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En una estrecha habitación de un hotel de mala muerte, con un baño más pequeño donde nadie se preguntaba cómo pudieron meter la tina; ellos estaban ahí. Con las luces apagadas, sus cuerpos metidos en la tina llena de agua fría en completo silencio, los dedos de sus pies tocándose.
Habían regresado hace poco de una misión, un matadero mejor dicho, la sangre de las heridas todavía abiertas de Blade se mezclaba con el agua, tiñéndola de rojo. Era un color hermoso para Kafka; no obstante, le parecía raro que fuera él quién insistiera con hacer esto, pero ella no tenía motivo para oponerse puesto que sus heridas sanarían pronto.
Sin pensarlo mucho, lentamente extendió su mano hacia una de las heridas del contrario, con la intención de detallarla con sus dedos; sin embargo, él la tomó de la muñeca, deteniendo su acto y Kafka no ejerció resistencia ni queja. La vacía y oscura mirada de Blade se alzó, mirando la fina y suave mano de la pelo morado con aquella expresión cansada y cargada de dolor.
Dirigió la mano de Kafka hacia su mejilla, reclinándose en ella y soltando un suspiro complacido ante la sensación de confort que esta le ofrecía. No obstante, no se detuvo allí. Blade tomó la otra mano de la pelo morado, que se dejó hacer y él llevó ambas manos a su cuello, Kafka lo apretó ligeramente al entender lo que quería, recibiendo la pequeña sonrisa de Blade, que inclinó la cabeza hacia atrás un poco.
—Si pudiera morir de esta forma, por tus manos, me harías el ser más feliz del mundo, Kafka —su voz salió en un hilo, amplificada por la falta de ruido. No soltó las manos de la mencionada, apretándolas más contra su cuerpo para que no se atreviera a alejarlas—. Deseo con todas mis fuerzas que la clave para acabar con todo seas tú, Kafka. Te lo suplico.
No era algo que pudiera prometer, pero deseaba cumplir para él.
Todos merecen que el deseo más profundo de su corazón se cumpla.
