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Obras de misericordia

Summary:

«...Pero tú no eres digna de tener forma humana alguna, antes bien únicamente aparece en ti una mirada en extremo cruel e inmisericorde, [...] eres tan sólo amarguísimo humo. Pero yo estoy en el aire y el rocío, soy suavísimo césped en toda su lozana frescura, y mis entrañas están repletas para prestar ayuda a todos».

El libro de los merecimientos de la vida, Hildegarda de Bingen.


En el umbral de un papado que representa aquello contra lo que ha luchado toda su vida, Tedesco enferma. El caos ideológico y político estalla poco después en el Vaticano y en medio de las conspiraciones y peligro, él descubre que la misericordia de Inocencio XIV sólo encuentra rival en la de Cristo.

Notes:

¡Hola, criaturas del inframundo!

Como siempre, la advertencia de que aquí se abusa de la introspección, las metáforas facilonas, de los adjetivos, de los adverbios y de Hozier como inspiración. Todo está hecho a las prisas, porque tengo demasiado trabajo, pero si no saco esta idea de mi sistema voy a enfermar. Con todo, sí procuro investigar para escribir, no crean que todo me lo saco del trasero... algunas cosas sí, pero no todo.

Por último, este fic mezcla libro, película y headcanons de forma indiscriminada a mi favor para cumplir mi fantasía “i can fix him” con Tedesco. Sin embargo, tengo una idea muy católica de redención: Goffredo va a desear no haber nacido con todo lo que le voy a hacer. De Vincent no hablaré por ahora, pero mis pensamientos y plegarias están con él. 

Chapter 1: Consolar a los afligidos

Chapter Text

El vacío se instaló en su pecho. Abordó por primera vez al cardenal Tedesco en medio del homenaje al nuevo papa. La ausencia de algo que siempre había estado allí fue tan obvia que encontrarle nombre a la sensación que dejaba detrás resultó de lo más sencillo: se trataba de una duda.

El aire quedó atrapado en sus pulmones. Por su espalda subió un escalofrío. El dolor empezó a repicarle en la cabeza al ritmo de los aplausos en honor a su rival. Tratando de asimilar la victoria del otro, Tedesco perdió la noción de lo que ocurría a su alrededor. En su mente, las implicaciones de su derrota se ramificaban tanto que el corazón empezó a golpear furioso su pecho. Emergió sofocado de sus pensamientos; la introspección no estaba siendo de ninguna ayuda.

Sus ojos deambularon en los frescos sin comprender nada de lo que veían, hasta que entendió que le estaban empeorando la jaqueca. Desvió la vista para huir del ruido visual con el mismo apremio con que intentaba huir de sus cavilaciones.

Fue entonces cuando sus miradas se cruzaron. Desde el altar, los ojos de Benítez lo observaban con fijeza. El extraño, hoy convertido en Sumo Pontífice, ya había elegido su título. Tedesco no había tenido ni siquiera una sonrisilla floja para burlarse de la elección. Inocencio. Pronunciar el nombre era como recibir un martillazo en el cráneo.

Durante años, el mundo había sido claro, simple; pero hoy el patriarca se descubría andando a través de la neblina. Los contornos huían de las formas que debían delimitar y él estaba demasiado exhausto para forzarlas de vuelta a su sitio.

Sin embargo, dentro de aquel horripilante cuadro impresionista, el rostro de Benítez se había vuelto la única forma perfectamente definida.

Transcurrieron unos instantes, su pulso se normalizó y al final cayó en cuenta de que la fijeza de la mirada iba en ambas direcciones. Benítez también veía algo en él. Tedesco frunció el ceño antes de que el contacto visual se rompiera. Otro cardenal conminaba al nuevo papa a comenzar con las promesas de obediencia.

Goffredo se quedó pensando en el sutil intercambio que hubo entre ellos, acaso un poco preocupado por el hecho de que él no había conseguido sacar nada de Benítez, pero éste probablemente sí había obtenido toda la información que quería de él. El qué era la cuestión. No se había tratado de la misma mirada de serena censura que le había dedicado hacía poco en la casa de Santa Marta, pero más allá de eso, el brillo acuoso en los ojos de Benítez permanecía como un enigma para él. Si se descuidaba, pensó Tedesco, este misterio se las arreglaría para colarse en sus sueños. O en sus pesadillas.   

La confusión agitó el avispero que era su mente al escuchar que Inocencio XIV, al igual que su predecesor, se negaría a escuchar el juramento de obediencia desde el trono papal. Tedesco hizo el primer intento por ponerse de pie. Al sentir la flojedad en las rodillas, sopesó la posibilidad de no acudir, alegar enfermedad y marcharse de una buena vez. Espantó la idea de inmediato y su turno de saludar al sumo pontífice llegó más bien pronto. Avanzó al altar haciendo un esfuerzo sobrehumano. Estaba temblando cuando llegó junto a él.

De pronto, manos delicadas envolvieron las suyas. Goffredo atrapó palabras sueltas de un discurso amable. Lo embargó un cansancio inmenso. El viento entraba a la capilla a través de las ventanas rotas, acompañado del eco de la celebración en el exterior. Ocurrió todo demasiado rápido. Sin apenas darse cuenta, estaba de vuelta en una de las mesas.

La procesión hacia el balcón de las bendiciones iba a empezar pronto. Benítez desapareció detrás de hombres más altos. Tedesco habría rezado por olvidar el incidente de no ser por el vacío que lo asaltó por segunda ocasión al intentarlo. La magnitud de aquella impresión de ausencia fue sobrecogedora y le hizo apretar los dientes.

Tranquilizarse le tomó unos minutos y la calma duró poco. La siguiente sensación clara que acudió a él fue la urgencia por salir del Vaticano. Alzó la muñeca para revisar en su reloj, más que la hora, el día. El brazo todavía le temblaba. Con lo que le quedaba de entereza, se obligó a recordar que el viacrucis estaba lejos de concluir. Se masajeó las sienes una última vez antes de tranquilizar con un gesto de la mano al obispo que lo urgía a acompañar al resto de los cardenales al vestíbulo. Era el penúltimo de los electores en salir (detrás de él sólo quedaba Tremblay). Antes de hacerlo, echó un último vistazo al Juicio final.

Cristo, lleno de ira, apartaba la mirada de él.


—Le voy a suplicar —comenzó Bellini tras tomar aire— que se abstenga de acosar al actual Santo Padre como lo hizo con el anterior.   

La «súplica» de Bellini era totalmente una exigencia, casi una amenaza. Algo debía de haber sucedido para que el exsecretario de Estado hubiera decidido reclamarle en persona sobre este tema. Tedesco se detuvo por fin, sin dejar de vigilar a su alrededor. Desde la elección, una especie de paranoia no lo dejaba en paz.

—Bah, te escuché las primeras dos veces, Aldo —rezongó mientras retorcía el asa de su maletín. Su vista dejó de deambular por el patio y se enfocó en Bellini. Sonrió—. ¿Te parece poco que haya aceptado asistir a su discurso?  

—Es su obligación asistir —siseó.   

—¿En mi estado de salud? 

Aldo arqueó una ceja, mirándolo de pies a cabeza con recelo.   

—Escuché el rumor de que tuvo que ver a un médico, pero yo lo veo igual que siempre.   

La siguiente sonrisa de Tedesco fue notoriamente menos sarcástica que las anteriores.

«Igual que siempre». Goffredo no había dejado de pedir sentirse igual que siempre en sus oraciones. Cada nuevo intento era respondido con un dolor punzante en el pecho. 

—Lo voy a tomar como un cumplido, hermano Bellini —Tedesco rio, palméandole el hombro al pasar junto a él. El gesto y la actitud descolocaron a Aldo, pero solo un instante—. Descansa estos días, aprovecha mi convalecencia. Y prepárate para cuando regrese a Venecia, eh —Tedesco volvió a reír.   

—¿Y si no regresa? —Una sonrisa de triunfo bailaba en los labios de Bellini cuando Tedesco giró.  

—¿Ah? —Entrecerró los ojos, entretenido por la insinuación. Bellini se refería a quitarlo de sus cargos en la Iglesia, pero la única forma de que Tedesco permitiera tal cosa sería estando muerto—. ¿Tan lejos quieres llegar, hermano Aldo? No hubiera podido prever el martirio como camino a la vida eterna, pero...  

—¡No, no me refiero a eso, por supuesto! —A nada se había quedado de agregar «idiota» a su oración—. Cualquiera de nosotros está en más peligro en su presencia, que usted en la nuestra.  

Tedesco caminó los pasos que lo habían alejado de Bellini, ladeó la cabeza y estudió largamente al cardenal.   

—¿Por qué no habría de regresar a Venecia entonces? ¿Van a nombrarme secretario de Estado? —preguntó con el único fin de sacar a Bellini de sus casillas. 

Aldo se paró tan alto como era para sonreírle desde un profundo desdén.   

—Olvídelo, quizá sería mejor el martirio.   

—¿Para quién?  

—Para todos. Con su permiso, eminencia. 

Bellini básicamente escupió el título sobre su cara. En cualquier otro momento, a Tedesco le hubiera resultado más entretenido que irritante.