Chapter Text
I.
Cuatro compases de redobles y al quinto, el batería ha entrado medio tiempo tarde.
Pero no importa; bueno, de hecho no parece importarle a nadie más que a él.
Millones gastados en discográficas, publicidad, relaciones y otras mierdas para acabar ignorando errores tan básicos como respirar.
Pero ese medio tiempo es el que obliga a Pickles a dejar el vaso en la mesa de un golpe mirando hacia el techo. Ni siquiera es su banda, pero joder, es una mierda lo que llega a joderle la poca profesionalidad.
Sea quien sea el grupo de novatos que resuena a través de los altavoces, acaban de amargarle la noche del todo con esa estúpida versión de “Changing of the guards” de Bob Dylan a metal. Ya no se respeta nada.
Pero, coño, ni siquiera puede engañarse a si mismo: en el fondo está jodido, cabreado y amargado porque es consciente de que lleva casi un año ya sin subir a un escenario.
Puto Candynoise, jodida coca y todo lo demás, ¿Por qué la gente no podía ser profesional?
Él mismo se había metido rayas tan largas como el puto Golden Gate, pero no por eso había convertido los shows en patéticos espectáculos psicotrópicos.
Clava los ojos en las estridentes luces que iluminan el local como si alguien allí tuviese una respuesta.
Porque todo aquello le había costado mucho y está harto.
Harto de las gilipolleces, de los “no es mi culpa”, “yo no fuí” y “a mi que me cuentas”.
Harto de los “no volverá a ocurrir” “ha sido un accidente” y “tu la has cagado tantas veces como yo”.
Porque no es así y ya no pasa ni una más. Porque con 15 años de Seth ametrallándole a excusas ha tenido de sobra.
Ya no es un crío recién bajado de un autobús que no tenia donde caer muerto.
Ha caminado demasiado desde aquello, tratando de alejarse de Wisconsin, de su hermano y de toda la mierda que allí había; tratando de demostrar no-se-qué a no-se-sabe-quién.
Y ahora se siente como un imbécil.
Especialmente aquella noche en que se apoltrona en un garito de mierda, completamente solo, para celebrar su 27 cumpleaños.
Joder, le quedan 40 pavos en el bolsillo, y dos pequeños paquetitos de papel blanco del tamaño de canicas con coca. Y eso, se mire como se mire, es una mierda de fiesta.
Da un trago más a la cerveza, y por primera vez le sabe mal.
Otra vez tarde, otro error. ¿Pero quién coño había producido aquel puto grupo?
Coño.
Joder.
Hostia puta.
Siente el insano deseo de bajar al batería a leches del escenario para enseñarle que “ritmo” es algo más que pegar con dos palos a los bombos.
Pero no va a hacerlo. No esa noche.
Porque Snazz vuelve a estar en la trena puesto de heroína hasta la cejas y no quiere ir a hacerle compañía. Así que se encoge de hombros antes de atar su cabello rojo en una coleta y meterse una tras otra las dos dosis de polvo blanco.
Solo necesita relajarse.
Ahora las luces son más brillantes y el mundo gira un poco más deprisa.
El dum-dum-dash dum-dum-dash se le mete justo tras los ojos, enviando un latigazo de ira a su estómago a cada golpe mal dado o simplemente inexistente.
Ya no oye nada más.
Y es que no soporta la incompetencia.
Está enfermo de incompetencia.
Por qué él no puede volver atrás. No hay ninguna casa en la que vayan a recibirle con los brazos abiertos; sólo un hermano que le llama tres veces al mes para pedir un cheque a cuenta de nada.
Snakes n’ barrels está muerto y ahora su mano duele; y duele porque de repente está en medio del escenario con su puño en la cara del batería mientras todos le miran inmersos en ese instante en el que no se sabe muy bien qué hacer.
Siempre se ha repetido que no debe tomar coca ni anfetas cuando está cabreado; porque en el fondo Pickles se da a si mismo muy buenos consejos.
Si alguna vez los siguiera ya sería la leche.
Pero bueno, algo hecho no puede deshacerse así que berrea un par de insultos con el segundo golpe, que le deja el taburete solo para él.
Joder, incluso tiene tiempo de quitarle las baquetas para hacer un solo de percusión, pese a que ese ni siquiera es su instrumento, antes de que lo saquen del escenario entre los demás miembros del grupo, dándole varios golpes que, la verdad, le dan igual.
Lo que más dolía era la batería y eso ya no se oye. Así que bien.
Noche arreglada, escándalo montado y probablemente algún hueso roto.
Y tirado en el callejón piensa que, bueno, al menos no ha tenido que pagar nada por esa cerveza horrible y siguen quedándole los 40 pavos.
Pone un cigarrillo entre sus labios sin tratar de levantarse y suspira por qué no hacía tanto que estaba celebrando sus cumpleaños en los mejores locales de L.A, con tías buenísimas y todo eso. Y ya ni siquiera le cabrea que no sea así.
Total, antes de eso sus cumpleaños siempre habían sido una mierda.
-¿Has decidido quedarte ahí a congelarte como un puto marica?- le pilla desprevenido, pero la voz no le asusta.
Vale. Tal vez la voz no, pero la figura oscura que se apoya en la pared detrás de él si que da cierto miedo.
Solo un poco.
-Solo estoy fumando, tio. Solo fumando.
Es grande, de pelo largo, oscuro, y pinta de no tener demasiados amigos. Ni sentido del humor.
-Lo del bar ha sido brutal.
-¿Lo de la hostia, la batería o la paliza?- le ve dudar un segundo, frunciendo el entrecejo sobre sus ojos aguamarina.
-Todo.
Mira un segundo y sonríe. Porque sigue tirado en el suelo como un imbécil, pero el gigantón le despierta simpatía.
-Quiero formar una banda.
-Yo ya tengo una banda.
-Si tuvieras una banda estarías encima de un escenario.- Cada frase dicha suena a sentencia. Tosca, ruda y sin invitaciones.
“Quiero formar una banda”.
Tal vez la coca tiene la culpa de todo, pero en aquel momento su nuevo amigo le gusta demasiado.
En seguida se encontrará mejor y podrá levantarse. Y entonces seguro que no le parece tan grande ni amenazante.
- Me llamo Pickles, y desde luego no toco la batería.
