Chapter Text
El arzobispo lo recordaba como si hubiese ocurrido apenas un instante atrás. Aquel día con la elfa de cabello plateado se había incrustado en su memoria como una herida abierta que jamás cicatrizaría. Ella era el motivo, la causa primera y última de su presencia en ese escenario infernal.
El olor era lo primero que golpeaba, denso y acre: una mezcla de carne quemada, sangre seca y humo que impregnaba el aire como un sudario invisible. El reino de Lugunica, antaño brillante y orgulloso, ardía ahora como una ofrenda grotesca a una deidad olvidada. Cada paso que daba Subaru lo hundía un poco más en ese infierno que él mismo había ayudado a crear. Pisaba cuerpos irreconocibles, y bajo sus botas se rompían huesos como ramas secas. Pero no podía detenerse. El tiempo era su enemigo más cruel.
La lucha contra Reinhard lo había dejado al borde del colapso. Aquel hombre era invencible. Lo había intentado cientos de miles de veces, y solo el más absurdo de los milagros le permitió, por una vez, dejarlo medio muerto. Pero nada es eterno. Sabía que si no se movía ahora, si no alcanzaba su objetivo antes de que el Santo se levantara otra vez, todo habría sido en vano.
Sin rumbo fijo, se dejó guiar por una mezcla enfermiza de instinto y obsesión. El humo convertía las calles en corredores de pesadilla, deformando las sombras y ocultando los cadáveres que aún humeaban. No pensaba. No razonaba. Solo sentía. Ira, decepción, un dolor vacío que se revolvía en su pecho con cada latido. Había perdido a sus piezas más valiosas: Elsa, la bella asesina; Meili, la dulce niña monstruosa. Las había visto perecer ante la espada justa de Reinhard. Claro... ¿cómo no? Él era inevitable.
Finalmente, sus pasos lo condujeron a la plaza. La misma donde, tanto tiempo atrás, había aparecido por primera vez en ese mundo. Le resultó irónicamente poético. Entre escombros y llamas, rodeada de muerte, allí estaba ella: Emilia. La mujer que lo había arrastrado hasta ese borde de locura. Su cabello plateado flotaba con el viento ardiente, y sus ojos reflejaban un desconcierto tan puro que dolía mirarlos.
Subaru se quedó inmóvil por un segundo. El corazón, destrozado y contaminado por el odio, latía con fuerza renovada solo con verla.
“Ahh... No soy digno de esta escena”, susurró, como si se confesara a un dios cruel.
El temblor de su voz se perdía entre el crujir de las ruinas. Comenzó a acercarse, con los ojos brillando en rojo, enajenado por un sentimiento que ni él mismo podía definir. El mundo ardía, y aún así, ella estaba ahí: intacta. Como una diosa en medio del juicio final.
Pero entonces, un sonido ajeno a la escena ideal irrumpió en su oído. Un sollozo agudo, casi animal, proveniente de un rincón oscuro. Bajo un toldo en llamas, un niño gimoteaba, atrapado entre escombros y una pared a punto de ceder. No había decisión. No había dilema. Fue simplemente instinto.
Sin cambiar el ritmo de sus pasos, Subaru desenvainó su daga, se agachó y, con un movimiento rápido y limpio, cortó el cuello del niño. La sangre brotó como un chorro cálido sobre su ropa. El pequeño se estremeció una vez... y luego quedó inmóvil. Sin dignarse a mirarlo otra vez, el arzobispo lo dejó caer como si fuese un saco de desperdicios y continuó su marcha. Ni una emoción, ni una palabra. Solo el crujido de los huesos aplastados bajo su pie.
La escena perfecta ya estaba lista.
A pocos metros, Emilia se volvió, alertada por el eco de sus pasos. Sus ojos lo encontraron, al principio sin reconocerlo, como si dudara de su memoria. Él, en cambio, no tenía ninguna duda. Se detuvo frente a ella, dejando que la fuente rota y la sangre acumulada en los charcos crearan el marco perfecto.
“Qué expresión más tierna... Si supieras todo lo que hice, oh…”
Había cierta dulzura distorsionada en su voz, una devoción que bordeaba el delirio. Emilia, por su parte, parecía perdida. No entendía por qué ese extraño le hablaba con tanta familiaridad. Subaru sentía cómo el corazón se le encogía. No por tristeza, sino por euforia. Por fin había llegado ese momento.
“Emilia”, dijo, con voz trémula, pero cargada de fervor “, yo... hice todo esto por ti. Luché contra los bandidos para recuperar tu insignia, me enfrenté a Elsa, me infiltré en el Culto de la Bruja... todo para allanar tu camino. Eliminé a las demás candidatas para que tú fueras reina. No me importa morir ahora, porque si lo haces tú, lograrás lo que ni el Santo de la Espada o Volcánica habrían conseguido salvar”.
“Si me matas, salvarás a Lugunica de su destrucción”.
La elfa lo observaba, paralizada. Había una inocencia desgarradora en su mirada. ¿Por ella? ¿Todo eso había sido por ella? El cristal de hielo que conjuró apareció flotando frente a su mano sin que lo pensara demasiado. Era defensa, sí, pero también era miedo.
"¿Por qué actuaste así...?”, murmuró. “¿Qué te llevó a hacer esto?”
Subaru sonrió. No con cinismo, sino con una ternura desquiciada.
“Te amo”, fue todo lo que dijo.
El cristal voló.
. . .
Pero no lo alcanzó.
Una figura descendió como un rayo, y el cuerpo del arzobispo fue estampado contra el suelo con fuerza devastadora. Una mano enguantada en negro cubría su rostro. No había error posible: Reinhard estaba allí. Subaru quiso gritar, pero el aire ya no llegaba a sus pulmones. Esa maldita mano se cerraba sobre su cuello con una furia tan fría que parecía personal.
Desde esa posición, casi sin poder respirar, Subaru alcanzó a ver su rostro. Y allí estaba: el odio. Puro, crudo. El Santo de la Espada lo miraba como si estuviera aplastando una plaga.
Emilia retrocedió, incapaz de comprender lo que veía. Había llegado hasta allí guiada por el caos, y ahora se encontraba entre las cenizas, observando cómo dos hombres se destruían por su causa.
Subaru apenas se retorcía, sabiendo que no había escapatoria. La sangre en su garganta le quemaba como ácido. No era la primera vez que Reinhard lo hacía arrodillarse, pero dolía como la primera. Siempre dolía. Y aun así... algo dentro de él se negaba a rendirse. No deberías estar aquí, pensaba con rabia. Esto era mi final... ¡ugh!
Aun en su miseria, se permitió una última provocación. Sabía que el Santo lo detestaba más que a nadie.
“Reinhard... ¿por qué interponerse?”, preguntó Emilia, con la voz rota.
El pelirrojo pareció despertar de su trance. Se irguió sin soltar a Subaru, y con una mano abierta, lo dejó inconsciente al instante. No dijo nada. Solo cargó el cuerpo inerte como un desecho, se volvió hacia Emilia y, hincando una rodilla, bajó la cabeza.
“Su Majestad Emilia”, dijo con voz contenida. “Todo lo que soy está a su servicio. He combatido en su nombre y seguiré haciéndolo. Incluso contra quienes alguna vez fueron cercanos”
“Este hombre ha cometido crímenes que claman justicia. Pero su castigo no debe ser la muerte inmediata… sino la carga de seguir viviendo con lo que ha hecho. Que cada aliento le recuerde el dolor que causó. Considero que es mejor que sufra, que enfrente el peso de su orgullo, antes que otorgarle el perdón del olvido eterno, aunque a muchos nos convenga olvidarlo.”
Emilia tragó saliva, temblorosa. Sus piernas casi no la sostenían. Puck, flotando junto a ella, asintió. Reinhard era digno de confianza. Esa criatura... ya no merecía sus lágrimas.
“Está bien. Confío en ti”, susurró. “Solo... que no vuelva a aparecer. No mientras yo esté viva”.
Reinhard inclinó la cabeza. Y sin pronunciar una sola palabra más, se marchó, saltando por los tejados en llamas, cargando el cuerpo del hombre que había intentado arrastrar al mundo consigo hacia el abismo.
Un techo desconocido fue lo primero que vio al abrir los ojos. No era el cielo, ni la oscuridad que tantas veces lo había recibido tras una muerte; no, esta vez había despertado… sin morir. Su cuerpo aún conservaba el calor de la vida y, para su frustración, también el dolor. Todo indicaba que Reinhard se había atrevido a distorsionar su final deseado, aquel que debía ser sellado a manos de su amada.
El techo era impresionante, pintado con una escena de dos mujeres en un campo de flores, cada una con detalles tan vívidos que casi podía sentir el viento acariciando los pétalos. Había belleza en ese cuadro, sí, pero su mente apenas podía detenerse en eso. La cama donde yacía era tan absurdamente cómoda que podría haberse rendido al descanso de inmediato, como si dormir allí fuera una forma digna de perder el tiempo… pero no podía permitirse ese lujo. Algo no encajaba, y eso lo inquietaba más que el cansancio en sus huesos.
No era una habitación cualquiera, eso lo entendió apenas recorrió con la mirada los muebles tallados, los vitrales que filtraban una luz cálida y los detalles dorados en los marcos. Como arzobispo había llegado a tener lugares que muchos considerarían lujosos, pero esto… esto era otro nivel. Bien podría haber sido una mansión real, del tipo que solo habita la nobleza más elevada.
Subaru se incorporó de golpe, aunque tardó unos segundos en registrar el dolor que le recorrió todo el cuerpo. La cabeza le palpitaba con fuerza, las sienes latían al compás del recuerdo de la persecución que había enfrentado durante la semana. Sus músculos estaban tensos, adoloridos, agotados. Sin embargo, no era momento para quejarse.
Se obligó a observar su entorno con atención. Desde la ventana, distinguió que estaba en un segundo piso; la altura le daba una vista privilegiada de un jardín que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Todo en esa habitación era opulento… tanto que le tomó unos segundos notar lo más obvio: estaba completamente desnudo.
Y lo peor: había caminado un poco por la habitación así, sin darse cuenta. Bajó la mirada y notó su cuerpo cubierto de manchas moradas, moretones que iban desde los hombros hasta las piernas, recuerdos indelebles de su último ciclo. Claro que era lógico. En silencio, se dirigió hacia el armario, al ver que no había nada útil cerca de la cama. Encontró una bata celeste y unas pantuflas a juego. Irónico, como si alguien realmente pensara que eso era comodidad.
Se calzó sin entusiasmo y caminó con pasos suaves, que resonaban en el silencio como un eco intruso. Buscó con la mirada la puerta correcta para salir, deteniéndose finalmente frente a una que daba a un pasillo abierto. El aire fresco del ventanal sin paredes lo envolvió al instante, revelándole un jardín extenso bajo sus pies. El contraste con la ansiedad que hervía en su pecho era brutal. Hacía demasiado que no experimentaba un momento así: calma… aunque siempre, siempre alerta.
Sabía cómo moverse en lugares así. La experiencia de haberse colado en tantas casas ajenas para eliminar a la escoria que osaba interponerse en el camino de su amada le había dado cierto instinto. Casi podría decirse que se sentía en su ambiente mientras bajaba por una de las escaleras del ala lateral de la mansión, hasta que un cuadro le robó el aliento.
Era una mujer de cabello rojo, armada con una espada. Una figura que cualquiera consideraría imponente… si no supiera quién era. Subaru la reconoció al instante. La Santa de la Espada. Ya fallecida. Lo entendió todo en un segundo.
Esa casa era de Reinhard.
“Imposible, imposible”, intentó calmarse. “Imposible…”
Pero no era momento para pensar. La ansiedad se transformó en impulso. Corrió, ignorando el dolor, cruzando salones vacíos y pasillos interminables. Cada zancada era un intento de huida, una súplica muda para no encontrarse con él. Si tenía suerte, si los dioses aún lo odiaban un poco menos, tal vez alcanzaría la puerta antes de...
Y ahí estaba. Un portón imponente, lo bastante grande como para sugerir libertad. Empujó con ambas manos, resbalando un poco por las pantuflas absurdas. La luz del exterior lo cegó por un segundo, y luego el cielo azul lo recibió como un castigo.
La ciudad seguía cubierta de ceniza. Ese era su destino. Esa era su meta. Subaru no entendía por qué, pero sabía con certeza que no debía quedarse en esa mansión. Así que reanudó su paso, decidido.
“Abajo.”
. . .
Muchos pueden decir que la manera en que subaru fue “isekeado” era simple, claro que él no tuvo que morir en el proceso u sufrir alguna charla con un ente superior, solo ya estaba ahí. En este momento, luego de experimentar tantas maravillas de aquel mundo, la sensación de ser aplastado por una presión invisible lo invadió de inmediato. Era como si la gravedad misma hubiera decidido actuar en su contra, obligándolo a caer sin piedad, arrastrándolo hacia una caída que no podía entender. La voz resonó en su cabeza, tan clara como el sonido de un trueno, pero no era miedo lo que sentía. No. Era algo mucho más profundo, una extraña mezcla de incredulidad y ansiedad.
El impacto llegó rápido. Su cabeza se estrelló contra el suelo con un sonido sordo, y por un momento, todo se desdibujó. El dolor era lo único que existía, como si el suelo estuviera tratando de devorarlo. Su mentón fue lo primero en chocar, y los dientes apretados impidieron que su grito se desbordara. La lengua mordida fue el recordatorio cruel de lo poco que podía hacer en ese instante.
Una gota de sudor le recorrió la frente, pero no era sudor. Era la persistencia de su respiración agitada, su cuerpo luchando por recuperarse en medio de la nada que lo rodeaba.
“No hables”, sentenció la voz otra vez, con un tono que casi parecía disfrutar de su sufrimiento.
Subaru intentó replicar, pero no pudo. Algo lo impedía. Algo más fuerte que su voluntad, que su deseo de retomar el control. La frustración lo devoraba, y sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, destellaban con una ira contenida. La "mirada de demonio", la que siempre había llevado consigo, ahora parecía más una maldición que un poder. Pero eso no lo detuvo. No en ese momento.
De repente, sintió una presencia detrás de él, como una sombra que se deslizaba lentamente por el aire. Subaru sabía, sin mirar, que era él. Reinhard. No hacía falta más que el silencio palpable que llenaba la habitación para saberlo. Su respiración se aceleró, pero no pudo reaccionar. El peso sobre su cuerpo se aligeró de repente, como si la presión desapareciera por completo, dejándole un extraño vacío en el pecho. No podía levantarse, no podía moverse.
Entonces, una mano lo tomó por la bata. No con fuerza bruta, sino con una suavidad desconcertante, elevándolo centímetros del suelo. La sorpresa recorrió cada fibra de su cuerpo, y un “hmm” bajo escapó de la garganta de Reinhard, un sonido que hacía todo aún más extraño. En un abrir y cerrar de ojos, Subaru se encontró frente a él, mirándole a los ojos. La sonrisa del Santo de la Espada era lo que lo inquietaba: era una sonrisa aterradora, algo que no lograba encajar en ninguna de sus experiencias anteriores.
“Esto le queda a Subaru demasiado grande, tal vez debería tomar su talla precisamente”, dijo Reinhard sin más, sus palabras flotando en el aire como si no tuvieran sentido. Cada vez se acercaba más.
El arzobispo tragó con fuerza. No había punto de comparación entre lo que estaba viviendo y los bucles anteriores. Algo no encajaba, y la ira que se acumulaba en su pecho solo hacía más difícil mantener la compostura. Quería gritar, moverse, hacerle algo. Cualquier cosa. Pero no podía.
Reinhard lo observó con una mirada penetrante, evaluando cada reacción que Subaru intentaba ocultar. Los músculos del pelinegro estaban tensos, sus puños apretados con fuerza hasta hacer que sus uñas casi perforaran la piel. Sabía que Reinhard lo veía, que lo estaba analizando con cada detalle, y eso lo enfurecía aún más. Sin embargo, el Santo de la Espada no parecía apresurarse. Solo lo observaba, como si todo esto fuera una broma para él.
“ Me gustaría que este monstruo no escapase de mí, ¿entendido? ”, murmuró, bajando la cabeza hasta quedar muy cerca de su rostro, su aliento cálido en su piel. Luego, lo soltó, pero la amenaza seguía flotando en el aire.
Subaru, por supuesto, tenía planes. Salir, huir, o incluso terminar con su vida si es que se liberaba de las manos de Reinhard. Pero algo más grande que él lo retenía. Un poder más allá de su comprensión. Su cuerpo se tensó aún más al darse cuenta de la verdad. Una bendición divina. No podía competir con eso.
Reinhard lo mantenía de manera casi protectora, casi como si no le importara el sufrimiento del arzobispo, pero sí lo mantenía cerca, como un trofeo al que no podía dejar ir. Subaru sintió cómo apretaba los dientes, cómo la furia se acumulaba, cómo odiaba la vulnerabilidad en la que se encontraba. No tenía la libertad que tanto deseaba. Y Reinhard lo sabía.
Un pájaro amarillo, curioso y ajeno al conflicto, voló hasta posarse sobre Subaru, interrumpiendo la tensión del momento. Los dos se quedaron quietos, uno acumulando odio y el otro… ¿diversión? Nadie podría decirlo.
Finalmente, el pájaro emprendió su vuelo, desapareciendo en el aire como una nota olvidada. En ese preciso momento, Reinhard actuó, tomando a Subaru en sus brazos de manera tan rápida que no tuvo tiempo ni para reaccionar. El santo lo levantó como si fuera una princesa, sin dar lugar a ningún intento de resistencia.
Subaru, completamente desconcertado, intentó decir algo, pero no salió ni una palabra. Nada. Reinhard no le dio espacio para siquiera procesar lo que acababa de suceder. Sin perder tiempo, el Santo de la Espada saltó hacia los techos de las casas cercanas, corriendo a una velocidad sobrenatural, moviéndose como un rayo por entre estanques y lagos, todo con la agilidad y destreza que solo él poseía.
El viento arrastraba los cabellos de Subaru, empujándolos hacia atrás con tanta fuerza que no pudo hacer más que cerrar los ojos para evitar que se le clavaran en el rostro. No tenía control de nada. No podía hacer nada. Y lo peor era que, por más que lo intentara, no podía liberarse.
