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Anatomía del alma

Summary:

A veces, la existencia nos impone una maldición generacional para que labremos nuestra redención en ella. Otras, la única sabiduría reside en dejarla extinguirse por completo. El infortunio es que Victor proviene de un linaje peculiar, y relegar sus acciones al olvido no es una opción viable. Para confrontar lo inevitable, él se propone exponer su caso ante ti, designándote así como el juez supremo de su crónica.

O, dicho con mayor exactitud: Esta es la narrativa donde Victor se esfuerza por articular el impulso que lo llevó a conjurar a la criatura, defendiendo su causa singular. Sin embargo, en esta ocasión, no la ha abandonado a su suerte. En su lugar, ha sido secuestrado por la criatura, para ser dejado a pudrirse y a ser controlado por su propia creación.

Notes:

Espero que disfruten esta historia, decidí irme por capítulos un poco más cortos, debido a que si no, quizá nunca terminaría, además de tener otra idea para fic largo. Espero lo disfruten.

(See the end of the work for more notes and other works inspired by this one.)

Chapter 1: Sin Victoria

Chapter Text

La historia que está aquí, espero que no la tomes a mal. Nunca he sido precisamente alguien hablador, creo yo, pero sí bastante emocional a mi manera, claro está. 

Lo que te diré, es de suma importancia que no se lo cuentes a nadie. Me avergüenza lo que te diré, pero al mismo tiempo, es importante que me comprendas, pues no encontraré más virtud que la gracia de alguien que ha escuchado mi historia hasta el final, y decidido mi destino por mí. Algunos me dirán cobarde por eso, pero te ruego que te quedes hasta el final. Sé que tras tu buen juicio, habrá un poco de bondad para lo que he hecho, y espero que mientras espero mi veredicto, repases la historia que te estoy por contar.

La vida en Ginebra está llena de naturaleza y una tranquilidad impresionante, a comparacion de otros lugares que prefiero no mencionar, no me lo tomes a mal, pero no quiero dejar tantas pistas de donde he estado y estoy seguro de que aunque preferiría no dejarte en las sombras, lo mejor es ir de a poco. 

Cuando era pequeño, las cosas eran bastante complejas, no es que hubiera algo malo conmigo, o no creo que hubiese nada malo conmigo, y de hecho, mi país de origen solía tener para nosotros, una muy buena calidad de vida. Mi padre era un médico cirujano que al casarse con mi madre, había abandonado eso, para dedicarse estrictamente a la política. Tenía influencia, razón por la cual su trabajo lo excusaba durante largas semanas fuera de casa, así que no fue demasiado difícil para mí tener a mi madre solamente. No me malinterpretes, claro que quería a mi padre, pero era un hombre un poco frío. Quizá fuese por su condición de cirujano, pero realmente incluso tras mi curiosidad, nunca tuve el coraje para preguntarle sobre su comportamiento conmigo, a la espera de que tuviera una respuesta poco recomfortante.

Ernest, mi primer hermano, fue tan sólo uno de los pequeños peldaños que harían la culminación de todos mis despechos. Cuando llegó al mundo, mi madre rebosaba de vida y aún lograba prestarme atención para nuestros propios juegos. Me gusta pensar que no tenía un favoritismo hacia otro que no fuera yo, entre mi hermano y yo, aunque tampoco me molestaba. 

Nació Beta, para desgracia de mi padre. Y a pesar de que se le encomendaba cuidados a mi madre, después de su último parto, volvieron a tener otro hijo, a quien llamarían William. 

Cuando nació mi hermano menor, mi madre estaba bastante feliz y mi padre parecía bastante conforme con él. Ernest había pasado a segundo plano, y la vida en casa se volvió bastante caótica. 

Lo que yo ya esperaba de mi padre, era su favoritismo evidente hacia el menor de nosotros, me gustaría decir que lo odiaba por eso, aunque no era así… pero, ¿podrían culparlo? El hombre siempre había querido un Alfa en la familia que tuviera el apellido familiar, y ese no había sido yo. Debió ser frustrante saber que su edad podría no permitirle tener un cuarto hijo, pues después de saber que Ernest había nacido como un Beta, cuando su sexo secundario llegó a flote en el inicio de su pubertad, lo había ignorado por completo, quedado relegado a segundo plano. 

Después, estaba yo.

Había nacido robusto, claro está, así que durante los primeros años de mi infancia, al menos los había pasado en la ignorancia. El hombre no se había dignado a aparecer para mí cuando lo necesitaba, pero se había tomado tiempo fuera de la política cuando William llegó a casa y al darse cuenta de que sería su última esperanza de tener un Alfa que heredara todo, y cuidase el nombre familiar. No podría decir mucho de cómo se sintió Ernest, siendo tres niños de diferentes castas (o al menos, esperaba mi padre que así fuera, puesto que el sexo secundario aparece hasta inicios de la pubertad), era obvio que el favoritismo recaería en William. Yo al menos serviría como incubadora, como un despojo de algún tipo, o un intercambio con alguna otra familia, si se necesitaba. 

Así que mientras yo trataba de ganar su afecto, Ernest trataba de ganar el mío, pero William lloraba todo el tiempo y se mantenía cálido entre los brazos de mi padre, pero no sólo eso, me había arrebatado a mi madre. A cualquier edad, esto pudiera ser un poco duro, en parte porque yo gustaba de hacer todo con ella, era mi compañera de juegos, no tenía más hermanos, puesto que Ernest y yo, no solíamos llevarnos bastante bien; y aunque la casona donde vivíamos estaba rodeada de bosque, mi padre no solía dejarnos salir cuando estaba él en casa, dejándonos con el estudio solamente. 

No había nadie más con quien realmente pudiera jugar. Pero yo estando acostumbrado a mi madre, ahora estaba en la más absoluta soledad. Incluso si hubiese deseado jugar con Ernest, era más que obvio que no teníamos las mismas aficiones, con ello, también teníamos distintos destinos. Yo estaba destinado a desposar a algún Alfa rico, tener quizá descendencia, vivir a costa de ellos, morir tranquilamente. Ernest, siendo Beta, parecía tener un poco más de libertad, es decir, ¡Al menos a él no le buscaban un prospecto!

William… oh, querido William, si supieras lo amado que eras por nuestros padres.

Pero bien, mi madre nos dejó de lado, y con ello, obtuve más tiempo para mí mismo y claro, para mis importantes estudios sobre el cuerpo humano. Mi padre quería que fuera un cirujano como él, así que no fue difícil que hiciera un poco de espacio a la semana para probar que yo sabía de lo que hablaba cuando me preguntaba sobre el cuerpo del hombre.

Madre era una devota católica, mientras mi padre estaba completamente al otro lado, siendo un ateo silencioso, creo yo. Pero pecando de la superstición silenciosa. Quizá todos de alguna u otra forma, èramos un poco supersticiosos, aunque en mi caso, me esforzaba por no serlo. 

A pesar de que el hombre decía no ser creyente, se persignaba cada que iba a hacer un trato importante, como si eso fuera a ayudarlo a cerrar todo contrato. Era una especie de ritual pequeño que siempre noté, pero jamás entendí del todo por qué lo hacía si realmente no creía en ello. 

Conforme fui creciendo, mi padre cada vez más se distanciaba de mí, hasta que falleció un día, abandonando no solamente a Ernest y a William, si no, a mí. No me caló tan profundo como cuando mi madre había fallecido unos años antes, de quien no quiero hablar este momento. Pero puedo decirte que algo de lo sucedido me incomodó, sin pasar a mayores. 

Podrá sonarte cruel, pero por fin, yo era el que podía hacer y deshacer a placer.

Pronto aprendí que hay una sutileza muy amenazadora en verte como el señor de la casa cuando no hay nadie más. Nadie te enseña la clase de horrorosidades que el hombre trata de hacer en pos de un poco de poder. 

Es más que obvio que mi estatus como cabeza de familia, era algo que en algún momento se vería desafiado por William. Yo era tan sólo un Omega, palabras más, palabras menos, de parte de la sociedad del momento. Y como tal, todos creían que era bastante bobo en muchas cuestiones, pero de eso, no tenía ni un pelo. 

Está claro que mi condición era vista como un impedimento para mi propio raciocinio. Y mientras muchos Alfas se acercaban a mí con la intención de desposar a un muchacho de 16, yo los había mandado a volar a cada uno de ellos. ¿Por qué iba yo a desear una unión, teniendo tanto que hacer? 

Tenía tanto que ver, tanto que aprender, que no tenía realmente el tiempo para pensar en alguien o algo ajeno a mis deseos.

Los tres hermanos nos separamos, con ello recibía postales de parte de mis dos hermanos de vez en cuando. Cuando llegó la pubertad de William, pensé que estaba hecho, yo estaba a salvo, William no tendría manera de pedir ser la cabeza de la casa. No es que me importe, es más una cuestión de comodidad, me gustaba tener cierto control sobre las cosas y siendo sinceros, también encuentro comodidad en ser el que vigilaba tranquilamente todo lo que sucedía a mi alrededor. 

Me gustaría decir que crecí como un muchacho tranquilo, pero quizá eso sea darme demasiado crédito. Siempre estuve hambriento de más, no sólo sabiduría, y no hablo de dinero, si no de mi propio reconocimiento. La mayoría de los estudios que hacía, lograba obtener resultados y uno que otro colega entendía que era más que un Omega necesitado de un Alfa. Yo era más que eso, y como tal, daba a entender que nunca dejaría que un hombre que pecaba de la ignorancia hacia mi, me encasillara en tan sólo ser un Omega. 

Tanto Ernest, como William, habían entrado a escuelas prestigiosas, y aunque no quedé muy atrás, había entrado a otra especializada. Aquella donde la mayoría de la gente prefiere no pisar el suelo. Y durante mucho tiempo, la Universidad parecía hasta cierto punto complacida de mis hallazgos, ¿Cómo no hacerlo? Dada la naturaleza de estos, donde yo hablaba firmemente de que había más que podía hacerse por las enfermedades, y sobre todo, aún con las risas a mis espaldas, las burlas o bromas a mi intelecto, yo seguía erigiendo el pensamiento de conquista a la muerte. 

Debió ser una sorpresa para todos, cuando llegué al inicio de lo que yo creía era mi llave como un Dios. No me di cuenta que quizá todo este tiempo, debí impedir mi propio destino y dejar tales cosas. Pero un hombre no es tomado en serio, hasta que sus palabras se materializan, y como tal, aún no teniendo ningún derecho ni voto sobre cómo me echaron de la Academia, me fui, orgulloso y con la frente en alto. 

Mi ignominiosa partida no fue una derrota, sino el combustible que avivó una hoguera devoradora. Me recluí en los confines más olvidados de la morada familiar. Mi laboratorio se transmutó en un sepulcro personal, donde la vida exterior carecía de resonancia. La búsqueda de insuflar el hálito de la vida en la materia inerte consumía cada hora de mi existencia. Mi ambición, ahora sin el yugo de la Academia, se tornó una fiebre insaciable que me despojaba del sueño y el reposo.

Los recursos que mis ideas demandaban eran negados, con sorna, por el mundo académico. Fue entonces que, desde la sombra, emergió Harlander.

Su nombre era un susurro en los círculos que mi padre había frecuentado en secreto: un erudito de lo prohibido que había mantenido lazos con mi progenitor en su momento, más no venía al parecer, de forma exclusiva, por mí. No era un amigo, sino un oscuro artífice de la alquimia vetusta, poseedor de textos y secretos que la ciencia moderna había desechado con arrogancia pueril. Harlander me ofreció las llaves de bóvedas olvidadas, repletas de material y conocimiento que la Academia jamás habría tolerado. 

Nuestros encuentros se concertaban bajo la penumbra, en estancias frías, y sus palabras, siempre medidas y lúgubres, inyectaban una nueva y peligrosa convicción en la rectitud de mi empresa. Él veía en mi obsesión la última oportunidad para la verdad que él mismo no pudo desvelar, pero también, con la clara intención de ver mis hallazgos. Además de eso, darse a conocer de alguna forma, ¿Estaría pidiendo permiso? Eso se escapa de mi entendimiento. 

Mientras mi alma se consumía en esta labor que se acercaba a lo sacrílego, postales y misivas llegaban desde los prestigiosos recintos de mis hermanos. Ernest escribía con una preocupación apenas velada, preguntando por mi salud y la austeridad de mi vida. William, en cambio, escribía con la trivialidad de quien aún no conoce el peso de la ambición desmedida, pero bastante emocionado y feliz por su prometida, que no era más ni menos, que la flor de juventud de la sobrina de Harlander. 

Yo en cambio, leía con la indiferencia de un espectro, y las consideraba inquietudes banales de almas que aún temían romper las cadenas de lo mundano y a las de William, sólo eran distracciones que no tenía tiempo de alimentar. Mi destino estaba sellado; mi labor, superior a sus afectos.

Mi laboratorio, en connivencia con las provisiones de Harlander, se convirtió en mi único templo y mi única prisión. La filosofía de la conquista de la Muerte exige un precio terrible: la profanación de su dominio. Para insuflar el hálito de la vida, primero debía dominar su esencia, y esto requería materia que no se halla en los libros vetustos, sino en las moradas finales del hombre.

La repulsión inicial fue un sentimiento efímero; pronto sucumbió ante la fuerza implacable de mi ferviente necesidad científica. Mis días se desvanecieron en un ciclo lúgubre, dedicado a la adquisición y la desmembración de lo que la tierra reclamaba. Las frías losas de mi estancia se cubrieron con los despojos de la anatomía humana, fragmentos exhumados de cementerios olvidados y adquiridos de los más oscuros rincones de la miseria humana.

Debo confesarte que no trabajé con un único cuerpo, pues una sola existencia no bastaba para contener la magnitud de mi ambición. Mi obra maestra sería un mosaico, una arquitectura de retazos, donde cada miembro, cada órgano, sería seleccionado por su robustez y su potencial. Deshice y rehice la forma humana innumerables veces, movido por una manía implacable, ensamblando músculos y ligamentos, tejiendo arterias y nervios con una pericia que solo la obsesión puede otorgar.

El hedor de la muerte se impregnó en mi ropa, en mis cabellos, y, peor aún, en mi propia alma. La luz de la luna que se filtraba por las ventanas empolvadas era el único testigo de mis vigilias febriles, mientras mis manos, antes destinadas a delicados estudios, se hundían sin remordimiento en la materia fría e inerte. Había cruzado el umbral, y la línea entre el erudito y el necrófilo de la ciencia se había borrado por completo. Ya no buscaba la cura; buscaba la creación, y para ello, debía convertirme en el amo absoluto de la descomposición y el reensamblaje.

En medio de este caos físico y moral, el mundo exterior se atrevió a inmiscuirse. Los lacónicos mensajes de Ernest fueron reemplazados por una avalancha de misivas urgentes, selladas con el blasón de William. Mi hermano menor, ajeno a mi labor sacrílega, se había comprometido. Él demandaba mi presencia; exigía que abandonara mi reclusión y regresara a la formalidad social para conocer a su fiancé.

La idea me resultaba grotesca. ¿Cómo podía yo, cuyas manos estaban teñidas con la arcilla húmeda de la tumba, sentarme a la mesa para bendecir una unión? ¿Cómo podía mi mente, que solo albergaba ecuaciones de resurrección, soportar la trivialidad de un compromiso y sus vanos festejos? William, con la dulzura antinatural de su casta y pero de la juventud que lo amparaba, no concebía un "no" por respuesta, así que mandando una última carta, decidió que sería él, quien entonces iría a mí. Esto me alarmó, enviando otra carta de vuelta de inmediato, hablando sobre lo mucho que mi mente se ocuparía de lo que necesitase para la boda, si es que esa era la razón de su insistencia. 

Jamás me recordaba, con una amabilidad impropia de un Alfa (puesto que pienso que debería de haberse aprovechado, como todos en su momento, de mi condición), mi deber como cabeza de la familia, el cuidar y procurar a mis pequeños hermanos, o dejarle las riendas de nuestra familia, y es hilarante que mi rol de Omega negociable nunca haya sido tema de conversación con él, más lo ha sido varias veces de Ernest hacia mí.

Irónicamente, ahora debería yo ejercer una autoridad social que siempre había detestado. Esta presión era como un cordel que tensaba mis nervios ya expuestos, un recordatorio agrio de que mi libertad era una quimera y que mi destino estaba atado a las costumbres que tan desesperadamente quería trascender con mi ciencia.

Debí hacer caso a muchas de las cosas que pasaron, pero como tal, te encomiendo de nuevo, que me escuches hasta el final, porque no encontré la muerte de William solamente, ni la de Harlander, quizá yo estaba hecho para este destino, no te lo puedo asegurar, pero lo que hice, traté de enmendarlo, y espero que tú puedas verlo, porque no sólo cree algo impensable, traje algo del infierno, y ojalá pudiera volver a mandarlo. 

No era un Adán, era el mismo Lucifer.