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Desde que te sostuve, supe que brillarías

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Work Text:

Katsuki siempre había sido muy activo.

Masaru recuerda con cariño cómo su pequeño girasol solía despertar a Mitsuki durante las madrugadas, dando pataditas y sacudiéndose como si no hubiera un mañana. También recuerda cómo su esposa solía quejarse de las sacudidas del niño, pero sin dejar de lado el amor y el cariño. Aún recuerda cómo Mitsuki lo llamaba "pequeño gusano revoltoso". Sí, cree que ese fue el primer apodo que existió en esa dinámica madre e hijo tan única que compartían los dos rubios.

Y, a medida que fue creciendo, se convirtió en un pequeño tornado rubio que causaba caos por donde pasaba. Su hogar, que al principio de su matrimonio era el lugar más pulcro y sobrio, se convirtió rápidamente en un parque de diversiones, con fortalezas construidas con almohadas y sábanas con estampados de All Might cubriendo los sofás y las sillas del comedor. Había dibujos —que a él le gustaba ver como obras de arte— esparcidos por el suelo de su oficina, sitio donde Katsuki amaba estar cuando Masaru trabajaba en bocetos para la próxima colección, porque para el pequeño significaba que él también estaba trabajando como los mayores.

Masaru creía firmemente que el nacimiento de su Katsuki había iluminado sus vidas. Para él, el "efecto Katsuki" existía, y tanto Mitsuki como él eran la prueba más clara y firme de ello.

Tener un pequeño revoltoso hizo mucho más fácil transmitir ciertos gustos. Cuando el rubio cumplió siete años, decidieron retomar una actividad que habían dejado de lado unos meses después de saber que Mitsuki estaba embarazada. Así que, un sábado por la mañana, prepararon sus cosas y salieron a primera hora hacia su destino. Nunca olvidará cómo se iluminaron los ojos de su pequeño cuando vio las vistas que les regalaba la montaña que habían subido unas horas antes. El trayecto fue tan inolvidable como el resto del fin de semana que pasaron acampando en lo alto. Katsuki había pasado gran parte del camino de subida en los hombros de su padre, con una mano sobre la cabeza de este mientras que con la otra apuntaba en todas direcciones, con los ojos brillando y la sonrisa más grande que su pequeño rostro podía permitirle.

Su bebé estaba brillando.

Y lo que fue una salida experimental de senderismo, se volvió una tradición familiar que continuaría durante muchos años más.

[...]

Luego llegó la etapa más difícil: Katsuki era un adolescente, y lo que antes era un pequeño tornado, ahora era un huracán de categoría cinco. Se había vuelto más desafiante, con un carácter mucho más afilado y casi inaccesible. Masaru se atrevería a decir que fue la etapa en la que hubo más discusiones. Los dibujos abandonaron las paredes, las mantas de All Might se quedaron en el clóset, y otras nunca más salieron de la habitación del adolescente. Su oficina dejó de brillar tanto como lo hacía antes.

Y cuando la etapa más difícil se asentó, el rubio fue aceptado en la U.A. No le sorprendía. Para nada. Él conoce a su hijo y sabe que todo aquello que salga de su boca va a cumplirse, de una forma u otra. Pero no fue hasta el accidente en el campamento que él y Mitsuki realmente procesaron a lo que se enfrentarían. Su hijo les fue arrebatado durante lo que, para él, fueron semanas; y cuando se lo devolvieron, algo en él ya no era igual. Poco a poco vio más cambios: algunos buenos, y otros que habría deseado nunca ver.

Luego de que el rubio se mudó a la UA, volvieron los cambios, pero esta vez parecieron menos radicales, menos inestables. Parecían realmente positivos y, por primera vez en mucho tiempo, vio un brillo de calma en esos ojos rubíes.

[...]

Pero la vida es injusta y horriblemente dolorosa. Su hijo fue a la guerra, una guerra que ni siquiera tenía que ser suya. Fue a la guerra junto al resto de niños que tampoco tendrían que haber luchado las guerras de los adultos.

No sabe de quién fue la idea de transmitir la guerra en vivo, pero sí sabe que la imagen de su pequeño rubio siendo destrozado es algo que jamás abandonará su cabeza. Aún recuerda cómo Mitsuki y él se aferraron el uno al otro, con agarres temblorosos y ojos llenos de lágrimas, rogando a Dios que permitiera que su pequeño saliera de ahí con vida, que volviera con ellos, que pudiera ganar como siempre lo ha hecho, que siguiera sonriendo como siempre lo hizo y como nunca debía dejar de hacerlo.

[...]

La guerra acabó, pero dejó destrozos: dejó la ciudad destruida, y a sus guerreros también. Aquel pequeño tornado, que luego se convirtió en huracán, ahora no podía ni siquiera bajar las escaleras por su cuenta. Era Masaru quien tenía que cargarlo hasta abajo cada vez, y Mitsuki lo ayudaba a comer y a sujetar cosas.

Una noche, mientras lo ayudaban a cambiarse de ropa, Masaru se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no entraba en esa habitación. Dejó de hacerlo cuando su tornado se convirtió en huracán, porque Mitsuki mencionó que deberían darle su espacio y que el pequeño mocoso necesitaba tiempo para entenderse a sí mismo. Él estuvo de acuerdo, pero ahora que estaban en esta situación, se dio cuenta de que no lo quería soltar de nuevo.

La terapia física fue complicada, y muchas veces acabaron en sollozos llenos de frustración al regresar a casa. Katsuki dejó caer muchos platos y vasos durante todo el proceso de recuperación. No es que quisiera hacerlo, intentaba recoger sus platos al acabar de comer, pero cuando estaba de camino a la cocina, el calambre más doloroso del mundo recorría su cuerpo y lo obligaba a soltar las cosas. Otras veces se le caían mientras intentaba guardarlas o justo cuando estaba a punto de secarlas.

Masaru nunca antes había visto a su pequeño tan frágil.

[...]

Ver a Katsuki en el top cinco no lo sorprende. Si bien sabía que el rubio iba a por el número uno, también sabía que llegar ahí no sería ningún problema para él.

—Masaru, ven a ver. El pequeño gusano está en las noticias — Masaru puso los ojos en blanco mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.—Pensé que no lo llamarías más de esa forma — respondió sin dejar de sonreír mientras se sentaba al lado de su esposa. Al ver la pantalla, pudo ver a su pequeño tornado saltando de edificio en edificio junto a Izuku y Shoto.

La risa brotó de la garganta de Mitsuki, y cuando giró la cabeza para mirarla, pudo distinguir ese brillo en su mirada. Y cómo no hacerlo, si estaba seguro de que sus ojos también brillaban igual. Su mirada volvió a la pantalla, escuchando con atención lo que decía la reportera: —Dynamight, quien actualmente ocupa el puesto número cinco del ranking de héroes, debutó hace ocho años y es de los héroes más jóvenes dentro del top—.

—Sí —murmuró Masaru, con lágrimas en los ojos y una sonrisa enorme.— Ese es mi pequeño huracán—.

 

 

ESCENA EXTRA

Masaru estaba trabajando en los bocetos de la próxima colección dentro de su oficina cuando escuchó voces apagadas del otro lado de la puerta. Apartó la mirada de la pantalla del ordenador y esperó que algo pasara. Segundos después, la puerta se abrió un poco, dejando ver unos mechones rubios por una pequeña apertura. Luego, un ojo rubí se asomó también. La sonrisa se forma en su rostro al ver de quién se trata.

—Oh, Katsuki, no sabía que vendrías hoy—.

—Ah, sí. Estaba de paso, y la bruja me dijo que estabas trabajando en la próxima colección — Masaru vio cómo Katsuki entraba por completo en la habitación, con una pequeña libreta y un bolígrafo en la mano. Su mirada viajó de los objetos al rostro de su hijo.

—Uhm, ya están casi acabados. ¿Quieres verlos?— Katsuki, quien había visto de todo menos el rostro de su padre, se giró, con un poco de timidez en esos iris escarlata. Se acercó lentamente al escritorio y miró la pantalla. La gran mayoría ya estaba acabada, como bien dijo el hombre, y el rubio no vio mejor momento que ese para hacer lo que realmente venía a hacer. Puso la libreta al lado de la mano de su padre y giró la cabeza en cualquier dirección que no fuera el escritorio ni el rostro del hombre a su lado.

—Quiero hacer cambios en mi traje. La agencia dijo que ellos podían encargarse… pero me negué—. Masaru tomó la libreta entre sus manos y posó dos dedos sobre el boceto que su hijo había hecho. —¿Por qué te negaste? — murmuró, completamente centrado en el diseño que le era tan familiar.

—Bueno, cuando tenía siete te pregunté si me ayudarías con mi traje. Aceptaste. Ya no puedes retractarte— La voz del rubio salió tímida y un poco nerviosa, y la sonrisa de Masaru se llenó de amor y felicidad. —Claro que lo prometí — respondió, y alzó la cabeza en dirección al rubio.

Estaba tan alto y tan radiante… Se veía sano y feliz, y eso era todo lo que Masaru siempre quiso para él. —¿Qué te parece si te quedas a cenar y hablamos de lo que quieres añadir?—

Ambas miradas se cruzaron: marrón y rubí. Las sonrisas fueron inevitables, una más tímida que la otra.

—Bien — Masaru sonrió aún más al escuchar la afirmación. Después de mucho tiempo, su oficina volvió a brillar.

Notes:

Se me ocurrió en el metro :P

Además tenía ganas de escribir algo por el final finalisimo de hace unos días. ¡Horikoshi, quién te dio permiso de soltar el lápiz! Aún no estoy listaaa

Mi verdadero imperio romano es pensar como tuvo que ser la recuperación de mis criaturas luego de la guerra