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Lunes, 21 de abril, 2014
Buscar trabajo era una maldita pesadilla, Gihun podía dar fe de ello.
Se pasó la mano por la cara, sintiendo el sudor acumulado en su frente. El sol primaveral golpeaba sobre su cabeza, recién ahí se dio cuenta que olvidó su gorro, y él mantenía la misma rutina de hace un buen tiempo.
Mismo ritual, distinto día: recorrer cada mural del barrio, apuntar números que jamás contestaban, enviar su currículum por internet y refrescar la bandeja de entrada en vano. Siempre lo mismo. Siempre nada.
Parado frente al tablón de anuncios de la estación de tren, hojeó las mismas ofertas que llevaba días viendo: "Se necesita experiencia en el rubro", "No más de 35 años", "Perfil adecuado para la empresa" .
En pocas palabras: No queremos a alguien como tú .
Suspiró y guardó su teléfono en el bolsillo. Otro día perdido.
Incluso pensó que ir estaciones más allá de su barrio serviría, Chang-dong era conocida por ser un sector más administrativo. De seguro tendrían más ofertas de empleo, ¿no?
Pues resulta que no.
“ ¿Qué nos puede decir de su último empleo? ”
La voz de imaginaria de alguno de los tantos reclutadores que lo entrevistó se filtró en su cabeza. Gihun apretó la mandíbula. Dieciséis años en Dragon Motors y lo único que había conseguido era un veto laboral. No importaba cuántos currículums enviara, siempre terminaba con la misma pregunta en mente:
¿Decir o no decir? ¿Confesar o no?
—¡Nunca más podrán trabajar en una empresa! ¡Nadie querría empleados tan problemáticos y alborotadores!
Años después, esas palabras aún lo perseguían.
Como si no fuera suficiente, también tenía otra marca de exclusión: ser un omega.
En más de una ocasión se le ocurrió dejar en blanco ese espacio tan particular.
Todo para que luego lo llamaran y cuando se dieran cuenta de lo que había escondido le soltaran las tan dichosas palabras: — Muchas gracias por su tiempo, pero no cumple con el perfil que busca la compañía. Lo sentimos.
Apenas divisó una piedra en el suelo, la golpeó con toda su fuerza disponible. Poco le importó el estruendo que hizo cuando se azotó contra un basurero público.
Con tal de encontrar alguna manera de conseguir dinero para alimentar a su bebé y llevar pan a la mesa, Gihun no tenía problema con soltar una que otra mentira piadosa. Además, su esposa no le perdonaría otro trabajo de medio tiempo que apenas les daba para pagar el alquiler.
Por eso seguía buscando empleo como desquiciado.
Diablos, hasta de lava trastes sería suficiente para él, mientras tuviera contrato y un sueldo fijo. No tenía problema.
Hasta habría ido a pedir trabajo al nuevo restaurante de su amigo, Jungbae, el único con el que mantuvo contacto después que los despidieran en masa de Dragon Motors.
Si no fuera porque la esposa de éste lo odiaba tanto.
—Lo siento, Gihun.
Jungbae bajó la mirada, como si el suelo frente a su local fuera lo más fascinante del mundo.
Gihun exhaló lentamente por la nariz. Quería decir algo. Tal vez un "no importa" o un "gracias de todas formas". Pero si abría la boca en ese momento, era probable que lo único que saliera fuera su frustración.
Y lo que menos quería era desquitarse con Jungbae.
No se podía hacer nada.
Tal vez incluso era mejor así, quizá que cosa lo mandaba a hacer la esposa del hombre, si acaso lo resentía de tal manera.
—Aísh —suspiró, pasándose una mano por el rostro. Ojalá tuviera un cigarro. Ojalá tuviera dinero para un cigarro—. Descuida, buscaré en otro lado.
Intentó sonreír. Por la mirada que le dirigió Jungbae, supo que su intento no fue tan factible.
—¡Confía en mí! ¡Encontraré algo bueno!
Más fácil decirlo que hacerlo.
Se rascó la cabeza mientras gruñía, siguiendo con su nuca. Tal vez el calor no era tan fuerte, pero con toda la frustración encima, Gihun sólo quería tirarse en el sofá y dormir hasta más no poder.
Ya no sabía dónde más dejar su información de contacto, constantemente al pendiente de su email. Nunca había nada nuevo, sólo avisos basura y un montón de ofertas y suscripciones sin sentido.
El silencio de su alrededor no ayudaba a su lucha interna por algo de paz mental, aunque fuera por unos miseros minutos. Por supuesto que no anda nadie a esta hora en la calle, todos están en la escuela o en el trabajo suplió su cerebro. Tan amablemente.
La mirada de Eunji lo aplastaba más que cualquier rechazo laboral.
Ni siquiera necesitaba palabras para hacerlo sentir inferior. La forma en que apenas cruzaban palabras cuando entraba a casa, cómo exhalaba despacio cuando revisaba la nevera o cómo dejaba la cena servida en completo silencio. Todo eso era suficiente para expresar su decepción.
Por eso él prefería evitarla a toda costa mientras buscaba en qué trabajar.
Tal vez su relación mejorará una vez que él consiga algo estable, tal vez.
—¿Aún estás buscando trabajo, Gihun?
La voz de alguien conocida lo despertó de su espiral de angustia.
No se había dado ni cuenta y ya estaba en el barrio comercial de Ssangmun-dong. La madre de Sangwoo lo miraba desde su puesto, sus brazos cruzados sobre su pecho y una sonrisa ladina. Amistosa, a pesar de todo.
—¡Ah! ¿¡Cómo supo!?
Para no andar gritando de un lado a otro, Gihun se acercó a su puesto, la impresión palmada en su rostro.
—Te veo pasar seguido apestando a fruta pasada, muchacho. ¿Y tus supresores?
¿Fruta pasada? Oh, oh.
¿Cuándo fue la última vez que los tomó? Ya ni se acordaba, lo más presente que tenía en su cabeza eran las rutas que ya había hecho en su búsqueda de trabajo.
La fruta pasada seguramente era porque estaba ansioso, Sangwoo siempre le dijo que su aroma a arándanos se volvía agrio cuando lo pasaba mal.
—¡Aish! ¡Señora, no vaya por ahí exponiendo a la gente!
Giró sobre sus talones, fingiendo indignación, aunque en realidad quería encogerse sobre sí mismo.
—¡No evadas mi pregunta! —bramó la mujer, agitando un periódico como si fuera un arma letal—. ¡Sabes lo peligroso que es andar así por la vida! ¡No eres un niño, Gihun!
—¡Ay! —chilló, encogido sobre sí mismo, girándose para evitar el inminente golpe con el periódico—. ¡Ya, ya! ¡Entendí, entendí a lo que se refiere!
No funcionó.
Aunque Gihun estuviera intentando aplacar su enojo, producto de la misma preocupación que tenía por él. La mujer, omega igual que él, refunfuñó y regresó al interior de su puesto.
—¿Tan fuerte es mi aroma? —se preguntó a sí mismo, tirando del cuello de su camisa para descubrir un poco de su torso.
—¡No hagas eso! ¡Desvergonzado!
Era impresionante como una adulta mayor podía moverse con tal rapidez, y que un hombre por entrar a sus cuarenta estuviera aún recibiendo golpes con el periódico como forma de castigo.
—¡Ay! ¡Hey! ¡Hey!
Cuando la madre de Sangwoo pareció decidir que ya había recibido suficiente corrección, lo dejó tranquilo. Gihun se mantuvo en su sitio sollozando lágrimas de cocodrilo.
—No tienes remedio —resopló—, y hablando de eso. ¿Acaso no tienes para comprar supresores nuevos?
—¡Era una duda legítima!
Ante la presión de la mirada de su vecina, Gihun jugo con el borde de su camiseta.
—Sí tengo, aún. Lo que pasa es que he estado algo distraído.
—¿Tu esposa no dijo nada al respecto? —preguntó la madre de Sangwoo mientras organizaba unas cajas en su puesto.
—Eunji tiene un sentido del olfato muy bajo —excusó Gihun, encogiéndose de hombros.
—Mmh. Bueno, los betas y su falta de sensibilidad… —musitó ella, sacudiendo la cabeza—. Nunca entendí cómo logran emparejarse con nosotros sin notar esas cosas.
Ahí estaba.
No era la primera vez que escuchaba ese tipo de comentario. Lo había oído de su madre, de sus antiguos compañeros de trabajo, de vecinos con demasiada confianza en sus opiniones.
Hasta de los amigos de Eunji, cuando hablaban por teléfono y creía que Gihun estaba durmiendo. Aunque con ellos no era sólo por la extravagancia de su relación. También era sobre su falta de empleo, juzgándolo sin piedad, soltando todo tipo de comentario con tal de menospreciarlo aún más.
A veces, esos pequeños susurros golpeaban cada vez más fuerte a su pequeño y magullado orgullo.
—Aun así, nos las arreglamos —soltó Gihun, metiendo las manos en los bolsillos. En parte ya acostumbrado a tener que defender su matrimonio.
—No lo dudo —dijo ella, su tono seguía siendo despreocupado. El tema era realmente algo trivial para ella—. Solo digo que a veces las cosas serían más fáciles con alguien adecuado. Sangwoo piensa igual, por eso tiene estándares muy altos. Está buscando a su omega adecuada.
Gihun rió por lo bajo. No porque le pareciera gracioso, sino porque no tenía ganas de responder.
Y porque sabía que lo que menos estaba en la lista de prioridades de Sangwoo era buscar una omega con la que sentar cabeza.
Prefirió hacer como si no le afectara, era el mejor en eso.
Viendo que ella ya había traído al hombre a la conversación, Gihun no encontró mejor idea que seguirle.
—Recuerdo que Sangwoo decía que solía apestar su habitación cuando lo acompañaba a estudiar.
Era su mejor táctica para desviar la atención de él.
—¿Estudiar? —sonrió, Gihun podía sentir la burla en su tono—. Como si hubieras estudiado alguna vez, Gihun.
—¡Hey!
—Pero tienes razón, su cuarto apestaba a ustedes dos cada que venías de visita.
De eso Gihun casi no tenía memoria, probablemente porque estaba tan acostumbrado a la fragancia propia de Sangwoo cuando eran niños. Por supuesto que alguien más, un externo a su pequeño mundo, iba a percatarse de ello.
—¿Y cómo está? Lo último que escuché sobre él fue que recibió un ascenso.
La sonrisa radiante de su vecina confirmó sus sospechas.
Estuvieron hablando un poco más antes que la mujer le dijera que tenían que dejarlo porque venía clientela a su puesto. Gihun aceptó sin ningún problema. El reencuentro, a pesar del reproche que recibió por un descuido casual y ese comentario desagradable, le ayudó a subir los ánimos.
Qué decía eso de Gihun; no le importaba mucho.
Ya que no tenía donde más ir y gracias a su recobrado ánimo, le mandó un mensaje a su esposa diciéndole que iría él a buscar a su bebé al jardín.
Eunji no tardó en responder, corta y precisa:
«Tu madre pasó a dejar sopa para la cena. Estaré afuera con mis padres. Vuelvo en la noche.»
Después de su matrimonio y el eventual nacimiento de su querida Ga-yeong; Gihun y su esposa acordaron que ella se quedaría en casa como la principal cuidadora de la bebé. Gihun, a pesar de su designación, trabajaría y sería el proveedor de su familia.
Era a lo que estaba acostumbrado.
El jardín de Ga-yeong se encontraba cerca de una de las tantas avenidas principales de Ssangmun-dong, rodeado de varios edificios administrativos y una estación de metro. Era común ver a padres y madres de traje llegando en sus automóviles a buscar a sus cachorros.
Durante un día común, Eunji llegaba a recogerla en metro o bus.
Gihun fue a buscarla caminando.
No tenía suficiente para cargar la tarjeta del transporte.
De todas formas, quiso cuidar un poco su apariencia. Peinando sus rizos y limpiándose el sudor del rostro con el dorso de su mano. No iba a hacer mucho, pero algo es algo.
Eran pocas las veces que él era el que recogía a Ga-yeong.
Pese a ello, los maestros de su cachorra lo conocían bien. Un par de jóvenes omegas como él, siempre eran cordiales con él como con cualquier otro apoderado con mejor vestidura.
— ¡Gihun-ssi ! —Le saludó uno de los muchachos apenas lo vio.
Tal vez eran un poco más amigables con él. Fraternidad omega y eso.
Gihun también lo saludó, sonriendo mientras cruzaba el umbral de la entrada del jardín.
—¿Ga-yeong ya está lista?
—Falta poco —volteó a ver hacia dentro, todavía no se divisaba ningún niño—. Hoy los cachorros estuvieron aprendiendo a pintar. Así que deben irse a limpiar las manos antes de salir.
—¡Oh! Vale, esperaré acá entonces.
Aún era temprano. Solo unos cuantos padres esperaban en la entrada del jardín, conversando en pequeños grupos.
Gihun redujo el paso sin darse cuenta.
La mayoría eran mujeres. Betas y omegas. De vez en cuando se veía a algún hombre beta, pero ningún otro omega. Mucho menos un alfa.
Se quedó en su sitio, un poco apartado, fingiendo revisar el teléfono. No es que alguien lo hubiera mirado raro o le hubiera dicho algo, pero la distancia le resultaba más cómoda.
Ya que no solía venir a buscar a Ga-yeong. No tenía razones para entablar amistad con los otros padres y, hasta donde recordaba, Eunji tampoco. Nunca mencionaba a nadie del jardín con familiaridad.
Probablemente lo mismo pensarían de él.
El omega que no encajaba.
—¡Mamás y papás, los niños ya están por salir! —El aviso del profesor hizo que todos los presentes dejaran de hablar entre sí. Ahora todos esperaban atentos a la aparición de sus cachorros.
Poco a poco cada niño iba saliendo, algunos corrían a los brazos de sus madres apenas las tenían a la vista.
Otros eran más tranquilos, o caminaban cansados y arrastraban sus pequeñas mochilas hasta llegar a los brazos de sus padres y exigir que los abrazaran.
Gihun no pudo evitar reír, como muchos otros padres, ante dicha imagen.
—¡Appa !
No había melodía más dulce en el mundo.
Gihun se agachó, abriendo los brazos justo a tiempo para recibir el torpedo de energía que era su hija.
El omega esbozó su sonrisa más grande de la tarde.
—¡Ga-yeong!
—¡Appa! —repitió emocionada.
Viendo la alegría de su bebé, hizo que su pecho se llenara de un calorcito tierno. Inhaló profundo, ese dulce aroma a leche que todavía no dejaba a su cachorra conseguía que su omega prácticamente ronroneara del gusto.
—¡Appa, appa, appa! —siguió, enterrando su rostro en el cuello del omega, sus manitas agarrando su ropa.
Gihun sentía que podía derretirse de la ternura.
Se enderezó con Ga-yeong aún en brazos. Como pudo le sacó la mochila para ponérsela él en el hombro, así su cachorra estaría cómoda.
Tal vez olvidar sus supresores no era un problema tan grande, no si le permitía obtener tal reacción de su bebé.
Se despidió a lo lejos del profesor del jardín, el muchacho estaba hablando con otros padres cuando vio el gesto de Gihun. Después que este también se despidió de él, Gihun salió del jardín con una alegre Ga-yeong.
—¿Qué tal tu día en el jardín, Ga-yeong? —Si bien no tenía problema con que su hija quisiera sentir más de su aroma, todavía estaban en la calle y eso podría ser peligroso para los dos. Era mejor distraerla un rato.
—¡Pintamos!
—¿Ah sí? ¿Qué cosa estuviste pintando?
—¡Una flor! ¡Y un gatito! Ha-eun hizo un perro, muy pelusodo.
— Pe-lu-do.
—¡Pelusodo! ¡Y era verde!
—¿Un perro verde? —¿Será algún personaje de televisión?—. Nunca he visto un perro verde.
—¡Yo sí! —sonrió—, ¡el perro pelusodo que dibujó Ha-eun era verde!
Mientras seguía su conversación con Ga-yeong, caminó con tranquilidad por las calles a su alrededor.
Al no haber tomado sus supresores, ni tampoco tener dinero a mano como para comprarse unos de emergencia, el transporte público era un rotundo ‘NO’ para él y su cachorra. A menos que quisiera arriesgarse a ser acosado públicamente, prefería mantenerse al aire libre.
De esa manera, aunque alguien sintiera su aroma, que era muy probable, este no sería tan fuerte. La brisa de la tarde ya se había levantado y Gihun la usaría a su favor.
—¿Qué cenaremos hoy?
—Halmeoni te quiere mucho, así que pasó a dejar doenjang-jjigae para que cenes. ¡Pero dijo que sería sólo para ti! —Fingió otro puchero, Ga-yeon rompió en risas, abrazando su cara—. ¿Qué tal si le das un poco a papá?
—¡No! ¡Es sólo para mí!
—¡Niña malcriada! —Amenazó con morderle una mejilla, pero la cachorra fue más hábil y cubrió su boca con sus manitos.
Gihun no se dio por vencido, tratando de zafarse del agarre para poder cumplir su misión.
Padre e hija se la pasaron jugando entre sí en su pequeño mundo, ajenos a la realidad externa. Algunos transeúntes los veían pasar y sonreían para sí, la imagen era realmente dulce, entre un omega y su cachorra.
Llegados a un cruce, Gihun paró de juguetear y dejó a Ga-yeong en el suelo. La nena sostuvo su mano como de costumbre y siguió muy pendiente al monigote en la luz del semáforo al otro lado de la calle. Fue ahí que el omega recibió una llamada.
Apenas pudo sacar el teléfono del bolsillo.
En el momento que el monigote cambió de color, Ga-yeong tiró de su mano. Él no se quejó, ¿por qué lo haría? Sólo se dejó guiar y respondió en lo que llegaron al otro lado de la calle.
—¿Hola?
—¿Seong Gihun-ssi? ¿Hablo con él?
La voz de un hombre resonó por el otro lado de la línea, Gihun asintió, hasta que recordó que no estaba frente a frente con la otra persona y respondió.
—Sí, soy yo. ¿Con quién me comunico?
— Hace poco usted mandó su currículum a Kkomak Café.
Silencio.
— Por el puesto de ayudante general a tiempo completo.
A Gihun casi se le sale el corazón por la garganta.
—¡Ah-ah, sí! ¡Sí, recuerdo! —De los nervios, su tono cambió a uno formal.
Del otro lado de la línea se escuchó una pequeña risa, algo que Gihun no prestó atención por el subidón de energía.
— No es necesaria tanta formalidad —continuaron diciéndole—. Estaremos llevando a cabo entrevistas el día miércoles 23 de abril, a las 10 AM. ¿Cree estar disponible?
—¡Por supuesto! —Y si no lo estaba, haría lo posible por estarlo. No podía perder esta oportunidad—. ¡Seré de los primeros en llegar!
Esta vez Gihun sí escuchó la risa detrás del otro lado de la línea. El calor le subió al rostro, pero no se retractó. Mejor quedar como un candidato entusiasta a alguien sin interés en el trabajo.
— Procure llegar a la hora estimada — le dijeron, el tono cordial del inicio ahora un tanto más afable—. Lo estaremos esperando.
—¡Hasta luego! ¡Nos vemos pronto!
Con la llamada terminada, Gihun sentía que su pecho iba a explotar. Su cabeza se sentía hasta más ligera y sus manos no paraban de temblar.
—¡Ga-yeong! —chilló, la cachorra tenía sus tiernos ojitos cafés abiertos de par en par—. ¡Appa tiene una entrevista! ¡Para un trabajo a tiempo completo!
—¿Qué es una trevista ?
—¡Esto hay que celebrarlo! —siguió efusivo, alzando otra vez en brazos a su hija, ambos dieron un par de vueltas y la dejó en el suelo mientras la niña reía—. ¡Hay que añadir un par de huevos fritos al arroz y el doenjang-jjigae de hoy!
Ga-yeong aplaudió la alegría de su papá. Cómplice ingenua de su emoción.
Por su parte, Gihun no podía con la adrenalina.
Llevaba esperando un llamado bastante tiempo, ni siquiera recordaba en qué momento mandó su información a una cafetería. No tenía ni la más mínima experiencia trabajando en el servicio al público, ¡pero podía aprender!
¡Y era un empleo a tiempo completo! ¿Cómo no iba a estar feliz?
Con un empleo estable, todo en su vida volvería a ir por un mejor rumbo.
Ya podía imaginarlo; su madre no estaría tan cascarrabias con él, Eunji dejaría de tener una mirada tan pesada y asfixiante ¡Y podría comprarle dulces y regalos por montón a Ga-yeong!
¡La vida le sonreía!
