Chapter Text
No recuerda a su madre, no cómo fue ni cómo lucía. Pero sí recuerda su olor, su risa... y sus flores favoritas.
Eran las pequeñas y numerosas margaritas amarillas. Tan simples y alegres que crecían por todo el campo. Cuando llegaba la primavera, los ramos de esas diminutas flores decoraban su casa. Aunque su padre era, en su mayoría, un hombre frío e indiferente, sabía cómo mostrar cariño a su pequeña familia. Cada mañana, un nuevo ramo reposaba en los brazos de su madre, y la gran sonrisa que aparecía en su hermoso rostro iluminaba cada rincón del corazón de su marido.
Megumi no lo entendía. Tan pequeño, con sus ojos aún aprendiendo, como los de un potrillo.
¿Su padre era fácilmente dominado por esa sonrisa? Resultaba peculiar. Todas las personas que conocía lo describían como un hombre duro y reservado.
¿Su padre duro? Cuando Megumi no podía ver más que amabilidad y cuidado.
Tal vez sus manos eran ásperas y tenía cicatrices que recorrían su cuerpo, pero nunca pudo sentir otra cosa que amor.
Bueno, hasta que su madre falleció.
Tal vez no pueda recordar a su madre en vida, pero puede recordarla muerta.
Cómo un día estaba sonriendo por la mañana, con su ramo de flores amarillas junto a ella, en un jarrón colorido sobre su mesita de noche.
Recuerda cómo pasaron el día en la cama matrimonial, los tres acurrucados.
Cómo comieron su comida favorita, y al anochecer, el tierno tacto de sus dedos en su cabello negro y alborotado.
Cómo le cantó y lo abrazó fuerte.
Cómo le dijo que lo amaba, su niño especial, su bebé.
Tal vez su madre lloró esa noche porque sabía que era su última noche. No lo recuerda.
Pero el recuerdo más vivido que tiene de su madre es verla en un ataúd.
Al día siguiente se levantó solo en esa cama. La mañana no parecía muy especial, una mañana cualquiera de primavera, soleada y cálida.
Sin padres a la vista, pero con su padrino en la cocina.
Su voz fue suave ese día, raro en él.
"¿Te gustaría huevo con salchicha o con jamón?" Bueno, tan suave como pudo gritar desde la cocina.
Suguru no sonrió cuando llegó, ni cuando ayudó a Megumi a arreglarse; más bien tenía una mirada extraña que no pudo descifrar hasta años después, pues no era otra cosa que la pena.
Sus padrinos lo subieron a su camioneta 4x4. El camino transcurrió en silencio, sin radio ni comentarios de Satoru, hasta que pararon frente a lo que fue la casa de su tío.
No bajaron; más bien, los adultos compartían una mirada, discutiendo en silencio, hasta que Satoru se dio media vuelta en el asiento y lo miró con una pequeña sonrisa suave.
"Megumi, hay algo importante que necesitas saber." No entendía por qué le hablaban así.
"Tú... bueno... tu mami estaba muy enferma..."
"Lo sé. Por eso toma su medicina y guarda reposo, como le dijo el doctor." Suguru se mordió el labio y asintió.
"Sí... tu mami hizo lo que le dijo el doctor, pero la gente no siempre se cura." Los ojos azules de su padrino brillaban ahora.
Un momento de silencio se instaló en la camioneta.
"Megumi, ella ya no está con nosotros... falleció esta mañana..."
No.
Eso no podía ser verdad.
Su madre estaba bien.
Tomó todas sus medicinas, él se encargó de eso.
Su mamá, su mamá estaba bien. Su mamá estaba sonriendo con su ramo de florecitas. Estaba revisando a las gallinas, o arreglando el jardín...
Su mami... su mami estaba viva.
¿Verdad?
No.
¿Por qué estaba en esa caja? SAQUENLA.
Su mamá no debía estar ahí. ¿No podían ver que solo estaba dormida? Llevaba su vestido más hermoso, y sus manos sujetaban tres ramitas de margaritas... ¿blancas?
Sus favoritas eran las amarillas.
"Por favor, sáquela de ahí..." Megumi suplicó con lágrimas en los ojos, mirando a su padrino, quien lo cargaba contra su cadera. Sus ojos también se pusieron húmedos y su labio tembló ligeramente.
"Perdóname, Gumi... no puedo".
"Pero tú lo puedes todo".
"Hay cosas imposibles, incluso para mí." Satoru le acarició la espalda, dejándolo llorar.
"¿Podemos irnos?" Fue un susurro contra su camisa elegante, lo que sonó.
"¿No quieres despedirte de tu mamá?"
"Tengo miedo."
Bueno.
Megumi solo tenía 4 años.
(。 •́︿•̀。 )
No regresó a su casa por un tiempo, y eso estaba bien.
Pero extrañaba a su papá.
No entendía por qué no venía a recogerlo, y eso lo preocupaba.
¿Y si también le pasó algo? ¿Y si estaba herido o enfermo? ¿Y si fallecía como su mamá?
La extrañaba mucho. Quería que le acariciara el cabello y le cantara.
Pero, al parecer, la muerte era para siempre.
La muerte.
Era algo nuevo para él. Al parecer, su mamá estaba muerta como lo estaba su conejo.
Ambos fueron enterrados en el mismo terreno.
Estaba triste por esto. Satoru no sabía cómo explicarlo, pero Suguru se pasó la tarde intentando que lo entendiera.
"Todos morimos. En algún momento, moriremos. Y eso es parte de vivir."
Ahora no podía dejar de ver la muerte en todo, en los insectos, en las hojas, en su mamá.
Eso lo asustaba, porque… ¿qué sentido tenía vivir si ibas a morir?
"No se trata de la muerte, Meg. Se trata de vivir hasta entonces."
"No lo entiendo."
"No te preocupes, lo entenderás con el tiempo."
Y así pasó una semana.
Sin su papá.
Sus padrinos lo consintieron mucho mientras tanto.
Pasaba sus días en la gran casa donde vivían, comía delicioso y jugaban con él todo el día.
Estaba feliz.
El timbre resonó en el salón de la casa. El albino enérgico se levantó de un brinco y corrió a la puerta.
No podía ver desde donde estaba sentado junto a Suguru, así que no le prestó mucha importancia. O bueno, hasta que se escucharon pasos hacia el salón.
Levantó la vista, y ahí estaba Satoru, junto a su papá.
Con un gran brinco, se levantó del sofá y corrió en dirección a su padre, abrazando su pierna con fuerza.
Toji no perdió tiempo y lo levantó en brazos, abrazando el pequeño cuerpo de su hijo, quien enterró su carita en el pecho fornido.
"Papá, te extrañé." Megumi aferró sus manitas a la camisa de su padre.
Pero no tuvo respuesta.
¿No quería hablarle? Está bien, solo quería que lo abrazara.
"Ya me lo llevaré" Fue lo que escuchó en cambio.
Sus padrinos se miraron un segundo, pero asintieron.
"Iré por sus cosas" Suguru se levantó del sofá, pero antes de que pudiera continuar fue interrumpido.
"No hace falta." ¿Por qué su voz sonaba así?
"Toji" Satoru habló esta vez.
"Ya nos vamos" Volvió a interrumpir. "Despídete Megumi."
Megumi levantó su cabeza y asintió.
"Adiós." Su manita se agitó mientras su padre caminaba hacia la salida.
"Cuidate Gumi"
(。ŏ﹏ŏ)
El auto se detuvo frente a su casa, pero ninguno se movió. Megumi iba en el asiento del copiloto, por primera vez.
"¿Papá?"
Su padre suspiró por la nariz, largo y sin mirarlo salió del coche.
No se detuvo por él.
No lo miró, ni lo esperó.
Megumi estaba confundido.
Salió del coche. El sol ya se estaba poniendo, y la puerta de su hogar estaba abierta por donde pasó su padre.
Dudó antes de entrar.
Pero fue valiente.
No había luces prendidas, lo que la hacía ver sombría. No había ruido, haciéndola más grande de lo que pensaba que era. Entró y sintió que algo no estaba bien.
Pasó por el pasillo hacia la cocina.
Oh...
Las flores también morían.
Se pudrían y olían feo.
Eran comidas por insectos y se ponían de un color horrible.
Eran las flores de su mamá.
Murieron, al igual que su mamá.
Enfermas.
Su padre no había traído nuevas flores, solo dejó que las otras se marchitaran.
Y podía notar ese patrón en la casa.
Mientras tocaba las paredes frías, caminó hasta su habitación y se metió en su cama. Se acomodó entre sus cobijas y cerró los ojos.
No sabia como llamar este sentimiento.
( ͒˃̩̩⌂˂̩̩ ͒)
