Chapter Text
Eres un frágil nido, recinto de veneno,
despiadada piedad, ángel caído,
enlutado candor de adolescencia
que hubiese transcurrido como un sueño.
Eres, amor, la flor del falso nombre.
-Efraín Huerta
Bajo el ala del ángel más perverso
—o—
Las horas que a Luzu le toma recobrar la conciencia se le antojan interminables en un inicio, pero, cuando finalmente sucede y el intenso granate de sus ojos se asoma de entre su largo flequillo, Quackity apenas cabe en sí de la emoción.
—¡Buenos días, rey! —Lo recibe con buen humor y el efecto de su voz es inmediato. No hay un rastro de somnolencia en los ojos de Luzu cuando cruzan miradas; sus músculos se tensan bajo su sucia camisa entreabierta, como preparándose para atacar o ser atacado, pero la inapelable dureza de las cadenas que lo aprisionan lo detienen en seco.
—Pero ¿qué…? —Inicia, iracundo, confuso, al reparar en su precaria situación. — ¿Qué has…? —El resto de su pregunta muere en sus labios cuando reconoce la familiar pintura detrás de Quackity: Un musculoso hombre semi desnudo, recostado sobre opacas rocas volcánicas, su entrepierna cubierta tentadoramente por nada más que una pulcra y suave tela. Esa pintura no solía estar ahí. Quackity la había tomado de la que solía ser una oficina tan solo hora atrás y la llevó con él ahí, a manera de burla.
La expresión de Luzu, cuando lleva su mirada hacia el resto de la habitación, y la forma en que los colores abandonan su semblante en el momento exacto en que la reconoce, es digna de ser preservada y enmarcada para la posteridad. Afortunadamente, Quackity llevó una cámara consigo en anticipación; desafortunadamente, olvidó llevar papel fotográfico.
—Supongo que esto significa que te has hecho con el poder. —Dice Luzu, y Quackity observa su manzana de Adán elevarse y descender, tragando saliva audiblemente. Luzu está tratando de mantener la calma, de mantener la cabeza fría y elegir cuidadosamente sus próximas palabras, como si aquello fuera a hacer alguna diferencia.
—¡A huevo, mi buen, a huevo! —Celebra Quackity estruendosamente. —¡Estás viendo al único y verdadero alcalde de Karmaland!
La primera pregunta que un hombre inocente en su posición haría, lógicamente, sería “¿En dónde me encuentro?” pero en lugar de ello, la interrogante de Luzu es:
—¿Cómo encontraste este lugar? —Y, francamente, Quackity aprecia que se ahorre las pretensiones.
La respuesta es sencilla y hasta algo embarazosa: ¡Por mera casualidad!
La idea original de crear túneles bajo Karmaland, era con el fin de que pudiera trasladarse de un lugar a otro con absoluto sigilo, empezando por pasar de la Casa Blanca a la casa de Luzu, pero luego de que este volara en pedazos la casa de Quackity, Beni y Cochi habían trazado una compleja red de túneles con diferentes vías de escape. Entre laberinticos caminos de piedra y grava, sin sus primos como guías, Quackity se había perdido en los días siguientes de perder su casa.
Forzado a crear su propia salida, luego de varias horas en la oscuridad y de sobrevivir a súbitos torrentes de lava cayendo sobre él, Quackity había terminado por excavar a través de los bloques de aquel sitio.
—Tengo mis métodos. —Es la única explicación que ofrece. No necesita aburrirlo con detalles. — Y tú estás tan pendejo que no reforzaste todos los bloques. —A pesar de todos sus considerables defectos, Luzu es un hombre precavido, eso puede reconocerlo Quackity. No está en la naturaleza de Luzu hacer las cosas a medias ni pasar por alto los detalles, así que, si tuviera que apostar, la lógica detrás de los bloques sin reforzar debió ser del tipo objetivo y razonable, como “¿Quién arriesgaría su vida nadando en lava sin ningún motivo?”, en otras palabras, el tipo de lógica que Quackity desafía de forma regular, muchas veces sin siquiera intentarlo.
—¿Por qué no me mataste? —Cuestiona Luzu, y la pregunta no hace sino avivar la ira que Quackity ha tratado de mantener a raya hasta ahora.
—Ese era el plan al inicio: Darte una muerte digna en agradecimiento por todo lo que hiciste por mi alguna vez, por la amistad que pensé que tuvimos —Ya ha inspeccionado la habitación con anterioridad, de arriba a abajo, pero ahora hace la teatralidad de pasearse por ella como si la estuviera admirando por primera vez. Acaricia la frialdad de las paredes de pizarra profunda y la resplandeciente luz fangosa de las piedras luminosas en lo alto de ellas —Pero entonces encontré este lugar que con tanto empeño construiste para mí. — Se detiene a prestar particular atención a la cadena de acero que cuelga del techo, a unos metros de la gran cama doble en el centro de la habitación, tomando satisfacción en la forma en que su tintineo hace a Luzu apretar la quijada.
—Sé cómo luce esto, pero Quackity, no es lo que piensas…
—“Esto”, dices —Repone — ¿Por qué no lo llamas por lo que es, Luzu?: una puta mazmorra privada. Tan pronto vi las cámaras, los artefactos y la puta… ¡la puta cama!—Suelta una risita amarga — me di cuenta de que una muerte digna es algo que dejaste de merecer hace mucho.
—Quackity… esto no es más que un bunker, uno que construí para proteger…
En un rápido, brusco, movimiento que silencia a Luzu al instante, Quackity acorta la distancia entre ellos, apoyando sus manos sobre las del primero, que se encuentran sujetas fuertemente sobre los reposabrazos de la silla en la que se encuentra.
—¡Así que la nueva idea es ésta, rey!—Continúa Quackity, hablando por encima de las palabras de Luzu, forzándolo a cerrar la boca y escucharlo— Decidí que ahora voy a hacerte todo lo que tu planeabas hacerme a mí — Lo mira con ojos enloquecidos en pura rabia, y tan cerca de él, que sus narices casi pueden tocarse. — Empezando por la primera amenaza que me hiciste, luego de humillarme y traicionarme frente a todos, ¿Te acuerdas, Luzu? ¿Te acuerdas qué fue lo que le dijiste a tus cobradores que me hicieran si me negaba a pagar tus pendejos impuestos?
No hay ira en Quackity que la mirada de Luzu no pueda igualar en esos momentos. Su estoica expresión se ha contorsionado en una de cólera desmedida. Ese es Luzu, piensa Quackity, esa es su verdadera naturaleza, que fracasó en notar en un inicio y que ahora ha aprendido a hacer surgir con simples palabras.
—“Te cortaremos las piernas…” —Cita de memoria Quackity, estirando su brazo hacia el objeto que había recargado en el respaldo de la silla de Luzu, minutos antes de que este despertara — “Luego las manos…”
Quackity vuelve a poner distancia entre ellos, pero no la suficiente como para no percatarse de la manera en que los ojos de Luzu se abren ligeramente al ver el objeto entre sus manos, y la forma en que aprieta sus labios secos, anticipando el suplicio venidero.
—¿Qué? ¿Ya se te olvidó? — Con una sonrisa maniaca, Quackity tira de la cuerda de arranque y el rugir de la motosierra resuena prometedoramente entre las cuatro paredes —¡Pues a mí no, cabrón!
