Chapter Text
Sherlock era más un hombre de cerebro que de corazón, o eso siempre presumía.
Y también de escasos puños, pero esa era otra historia. Aún estaban trabajando en ello.
Moriarty creía que todo eso no era cierto (excepto lo de los puños, Sherlock aún era un escuálido peleador), en realidad pensaba que era un hombre demasiado sentimental.
A veces desearía arrebatarle ese dejo de humanidad, pero era divertido verlo dar vueltas y pelearse con su misma cola. Era cómico hasta que eso comenzó a frustrar sus investigaciones. La ternura se convertía en una amenaza a su alianza. Y si Moriarty no podía seguir divirtiéndose con su compañía, lo mejor era susurrar al viento algo que podría hacer tambalear un poco la estabilidad de Holmes, pero su sentido de justicia era tan firme que faltaría gritarle en la oreja para encontrar una mínima reacción.
A veces parecía que cada uno estaba al otro lado de la balanza, compitiendo por quién ganaría más peso. Dos ideales completamente distintos coexistiendo. Aún así, Moriarty lo veía como su igual, y eso era mucho decir porque su ego era enorme. Teniendo en cuenta todo esto, ¿valía la pena su relación?
Moriarty tenía la fórmula, podía hacer lo que quisiera con ella, pero si traicionaba a Sherlock, se acabaría la diversión y se encontraría con algo feo que los dividiría. Y en el fondo, le agradaba Sherlock, así que lo mantendría a su lado mientras pudiera. Era una amenaza para sus planes, sí, pero era también un gran aliado.
Así que si quería ganar su mente, debía atacar al corazón. Así funcionaba el todo de Sherlock, y James se encargaría de golpear muy fuerte.
—La vela está tibia.
James levantó ambas cejas, mirando a Sherlock, quien estaba delante de él, señalando un escritorio tan caótico que ni el mismo Pierre-Simon Leplace le hallaría una solución que no involucrará prenderle fuego directamente.
—¿Perdón?— preguntó Moriarty con una sonrisa.
—La vela está tibia, lo que quiere decir que el señor Augustus acaba de salir— explicó rápidamente Sherlock. Oh, claro, había olvidado que estaban en medio de un caso. Un fotógrafo que desapareció repentinamente y cuya esposa estaba tan desesperada por encontrarlo que recurrió a Sherlock porque lo vio en los periódicos. Moriarty decidió no pensar en el hecho de que solo buscaban a Sherlock para resolver algún caso, quizá porque era el más llamativo en los titulares—. No debemos perder tiempo, James. Estuvo en esta oficina y salió con mucha prisa, pero antes de eso, buscaba algo.
—Esto comienza a convertirse en un caso más oscuro, ¿no crees? Ya no buscamos a un simple fotógrafo sino a todo un excelente atleta— dijo mientras recogía una hoja del suelo, mirándola con atención—. ¡Oh, mira! Nuestro corredor nos dejó un pequeño detalle. Uhhh... esto no le gustará a su esposa. Al menos le dejó una cuantiosa herencia, porque lo que veo aquí, sería causa de una acalorada pelea.
Sherlock le arrebató el papel y leyó con interés. Luego la acercó y olfateó un poco.
—Reconozco la tinta— soltó Sherlock—. Solo hay un lugar donde la venden.
—¿En serio?— se burló James—. Deberías escribir monografías de temas a los que a nadie le importa. Se te daría bien.
—No es mala idea— respondió con una sonrisa—. Estoy escribiendo algo sobre la ceniza de tabaco, quizá te deje leerlo algún día— dijo mientras caminaba hacia la salida. Moriarty lo siguió con una mirada burlona, negando con la cabeza—. ¿Qué? Es interesante.
—Como usted diga, Sr. Sherlock Holmes— se detuvo en la puerta, quitándose el sombrero de copa y dejándole el paso libre—. Después de usted, caballero.
Sherlock viró los ojos pero aún así le siguió el juego. Cuando se acercaban al lugar que, según Sherlock, vendía la tinta, este comenzó a contarle una pequeña historia como era de esperar.
—¿No tienes un poco de curiosidad por saber cómo sé de dónde viene la tinta?— se detuvo, girándose para mirar a James, quien se inclinó hacia él.
—Ni un poquito— respondió con tono juguetón, metiéndose las manos a los bolsillos—, pero si tanto te hace ilusión, soy todo oídos.
Tan rápido como dijo eso, le dio permiso para hablar sin parar.
—Mycroft.
—Claro que está involucrado Mycroft— obvió Moriarty—. Tienes una encantadora relación con tu hermano.
—Mycroft es todo un experto en el tema de la tinta— continuó sin inmutarse—. Lo que para mi desgracia, significa que me sometió a la tortura de escucharlo cerca de una hora sobre eso. Claro, estaba nervioso, pero jamás lo va a admitir. En ese momento tenía su primer encuentro con sus empleadores y quería practicar conmigo sus conocimientos de tinta. Según él, la firma lo era todo en su futuro trabajo, así que debía elegir la mejor tinta para demostrar que se preocupaba por ese detalle.
—¿Y le funcionó?
—Ahora es funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, dímelo tú.
James asintió de acuerdo, deteniéndose frente al lugar acordado.
—Yo lo llamaría mejor el Gobierno Británico— aseguró Moriarty, ganándose una risa de Sherlock.
—¿Entramos?
—Con gusto.
Dicho eso, finalmente ingresaron.
Y desenvolverían el misterio.
