-Ayúdame a encender fuego... y acércame la espada que está a tus pies.

No lo pensé. Simplemente obedecí. Mientras calentaba la hoja sobre las brasas improvisadas, lo vi quitarse la parte superior del uniforme. Durante mi tiempo como demonio había visto a mi hermano y a otros hombres heridos o semidesnudos muchas veces. En aquel entonces no sentía nada. Pero ahora era diferente. Era la primera vez que, siendo humana, un hombre se desvestía frente a mí. Sentí el calor subir a mis mejillas. Por suerte, Giyuu-san estaba demasiado concentrado para notarlo. Cuando levanté la vista, el rubor desapareció. Mis ojos se abrieron de par en par. Su brazo estaba destrozado. Cortes profundos cruzaban su cuerpo, algunos todavía sangraban. Otros eran cicatrices frescas que aún no habían terminado de cerrar.

El estómago se me revolvió. Quise apartar la mirada. Pero no pude. De repente tomó la espada. Sujetando con los dientes el nudo del torniquete de su brazo, presionó el dorso de la hoja al rojo vivo contra la herida abierta. El sonido fue húmedo. El olor a sangre seca y carne quemada llenó el aire. Giyuu-san ahogó un gemido contra la tela entre sus dientes mientras respiraba con dificultad. Luego volvió a colocar la espada en el fuego. Pero antes de que pudiera hacer algo más, su cuerpo se desplomó hacia adelante. Me lancé sobre él. Logré sostenerlo antes de que cayera al suelo. Tuve que contener un sollozo cuando su peso presionó directamente sobre mi propia herida.

-Todavía... no he terminado... -susurró cerca de mi oído-. Si sigo sangrando... no sobreviviré.

Algo se apretó en mi pecho. Con la mano herida tomé la espada. Entrecrucé mis piernas en medio de las suyas para sostener su peso.

-Giyuu... no tengo mucha fuerza. Apenas puedo levantar la espada... -respiré hondo-. Presiona la herida contra ella. Si duele demasiado... puedes morder mi hombro. Sentí sus pestañas rozar mi cuello cuando parpadeó. Me hizo cosquillas. Coloqué la espada en la parte que aún sangraba. Un segundo después, él apoyó el brazo contra la hoja incandescente. Un humo negro y espeso se elevó de inmediato. Arrugué la nariz.

Su respiración se volvió profunda y pesada.

Su brazo izquierdo rodeó mi espalda con fuerza, atrayéndome contra su pecho. Enterró el rostro en mi cuello.

Sentí cómo abría la boca.

Esperé el dolor.

Pero nunca llegó.

En lugar de mi hombro, lo que mordió fue la tela de mi kimono.

Entonces tosió.

Sangre oscura manchó la tela.

Su agarre se aflojó.

Y su cuerpo quedó completamente inmóvil.

Había perdido el conocimiento.

A pesar de mis propias heridas, el recuerdo del dolor que había experimentado como demonio hacía que ahora me resultara más fácil soportarlo.

Comparada con los dos hombres a mi lado... mi herida apenas era un rasguño.

Mi hermano permanecía dormido en la carreta, cubierto hasta el cuello con una manta y la cabeza apoyada sobre una almohada improvisada.

Giyuu-san, en cambio, descansaba sobre mi pecho.

Su expresión era sorprendentemente tranquila.

Lo observé un momento.

-Parece un niño... -murmuré.

Yo estaba medio recostada contra unos costales. Lo cubrí con mi haori y guardé los jirones que quedaban del suyo.

Los Kakushi insistieron varias veces en que debía dormir durante el trayecto.

Pero me negué.

Tenía miedo.

Miedo de cerrar los ojos... y que cuando despertara ninguno de los dos estuviera allí.

Sin darme cuenta, rodeé a Giyuu-san con un brazo mientras acariciaba la frente de mi hermano con la otra mano.

Permanecí así todo el camino.

Hasta que finalmente la carreta llegó a la finca.

Los heridos más graves fueron llevados al fondo de la finca.

Cuando Aoi me vio cubierta de sangre, su expresión se llenó de horror.

-¡Nezuko!

Estaba a punto de enviarme junto con los demás heridos cuando logré detenerla.

-No es mía... -le expliqué con calma-. Es de mi hermano y de Giyuu-san.

Aoi se quedó inmóvil unos segundos antes de asentir, todavía pálida. Pude ver la sorpresa cruzar por su rostro al darse cuenta de que ya no era un demonio, pero la gravedad de la situación no dejaba espacio para preguntas ni celebraciones. Había demasiados heridos... y todos necesitaban ayuda.

A partir de ese momento, los días comenzaron a mezclarse entre sí.

La Mansion Mariposa estaba llena de movimiento constante. Había demasiados heridos... y muy pocas manos para atenderlos.

Cuando mi cuerpo empezó a recuperarse lo suficiente, comencé a ayudar poco a poco con las tareas de la finca.

Al principio fueron cosas pequeñas.

Preparar agua caliente.
Llevar vendajes.
Ayudar en la cocina.

Cada par de manos era necesario.

Mientras tanto, tres de los heridos permanecían sin despertar.

Shinazugawa-san.
Giyuu-san.
Y mi hermano, Tanjiro.

Los tres permanecían inmóviles, atrapados en un profundo sueño del que nadie sabía cuándo despertarían.

Mis días se dividían entre cuidar mis propias heridas, ayudar en la cocina y visitar las habitaciones donde descansaban mi hermano y Giyuu-san.

Últimamente, el tiempo que pasaba junto a Tanjiro casi siempre era compartido con Kanao.

Ella cuidaba de él con una dedicación silenciosa y constante.

Eso me permitía salir un rato a ayudar con otras tareas... o simplemente sentarme cerca de ellos y descansar mientras Kanao vigilaba su respiración con atención.

A veces era divertido verla esconderse.

Cada vez que Aoi aparecía con medicina para Tanjiro, Kanao intentaba evitarla como si fuera una niña atrapada en una travesura.

Las heridas de Kanao también requerían descanso. Pero su terquedad era tan firme que ni siquiera yo pude convencerla de quedarse en su habitación. Su determinación por cuidar a mi hermano era evidente. Y, en medio de toda aquella recuperación colectiva, esos pequeños gestos llenaban la finca de una calidez inesperada. Pero las noches eran diferentes. Durante varias de ellas me quedé junto a Aoi cuidando a Giyuu-san. Su estado era inestable. Las fiebres lo consumían y, cuando la temperatura subía demasiado, comenzaba a delirar. En esas noches escuché nombres que no conocía. Llamaba a su hermana. Y repetía otro nombre con insistencia. Sabito. Cada vez que lo hacía, el ambiente se volvía pesado. Incluso en medio del delirio, sus palabras parecían cargadas de recuerdos demasiado dolorosos para ser olvidados.

Pero hubo una noche distinta. El silencio era más suave. Yo me había recostado en la cama después de pasar horas sentada en la silla junto a él. Estaba a punto de dormirme cuando escuché su voz.

Un susurro apenas audible.

-Nezuko...

Abrí los ojos.

-Perdóname... Nezuko...

Sus palabras estaban cargadas de una tristeza profunda. Me quedé inmóvil, observándolo. Me pregunté qué estaría soñando. Qué recuerdo lo habría llevado a pronunciar mi nombre con tanto arrepentimiento. Pero, de alguna forma... el simple hecho de que pensara en mí en medio de su sueño me hizo sonreír.

Fue un pequeño consuelo. Uno muy pequeño...pero suficiente para aliviar, al menos por un momento, la preocupación que sentía por él.

Aquel día aproveché una oportunidad poco común. Aoi me había liberado de las tareas del desayuno y sabía que Kanao estaba ocupada cuidando a mi hermano. Decidí visitar a Giyuu-san. No era algo que hiciera por la mañana. Normalmente lo veía por las tardes, cuando las tareas de la finca ya estaban más tranquilas.

Al entrar en su habitación me detuve en seco. Dos Kakushi estaban allí, preparándose para asearlo. Aoi había pedido que alguien trajera ropa limpia para cambiar sus vendajes. Fue entonces cuando mis ojos se posaron en él. Giyuu-san estaba recostado sobre la camilla, apenas cubierto por su ropa interior y envuelto en vendas que cubrían gran parte de su cuerpo. Sentí una repentina incomodidad. Era como si hubiera entrado en un espacio demasiado privado.

Me apresuré a dirigirme al armario y tomé un par de batas para cuando terminaran de limpiarlo. Pero los Kakushi necesitaban ayuda. Tragué saliva.

Tomé algunos paños húmedos y, procurando mantener la mirada apartada, comencé a ayudar a limpiar las partes del cuerpo donde las vendas habían sido retiradas.

Intenté concentrarme únicamente en la tarea.

Aun así, no pude evitar sentir cómo el calor subía a mi rostro.

Desvié la mirada tantas veces como pude, esperando no recordar demasiado de aquel momento cuando tuviera que mirarlo a los ojos después de que despertara.

En silencio, me disculpé mentalmente.

Cuando finalmente terminamos, su cuerpo volvió a estar cubierto por vendas limpias y ropa nueva.

Mientras acomodábamos las sábanas, algo cayó al suelo. El haori de Giyuu-san. Lo recogí con cuidado. Estaba destrozado. La tela estaba rasgada en varios lugares y manchada por la batalla. Lo observé un momento antes de tomar una decisión.

Quería darle una sorpresa cuando despertara.

Conseguir tela similar, reconstruir el patrón y reparar cada una de las partes dañadas resultó ser una tarea mucho más difícil de lo que imaginé.

Habían pasado ya tres semanas desde que empecé a trabajar en él. Pero ese día, finalmente lo terminé. Sostuve el haori entre mis manos. Se veía casi como nuevo. No pude evitar sonreír al imaginar la expresión de Giyuu-san cuando lo viera.

También había comenzado a reparar el haori de mi hermano, Tanjiro. Sin embargo, Kanao me pidió que le enseñara a hacerlo para encargarse ella misma. Eso me sorprendió. Nunca imaginé que mi hermano pudiera cautivar el corazón de alguien de esa manera. Kanao era reservada, casi silenciosa. Pero la forma en que miraba a Tanjiro dejaba ver algo imposible de ocultar. A veces me descubría pensando en ello. ¿Qué se sentirá el amor? ¿Cómo sabes cuando está frente a ti? ¿Algún día podré mirar a alguien... como Kanao mira a mi hermano?

-¡Nezuko-chaaan!

La voz repentina me sacó de mis pensamientos.

-Zenitsu, hola. ¿Necesitas algo?

Zenitsu apareció frente a mí con su habitual expresión dramática.

-No... solo quería ver a mi esposa.

Suspiré. Por favor, no otra vez...

-Justo ahora voy camino a ayudar a cuidar a los enfermos -le respondí-. Pero tal vez podrías darle una mano a Aoi.

Zenitsu frunció el ceño antes de desviar la mirada hacia el haori que sostenía entre mis manos.

-Últimamente estás muy pendiente de Tomioka-san... ¿no crees?

Sin darme cuenta apreté la tela contra mi pecho.

Sentí una ligera molestia ante la invasión de mi privacidad.

-Creo que deberías ayudar a Aoi -respondí con calma-. De lo contrario, Inozuke terminará dejando a todos sin comida.

Tal vez entendió la indirecta. O tal vez fue porque vio a Aoi acercarse con una bandeja llena de medicinas. Sea cual fuera la razón, Zenitsu simplemente se alejó.

-Oh, Nezuko-chan -dijo Aoi al verme pasar-. ¿Sabías que Tomioka-san acaba de despertar? Justo iba a llevarle medicina y agua, ¿podrías hacerlo por mí? Creo que hay alguien que se me ha estado escondiendo toda la mañana.

Por alguna razón, mi corazón se aceleró. Giyuu-san despertó.

Tomé la bandeja casi sin pensarlo y me dirigí a su habitación con pasos rápidos. Cuando abrí la puerta, lo encontré sentado en la cama mientras dos Kakushi revisaban sus heridas y comprobaban sus signos.

Al verme entrar apresurada, con la respiración todavía agitada, no pude evitar sonrojarme cuando nuestras miradas se cruzaron.

-Ah, ya llegó Nezuko-chan -dijo uno de los Kakushi-. Lo dejamos en tus manos.

Se retiraron poco después. La puerta se cerró.

De repente estábamos solos. No esperaba que sucediera tan rápido... y tampoco entendía por qué me sentía tan nerviosa.

-Nezuko.

Di un respingo tan fuerte que casi dejé caer la bandeja.

Por suerte, el hombre frente a mí -aun herido- seguía siendo uno de los pilares más rápidos.

Su mano se movió con rapidez, sosteniéndome antes de que perdiera el equilibrio.

-Lo siento -dijo con calma-. Es la costumbre de escuchar a Tanjiro llamarte así... Nezuko-san.

-¡No!

Mi voz salió más alta de lo que pretendía.

Por un instante vi un destello de sorpresa en sus ojos azules.

-Nezuko está bien.

Me observó en silencio un momento.

-¿Estás segura? No somos tan cercanos.

-Sí... estoy segura.

Aparté la mirada y dejé la bandeja sobre la mesa junto a la cama.

Luego acerqué el vaso con la medicina. Instintivamente llevé mi mano a su frente para comprobar su temperatura antes de entregársela.

-¿Cómo te sientes?

Giyuu-san guardó silencio unos segundos antes de responder.

-Incompleto...

Su mirada se endureció de pronto.

-Tanjirou.

Mi pecho se tensó.

-Mi hermano aún no ha despertado -respondí con suavidad-, pero está bien. Sus heridas ya han sanado... y Kanao lo cuida todo el tiempo.

Vi cómo dejaba escapar un largo suspiro. Sus ojos se desviaron hacia el lugar donde antes estaba su brazo.

-Ya todo terminó, Giyuu-san -dije con cuidado.

Él permaneció en silencio un momento.

-Supongo que es extraño... -murmuró-. De repente todo aquello por lo que luchaste durante años... simplemente termina... y haber sobrevivido... -añadió.

No estaba segura de haber entendido completamente lo que quería decir, pero aun así continué.

-Ahora puedes seguir adelante.

Negó ligeramente con la cabeza.

-No es tan fácil.

Su voz era tranquila, pero estaba cargada de algo pesado.

-Dedicamos nuestra vida a esta lucha. Muchos de nosotros... esperábamos morir en ella. Fuimos entrenados para eso.

Sus ojos se perdieron en algún punto distante.

-Nuestra mente no está hecha para... simplemente seguir. Encontrar una esposa. Tener hijos... un futuro.

Guardó silencio antes de añadir:

-Creo que estamos demasiado rotos para eso.

Por un instante sentí el impulso de darle una bofetada por su pesimismo.

Pero también entendía que hablaba desde las heridas que la batalla había dejado en todos nosotros.

En lugar de eso, tomé el vaso vacío y lo coloqué suavemente sobre su cabeza.

Le sonreí.

-Giyuu-san es un buen hombre... y además muy apuesto.

Sus cejas se fruncieron ligeramente.

-Muchas chicas morirían por que sus hijos tuvieran tus ojos.

Las palabras salieron de mi boca demasiado rápido.

Tan rápido que sentí cómo el calor subía a mis mejillas.

Parecía dispuesto a responder... pero entonces su mirada descendió hacia mi regazo.

Allí estaba.

Su haori.

Sus ojos se abrieron con sorpresa.

-Eso es...

Lo tomé con cuidado y se lo entregué.

La expresión de su rostro cambió por completo.

Se parecía mucho a la de mis hermanos cuando recibían el regalo que habían estado esperando durante todo el año nuevo.

-Pensé que lo había perdido... -murmuró mientras lo sostenía-. ¿Cómo...?

Le devolví la mirada con una pequeña sonrisa.

-Fue un regalo... Por cuidar de mi hermano... y de mí.

Bajé la vista un instante.

-No estaríamos aquí si no fuera por Giyuu-s-

No pude terminar la frase.

De repente me encontré inclinada hacia adelante, apoyada contra su pecho.

Giyuu-san había rodeado mi espalda con un brazo. Su rostro quedó oculto entre mi cabello.

Al principio pensé que iba a decir algo. Pero no habló.

Solo sentí cómo su cuerpo temblaba ligeramente.

Luego una gota cálida cayó sobre mi hombro. Y otra más.

Sus lágrimas mojaban mi cabello en silencio.

-Gracias... Nezuko.

Su voz fue apenas un susurro.

Sonreí con suavidad. No dije nada. Simplemente me quedé allí. A su lado. Hasta que dejó salir todo aquello que había estado cargando solo durante tanto tiempo. Y, al final, comprendí algo. Me sentía feliz de haber estado allí. De haber visto ese lado del hombre más frío y distante entre los pilares. Ese lado que, por alguna razón... solo me había mostrado a mí.

Los días pasaron lentamente. Mi rutina seguía siendo casi la misma, aunque mis tardes ya no consistían únicamente en observar a Giyuu-san dormir... bueno, no siempre. Aunque había despertado, sus heridas todavía necesitaban cuidados constantes.

-Creo que tengo una deuda enorme contigo, Nezuko -dijo una tarde.

Yo sostenía un plato de sopa, soplando con cuidado para enfriarla antes de llevársela a la boca. Aunque insistía en que podía hacerlo solo, atenderlo de esa manera me hacía feliz... y, al final, siempre terminaba permitiéndomelo.

-No hay nada que Giyuu-san me deba -respondí con suavidad-. Solo estoy devolviendo el favor...

-No es solo el haori. Sé que has cuidado de mí desde antes de que llegara a la finca. Los Kakushi y Aoi me lo dijeron.

Mis mejillas se encendieron de inmediato. No era algo que pretendiera ocultar, pero sentirme descubierta me avergonzó. Debí mostrar demasiado en mi rostro, porque él sostuvo mi muñeca antes de que el plato se inclinara.

-Permíteme pagarte -continuó en voz baja-. Siento que ni entregándote mi vida podría...

Guardó silencio un momento y luego suspiró.

-Perdóname.

-¿Eh?

-Perdóname por llegar tarde aquella noche y no salvar a tu familia. Perdóname por no haber evitado que te convirtieras en demonio. Perdóname por haberte herido la primera vez que nos vimos... por pensar que solo eras otro demonio al que debía decapitar. Perdóname por haberte usado para provocar a Tanjirou... y por no haberlo protegido frente a Muzan.

Su voz se quebró ligeramente.

-Siempre termino siendo yo el protegido... incluso por ti.

Antes de que pudiera seguir hablando, coloqué ambas manos sobre sus labios.

-Giyuu-san salvó mi vida ese día -dije con firmeza.

No tenía idea de cuándo habían comenzado a caer mis lágrimas.

-No tenías forma de saber que Muzan llegaría a mi casa. Él fue quien asesinó a mi familia... quien me convirtió en demonio. No tú.

Bajé la mirada, tratando de ordenar mis pensamientos.

-Giyuu-san me dio una oportunidad. Limpió mis heridas, me cargó, me cubrió y me acostó junto a mi hermano. Me dio la oportunidad de llegar con Urokodaki-san. Él mismo me contó que ofreciste tu vida a cambio de la mía.

Respiré hondo.

-Cuidaste y protegiste a mi hermano cuando yo no pude. Estoy aquí gracias a esa decisión. Pudiste matarme ese día... pero no lo hiciste.

Mis manos temblaron ligeramente.

-Por eso... gracias.

Cuando finalmente levanté la mirada, vi que sus ojos también estaban llenos de lágrimas. Bajo mis manos, sentí cómo sus labios se curvaban apenas.

-Gracias, Nezuko...

Le devolví la sonrisa.

Durante unos instantes permanecimos en silencio, un silencio breve pero extrañamente cómodo. Después de terminar su comida, Giyuu-san me observó pensativo. Entonces habló de nuevo.

-Sabes... desde que me convertí en cazador entrené para ser el mejor. Quería vengar a las personas que los demonios me arrebataron. Durante años ningún demonio logró siquiera tocarme.

Sus ojos azules brillaron con una leve chispa de humor.

-Hasta que llegaste tú.

Abrí los ojos sorprendida.

-Me diste una patada tan fuerte en las costillas que derrapé varios metros -continuó con una pequeña sonrisa-. Me quedó un morado durante semanas.

Mis mejillas ardieron de inmediato. No sabía qué decir... aunque una risa nerviosa luchaba por escapar.

En ese momento no lo entendí.

Pero aquel día fue la primera vez que vi a Giyuu-san. No al Pilar. No al cazador imperturbable. Sino al hombre que, a pesar de todo... todavía podía sonreír.

- Fin del Flashback-

-¡Tanjirou, Nezuko-chaaan! -el grito de las esposas de Uzui-san me sacó de mis pensamientos.

-Regresarán a casa después de que les den el alta, ¿cierto? -preguntó Uzui-san mientras colocaba su mano sobre la frente de mi hermano. Yo, por mi parte, luchaba por no caerme bajo el peso del abrazo de Suma-san.

-¡Pero antes vengan a visitarnos a nuestra casa, por favor!

-¡Te la pasas gritando, tonta! -Makio-san casi la arrancó de mi lado con el golpe que le dio en la cabeza.

Suma-san empezó a quejarse inmediatamente con Uzui-san, pero él no pareció escuchar nada; estaba completamente absorto en la conversación con mi hermano.

Al final, nos dejaron algunos dulces y se despidieron, insistiendo en que debíamos visitarlos cuando todo estuviera más tranquilo.

Unos minutos después, vi acercarse a un chico sorprendentemente parecido a Rengoku-san. A su lado caminaba un hombre mayor que se parecía aún más a él. El joven tironeaba de su brazo con insistencia.

No sabía quiénes eran, pero no fue difícil deducir que debían ser el padre y el hermano del Pilar de la Flama.

De pronto me encontré elevada en el aire.

Era Uzui-san, que aún no se había marchado.

Me giré un poco y vi a mi hermano hablando con él. Parecía una conversación seria, tal vez algo privado, así que le indiqué al expilar del Sonido que podía bajarme.

Decidí aprovechar para ir a revisar a algunos pacientes... y también para ver si Giyuu-san ya había regresado de su reunión con Oyakata-sama.

Justo cuando me acerqué a la puerta, la cuadrilla de herreros se asomó de repente y el ruido despertó a Zenitsu, que comenzó a gritar como si lo estuvieran atacando. En medio del alboroto, logré escabullirme.

Mientras avanzaba por el pasillo, noté que Inosuke hacía exactamente lo mismo... aunque arrastrándose por el suelo como si fuera parte del plan.

Iba caminando por el pasillo cuando me sorprendí al ver de frente a Shinazugawa-san. Era la primera vez que lo veía despierto. Llevaba puesto el uniforme y su cuerpo estaba cubierto de vendas.

Aunque en algunas ocasiones ayudé a curar sus heridas, al estar a cargo de Giyuu-san no me involucré demasiado en su recuperación.

Después de la sorpresa inicial, se instaló entre nosotros un silencio incómodo.

Tal vez en su mente rondaban aquellos recuerdos en los que me hirió... cuando atravesó con su espada la caja donde mi hermano me llevaba, o cuando intentó usar su sangre para obligarme a probarla y justificar matarme. De haberlo logrado, también habría condenado a mi hermano, a Urokodaki-san... y a Giyuu-san.

O tal vez esos recuerdos no estaban en su mente. Tal vez estaban solo en la mía.

-Ah... ¡Buenos días! -dije tan fuerte que mi voz resonó en todo el pasillo.

-Seh...

Parecía distraído.

Pensé que quizá acababa de regresar de la reunión, así que no quise incomodarlo más. Aun así, viendo el estado de su cuerpo, no pude evitar preguntar:

-¿Tus heridas ya están mejor?

-Seh... algo así.

-¡Menos mal!

Sentí un pequeño alivio al saber que incluso los más graves ya estaban fuera de peligro.

-Yo... quería disculparme por un montón de cosas. También por ese problema que tuvieron después de derrotar a Muzan... yo estaba dormido en ese momento.

-Jaja... yo dormí por... ¿cuánto fue? ¿Dos años aproximadamente? -respondí sonriendo-Así que, comparado con eso, no dormiste absolutamente nada.

Quería transmitirle la tranquilidad que sentía en ese momento. Sabía mejor que nadie que él había sufrido una de las pérdidas más dolorosas de la batalla... Genya-kun.

-Mi hermano también durmió mucho tiempo después de la batalla. ¡A mí me encanta dormir! -dije con ligereza.

Hablé tan rápido y con tanta naturalidad que no noté su expresión... hasta que sentí una mano posarse suavemente sobre mi mejilla.

Levanté la mirada.

Por primera vez vi una sonrisa genuina en el Pilar del Viento. Era una sonrisa tranquila... casi como si, por un instante, estuviera mirando a su hermano a través de mí.

-Cuídate...

Sus palabras me tomaron por sorpresa. Ni siquiera alcancé a responder.

Sanemi-san me rodeó y comenzó a alejarse por el pasillo con su paso despreocupado, como si aquella breve conversación no hubiera significado nada. Yo todavía estaba procesando lo ocurrido cuando levanté la mirada. Fue entonces cuando lo vi.

Al final del pasillo estaban Giyuu-san y Urokodaki-san. Sentí cómo el corazón me daba un pequeño salto en el pecho. No tenía idea de cuánto tiempo llevaban allí... ni de cuánto habían visto. El rostro de Giyuu-san, como siempre, era casi imposible de leer. Por un instante me quedé completamente inmóvil, con una extraña sensación de calor subiendo por mi cuello, como si hubiera sido sorprendida en algo que ni siquiera sabía explicar.

Abrí la boca para decir algo... cualquier cosa.

-¡Urokodaki-san! ¡Giyuu-san!

La voz de mi hermano a mis espaldas rompió el momento.

Di un respingo y me giré. Antes de darme cuenta, Tanjirou ya corría hacia ellos, y yo lo seguí casi por reflejo.

Cuando llegué, abracé a Urokodaki-san con fuerza.

-Te cortaste el pelo, Giyuu-san...

Al decirlo me giré para mirarlo mejor.

Casi por impulso estuve a punto de abrazarlo también... pero me detuve al recordar la presencia de Tanjirou y Urokodaki-san. Aun así, por un breve instante, me pareció ver un leve movimiento en sus hombros... como si hubiera esperado ese abrazo.

Mientras la conversación continuaba con naturalidad, me quedé a su lado observando disimuladamente su nuevo corte de cabello. Mis mejillas comenzaron a arder cuando, en más de una ocasión, nuestras miradas se cruzaron.

¿Acaso... él también me estaba mirando?

Finalmente llegó el día en que partiríamos hacia nuestro hogar.

Como Inozuke y Zenitsu no tenían a dónde ir, mi hermano decidió -y yo acepté- que vendrían con nosotros. Sin embargo, no todo en esa decisión me resultaba ligero. Había en mí dos sensaciones que no lograba reconciliar. La primera era una incomodidad persistente ante la forma en que Zenitsu-kun se dirigía a mí. Hablaba como si compartiéramos una cercanía que no existía, como si ciertos vínculos ya estuvieran definidos sin haber nacido realmente... como si hubiera construido una historia entre nosotros que yo nunca había escrito. Aquello despertaba en mí un impulso extraño... una necesidad de corregirlo, de poner límites que no sabía cómo expresar. La segunda era más pesada, pero más honesta... más difícil de nombrar. Significaba dejar atrás a Giyuu- San.

Sabía que, una vez completamente recuperado, regresaría al Distrito del Agua, territorio que le había sido concedido como compensación tras la guerra contra Muzan.
Y eso solo podía significar una cosa: nuestros caminos dejarían de cruzarse. O, al menos, no volverían a hacerlo de la misma manera. Esa idea se asentó en mi pecho con una tristeza silenciosa... y con un pensamiento que me avergonzaba admitir: no quería que se fuera. Pero la realidad no se detiene ante deseos egoístas.

Giyuu-san siempre fue amable conmigo. Y aunque hubo momentos en los que sentí algo distinto, momentos en los que creí sentir algo más en sus silencios -algo que no sabía nombrar-, comprendía que, para él, no era más que gratitud. Gratitud por acciones que, según decía, yo había hecho por él. Ahora, con la distancia de la partida, me preguntaba si no habría sido todo producto de mi propia imaginación.

La última vez que lo vi, en realidad habló con mi hermano. Yo... fui incapaz de hacer más que ofrecer una despedida superficial. Las palabras correctas nunca llegaron, y cuando el momento pasó, solo quedó una amarga certeza: ni siquiera fui capaz de expresar aquello que ni yo misma entendía.

-Si dejamos todas las flores, podremos ir a casa de Tanjirou -la voz de Zenitsu me arrancó de mis pensamientos-. ¡Son demasiadas tumbas! ¡No terminaré hoy!

No alcanzó a seguir quejándose. Inosuke irrumpió corriendo entre las lápidas lanzando flores en todas direcciones con la misma delicadeza con la que hubiera atravesado un bosque a machetazos.

-¡Eres un bruto! ¡Déjamelo a mí!

La expresión de mi hermano al ver el desastre logró, por un instante, aligerar el peso en mi pecho. Sonreí sin darme cuenta.

...

Caminábamos de regreso por el mismo sendero que un día nos vio partir.

Pero esta vez... todo era distinto.

Yo ya no era una niña.

Tampoco un demonio.

Y mi hermano ya no tenía una misión que cumplir.

Solo regresábamos a casa.

Ahora éramos cuatro. Cuatro sobrevivientes intentando construir algo sobre lo que quedó.

Pensar en nuestros hermanos... en sus tumbas... me hizo desear, por un instante imposible, volver atrás. Cambiar algo. Hacer más. Evitarlo todo. Pero la vida no concede segundas oportunidades. Ellos no estaban. Mamá no estaba. Y, en medio de ese vacío, una idea absurda cruzó mi mente: me hubiera gustado preguntarle a ella cómo se llama esta sensación en el pecho cuando pienso en Tomioka-san... o si, quizá, estoy enfermando.

-¿Qué llevas ahí?
-Las cenizas de mi abuelo.
-¿Cenizas? ¿Puedo comerlas?
-¡¿Acaso eres idiota?!

Mi hermano y yo intercambiamos una mirada breve... y decidimos ignorarlos.

Ya estábamos cerca.

Fue entonces cuando vi a Saburoji-san regresar a su cabaña, sosteniendo una sombrilla. Lo llamé casi por reflejo. Al girarse y vernos, no hizo falta decir nada. Corrimos hacia él.

El abrazo llegó con una fuerza contenida... como si en ese gesto intentáramos sostener todo lo que habíamos perdido: la ausencia, el dolor, la nostalgia.

Volver allí era regresar al lugar donde alguna vez fuimos felices... y donde todo nos fue arrebatado.

El reencuentro tenía un sabor agridulce. Porque, aunque era reconfortante ver a alguien querido... también nos recordaba con crudeza a quienes ya no volverían.

A medida que ascendíamos por la montaña, una presión incómoda comenzó a instalarse en mi estómago. Y entonces la vi.

Nuestra casa. O lo que quedaba de ella.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

El tiempo había hecho su trabajo sin piedad: la estructura en ruinas, la vegetación reclamando cada rincón, la puerta destruida... y el silencio. Un silencio que gritaba todo lo que ya no estaba.

El aire parecía más denso al acercarnos.

Di un paso al frente, con cautela, como si la casa aún pudiera reconocerme... o rechazarme.

La madera crujió bajo mis pies.

Lo que alguna vez fue nuestro hogar apenas se sostenía en pie. Las paredes, desgastadas y abiertas en grietas irregulares, dejaban entrar la luz sin resistencia. El techo había cedido en varias partes, permitiendo que la lluvia y el tiempo reclamaran su lugar sin oposición.

La naturaleza no pidió permiso.

La tomó.

Enredaderas trepaban por los restos de las vigas, abrazándolas como si intentaran sostener lo que ya no podía mantenerse por sí solo. El musgo cubría los rincones, suave y silencioso, ocultando las heridas más profundas de la estructura.

Aun así... no estaba completamente perdida.

Había algo en la forma en que la base resistía, en cómo algunas columnas seguían firmes pese al abandono... como si la casa, al igual que nosotros, se negara a desaparecer del todo.

Avancé un poco más. Cada paso removía recuerdos.

Aquí... reíamos.

Allí... mamá nos llamaba.

Cerré los ojos un instante. Pero los abrí de nuevo. Porque esta vez no podía huir.

Rodeamos la casa en silencio hasta llegar al pequeño claro donde descansaban. Las tumbas. Mi respiración se detuvo. No estaban abandonadas. La tierra había sido cuidada... o tal vez protegida por algo más. Y entonces lo noté.

Flores.

Decenas de ellas. Creciendo de forma natural, sin orden aparente, cubriendo cada tumba con un manto delicado y casi irreal. Eran Lirio Araña Azul, si, lo conocía, Tanjirou me conto que Muzan destruyo muchas vidas en búsqueda esa flor, y hoy justo ahí estaban frente a mí. Sus pétalos finos se extendían como hilos de cielo atrapados en la tierra, moviéndose suavemente con el viento, como si respiraran. No recordaba haberlas visto crecer aquí antes, o tal vez sí, creo que cuando era niña mamá menciono unas flores azules, pero nunca en nuestra casa. Nadie las había plantado. Y, sin embargo, estaban ahí. Como si la propia tierra hubiera decidido ofrecer algo a cambio de todo lo que nos arrebató.

Di un paso tembloroso hacia adelante. El contraste era insoportable. La casa... rota.
El pasado... irreparable. Pero las tumbas... Hermosas. Demasiado. Como si alguien -o algo- hubiera querido que nunca fueran olvidados. Sentí un nudo formarse en mi pecho. No era solo tristeza. Era algo más profundo.

Algo que dolía... pero que también sostenía.

El viento pasó entre las flores, haciendo que se inclinaran apenas... como si respondieran a mi presencia.

Y por primera vez desde que regresamos... no sentí que estuviera llegando tarde.

Tanjiro tomó mi mano, tal como lo hacía años atrás, y me guio en silencio hasta quedar frente a ellos. Me arrodillé.

El mundo pareció detenerse. Por primera vez en mucho tiempo... oré.

Pero no fueron palabras lo que encontré. Fueron deseos.

Quería volver a verlos. Escuchar a mis hermanos otra vez. Probar la comida de mamá. Abrazar a Hanako. Sentir el peso de Rokuta en mis brazos... y oír a Takeo regañar a Shigeru como si nada hubiera cambiado.

El anhelo me desbordó.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control, arrastrando consigo todo lo que no pude llorar durante años. Todo el amor que quedó atrapado dentro de mí... sin haber encontrado a quién entregarse. Mis manos temblaban sobre la tierra.

Las flores -los Lirio Araña Azul- se humedecían con cada lágrima, como si respondieran en silencio a mi dolor. Quería otra oportunidad. No importaba si era en esta vida... o en otra. Lloré hasta que el cuerpo me dolió. Y solo entonces noté que no estaba sola. Mi hermano seguía a mi lado, también en silencio, también quebrándose. Detrás de nosotros, Zenitsu e Inosuke inclinaban la cabeza, ofreciendo un respeto torpe... pero sincero.

...

Después de un tiempo, fue mi hermano quien se levantó primero.

Sin decirlo, lo entendimos. Había que reconstruir.

El trabajo comenzó con lo básico: retirar la maleza, limpiar los restos, rescatar lo que aún podía sostenerse. La madera dañada crujía bajo nuestras manos, pero no todo estaba perdido.

Al caer la tarde, él calentó agua para que todos pudiéramos bañarnos. Yo... me quedé en la cocina improvisada, preparando la cena.

El sonido de las voces llenó la casa. Risas. Discusiones absurdas. Ruido. Por un momento, pareció que la vida intentaba regresar. Tal vez... poco a poco, la alegría también lo haría.

Pero cuando la noche avanzó y finalmente estuve sola en mi habitación... el silencio volvió. Y con él... ese vacío.

---

Habían pasado dos meses desde que dejamos la Finca Mariposa. Dos meses sin saber nada de Giyuu-san

Escribí cartas. Varias. Ninguna fue enviada. No tuve el valor.

Mi hermano sí lo intentó. Envió cuervos, incluso uno dirigido a él. Pero no hubo respuesta. Nunca la hubo.

-No entiendo por qué sigues escribiéndole -dijo Zenitsu, con un tono que no supe si era molestia o algo más-. Es evidente que no le interesa lo que pase con nosotros.

Sus palabras me atravesaron.

Pero antes de que pudiera responder, mi hermano habló.

-Giyuu-san está ocupado -dijo con calma-. Urokodaki-san me contó que lo ha estado visitando. Está entrenando con su mano izquierda... y también mencionó que se encontró con una chica en una misión. Creo que dijo que se llamaba... Yae.

¿Una chica?

El aire se volvió denso.

Mi pecho se tensó sin que pudiera evitarlo.

-Urokodaki-san cree que Giyuu-san debería encontrar a alguien que le dé sentido a su vida -continuó-. Incluso le pidió consejo sobre qué regalarle a una mujer.

Cada palabra cayó con precisión cruel. Algo dentro de mí... se quebró. No sabía quién era ella. No sabía nada. Y aun así... la sentí como una amenaza.

Me levanté de golpe.

-Nezuko... -la voz de mi hermano se tensó- tu aroma cambió.

-Estoy bien -respondí, demasiado rápido forzando una sonrisa-. Solo... estoy cansada. Iré a descansar.

-Pero aún no anochece-

-Estaré bien.

-¡Si te sientes sola, yo puedo acompañarte! -intervino Zenitsu.

No respondí. Cerré la puerta. Y entonces... colapsé.

Mis manos cubrieron mi boca para ahogar el sonido, pero las lágrimas ya no podían contenerse. Salieron sin control, desbordándose como si hubieran estado esperando ese momento. La imagen apareció sin pedir permiso. Giyuu-san... sonriendo. Pero no conmigo. Con alguien más.

Me arrastré hasta el futón, temblando, y me cubrí por completo, como si la oscuridad pudiera esconder lo que sentía. No supe en qué momento el llanto se convirtió en sueño.

...

Un estruendo me despertó de golpe.

Voces. Demasiado ruido.

Abrí la puerta, aún aturdida, con la intención clara de hacerlos callar.

Y entonces lo vi. De espaldas. Alto. Inconfundible. El haori... el mismo que yo había reparado.

Se giró lentamente. Sus ojos azules encontraron los míos. El mundo se detuvo.

La sangre me subió al rostro. Todo rastro de sueño desapareció... y en su lugar quedó una certeza brutal: él estaba ahí. Y yo... no. No en este estado. Mis manos reaccionaron antes que mi mente.

Cerré la puertea de golpe.

-Ne...zuko...?

Su voz quedó suspendida al otro lado.

El silencio se extendió unos segundos después de su voz.

No me moví.

Mi mano seguía apoyada contra la puerta, como si eso pudiera contener lo que ocurría al otro lado.

-Nezuko... -repitió, esta vez con menor firmeza.

Tragué saliva.

Respiré hondo.

Y abrí.

Solo lo suficiente para asomarme.

Giyuu-san seguía ahí. Inmutable... pero no del todo. Había algo distinto en su postura, una ligera tensión en los hombros, como si no estuviera completamente seguro de estar en el lugar correcto.

Mis ojos bajaron por reflejo. Entonces lo noté. A su lado, cuidadosamente agrupados... había varios paquetes. No eran ostentosos. Pero sí... demasiados. Parpadeé, confundida.

-Yo... -hizo una breve pausa, como si ordenar palabras fuera un esfuerzo innecesario-. Traje algunas cosas.

Algunas.

La palabra no coincidía con la realidad.

-¿Para quién? -preguntó Zenitsu Agatsuma, apareciendo detrás de él con una velocidad sospechosa.

-Para Nezuko -respondió, directo.

El aire cambió.

Sentí el calor subir a mi rostro antes de entender por qué.

-¿¡Para Nezuko!? -Zenitsu dio un paso al frente- ¿¡Por qué tantos!? ¿¡Qué clase de intención hay detrás de esto!?

-Zenitsu -intervino mi hermano con calma-.

Pero no fue suficiente para detenerlo.

-¡Esto no es normal! ¡Nadie trae tantas cosas sin una razón!

Tanjiro avanzó entonces, observando con más atención.

-Giyuu-san... ¿todo esto es...?

-Agradecimiento -respondió sin dudar-. Por el cuidado que recibí. Y... -su mirada se desvió apenas- el haori.

El haori.

Mi pecho se tensó.

-No era necesario... -murmuré, apenas audible.

-Lo es -respondió.

Sin énfasis. Sin emoción visible. Pero firme. Ese tono... hizo que mi corazón latiera con más fuerza.

Zenitsu chasqueó la lengua, claramente irritado.

-Esto es sospechoso... demasiado sospechoso... -murmuró-. Nadie hace esto solo por "agradecimiento".

-Zenitsu -mi hermano lo miró con advertencia.

Pero ya era tarde.

-¡Lo digo en serio! ¡Esto es exactamente como empiezan estas cosas!

No entendí completamente a qué se refería. Pero sí entendí algo más. Mis manos se movieron solas, tomando uno de los paquetes. Era ligero. Lo abrí con cuidado. Dentro... había tela. Suave. De buena calidad. Nueva. Mis dedos se detuvieron sobre ella. No supe qué decir.

-Pensé... que podrías necesitarlo -añadió Giyuu-san, desviando ligeramente la mirada, como si explicar demasiado fuera innecesario.

Eso fue todo. No hubo más palabras. No hubo intención visible. Y aun así... mi rostro ardía.

-Giyuu-san... -mi voz salió más baja de lo que esperaba- gracias.

Él asintió.

Nada más. Pero en ese pequeño gesto... había algo que no supe interpretar. Zenitsu dejó escapar un sonido frustrado.

-Esto no me gusta nada...

Inosuke, desde el fondo, ya estaba revisando los paquetes sin ningún tipo de respeto.

-¡Hay más cosas aquí! ¡Este tipo vino preparado!

-¡No los abras! -exclamó mi hermano.

El ruido volvió. Las voces. El caos. Pero esta vez... no me molestó. Porque, en medio de todo eso... había algo nuevo. Algo que no estaba antes. Y no supe si eso me alegraba... o me asustaba.

El ruido de la casa continuó detrás de mí. Risas. Discusiones.
La voz insistente de Zenitsu mezclándose con los reclamos de Inozuke.

Pero yo... me aparté.

Necesitaba aire.

El anochecer había comenzado a cubrir la montaña, tiñendo el cielo de un azul tenue. Caminé sin pensar, guiada por una sensación difícil de nombrar, hasta que mis pasos me llevaron nuevamente al claro.

A las tumbas.

Las flores se movían con suavidad.

Los Lirio Araña Azul parecían más visibles bajo la luz que se desvanecía, como si absorbieran el último rastro del día.

Me arrodillé.

No para orar esta vez.

Solo... para estar.

El viento pasó entre los pétalos, y por un instante, tuve la extraña sensación de que respondían a mi presencia.

Como si me reconocieran. Cerré los ojos. Y entonces- Un sonido detrás de mí.

Pasos.

No necesité girarme para saber quién era.

-Te fuiste -dijo Giyuu -san.

No era un reproche. Solo una observación.

-Había demasiado ruido -respondí en voz baja.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pero no era incómodo. No como antes. Sentí su presencia acercarse... y detenerse a una distancia prudente. Siempre esa distancia. Siempre ese límite invisible.

-Gracias... por venir -murmuré.

-Era necesario.

Fruncí levemente el ceño.

-¿Necesario?

-Sí.

No explicó más. No lo haría. Mis dedos se cerraron suavemente sobre la tierra.

-No tenías que traer nada.

-No eran... cosas importantes.

Mentía. O, al menos... minimizaba. Giré apenas el rostro.

-Para mí sí lo fueron.

El viento se detuvo. O tal vez fui yo quien dejó de sentirlo.

-Giyuu-san...

Dudé.

Las palabras se amontonaron... pero ninguna parecía correcta. Quería preguntar.

Sobre las cartas.
Sobre el silencio.
Sobre... la chica.

Pero no lo hice. No pude.

-¿Estás bien? -preguntó de pronto.

Mi respiración se detuvo.

-Sí.

-Tu... expresión -hizo una breve pausa- cambió.

Era demasiado observador.

-Solo estoy cansada -respondí, repitiendo la misma mentira.

Silencio.

Entonces lo sentí. Un leve calor. Bajo mis manos. Abrí los ojos. Las flores. Los Lirio Araña Azul se mecían... pero no con el viento. Sus pétalos vibraban suavemente, como si una corriente invisible los atravesara.

Mi pulso se aceleró.

-¿...los ves? -susurré.

-¿Qué cosa?

Levanté la mirada hacia él. Giyuu-san observaba el lugar con la misma calma de siempre. Nada en su expresión indicaba que notara algo fuera de lo normal.

Volví a mirar las flores. El movimiento seguía ahí. Sutil. Pero real. Mi mano tembló. Sin pensar, rocé uno de los pétalos. El mundo... cambió. No fue un sonido. No fue una imagen clara. Fue una sensación.

Calor.

Voz.

Hogar.

Un instante... demasiado breve para entenderlo, pero lo suficientemente fuerte para hacer que mi corazón se contrajera.

Retiré la mano de golpe. Mi respiración se volvió irregular.

-Nezuko. - Su voz sonó más cerca. -¿Qué sucede?

Negué con la cabeza.

-Nada...

Pero no era cierto.

Porque en mi pecho... algo había despertado. Algo que no estaba antes. Y que no sabía cómo detener. El viento volvió. Las flores se quedaron inmóviles. Como si nada hubiera pasado. Pero yo sabía que sí.

-Deberías descansar -dijo finalmente Giyuu- san.

Asentí.

Me puse de pie con cuidado.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pero esta vez... no era el mismo. Había algo contenido en él. Algo que no terminaba de tomar forma. Lo sentí antes de entenderlo.

Como si Giyuu-san quisiera decir algo... y no encontrara el momento.

Mis manos se cerraron levemente sobre la tela de mi kimono.

-Giyuu-san... -mi voz salió más baja de lo que esperaba-¿tu... estás bien?

Él no respondió de inmediato. Como si la pregunta necesitara atravesar algo antes de llegar.

-Estoy bien.

Breve. Directo. Pero no suficiente. Tragué saliva.

-Yo... -dudé- me alegra que estés aquí.

El viento se movió entre las flores.

-Gracias por... venir. Y por los regalos -añadí, sin mirarlo directamente-. Los cuidaré.

Un leve silencio.

-No es necesario que lo prometas.

Parpadeé.

-Si los necesitas... puedo traer más.

Mis ojos se abrieron ligeramente. El calor subió a mis mejillas sin permiso. No supe cómo responder. Porque no era lo que decía... era la forma. Simple. Sin intención aparente. Y aun así... demasiado.

Bajé la mirada, intentando recuperar el control. Pero ahí estaba otra vez. Esa pregunta. Esa que no había podido formular.

¿Quién era esa chica?

Mi pecho se tensó. Quise decirlo. Quise preguntarlo. Pero el miedo llegó primero. Y me detuvo.

-Partiré mañana -dijo entonces.

Levanté la mirada de golpe.

-¿...tan pronto?

-Aún quedan zonas por revisar -añadió-. Aunque los demonios hayan desaparecido... no todo ha vuelto a la normalidad.

Asentí lentamente. Era lógico. Correcto. Esperado. Y aun así... no lo quería. El silencio regresó. Más pesado. Más difícil.

-... ¿cuándo volverás?

La pregunta salió antes de poder detenerla. Mis propios labios parecieron sorprenderse. Desvié la mirada de inmediato. Demasiado tarde. Él no respondió enseguida. Ese breve espacio... fue peor que cualquier respuesta.

-No lo sé.

Simple. Sin adornos. Mi pecho se contrajo levemente.

Claro. Era obvio. ¿En qué estaba pensando? Di un pequeño paso atrás.

-Entiendo...

Pero entonces-

-Nezuko.

Me detuve. No por la fuerza de su voz. Sino por algo distinto. Algo... más firme. Giré apenas.

Giyuu-san no se había movido. Pero su atención estaba completamente sobre mí.

-Antes de irme... -hizo una breve pausa- necesito hablar contigo. Mi respiración se detuvo.

-¿...conmigo?

Asintió levemente.

-A solas.

El mundo pareció reducirse a ese instante. A esa distancia. A esas palabras.

-¿Sobre qué...?

-Mañana.

No hubo más explicación. No habría más. Lo sabía. Sentí una mezcla extraña recorrerme el pecho.

Confusión. Ansiedad. Algo más... que no supe nombrar.

-Está bien... -respondí finalmente.

El viento volvió a soplar entre los Lirio Araña Azul. Por un instante...juraría que se movieron otra vez. Miré una vez más las tumbas.

Las flores.

Y ese lugar que, por un instante... se sintió diferente.

-Buenas noches... Giyuu-san.

-Buenas noches.

Di un paso. Luego otro. Pero esta vez... no me sentía igual. La casa volvió a quedar en silencio.

No uno absoluto... sino ese tipo de calma irregular que queda después del ruido, cuando las voces se apagan, pero el eco aún persiste en las paredes.

Todos dormían. O al menos... eso parecía. Yo no. Mis ojos permanecían abiertos, fijos en el techo, siguiendo las sombras que la luz de la luna dibujaba entre las grietas de la madera.

El cansancio estaba en mi cuerpo... pero no en mi mente. Cerré los ojos. Y ahí estaban. Las tumbas. Las flores. Ese instante. Ese... calor. Mi mano se movió lentamente hasta posarse sobre mi pecho. Mi corazón latía con una cadencia extraña. Inquieta. Como si algo dentro de mí estuviera... esperando. Giré sobre el futón. El silencio volvió a caer. Pero esta vez... pesaba. Pensé en ellos.

En mamá.
En la calidez de su voz.
En la forma en que acomodaba mi cabello.
En cómo todo parecía tener sentido cuando ella estaba cerca.

Pensé en mis hermanos.

En sus risas.
En sus peleas pequeñas.
En lo fácil que era el mundo... antes de romperse.

Mi respiración se volvió irregular.

-Si hubiera llegado antes...- La frase escapó en un susurro. Demasiado bajo para ser escuchado. Demasiado real para ser ignorado. Mis dedos se aferraron a la tela.

-Si hubiera sido más fuerte...

Las imágenes comenzaron a mezclarse. Sangre. Nieve. Silencio.

Cerré los ojos con fuerza. Pero no desaparecieron.

-Si hubiera podido hacer algo...

Mi voz se quebró. Porque esa era la verdad que no podía cambiar. No entonces. No ahora. El peso en mi pecho creció. Y con él... algo más. Algo que no era solo tristeza. Era rechazo. Rechazo a aceptar que así debía terminar.

Abrí los ojos. La habitación seguía igual. Pero yo... no.

-No es justo...

El susurro se perdió en la oscuridad. No era una queja. Era una constatación. Un límite.

Un punto al que mi corazón... ya no quería someterse. El aire se sentía distinto. Pesado. Denso. Como antes... en el claro. Bajé la mirada. Mis manos temblaban levemente. Ese calor...otra vez.

No estaba en mi pecho. No esta vez. Era más débil.

Pero claro. Como un hilo invisible tirando de mí.

La mañana llegó demasiado rápido. No recordaba en qué momento me había dormido. El aire era frío, más de lo habitual, y la casa aún permanecía en silencio. Por un instante, todo pareció en calma... como si nada hubiera cambiado. Pero yo lo sabía. Algo no estaba en su lugar.

Me levanté. Mi cuerpo se movía con una extraña ligereza, como si una parte de mí estuviera adelantada... esperando.

No tardé en verlo. Giyuu-san ya estaba afuera. De pie. Como si hubiera estado ahí desde mucho antes. El viento movía suavemente su haori. El mismo que yo había reparado. Di un paso hacia él. Luego otro.

-Buenos días... Giyuu-san.

Asintió apenas.

-Nezuko.

No hubo más saludo. No lo necesitábamos. El silencio se instaló entre nosotros... pero no era vacío. Era tenso. Como si algo estuviera a punto de quebrarse.

-Dijiste ayer... que querías hablar conmigo -murmuré.

Él no respondió de inmediato. Su mirada se desvió un instante, como si buscara las palabras en algún lugar que no le pertenecía.

-Sí.

Breve. Siempre breve. Mi corazón comenzó a latir más rápido.

-Escucharé.

El viento pasó entre nosotros. Y entonces-

-He pensado... -su voz se detuvo un segundo- en lo que haré a partir de ahora.

Fruncí levemente el ceño.

-La organización ya no existe como antes -continuó-. Pero aún hay cosas que deben hacerse.

Asentí. Era lógico.

-No puedo... volver a lo que era.

Algo en su tono cambió. Apenas. Pero lo suficiente para que lo sintiera.

-Pero tampoco... -hizo una pausa- quiero seguir solo- Mi respiración se detuvo. El mundo pareció alejarse un poco -Nezuko...

Mi nombre. En su voz fue... Diferente. No suave. No cálido. Pero... firme.

-Si decido quedarme... -añadió- necesito una razón.

Mis dedos se tensaron. No entendía completamente... y al mismo tiempo... sí.

-Yo no... -sus palabras se quebraron levemente, casi imperceptible- no soy bueno diciendo estas cosas.

Claro que no. Era él.

-Pero... -su mirada se sostuvo en la mía-si eliges que me quede... lo haré.

El aire desapareció de mis pulmones.

No fue una confesión. No fue una pregunta. Fue... una entrega. Torpe. Directa. Irreversible. Mi corazón latía con fuerza. Demasiada.

-Yo... -mi voz tembló-

Todo dentro de mí respondió al mismo tiempo. Las flores. El calor. El vacío. El miedo. Y ese deseo. Ese que había nacido en silencio. Elegir. Tener algo. Construir algo. Con él.

- Si... Quiero...

La afirmación apenas salió. Pero fue suficiente. Porque en ese instante El mundo... se quebró. El viento se detuvo en seco. El sonido desapareció.

Y el calor, no en mi pecho. Esta vez... en todo. Los Lirio Araña Azul. A nuestro alrededor. Vibraron. Como si hubieran estado esperando. La luz cambió. El aire se volvió denso. Mi cuerpo dejó de responder.

-Nezuko. - Su voz. Lejana.

-¿Qué-?

No pude terminar. Todo se deshizo.

Luz.
Viento.
Memoria.

Y entonces- oscuridad.

...

El peso en mi espalda me despertó. El frío. El olor a madera. A montaña. Abrí los ojos.

La luz del día atravesaba los árboles. Mi respiración se detuvo. No estaba en casa. No estaba en el claro. No, Mis manos se movieron con rapidez. Tocaron. Sintieron. Un cuerpo pequeño. Cálido. Dormido. Mi corazón se detuvo.

-...Rokuta...?