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Nínfula Parisina

Summary:

Gabriel está dispuesto a hacer lo necesario para recuperar a Marinette. Su amor por ella le da la fuerza para seguir adelante con sus planes para lograr estar juntos nuevamente.

Nada le será fácil, en su camino tendrá obstáculos, personas y fantasmas del pasado que deberá enfrentar por amor a su nínfula, como él la llama. Sin embargo, su amor lo hará cometer locuras como todo hombre le ocurre cuando el amor gobierna su mente.

Y cuando alguien intenta eclipsar la relación que tiene con Marinette, deberá tomar una difícil decisión que podría cambiar el rumbo de su romance.

¿Amará lo suficiente a Marinette para seguir juntos a pesar de la diferencia de edad o terminará haciendo su mayor sacrificio por aquel mismo amor?

Chapter 1: Entre él y ella

Chapter Text

     Miraba al techo, ya estamos al principio de febrero y no sé nada de Marinette, la extraño tanto y en mi interior siento que ella también me extraña a mí. Por más que intenté volver a contactarme con ella, fue en vano y solo podía dedicarme a esperar a que lograra comunicarse o enviarme algún mensaje.

   Lo único que pude recibir de ella antes de que empezara febrero, fue una canasta con mandarinas que seguramente me envió de regalo sin que su padre lo supiera, es la única explicación que tendría mientras me comía una de las mandarinas de la canasta.

   No puedo decir que yo también me quedé atrás con el envío de regalos, en el día de San Valentín le envié una carta escrita con mi puño y letra, esperando a que pudiera leerla. Le redacté cuanto la extraño y mis deseos de verla sin importar cuanto su padre nos distancie, buscaré la forma de regresar con ella.

«Por favor, que la carta llegue a sus manos» rezaba mentalmente.

   Mantenía mis deseos y mis pensamientos a que ella recibiera la carta y la leyera, imaginaba lo feliz que se sentiría al saber todo el amor que le daba escrito en ese papel.

 

   Habían pasado semanas y nada que tenía respuestas de Marinette, temía que su padre hubiera descubierto la carta y la hubiera roto en pedazos. Ojala no hubiera sido eso, pero la falta de respuestas de Marinette me va preocupando cada día más. 

  Estás ansias por ella me van a poner peor.

 

   Mi hijo era como un ser invisible ante mis ojos, casi no lo veía. Si así era como él debía sentirme todas las veces en las que no lo veía era en verdad una amargura.

«¿En qué clase de padre me he convertido?» pensaba lanzando un suspiro observando la ventana de mi habitación.

   Emilie seguramente estaría avergonzada de mí por el comportamiento que he estado teniendo con nuestro hijo.

    Ya hasta parecía que estaba olvidando como era, hasta que, con discreción, salí en el auto junto a mi chófer y Joel a mirar como entraba y salía de la escuela, igualmente con Marinette. Me siento un poco egoísta al hacer esto cuando sólo pensaba en ver a mi hijo; el aspecto de ella me daba ganas de llorar, estaba más pálida, se caía mucho camino de la escuela a su casa, y yo no deseaba que ella siguiera así, incluso puedo asegurar que su mejor amiga pensaba lo mismo que yo cuando fue a ayudarla a levantarse, parecía una muñeca de trapo a la que han descuidado. 

   Si tan sólo pudiera hacer lo mismo y poder ir tras ella, ayudarla a levantarse, abrazarla y besarle nuevamente, darle aquellas fuerzas que ella necesita con muchas ansias y no puedo hacerlo, mientras esté sin poder mover las piernas, no puedo hacer nada.

  «Maldita sea » y me di un fuerte golpe en mi pierna derecha con mi puño apretado.

   Y el estar allí sentado en un auto observándolos no me dejaba en una buena situación, la gente que pasaba alrededor podría comenzar a sospechar que hay alguna especie de acosador frente a la escuela, incluso los demás jóvenes que entraban y salían comenzaban a mirar hacia donde estaba con curiosidad sin reconocerme debido a mi rostro escondido por la ventana ahumada. Así fue como dejé de ir a la escuela para evitarme problemas de ser llamado un acosador.

 

—¿Cuántos metros de tela desea, señor?

—El doble de lo que siempre ordeno para hacer un vestido.

—Nunca antes había pedido tantos metros.

—Estoy preocupado —le confesé. —De que ésta vez pueda equivocarme.

   Nathalie me miró por unos momentos como si estuviera intentando leer mis pensamientos. Ella me conocía bien, en todo mi trabajo había perfección, decir que temía cometer un error implicaba que algo andaba mal en mí.

—¿Está preocupado por ella?

   Asentí con la cabeza hacia Nathalie sabiendo que se estaba refiriendo a Marinette.

—Ya le había advertido sobre esto señor, no puedo hacer más nada. Pero si ella lo admira mucho estoy segura que no querría ver a su diseñador favorito decaer en su carrera.

   Ella me sonrió unos segundos y yo instantáneamente hice lo mismo para devolverle esa sonrisa, al menos Nathalie es un poco más paciente con esta relación aunque siga pareciendole extraño que un hombre de cuarenta años tenga como novia a una joven de quince años. No sé si debería de llamar la relación que tengo con Marinette como un noviazgo ahora que estamos separados el uno del otro.

   Solté un largo suspiro, la extraño demasiado. Me siento igual como aquella vez en la que estuve de duelo por la desaparición de mi esposa. Estoy como antes, tan vacío y solitario sin mi compañera, mi nínfula. Quiero tener de vuelta a mi nínfula.

   Con un simple vistazo mi mundo de perfección se ha tornado de cabeza, nunca antes tenía miedo a equivocarme, siempre tenía buenos diseños que estaban perfectos, podría estar ahora dibujando un nuevo vestido que sería para la nueva colección de invierno de forma adelantada, un buen diseñador siempre puede estar adelantado a sus futuros proyectos, pero ahora no. Ahora me siento tan corriente que me asusta el saber lo que me está ocurriendo.

«Tengo que equilibrar mi mente, sanar mi cuerpo, cuando sea posible, iré por Marinette».  

   Un día, mientras estaba revisando algunos mensajes en mi computadora, para mi sorpresa, Sabine había entrado a mi oficina con una caja rosada con un listón azul atado en el centro.

—Mi esposo no sabe que estoy aquí —y dejó la caja en el escritorio. —Marinette desea verlo, pero al no poder salir, lo hará por una vídeo llamada mientras su padre no esté en casa, dejaré que use mi teléfono sin que Tom se entere. Estoy segura que podría mejorar un poco su salud si lo viera al menos.

—Yo también deseo ver a su hija, le agradezco que haga esto por ella.

—Como madre me preocupo por ella, su salud cada vez empeora y yo deseo que se recupere.

   Me daba un vuelco en el estomago el pensar que mi nínfula tenía una salud que se estaba deteriorando. Tal vez conversando con ella pueda hacer que sus fuerzas aumenten tal y como lo piensa Sabine.

 

   Marinette estaba igual de pálida a cuando la vi la última vez entrando a la escuela mientras me encontraba dentro de mi auto, podía notar que se veía más delgada, sus ojos se veían hinchados, debajo de ellos llevaba marcas de no haber dormido bien por días.

—Tienes que recuperarte —le exigía. —Hazlo por mí.

Eso intento, pero nada me cura. 

¿Has comido bien? —por lo menos espero que no esté dejando de comer, podría morir de una inanición.

Simplemente he dejado la mitad de lo que me sirven en el plato y me dan bebidas con proteínas para recuperar fuerzas.

—No decaigas, Marinette, no deseo volver a tener una noticia que no estás en buena salud. 

Ojalá mi padre lograra comprenderlo. Desearía tanto verte, Gabriel... —Podía ver como Marinette estaba al borde del llanto.

   Ella sufre y yo también sufro por verla así.

—Lo sé, también deseo tanto verte, abrazarte y acariciarte.

Así tal vez podría estar mejor.

   Sé que lo estaría.

Te amo.

—También te amo, Marinette.

   Me envío un beso por la pantalla y yo la imité de la misma manera anhelando sentir la suavidad de sus labios junto a los míos. 

   Tenía que hablar con su padre, esa vida no es saludable para ella, temo perderla como perdí a mi esposa. No deseo volver a sufrir la perdida de un ser amado.

Ya debo colgar, mi padre ya vendrá.

   Nuestra conversación terminó dándome una sonrisa antes de acabar la vídeo llamada mientras dejaba mi teléfono sobre mi regazo y observaba mis piernas que se negaban a moverse.

 

      Mientras miraba la ventana en la galería, Booga se quedaba sobre mis piernas dejándose acariciar por mí detrás de sus orejas.

—La extraño mucho. Apuesto a que tú también.

   Un hombre no puede vivir con ésta soledad. Aunque he pasado muchos años antes de que Marinette llegara resguardándome en mi soledad nunca había sentido nada, hasta empezaba a acostumbrarme, pero ahora que ella vino ya no puedo continuar así. Sin ella, me he dado cuenta lo doloroso que es vivir solo. No deseo volver a sentir ese dolor nuevamente, no como a Emilie. 

   Deseo tener a mi nínfula de vuelta.

    Muevo un poco la silla hacia el retrato de mi esposa, sé que ella hubiera querido que fuera feliz. Me vienen a la mente las palabras de Marinette cuando me dijo que mi hijo me necesitaba y asimilo que ella también hubiera deseado eso para nuestro hijo. Ella también hubiera querido que le diera todo mi amor a Adrien, y en cambio, me alejé de él por el dolor de su partida. El dolor se había vuelto temor; acabé por darle a mi hijo un encierro que él no quería, clases privadas bajo mucha vigilancia, sin poder interactuar con ningún otro adolescente hasta que me desafío.

   Por un lado, si nunca hubiera conocido a Marinette jamás hubiera ocurrido esto, no le hubiera traído dolor a su vida, por otro lado, nunca hubiera vuelto a sentir el amor.

—¿Habré hecho lo correcto, Emilie? —mientras miraba el cuadro sentí un profundo dolor en el pecho como si algo me apretara por dentro.

   Booga me maulló para tener mi atención, había dejado de acariciarle y me exigía que volviera a hacerlo.

—Parece que te estoy consintiendo demasiado —y seguí acariciándole detrás de las orejas.

   Hasta que un ruido me quitó de toda su atención.

—¿Adrien? —juraría haberlo visto entrar desde la puerta de la galería.

   Rodé con mi silla de ruedas hacia la puerta pensando que lo vería.

—Adrien.

      Y él estaba allí subiendo las escaleras que llevaban a su habitación, ignorándome por completo.

      ¿Cómo podrá entender mi situación si no se digna a escucharme? 

 

     Despertar todavía se me hacía bastante incomodo, sobre todo porque no podía moverme. Tener que esperar a que Joel aparezca para que me ayuda a transportarme y vestirme es un nuevo cambio de mi rutina, tanto que quisiera volver a mi antigua rutina y poder vestirme apropiadamente, cuidando que mi traje no hubiera ninguna arruga ni tampoco dejar un detalle suelto. Regresar a mi forma impecable y perfecta de vestir. Con Joel, no es igual, aunque no pueda verme al espejo, puedo sentir que aunque sea impecable no puedo arreglarme como lo deseo, me siento como un hombre ordinario que se viste bien y no como el Gabriel Agreste que soy reluciente de perfección.

   Suspiré en cuanto Joel me sacó de mi habitación para llevarme a mi oficina. No puedo dejar de pensar en Marinette, tampoco puedo dejar de pensar en mi hijo. Intenté hablar con él antes de que empezaran sus clases de piano, pero él simplemente se había encerrado antes de que pudiera decirle algo y no me dejaba entrar. Sólo ahí, me di cuenta que pedirle perdón no bastaría para volver a quererme como padre.

    Todo esto me estaba causando una gran ansiedad, por un lado, seguía preocupado por Marinette, tanto que le escribí un mensaje de texto a Sabine para saber como estaba; me había dado su teléfono cuando hice la vídeo llamada con Marinette. Por otro lado, la necesidad de hablar con mi hijo, lo necesito ahora que estoy captando lo lejano que he sido con él. Marinette tenía razón, necesitaba el amor de su padre y nunca se lo pude dar; tal vez ahora ya sea tarde para remendar lo que hice.

   Los quiero a los dos conmigo, pero no sé como equilibrarlo debido a lo complicado que se volvió en cuanto se supo mi relación con Marinette.  

  Por ahora, es imposible hacer entender a Adrien que nunca quise que esto ocurriera así, yo no quise reemplazar a su madre, Emilie siempre será lo que nos une a ambos, Adrien es el fruto de mi amor con ella.

 

—Señor Agreste ¿Está usted bien?

   Nathalie me encontró llorando en la oficina, acabé empapando por accidente el papel donde estaba dibujando un vestido nuevo debido a que me recordaba a Marinette y nuestro momento juntos en la oficina.

—No, Nathalie, no estoy bien. Estoy...¿Cuál es la palabra que busco? Frustrado con todo esto. Marinette, Adrien. ¡Ya no puedo soportarlo!

   Arrojé las cosas del escritorio como lapices y papeles y me agarré con fuerza la nuca.

—Cálmese, señor Agreste —musitó Nathalie agachándose y tomando mis manos con firmeza. — Adrien es joven, tendrá que asimilar tarde o temprano lo que sucedió así haya sido con su mejor amiga. En cuanto a Marinette, tiene que arreglar sus diferencias con el padre si es posible.

—¿Y cómo? La última vez que hablé con él nada salió como esperaba.

—No lo sé señor, pero, hasta los adultos también podemos equivocarnos al pensar que siempre estamos en lo correcto.

—¿Y cómo tú lograste asimilarlo?

—Nunca dejará de  parecerme incorrecto, pero, ¿Quién soy yo para juzgarlo? Soy sólo su asistente.

   Se levantó y empezó a recoger todos los objetos que había lanzado de mi escritorio.

—Te lo agradezco.

—No hay nada que agradecer.

   Y antes de irse de la oficina me dedicó una pequeña sonrisa.