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The last priestess

Summary:

¿Qué ocurriría si el rey de las maldiciones le tomara cariño a un simple humano?

Eso es justamente lo que le ocurre a Sukuna, quien vagando por el mundo se encuentra con un inocente niño llamado Yuuji. Su falta de miedo hacia la maldición, mostrándole una actitud incluso amistosa, sin duda despertó el interés y curiosidad del rey, hasta el punto de quedarse con él.

Una serie de incidentes los llevan a tener que emprender un viaje juntos, en el cual se toparán con un templo habitado por la familia (t/a), de entre los cuales la pequeña (t/n) a lo largo de los años terminará despertando algo nuevo y desconocido en el ser milenario.

Pero cuando alguien cuya única motivación y conocimiento es destruir descubre el amor, puede terminar siendo muy peligroso.

Chapter 1: Prólogo

Chapter Text

Uno pensaría que después de mucho tiempo haciendo lo mismo una y otra vez, tantas que se perdiera la cuenta, se acabaría aburriendo de ello y buscaría algo nuevo con lo que ocupar su tiempo y obtener la satisfacción que ya no recibía de la rutina que siguió durante quién sabe cuánto tiempo.

Extrañamente, ese no era el caso para Sukuna. Después de mil años de masacres, de haber arrebatado tantas vidas que perdió la cuenta y derramar suficiente sangre como para llenar los océanos, no estaba ni siquiera cerca a sentirse satisfecho. Sin importar cuánto lo hiciera, nunca dejaba de sentir aquella adrenalina que lo recorría cuando eran sus manos las que arrancaban a algún miserable humano de aquel efímero capricho que era la vida. Efímero para ellos, claro está. Sukuna tenía todo el tiempo del mundo para seguir sembrando el caos, llenando los débiles corazones humanos de terror antes de tomar sus vidas por mera diversión suya.

Sí, desde luego, había cometido cientos de miles de atrocidades en esos mil años que había vivido. Y las volvería a cometer todas y cada una de ellas, incluso más si se diera la oportunidad de ello.

Fueron todas esas crueldades y atrocidades, junto con el inmenso poder que poseía, el cual estaba por encima del de cualquier humano o maldición, los que le terminaron ganando el título de Rey de las Maldiciones. Ahí dónde fuese, tanto humanos como maldiciones temblaban con solo verlo, incluso la simple mención de su nombre era capaz de hacer que el más valiente huyera atemorizado. No había ser en este mundo que pudiera estar en su presencia sin sentir un terror y ansiedad sofocantes, la sensación de muerte inminente era casi palpable siempre que él andaba cerca.

Al menos, eso era lo que Sukuna pensaba.

—¿Quién eres?— Una pequeña e inocente voz le habló.

Concretamente, era la voz del niño al que estaba contemplando, debatiéndose cómo se desharía de él. Un roce de una de sus uñas bastaría para perforarle la yugular y poder deleitarse con como la sangre abandonaba su cuerpo, y con ella, su vida también lo haría. Perforar su abdomen, desmembrarlo lenta y dolorosamente, asegurándose de mantenerlo vivo el mayor tiempo posible para que pudiera sentir el dolor de cada pedazo de su cuerpo separándose... Incluso le tentaba la idea de romper todos y cada uno de sus pequeños y frágiles huesos, antes de terminar aplastándose el cráneo. Todas ellas eran opciones tan válidas, tan buenas, que sentía la emoción del asesinato solo con imaginarlo.

Pero antes de haber podido decidir cuál sería su selección para acabar con la patética vida del niño, este le había hablado, y ahora su amenazante e intensa mirada roja estaba conectada a aquellos grandes e inocentes ojos marrones, que esperaban una respuesta de su parte.

—¿Por qué estás en nuestro patio?— Y es que efectivamente, el niño estaba sentado en el patio delantero de su casa, jugando con algunas figuritas, y la maldición se encontraba de pie a unos pocos metros de él.

No era la primera vez que se topaba con un niño curioso. Los infantes eran criaturas con demasiadas dudas en sus cabezas, y cuando querían saber algo no dudaban en cuestionarlo. Cientos de niños le habían preguntado por su segundo par de brazos o de ojos, incluso cuando estaban temblando sabiendo que iban a morir, o hasta estando ya entre las manos de la maldición a segundos de su muerte. Era un comportamiento que no podían evitar. Pero normalmente, esas preguntas solían cuestionar si era una maldición, si los iba a matar, o como mencionado antes, por sus brazos u ojos extra. Pero no, ese niño acababa de cuestionar quién era y por qué estaba ahí.

Pero más importante que eso, era el hecho de que no estaba temblando, ni desprendía ninguna sensación de miedo o preocupación. Como si no sintiera el poder y el aura asesina que salían del cuerpo de Sukuna, o como si estuviera ignorando aquellos hechos. Algo que la maldición no apreciaba demasiado, considerando cuánto le gustaba ver el pánico en los rostros de sus víctimas nada más verlo, alimentando su ego.

—¿No puedes hablar? Mi abuelo dice que hay personas que no pueden hablar.— Añadió, notando que el hombre seguía sin decir nada, solo mirándolo en un amenazante silencio, al cual el niño no reaccionaba.

—¿No tienes miedo, mocoso?— Habló al fin, su profunda voz sonando aún más amenazante considerando el tranquilo ambiente en el que se encontraban.

Los ojos del niño se abrieron como platos, y por un momento, Sukuna creyó que por fin había conseguido que se diera cuenta del peligro que corría, y podría ver su expresión transformarse en una de horror. Pero fue todo lo contrario, su mirada se iluminó con una extraña emoción y una sonrisa de oreja a oreja ocupó su rostro, pareciendo que aquel pequeño brillara más que el sol mismo.

—¡Tu voz es increíble! Es como... Como... ¡Boom!— Alzó las manos por encima de su cabeza—. ¿Sabes?

El ser milenario alzó las cejas. No, no tenía ni idea de qué estaba intentando decirle ese mocoso. Nada nuevo, considerando que consideraba que los niños en general tenían una manera incomprensible de expresarse, aunque tampoco tuvo jamás ningún interés en comprender qué decían, ya que de una manera u otra terminarían muriendo a sus manos.

Y sin embargo, cierta curiosidad hacía ese chico lo invadía, no por saber qué trataba de decirle, sino por comprender su carencia de miedo, por saber qué era lo que le permitía estar tan tranquilo en compañía de una entidad claramente peligrosa.

—No ignores la pregunta, niño. ¿No tienes miedo?— Repitió, algo irritado esta vez.

—¿Miedo? ¿De qué?— Ladeó la cabeza en confusión, sus manos jugueteando un poco con la figurita de juguete que sujetaba.

—De mí.

El pequeño puso una expresión pensativa, mirando al cielo como si le pudiese dar la respuesta a lo que fuese que estaba pasando por esa cabecita suya. Realmente Sukuna no quería saber qué estaba pensando, el pensamiento de los niños era tan absurdo que terminaba siendo demasiado complejo, a pesar de estar aún en desarrollo y no ser ni una pequeña porción de a lo que podrían llegar en el futuro.

—¡No!— Respondió con una honestidad y pureza que fueron capaces de hacerlo sentir enfermo y asqueado.

—Mocoso, tú...— Con una expresión molesta, la maldición acortó los pocos metros que los separaban para quedar de pie frente al niño, su inmensa figura proyectando una sombra más que suficiente para cubrirlo en su totalidad—. Eres probablemente el humano más estúpido con el que me he encontrado. Y eso es mucho.— Una de sus manos fue a su rostro, presionando el puente de su nariz mientras sentía que su escasa paciencia empezaba a agotarse—. ¿Eres siquiera consciente de qué soy?

—¿Una maldición?— El pequeño ladeó la cabeza, no muy seguro de adónde pretendía llegar con todo aquello.

Sukuna suspiró pesadamente. Tenía las neuronas suficientes como para identificarlo como una maldición (aunque no era realmente difícil y si no hubiese podido lo habría considerado un caso perdido) pero no era capaz de percibir o deducir el peligro que suponía de por sí estar con una maldición, y más aún el hecho de estar con él entre todas las que había por el mundo.

—No cualquier maldición, niño. Estás frente al Rey de las maldiciones.— Recalcó, esperando que eso le hiciera comprender al pelirrosa su situación.

Oh, qué iluso fue.

—¿¡El rey!? ¡Eso es increíble! ¿¡Puedes darles órdenes a todas las demás maldiciones!? ¿¡Y te hacen caso!?— A estas alturas estaba de pie y dando saltos emocionados conforme preguntaba.

Por una parte su actitud estaba alimentando el ya inmenso ego del rey. Sí, desde luego, podía mandarles a hacer lo que quisiera a todas esas estúpidas maldiciones... Demonios, podía ordenarles quitarse la vida para entretenerlo si así lo quería y obedecían sin rechistar, porque sabían que de lo contrario él sería el que les quitaría la vida y sería infinitamente más doloroso y retorcido. Pero por otro lado, su carencia de miedo lo frustraba, la parte más fascinante de lo que hacía en su día día, para él, era saborear el miedo que desprendían sus víctimas, tan evidente en sus miradas, expresiones y temblores en sus cuerpos. Pero el pequeño frente a él solo irradiaba pureza e inocencia, mezcladas con algo de curiosidad, pero nada más.

—Mocoso, se supone que debes huir al ver a una maldición. Cualquiera que se acerque a ti querrá matarte. Es lo que hacemos.— Frunció el ceño.

—Pero tú estás aquí, y no me has matado...— Se balanceó un poco hacia el lado.

—Estoy intentando entender por qué no tienes miedo antes de hacerlo. No es tan divertido si no puedo ver tu cara retorcerse en terror y como intentas escapar inútilmente de mí— Declaró.

Aquello pareció tener algún efecto sobre el niño, que abrió los ojos como platos antes de agachar la cabeza para esconder la mirada de la intensidad con la que lo miraba la maldición. Verlo así trajo una sonrisa ladina al rostro de Sukuna, que aunque no estaba del todo conforme con la pequeña reacción, sí estaba complacido con el cambio de actitud del niño.

—No tienes amigos, ¿verdad?— Cuestionó por lo bajo sin levantar la mirada. La expresión del mayor cambió a una entre sorprendida y molesta, pero siguió hablando antes de que pudiera reprochar nada—. Y-yo tampoco. El abuelo siempre está trabajando para tener dinero para cuidarme... Y cuando está en casa está demasiado cansado para llevarme a jugar con otros niños. No conozco a ninguno...

Sus pequeñas manos se apretaron sobre la figurita que sujetaba. Un suspiro exasperado escapó de los labios de Sukuna, que hacía demasiado que perdió la paciencia con el peculiar y, a su parecer, irritante niño.

—¿Y? ¿Acaso quieres que te lleve a jugar con ellos? ¿Es ese tu último deseo antes de morir?— No fue sarcástico, pero desde luego se escuchaba algo molesto.

No era la primera vez que le pedían un último deseo antes de morir, y a veces, si le parecían interesantes, los cumplía. Especialmente cuando se trataba de niños, en una especie de compensación por arrancarlos a la fuerza del placer de vivir a tan temprana edad. Como una muestra de su compasión, aunque él realmente no tuviera de eso.

Pero le sorprendió ver al niño sacudir la cabeza en negación, seguido de que se removiera nerviosamente en su lugar y finalmente volviera a levantar la cabeza y cruzara miradas osadamente con la poderosa maldición frente a él, que estaba gastando cada gota residual de paciencia y compostura para no despedazarlo ahí mismo.

—¿Y si en lugar de matarme somos amigos?— Una vez más sus ojos brillaban como mil soles, aunque esta vez también reservaban algo de cautela, pareciendo entender que Sukuna no andaba bromeando—. ¡Te puedo regalar mi figura favorita! Toma.— Le ofreció el objeto que llevaba todo ese rato sujetando.

Sukuna miró el trozo de plástico con algo de desagrado y desconfianza, y regresó su mirada carmesí al niño, que parecía hablar totalmente en serio. Quería que fueran amigos. De todas las cosas absurdas que escuchó en su larga, larga vida, esa de ahí probablemente se llevaba el premio. Y aún así, sentía cierta curiosidad en cumplir ese tonto deseo del niño, tal vez para comprender cómo estaba frente a él tan tranquilamente, o qué le empujó a pedirle ser amigos. Puede que incluso fuese para cambiar un poco su rutina de constantes masacres, y divertirse engañando a ese niño por un tiempo tal vez era lo que necesitaba.

Uno de sus brazos inferiores se extendió para tomar en su gigantesca mano el objeto que le ofrecía, alzándolo a la altura de su rostro para detallarlo. Parecía alguna clase de superhéroe, aunque no estaba seguro ya que no solía prestar mucha atención a la actualidad de los humanos en ningún ámbito, incluyendo el entretenimiento.

—¿...Cómo te llamas, mocoso?— Cuestionó tras largos segundos de silencio, guardando el objeto dentro de su kimono.

—¡Soy Itadori Yuuji!— Su voz, que de por sí era alegre, se escuchó mucho más feliz ahora que la maldición parecía haber aceptado su propuesta—. ¿Y tú?

—Ryoumen Sukuna.