Chapter Text
La sensación era confusa y agónica a la vez. Por una parte, al estirar la pierna, Akutagawa sentía la tirantez de músculos que amenazaban con desgarrarse. Y por otra, la rodilla, anclada mal unos centímetros por encima de la posición en la que debería estar, impedía que se completara del todo el movimiento que necesitaba: flexionar, aunque fuera un poco, la pierna derecha para levantarse. Intentó apoyarse en la pared y hacer fuerza con la pierna izquierda, pero esta a duras penas se encontraba mejor, ya que todavía no habían sanado del todo las heridas dejadas por unas gruesas garras que, hacía unos momentos, se habían abierto camino por su armadura.
Aun así, a Akutagawa no le preocupaban las heridas hechas por incisiones, puesto que todavía los restos de la habilidad de Bram Stoker dentro de su cuerpo eran capaces de enmendar cortes y detener hemorragias con relativa celeridad. No, lo que preocupaba al mafioso era tener una contusión.
Tampoco es que sintiera que su cabeza hubiese recibido un impacto mayor que el resto del cuerpo al estrellarse contra el muro. En todo caso, con excepción de las pocas partes en sus extremidades que conservaban restos de Rashōmon, el torso y la cabeza habían recibido prioridad por parte de su habilidad en cuanto a la protección del impacto. Sin embargo, notaba cómo perdía el control de ella por momentos o, mejor dicho, la capacidad de respuesta.
De momento, necesitaba usar los trozos de tela como una suerte de tentáculos que le permitieran ponerse de pie. Lo había intentado en vano, sintiendo el cosquilleo familiar de su bestia negra circular por su piel en ese relámpago rojo de energía que la caracterizaba. Pero la luz estaba allí, sin fuerza, y con la tela oscilando lentamente por su cuerpo para contener, con vendajes suaves, sus partes más vulnerables y sus heridas menos urgentes.
Había intentado conformarse con usar unos pocos filamentos de tela como cuñas y apoyos para deslizarse por la pared, pero estos se alargaban como estalactitas y se desplomaban suavemente de vuelta a las sombras de la armadura.
“Es alarmante. Mi cuerpo parece encontrarse en mucho peor estado que mis pensamientos, pero no logro transmitir a Rashōmon mi apremio y urgencia. La pelea no ha terminado e insiste en vendarme como a un animal herido.”
Ryūnosuke Akutagawa, asesino de la Port Mafia, se negaba a recibir cuidados ahora, como si esta fuera la conclusión inevitable del encuentro. Así que, usando las garras de su armadura en una pared y su espada como bastón en el brazo que sospechaba que estaba muy magullado —tal y como le confirmó el estallido de dolor que se desplazó, como un tren de alta velocidad, por todo su hombro—, el mafioso logró incorporarse contra la pared. Entonces, con al menos la ventaja de la altura ganada, dirigió por fin su mirada a su adversario por primera vez desde los minutos eternos que habían transcurrido tras recibir un golpe casi letal. Y lo que encontró aceleró sus latidos, que galopaban contra costillas no rotas de puro milagro.
El hombre-tigre le miraba fijamente, tirado en el suelo como una muñeca de trapo. Sus extremidades se sacudían con espasmos esporádicos, mientras de su cuerpo emanaba una luz muy tenue en pequeños puntos por todo su torso. Había sangre en la comisura de sus labios, cuyo dueño, al saberse observado, curvó en una sonrisa desafiante. Y su mirada… ¡Qué mirada! Era como oro derretido sobre una minúscula y alargada pupila felina.
Akutagawa se sorprendió al verse a sí mismo sonriendo en esa dirección, cosa que intentó corregir dirigiendo la mirada al pecho de su oponente, que bajaba lenta y rítmicamente en una melodía pausada de sanación. Concentró su atención en observar cómo las capacidades de regeneración de La Bestia Bajo la Luz de la Luna tenían lugar y notó que algo también parecía ir mal con la habilidad del hombre-tigre: en lugar de ser intensos haces de luz azulada, como luces navideñas, Byakko iba sembrando un camino titilante de suturas. Lo suficiente para detener las múltiples hemorragias causadas por Rashōmon al atacar, pero no con la reparación profunda que garantizara que el joven se incorporara para el siguiente asalto.
Akutagawa sonrió otra vez, pero esta vez con su mueca más común: la de autosuficiencia teñida de cierto desprecio.
“Mi entrenamiento ha rendido sus frutos. Tal y como había especulado, si en lugar de amputar extremidades o hacer cortes de un diámetro mayor me concentraba en ir cortando, con precisión quirúrgica, múltiples puntos, iría menguando sus fuerzas y causando mayor daño conforme se alarga la pelea.”
Como si se tratara de un recuerdo ocurrido hacía una vida, en lugar de poco menos de una hora, Akutagawa rememoró cómo usó su espada para fingir que era su principal arma de ataque, cuando más bien la utilizó a modo de defensa de las extremidades felinas. Mientras, Rashōmon, esta vez dividido en finísimos pero agudos filamentos, atacaba los puntos ciegos del hombre-tigre.
Y quizás esta estrategia, sin mayores cambios que aquellos que suponían predecir los movimientos de su ocasional compañero en el campo de batalla, habría sido suficiente para llevar al joven detective a la extenuación y eventual rendición ante el filo de su espada, de no ser porque este logró conectar un golpe con suficiente potencia para enviarlo al otro lado del muro de aquel edificio abandonado.
Y ahora se encontraba en este impasse, en el que tenía la energía justa para tenerse en pie, mas moverse ya era otra historia. Frunciendo el ceño, dirigió su mirada de vuelta a la cara del hombre-tigre y notó que la sonrisa seguía allí, pero los ojos ahora tenían una expresión curiosa, como si se preguntara qué pasaría a continuación. El muy insensato, como si no fuera obvio.
—¿Por qué estás sonriendo? ¡Borra esa sonrisa bobalicona de tu cara ahora mismo!
Akutagawa intentó sonar amenazante, pero el rubor en su cara y el penoso estado en el que se encontraba no ayudaban a hacerle ver atemorizante. Más bien, se veía azorado e inseguro, cosa que hizo que su adversario le mirara con un punto de… ¿dulzura?
—Ven y bórrala tú mismo, Ryūnosuke.
Akutagawa abrió mucho los ojos. Decidió ignorar el estremecimiento que recorrió su espalda al escuchar, por primera vez, su nombre de pila dicho por la voz gentil y ligeramente desafiante del otro hombre. O la posible invitación que insinuaban sus palabras de cerrarle la boca con algo menos violento, pero igual de intenso, que la colisión de sus habilidades.
—No me llames por mi nombre, hombre-tigre.
—Atsushi.
—...
—Me llamo Atsushi… por si no lo sabías.
La insinuación de desconocer algo tan esencial de su enemigo hizo que el rojo en la tez pálida de Akutagawa fuera un chispazo de ira. ¿Cómo podía atreverse a pensar que no sabía su nombre? Como si Akutagawa no hubiese leído una y otra vez los informes relacionados con Atsushi Nakajima en el Archivo de la Port Mafia, hasta saberse de memoria cada dato que habían recopilado sobre él, aunque con el tiempo esto se quedara corto frente a lo que había ido conociendo del hombre-tigre por su experiencia propia. O todas las veces que observó con ojos irritados de estar expuestos tantas horas frente a la luz azul de una pantalla, las grabaciones que había de él en su pueril rutina como un detective bonachón, rescatador de gatos y conversador de ancianas que venden fruta, mientras buscaba entre tantas cosas destellos de debilidades en los usos tan ridículos que hacía de su habilidad. O, y esto no lo admitiría ante nadie, porque ya le costaba aceptarlo para sí mismo, se había dormido con una foto suya, robada de alguno de los archivos, tan borrosa que apenas se distinguía la silueta veloz de Atsushi, pensando en cómo derrotarlo y en la satisfacción de ver sus ojos amatistas congelados, para siempre, en una roca inerte con solo el rostro de Akutagawa, su vencedor, como imagen final.
—No seas idiota, por supuesto que sé cómo te llamas. ¡Deja de reírte!
Atsushi estaba intentando contener la risa, pero esta se escapaba de él como un manantial de sonidos. Akutagawa no sabía si no soportaba escucharla por el irrespeto o porque no estaba preparado para un sonido así de parte de su rival. Este le había dirigido sonrisas antes, sinceras y firmes, como se mostraba en las últimas misiones en el campo de batalla. Sin embargo, el mafioso no estaba seguro de que estuviera preparado para escuchar una expresión tan sincera de dicha por parte del detective. Y mucho menos si la había provocado el mismo Akutagawa, así fuera accidentalmente y como una clara burla.
—Lo siento, lo siento. ¡Ya paro! —dijo Atsushi, mientras se limpiaba con el dorso de una mano las pequeñas lágrimas que se habían formado en la comisura de sus ojos.
Akutagawa sintió que no podía enfrentarse a la mirada de Atsushi en ese momento. Prefirió concentrarse en las sensaciones de su cuerpo, que había ido sanando mientras hablaba. Lo suficiente para aventurar unos pasos lentos, sirviéndose de la espada como bastón y arrastrando la pierna más dañada.
Era un andar patético y decidido, de depredador herido. Algo apropiado para él, apodado el Perro Rabioso de la Port Mafia. Y, a partir de ese día, sería conocido también como el mafioso que derrotó a Atsushi Nakajima, uno de los miembros más fuertes de la Agencia de Detectives. Solo pensarlo debió devolverle los colmillos a Rashōmon, porque esta por fin colaboró con su usuario, usando dos gruesos tentáculos a modo de apoyo para estabilizar el movimiento a ambos lados.
Akutagawa vio esto como una señal de que el combate estaba decidido:
Si bien Atsushi ya no se encontraba tan lastimado, si su inmovilidad podía interpretarse de alguna forma, significaba que era incapaz de ponerse en pie y seguir luchando. Mentalmente, también debía estar en las últimas, si es que había perdido la cabeza de tal modo que seguía alternando entre sonrisas de labios fruncidos y una risita estúpida a medida que Akutagawa se acercaba.
—Solo un tonto o un loco se reiría mientras se aproxima alguien con una espada.
Akutagawa ya se encontraba a un paso de él. Estaba tan cerca que podría patearle algún costado con alguna de sus botas, de poder mover las piernas bien, o clavar la espada con cierta torpeza en medio del corazón, como una estaca en un vampiro. Pero la idea le causó un regusto amargo. Quizás fuera mejor degollarlo, sí. Frente a eso, Byakko podría hacer muy poco, y más si después se recreaba pulverizando el cerebro con toda la fuerza de los golpes de Rashōmon.
Con no poca dificultad, Akutagawa se arrodilló frente a Atsushi. Entre tanto, el hombre-tigre se había acomodado levantando un poco su torso, sirviéndose de sus hombros y brazos como apoyo. Pese al estado lamentable en el que se encontraba, con la ropa rota por varios puntos y restos de sangre seca por todas partes, lucía relajado. Sin embargo, su expresión, por más que siguiera siendo de una jovialidad descarada, traicionaba cierto nerviosismo a medida que Akutagawa se aproximaba. Y el hombre-tigre dio un pequeño respingo cuando se encontró frente a frente a Akutagawa, que se había puesto de rodillas y con la espada en una mano, aunque esta solo permanecía sujeta, no en guardia y lista para el ataque.
—Veo que ahora sí eres consciente de la situación en la que estás —exclamó el mafioso con severidad.
Atsushi sonrió. De nuevo, no parecía alguien próximo a sus momentos finales.
—¿Y cuál es mi situación?
Aunque intentaba sonar burlón, había cierta dubitación en su voz, como si esperara algo. Akutagawa no sabía qué decirle más que lo evidente, y le molestaba el hecho de una forma que no entendía del todo. Aun así, el mafioso respondió con una suavidad inesperada para las palabras que debía pronunciar:
—Estás a punto de morir, Atsushi.
En ese momento, se miraron en silencio. Era la primera vez que lo hacían en mucho tiempo, quizás desde que habían hecho la promesa de los seis meses. Algo en el estómago de Akutagawa se removió al ver su propio reflejo en los ojos de Atsushi, que brillaban decididos, en ese equilibrio crepuscular de violetas y amarillos. El mafioso no sabía a qué se debía tanto malestar si ya se aproximaba al momento que venía esperando desde la tarde funesta en que conoció al hombre que lo había reemplazado en la atención y expectativas de su anterior amo.
—¿Vas a tomar una vida de nuevo?
Atsushi bajó el rostro y con ese gesto se fue la expresión crepuscular que tenía hipnotizado a Akutagawa.
—Sí, esa fue mi promesa. Nuestra promesa.
Cuando estiró la mano para agarrar el pelo de Atsushi y acomodar su cabeza, es decir, inclinándola hacia atrás para exponer la garganta que desgarraría la espada, el mafioso se sorprendió acariciando con suavidad las hebras blancas un instante antes de que su puño tomara firmemente un matojo de esos hilos pálidos. Atsushi abrió mucho los ojos y le miró con algo que Akutagawa querría interpretar sólo como temor. Aunque había algo más allí que hacía que el corazón diminuto y retorcido de Akutagawa palpitara con violencia contra su pecho
—Ryūnosuke, nuestras habilidades se han rendido. Esta pelea ya no tiene sentido, nunca la tuvo en primer lugar. Tú ya no eres un asesino.
A oídos de Akutagawa, tales palabras debían sonar como la súplica desesperada de un cobarde que se había rendido, las inútiles patadas de ahogado de alguien que estaba dispuesto a luchar hasta la muerte por alguien más pero que, tan próximo al final, se enfrentaba con una verdad ineludible: moriría, como todos. Como el mismo Akutagawa. Solo que este tendría el placer de ser el ejecutor de dicho destino. El mafioso preparó su brazo, con la espada lista para deslizarse por la garganta. De repente, a Akutagawa ya no le apetecía tanto decapitar. Sería más doloroso y lento si Atsushi se ahogaba en su propia sangre. Así al menos Akutagawa tendría la satisfacción de mirarle con vida un poco más, incluso si fuera algo agónico para ambos.
—Eres mi presa desde el día en que nos conocimos, hombre-tigre. Nuestro combate solo podía tener dos resultados. Yo soy tu muerte como tú, en el pasado, habrías sido la mía.
Atsushi frunció los labios un momento antes de hablar, con un tono que parecía una súplica más que una pregunta:
—¿Eso es todo lo que puedes ser para mí? ¿Un asesino?
Akutagawa soltó el pelo de Atsushi y bajó la espada al suelo. Algo dentro de él burbujeaba con confusión. En ese estado no podría hacer una ejecución limpia, se dijo a sí mismo.
—¿Y qué quieres que sea para ti?
El joven detective se levantó con dificultad hasta tener la espalda recta. Sus huesos crujieron de forma espantosa y, por la mueca de dolor que hizo, no parecía que hubiese sido tan fácil para él. Pero de esa forma podía dirigir su rostro a Akutagawa, a una distancia insignificante de separación.
—Quiero que lo seas todo para mí, Ryūnosuke. Todo.
Más tarde, cuando ambos intentaran recordar el momento, ninguno de los dos sabría quién dio el primer paso de tender un puente entre sus labios. O qué manos fueron las primeras en recorrer el cuerpo del otro, con una premura y fuerzas que no correspondían a dos personas que eran más jirones de sangre y cicatriz reciente que guerreros repuestos. Y quizás ya no importara tanto cuando, de los besos cortos e impacientes, evolucionaron a lenguas que se entrelazaban y probaban por primera vez el hierro de la sangre mezclado con la dulzura del primer amor.
Todo eso era un recuerdo impreciso, vertiginoso. Lo que sí permanecería nítido en la memoria de Akutagawa es que había sido el primero en ponerse de pie solo para caer de rodillas y rendirse ante el único hombre por el que habría sacrificado su vida.
