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Dirty Little Secret

Summary:

Enzo detesta a la nueva estrella de la Reserva de River.
o
Julián esconde un gran secreto.

Notes:

Los tags explican de qué va esto.

Mi aporte al Kinktober.

Chapter Text

Harto.

Esa era la palabra que expresaba cómo se sentía por la presencia del puto cordobés, el nuevo niño bonito de la Reserva.

Había escuchado de él. Mucho más de lo que quería. Okay, estaba hasta las pelotas de que todo fuesen palabras de elogio para el chetito de mierda ese.

De lo brillante que fue en la séptima. De cómo tras poquísimos partidos en la sexta lo pasaron a Reserva. De que el Muñeco Gallardo ya pensaba jalarlo a primera.

Pocas veces alguien le había caído tan mal.

Al parecer, el sentimiento era mutuo porque, aunque el cordobés aparentaba ser amable con todos, varias veces lo miraba más tiempo del necesario.

Como cuestionando su presencia en el equipo.

Como si River fuese un equipo sólo de chetitos desabridos, como los pelotudos de Beltrán y Sosa, con los que el cordobés solía juntarse.

Álvarez el más chetito de todos. Infumable con esa pinta de príncipe de Disney. Piel blanca. Ojos grandes y marrones, como los de Bambi. Rulos castaños que parecían dibujados a mano. Sonrisa amplia con hoyuelos.

Okay, eso sonó re trolo. Pero no eran sus palabras. Era lo que minitas sin cerebro escribían emocionadas sobre el cordobés en las fotos que éste publicaba. Todas alabándolo. Todas soñando con él. Todas muriendo por ser sus novias.

¿Dónde se ha visto que un futbolista que se respete parezca un príncipe? El fútbol es un deporte de machos, rudo y salvaje, no de princesos bonitos que publican fotos aesthetic. Lo que poronga sea aesthetic.

Él tenía mucho más derecho de ser parte de River que todos esos chetos. Él, que estaba allí desde niño. Que había defendido a La Banda años tras año. Que tenía que hacer viajes de mierda todos los días para llegar a los entrenamientos y mantener su lugar.

Pero nadie parecía valorar eso. Porque todos estaban encandilados con Julián Puto Álvarez.

Pensaba en todo eso tras llegar tarde a la cancha porque el bondi, para variar, se descompuso a medio camino, con lo que empezaba el día hasta el orto.

Mientras daba corriendo cinco vueltas al campo, de castigo por su tardanza, veía al cordobés reírse, relajado e impecable. De repente, el castaño le dirigió una mirada. Odió esa mirada.

Al terminar con las vueltas, se reincorporó al grupo. Se dio cuenta de que, en lo que corría, habían formado parejas. Sin duda harían ejercicios en pares. Buscó si alguien estaba sin compañero.

Sólo un jugador estaba solo.

Julián Álvarez.

Dios o el destino lo odiaban. Tendría que hacer todo el entrenamiento con ese insoportable.

Al acercarse, con los hombros un poco caídos, el cordobés le sonrió.

—Hola, Enzo.

Le irritaba aún más que el chetito pretendiese ser simpático, mirándolo de forma supuestamente amistosa con esos ojos que sí, las minas tenían razón, eran unos ojazos. Con unas pestañas enormes.

—Álvarez —respondió, cortante.

El gélido todo de voz que usó pareció enfriar el ambiente entre ellos. Tras mirarlo un segundo más, el castaño desvió la mirada hacia el entrenador, esperando indicaciones.

El entrenamiento comenzó. Intenso y brutal, como todos los entrenamientos en la Reserva.

Enzo tuvo que admitir que practicar con Álvarez era una maravilla. El tipo era ágil, rápido y fuerte. Tenía una técnica impresionante para su edad. Y por si fuera poco, tenía cerebro, cada movimiento que realizaba tenía un motivo y un fin.  El entrenamiento se hacía fácil al mismo tiempo que mucho más productivo, porque tenía menos tiempos muertos, casi 100% de efectividad.

Se ganaron varios elogios del entrenador.

A regañadientes, tuvo que aceptar que Álvarez era un jugadorazo. Jugar con él no solo le hacía practicar mejor, sino que lo hacía lucir mejor.

 

 

El cambio de opinión duró solo diez minutos.

 

 

Cuando llegó el momento de practicar marcas, quitándose el balón mutuamente e intentando anotar, todo se fue al carajo.

Empezaron bien, o al menos eso creyó Enzo. Estaban más o menos equilibrados en cada vuelta, él marcando y el cordobés evitando que le quite el balón, y viceversa.

Quizá tuvo que ver que, en medio del forcejeo, Enzo se dio cuenta de que el culo del castaño era enorme, hermoso, marcándose obscenamente a través de los pantaloncillos deportivos. Enzo nunca había visto un culo tan perfecto, ni siquiera en las minas más ricas con las que había estado. Y eso lo distrajo por un segundo, mientras el castaño hizo un movimiento de autopase y un caño, para dejarlo parado mientras que terminaba la jugada con un golazo. Algunas parejas cercanas incluso aplaudieron, lo que aumentó su rabia y su vergüenza.

Los siguientes turnos, Enzo se mostró mucho más agresivo, llegando a patear “sin querer” al castaño en medio del forcejeo. Julián no dijo nada, pero su expresión de golden retriever feliz desapareció y empezó a jugar con pierna fuerte.

Llegó un momento en que ambos se olvidaron que era un ejercicio. Era un enfrentamiento, una guerra sin cuartel que ninguno estaba dispuesto a perder. Intentando quitarle la pelota, Enzo le pegó toda la pija al culo, buscando distraerlo.

Lo que no se esperó es que Julián, en lugar de incomodarse, no solo no se movió, sino que se frotó contra él, aparentando una acción de juego. Enzo sintió un ramalazo de electricidad que viajó desde su pija hasta el resto de su cuerpo ante el descarado roce del castaño. Sintió la consistencia firme al mismo tiempo que suave de ese terrible pedazo de orto. Una deliciosa agonía. Lo peor fue cuando la pija le quedó en medio de esos glúteos fantásticos, como una invitación a enterrarse allí.

Esto descolocó tanto a Enzo que volvió a quedarse estático, mientras el cordobés terminaba nuevamente la jugada de forma impecable, ganándose otra felicitación del cuerpo técnico.

Enzo tuvo que ponerse de rodillas, simulando atarse los cordones, pero lo que en verdad buscaba era que no se notase la brutal erección que había aparecido en su entrepierna. La fricción con ese culo de ensueño… ¿Qué poronga estaba diciendo? Él no era un trolo. Aunque todo parecía indicar que Álvarez sí, si era capaz de mover así su culo.

El partido de entrenamiento fue mucho peor. Enzo y Julián estaban en equipos rivales. El chetito volvió a lucirse, mientras Enzo seguía en otra, con la cabeza aún en lo que había sucedido. Erró los pases, centró pésimo, le ganaron la mayoría de las divididas. No pudo objetar nada cuando el entrenador, molesto, le dijo: “Concentración, Fernández, si no demostrás acá, no esperés estar en lista el fin de semana”.

Enzo se moría de la vergüenza. Ese día era un completo desastre. En su rabia, necesitaba dar con un responsable para ajustar cuentas.

Y eso fue demasiado fácil.

Tenía que darle una lección al cheto de mierda ese. Nadie se metía con Enzo Fernández.  

 

 

*****

 

 

Julián se quedó varios minutos después del entrenamiento en la cancha, practicando tiros libres. Esa era su excusa.

La realidad era que esperaba pacientemente a que todos saliesen de los vestidores, para poder bañarse y cambiarse con tranquilidad.

Hasta el momento, todo había salido bien. Por supuesto, tuvo que confiarse con el entrenador. Y aunque éste al principio se sorprendió, luego no le dio importancia al asunto. Lo único que le interesaba era que él siguiera jugando así de bien. Y que evitase quilombos con el equipo. Las cosas podían ponerse feas si alguien se enteraba.

Cuando vio que todos se fueron, soltó un suspiro y se dirigió a los vestidores. Estaba realmente cansado.

Le disgustaba haber terminado en tan malos términos con Fernández. Aún no entendía por qué le caía tan antipático al pibe. Siempre lo miraba con cara de orto.

Pero, incluso caracúlico, Enzo era re fachero y estaba buenísimo. Julián sentía un palpitar extraño entre sus piernas cuando lo veía, con esa cara de malote, que cambiaba a la de nene bueno cuando estaba feliz; con esa boquita, que formaba inconsciente un puchero irresistible; con esos brazos y esa pierna izquierda llena de tatuajes. Santi opinaba que tantos tatuajes eran muy de villero, pero en su interior, Julián pensaba que en Enzo quedaban demasiado bien, y se imaginaba qué sería ser tomado del cuello por una de esas grandes manos llenas de tinta.

Basta, Julián, se reprendió a sí mismo. Lo que menos necesitaba era quilombos. Y eso incluía evitar situaciones raras con sus compañeros.

Por lo que tenía que volver a reprenderse. ¿Cómo se le ocurrió restregarse así al mismísimo pibe que lo traía loco? Lo cierto es que no lo pensó, fue casi un reflejo de su cuerpo, que le vino bien porque, ante la sorpresa del otro, él pudo terminar la jugada airoso.

Lo malo es que ahora Enzo pensaría que era un trolo y lo detestaría más. Pero también sabía que no lo comentaría con nadie, porque él también quedaría comprometido.

Que pensase lo que quiera. Lo importante era que nunca descubriese su secreto.

Estaba tan concentrado en sus pensamientos, que no se percató de la sombra que se proyectaba desde una esquina oscura del vestidor. Dejó su bolso en una banca, y se sacó la camiseta y el short, quedando sólo en boxer.

Sabía que la mayoría de jugadores se desvestían y se mostraban desnudos sin problemas, pero él jamás lo hacía. Si tenía que estar con el grupo, se quedaba en bóxer y con una toalla a la cintura. Sus compañeros pensaban que, por ser del interior, era muy tímido. Le convenía que siguiesen pensando eso.

Se dirigió a las duchas, entró en la última, la del fondo, y cerró la cortina. Iba a sacarse el bóxer cuando alguien abrió bruscamente la cortina.

—Pero qué…

La protesta murió en sus labios cuando una mano grande y morena le tapó la boca con brusquedad, mientras todo él era inmovilizado contra la pared de la ducha por un cuerpo musculoso, más alto que él.

 

Enzo Fernández.

 

El miedo, mezclado con otro sentimiento, lo paralizaron.

—¿Te creés el mejor, chetito? ¿Te creés superior al resto?

Julián, con los enormes ojos abiertos de par en par, intentaba negarlo, y trataba de escapar del agarre de Enzo. Pero era imposible. La rabia hacía anormalmente fuerte al morocho.

—Estoy harto de vos, de tu perfección, de tu carita de mierda, de que aparentés ser un ángel. Pero yo conozco a los que son como vos, de ángel no tenés nada.

¿Por qué la rabia del morocho le resultaba tan excitante? Volvió a sentir el palpitar entre sus piernas, y lo que lo horrorizó fue que el mismo se acompañase de una cálida y deliciosa humedad, que estaba mojando rápidamente su bóxer.

—¿Qué querías hoy? ¿Humillarme? ¿Ponerme en ridículo? ¿Qué pretendías restregándote contra mí, trolo de mierda? Porque eso sos, una puta que busca desesperada frotarse contra una pija.

Mientras hablaba, Enzo llevó su mano al culo de Julián, y lo apretó con violencia.

Julián soltó un gemido que se estrelló contra la poderosa mano que aún le tapaba la boca. Pero tanto Enzo como él reconocieron qué tipo de gemido era. No uno de dolor o de miedo. Era un gemido de deseo, visceral y salvaje.                                                                                                                                          

Y eso cambió el clima dentro de la ducha. Los ojos de Enzo, que estaban renegridos por la rabia, cambiaron de tonalidad de negro. Se leía hambre en ellos. Su respiración se hizo más densa. La mano que estaba sobre el culo de Julián suavizó su agarre, solo para explorarlo a su entero gusto. La mano que tapaba la boca del castaño fue bajando suavemente, hasta colocarse posesiva en su cuello.

El cuerpo de Enzo seguía presionando al de Julián, así que no le resultó difícil al cordobés darse cuenta de que su “compañero” estaba totalmente al palo. Y eso hizo que se moje aún más entre las piernas.

—Enzo…

—Callate.

—Enzo, espe…

Julián no pudo terminar de hablar porque Enzo lo besó. Fue un beso con bronca, violento, que le lastimó el labio inferior, llegando a sentir el metálico y salado sabor de su sangre. Eso excitó aún más a Julián que, en contra de su buen juicio, respondió al beso. Le encantaba que Enzo fuese tan bruto y salvaje.

La forma en que Julián se entregó al beso le gustó a Enzo, y el ósculo pasó a ser profundo, intenso, recorriendo el morocho con su lengua toda la boca del castaño, tironeando de sus labios cada cierto tiempo.

Julián estaba tan perdido en el beso que no se dio cuenta cuando la mano que amasaba su orto se introdujo sobre su bóxer, para tocar directamente la suave piel de los glúteos, y menos cuando la curiosa mano se dirigió hacia adelante.

Enzo quedó paralizado, y Julián supo en ese momento que todo se había ido a la mierda.

La mano del de San Martín estaba estática dentro del bóxer. Donde debía encontrar un falo, solo constataba la ausencia de este.

En su lugar, un sorprendido Enzo palpaba una suave y carnosa vulva.

Enzo había descubierto su secreto.

 

 

*****

 

 

Cuando el morocho vio aparecer lágrimas en el rostro del castaño, supo que la había cagado.

—Pará, Julián, no llorés por favor. Perdoname, no sabía…

—Ya está, Enzo.

—En serio, perdón, no debí tratarte así.

—Ya está, solo te pido que no le contés a nadie.

—No, no, tranqui, no diré nada.

—¿Me puedo ir? —preguntó con voz rota el castaño, y Enzo sintió un nudo en la garganta.

—Sí, claro… si eso es lo que querés.

—Es lo que debés querer vos, ahora que conocés mi secreto seguro sentís asco.

¿De qué carajos hablaba Julián?

—¿Qué decís? ¿Por qué estaría asqueado?

—Porque no soy como otros hombres, menos como otros jugadores de fútbol. Porque en lugar de una pija tengo una concha. Debo parecerte un monstruo.

Enzo no respondió de inmediato. En lugar de ello, mientras miraba fijamente los ojos color chocolate, movió suavemente sus dedos, que permanecían dentro de la ropa interior del castaño, y los introdujo entre los labios mayores del delantero.

Julián siseó con este movimiento, y un pequeño espasmo hizo que levantara su pelvis, buscando más contacto con los dedos que lo exploraban así.

—¿Cómo podés llamar a esto una monstruosidad? Es… una maravilla.

Julián dejó de llorar. No podía creer lo que estaba pasando. Que Enzo, en lugar de rechazarlo, lo siguiese tocando allí, así.

—Me volvés loco, Julián. Me volvés loco desde que te conocí, y no sabía por qué… ahora lo sé.

Enzo volvió a acercarse a la boca de Julián, pero esta vez de forma gentil, como pidiendo permiso. Cuando vio consentimiento en el cordobés, lo besó con hambre, con todas las ganas contenidas de todo ese tiempo.

Tenía que aceptarlo. Nunca fue rabia. Siempre fueron ganas, atracción, deseo. Y que Julián fuese tan singular, sólo aumentaba ese deseo.

—Mirá lo mojado que estás con sólo tocarte un poquito.

Julián, envalentonado, dirigió la mano a la entrepierna del más alto, y tocó su pija por encima del short. Era tan grande como había sentido dentro del campo. El gruñido de Enzo le indicó que iba por buen camino, por lo que siguió tocando a su entero gusto.

—¿Puedo verla? —preguntó el morocho. Ansioso. Hambriento.

Julián se quedó de piedra. Salvo sus padres y los médicos, nadie más lo había visto completamente desnudo. Pero no dudó cuando dijo que sí con la cabeza.

Enzo, sonriendo, se puso de rodillas, y con delicadeza fue bajando el bóxer, hasta los tobillos. La visión de la intimidad de Julián se le antojó maravillosa. Blanca, tierna, impoluta, sin un solo vello.

—La tenés toda peladita… qué linda que es.

Julián enrojeció profundamente ante esto.

—Cállate.

Enzo, sin dejar de sonreír, con sus dedos separó la nívea piel de los labios mayores, para observar mejor todo el paisaje. Con el castaño de pie y él arrodillado, era un poco difícil observar todo el panorama, pero lo que pudo ver lo dejó sin palabras. La suave y rosada mucosa era una invitación irresistible. La brillante perla entre las piernas de Julián parecía pedir a gritos que alguien la atienda.

La mente se Julián se desconectó de su cuerpo cuando sintió la boca de Enzo sobre su intimidad.

Empezando con suaves besos, Enzo empezó a sorber suavemente los labios mayores, y luego, a lamer la hermosa perla que se había convertido en su obsesión.

Julián se había tocado. Muchas veces. Sabía perfectamente cómo darse placer. Pero ni sus mejores auto-orgasmos se comparaban con la sensación de la lengua de Enzo sobre su clítoris, lamiéndolo con tanta devoción.

Sintiendo los gemidos que pugnaban por salir desde sus entrañas, se tapó rápidamente la boca con sus manos, porque conocía los horarios del campo y pronto…

—¿Julián, sos vos?

—Sí, Don Julio… Aún no termino.

—Se te hizo re tarde hoy, ¿eh?

—Eh… eh… sí, un poco, digo, bastante, perdón.

—No te preocupés, pero cerrás la puerta al irte. Regreso más tarde a limpiar.

—Ahhh… ehhh… Sí, sí, Don Julio, así lo haré.

—¿Estás bien, Julián?

—Sí, sí, no se preocupe, es que me golpeé en la práctica.

—Ah, suele pasar. Colocate hielo sobre el golpe. Si querés, podés tomarlo del freezer de utilería.

—Ahhhh… sí, muchas gracias, Don Julio.

Al inicio, Enzo quedó paralizado al oír la voz de Don Julio, el conserje, pero sabía bien que él nunca entraba a los baños si había aún alguien en ellos, para evitar momentos incómodos. Por eso, más tranquilo, y con un pequeño toque de maldad, continuó lamiendo el clítoris del castaño.

Julián quería matar a Enzo, mientras pugnaba por responder a Don Julio de la forma más casual posible sin que se le escape ningún gemido ante cada lengüetazo del menor; pero lo cierto es que la visión de ese morocho escultural de rodillas, mirándolo desde allí abajo con tanta perversión, y con la boca sobre su concha, era algo que, por él, podía continuar de por vida.

Cuando Don Julio se fue, Enzo se puso de pie y le dijo con una sonrisa diabólica:

—Parece que tenemos que apurarnos.

En un santiamén, Enzo se deshizo de toda su ropa y la tiró afuera, junto con el bóxer del castaño. Julián desvió la mirada hacia la enorme y venuda pija del morocho, totalmente enhiesta. Era mucho mejor de lo que había imaginado. Tragó en seco.

—¿Te gusta? —preguntó, ufano, el menor. Julián movió de arriba abajo la cabeza, varias veces. —Atendela entonces. Quiero sentir tu boquita en ella.

Julián no necesitó otra invitación. Se puso de rodillas. Se relamió los labios al ver el rosado glande, que goteaba profusamente. Con la lengua, rescató todo el líquido preseminal que pudo, que le supo salado, pero le gustó. Y luego pasó la lengua por todo el glande, arrancando un gemido de placer al morocho.

—Ahhh… así, la putamadre, así… Pará, un poco más suave. Sin los dientes. Usá solo la boca y la lengua… Ahhhh… Así, sí, muy bien, así, Juli.

Julián nunca había hecho un pete, pero era un alumno ejemplar e intuitivo. Siguiendo las instrucciones de Enzo, rápidamente entendió qué tenía que hacer y qué no. No era un boludo, había escuchado muchas conversaciones en vestuarios sobre el tema, y trató de hacer lo que había escuchado que les gustaba al resto. Así que siguió lamiendo, e introduciendo cada vez más esa hermosa pija en su boca. Sentía por momentos que se ahogaba, sobre todo cuando la punta tocó la pared posterior de su faringe. Por suerte, casi no tenía reflejo nauseoso, y continuó con la tarea con total devoción.

—Mirá lo buena petera que resultaste vos. Cómo te gusta la pija, putita.

¿Era normal que lo calentase tanto escuchar al morocho hablarle así?

Enzo estaba en las nubes. Era demasiado erótico tener al niño bonito de la Reserva, al que todos admiraban e idolatraban, de rodillas frente a él, con la boca llena por su pija. Enzo quería que nunca se borrase de su retina esa visión: los rulos de Julián todo desordenados, las mejillas rojas, los enormes y hermosos ojos castaños, que lo miraban en ese momento, con algunas lágrimas por el esfuerzo. Tomó en sus manos esos rulos para sujetar la cabeza de cordobés y empezó a dar embestidas. Los ojos castaños se abrieron un poco más.

—Así… así como te estoy cogiendo la boca, así te voy a coger todo, Julián.

¿Acaso Julián había logrado sonreírle a pesar de tener la boca llena de su verga?

Enzo sintió que si seguían así se vendría muy pronto, por lo que se retiró bruscamente. El castaño iba a protestar, pero jadeó cuando el morocho lo tomó de los hombros para incorporarlo y ponerlo contra la pared, dejando expuesta su espalda y glúteos a él .

—Mirá el orto que tenés, Julián. No podés imaginar las ganas que tengo de enterrarme allí… pero primero lo primero.

Enzo llevó su mano a su boca, para untar bien sus dedos con su saliva. Luego, los dirigió a la vulva del castaño.

—Ufff… estás tan mojado que podría entrar así, pero quiero que lo disfrutés mucho, así que igual te prepararé.

En ese momento, el cerebro de Julián volvió a hacer clic, y antes que Enzo introdujese sus largos dedos en su coño, se apresuró a decir:

—Enzo, esperá…

—Tranqui, acabo de recibir los resultados de mis exámenes y estoy limpio, y no he estado con nadie desde mucho antes de los exámenes. No necesito forro.

—No, eso no. Yo… yo…

Percibiendo el titubeo del castaño, Enzo se separó de él, y lo volteó con suavidad. En los brillantes ojos negros del menor había un leve desencanto.

—¿No querés que siga? Decilo, no te obligaré.

—¡Sí quiero! Lo que pasa es que… yo no… yo nunca…

Y Enzo comprendió.

—¿Sos virgen?

El rubor que cubrió a Julián fue suficiente respuesta. Carajo, había vuelto a cagarla.

—Perdoname, Julián. Entiendo si querés que paremos…

Poniendo sus manos en el rostro del morocho, Julián lo atrajo hacia sí.

—No quiero parar, tarado, sólo… sólo no quiero que sea con tus dedos.

Enzo por un momento quedó desconcertado, pero al entender soltó una carcajada.

—Qué puta que sos, Julián… mi Juli.

Qué bien se escuchaba su nombre pronunciado así, con una mezcla de posesión y ternura. Julián aprovechó para iniciar otro candente beso, mientras su mano tomaba pija de Enzo, para masturbarla. Enzo gruñó en su boca.

—No lo haremos aquí… No quiero que tu primera vez sea acá. Quiero que lo disfrutés. Quiero disfrutarte.

Julián tembló de deseo ante estas palabras.

—Podemos ir a mi habitación. No la comparto con nadie. Privilegios de ser el mejor del grupo —tiró el castaño, burlón. Después de todo, había cierto placer malsano en picar al bonaerense.

—Il mijir dil gripi —remedó el morocho. —Pues acá está el mejor del grupo llorándome pija. ¿Qué diría el resto de nuestros compañeros si te viese así, eh?

—Y, ponele, quizá más de uno no se haría de rogar y me daría lo que quiero, ¿no?

El semblante de Enzo cambió abruptamente, y Julián vio brillar un destello de ira en los ojos negros. Pero no se asustó. Ya sabía cómo terminaba esa ira.

—Escuchame bien lo que te voy a decir, Julián Álvarez. Vos sos mío, ¿Entendés? MÍO. Nadie más que yo puede tocarte. Y si alguno se atreve, lo cago a trompadas.

Mientras Enzo hablaba, movía amenazador el índice sobre el rostro de Julián. Este, con una risita desafiante, atrapó el dedo, y se lo llevó a la boca, para chuparlo descaradamente. El semblante de Enzo cambió nuevamente.

—Cómo me calentás, hijo de puta. Qué trola que resultó ser nuestro delantero estrella.

En venganza, Julián le mordió el índice, pero antes de que Enzo pudiese quejarse, se llevó también a la boca el dedo del medio, para chupar ambos dedos con fruición, mientras seguía masturbando a Enzo. Lo hacía con tantas ganas y tanta entrega, que pronto el morocho estaba gimiendo sobre él.

Enzo estaba al borde del colapso. Cada movimiento de la mano de Julián lo acercaba más al clímax. Pero no quería venirse sólo él. Entonces tuvo una idea.

Empujó suavemente a Julián contra la pared y tomó su pija, para dirigirla hacia el coño de Julián. Este se sorprendió un poco. Se había hecho a la idea de que terminarían todo en la habitación, pero si Enzo cambió de planes, por él bien... más que bien.

Se volteó para ofrecerle una mejor ruta de acceso hasta su virginal intimidad, pero Enzo volvió a ponerlo de frente a él.

—Enzo, así no vamos a poder…

—Shhhh, silencio. Ya te dije que no lo haremos acá. Pero podemos hacer otras cosas.

Sonriendo, Enzo abrió la ducha. El agua tibia empezó a caer sobre sus cuerpos con fuerza.

—Ahora podés hacer todo el ruido que querás.

Enzo acercó su musculoso cuerpo a Julián, que temblaba de la pura excitación, y tuvo que soltar un gemido cuando sintió la pija del morocho frotarse sobre su clítoris.

Ni sus dedos, ni la lengua del mediocampista, se igualaban a la gloria de esa fricción. La suavidad, humedad natural y turgencia del enorme falo, acompañado de su firmeza, hacían que el roce rítmico que impuso Enzo causase estragos sobre su clítoris. Julián sintió palpitaciones aún más violentas en su entrepierna.

Enzo también lucía a punto de estallar. Masturbar al castaño lo estaba llevando al límite. Sentir sobre su pija la calidez y suavidad de esa hermosa concha, envolviéndolo, invitándolo a entrar, lo estaba volviendo loco. Empezó a repasar en su mente la alineación del último partido de la Reserva para no venirse antes de tiempo.

Los gemidos de ambos, amortiguados por el ruido del agua cayendo, se fueron entrelazando, haciéndose más intensos, más obscenos, más salvajes.

—Enzo… Enzo… En…

—Dale hermoso, venite todo, quiero sentirte así, que te derrumbás de placer por mi pija.

No tuvo que repetirlo. Lanzando un grito que Enzo rápidamente ahogó con un beso, Julián se corrió de forma demoledora, como nunca se había corrido. El orgasmo fue tan fuerte que, a pesar de la ducha, Enzo sintió la tibieza de los fluidos que liberó el castaño sobre su pija, así como el palpitar del clítoris, y no pudo aguantar más.

Con un gruñido sobre la boca de Julián, Enzo también se vino, y Julián sintió cómo chorros y chorros de semen caían sobre él, sobre su monte de Venus, sobre sus muslos. Tembloroso, llevó una mano sobre su ingle derecha, para recoger lo más posible del blanco fluido, y, mirando a Enzo de frente, se lo llevó a la boca para probarlo.

—Delicioso —dijo el castaño, lamiendo y tragando todo el contenido de su mano, con deleite y lujuria.

Enzo miraba asombrado cómo el cordobés hacía cosas que nunca lo imaginó capaz de hacer. Por otro lado, lo que acababa de pasar mandó al carajo cualquier resquicio de pudor en Julián.

—Quiero más, Enzo. Cuando me vengo, nunca es sólo una vez. Necesito más.

¿En serio acababa de oír eso de la boca del mismísimo Julián Perfecto Álvarez?

—Me volvés loco con lo puta que sos, Julián.

Enzo volvió a besarlo, con un hambre aún no saciada, y Julián respondió con la misma intensidad. El castaño iba a tomar nuevamente la pija del morocho, pero este se lo impidió.

—Haremos otra cosa, bebé.

—Pero...

—Confiá en mí, Juli. Te juro que te dejaré bien atendido.

¿Cómo negarse ante semejante juramento?

—Bañémonos rápido, por si Don Julio regresa.

Enzo le pasó el jabón a Julián, que no dudó ni un segundo en enjabonar al morocho. Así, pudo observar y pasar sus manos a su gusto por todos los tatuajes. Dios, cómo lo calentaba ese turro malo. Esa cara de perfil perfecto, esos ojos negros brillantes, esa boquita de labios rosados que lo besaba tan bien. Ese grande y musculoso cuerpo que parecía esculpido a mano.

Aprovechando la excusa del jabón, Julián se dio el gusto de pasar sus dedos por cada tatuaje, por cada músculo bien marcado y tonificado, mientras el morocho observaba cada movimiento, con el deseo brillando en sus ojos azabache.

Al terminar con Enzo, el castaño iba a enjabonarse, pero éste le quitó el jabón.

—Me toca a mí, hermoso.

El bonaerense comenzó a enjabonar al cordobés, pasando sus largos y nervudos dedos sobre su pecho, su abdomen, sus muslos. Luego, lo volteó para enjabonar su espalda, sus glúteos, sus piernas. Lo hacía con suavidad, hasta con cariño. Como si de algo muy valioso se tratase.

Acababan de hacer cosas que rayaban en lo pornográfico, pero Julián no se había sentido tan íntimamente conectado a Enzo como hasta ese momento, en que se enjabonaban mutuamente.

Julián estaba tan entregado a la cálida sensación de esas viriles manos sobre su cuerpo, que le tomó por sorpresa el dedo índice de Enzo intentado entrar en su culo.

—Enzo…

—Shhhh, tranquilo, Ju. Tenés un orto tan hermoso que muero por cogértelo todo. Pero eso necesita preparación, bebé. ¿No querés venirte muchas veces? Lo harás. Y cada una será distinta.

Con semejante declaración, Julián desde luego cedió.

Sintió el pulpejo del dedo entrando en él. La intromisión resultaba molesta.

—Relajate, Juli, soltate —mientras hablaba, Enzo dejó besos sobre su nuca, para calmarlo.

Julián hizo caso y esto facilitó el ingreso del dedo, que estaba húmedo y embadurnado del jabón. Pronto, se le hizo cómoda la presencia del dedo dentro de él, que entraba y salía con suavidad, y luego empezó a hacer movimientos circulares. Julián jadeaba. Le encantaba sentir así a Enzo.

—Más —se escapó de la boca del castaño.

Enzo sonrió, e introdujo un segundo dedo. Julián soltó un gemido, y luego se entregó al placer del movimiento de esos dedos. Se sentía tan agradable, incluso a pesar de los movimientos en tijeras de ambos dedos, para dilatarlo. Se imaginó cómo sería tener toda la verga del morocho allí.

Enzo empezó a hacer movimientos en estocadas, primero suaves, mientras buscaba pacientemente, hasta que encontró el punto preciso. Se dio cuenta por la forma en que Julián abrió los ojos desmesuradamente y curvó la espalda.

—Enzo, ¿qué?...

—Te dije que te iba a hacer venir de distintas maneras, mi amor. Tu clítoris es demasiado grande y hermoso como para ser atendido de una sola forma.

Julián no pudo responder, porque perdido en cada certera estocada sobre ese punto, empezó a gemir incontrolable. Los dedos de Enzo estaban haciendo estragos en él.

—Mirá como gemís, mi amor, me volvés loco con lo putita que te ponés sólo con dos dedos.

—Ahhh… mmm… más, Enzo, más.

—¿Querés más? Qué trola reventada que sos, Julián.

Enzo introdujo un tercer dedo, y el gemido que salió de la garganta del castaño fue grotesco, de lo obsceno que resultó. El intenso y continuo martilleo de esos dedos sobre ese punto lo estaban aniquilando, el placer era tan intenso que Julián sentía que iba a morirse.

—Enzo… Enzo… Enzo...

—Venite, dale, hermoso, quiero sentirte todo, quiero tu orgasmo… quiero ser el dueño de todos tus orgasmos, Julián.

A ese punto, Julián no sabía que lo excitaba más, si la continua estimulación en ese punto hasta este momento desconocido, o la grave voz de Enzo hablándole así al oído. Lo cierto es que no pudo más y, sintiendo que explotaba, se vino en otro clímax demoledor, que recorrió su cuerpo desde el lugar que Enzo tocaba con tanta experticia hasta la última célula de su cuerpo.

—Mirá cómo me apretás los dedos con el orto, Julián. Dios, qué ganas de cogerte todo.

Julián estaba tan exhausto que sus piernas temblaron, amenazando con dejarlo caer. Enzo rápidamente lo sujetó, pasando su otro brazo alrededor, mientras con cuidado sacaba la mano de su interior.

En tanto la agitada respiración del castaño se acompasaba, Enzo dejó suaves besos sobre su cuello y sus hombros. Cuando al fin el castaño se recompuso y pudo pararse con firmeza, Enzo lo volteó con suavidad, y le dejó un dulce beso en los labios.

—Ahora sí, terminemos de bañarnos. Quiero estar cuanto antes en tu habitación, Ju.

Y Julián supo, emocionado, que eso solo había sido el inicio.