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Characters:
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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-09-09
Completed:
2025-10-05
Words:
4,052
Chapters:
2/2
Kudos:
29
Bookmarks:
1
Hits:
495

Serendipia

Summary:

Marta y Fina tienen un pequeño accidente en el metro de Madrid.

Notes:

Chapter Text

No hay nada peor que el metro de Madrid a las tres de la tarde. Nada. Sobre todo cuando te cierran la línea 6 y tienes que tirarte quince minutos embutida en un autobús para llegar a Moncloa. Y luego te bajas del bus y te metes por fin en la seis, donde estás aún más embutida y con un señor sudoroso que huele a cochinillo frito restregándose contra ti, haciendo como que no puede agarrarse a la barra que tiene a menos de un brazo de distancia.

Por suerte, aquel día no tuve que esperar mucho a que el metro se vaciara lo suficiente como para poder respirar sin llevarme todo el olor a sudor del guarro de turno. No conseguí sentarme porque se me adelantó una mujer de unos treinta y tantos —a la que le faltó empujarme para quitarme el sitio—, pero me contenté con apoyarme en la almohadilla que separaba el vagón en el que estaba del siguiente, poniéndome la mochila entre las piernas para no fastidiarme la espalda.

Había tenido un día de mierda en la farmacia. A primera hora de la mañana había venido un señor a pedirme un antibiótico sin receta, y cuando vio que no se lo iba a dar, procedió a montarme el pollo y a gritarme que "en su farmacia de siempre sí de lo daban" (seguro que sí, señor, pero yo no se lo voy a dispensar); luego, como a mediodía, una señora mayor que se había comido un supositorio diciéndome que para qué le vendía algo que no le hacía efecto (señora, lo que le he dado debe aplicárselo por vía rectal, no tragárselo); y justo antes de cerrar, un adolescente que quería preservativos y que se me había insinuado no muy sutilmente (niño, ¿pero qué me estás contando? ¿dónde está tu madre?). Lo del supositorio me había dejado un poco trastocada, la verdad, pero en cuanto vi que el chico se apoyaba en el mostrador como si fuera a lanzarse a por mí, casi echo a correr con la bata puesta y todo. Habría sido un poco Farmacéutica a la fuga de mi parte, la verdad, y Carmen me lo habría recordado el resto de mi vida, pero vamos, a puntito estuve de salir por patas.

Curiosamente, tampoco fue uno de los días más descabellados que he tenido en la farmacia desde que me fui de Toledo. El pueblo en el que vivía era pequeño, y era muy difícil que me sorprendieran, pero en una ciudad tan grande como Madrid te encuentras de todo, para bien y para mal. Eso fue lo que me pasó aquel lunes; el lunes en el que mi vida cambió para siempre. El lunes en el que me subí al metro en Moncloa y acabé conociendo a la mujer más maravillosa del mundo.

 

***

 

Tenía los auriculares puestos para no escuchar al guitarrista amateur que acababa de subirse en Argüelles. Prefería mil veces ponerme The way I loved you en bucle hasta reventarme los oídos, sinceramente. Sobre todo teniendo en cuenta que todavía me quedaban siete paradas para bajarme. Había un cierto hedor en el aire que no conseguía identificar del todo, aunque estaba empezando a sospechar que alguien había vomitado en algún rincón del vagón. Las manchas sospechosas del suelo tampoco me dejaron tranquila, y durante un par de paradas, me entretuve intentando descifrar si eran restos de comida, chicles mezclados con barro o algo bastante más desagradable.

Estaba tan distraída que no la vi hasta que la tuve casi delante, agarrándose a una de las barras que había cerca de la separación entre los dos vagones.

Decir que era guapísima, una diosa o una de las siete maravillas del mundo era quedarse corta. No tenía nada que envidiarle al Coliseo Romano, desde luego; del resto de edificios no podía hablar porque no los conocía, pero dudaba mucho que nada pudiera equipararse al aura que exudaba aquella mujer.

Parecía sacada de una revista antigua de los sesenta, con sus rizos rubio ceniza perfectamente definidos y cayéndole justo a la altura de la mandíbula —por Dios, qué mandíbula tenía—, los brazos firmes y fuertes mientras se aferraba a la barra con una mano y a su bolso con la otra, y los ojos más azules que había visto en la vida. Llevaba una blusa verde bosque que le abrazaba el cuerpo como si se la hubieran diseñado a medida —cosa que me pareció más que probable—, una falda negra, unos tacones de aguja y unas medias color carne que le realzaban las piernas. El bolso era negro también, pero tenía unos detalles plateados que iban a juego con sus pendientes, dos gotitas relucientes lo suficientemente discretas como para no robarle protagonismo a su rostro (aunque era imposible que alguien pasara por alto semejante obra de arte).

Sin embargo, lo que realmente me llamó la atención fueron sus ojos, ya no solo por ese azul grisáceo que cambiaba según la dirección en la que mirara, sino porque estaba llorando, y de verdad que no podía soportar ver llorar a nadie y pasar de largo. Mi padre me había dicho mil veces que tenía que dejar de preocuparme tanto por la gente, que algún día tendría problemas por meterme donde no me llamaban, pero simplemente no estaba en mi naturaleza quedarme de brazos cruzados si veía que alguien necesitaba ayuda.

Así que, ignorando la voz en off de mi padre, que ya me estaba regañando incluso antes de que hiciera nada, me quité los auriculares, guardándomelos en el bolsillo del pantalón, y di un paso hacia la rubia para preguntarle si estaba bien (aunque, evidentemente, no lo estaba). Pero justo al tiempo que extendía el brazo para acercarme, el maquinista decidió que era el momento perfecto para pegar un frenazo de tres pares de narices.

Y salí volando hacia delante, sin nada cerca a lo que agarrarme a la desesperada, con tan mala suerte —me reiría más tarde por haber pensado eso—, que acabé medio sentada sobre la extraña, mis muslos rodeándole las rodillas y mi cara a escasos palmos de dos ojos color cielo. Pero lo peor no fue eso. Lo peor —o lo mejor, según cómo se mirara—, era que en mi intento por aferrarme a lo que fuera para no comerme el suelo, había acabado con una mano en el pecho de la mujer. Le estaba tocando una teta, vamos. De hecho, más bien se la estaba apretando como si fuera la barra a la que pretendía agarrarme. Y por un instante, mientras las pocas neuronas que me quedaban vivas luchaban por sinaptar y hacer que reaccionara, me quedé quieta observando a aquella diosa griega, tanto que debía parecer una estatua, y vi cómo se le dilataban las pupilas casi hasta consumirle los iris.

—Mmm —solté un segundo después, todavía sin retirar la mano, completamente aturdida.

Cuando mi cerebro se espabiló por fin —acetilcolina, noradrenalina, ATP y cantidades ingestas de dopamina viajando a todas partes de mi sistema nervioso—, me puse más roja que un inglés en Benidorm. Horrorizada, le quité la mano de cierta parte del cuerpo en la que no iba a pensar (no, no iba a pensar en lo bien que... ni en el peso de... no), y me impulsé hacia atrás para dejar de atosigarla... y claro que debería haberme imaginado que el puñetero conductor iba a volver a hacer de las suyas.

Esta vez no fue un frenazo, sino un acelerón, lo que me propulsó de cabeza hacia la rubia. No me di contra el cristal de milagro porque puse las manos a tiempo, pero gracias a ello terminé en una situación aún más comprometida que la de antes.

«Joder», maldije entre dientes, y al girar un poco la cabeza me di cuenta de que tenía una de las gotitas de plata que había admirado hacía unos minutos a menos de un centímetro de la nariz. Me dio un impulso extraño de darle un mordisco y sentirla entre mis labios, y pronto el pensamiento derivó en otras cosas que no me importaría morder, entre ellas el lóbulo y la parte de arriba de su oreja—, y vale, a quién quería engañar: estaba bien jodida.

Esperaba que por lo menos todo el mundo hubiera evacuado el vagón y estuviéramos relativamente a solas, porque si no iba a morirme de la vergüenza. Tenía un nudo en el estómago que no me estaba dejando pensar con claridad, y no pude evitar revolverme un poco para aliviar la presión que podía sentir entre los muslos, obligándome a cambiar de posición.

Y quizá si no hubiera estado tan cerca no la hubiera oído, pero la rubia dejó escapar un ruido ahogado que bien podría haber sido un gemido.

—Ah.

Lo único que escuché después de eso fue un pitido molesto de fondo, como si estuviera de repente veinte metros por debajo del mar, mientras intentaba procesar lo que acababa de ocurrir. El ruido que había soltado.

—Joder —lo dije en voz alta porque no me respondían ni las manos, ni la lengua ni las piernas. Estaba tiesa como una tabla.

Hasta que dejé de estarlo.

Despacio, mirándola de nuevo a los ojos para asegurarme de que comprendía que si me lo pedía pararía y me iría corriendo a la otra punta del tren para no molestarla, presioné hacia abajo con la cadera —arrancándole otro medio-suspiro, medio-gemido—, y le puse una mano en el centro del pecho, sintiendo cómo el corazón le latía descontrolado, antes de empezar a bajarla.

Incluso si hubiera gente alrededor, no verían nada más que dos mujeres un poquito más cerca de lo normal —bueno, vale, pegadas como un imán—, pero no podrían darse cuenta de lo que estaba pasando en realidad a menos que se fijaran mucho en nosotras. Con eso me bastaba.

—¿Cómo te llamas? —le susurré al oído, porque necesitaba saber su nombre casi tanto como besarle el cuello.

La respuesta no se hizo esperar, y vino en forma de un susurro:

—Marta.

Marta. Dios, era tan perfecta que parecía irreal; pero no, la piel que sentía bajo mis dedos era más que real, y estaba caliente y suave. Le repasé el ombligo con la yema del pulgar, deleitándome con el suspiro que me devolvió a cambio, y luego fui ascendiendo poco a poco hasta rozarle la parte de abajo del sujetador. Nunca había odiado un trozo de tela tanto como en ese momento.

—¿Y tú?

Aunque tenía metido el brazo casi hasta el codo debajo de su blusa, Marta tuvo la desfachatez de enarcar una ceja y mirarme expectante, como si no fuera a quedarse a gusto hasta que le respondiera. Así que eso hice.

—Fina. Fina Valero.

Y la castigué con un mordisco en la mandíbula, ocultándome tras sus rizos un segundo. Marta me cogió de la muñeca por fuera e hizo el ademán de tirar de ella hacia arriba, el mensaje claro pese a que no pronunció palabra. El gesto hizo que me mordiera el labio con fuerza para no gritar o jadear ahí mismo, y sin pensármelo dos veces, le retiré el sujetador como pude —con cuidado de no hacerla daño—, y extendí los dedos lo máximo posible.

—Dios.

Estaba incluso más suave de lo que esperaba. Podía sentir su pezón contra la palma de mi mano, endureciéndose cada vez que me movía, y el calor que desprendía era tan intenso que me planteé si podría quemarme con solo tocarla. Tenía fuego corriéndome por las venas, así que tampoco me sorprendería si me traspasaba la piel.

—Me queda una parada —le dije, pasándole los labios por el lateral del cuello al hablar—. Pero no quiero irme todavía.

Nos habíamos detenido en Carpetana, así que nos quedaban apenas tres minutos para llegar a Oporto.

—Quédate —me suplicó, y estiró el cuello para que le depositara un beso en la clavícula.

—Solo un rato.

Pero las dos sabíamos que no iba a bajarme del metro ni aunque estallara en llamas de repente. No sin volver a besarle el cuello, la mejilla y detrás de la oreja. Me tomé esos tres pasos como un ritual, alternando disimuladamente entre cada zona sin olvidarme de dónde estaba mi mano.

Nos tiramos así entre media hora y una eternidad, y cuando no nos quedó más remedio que separarnos para evitar que alguien se percatara de que lo que estábamos haciendo, volví a rozarle el pezón con el índice una última vez y me alejé de ella a regañadientes. No podíamos ni respirar, pero tampoco nos hacía falta; se me ocurrían un par de cosas bastante más urgentes y más necesarias que esa.

—Vivo a cinco minutos andando de aquí —no podía creerme que estuviera invitando a una semi-desconocida con la que me había magreado en el metro a mi casa, pero algo me decía, incluso en ese momento, que Marta no era una mujer cualquiera. Que iba a arrepentirme el resto de mi vida si dejaba pasar la oportunidad de conocerla.

Y aunque no me lo confesaría hasta semanas más tarde, eso fue exactamente lo que sintió ella también.

Por eso me dijo que sí.

—Vamos.

(Por eso y porque, igual que ahora, es incapaz de resistirse a mis encantos).

(Obviamente).