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A veces creemos que vivimos en el infierno, que en realidad nunca hemos despertado de una larga y terrible pesadilla. Que hemos hecho algo en alguna vida pasada y ahora pagamos una condena interminable para saldar la cuenta. ¿Dios? Dios es un mito, es solo un cuento creado por la gente que se niega a aceptar la realidad miserable en la que nos ha tocado vivir.
Mo Ran dejó esa ilusión de esperanza hace años y solo lucha cada día para sobrevivir al deseo de morir.
No cree que haya algo bueno esperando al final de lo amargo y mísero. No tiene tiempo para esas fantasías cuando tiene que pensar qué comerá y donde dormirá.
Conseguir un pedazo de pan, algo de agua y un lugar en el suelo es todo lo que conoce en su vida.
Y ha fallado en ello desde hace días. No ha comido, no ha bebido y no ha dormido. Cree ver a la muerte esperando para llevárselo.
Odia la vida, odia cada día que despierta y ve que aún respira, pero algo en su interior aún quiere luchar y sigue huyendo de la muerte.
Es de noche, el cielo se vuelve negro sin estrellas y tenebroso de mirar. Las calles son silenciosas y no hay nadie en ellas, ni un alma, ni un sonido. Las farolas se esfuerzan por iluminar, pero la luz tiembla dentro del cristal y algunas se apagan muriendo.
Tiene miedo.
No le gusta la oscuridad, cualquier cosa puede lastimarlo y tiene miedo de lo que se esconde en ella.
Huye buscando luz.
Recorre calles que se niegan a refugiarlo, prefieriendo ser consumidas por la nada.
Camina y luego corre, corre tan rápido como sus piernas lo permiten para no ser atrapado por lo aterrador del vacío.
Tropieza con algo, tal vez alguien toma su pie y cae.
Se raspa las rodillas y las manos, incluso su nariz consigue un rasguño.
Lo tocan, lo intentan arrastrar y lastiman cuando lo jalan.
Quiere llorar, quiere gritar, pero está aterrado. Quiere llamar a su madre.
Pero ella ya no está.
Mo Ran cree que vive en el infierno, cada día lo confirma y ahora está a punto de ser devorado por un gran demonio. El horror de lo que nace en las llamas de las pesadillas está por desgarrar su piel y romper sus huesos.
Acabarán con él.
En su miedo y desesperación una parte de él ora. Solo ora a alguien, no sabe a quién, no tiene idea alguna de a quién llamar.
Por un momento siente el deseo de llamar a Dios. Quiere rogar por su ayuda, pero es inútil. Sería llamar al nombre equivocado rogando por piedad. No existe el cielo en este lugar y mucho menos un dios que venga a ayudarlo.
Mucho menos cuando no tiene más que su persona y alma para ofrecer.
Su piel duele, siente como lo monstruoso clava sus colmillos en su piel y sus garras tratan de alcanzar su corazón para arrancarlo.
Cuando siente que comienza a llorar y la primera lágrima cae, algo sucede. El suelo debajo de él desaparece y se siente flotar. Un fuego se vuelve luz y la oscuridad le teme, se esconde y retrocede.
El fuego se vuelve amarillo, se vuelve blanco y suena como un rugido su crispeo.
Lo cubre y no quema. Lo cubre y parece acunarlo y sanarlo.
En medio del rugido escucha al fuego hablar.
No temas. No temas en mis brasas.
Mo Ran no lo hace, incluso si este fuego podría ser peor a los demonios que lo comían, no teme.
El fuego no es oscuridad y eso es suficiente para él.
Cierra los ojos y comienza a dormir, gritos alimentan las llamas que le piden no temer.
…
Cuando vuelve a abrir los ojos las cenizas forman el suelo en el que descansa. No tiene frío, no tiene calor. El blanco baña todo el lugar en cenizas puras.
Hay un hombre.
Hay un hombre de rodillas a su lado mirando fijamente, tiene una mirada afilada y de un color ámbar, casi dorado, como si oro hubiera en sus ojos. Tiene unas cejas finas y delgadas, oscuras.
Viste solo de blanco, como un lienzo, un blanco que no ha visto antes en el mundo que habita lleno de pesadillas y suciedad.
Cuando el hombre lo considera lo suficientemente despierto habla. —Hola Mo Ran.
Duda, pero responde el saludo. Hola.
—Me presento contigo, soy Chu Wanning, puedes llamarme Chu Zhongzi o Yu Heng. No importa, incluso puedes darme tú un nombre y usarlo para llamarme.
No entiende nada de lo que dice este tal Chu Wanning.
—Me has llamado.
¿A qué se refiere? No recuerda haber llamado a nadie.
—Has pedido ayuda y yo te he respondido. —aclara ante su confusión—. Oraste por ayuda por la noche y yo he actuado para acudir a ti.
Ahora recuerda algo, recuerda haber orado.
—¿Eres Dios?
—No, no soy aquel que ustedes llaman Dios.
—¿Vas a matarme?
No responde.
—Tu oración fue una petición de ayuda y yo he acudido para aclarar los términos de la petición.
Mira a su alrededor, todo ha sido consumido por el fuego que cree fue causado por Chu Wanning o tal vez el fuego fuera Chu Wanning.
—Pero ya me has ayudado, ¿qué quieres a cambio? Solo puedo darte mi alma y mi servicio. No tengo nada más para dar.
Chu Wanning lo mira.
—Tu alma no vale mucho en este momento, aún eres joven y no ha sido alimentada debidamente como para poder considerarse un bocado.
Bueno, perdónalo por ser menos que una rata en la vida.
—Haz declarado que mi servicio a tu petición ya ha concluido, por lo que tomaré tu alma como compensación. Dado que aún no se considera apta para ser consumida, la tomare bajo mi cuidado para procurar su crianza y desarrollo.
Su ropa cambia por una más abrigada.
Una botella de agua es puesta en sus manos junto con algo para comer.
Chu Wanning extiende la mano hacía él y espera.
—Necesito que sellemos el trato.
Es todo lo que dice. Un ¿Dios? de pocas palabras definitivamente.
Mo Ran no duda, no es estúpido. Ya estaba condenado a la muerte de todas formas.
Toma la mano y la aprieta.
Un fuego amarillo las envuelve, no arde y no quema, es cálido en su lugar. El fuego recorre su brazo hasta posarse en su cuello y se vuelve un collar de una piedra roja brillante.
—¿Y ahora? —pregunta sin saber que hacer ahora que su alma no le pertenece y obtiene una certeza de que seguirá viviendo, ahora lejos de las sombras y la oscuridad.
—Vamos a casa, Mo Ran.
