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Hoy hace un buen día.
El cielo está despejado y el sol brilla ahí en lo más alto. Su calor ha provocado que una asquerosa capa de sudor se adhiera a la piel de Connie; tiene la camiseta pegada a la espalda y los pantalones de su informe le caen incómodos sobre las piernas. Levantando la cabeza hacia arriba, se tapa la mitad de la cara para que el astro rey no le queme la vista y observa, en silencio, cómo la última pequeña bruma de nube desaparece entre lo azul.
Debería ir y darse un chapuzón en el río. No le pilla tan lejos. Podría ir a la orilla del puerto o echarse a andar y terminar en una de las pequeñas lagunas escondidas en el bosque. También podría subirse en el tren de las tres y media, ahora que lo han reconstruido, e ir a la costa. Que el agua salada del mar lo empape y le borre la sensación que le recorre el cuerpo. La sucia y pegajosa segunda piel que lo consume.
Los días como este le recuerdan a aquel último verano de la era de los titanes. Aquellos meses a veces abrasan su memoria como si fueran llamas. Cada vez que los piensa, se quema. Sabe que debería retractar la mano o sus dedos terminarán incinerados, pero no se ve capaz de hacerlo.
No se ve capaz de olvidarla.
El último verano de Sasha Braus fue el último gran verano de la vida de Connie. El último en el que observó el cielo, sintió el calor del sol y pensó que a lo mejor sí que valía la pena vivir en este mundo de dioses y monstruos. Su familia había muerto. Su padre, sus hermanas. A su madre la habían condenado a una vida de perro; encarcelada sobre el techo de su propio hogar, observando siempre el mismo trozo de cielo. Y a pesar de ello, durante un instante, Connie pensó que lo repetiría todo una y otra vez si es que eso significara estar así en aquel momento.
Sus amigos se habían convertido en su familia.
Y Sasha… Sasha no solo era su hermana.
Ella era su otra mitad.
Su otro yo.
Su mejor amiga. Su alma gemela.
La persona que mejor lo entendía. La que le guardaba los secretos.
A Sasha la recuerda así. Verde, como la fresca hierba. Azul, como el cielo despejado. Amarillo, como el ardiente sol. La recuerda sonriendo en la orilla del lago. Su piel morena y radiante, brillando bajo la luz diurna. Sus carcajadas resonando alrededor del claro, salpicando a Kaya, robándole la comida a Niccolo, sacándole la lengua a Connie.
La recuerda llena de vida.
Es este el recuerdo que arde.
Le quema.
Siente cómo su corazón se envuelve en llamas que van de adentro hacia afuera hasta que todo se vuelve negro.
Connie baja la cabeza y pestañea. Pequeñas manchas oscuras le ciegan y, por un momento, piensa que ha llegado el momento. Su inmolación. Ha caído en el centro de la hoguera y lo están quemando vivo.
Sin embargo, pestañea y las manchas desaparecen. En frente de él, la fresca hierba de verano luce más verde que de costumbre.
Ahora Sasha es así.
Verde, como la hierba que le rodea.
Azul, como el cielo que la vela.
Gris, como la piedra en la que pulido se encuentra su nombre.
Hoy hace un buen día, piensa Connie, dándo media vuelta. A lo mejor, va a darse un baño en la laguna.
