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Si a Lin Ling le hubieran dicho que andar de noche por una calle poco concurrida y rebosante de grafitis amenazantes era peligroso, habría asentido de inmediato y ofrecido un comentario sobre cómo había gente inconsciente que se arriesgaba al cruzar por lugares así. Nunca se le habría pasado por la cabeza la idea de terminar en una situación similar por razones ridículas.
Al menos para el estándar aceptable de un adulto funcional.
Fue un día en el que, tras más de 24 horas sin dormir y días enteros sin probar la suavidad de su propia cama, él, como persona, estaba hecho un completo desastre.
Podía alucinar con las propuestas de anuncios, con las ediciones en los videos de Nice, como si el propio héroe estuviera frente a su cara, sonriendo sin preocupaciones y haciendo malabares complejos con el cursor de la computadora y los números desordenados del reloj.
Lin Ling estaba cansado, sorteando la posibilidad muy tangible de desmayarse oficialmente.
Debía de ser porque es nuevo, al menos, eso murmuraban sus compañeros en el trabajo cuando el jefe dejó al lado de su teclado un increíble cúmulo de hojas llenas de trabajo sin aparente final. Fue el peor desánimo que podía recibir en el tierno primer mes como empleado de una compañía dedicada al marketing de héroes. No hubo quejas de su parte porque, ¿quién es él para quejarse por algo que todos pasan en algún momento de su vida? No era más que un pobre chico de 18 (a los ojos de todos) que apenas terminó la universidad y vive únicamente con la meta de trabajar, como cualquier persona promedio, por años hasta que sus articulaciones crujan, su cara se arrugue y el ceño fruncido sea permanente. A este paso, sería muy pronto, hay líneas en su cara que tardar cada día más en desaparecer, ¡sus rodillas incluso comienzan a rechinar!
En ese entonces había iniciado la encomienda con entusiasmo ingenuo, tratando de demostrar que era capaz de realizar lo que el resto no podía (quería) hacer, e incluso en el indignante límite de tiempo que estableció su jefe. Pasó por lo que creyó que era un estado de euforia, y durante ese lapso logró avanzar fluidamente, dejando la alta columna de papel cada vez menos tambaleante. Sin embargo, con ese impulso de energía apenas consiguió terminar la mitad, lo que francamente era bastante, pero que, para ese momento, lo que aún faltaba parecía convertirse en una odisea tediosa dispuesta a mermar sus ganas de ser un adulto productivo e independiente.
Ya lo veía, no lo sería nunca.
Por lo tanto, pasó el horario laboral obligando a sus propios ojos a leer, observar imperfecciones y comprender lo que la pantalla mostraba con sus pequeños pixeles de luz; continuó después de que todos a su alrededor se fueron y lo dejaron sin siquiera dirigirle la mirada más que un segundo para juzgar su miseria.
En realidad, hubo un momento en el que se quedó dormido, hasta que puntualmente a las seis de la mañana lo golpeó el aroma irritante del desinfectante, además de la orden de levantar los pies o abstenerse a las consecuencias. Respondió plegándose sobre su silla giratoria como una tortuga humana, completamente desorientado y sin entender si acaso la amenaza era real o solo una muy mala manera de despertarlo. Prefirió verlo como una buena acción por parte del personal de intendencia porque… de seguro le iría mucho peor si fuera su jefe el que lo vio durmiendo.
Fue por un café, regresó y continuó trabajando, saludando a los primeros compañeros en llegar, yendo más tarde por algo que pudiera engañar al hambre durante el descanso, despidiendo a los que se fueron a la hora que estaba especificada en su contrato, sintiendo celos y resignándose a ser el nuevo por un tiempo más hasta que los trabajos más pesados recayeran en otros y no solo él. Esperaba que ese día llegara pronto, ¡con muchas ansias! No podía creer que una vez más veía el cielo oscurecido de la noche a través de los enormes ventanales en lugar de la pequeña ventanita de su pequeño departamento. Debía de ser una pesadilla traída a la realidad de la gente común, pero no solo eso, ¡fue una agonía, una tortura empresarial disfrazada de sacrificio laboral con beneficios!
Cuando el costado de su escritorio quedó finalmente despejado, no sentía la cara, de hecho, no sentía nada, solo estaba saliendo del edificio milagrosamente después de tres días por una especie de transe, o memoria muscular, o puede que por intervención divina. No podía pensar más, ya no había cabida en su cerebro medio frito para pensamientos, todo lo que había era “tengo que dormir” y “seguro que ese tal Zero no fue tan desgraciado como mi jefe”. Se sentía delirante. Y Nice no dejaba de sonreír cada vez que parpadeaba, con probabilidades altas de no volver a abrir los ojos por horas.
Al final, eso fue lo que ocurrió.
Abordó el autobús, la mejor forma de llegar a su departamento en poco tiempo. Contra todo pronóstico consiguió un asiento vacío sin nadie alrededor. Se sentó, quejándose un poco por volver tan pronto a la misma posición en la que estuvo antes, pero cualquier incomodidad del cuerpo se desvaneció cuando cerró los ojos, con parpados tan pesados que no notó cuando frente a él no había más que oscuridad. Por fin dejó que sus globos oculares se humectaran correctamente, sintiendo tanto alivio que suspiró con una tranquilidad que había añorado y ahora estaba al alcance de su mano.
Se quedó dormido.
Oye, no se le puede culpar, no fue culpa suya sentir que aplastar su mejilla contra el vidrio sucio del transporte público era la más cómoda posición que había probado en su vida o que, para empezar, hubiera vivido una de las peores desveladas de su vida desde aquellos buenos tiempos (justo antes de la universidad) en los que podía pasar noches enteras sin dormir por terminar una saga de películas que solo él encontraba cautivadora. Desde que vivía solo ni siquiera eso podía permitirse sin levantarse al día siguiente rogando por el fin de semana, aunque fuera lunes por la mañana.
Cuando despertó, apenas podía recordar quién era, sobresaltado tras ser anunciado con un altavoz la llegada a un destino del que no reconocía el nombre, y viendo a través del cristal, tampoco la calle. Fue obligado a bajar, al parecer porque era el único que permanecía en el autobús y este había terminado el recorrido de ese horario, debido a ello se encontró completamente solo en medio de una calle vacía, oscura, hasta algo deprimente por lo dañada que parecía, pero solo entonces su cabeza por fin se despejó del sueño lo suficiente como para entrar en pánico.
Está bien, Lin Ling, ¡mantén la calma! Seguro que no estás muy lejos de tu departamento, pronto podrás estar en tu cama para dormir todo lo que quieras, después de todo es fin de semana. Habían dado las doce de la madrugada cuando revisó antes de huir del piso que lo vio sufrir trabajando, así que al menos conocía el día. ¿Pero cuál era la hora actual? Sacó su celular y de inmediato lo bombardeó la aterradora notificación en rojo alertando que en unos pocos minutos se apagaría por falta de batería.
—No, no, no, no, no, no, ¡no! —trató de encontrar entre sus cosas la batería portátil que solía llevar para emergencias, resultando en que estas mismas se desparramaran por el suelo cuando la ansiedad por apurarse solo condujo a que su bolso cayera. Sin embargo, fue en medio de esta búsqueda frenética y al accidente que se percató de dos cosas: primera, que había dejado la batería en su escritorio, y segunda, que estaba jodido.
Apenas alcanzó a ver el reloj en la esquina superior de la pantalla antes de que se apagara, dejándolo sin la única luz a la que podía recurrir, porque las del alumbrado público no ayudaban mucho. Se quedó un momento mirando su reflejo en la pantalla negra, intentando comprender lo que ocurría y por qué habían pasado más de dos horas desde que entró al autobús. Bajó lentamente el brazo, llevándose con él el único aparato (inservible ahora) que llevaba consigo y que pudo haberlo salvarlo.
Tal vez seguía algo confundido por la falta de sueño… no, en realidad era muy obvio que lo estaba, porque no se le ocurrió nada mejor que agacharse, recoger sus cosas con una calma que solo podía venir de la rendición, y caminar como un hombre perdido en las tinieblas a la espera de algo, lo que fuera, que lo acercara a su cama. No había más que pudiera hacer, o si lo había, su mente no era capaz de concebir una idea que solucionara su problema en ese momento, no después de hacer eso mismo como trabajo por horas y horas consecutivas.
Se dedicó a caminar sin rumbo, ocasionalmente mirando a su alrededor con la ligera esperanza de reconocer alguna valla publicitaria, poste de luz o máquina expendedora. Pero no, como ya era costumbre, no tuvo la suerte de su lado.
Estaba de más mencionar la suerte, solo pensarlo le debía de contrarrestar los efectos que aún quedaran en él. Estaba seguro de que no tenía suerte, que incluso aunque conociera a Lucky Cyan, terminaría cayendo en una zanja apenas se diera la vuelta para alejarse. Uf, estaba especialmente negativo, pero se sentía en el derecho de estarlo, después de todo, había tenido una semana tan agotadora que su genial instinto de despertar cuando está por llegar a su destino se fue de vacaciones y lo dejó muchos kilómetros lejos de su apreciado departamento.
Suspiró, de nuevo tan cansado como se había sentido unas horas antes. La adrenalina de estar perdido como un niño la primera vez que sale sin sus padres se le había pasado (él también creía que hacía años había superado ese temor, pero al parecer no), y ahora no le importaba que cada paso que daba lo llevaba a una calle más estrecha y poco iluminada en la que se escuchaban gruñidos, gritos y… Un momento… ¿Gruñidos? ¡¿Gritos!? Se quedó paralizado, estremeciéndose ante los inquietantes ruidos como de una bestia rabiosa. Enfocó la vista y allá, a lo lejos, como una sombra extrañamente líquida y gorgoteante, había algo que solo podía aparecer en terrores nocturnos. No pudo ni verlo bien porque esa cosa (que no quería llamar persona porque era demasiado grotesca como para serlo) comenzó a correr hacia él, dejando un rastro de hilos oscuros como si se estuviera derritiendo, teniendo que despegarse del asfalto con cada paso. Lin Ling dio un salto que casi lo hace tropezar, pero tan pronto como recuperó el equilibrio se dio la vuelta y corrió de regreso por donde había llegado, necesitando escapar, aunque dudara por instantes de la existencia de aquella amalgama oscura. Fue hasta ese momento que se percató del espeluznante lugar en el que terminó metido. Había construcciones abandonadas, cintas policiacas arrastradas por el viento hasta arrellanarse entre las banquetas y el polvo, los edificios que sí estaban terminados estaban repletos de señales de abandono y vandalismo. Para resumir, ¡el peor lugar! ¿¡Cómo se le ocurrió pasar por allí!? Y, bueno, la respuesta era sencilla: ni siquiera lo pensó, solo dejó su cuerpo avanzando en automático.
Una sustancia se disparó detrás de él, cayendo a unos metros frente a su camino, por lo que tuvo que detenerse a toda prisa para evitar pisar el charco grumoso y morado, pero eso solo consiguió que su persecutor se acercara a gran velocidad a él durante el descuido. Lin Ling consiguió voltear a tiempo para ver un rostro desfigurado en una mueca de furia, con los ojos oscurecidos, los iris rojos y brillantes fijos en él como lo haría un depredador sanguinario. Trató de cubrirse con los brazos en un intento desesperado por bloquear el golpe, y aunque sabía que sería inútil, también comprendía que no había nada más que pudiera hacer. Esperaba la muerte inminente en esa fracción de segundo en la que se volvió hiper consciente de la trayectoria de un puño cubierto de energía chisporroteante, pero entonces, antes de considerar despedirse del mundo, algo tiró del cuello de su camiseta y lo alejó con fuerza del peligro. El golpe aterrizó solo un momento después en el suelo, causando que el asfalto se quebrara y que volaran un montón de fragmentos por la fuerza del impacto.
Lin Ling no comprendió lo que acababa de pasar, pero identificó que aquello que lo salvó era un brazo y posteriormente logró ver un torso vestido de blanco, al que de inmediato se aferró con todo su cuerpo, temblando de terror y con el corazón latiendo a un millón por minuto tras ser capaz de procesar que acababa de librarse de la muerte. Pero la amenaza seguía allí, tan cerca que podía escuchar los intentos al aire de golpearlos. Cerró los ojos con fuerza, ocultándose entre la ropa del desconocido que lejanamente entendió que debía de ser un héroe que acudió a su ayuda. Su camiseta había sido soltada, pero él no aflojó su agarre ni por un segundo, al contrario, incluso usó sus piernas para evitar a toda costa resbalarse mientras el héroe esquivaba con sencillez los ataques.
De repente, escuchó un chasquido. Sintió el cuerpo extraño, como si no lo reconociera por un segundo, al igual que el aire, extrañamente ligero. Aun así, prefirió no salir de su escondite para comprobar lo que ocurría, temeroso de mirar y encontrarse cara a cara de nuevo con ese ser que podía machacarlo con facilidad, hasta que, en algún momento, tras identificar con claridad un par más de chasquidos y algunos movimientos algo bruscos, dejó de oír algo que delatara una lucha. Entonces la zona abandonada en la que estaban volvió a su naturaleza silenciosa e inquietantemente pacífica.
Se sintió mareado, los movimientos que el héroe había hecho con él como equipaje adicional no ayudaron a tranquilizar su cuerpo al límite ya agotado por el sueño, pero tenso por el pavor. Esta vez le quedó claro que estaba perdiendo la consciencia cuando, aunque tuviera los oídos tapados, logró oír una voz diciendo:
—Vamos, suéltame. No te desmayes…
Y se desmayó.
