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Español
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Published:
2026-02-16
Words:
11,193
Chapters:
1/1
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4
Hits:
33

Need you now

Summary:

Son las horas en las que la soledad pesa más y la razón menos. Tsubasa solo tiene claro una cosa: ahora mismo, la necesita. Advertencia: Genderbender

Notes:

Advertencia: Genderbender

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Symphogear no me pertenece, es de sus respectivos dueños.



Cuando se conocieron apenas eran unos niños, siendo él un año menor que ella. El día el sol resplandecía y dejaba su marca incluso en las hojas de los árboles, cuando el aroma a verano se acercaba cada vez más, dos madres ilusionadas presentaron a sus retoños con la espera de que en el futuro estos se casasen, engendraran y por fin, serían las mejores abuelas. Estaban extasiadas de que su pequeño experimento funcionase.

Pero para un pequeño Kazanari Tsubasa de apenas diez años de edad, tener enfrente a una extranjera le era peculiarmente extraño. Sabia por boca de su madre de que la familia de la pequeña niña había viajado desde ucrania hace poco; pero ella conocía a la progenitora de la pelirosa desde que estudiaban en la universidad, cuando ella se fue de intercambio a ese lejano país. Los cabellos rosas de la niña eran divinos, muy pocos comunes aun en estándares de un japones convencional, sus ojos cian provocaban que tuviera cuidado de los misteriosos que le parecían, esa carita levemente regordeta le recordaba mucho a una pequeña ardilla que guardaba sus nueces para el invierno. Sin duda una niña muy característica.

Para María Cadenzavna Eve, toda esa situación le daba ciertos nervios. Nunca se caracterizó por ser buena socializando, eso normalmente lo hacia su mamá por ella. Conocer a otro niño de su edad, al poco tiempo de haber llegado a Japón le parecía surrealista y más si dicho niño tenía toda el aura de un samurái. Su mamá le comento en su momento que la familia de su amiga de la universidad eran distinguidos por su tradición samurái, lo cual le daba algo de pánico. Había visto muchas películas japonesas e incluso animes como para saber que esas cosas nunca terminaban bien. Se mantuvo cauta, detrás de las piernas de su mamá viendo como el niño menor que ella asintió ante las palabras que le decía su mamá y ella aun no lograba darle un significado a cada palabra debido a su inexperiencia con el idioma.

Aunque la limitante del idioma fuese un problema al principio, la madre de María, sonriente como siempre, hizo de traductor para que su hija pudiese comunicarse con Tsubasa y viceversa. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo tímida que era María con los extraños, no era algo nuevo; pero llego a suponer que al conocer a un niño de su casi edad estaría más relajada y no fue el caso. Por lo que, se dispuso a romper el hielo con bromas para que su pequeña se relajase y sintiese el relajado ambiente japones, nada comparado con su tierra natal donde las guerras estaban a la esquina de cada calle.

María sonreía sinceramente ante los actos de su madre que incluso, para que Tsubasa entendiese un poco mejor su idioma, movía las manos, haciendo un tipo de mímica donde el niño peliazul también compartió una suave risita. Se sintió agradecida en su momento, si ese fuese su padre… el definitivamente ni siquiera dejaría que su hija cerca de un japones. Un orgulloso hombre ucraniano no dejaría que su hija se juntase con cualquiera a excepción de que su esposa, siendo esta más orgullosa, lo impusiera.

Al final del día, donde más que nada platicaron a través de su traductora favorita, María logro bajar un poco la guardia. Encontró agradable al niño que estaba enfrente de ella. Sus ojos índigos ya no le parecían atemorizantes, si no bastante lindos, profundos como el mar e incluso como una gema preciosa. Su actitud aunque en momentos seria, esta se tornaba muy agradable con las palabras correctas. Llego a compararlo con una espada, una katana más bien; filosa y fluida para hacer su trabajo aunque solo con la persona correcta puede sacar su verdadero potencial.

Lo encontró fascinante cuando este intento hablar su idioma sin mucho éxito; pero lo hizo, se notaba su pasión por aprender y eso la enterneció porque más que nada, sabía que si se esforzaba era para lograr comunicarse correctamente con ella. Nunca nadie fuera de su familia se había preocupado tanto por ella.

Tsubasa lo intento tantas veces que incluso empezó a sentirse como un tonto sin remedio y escucharla reír al principio lo consterno pues entendía que ella se reía de él; pero distaba mucho de la realidad. Cuando aprecio la melodía de su risa, noto que era dulce, no presunciosa, sin ningún atisbo de burla. Entonces se tomó aún más enserio sus pequeñas clases para mencionar dos que tres palabras coherentes o al menos una oración completa. Cosa que en si fue un fiasco total, aunque al menos la noto relajada a comparación a como la vio al principio.

Ese día, ambos niños se fueron a dormir con una sonrisa en sus rostros, con la esperanza de un futuro mejor.

o—o—o—o

 

Su relación infantil distaba mucho de ser perfecta, pasaba por los millones de momentos unos más memorables que otros. Entre ellos, el idioma era su principal dificultad donde con mucho esfuerzo lograron entenderse aunque a medias al principio. María, gracias a la pasión que Tsubasa mostraba, emprendió en estudiar japones con vehemencia, sorprendiendo a su mamá por lo mucho que estaba avanzando en tan poco tiempo. Al cabo de unos meses, ambos niños podían comunicarse casi sin problemas aun pese a que había dos que tres palabras que María no entendía en japones y Tsubasa del ucraniano.

Se vieron tanto como pudieron. Ambos niños se encontraban pensando en el otro con una sonrisa infantil y sincera. Se agradaban, se querían casi como un par de hermano lo harían aun pese a que el padre de María era reacio a que su hija se juntara con ese niño.

La niña pelirrosa tuvo la dicha de compartir el nacimiento de su hermana con su querido amigo que asumió que debía proteger a la pequeña recién nacida con su vida cuando la vio por primera vez. Si era importante para María, también lo era para él. Cuando se trataba de su amiga, él se mostraba protector, demasiado en algunas ocasiones donde incluso llego a los golpes con alguno que otro infante que tuvo la osadía de burlarse del acento de María o comentar algo sobre su cuerpo. María siempre objetaba, le decía que no Valia la pena pelearse por ella, pero Tsubasa se mantenía firme en su decisión de procurarla. Aumento también sus jornadas de entrenamiento cuando en una ocasión un niño más grande que él le gano en una pelea y se marchó de parque con una risa burlona.

Se había prometido ser fuerte para proteger a su nueva amiga y eso haría hasta que la vida se extinguiera de su cuerpo, incluso en la muerte la procuraría.

María le fue concedida como un milagro del cielo. Su vida siempre fue entrenar, entrenar y después entrenar. No existía razón alguna para salirse de su rutina que a corta edad le inculcaron. Tampoco tenía una buena relación con sus compañeros de clase, no tenía amigos con los cuales salir, solo coexistía con sus familiares y empleados de la casa; pero a la llegada de María, toda aquella monotonía se derrumbó tan rápido como pudo acostumbrarse. Tenerla a su lado le parecía indispensable en su día a día, después de un largo día de entrenamiento lo que quería era verla por lo que se levantaba lo más temprano posible en la mañana para empezar a entrenar y tener parte de la tarde libre para estar con ella.

Se volvió una persona preciada para él y sentía que ella pensaba igual.

o—o—o—o

Un día como cualquier otro, jugando en la casa Cadenzavna, algo curioso le ocurrió al pequeño niño de ya doce años de edad. Ese día tranquilo como cualquiera de otoño, estaban jugando a la casita con la hermana menor de María, Serena una dulce niña de apenas un año de nacida. La menor ni siquiera entendía que pasaba del todo a su alrededor pero le gustaba ver la felicidad que irradiaba su hermana al lado del niño peliazul. Para María, ese juego era entretenido aun pese a que ya estaba en edad de tener gustos diferentes, no quería dejar de ser ella misma al menos frente a Tsubasa porque sentía que solo con él podía mostrar esa personalidad infantil.

En ese sutil juego, Serena hacia el papel del bebé de la casa que era protegido y mimado por su “padre” Tsubasa y su “madre” María.

 

— Nota bebé —jugueteo la pelirrosa con su ahora “bebé”— ¿Quién es la niña más linda del mundo? —continuo mientras le hacía cosquillas a la menor.

 

La dulce y pequeña Serena solo reía, le encantaba los mimos de su hermana mayor.

 

—Veo que nuestra hija creció un poco más este día —comento Tsubasa que se posiciono al lado de María, viendo la escena con una tenue sonrisa. Le enternecía el corazón ver tal dicha.

—Bastante —la pelirrosa dejo de ver a su pequeña hija que descansaba en una cobija sobre el pasto del patio de su casa— salió al padre —le comento al niño y este soltó una sutil risa nerviosa— es bien portada y muy adorable~

—P—Pero… —carraspeo rápidamente para reponerse, no podía perder su poca compostura, aun no— tu eres la adorable… si ella lo es, es por ti, María.

La aludida sonrió un poco, su pequeño pecho se sentía cálido por dichas palabras aunque le generaran algo de pena— no tendrás más comida en la tarde si me sigues halagando así, Tsubasa —dijo, cortando por la tangente el tema.

—Ow… —con una pequeña risa rasco su nuca y asintió un poco— no puedo pelear contra ti, María —comento, adorando cada silaba de ese preciado nombre.

—Eso hacen las esposas ¿no? Ganarles a sus maridos —se encogió de los hombros y acaricio el cabello azulado del niño— aunque ahora que lo pienso, tienes que ir a trabajar— al comentarlo, Tsubasa amplio los ojos y asintió con la cabeza rápidamente— bueno, entonces, adelante —lo dirigió hasta la “puerta” que más bien eran dos piedras separadas entre sí y que hacían alusión a la misma— “Sal temprano, vuelve tarde y se le sostén de esta familia. Eso es todo lo que te pido (1)” —repudio en un tono según ella “maduro” y “serio” tal y como había escuchado a su mamá decirle a su papá.

—Uh, entiendo —al estar en la puerta, asintió con más vehemencia— cumpliré mi deber, por ti y por mi linda niña —puso su mano sobre su pecho, jurando solemnemente que lo que dijo se haría realidad.

—“Es demasiado serio pero lindo” —pensó María con una pequeña risa de acompañamiento— “Tal pueda intentar aquello…”

 

Con un valor sacado desde el fondo de su pecho, María se aventuró a hacer algo que había visto a su mamá hacer muchas veces con su papá, incluso las jovencitas de su edad comentaban su experiencia en el ámbito que próximamente iba a explorar.

 

—Tsubasa —llamo al niño y este al voltear pues se encontraba a punto de “partir” lo tomo de las manos para de un pequeño jalón acercarlo a sí misma.

—¿María?

Decidida aunque su corazón comenzaba a latir a mil por hora, cuando lo tuvo lo suficiente cerca aun cuando él estaba dudoso y nervioso, posiciono sus labios sobre los ajenos del niño— Serás bienvenido siempre, amor —termino su frase con una agradable sonrisa acompañada con un leve rubor en sus mejillas.

 

Tsubasa abrió los ojos, el pobre apenas si podía procesar lo que había pasado. Solo pudo asentir rápidamente con la cabeza y salir corriendo detrás de un gran árbol que les daba sombra donde usualmente era su “trabajo” y a los pocos minutos regresaba.

Si se pudiera clasificar, se podría decir que solo fue un tacto inocente, que no duro más de un segundo pero al alejarse, el hormigueo se mantuvo presente aun después de que Tsubasa saliera corriendo detrás de un árbol. María se quedó con esa sensación, le gustaba de sobre manera y entendía porque sus compañeras e incluso su mamá lo hacían con tanta frecuencia. Era vigorizante, como el mejor dulce que hubiese probado en la vida.

Mientras la astuta María acariciaba sus labios con una inocente sonrisa, deseando que en un futuro aquel tacto se volviese, Tsubasa estaba conflictuado y bastante avergonzado. En su vida pensó tener ese tipo de actividad que solo consideraba que los adultos podían realizar. Eran pocas pero notables las veces que su madre besaba a su padre, era solo un leve contacto así como el que María efectuó con él. Le causaba repudio, un poco de asco el pensar en acercar sus labios a otra persona mientras fuese aun un niño. Todo espectáculo se veía tan alejado que en su mente pensó que jamás le pasaría eso. Lo tomo por sorpresa la actitud de María aunque tampoco era deducible que lo hiciese, aunque fuesen un “matrimonio” todo era un juego, no había realidad en sus palabras, bueno, solo en algunas fuera de alabar la lindura de la pelirrosa.

El contacto fue corto sí, pero su efecto demasiado duradero. Aun sentía un cosquilleo en sus labios, sus mejillas le ardían y su corazón latía tan fuerte como nunca lo hizo jamás. De concentrarse solo un poco, lograba sentir el sabor a frutillas que los delicados labios de María y de verdad le gustaba mucho.

Si de por sí, su vida diaria se dividía en entrenamientos y en estar con la pelirrosa, en ese momento tenía una razón extra para pensar en ella como si no hubiese algo más en su cabeza.

Cuando se dignó a “regresar del trabajo” fue recibido por un cálido abrazo proveniente de María aunque de alguna manera esperaba otro pequeño beso que le aliviara el corazón. Logro contener su ímpetu de preguntar la razón de su antigua acción.

El juego siguió su habitual rutina hasta que recogieron a Tsubasa. Sin molestarse en comer, se fue corriendo a su habitación y se lanzó sobre su futón. Debajo de sus sábanas, notó cómo su corazón, normalmente reacio y orgulloso de mostrarse “débil” frente a María, volvía a sentirse cálido y lleno de ansiedad al mismo tiempo. Aquellas sensaciones regresaron a su mente como ráfagas de luz, intensas y fugaces.

Recordaba el momento con claridad: el suave contacto de los labios de María sobre los suyos, la sorpresa inicial que dio paso a una extraña calidez que se extendió por todo su ser. Nunca había experimentado algo así. Su corazón latía con fuerza, como si quisiera salir de su pecho. Una mezcla de emociones lo envolvía: asombro, confusión, pero sobre todo una felicidad indescriptible.

Tsubasa, aun siendo tan joven, se encontraba lidiando con sentimientos complejos y profundos. Bajo sus sábanas, reflexionaba sobre lo que había pasado. ¿Por qué se sentía tan feliz y ansioso al mismo tiempo? ¿Por qué aquel beso inocente de María hacía que todo en su interior se revolviera? Era como si una chispa hubiera encendido algo en su corazón.

Entonces se dio cuenta: le gustaba la presencia de María, le gustaba todo de ella. No había más explicación. Los libros que leía casi como una biblia hablaban del amor incondicional de pareja, y lo que citaban aquellas lecturas podía sentirlo con más vehemencia que nunca. El beso de María había despertado algo en él, algo profundo y poderoso.

Imaginaba que esos sentimientos nuevos y extraños que flotaban en su estómago eran precisamente lo que describían los libros como amor. Esa mezcla de alegría y nerviosismo, esa urgencia de estar cerca de María, de protegerla y de compartir todo con ella, era para él la prueba de que estaba enamorado.

Afirmó su juramento de protegerla, sin importar lo que ocurriera. Incluso, si tenía que pelear contra Buda, entonces lo haría sin dudarlo. Ese beso había marcado el inicio de algo nuevo y maravilloso. Para Tsubasa, María era ahora la persona más importante en su vida, y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.

o—o—o—o

Quince años después

 

La vida puede dar giros demasiado inesperados, los amigos pueden seguir juntos como en otro caso que se distancian. En este especial caso, tanto María como Tsubasa seguían tan unidos como los días después de conocerse. Eran amigos leales, amantes de los mismos gustos mientras que en secreto guardaban el profundo amor que se tenían.

Tsubasa lo tenía claro desde aquel inocente en el patio de los Cadenzavna, él la protegería y la amaría el resto de su vida. Aunque no tuviese el valor suficiente para decirle lo que anhelaba su corazón. Sabía que de alguna manera eso era lo correcto si quería que todo estuviese como siempre, sin cambios y principalmente, con sus sentimientos no heridos ante un posible rechazo.

Ah, el destino cruel de una espada, de un fiel Sakimori.

María es simple y sencillamente un caso especial. Sabía desde hace bastante tiempo de sus sentimientos por el peliazul aunque no era del todo capaz de dejarlo claros. A su manera de verlo, era él quien debía dar el primer paso para proceder a una hermosa relación que ha estado añorando por años. Su madre muchas veces se lo dijo: “El hombre que te merezca, peleara por ti, incluso contra sí mismo”. Por lo que ella, aun en siglos donde esas palabras parecían ambiguas, seguía fiel mente esa creencia romántica que le vigorizaba los sentidos. El imaginarse a Tsubasa, pidiéndole ser su novia la emocionaba a tal punto de cual chica de secundaria escribía sus sentimientos en su fiel diario aunque ella ya tuviera poco más de 18 años.

A sus ojos, el peliazul era simplemente encantador. Se convirtió de ser su mejor amigo, el niño más lindo que jamás vio a un hombre hecho y derecho. Tan fuerte tanto emocional como físicamente. Sabía que si su mundo fuese a derrumbarse, él le ayudaría a sostenerse en lo que encontraban una manera de arreglar los problemas. El Kazanari no buscaba solucionarle toda la vida a María, si no ayudarla a buscar alternativas a los problemas incluso lo más mínimos. Le fascinaba esa manera en la que no imponía sus ideales.

Si, Tsubasa, su “amigo”, el ser más sencillo y estoico que conocía tenía que confesarle sus sentimientos ¿Cuánto tiempo le tomaría? No era una mujer tonta, se galardonaba de tener un instinto de primera y sentidos agudizados, sabía que él Kazanari tenía sentimientos por ella, era hasta cierto punto notable cuando estaba con ella. Solo a su lado él sonreía de oreja a oreja, lo veía sonrojarse e incluso titubear porque estando con las demás personas era el “confiable Tsubasa—senpai” aquel que no fallaba cual filosa hoja de katana.

 

 

“¿Cuánto tiempo más tendré que esperar?” —se preguntó María mientras esperaba a las afueras del colegio de Tsubasa.

Se había hecho de un habito de esperarlo cuando sus horarios coincidían. Ella ya siendo una estudiante de artes en una universidad de Tokio y él siendo estudiante de último año, los horarios distaban mucho de poder coordinarse; pero nada que no se arreglase con un poco de comunicación y un plan de internet bien pagado.

En algunos días María tenía que esperarlo incluso más de una hora, aunque su consuelo era esa sonrisa de arrepentido que él blandía y la invitación a una cafetería que ambos amaban ir.

 

—¡María! —grito el dueño de sus suspiros y al alzar la mirada, se topó con aquellos ojos índigo que le sonrosaban las mejillas.

 

Lo vio caminar, aunque parecía una eternidad desde su perspectiva. Poco a poco él se acercaba a su posición, el uniforme de la academia Lidian le sentaba de maravilla. Los pantalones con cuadrados grisáceos y linear tanto rojas como doradas; camisa implacablemente blanca y el saco negro de solapas negras lo hacía ver perfecto a sus ojos.

 

—Lamento la tardanza— comento al estar frente a ella, rascando con cuidado su nuca— tuve unos inconvenientes con Tachibana; pero quedo todo resuelto —atino a decir con una pequeña risita— María, ¿todo bien? —le pregunto al verla ida.

La Cadenzavna tuvo que sacudir rápidamente su cabeza velozmente y asentir con ese mismo entusiasmo— solo estaba pensando en el trabajo de la universidad —procedió a levantarse.

—Entiendo —él asintió con una mano sobre su mentón— pero no debes de sobre esforzarte ¿sí? De nada servirá que trabajes tanto cuando termines siendo una pasa arrugada y regordeta —comento sereno, tan tranquilo como la marea.

 

Cualquiera que lo viera o escuchara llegaría a pensar que aquellas palabras tenían como destino el ser un grosero petulante con María; pero mucho distaba de la verdad que escondía el misterio de sus ojos índigo. A su forma de verlo, no estaba siendo grosero, solo sincero con unos toques de inocencia para resaltar con esas facciones tranquila.

 

—Tsubasa…— ella fuera de tomárselo como una simple broma, a sabiendas de la honestidad del chico, le dio un golpe en el hombro con tanta fuerza que él tuvo que retroceder unos pasos hacia atrás por temor a que otro golpe se avecinara— el filo de la espada es demasiado puntiagudo…

—¡Tsubasa—san! —a su salvación, acudió un joven de cabellera castaña casi anaranjada que lo abrazo por los hombros con una enorme sonrisa— ¿Qué le estas diciendo a María—san? No debes de ser grosero con las mujeres —regaño entre risas pues disfrutaba demasiado las interacciones de la pareja.

 

Tachibana Hibiki era el nombre de dicho joven entusiasta y en sus palabras “el mayor fan de la pareja”.

 

—Yo… no fui grosero —comento el peliazul— solo dije lo que pensaba… —musito pensando en sus palabras.

—Oh, sí que lo fuiste y mucho, senpai —llegando a la escena, una albina de ojos amatistas regaño a su superior rodando los ojos con desdén— eres demasiado descuidado con tus palabras, me sorprende que María no te haya mandado a volar.

—¿Por qué mandaría a volar? —hablo dudoso— ni que fuera un avión…

 

Tanto la nueva llegada, Yukine Chris, María y Hibiki pestañearon a la par por la incredulidad del peliazul. En esos momentos, parecía un pequeño niño al que le dijeron la teoría del universo y apenas si podía procesarla. El primero en reírse de ese acontecimiento fue Hibiki que su risa resonó incluso hasta en los salones más alejados de la escuela, tanto era su risa que con sus manos sujeto su estómago en un intento de apaciguar el dolor que vendría tras la carcajada; María rio de manera suave, conteniéndose al colocar su mano derecha sobre sus labios; Chris fue un caso especial en ese sentido no aguando su risa pero no era tan escandalosa como la de Hibiki o tan delicada como la de María.

 

— Hey, ¿Por qué se ríen? —pregunto el incauto Kazanari que incluso pestañeando así parecía un cervatillo perdido.

—E—es que… —con suerte y pudo hablar el pobre Tachibana— Tsubasa—san, eres una joyita.

—No sé porque eso suena más a un insulto que a un halago…

—Se burla, como lo hago yo —Yukine palmeo el hombro de su superior cuando logro apaciguar su risa— vamos senpai, relájate un rato~

 

La albina palmeo de nuevo el hombro del joven peliazul, incluyo llegando a rozar levemente con el cuello, aquello activo una alarma en la cabeza de María. Tintineaban alertando del peligro inminente. Ella sabía muy bien que si bien, Tsubasa no es especialmente cariñoso con las demás, es un joven bastante atractivo, fornido y en simples palabras: atractivo. Conocía a la albina desde hace poco más de dos o tres años, se llevaban bien, congeniaron prácticamente al instante en el que se conocieron, por lo mismo no la veía como una rival aunque… tampoco era ajena a los rumores de pasillos que podía escuchar mientras esperaba a Tsubasa. Hablan de una relación secreta entre el Kazanari y Yukine por la relación tan estrecha que llevaban. Sin embargo, María sabia la verdad, que quien hacia ondear la marea en el corazón de la albina era otra persona que cuyo nombre guardaría en secreto hasta la tumba.

Le desagradaba mucho ser así de celosa y hasta cierto punto, posesiva. Aunque ella sintiese algo por Tsubasa, eso no le daba el derecho a sentirlo como una propiedad. Él es una persona y se le debía de tratar como tal. Mas sin embargo, tenía el factor de ser su mejor amiga desde la etapa más dulce de sus vidas ¿Por qué no podía permitirse ser un poco egoísta?

Cual danza sutil, alargo su brazo hasta alcanzar el de Tsubasa y de un tirón lo acerco a ella, dejándolo notablemente confundido y a sus acompañantes aunque al principio impresionados sonrieron cómplices en continuación.

 

—Tengo hambre —sentencio la pelirrosa con leve puchero en sus labios— ¿podemos ir a comer? —pidió al acercar un poco más a la joven así misma, sintiéndose de alguna manera segura.

—Oh... —Tsubasa se sonrojo un poco y asintió delicadamente mientras intentaba contener sus impulsos de abrazarla— seria agradable comer algo –apenas si pudo decir y dirigió su mirada a sus dos amigos— ¿quieren ir? Es una cafetería que está cerca.

 

Aunque lo haya hecho por educación, un leve gruñido salió de los labios de María mientras esperaba una respuesta. A lo que ellos, se miraron y sonrieron cómplices a sabiendas del porque esa actitud.

 

—No es necesario –Hibiki sacudió la mano con una enorme sonrisa— quiero que Chris—chan me ayude con unas cosillas ¿verdad?

—Oh, si, si— contesto la albina ante la mirada del pelinaranjo— vamos a hacer cosas.

—¿Qué tipo de cosas? ¿no requieren ayuda? —cuestiono el peliazul y recibió una negativa por parte de la pareja— pero...

—No te preocupes Tsubasa—san –atino a decir Tachibana mientras tomaba la mano de Yukine— son cosas que quiero hacer con mi linda amiga Chris~

La antes cara de la albina paso de una sonriente a una triste en cuestión de segundos aunque supo reponerse para que no lo notasen, aunque una chica pelirrosa si logro ver dicho cambio.

 

—Si, cosas de amigos –comento aunque su voz amenazaba con romperse en segundos.

—Entiendo... —asintió el peliazul— cualquier cosa me hablan ¿sí?

—Claro que si tigre –Hibiki jalo un poco la mano de la chica albina y con su mano libre alzo su pulgar— crea tu propio milagro, Tsubasa—san.

 

Ante esas palabras que sonaban al azar, las mejillas de Tsubasa se incendiaron, sintió calor en todo su cuerpo al recordar “aquella” platica que había tenido previamente con sus dos amigos.

 

—Yo... —apretó con fuerza su puño y asintió con decisión— lo hare –al mirar de nuevo al pelinaranjo este le contesto con una suave risita.

—Se que lo harás, Tsubasa—san~

 

Dejando a María más que confundida, la pareja empareja se comenzó a ir, dejando únicamente la estela de risas forzadas de parte de Chris y la simpatía de Hibiki.

 

—¿De qué se supone que estaban hablando? —comento la pelirrosa al ver a su acompañante y este únicamente se encogió de los hombros— oh no, no, ¿me quieres guardar secretos? ¿A mí? —se sintió ofendida ya que ella había sido su confidente por años.

—Mis labios están cerrados –con su mano libre, paso sus dedos sobre sus labios como si fuesen una alusión a un cierre— ¿qué tal si vamos a comer? Creo que eso es más importante que querer sacarme verdades –indago ya que vio como otro puchero se posiciono en los labios de María.

 

Al pestañear un par de veces, no le quedo de otra a María que suspirar. Sabía de primera instancia lo terco que puede ser Tsubasa y debía aceptarlo, si tenía hambre. Pelear contra un Sakimori con el estómago vacío es sin duda una mala elección.

Por lo que asintió y se dejó guiar por el joven peliazul para llegar a su cafetería favorita.

o—o—o—o—o

Al entrar a la cafetería, el ambiente acogedor los envolvió. María y Tsubasa se dirigieron a su mesa habitual, un rincón junto a la ventana que les permitía ver el bullicio de la ciudad sin ser molestados. Se sentaron y pidieron sus bebidas favoritas, disfrutando del momento en silencio.

Sin embargo, la tranquilidad no duró mucho. Un grupo de chicas entró a la cafetería, y al ver a Tsubasa, susurraron entre ellas antes de acercarse con sonrisas coquetas y miradas insinuantes.

—¡Tsubasa—kun! —dijo una de las chicas, deslizando su mano por el brazo de él—. ¿Podemos unirnos a ti?

—Sí, sería genial conocerte mejor —añadió otra, acomodándose cerca de él y rozando su pierna con la suya.

Tsubasa, incómodo pero siempre educado, se levantó y les dedicó una inclinación de cabeza.

—Lo siento, pero estoy aquí con mi amiga María —respondió con firmeza, sin darse cuenta de cómo la palabra "amiga" resonó dolorosamente en María.

Las chicas, decepcionadas, se retiraron a otra mesa, pero no sin antes lanzar miradas de desprecio hacia María. Ella, por su parte, apretó los labios, tratando de contener sus celos y la incomodidad que le provocaba la palabra "amiga". Pero algo dentro de ella hizo clic. Ya no podía seguir guardando sus sentimientos.

—Tsubasa —dijo de repente, su voz llena de determinación.

El peliazul la miró, sorprendido por el tono serio en su voz.

—¿Sí, María?

Antes de que María pudiera decir más, Tsubasa sintió un impulso de tomar el control. Recordó la conversación que había tenido con Hibiki sobre "hacer un milagro" y cómo él mismo había sentido la necesidad de ser valiente.

—María, espera. —La interrumpió suavemente, tomando sus manos entre las suyas—. Hay algo que necesito decirte.

María lo miró, su corazón latiendo con fuerza, sus ojos verdes llenos de expectativa.

—¿Qué es, Tsubasa?

Tsubasa tomó aire profundamente, recordando las palabras de Hibiki: "Crea tu propio milagro, Tsubasa—san."

—María, desde que éramos niños, he sentido algo por ti. —Comenzó, sus ojos oscuros fijos en los de ella—. Siempre he sido torpe con mis sentimientos y no quería arriesgar nuestra amistad, pero... ya no puedo seguir ocultándolo. Te he querido desde siempre. Tú eres la persona más importante en mi vida.

María sintió una ola de alivio y felicidad inundarla. Las palabras que había esperado escuchar durante años finalmente salían de los labios de Tsubasa. Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas de alegría.

—Tsubasa... yo también te he querido desde siempre. —Murmuró, apretando sus manos con fuerza—. No sabes cuánto significa esto para mí.

Tsubasa sonrió, un brillo de felicidad en sus ojos.

—Entonces, ¿quieres estar conmigo, María? —Preguntó, su voz temblando ligeramente, pero lleno de esperanza.

María asintió, incapaz de contener una sonrisa radiante.

—Sí, Tsubasa. Quiero estar contigo. —Respondió, abrazándolo con fuerza.

Él la rodeó con sus brazos, sosteniéndola como si temiera que todo fuera un sueño del que podría despertar en cualquier momento.

Se separaron solo lo suficiente para mirarse a los ojos. Entonces, Tsubasa recordó algo y sonrió.

—Por cierto, María, ¿sabes qué actividad van a hacer Tachibana y Yukine? —preguntó, intentando cambiar el tema a algo más ligero.

María rio suavemente, aliviada por la transición.

—No en realidad, pero puedo imaginas que Hibiki intentara hacer origami mientras Chris intenta enseñar a un gato a cantar. Como la semana pasada.

Ambos rieron ante la imagen mental, disfrutando del momento y la nueva etapa de su relación.

—Hablando de ellos, ¿no has notado a esos dos especialmente juntos?  —María comentó, con una sonrisa traviesa.

Tsubasa la miró, sorprendido.

— No en realidad... —dijo— ¿quieres decir que ellos dos...?

María asintió, y ambos se imaginaron la escena. Vieron a Hibiki, siempre enérgica y optimista, llevando a Chris, la fría y seria albina, a una cita.

—Me imagino a Hibiki corriendo hacia Chris con un ramo de flores, gritando "¡Chris—chan, te amo!" —dijo María, tratando de no reírse demasiado fuerte.

—Y Yukine, con su expresión de siempre, apenas levantando una ceja y diciendo "Esto es ridículo" —añadió Tsubasa, riendo.

—Pero al final, Chris aceptaría las flores y, aunque fingiría indiferencia, sus mejillas estarían ligeramente sonrojadas. —Continuó María, riendo junto con Tsubasa.

La imagen de la seria Chris y la entusiasta Hibiki en una cita romántica les resultó tan cómica que ambos rieron hasta que les dolieron los costados.

—Bueno, si ellos pueden hacer que funcione, nosotros también podemos —dijo Tsubasa, todavía sonriendo.

María asintió, sintiéndose más cómoda y feliz que nunca.

 

o—o—o—o—o

 

Con la pareja ya unida, no había nada más que pudiese salir mal ¿verdad?

Meses después de comenzaron su relación, la mamá de María falleció en un accidente de trafico cuando iba del trabajo a la casa para festejar junto con su hija su cumpleaños. Fue trágico en todas las formas posibles. La pelirrosa nunca se sintió tan vulnerable, como una hoja de papel a la que le pusieron agua, cualquiera que quisiese tocarla podía incluso romperla más; pero el único que se acercó valientemente para tomarla con delicadeza fue su en ese entonces novio: Tsubasa. La sostuvo en sus brazos en el hospital cuando el doctor les dio la noticia, la acompaño en el velorio y todos los preparativos, no la dejo sola en la medida de lo posible. Aunque María aparentaba ser fuerte en presencia de su hermana que no paraba de llorar, a solas ella lloraba con tal desesperación que le rompía el alma. Era como si le clavasen un millar de cuchillos en el pecho y así, no sería nada comparado con el dolor que ella sentía.

Tsubasa lleno ese vacío que había dejado su madre con sus abrazos, compasión, caricias y besos. Se sentía afortunada de tenerlo a su lado más porque su padre, de por si reacio a que su hija saliese con un japones, se había convertido en un verdadero patán prepotente y machista que no dejaba si quiera que Serena saliese a sus clases de danza cuando se enteró de que había niños en la misma.

Aunque peleo muchas veces por la libertad de su hermana, no logro hacer desistir al “señor de la casa”, lo único que pudo hacer es quedarse a su lado y conseguir un trabajo en el cual pudiera ganar la cantidad suficiente de dinero para pelear por ella en una batalla legal y mantenerla.

María pensaba que esa etapa se iría como agua mal pasada, en algún momento las cosas cambiarían; pero estuvo lejos de aquella utopía.

Un día, un lluvioso día más bien, entro con Tsubasa a su casa después de empaparse por completo gracias a la tormenta de la cual no fueron avisados por la señorita del clima del canal de noticias. En ámbitos generales, el peliazul no tenía permitido el acceso a la casa y el mismo prefería evitarle problemas a María aunque si fuese necesario, entraría para defenderla si el señor se ponía muy agresivo. Ese día en especial pudo hacerlo ya que el padre de María se había ido a jugar bolos con unos amigos y su hermana, la linda Serena, se quedó con una tía para que le enseñara valet ya que su padre aun no la dejaba ir.

Al entrar a la casa, María fue rápidamente a buscar una muda de ropa tanto para ella como para su pareja mientras que Tsubasa iba a darse un baño y evitar un resfriado. Cuando la pelirrosa por fin consiguió la ropa, fue corriendo al cuarto de baño para entregársela al peliazul. Tanto era su apuro que al abrir la puerta no tuvo la decencia de tocar como normalmente haría una persona educada y simplemente entro, topándose con una imagen que no pensó ver hasta el matrimonio.

Ante sus expectantes ojos estaba su novio con el torso desnudo y unos empapados jeans que iba a quitarse a continuación. María lo vio con atención, guardando en su memoria aquella imagen que le resultaba irresistible. Ya había visto anteriormente a Tsubasa sin playera, incluso en su etapa más infantil ellos se bañaban juntos como adorables hermanitos; pero el tenerlo frente a ella, con las gotas de agua y/o sudor recorrer ese cuerpo esculpido en mármol y ese alborotado cabello azul le resultaba terriblemente tentador como para dejarlo pasar.

En cuando Tsubasa la vio, sus mejillas se encendieron y no solo por el vapor de la habitación, su corazón comenzó a palpitar fuertemente y sintió una ola de vergüenza con la cual busco cubrirse pero ni siquiera encontró toallas con las cuales protegerse.

Una fuerza extraña se apodero de sus pies y la pelirrosa comenzó a caminar para quedar a unos centímetros del peliazul, se animó a pasar su mano derecha por el vice izquierdo, subiendo por sus hombros para acariciar con suavidad la clavícula y terminar en el pecho donde contorneo su forma y detallo esos abdominales con la punta de sus uñas.

Estaba aturdida, hipnotizada por aquel atractivo que nunca en su vida pensó ver a tan temprana edad. Incluso el aroma que tanto le gustaba de Tsubasa se vio intensificado por el nerviosismo de él mismo. Era embriagante, una droga a la que se haría adicta de solo olerla. Tan tentadora como una manzana prohibida y estaba solo a escasos centímetros para probarla.

Sabía que al colocar su mano derecha, acunando la mejilla del impactado joven, había sellado su destino. Se dejo llevar por un deseo que no sabía que existía dentro de ella, así que lo beso de forma lenta, saboreando cada milímetro de aquella boca y Tsubasa, aunque sorprendido en menos de un segundo se dejó llevar por las caricias de María y su hambre de querer probarla más, aferrándose a su cintura y pegarla lo más posible a sí mismo.

La lujuria y el deseo fueron quienes los guiaron a la cama de María donde disfrutaron el acto pecaminoso que su madre alguna vez le dijo que solo debía consumar en el matrimonio y del cual, el padre de Tsubasa le argumento muchas veces que un Sakimori no se entregaba al deseo carnal.

¡Al diablo con todo! Ellos no estaban haciéndolo por morbo, si no que se convirtió en un acto para consolidad su amor, sus ganas de estar también en cuerpo y espíritu el uno para el otro.

Fueron la primera vez de cada uno en diferentes etapas de su vida; su primer amigo, su primer beso, su primera pareja y ahora, su primera relación sexual. Unidos hasta que algo mayor los separase.

o—o—o—o

Culminando el acto, los jóvenes sonrieron abrazados el uno con el otro. Se sentía extraño eso sí; pero la felicidad brotaba incluso en los poros de su piel. Se sonrieron, rieron e incluso compartieron tiernos besos mientras estuvieron juntos. Llegaron a pensar que nada en el mundo los separaría, nada ni nadie, se sentían invencibles.

Con lo que no contaban era que el padre de María volvió temprano de los bolos por la lluvia y a sabiendas de que su hija menor no volvería hasta más tarde y que su hija mayor estaba en la escuela posiblemente, se aventuró a pasear por sus habitaciones para ver si todo estaba en orden y ¡oh sorpresa que se encontró!

Su hija, la viva imagen de su fallecida esposa en brazos del estúpido japones que siempre repudio ¡y no solo eso! ¡estaban desnudos! Lo cual significa... oh no, habían hecho “eso”. ¡Marginaron su casa! ¡su santa casa!

Actuó como un buen hombre ucraniano lo haría, tomo al chico por el cabello aun escuchando las quejas y los intentos fallidos de María para detenerlo, y lo saco a patadas de su casa sin darle la oportunidad de vestirse o defenderse.

Oh pero Tsubasa no iba a permitir que lo tratasen así, y mucho menos arriesgar a María a un encuentro con esa bestia por lo cual lo encaro para decirle sus verdades y de ser posible, sacar a su amada de esa casa. Solo que no contaba con que el padre de María sacaría un revolver del bolsillo trasero de su pantalón para amenazarlo y este no quiso retroceder aun estando en tan imprudente vestimenta.

María bajo con velocidad, con una bata que anteriormente le iba a dar a Tsubasa para que se cambiase antes de su acalorado evento; al ver a su padre con el arma le lanzo la bata a Tsubasa y le imploro que se fuera, que no ella lo buscaría. El peliazul no quiso irse a sabiendas de que su amada no estaría bien; pero María le juro que estaría bien, que su papá no le haría daño.

El padre desesperado bajo el martillo de la pistola para que girase el tambor y con un fuerte grito, la pelirrosa volvió a implorar por el perdón del peliazul y así mismo, diciéndole que se fuera.

Tsubasa al verla tan notablemente alterada, decidió colocarse la bata y asentir con la cabeza para proceder a irse no sin antes amenazar al hombre de que si algo le pasase a María, el vendría y no sería tan amable.

Se fue del lugar con el corazón apretado y doloroso. Su amada estaba en problemas y el solo podía irse para su tranquilad. ¿Qué clase de Sakimori era si no podía enfrentar esa mirada desesperada? No era digno de su cargo.

Un Sakimori débil que caminaba en una bata de baño por las calles de una abarrotada ciudad. Que ridículo ¿no?

Paso la noche en vela, buscando en su bandeja de mensaje algo relacionado con María pero esta nunca le contesto el “¿estas bien?” ni si quiera lo había leído y eso le quitaba el sueño.

A primera hora de la mañana corrió hasta la casa de María. Pensándolo toda la noche, no sería débil, seria fuerte por ella y si tenía que morir, que así fuese; pero se llevaría a ese mal nacido con él.

Cuando llego a la propiedad Cadenzavna no vio ni escucho ruido alguno, era como si la casa estuviese de luto; pero estaba abandonada. Las pertenencias de la familia, según veía por la ventana, estaban ahí, solo que sin sus dueños originales. Toco varias veces la puerta y no recibió noticia, forzó con una patada la entrada con el miedo a que ese cerdo hubiera hecho algo imperdonable y para su alivio y a su vez desesperación, no había ningún cuerpo muerto, solo no existía humanidad en ese “hogar”.

Le llamo varias veces por teléfono a maría pero esta nunca contesto, su celular aparecía como fuera del área de servicio. Le pregunto a cada vecino de la zona, en las tiendas e incluso a los transeúntes y nadie pudo decirle que había pasado con certeza.

Se sentía desesperado, indefenso, impotente; pero la calma debía sobreponerse a sus impulsos desidiosos.

Espero en aquella puerta por días, entrando y saliendo de su casa, pasaron los meses y nada de María, ni una carta o un mensaje, absolutamente NADA.

Comenzó a ir pocas veces a la casa, dos o tres veces por semana y solo iba una vez cuando fue el décimo año. Para cuando se cumplieron dos años entendió que ella no volvería pero la visitaba una vez por mes y a los tres años... ya jamás volvió a poner un pie en aquella colonia.

María lo había dejado abandonado como un vil animal callejero y lo más probable es que fuese por influencia de su padre. Aunque intentase buscarla, seria en vano debido a que el mismo padre cubrió sus huellas, ni el investigador que contrato pudo dar con su paradero.

Lloro su perdida en las noches que no podía dormir pensando en ella. Rezo por su bienestar y pidió a los dioses que algún día pudieran verse.

Una parte de él gritaba que todo fue por ese señor y la otra decía que María simplemente no quería pelear por su amor, por lo que por años cultivaron. Evitaba a toda costa escuchar esa voz aunque en días donde la depresión era mayor, era su fiel amiga junto con una botella de vodka.

Lo que no sabía Tsubasa es que María solo se fue a cambio de que su padre no le diera casa. Por más habilidoso que su ahora ex pareja fuera con las armas, no podría evitar un disparo de un revolver y mucho menos a quemarropa. Lo hizo para protegerlo aunque hacerlo la destruyo por completo.

 

—Diez años después—

 

Con la muerte vienen las nuevas oportunidades aunque puede llegar a sonar cruel. Por cada muerte hay un nacimiento y en ese entonces, solo significaba una cosa: esperanza.

El padre, el señor Cadenzavna había fallecido hace no más de unos cuantos meses debido a una congestión alcohólica, murió por culpa de su propio vomito. Una muerte estúpida para un hombre de su clase. Pocas eran las personas que fueron al funeral de aquel vástago hombre en su nombre, en cambio fueron por las hijas de él: María Cadenzavna y Serena Cadenzavna, de apenas 28 y 14 años respectivamente. La única que lloro en el funeral fue la menor de las hermanas, ella siempre fue de corazón dulce y aunque su padre fuera un bruto, no dejaba de dolerle que ya no estuviera con ella. En el caso de la mayor, solo se limitó a aceptar las condolencias y organizar un funeral digno, puede que fuera un idiota que la alejo de su amado diez años atrás; pero incluso las personas como él merecían cierto decoro en la muerte. Ya se encargaría Dios de juzgarlo.

Tras la culminación de todos los procesos debidos de un funeral y de enterrarlo, ambas señoritas se fueron a su casa, María opto por quedarse con su hermana en la habitación, vigilando su sueño pues sabía que Serena no se tomaba del todo bien los funerales, cuando fue el funeral de su madre la pobre apenas si pudo dormir y siempre gritaba por su madre en la madrugada.

La pelirrosa acaricio suavemente los cabellos castaños de su hermana mientras esta se acomodaba bajo su palma, durmiendo plácidamente en su chamaba con la mayor a su lado. María la quería mucho, por ella soporto todo lo que su padre tuviera para amedrentarla: desde relaciones arrela gas, compromisos de matrimonio que al final rompió, etc. Ahora con el sujeto de sus pesadillas, el que solo le había generado dolor ¿que se supone que debía hacer?

Tenía un trabajo estable en Canadá (2) y su hermana estaba a punto de terminar la escuela secundaria y pasar a otra etapa de su vida; pero no se sentía realizada aun después de tanto tiempo. Podía incluso comprarse una casa nueva con todo lo que había trabajado para darle una vida digna a su hermana y de no ser por las amenazas de su padre de ir a buscar a Tsubasa para acabar con él, ella misma se la hubiera llevado años atrás.

Aun cuando el tiempo hubiese pasado, siempre soñaba con la misma sonrisa que la cautivo aun siendo una pequeña e inofensiva niña que no tenía nada que comparar con la mujer segura e independiente que era. Se preguntaba a diario si Tsubasa había alcanzado la felicidad con otra mujer que no tuviera los problemas, que se sintiera digna de estar con él.

Lo imaginaba sonriéndole a esa mujer desconocida, sus caricias en cuerpo extraño, los tímidos besos, posiblemente para ese entonces ya estaría casado y con hijos e incluso, esperando más. Si mal no recordaba, la tradición en su familia era muy exigente de que debían casarse y tener hijos antes de los 25 años.

Ah, como le hubiera gustado ser esa persona y a su vez, maldecía en su interior cuando pensaba que el que fue y será su gran amor estuviera con alguien más.

Se sentía patética pero ¿qué más podía hacer? ¿irse de su vida ya echa? ¿escaparse con su hermana y volver a Japón? ¿que se supone que encontraría? No estaría Tsubasa esperándola con una sonrisa. Conociéndolo como lo hacía, debió de estar destrozado con su partida inoportuna. Existía la posibilidad de que él la odiara y no podía culparlo en ningún aspecto.

 

—¿Que haría mamá? — —musito acariciando la cabeza de su hermana con una media sonrisa como si aquello le dijese la respuesta a todo y a punto de lanzar otra pregunta cuando unos ojos azul verdosos se toparon con los suyos— ¿Serena?

La joven sosegada tomo las manos de su hermana entre las suyas y al darles un pequeño apretón procedió a hablar— es momento –su voz era tranquila, suave como la seda más fina.

María únicamente parpadeo, expectante a lo que decía su hermana ya que no entendía a lo que se refería; pero después lo terminaría haciendo.

 

o—o—o—o—o

—¡Tachibana, contrólate! —grito un joven adulto de cabello azul mientras el aludido hacia caso omiso y se subió a un árbol de copa alta— ¡si te caes, me voy a reír de ti!

—Eso dices pero siempre me curas~ —comento el joven de cabellera anaranjada y divertida actitud mientras alzaba su brazo derecho para alcanzar unos estróbilos.

—¿Porque dejas que haga eso? —pregunto Tsubasa a la albina que solo rodaba los ojos y suspiraba de forma pesada— y principalmente ¿para qué quiere eso?

—Ahora las colecciona –soltó la aludida en un pesado suspiro— y no es que lo deje, solo que él siempre hace lo que le da su regalada gana, es un idiota.

—¡Pero soy TU idiota! —grito en respuesta Hibiki y extendió su dedo  anular de la mano izquierda— ¡Dioses! —por descuidado por poco se cae debido a que no tenía ninguna mano que le hiciera sostén, sin embargo recobro la compostura sujetando rápidamente una rama cercana y se encontraba colgando de la rama como un chango.

—Y ahora no se si arrepentirme o no... —suspiro negando suavemente la cabeza mientras sus mejillas se calentaban por tal declaración— esto es tu culpa –acuso al mayor.

—A mí no me mires, tú te casaste con él —se defendió alzando ambas manos y dando un paso hacia atrás.

—¿Quién fue el que nos presentó en primer lugar? —ante su pregunta, Tsubasa se señaló— ¿quién le dio alas al tarado para pedirme salir?

—Yo.

—¿Quién lo incito a vivir con él en la universidad?

—Yo.

—¿Quién lo convenció de pedirme matrimonio?

Yo...

—¿Culpa de quien es entonces? —inquirió, alzando la ceja y acusándolo.

—Supongo que yo... —comento con una pequeña risita un tanto divertido.

 

Aunque haya pasado tanto tiempo, sus dos amigos aún se comportaban como chicos de preparatoria y eso le parecía bastante agradable. Al menos eso no había cambiado y como predijo cuando “ella” estaba con él, Hibiki persiguió todos los días a Chris con un ramo de flores hasta que ella acepto salir con él y después casarse cuando tuvieron oportunidad.

Al ver a sus preciados amigos teniendo una vida juntos siendo una de las parejas menos probables de la generación, la pesadez se establecía en su pecho y la añoranza en su cabeza. Recordando con cariño la etapa en la que fue feliz, cuando su amada aún estaba a su lado. Muy probablemente ellos dos también estarías casados y quien sabe, tal vez esperando a uno o dos pequeños

Aun cuando la tradición de su familia dictase que tenía que casarse antes de  los 25 años, el desistió, obteniendo muchas críticas por parte de su padre y confrontaciones que terminaron con el viviendo fuera de la residencia de sus padres y gracias a la interrumpían de su madre no fue destituido de su apellido; sin embargo poco le habría importado.

¿Qué sentido tenía conservar un apellido que nunca iba a dar? En los diez años que había pasado sin ella, jamás encontró a otra mujer que lo hiciera sentir igual o más de lo que ella podía solo con el pestañear de sus ojos.

A veces, en las noches de desvelo se preguntaba que habría sido de ella ¿habría encontrado a alguien más? ¿su padre la caso con alguien de su agrado? Serena, la pequeña niña que quería como una hermana ¿qué sería de ella? Para ese entonces ya debería tener un aproximado de 14 o 15 años, la flor de la juventud.

En ocasiones tenía ganas de viajar por el mundo e ir en su búsqueda; pero desistía de sus intenciones en cuanto un pensamiento pesimista pasaba por su cabeza: ¿Lo recordaría con la misma vehemencia?

—”Es el destino de una espada a fin de cuentas” —pensó aquellas palabras como acto de consuelo a su orgullo.

— ¡Hibiki, bájate de ahí! —soltó en un feroz grito la ahora señora Tachibana a todo pulmón— ¡si no lo haces, te juro que te hare dormir en la casa del perro!

Los ojos ambarinos del joven se abrieron tanto que casi parecían salir de sus orbitas. Adoraba a su perro pero esa casita era demasiado pequeña y olorosa para sus necesitades nocturnas.

—¡S—Solo déjame alcanzar esta última! —argumento en una mejor posición con sus pies arriba de una gruesa rama de árbol y alzando su mano izquierda para alcanzar el ultimo estróbilo que necesitaba— ¡vamos! ¡si se puede!

 

Al gritar para animarse y por la euforia del momento, le dio un pequeño objeto oval con ejes picudos y este cayo a unos metros de la lateral de Tsubasa, ganándose un bufido por parte del peliazul y un quejido demasiado sonoro por parte del pelinaranjo.

 

—Enserio que no puedo contigo, Tachibana –ante sus palabras, sus dos amigos lo miraron— a veces se me olvida que Yukine ya no es Yukine –rodo los ojos y procedió a ir por la infrutescencia del árbol pero unas manos tan tersas como la nieve se le adelantaron y tomaron el objeto antes que él.

— Veo que ustedes no han cambia –comento una dulce voz casi infantil que le hacía cosquillas en los oídos a Tsubasa.

 

Al incorporarse por completo, el peliazul miro expectante a la jovencita que yacía enfrente de él. Unos centímetros más bajan que Chris, cabello de marrón rico e intenso que le llegaba un poco debajo de los hombros con unos moños rosados a las laterales; vestía un liviano vestido amarillento suave con algunas flores de adorno; sandalias blancas sencillas; pero lo que llamo la atención del joven fueron esos ojos azul verdoso que le traían recuerdos de antaño.

 

—Sigues igual de guapo, Tsubasa—kun –la jovencita ladeo su cabeza y le sonrió de oreja a oreja, demostrando sus sinceras palabras— no me has olvidado ¿verdad?

 

Tsubasa pestañeo un par de veces intentando cuadrar lo que estaba viendo. La chica le parecía sumamente conocida, demasiado para ser una coincidencia.

 

—Supongo que eso es un si –rio levemente al ver la cara del joven— es de esperarse, no tenía más que cinco años cuando me viste por última vez. Era maso menos de este tamaño —bajo su mano, indicando un aproximado de su estatura en aquel tiempo— pero eso nunca te impidió cargarme sobre tus hombros y llevarme al parque de diversiones o simplemente jugar al caballito ¿verdad? Tsubasa—kun.

 

Que comentara aquello y que volviera a decir su nombre con esa voz melodiosos le dio un golpe de realidad. Abrió la boca sorprendida de lo mucho que había crecido la pequeña hermana de María.

 

—¿Serena? —su pregunta fue contestada con una pequeña risita— no puedo creerlo... estas enorme y estas aquí...

—¿Quién es? —pregunto Chris cuando estuvo a su lado y junto a ella, Hibiki que quien sabe cuándo bajo del árbol— me suena conocida...

—Chris—chan, Hibiki—kun –la menor hizo una pequeña reverencia y le extendió el estróbilo al pelinaranjo— imagino que esto es tuyo.

 

Ambos jóvenes se quedaron viéndola hasta que un grito aturdidor salió de los labios de Hibiki que inmediatamente olvido el objeto de su futuro castigo para abrazar y levantar a la jovencita en cuestión.

 

—¡Serena—chan! —soltó otro poderoso grito— ¡estas enorme! —al darle un par de vueltas la soltó y asintió con orgullo— eres una señorita muy hermosa –jugando como si fuera su mascota le pico la nariz con su dedo índice y la aludida fuera de ofenderse rio agradecida con ese comentario.

—No hagas eso —regaño Chris que lo tomo de la oreja y lo jalo para que estuviera lejos del alcance de la menor— ¿eres idiota? cualquiera que te viera, pensaría que eres un pederasta.

—Pero~ —antes de comentar, la mirada y el aura asesina de su esposa lo detuvo— s—si amor...

—¿Se casaron? —la pequeña aplaudió en felicitación y alegría— estoy feliz por ustedes, se lo merecen –asintió con entusiasmo— mi segundo Sip favorito~

 

Tsubasa al verla, no podía creer del todo que estuviera enfrente de él. Ya habían pasado diez años y aunque el tiempo cobro factura, a sus ojos era la misma niña que tanto quiso como una hermana.

Pero, si ella estaba ahí, festejando un matrimonio y avergonzando a Chris al preguntarle sobre cuando tendrán hijos... ¿Sera que María...?

 

—Serena –llamo el peliazul y la aludida lo miro aun sonriendo— ¿porque estas aquí? —se atrevió a preguntar, dudoso de que si quería o no escuchar la respuesta.

—Por una misión –se limitó a decir, sonriendo como si planeara una travesura. Busco entre su bolso y al sacar una pequeña carta se la extendió— esto es para ti.

 

Dudoso al principio, el Kazanari la tomo y un leve temblor se posiciono en sus manos cuando a sus fosas nasales llego el aroma de un perfume que en antaño mataría por oler: el perfume de María.

 

—No la dejes esperando –comento la castaña al pasar a su lado y palmear el hombro del joven – bien chicos, nos vemos otro día~ voy a visitar a un amigo por correspondencia –sin más, se fue caminando dejando a su paso una estela de consternación.

 

Su mirada paso de la carta a la señorita que se acababa de ir, ignorando por completo el revuelo que hacían sus amigos sobre si tendrían o no hijos.

La oleada de interrogaciones no se dejó venir y la única solución era simplemente abrir la carta y leerla. Esperar lo peor que podría ser que María estuviera felizmente casada y con hijos y que solo quería restregarle su felicidad, cosa que no lo convenció del todo; pero todo era posible.

Con el corazón latiendo en la duda, se aventuró a romper el sello de la carta que estaba bien cuidada pese haber estado en un bolso. Cuando por fin rompió el sello, leyó el contenido de la carta con cautela, gozando del gusto culposo de aquella caligrafía elegante y lo que leyó en ella lo dejo más que boquiabierto.

 

Ese mismo día, en la noche

 

Cuando los primeros años de su desaparición, veía con anhelación las fotos de perfectos recuerdos de su vida juntos, dispersas en el piso como hojas secas de otoño. Hubo un tiempo en el que quiso tomar el teléfono y llamarla no pudiendo soportar más su agonía, preguntándose si alguna vez ella también quisiera hacer eso; pero después de los primeros encuentros simplemente no lo hizo, seria inútil.

Paso una hora y cuarto desde que llego a ese bar que estaba cerca del lugar donde se vieron por primera vez. No porque la hora en la que se verían allá pasado hace una hora y cuarto, sino que simplemente llego temprano no pudiendo esperar, la necesitaba más que el aire.

Si, en la carta decía que se verían en ese bar. Después de diez años de ausencia, María lo vería y pese a que la noticia de la muerte del señor Cadenzavna no le traía más que jubilo se sentía algo mal por ese otro pensamiento; sin embargo, aquello fue reemplazado por la ansiedad de verla de nuevo.

Se puso su mejor ropa y se alisto lo mejor que pudo, esperando que aunque sea, si la pelirrosa le tenía noticias que él considerase fatales, al menos las tomaría y se iría con la cabeza en alto.

 

—¿Cuánto más tardara? —pregunto al aire mientras otro vaso de whisky quedaba en su mano y aquel liquido llego a su garganta cuando acuno el líquido un rato en su boca— desearía que ella viniera a mi tan precipitadamente como las veces anteriores.

 

Los recuerdos lo golpeaban y en cierta manera le reconfortaba aquel tormento cuando era María la protagonista de aquellos incidentes. María siempre lo buscaba cuando eran niños, bueno, solo cuando agarro confianza. Aunque casi siempre terminaba siendo una mezcla en la que ambos se buscaban entre sí.

Y hablando del diablo, entrando por la puerta principal, llego María con un hermoso vestido rosado que contorneaba su bien formado cuerpo; su cabello suelto y únicamente adornado por una pequeña flor blanca. Camino con tal elegancia hacia Tsubasa que él por poco perdía la cordura y se lanzaba sobre ella para estrecharla entre sus brazos; pero logro contenerse solo un poco más.

 

—Hola –hablo tímida la mujer mientras tomaba asiento al lado del joven estupefacto— ha pasado... mucho tiempo ¿no? —murmuro con una pequeña risa nerviosa.

 

De nuevo se sentía como una tonta adolescente que apenas si podía describir sus sentimientos. Aunque no era para menos, el Kazanari siempre fue atractivo pero los años le pasaron de buena manera: se veía tan maduro, tan guapo y ese aroma que tenía la estaba volviendo impaciente.

 

—Bastante... —comento de regreso Tsubasa y tomo otro trago de whisky— ¿quieres...? ¿quieres algo de beber?

—Aun no, gracias –se limitó a decir mientras seguía admirando las facciones del joven— es... es agradable verte.

—Lamento lo de tu padre –musito el peliazul como primer comentario ante lo anterior— era...

—Un idiota –termino de decir María entre un pesado suspiro— me gustaría decir que lamento su fallecimiento; pero es algo que él solo se buscó.

—Oh... Entiendo...

 

Un silencio incomodo se estableció entre ambos, lo único que se escuchaba entre ellos era el suave jazz del bar donde estaban y el constante y molesto ruido de sus corazones latiendo por el otro.

Los segundos se sintieron eternos entre ambo ¿Quién rompería primero el hielo? Por un lado, María no sabía que decirle, tenía toda una estrategia desde que hablo con su hermana esa noche después del funeral de su padre. Pensó que sería relativamente fácil, llegar despampanante y con una sonrisa decirle a Tsubasa que aún lo amaba; pero al verlo, con un dejo de tristeza en sus bellos ojos índigo no pudo más que arrepentirse del daño que le había hecho. De ser más fuerte, de haber esquivado su debilidad o de haber encontrado una manera de salir de aquel calvario él no habría que tenido que sufrir tanto.

Mientras que Tsubasa, encorvado contra la barra, la tenía ahí, aspiraba su perfume de manera sutil. Oh, tantos lindos y hermosos recuerdos, cada uno acariciaba su hipocampo. Tenerla tan cerca pero a la vez tan lejos debía considerarse un pecado.

Había esperado tanto para verla, tanto rezo por su bienestar y ahora… ¿Por qué no podía simplemente hablarle? ¿Qué era? ¿un cobarde? ¡No! Era y será un fiero guerrero que perdió una oportunidad en el pasado y esta vez no lo haría, no de nuevo.

 

—Vi a Serena… —comento en un tono lo suficientemente fuerte para que María lo escuchase y lo observara— se ve sana, grande y es sin duda muy linda —comento sin titubeos, brindándole una pequeña sonrisa que la joven respondió con la suya propia.

—Si. Pestañe y ya era toda una señorita —dijo con un pequeño suspiro— ha sido un placer verla crecer en todo este tiempo.

—Puedo imaginarlo —miro por un momento su vaso y tomo aire para agarrar algo de valor— “nuestra hija” se encuentra bien y eso me alegra —agrego con la esperanza de que ella aun recordara sus pequeños juegos de niños.

María pestañeo rápidamente y en un instante soltó una pequeña risita— si a mí también —con cuidado, fue acercando su mano a la mano de Tsubasa que descansaba en la barra— ¿y su padre? ¿se encuentra bien? Llevo tiempo sin verlo desde que me fui a trabajar.

—Normalmente es el hombre el que sale a trabajar —hablo con cierta amargura— pero no, el padre nunca se recuperó después de que la madre se fue —por el rabillo de su ojo la miro y suspiro— me pregunto cómo estará su madre.

—Extrañando al padre —confeso la pelirosa cuando su meñique toco el de Tsubasa— siempre lo ha hecho…

—¿Aun después de diez años?

—Cada año fue un tormento.

—¿Y se casó la madre? ¿tiene hijos? —pregunto, sacando aquella duda de su pecho y con miedo de una respuesta afirmativa.

—No —sentencio la chica— jamás encontró a alguien que le hiciera sentir como el padre alguna vez lo hizo —se sintió ligera cuando el meñique de Tsubasa se enredó con el suyo y este poco a poco empezó a enderezarse para verla mejor— ¿y el padre se casó?

—Los únicos casados son Hibiki y Chris —dijo con cierta ironía— la pareja dispareja es feliz ahora.

—Oh, eso es sorpresivo —fingió sus palabras pues su hermana le había enviado un mensaje tan rápido como se enteró— aunque me alegro por ellos.

—Yo también, se ven felices —al girarse y verla por completo, una pequeña sonrisa se instaló en sus labios, era pequeña pero lo suficiente para que el corazón de María diera un pequeño salto— me pregunto cuándo será mi turno…

Un pequeño puñal penetro el corazón de María cuando escucho el soslayo de sus palabras. Si iba actuar, tenía que ser de una vez.

 

—Puede que… —con una voz tímida, se animó a tomar la mejilla del Kazanari, acunándola y acariciándola a la par— sepa arreglar eso…

 

Con miedo a una respuesta negativa, dio un pequeño acercamiento, nada significativo; pero al no ver una negativa por parte del Kazanari, eso la animo a proseguir. Aunque continúo siendo cautelosa. Tanteaba el terreno, noto como él jadeo con suavidad, el aroma del whisky junto con el propio aroma del joven le resultaba vigoroso y bastante tentador, tanto que no pudo resistirse más a juntar sus labios con los de Tsubasa.

El contacto le recordaba a cuando eran niños: tan inocente tan puro. Aunque después se tornó como los apasionados besos de su primera vez, con Tsubasa sujetándola de la nuca con miedo que fuese a escaparse de nuevo, un miedo que llevaba perdurando en el por años. Un beso tan añorado, tan necesitado que no se podía explicar con palabras la carga eléctrica que este generaba cuando llegaban al ápice de aquel delicioso contacto. El mundo entero podía valer menos y poco podía importar en su especial burbuja.

Solo fue cuando sus cuerpos reclamaron el aire, recordando que era una necesidad básica que se separan, solo unos escasos centímetros los separaban, sus respiraciones chocaban en una cálida caricia.

 

—Serás siempre bienvenida, amor —repitió Tsubasa aquellas palabras cuando María le dio su primer beso años atrás.

La pelirrosa soltó una sutil risita y asintió. Poco a poco las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos y de igual manera, los ojos índigos de Tsubasa comenzaron a inundarse de aquel liquido del que creía estar excepto después de tantos años.

 

—Estoy en casa… —musito con una sonrisa.

 

Ambos juntaron sus frentes, musitado palabras amorosas que solo ellos dos entenderían. Las lágrimas no dejarían de correr hasta que terminaran de expresar sus sentimientos.

Ahora, después de tantos años, por fin podrían ser felices. El uno para el otro, siempre.

 

 

 

Notes:

1- Puede que no lo sepan o puede que sí. Pero esta es una pequeña referencia al papel que interpreto Yoko (actriz de voz de María) en InuxBoku SS Special como Nobara. Cuando estaba escribiendo de repente me acorde y me pareció imposible no ponerlo como una referencia jaja.
2- No tengo nada en contra de Canadá; pero cuando buscaba un lugar donde le padre se llevó a sus hijas, pensé en Canadá porque me acorde de como Barny Stinson siempre le hace burla a Robin por eso xD (Quien vio “Como Conocí a tu Madre” lo entenderán.)

Esta historia la hice ace bastante tiempo y no recordaba que era hasta que la leí jaja. Ay Diosito, que cosas se me ocurren.

Muchas gracias por tomarse el tiempo de leer y de llegar hasta aquí. Agradecería de corazón que dejaran un review en la historia para saber su opinión. Ya saben que eso ayuda mucho a los escritores a seguir haciéndolo ¡Gracias y excelente día!