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—No te ves bien, Gaule.
El llamado miró frustrado a su jefe, quien lo veía serio y hasta preocupado.
Obvio su estado era para estudiarse: Nicolás tenía grandes ojeras por el poco sueño adquirido, había bajado considerablemente de peso, soltaba feromonas agrias y sentía profundas punzadas en su marca del cuello, la cual estaba roja, inflamada e irritada. También sentía un vacío en su pecho y un bajón emocional importante debido al lazo inestable que poseía hasta ahora.
Tampoco podía ignorar los mohines de desagrado de sus compañeros de trabajo al oler sus apestosas feromonas, y tenía suerte de no trabajar en servicio al cliente –sino en un trabajo administrativo–, porque seguramente no soportaría los malos comentarios o rostros disgustados por ello.
Estaba muy irritable ante cualquier estímulo, tanto que ahora quería pegarle a su jefe por haberle dicho algo tan evidente a la vista, pero se contuvo. Lo último que quería era causar problemas.
En vez de eso, solo bufó, distrayéndose en seguir trabajando y simulando que tecleaba en su computador.
—Hablo en serio, Nico —ahora su jefe habló más amigable y cuidadoso, dejando la formalidad de lado. En realidad eran muy cercanos, por lo que se notaba bastante preocupado—. Tómate el día. Haz que tu alfa te atienda, y descansa.
El omega lo miró, demasiado exhausto, y sin tener las fuerzas suficientes para decir algo, asintió para aceptar el ofrecimiento. Definitivamente quería descansar en vez de trabajar, y si le dieron la oportunidad, no la dejaría pasar.
Arregló sus cosas, y dándole un abrazo a su superior como agradecimiento, se marchó de su lugar de trabajo para ir en camino a su casa.
Al igual que el viaje a su destino, el arribo a su hogar fue muy triste, porque estaba todo estático y solo. Jaime, su alfa y con quien convive desde hace casi dos años, estaba en un viaje de negocios y no lo veía desde hace un poco más de dos semanas, por lo que la desolación del lugar golpeó con creces a Nicolás, que empeoraba el panorama.
Todo el estrés conjunto con la falta de cariño y atención de Jaime lo llevaron a ese deplorable estado, que no hacía nada más que agravarse. Nicolás intentaba hacer nidos para sentirse aunque sea algo mejor, pero los terminaba destruyendo porque no le provocaba ni siquiera un rastro de calma o sosiego, como debería ser. La ropa de su alfa más las almohadas estaban sin su aroma, por lo que el cobijo fue insuficiente.
También se sumaba el hecho de que Jaime también era una persona trabajólica, con salidas a terreno fuera de Santiago, y se veían poco de lo que el moreno le gustaba admitir. El alfa tampoco era una persona muy de piel que digamos; le costaba mostrar afecto físico debido a su dura crianza, y Nicolás no insistía y callaba porque lo comprendía. Pero este era otro nivel. Un nivel horroroso.
Todo ese distanciamiento dolía, porque había veces que Nicolás sólo quería un maldito abrazo para que lo envolviera en su rico aroma a bosque después de tener un largo día en su trabajo y asistir a clases de su magíster que estaba cursando. Jaime se excusaba con cualquier cosa, hasta en un pequeñísimo detalle que encontraba, y el omega, para no discutir y caer en un día peor, simplemente lo dejaba ahí.
Se dio cuenta ahora que con el pasar del tiempo, se formó una bola nieve, que crecía y crecía sin detenerse, para terminar así: solo, inatendido, con una marca desabrida y descuidada, un lazo que ya ni sentía y soltando feromonas agrias que le apestaban hasta a él mismo.
Suspirando, dejó su mochila en el suelo de la habitación y se acostó en la cama matrimonial que compartía con Jaime, acomodando las almohadas para quedar más cómodo.
Intentó buscar una pizca de aroma de su alfa, pero como siempre, no la encontró. Solamente era él y sus feromonas desagradables, junto con pensamientos autodestructivos que le acuchillaban dolorosamente en el cráneo.
«Tal vez ya no me ama», sacaba conclusiones el omega, llegando a su mente algunos episodios sobre él y Jaime no durmiendo juntos, o que ni siquiera le decía un te quiero o un te amo. «Tal vez nunca debí aceptar su marca».
Con angustia, una migraña diabólica y en posición fetal, se quedó dormido, no sin antes tener la viva escena de su alfa cuando le pidió que se enlazaran y cómo eso incidió en el futuro hasta ahora.
Pasado las nueve de la noche, Jaime metió la llave de la puerta principal de su casa para entrar lentamente junto con su maleta, intentando no hacer ruido. Cuando cerró detrás de él, dejó la bolsa con piezas de sushi comprado en la mesa del comedor, como sorpresa para su omega después de no verlo durante más de dos semanas y haber tenido poca comunicación telefónica en ese lapsus. Sabía que le encantaba el sushi y ser recibido así.
Todo su plan y su sonrisa se borró cuando olió ese aroma agrio y desagradable, que sabía que venía del cuarto compartido con Nicolás, así que partió allá, abriendo la puerta y mirando la pobre escena.
Nicolás estaba mirando al techo, con el rostro pálido, sus manos rascando sin piedad su marca y soltando pequeños gemidos de dolor al mismo tiempo. A veces cerraba con fuerza los ojos, como aguantando ese dolor que provenía de su cabeza y cuello, pero no paraba.
Jaime se quedó helado, y concluyó con su mirada que claramente el omega estaba sufriendo.
—Nico —llamó Jaime preocupado, acercándose a su omega, que lo ignoraba, rascándose aún la marca irritada—, Nico, amor…
El alfa tomó sus muñecas con cuidado para que parara de rasgarse y dañarse aún más la mordida, y el moreno lo miró con la respiración agitada.
Jaime no sabía qué hacer.
—¿Qué pasa? Amor, no te ves… —preguntó el alfa con incertidumbre, pero Nicolás lo interrumpió con la voz temblando.
—Ayúdame —le exigió desesperado, llenando la habitación de feromonas malolientes y con lágrimas deslizándose por sus mejillas—. Ayúdame ahora, por favor. Por favor, ayúdame con la marca… y con…
Ahí, Nicolás empezó a sollozar y temblar, sin dejar de derramar lágrimas. Jaime lo miró, aún en shock, pero por sobre todo, culpable.
Culpable de que él era responsable de todo esto.
—Tranquilo, tranquilo —el alfa abrazó al moreno, haciéndole cariño en el pelo y espalda a pesar de sus temblores, y soltó feromonas cálidas para así calmarlo aunque sea un poco—, estoy aquí. Te ayudaré, lo prometo.
Pasaron largos segundos donde Jaime, con sus recursos más a mano, intentaba calmar a su omega con arrullos y abrazos, haciéndole cariño y dejando sobre todo que se desahogara. Y ahí recordó que tenía un recurso más eficiente, pero que tenía miedo de utilizar.
No obstante, ver a Nicolás así, temblando y llorando como si su vida se dedicara a ello, hizo replanteárselo y jurar que nunca más dañaría a su omega de esa forma.
Humedeciendo sus labios y sacando todo el coraje para dar esa opción, Jaime logró hablar:
—Tengo la solución, amor —se dirigió a su omega, quien lo veía directamente con esos ojos hinchados y rojos—. Tengo que confesarlo.
» Yo tengo un… una cosa rara, en la lengua —los nervios no lo dejaban hablar del todo bien, pero sabía que tenía que darlo todo para hacer que su omega dejara de sufrir así—. Como unas púas, por así decirlo. Es algo hereditario, mi abuelo y mi papá los tenían, y cuando supieron que yo también nací con ellos hicieron de todo para esconderlos. Hasta intentaron sacarlos con operaciones y esas cosas.
Nicolás, aún con la migraña y la marca palpitándole a flor de piel, lo escuchaba atento. No había visto a Jaime así, tan nervioso y exponiéndole algo tan personal.
—Estas púas tienen un efecto curativo en cualquier piel de algún omega, sobre todo para las mordidas y marcas —explicó y dio un largo suspiro, intentando ordenar todas sus ideas—. Y si nunca te lo dije fue por miedo; miedo a que me rechazaras o me consideraras como una bestia, un monstruo, o algo así… —Jaime tomó aire, tratando de no botar lágrimas, porque para él todavía era un tema sensible, y más en una situación como esta—. Tengo miedo de no ser el correcto, de no ser ese alfa que merecís tener. Yo te puse así, en ese estado, y puede que te dañe aún más con lo que pueda hacer. Es mi culpa. Es todo mi culpa…
Nicolás, con la poca fuerza y estabilidad que no supo de dónde sacó, tomó a Jaime de las mejillas con ambas manos, secando las lágrimas salidas con sus pulgares en el acto, y así dedicarle una especie de sonrisa. Esa sonrisa de comprensión y validación de aquellas emociones, y la mirada llena de determinación.
—Confío en ti —le musitó el moreno, sin dejar de acariciar el rostro contrario—. Siempre confiaré en tí. No te tengo miedo, y eso no cambiará nunca —le aseguró, y ahora juntaron sus frentes para así sellar la verdad entre los dos—. Eres mi alfa, el alfa que elegí.
Jaime, con algunas lágrimas, asintió y lo volvió a abrazar, besándole la frente.
Le costó separarse de su omega, pero sabía que era necesario adecuar el dormitorio para convertirlo con un ambiente más íntimo y agradable, así que Jaime se levantó, cerró las cortinas y la puerta, junto con ajustar la luz a algo más tenue, pero tampoco llegando a estar todo oscuro.
Luego de eso, el alfa se colocó a la cabecera de la gran cama, sentado cómodamente delante de unas almohadas, y dejó a Nicolás para que se sentara sobre su regazo, cosa que hizo desesperadamente. Jaime le hizo una señal de que se tomara las cosas con calma, que él estaba aquí y no se iba a escapar.
De forma inmediata la habitación se llenó de feromonas tanto agrias como de nervios, y Jaime, para romper la gran tensión entre ambos, empezó a besar a Nicolás lentamente, delineando la comisura de sus labios, y el omega dio el pase para introducir su lengua. La danza de ambas lenguas era lenta pero decidida, sin hacer caso a sus inseguridades ni menos dudas.
Nicolás, dejándose besar, bajaba sus manos por los hombros de su alfa, hasta los brazos y sus anchas manos, llevándolas a su cuello, para que con cariño le acariciara esa zona endógena y dañada. También daba pequeñas señales de que no se demorara en lamerle la mordida, porque seguía doliéndole.
Sin poder malinterpretarse, Nicolás sintió cómo este estrecho contacto cariñoso y sensual le hacían llegar leves olas de calma y sosiego. Las feromonas de Jaime eran exquisitas, y ni hablar en cómo lo acariciaba, de una manera tan íntima y dedicada. Algo de lo que siempre quiso que sucediera en su relación.
Reconstruyendo de a poco la conexión física, Nicolás ya vio el momento certero para que comenzara, por lo que, rompiendo el beso gutural, acercó su cuello a la boca de Jaime, para que así diera un pase libre para usar su lengua y aquellas púas para poder acicalarse.
Jaime, muy cuidadoso, empezó a tocar la marca con la punta limpia de su lengua para ver qué sensaciones experimentaba Nicolás y así no dañarlo e ir de golpe. El omega jadeó por aquel primer contacto, incluso dándole un gran escalofrío; no era de incomodidad, sino por cómo se acostumbraba a esas nuevas percepciones que le llegaban como una ola de mar fresca. Sentía también cómo las hormonas se alineaban y estabilizaban. Mientras, Jaime sentía como su lobo rugía por proteger a su omega.
—Estoy listo —avisó Nicolás, desesperado para sentir esa placentera calma en su cuerpo con más intensidad—. Sólo hácelo, amor…
El alfa asintió, aprobando su decisión. Luego, sin dejar de acariciarlo y mimarlo, humedeció sus labios y abrió tenuemente la boca para sacar su lengua y dejar que las púas emergieran. Estaba a un paso de hacer el contacto, pero su mente tenía tantas dudas y temor a hacerle daño al omega, que lo paraba.
Nicolás lo notó, y angustiado por la espera, lo miró y volvió a susurrar:
—Confío en ti —sus ojos brillaban y su rostro estaba muy sonrojado. Era toda una belleza para el alfa—. No me harás daño. Vamos, dale…
El moreno acercó aún más su cuello a la boca de Jaime, y sin esperar y con total seguridad, su lengua puntiaguda acarició la mordida del otro, yendo a un ritmo muy despacio, desde abajo hacia arriba.
Nicolás pudo sentir inmediatamente un cosquilleo con máxima electricidad, tanto en la marca como en su vientre. Era una limpieza abrasiva y profunda, pero no dejaba de ser muy placentera.
Dejando que las púas pulieran la zona y provocaran más relajo, Jaime se deleitaba por los ruidos que hacía su omega por la reacción. Toda esta acción, tan íntima –tal vez más que el propio sexo–, lo nublaba de ese placer de estar sanando, de dejar de sufrir.
Ahí, con Jaime acariciando aún la mordida con su lengua y sin evitar que sus manos pasaran por todo el contorno del omega, ambos pudieron sentir lo mismo: el lazo, tan dañado y poco latente, se restableció. A la par, las feromonas de Nicolás iban transformándose en aromas más dulces, vivos y claros.
El lazo, ahora tan vivo, se presenciaba en todas partes del cuerpo del alfa y omega: Nicolás sentía los latidos del corazón de Jaime, y éste último sentía las sensaciones de tranquilidad y calma que pasaba su omega en ese momento. Como nunca antes, ahora eran uno solo.
Nicolás, ya muy aliviado, dejó que Jaime lo besara con ferocidad, y luego soltó un jadeo profundo, intentando volver a la realidad después de haber pasado una experiencia placentera inolvidable. Justo iba a hablar, pero el alfa se le adelantó.
—Antes de que hables —le robó la palabra Jaime, tomando al omega de la cadera para dejarlo bajo suyo—, quiero hacerte el amor como mereces.
Nicolás rió, divertido y afirmativo a sus palabras, dejándose querer como Jaime decía: lo merecía después de tanto tiempo descuidado.
Y bueno, si el hecho de que haber curado la marca del moreno, estabilizado su lazo y hormonas fue más que placentero, haber hecho el amor profundamente, sin miedos ni tapujos de por medio, fue casi una epifanía. No fue un acto desesperado; solo eran ellos llevados a sus ideas, siempre velando por el otro para recibir placer y cariño.
Al momento de penetrarlo e ir intercambiando las velocidades de sus embestidas, Jaime encajó sus colmillos en la marca de Nicolás, para así culminar finalmente el lazo restablecido y dejar un tipo de constancia emocional de que así tiene que quedar el lazo: sano, fuerte y estable. Como siempre debió haber sido.
Al terminar, con Jaime anudando por tercera vez dentro del moreno, Nicolás se acomodó en el pecho del alfa, sintiendo su respiración bajar y subir.
—Gracias —agradeció el omega, quien estaba abrazado de su alfa cómodamente—. Realmente me siento…
—Déjame pararte ahí —rió el alfa, y dio su momento de sincerarse—. No tienes ni que agradecérmelo. Soy tu alfa y es mi deber cuidarte. Tal vez debí decirte todo esto antes, y haber evitado esto…
—Ahora déjame pararte a ti —Nicolás se acomodó para quedar con su cabeza apoyada en el pecho de su alfa, y mirarlo directamente, aún con sus ojos brillantes, llenos de amor—. Eres mi alfa, y confío plenamente en ti. Por algo te elegí po’, corazón. Ya da lo mismo si esto debió evitarse, pero así aprendemos a ser más… comunicativos.
Jaime asintió, haciéndole cariño en la mejilla derecha de Nicolás, sonriendo.
—Seré un mejor alfa para ti —aseguró Jaime, robándole un pequeño beso a su omega—. Te amo.
—Hueón, amo cómo suena eso —sonrió con picardía—. A ver, dilo otra vez.
—Te amo. Te amo, amor.
Nicolás sonrió, enternecido, y lo volvió a besar en la boca. Jaime lo recibió gustoso, viendo de reojo la marca de su omega, que se veía como nueva. Tenía su color original y ya no estaba inflamada ni menos irritada.
—¿Sabís qué? —cuestionó el alfa, abrazando aún más al moreno—. Tomémonos unas mini vacaciones. ¿Qué pensai’?
—¿Pa’ qué preguntas si sabes que diré que sí? —rió—. Igual… ¿No se supone que tenías otro viaje para esta semana…?
—A la mierda el viaje, quiero consentir a mi omega como corresponde, y así hacerle más el amor como ahora —le acarició el pelo, sin dejar de sonreír—. También hacerle saber que lo amo demasiado a pesar de ser un borde culiáo.
Nicolás tampoco dejaba de sonreír, y quiso seguirle el juego.
—Así te amo, y tenemos mucho por aprender —sentenció el omega, y sintió cómo el nudo bajaba, por lo que musitó nuevamente—. Ahora sígueme consintiendo.
—A sus órdenes.
A Nicolás nunca le interesó conocer un paraíso, pero ahora ya estaba en una. Estaba en un paraíso con el alfa que eligió, sin nada de arrepentimiento de haberlo hecho, y que ahora ama –y es amado– con todo su corazón.
