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El Dios de lo Imposible

Summary:

Bek odiaba a los dioses. A todos, sin excepción. Aunque había una al que detestaba más que a los demás. A pesar de lo dura que había sido su vida, nunca rezó, nunca pidió ayuda, nunca se arrodilló ante ninguno. Los dioses, para él, no eran más que caprichosos monstruos con poder.

Notes:

Chapter Text

Bek odiaba a los dioses. A todos, sin excepción. Aunque había una al que detestaba más que a los demás. A pesar de lo dura que había sido su vida, nunca rezó, nunca pidió ayuda, nunca se arrodilló ante ninguno. Los dioses, para él, no eran más que caprichosos monstruos con poder.

Zaya, en cambio, los amaba. Hablaba de ellos con devoción, con esa luz en los ojos que a veces le resultaba insoportable. Bek solía dejarla hablar, resignado, escuchándola una y otra vez repetir historias de fe y milagros que él jamás había visto.

Pero ahora… los estaba viendo. Frente a él, el dios del caos levantaba su mano ensangrentada por el oro. Seth. Su risa retumbaba entre las columnas, profunda, triunfal. Ante todos, frente a los ojos horrorizados de los mortales, Seth arrancaba los ojos de Horus.

El grito del dios herido resonó como un trueno. Un sonido que heló el aire, que hizo temblar el suelo bajo los pies de Bek. El joven sintió el estómago revolverse, pero no apartó la mirada. Era una visión espantosa… y aun así, no podía dejar de mirar. La fuerza, la furia, el poder desbordado de Seth eran tan sobrecogedores que, por un instante, Bek sintió una mezcla extraña de miedo y fascinación.

El dios del desierto sonreía de oreja a oreja, su cuerpo cubierto por una luz rojiza, caliente, como fuego vivo. Gritó algo inentendible, una burla hacia el cuerpo sin fuerzas de Horus, que yacía en los escalones, desangrándose.

“Bek.” La voz de Zaya lo arrancó del trance. Giró bruscamente, buscándola entre la multitud enloquecida. La gente gritaba, empujaba, corría para huir del templo. El caos reinaba por todas partes. Bek vio su cabello entre la multitud, a solo unos metros, y extendió la mano.

“¡Zaya!” Pero una ola de cuerpos los separó. La multitud lo arrastró hacia atrás, y perdió de vista su rostro. Intentó avanzar, empujando, gritando su nombre entre el ruido ensordecedor. El miedo lo golpeó con fuerza. No sabía si era por ella, o por lo que acababa de presenciar. Pero una cosa sí sabía: tenía que encontrarla. No importaba lo que estuviera pasando, ni cuántos dioses se destrozaran entre sí. No pensaba perderla.

 

¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨

Bek sabía que su buena suerte no era tal. Venía de su origen, de algo que nunca pidió y que prefería no recordar. Esa noche, el cansancio lo consumía. Había trabajado todo el día bajo el sol, su espalda ardía con los latigazos que los guardias le habían dado por moverse lento, y el sudor seco se mezclaba con el polvo en su piel. Pero no se quejaba. Al amanecer, el dolor se iría… solo quedarían las marcas. Las cicatrices eran lo único que nunca lo abandonaban.

Cuando la vio aparecer entre las sombras, supo que su día aún no terminaba.

“Hijo mío.” Su voz era suave, casi un susurro, cargada de una tristeza que intentaba disimular. Bek siguió comiendo el pedazo de pan duro que tenía entre las manos. Masticaba lento, sin mirarla, sin responder. Tomó un sorbo del vino barato que guardaba y pensó en dormir. “Si vienes conmigo…”

Bek casi se rió. Alzó la mirada por fin. Su figura resplandecía bajo la tenue luz de las antorchas: el cabello rojo cayendo como fuego sobre los hombros, un vestido verde que parecía hecho de hojas al viento, y esos ojos —sus ojos— llenos de lágrimas y angustia. “¿Y a qué?”, preguntó con un dejo de ironía. “El rey está buscando a los traidores para matarlos. Créeme, no es el mejor momento para dejarme ver contigo.”

Ella soltó un sollozo. Era mucho más alta que él, casi el doble de su tamaño. Una diosa entre los mortales. Y aun así, su voz temblaba como la de una madre desesperada. “La vida a la que te he condenado…”

“Escucha”, lo interrumpió Bek con cansancio, levantándose. “Regresa a tu palacio, haz lo que siempre haces: ignórame. Y yo haré lo mismo.” Le dio la espalda y empezó a caminar entre las sombras. El aire del desierto era frío esa noche, y el viento arrastraba el polvo del Nilo como un lamento.

“Nunca te he ignorado.” Su voz lo siguió. Era un eco que dolía. “Sabes que me lo ordenaron. Jamás te habría dejado, jamás te habría separado de mí.”

Bek rodó los ojos, exhalando con fastidio. Estaba cansado de sus palabras, de su pena, de su existencia. De ella. De todos ellos. “Sí, bueno, no me importa”, dijo sin volver la vista. “¿No te puedes ir ya? Tengo cosas más importantes que hacer.”

“Eres un esclavo”, sollozó. “Puedo cambiar eso. Solo ven conmigo… por favor.”

Él se detuvo. Por un instante, el silencio se hizo pesado, tan denso que solo se escuchaba el murmullo del viento y el lejano canto de las cigarras. Bek giró despacio.
La miró a los ojos. Esa era la mirada de la madre que nunca tuvo. Y, como siempre, dijo con calma “No.”

El brillo en los ojos de la diosa se apagó. Sus labios temblaron, pero no pronunció palabra. El aire pareció helarse entre ellos. Bek bajó la vista, dio media vuelta y siguió caminando, hasta que su silueta se perdió entre las calles de arena.

La mujer quedó sola, en silencio, con el viento levantando su cabello rojizo como una llamarada moribunda.

 

¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨

Las cosas habían sucedido tan rápido que Bek apenas podía asimilarlas. Solo unos días atrás, todo parecía ir bien. Había pasado noches enteras ideando un plan para escapar con Zaya, liberarla de su amo y huir juntos hacia cualquier lugar donde nadie los buscara. Pero entonces, Zaya encontró los planos de la cámara de los tesoros del rey. Allí se guardaba el Ojo de Horus. Qué conveniente, ¿no?

“Entonces… ¿quieres que vaya y lo robe?”, dijo Bek finalmente, con una sonrisa burlona después de escuchar toda la explicación de su mujer.

Zaya le devolvió la sonrisa, suave, esperanzada. Se inclinó hacia él y besó sus labios. “Es la única forma. Horus restaurará el orden en Egipto… y nuestras vidas serán mejores. La de todos.”

Bek soltó una risa sin alegría. “Como si a los dioses les importara eso.” Suspiró, pero aceptó el papiro que ella le tendía. Los planos estaban trazados con precisión; cada pasadizo, cada trampa, cada rincón de la cámara.

“Por favor”, dijo Zaya con voz temblorosa, casi suplicando. “No lo hagas por ellos… hazlo por mí.”

Aquella súplica lo desarmó. Por un momento, Bek olvidó todo el cansancio, el dolor y la desconfianza que sentía hacia el mundo. Zaya era lo único bueno que tenía. La única que lo veía más allá de la miseria, del polvo y las cadenas. “Ya que insistes.” Su voz sonó entre burlona y tierna. Bek la atrajo hacia él, besó sus labios una última vez y la sostuvo entre sus brazos por unos minutos que desearía eternos.

Cuando la noche cayó sobre Egipto, Bek se preparó. El desierto dormía bajo un manto de estrellas, y el viento traía consigo el olor a incienso de los templos. Guardó el papiro dentro del bolso de tela y miró hacia el horizonte.

Solo necesitaba un poco de suerte, y con ella lo consiguió. El Ojo de Horus resplandecía en su mano, irradiando una luz dorada que bañaba las paredes de piedra, y Bek sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. El poder que emanaba del amuleto era casi abrumador; jadeó al sentirlo vibrar en su piel, una energía viva y antigua que parecía reconocerlo. Por un momento se quedó inmóvil, hipnotizado por su brillo, pero se obligó a reaccionar. Cerró la mano con fuerza y lo guardó dentro de su bolso de cuero.

 Ahora solo quedaba encontrar a Zaya, escapar con ella y buscar al estúpido dios del viento. Salvar Egipto, vivir una vida tranquila. Bek hizo una mueca ante lo absurdo de sus propios pensamientos mientras trepaba hacia la mansión del amo de Zaya.

El día envolvía a Tebas en un silencio inquietante, apenas roto por el sonido de los insectos y el murmullo del Nilo a lo lejos. No podía evitar pensar en Seth, el nuevo rey de Egipto. No quería cruzarse con él ni imaginarlo, y mucho menos que descubriera quién era realmente. Se estremeció. No, nadie lo descubriría.

Ni siquiera Zaya sabía la verdad sobre sus padres. Para todos, Bek era un huérfano, y así seguiría siendo. “Zaya”, la llamó apenas cruzó la puerta trasera de la mansión, y la vio de pie, apoyada sobre la mesa, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos.

“Bek… lo siento mucho”, murmuró ella con la voz rota, y el corazón del joven se detuvo. Supo de inmediato lo que esas palabras significaban. Antes de que pudiera reaccionar, seis guardias irrumpieron en la habitación, y Urshu, el amo de Zaya, avanzó detrás de ellos con una expresión de furia.

 “¡Atrevidos! ¡Robar al rey! ¡Robar a un dios!” Bek retrocedió con el corazón desbocado; sí, lo sabía, robar al mismísimo Seth no había sido una idea brillante, pero ya era demasiado tarde.

 “¡Corre!”, gritó, tomando la mano de Zaya. Escaparon, el caos los envolvió, las calles se convirtieron en un laberinto de sombras y fuego mientras los soldados gritaban tras ellos.

 La suerte de Bek, una vez más, estuvo de su lado… pero no la de ella. El silbido de una flecha cortó el aire y Zaya soltó su mano. Bek giró justo a tiempo para verla desplomarse en la carroza; la flecha le había atravesado el pecho.

“¡Zaya!” El grito se quebró en su garganta. Se arrodilló junto a ella, tomó su rostro entre las manos, pero sus ojos ya estaban vacíos. El mundo pareció detenerse. El ruido, el fuego, las voces… todo se desvaneció, solo quedó el peso insoportable del silencio. Bek tembló, jadeó, con las manos manchadas de sangre; por un instante quiso llamarla, suplicarle que abriera los ojos, que respirara una vez más, pero no lo hizo.

 Se sintió culpable, debió haberse negado a la petición de Zaya. Pero su cabeza busco un culpable, el culpable no era él. Era Horus. Ese dios tendría que arreglarlo. O Bek se encargaría de hacerlo pagar.