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En retrospectiva , la culpa fue de Baku
—He decidido que esta habitación tiene mejor energía espiritual —anunció el gato, enroscado en la almohada de la pieza de invitados.
—Esta es mi habitación —murmuró Izuku algo incómodo.
—Bueno si, pero no tiene habitación de invitados y yo soy un invitado milenario.- Dijo Baku, clavando sus ojos en ellos como si fuera lo más obvio del mundo
— Eres un incordio, eso es lo que eres — gruño Katsuki, mientras se iba a su habitación, un momento después dejó caer una manta sobre los brazos de Izuku y dijo, sin mirarlo:
—Duerme en mi habitación hoy. Mañana veremos para acomodar mejor a la bola de pelo. — y sin más se fue de nuevo a trabajar
La palabra quedó vibrando en el pecho de Izuku mucho después de que el pasillo quedara en silencio. Se quedó trabajando hasta tarde, fingiendo concentración. Pero al final, ya poco podía avanzar con ese cansancio dulce que solo aparece cuando el corazón ha estado sintiendo demasiado. Sus opciones eran reducidas; molestar a Baku y arriesgarse a su ira o un terrible dolor de cuello por dormir en el sillón y un Kacchan enfurecido. Suspiró y se asomó a la habitación de Katsuki todavía considerando si aceptar la invitación.
Katsuki dormía boca arriba, con la respiración profunda, el pecho subiendo y bajando con esa calma que Izuku había temido no volver a ver jamás. La luz tenue marcaba las líneas de su cuerpo bajo la camiseta, las cicatrices, la piel tibia. Vivo.
No había futon
Izuku se sentó en el borde de la cama. El colchón cedió, pero Katsuki no despertó. La mano de Izuku se movió sola antes que este se percatara, se apoyó sobre el pecho de Katsuki: Sintió un latido fuerte, constante.
El mundo se redujo a ese pulso. Se inclinó sin pensarlo y apoyó su oído sobre su pecho. El calor lo envolvió. El olor familiar. La seguridad. Cuando cerró los ojos, su cuerpo ya había decidido quedarse.
Katsuki despertó sintiendo un peso y un calor pegados a su costado. No era la manta. Era más denso, más real. Abrió los ojos, preparado para gruñir y se encontró con Izuku dormido sobre su pecho, la mano aferrada a su camiseta como si fuera un salvavidas, el rostro hundido contra él como si buscara refugio incluso en sueños.
El gruñido se deshizo antes de nacer. Lentamente, llevó la mano al cabello de Izuku. Lo acarició con torpeza contenida, recorriendo los rizos con los dedos, como si cada roce confirmaba que era real, que no era un fantasma más, que al fin estaba a su lado.
Izuku se movió apenas, un suspiro escapando de sus labios, acercándose más. Ese gesto lo atravesó como una descarga eléctrica.
— Tonto… —murmuró, pero su voz era grave, baja, cargada de algo que no era burla.
Izuku abrió los ojos, todavía atrapado entre el sueño y la conciencia. Cuando entendió dónde estaba, su respiración cambió, se hizo rápida y superficial.
—Perdón… yo no quería…no encontré…quiero decir… tú dijiste— comenzando a levantarse
Katsuki lo sostuvo con una mano en su rostro antes de que terminara. Su pulgar rozó la mejilla de Izuku, lento, como si descubriera una textura nueva.
—Quédate.
La palabra no empujaba. No exigía. Solo dejaba esa invitación tan anhelada.
Izuku no respondió con voz. Se acercó. Sus frentes se tocaron. Sus respiraciones se mezclaron, tibias, irregulares.
— Es… Es la primera vez que estamos así... — murmuró Izuku con una emoción difícil de definir
El aire entre los dos se volvió espeso, cargado de todo lo que no habían dicho y todo lo que ahora ya no daba miedo sentir. Izuku rozó su nariz con la de Katsuki, una risa nerviosa escapando…
— ¿Aún cuando eras un pervertido transparente? — Katsuki puso su pulgar bajo el mentón Izuku, manteniendo en su lugar cuando intentó esconder su rostro
—¡Kachan no fu…— Katsuki junto sus labios con los de él sin dejarlo terminar
El beso empezó suave, apenas un roce, pero traía meses de distancia contenida, de miradas que se apartaban demasiado rápido, de manos que se quedaban a medio camino. Katsuki lo sostuvo de la nuca, profundizando el beso con una necesidad que no era urgencia, sino certeza. Izuku respondió sin dudar, sus manos deslizándose por su espalda, aferrándose a la tela, a la forma, al calor.
No había prisa. Pero tampoco tenía miedo.
Cuando se separaron, el aire les faltaba un poco. Sus frentes volvieron a apoyarse, labios aún rozándose.
—Estoy aquí… —susurró Izuku, como si todavía le sorprendiera.
Katsuki sonrió apenas, esa sonrisa mínima que era más íntima que cualquier declaración.
—Nos quedamos.
Se besaron otra vez, más lento, más profundo. Esta vez, una de las manos de Katsuki descendió por la espalda de Izuku sobre la ropa, palpando la tensión liberada bajo sus dedos, hasta llegar al borde donde se une con su pantalón. La mano se detuvo, preguntando. Izuku respondió arqueando la espalda, una invitación silenciosa que Katsuki entendió al instante.
La mano de Katsuki se deslizó bajo la tela de su camiseta, encontrando la piel caliente y temblorosa. Izuku inhaló bruscamente contra su boca, el sonido ahogado por el beso. Era la primera vez. El primer contacto sin el pretexto de una pelea, sin miedo, sin incertidumbre, sin la barrera de la ropa. Solo piel. Katsuki exploró la curva de su cintura, la línea de su columna vertebral, cada centímetro, un territorio nuevo y ansiado.
Izuku rompió el beso, jadeando. Sus ojos estaban vidriosos, llenos de una emoción tan cruda que Katsuki sintió como un vértigo en su estómago.
—Kacchan… —susurró, y el nombre sonó como una plegaria.
Katsuki no respondió. En cambio, con un movimiento fluido y decidido, giró el cuerpo para quedar encima de él, apoyando su peso sobre los antebrazos para no aplastarlo. Al mirarlo vio el reflejo de su propio anhelo en esa mirada. Recorrió con sus dedos sus pecas, recogió una lágrima con su pulgar, para luego saborearla. Se inclinó y besó la línea de su mandíbula, luego el pulso que latía furioso en su cuello. Izuku se estremeció, sus manos subiendo por la espalda de Katsuki, uñas arañando ligeramente la camiseta.
—Más… —pidió Izuku, la voz rota, tomando la palma de Katsuki para besarla, mientras la otra se hundía en su cabellos rebelde, guiandolo para más
Katsuki obedeció. Sus besos descendieron por el pecho de Izuku, empujando hacia arriba la camiseta para dejar la piel descubierta. Besó cada cicatriz que encontró, deteniéndose abruptamente en aquella cicatriz blanquecina de su infancia.
Esta vez fue Izuku quien tomó el mentón de Katsuki y mantuvo su mirada conectada.
— Ya no somos ellos, — le beso la nariz — crecimos para mejor. —La mirada de Katsuki quedó estática absorbiendo esas palabras, y después devoró los labios de Izuku con una reverencia silenciosa de aquellos que han visto la muerte y reconocen el tesoro de la vida.
Ningún toque era suficiente, sus cuerpos se enredaban intentando volverse uno. Izuku se retorcía debajo de él, un torrente de susurros incoherentes y pequeños mordiscos para contener los sonidos. Cuando Katsuki tomó uno de sus pezones en su boca, lamiendo y succionando con una presión aprendida en la oscuridad de sus propios pensamientos haciendo que Izuku no pudiera contener un gemido largo y profundo.
El sonido rompió algo en Katsuki. La última barrera. Se levantó lo suficiente para quitarle la camiseta a Izuku y la suya, arrojándolas al suelo sin cuidado. La luz de la luna bañó sus torsos, marcando sus músculos y sus heridas, un mapa de todo lo que habían sobrevivido. Se volvieron a encontrar y el contacto de sus pechos desnudos fue una revelación. Piel contra piel. Calor contra calor. Corazones desbocados latiendo al mismo ritmo.
Katsuki bajó una mano por el abdomen de Izuku, despacio, sintiendo cómo los músculos se contraen bajo su toque. Detuvo su mano justo sobre la tela de su pantalón, mirándolo a los ojos, pidiendo permiso. Izuku asintió, tomando su mano guiando hacia donde lo necesitaba, casi sin aliento.
Con cuidado, Katsuki desabrochó el pantalón de Izuku y deslizó su mano dentro. El encuentro con su erección, caliente y dura, hizo que ambos soltaran el aire que no sabían que estaban conteniendo. Katsuki lo rodeó con su mano, y el sonido que escapó de Izuku fue pura rendición. Era un sonido de alivio, de anhelo casi satisfecho, de un dolor que finalmente cesaba.
—Kacchan… —repitió, y esta vez su voz estaba cargada.
Katsuki apoyó la frente contra la de Izuku, respirando fuerte, como si el aire pesara distinto entre los dos. No había prisa. No había necesidad de demostrar nada. Solo estaban ahí, demasiado cerca, demasiado conscientes el uno del otro.
Izuku temblaba, pero no de miedo. Era la descarga de todo lo que habían callado, todo lo que habían contenido por meses para no romper algo frágil que recién estaban reconstruyendo.
—Kacchan… —susurró con la voz rota.
Katsuki besó su mejilla y acariciando sus rizos, perdiéndose en las esmeraldas cristalinas
—Eres fuerte—murmuró solemne—. Eres hermoso. — Sonrió besando la otra mejilla, mientras movía su mano lentamente sobre el miembro de Izuku. — Eres mi todo, y si vuelves a morir , te traigo del infierno para matarte yo mismo — mordiendo su mejilla mientras apretaba su pene sacando un gemido.
Izuku soltó una risa húmeda, todavía con lágrimas en las pestañas, mientras se retorcía por las sensaciones. —Siiii …. siempre tan dramático. - logró articular entre jadeos de placer
—Cállate. — Pero no sonó a regaño. Sonó a hogar. — Creo que no soy solo yo el dramático — Sacando gemidos con las caricias sobre su miembro, mientras Izuku se deshacía de sus pantalones y los de Katsuki.
En el revoltijo de extremidades, sus cabezas chocaron fuertemente. Una risa y una maldición resonó llenando el ambiente de cargado de felicidad doméstica.
Se abrazaron más fuerte, y en ese abrazo había algo nuevo: no urgencia, no desesperación… sino elección. Sus respiraciones se fueron acompasando, sus latidos bajando de a poco, la intensidad transformándose en calor compartido, en caricias suaves por la espalda, en dedos entrelazados.
Un roce de narices.
Una risa pequeña.
Un beso corto, tibio, que no buscaba devorar sino quedarse.
Y justo cuando las caricias se volvían más traviesas, cuando las risas se transformaban en pequeños gemidos, cuando...—
—¿ESOS RUIDOS SON LO QUE CREO QUE SON O ME ESTOY MURIENDO OTRA VEZ?
Ambos se quedaron congelados.
La puerta estaba entreabierta. En el pasillo, Baku los miraba con los ojos entrecerrados, la cola mocha moviéndose con irritación.
—Porque si van a hacer ruido, avisen. Si van a hacer otra cosa… también avisen. Tengo traumas ancestrales.
Katsuki dejó caer la frente sobre el hombro de Izuku, temblando,tan enrojecido que Izuku se cuestionaba si era ira o vergüenza.
Izuku se tapó la cara. —Vete, Baku…
—Esta también ahora es mi casa, y mis oídos sensibles lo escuchan desde mi habitación —bufó el gato—. Uno intenta reencarnar con dignidad y termina de terapeuta de pareja.
Katsuki alzó la voz, una mezcla extraña entre gruñido y grito ahogado por una risa:
—¡Cierra la puerta o te tiro por la ventana espiritual!
Baku resopló y se fue murmurando:
—Los humanos. Cinco minutos sin morir y ya están haciendo cosas.
Silencio otra vez.
Izuku levantó la mirada, todavía rojo, todavía con lágrimas secas en las mejillas.
Katsuki le acomodó un rizo detrás de la oreja.
—Son cosas que pasan —dijo, con esa media sonrisa que era más suave de lo que jamás admitiría.
Izuku sonrió de vuelta.
Y esta vez, cuando se besaron, no había urgencia que quemara.
Solo dos personas que, después de todo, habían aprendido que quedarse también podía ser un final feliz.
