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Dos personas caminaban por una zona abandonada y lúgubre en las afueras de la capital. Las casas, con un estilo occidental y un tamaño imponente, se erguían como sombras olvidadas, con jardines invadidos por hierbas salvajes y árboles que extendían ramas torcidas como dedos acusadores. El viento frío aullaba entre las hojas secas, cargando un susurro inquietante que hacía crujir las ventanas rotas y agitaba las cortinas roídas. Era un rincón perfecto para huir del sofocante calor veraniego, pero en otoño, las hojas caídas se acumularían como un manto de secretos podridos. Algunos vecinos, ocultos tras sus ventanas empañadas, cerraron las cortinas con prisa al ver a los extraños, como si temieran que su mera presencia invocará algo peor.
El aire parecía cargado de una presencia invisible, un peso opresivo que hacía que el barrio entero pareciera retroceder ante ellos, como si el lugar mismo supiera que estos dos no eran presas fáciles, sino cazadores acostumbrados a lo sobrenatural.
—¡Vaya, así que este es el sitio que queríamos que visitáramos! —dijo ella, con los ojos brillando de emoción a pesar de la penumbra—. Está descuidado, pero la estación del subterráneo está a dos pasos. Es tan tranquilo... y mira, los vecinos no parecen de los que se meten en vidas ajenas. ¿Esos son cerezos? ¡Imagínate, nosotros dos tomando té por las noches cuando florezcan, como en las escapadas que hacíamos!
Él, con una expresión de escepticismo de que ella la conoció demasiado bien después de tantos años juntos, respondió mientras ajustaba su paso al de ella:
—Revisé los expedientes... Nadie nuevo dura mucho por aquí. Pero podemos hacer que este lugar funcione.
—¡Qué pena por los que huyeron! —rió ella, dándole un codazo juguetón—. La gente normal sale corriendo de sitios como este. Es una lástima que un vecindario tan bonito y bien ubicado tenga mala fama, pero oye, ¡eso lo hace perfecto para nosotros! Después de todo lo que hemos pasado juntos, un poco de "encanto embrujado" no nos asusta.
—Sigo sin entender por qué nadie se ha molestado en arreglar este agujero —murmuró él, mirando alrededor con desconfianza, su mano rozando instintivamente la de ella en un gesto protector que hablaba de su larga complicidad.
—Tal vez lo dejaron así a propósito, como una atracción turística—sugirió ella, encogiéndose de hombros con esa confianza que siempre lo tranquilizaba—. O simplemente no es prioridad para los de nuestra clase. Pero imagínalo: nosotros dos, reformando esto a nuestro gusto, haciendo de él un refugio después de las misiones.
Se detuvo frente a una reja oxidada y despintada, que gemía bajo el viento como un lamento ahogado. Detrás, la casa más decrépita del barrio se alzaba como una bestia agazapada, con vegetación trepando por sus paredes agrietadas y enredándose en ramas secas que arañaban el cielo nublado. El lugar entero parecía encogerse, como si presintiera la fuerza de los intrusos y temiera su destino.
— ¿Tienes la llave? ¡Abre ya! Quiero ver si los cuartos son tan amplios como para que quepan todas nuestras cosas —insistió ella, casi saltando de impaciencia, su entusiasmo contrastando con la oscuridad opresiva.
—Tus cosas—replicó él, con una media sonrisa exasperada que solo reservaba para ella—. Ya te mostré los planos. Pero bueno, tú lo dices...
—¡No es lo mismo en papel que en persona! —protestó ella, devolviéndole la sonrisa—. Vamos, después de todo lo que hemos enfrentado, esto será pan comido.
El hombre abrió el candado de la reja, que chirrió en protesta como un grito sofocado. Un camino de piedras irregulares, cubierto de musgo resbaladizo, los guió hasta la puerta principal, donde el aire se regresó más denso. Tras forzar con las llaves oxidadas, entraron. La casa los recibió con un silencio sepulcral, roto solo por el eco de sus pasos en el suelo polvoriento.
—¡Oye, esto no está nada mal por dentro! — exclamó ella, sorprendida, mientras sus ojos se adaptaban a la penumbra filtrada por ventanas sucias.
Él frunció el ceño, su instinto alertándolo de la presencia latente que parecía observarlos desde las sombras.
—Según el archivo, los antiguos dueños invirtieron mucho en remodelarla, pero huyeron cuando una maldición se les apareció... algo empezó a molestarlos después que de derrumbaron un altar que resguardaba un sello.
—¡¿Otra vez un sello roto?! —Ella se llevó una mano a la boca, pero sus ojos brillaban con determinación—. Qué pena por ellos, pero vamos a valorar su esfuerzo. Hemos soñado con un hogar propio durante tanto tiempo... ¡Hagamos de esta nuestra casa!
—O podríamos devolverles la propiedad después de un exorcismo —sugirió él, medio en broma, pero con esa seriedad subyacente que ella adoraba.
—¡Por favor! —rió ella, golpeando su hombro con familiaridad—. Seguro no quieren ni oír hablar de volver. Según tu archivo, salieron despavoridos porque la maldición se les plantó en la cara. Las pesadillas los perseguirán por años. Yo digo que, como agradecimiento por remodelar nuestro futuro hogar, me encargaré del exorcismo.
—Está en el ático —dijo él, señalando hacia arriba con un gesto grave, pero extendiendo la mano para que ella la tomara.
—Perfecto, voy a presentarme. Le pediré amablemente que se deje purificar... o probará mi martillo —respondió ella, con una chispa de desafío en los ojos, apretando su mano en respuesta.
Él sacó algo de su bolsillo y se lo mostró: un mechón de cabello largo y negro, enredado como un presagio.
—Mira esto. Es un regalo que la maldición les dejó a los dueños anteriores entre las cosas que consiguieron sacar.
—Cabello largo y negro, un despunte no le vendría mal...—murmuró ella, tomándolo con cuidado y atándolo a un clavo con un movimiento experto— el toque distintivo de una Onryo.
Subieron las escaleras crujientes hacia el ático polvoriento y oscuro. El aire allí era más pesado, cargado de un frío sobrenatural que se colaba hasta los huesos. Las vigas del techo estaban cubiertas de telarañas gruesas como velos funerarios, y el suelo crujía bajo sus pies con un eco hueco. La única luz provenía de una pequeña ventana sucia, que filtraba rayos débiles y polvorientos, creando sombras alargadas que parecían moverse por sí solas.
En la esquina más oscura, una masa amorfa y negra empezó a agitarse lentamente. Al principio era solo una sombra informe, pero poco a poco comenzó a tomar forma: un cabello largo, negro y enmarañado cayó como una cascada de tinta, cubriendo un rostro pálido y demacrado. La figura se incorporó con movimientos espasmódicos, revelando un kimono blanco raído y manchado, cruzado del lado izquierdo. Sus manos, de piel translúcida y uñas largas, se extendieron hacia adelante, y de su garganta surgió un lamento gutural y escalofriante, un sonido que mezclaba rabia acumulada y dolor infinito, reverberando en las paredes como un eco de muerte.
La Onryo emitió un chillido agudo que hizo vibrar el polvo del aire, y se lanzó hacia ellos, arrastrándose el suelo como un gusano a medio aplastar, con el cabello ondeando como tentáculos vivos, dirigiéndose directamente hacia la dama con los brazos extendidos para arañar o estrangular.
—¡Oye! Apenas entramos y ya te manifestaste —gritó ella en reproche, sin retroceder un paso—. ¡Soy Nobara Kugisaki, y vengo a exorcizarte!
La maldición aceleró su ataque, sus ojos hundidos brillando con un odio ancestral detrás del velo de cabello, emitiendo un rugido que helaba la sangre.
Pero Nobara, sin dudar, infundió energía maldita en el clavo atado con el mechón de cabello y lo lanzó con un golpe preciso y poderoso de su martillo. El clavo voló como un proyecto, impactando directamente en el centro de la figura espectral. La Onryo se contorsionó violentamente en el aire, su forma se distorsionó en un torbellino de oscuridad y lamentos agonizantes, antes de desvanecerse en una explosión de partículas negras que se disiparon como humo.
—Espero que por fin puedas descansar —dijo ella, bajando el martillo con una mezcla de alivio y satisfacción, volviéndose hacia su compañero con una sonrisa triunfante.
—No crees que al exorcizar eso le quitamos algo de… valor histórico al lugar?
Ella se rio, apoyándose en su hombro con naturalidad.
—Tranquilo, dejaremos a los espíritus de los cerezos para mantener el encanto. Y si algún día nos mudamos, limpiamos todo de una vez. Pero por ahora, este es nuestro sitio, Fushiguro.
Él suena por primera vez, asintiendo con calidez.
—Buen trabajo, Nobara.
—Y tú no lo hiciste mal —respondió ella, guiñandole un ojo—. Vamos a hacer de esto un hogar.
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Un año después, el barrio se había suavizado con la llegada de la primavera tardía. Los cerezos ya habían perdido sus pétalos, pero el aire traía un aroma dulce y fresco que borraba los últimos rastros de lo que una vez fue un lugar inquietante. Los vecinos seguían distantes, pero esa indiferencia urbana que le convenía al par de nuevos habitantes.
Nobara salió de la estación con el bolso cargado y el cuerpo agotado tras otra larga misión. Caminaba distraída, tarareando una canción baja, cuando pasaba bajo un viejo farol de hierro que iluminaba débilmente la acera.
De repente, con un chasquido seco, la luz del farol se apagó. La bombilla parpadeó una vez más antes de morir por completo, sumiendo ese tramo de calle en una penumbra más profunda. Las sombras se alargaron como sian respirar.
De la oscuridad recién creada, justo donde la luz había estado, emergió Megumi. Envuelto en su abrigo ligero, salió sin hacer ruido, como si las sombras mismas lo hubieran escupido. Se acercó directamente a ella, le quitó el bolso del hombro con naturalidad y lo cargó en su propio hombro.
Nobara dio un pequeño salto de sorpresa, pero enseguida sonriendo.
—¡Ey! ¿Qué haces apareciendo así de la nada? —protestó en voz baja, aunque sus ojos brillaban divertidos—. ¿Qué van a pensar los vecinos si te ven surgir de la oscuridad como un fantasma?
Megumi se encogió de hombros, ajustando el bolso, y sin soltarla del todo, buscó su mano y entrelazó sus dedos con los de ella. El gesto fue suave, casi automático después de tanto tiempo juntos.
—Los vecinos ya creen que estamos locos por quedarnos en la “casa embrujada” —respondió con esa calma suya—. Además, desde que vino tu abuela, están convencidos de que ella es un espíritu que ahora pasa por las calles. Una luz apagada es el menor de sus problemas.
Nobara soltó una carcajada y apretó su mano, caminando pegada a él.
—Pobres. Mi abuela solo vino a dar su aprobación y de paso espantó a medio barrio con su kimono negro y esa mirada que congela ríos. Hasta tú te pusiste tieso cuando te miró fijamente.
Megumi suspiró, recordando.
—Me sentí como si me estuviera evaluando para ver si era digno de sobrevivir a la cena.
—Te adora—dijo ella, dándole un codazo juguetón—. Me lo confesó después: "Ese chico es perfecto. Si no lo tratas bien, lo adoptaré ya ti te echaré de la familia a patadas".
Megumi sonrió de medio lado.
—Prefiero seguir en tu equipo.
Caminaron así, mano en mano, hacia la casa. El camino se llenaba de la brisa primaveral y el aroma sutil de las rosas que empezaban a abrirse.
Llegaron a la puerta. La casa ya se veía más habitada: ventanas limpias, enredaderas controladas, y esas rosas salvajes que la abuela había traído comenzaban a extenderse poco a poco por la valla y el muro lateral, con algunos brotes ya mostrando capullos rojizos. Cada visita de la abuela Kugisaki era acompañada por esquejes de rosas salvajes que tenían que ser plantados de acuerdo a la supervisión de la anciana.
Entraron al recibidor que los recibió con la luz cálida. La alcoba principal estaba ordenada —cama hecha, fotos en la mesita—, el baño de la planta baja impecable y la cocina funcional con lo esencial. Pero el resto seguía igual: cajas apiladas, muebles envueltos, mucho por hacer.
—Qué desastre —lloriqueo Nobara, quitándose los zapatos y estirándose—. Tenía tantos aviones… pero las misiones no paran. ¡Si al menos tuvieras shikigamis que desempaquen cajas!
Megumi dejó las bolsas en la encimera despejada y sacó la comida que había comprado: sushi, onigiri, tempura… y cervezas frías.
—Traje cena decente y cervezas. Nada de shikigamis, pero esto sirve, ¿no?
Nobara lo miró con ojos brillantes y se lanzó a abrazarlo por detrás.
—Eres perfecto. Me felicito cada día por haberte elegido.
Megumi le pasó una lata fría, rozando sus dedos a propósito y girándose para plantarle un beso rápido en la nariz.
—Y yo por dejarte mandar. Aunque a veces me arrepiento… cuando insistes en que pruebes tus “experimentos” culinarios.
—¡Oye! Lo estoy intentando—protestó ella, riendo, y chocó su lata contra la de él—. Salud por el mejor compañero de misiones… y de vida.
Se sentaron en la mesa de la cocina, comiendo de las bandejas y bebiendo cerveza mientras el sol se ponía, intercambiando anécdotas y risas sobre la última misión fallida de alguien más.
Cuando terminaron, Nobara lo tomó de la mano con un tirón juguetón.
—Ven, vamos al jardín un momento. Hace buenas noches. Y no acepto un no.
Salieron por la puerta trasera. El jardín aún conservaba algo de su salvajismo original, pero las rosas salvajes que la abuela había traído se habían multiplicado gradualmente.
Megumi se detuvo junto a ella, observando las flores.
—Las rosas de tu abuela… han crecido despacio, pero mira cómo algunos brotes ya están mirando. Como si no les importara que apenas les prestemos atención.
Nobara inclinando, apoyando la cabeza en su hombro y dándole un empujoncito con la cadera.
—Las he cuidado como he podido. Poco a poco, en los momentos robados, regando el corazón hasta que floreció. ¡Y mira qué bien salió! Igual que hice contigo, ¿sabes?
Megumi pasó el brazo por su cintura, atrayéndola más cerca y susurrando con tono burlón.
—Regando mi corazón? Qué cursi te has vuelto, Kugisaki. ¿Dónde quedó la chica que amenazaba maldiciones con un martillo?
—Mi corazón siempre ha sido el de una doncella enamorada—replicó ella, pellizcandole el costado—. Sí estamos solos, prefiero ser cursi. Te queda bien el modo “novio domesticado”.
—El próximo año se habrán esparcido por todo el jardín —dijo él, ignorando con una sonrisa silenciosa, se sintió conmovido—. Purificando todo ese aire terrorífico que tenía antes. Y todo gracias a ti… ya tu abuela aterradora.
—Y nosotros seguiremos aquí —añadió ella, suave, poniéndose de puntillas para robarle un beso—. Aunque apenas tengamos tiempo para estar juntos… estas rosas seguirán creciendo. Como nosotros. Año tras año, miró aunque las ignoran un poco.
Megumi la besó de vuelta, prolongándolo un segundo más.
—Aunque las ignoras… siempre encuentran la forma de abrirse. Como tú conmigo.
Se quedaron en silencio un rato más, viendo cómo la brisa mecía los pétalos recién abiertos mientras la noche caía sobre su hogar —aún a medio hacer, pero lleno de vida, risas y ellos dos.
Antes de volver adentro, Nobara lo llevó de la mano de regreso hacia la entrada principal. Se detuvieron frente a la reja oxidada —ahora pintada de negro mate y con brotes de rosas trepando tímidamente por los barrotes—. Colgando del centro, recién colocado esa misma mañana, un letrero de madera sencillo con letras talladas elegantes se mecía suavemente con la brisa.
Decía simplemente: KUGISAKI.
Nobara lo tocó con la punta de los dedos, sonriendo satisfecha.
—Lo compré antes, tardó en llegar, creo que los mensajeros esperaban que hubiéramos huido antes de entregar la orden—explicó—. Nuestro nombre.
Megumi lo observó un momento, luego acercándose con calidez.
—Kugisaki… —repitió en voz baja, como probando el sonido—. Sueña bien. Se ve bien.
Ella se puso de puntillas y le dio un beso rápido en la mejilla.
—Vamos adentro. Mañana seguiremos con las cajas… o no.
Megumi rio bajito y la siguió, cerrando la reja detrás de ellos. El letrero se balanceó una última vez, anunciando en silencio que aquel lugar, que una vez fue maldito, ahora pertenecía a ellos.
Y eso era todo lo que importaba.
