Chapter Text
A pesar del frío glacial del mundo exterior, el pequeño jardín del edificio destinado a la población androide recién liberada era cálido y acogedor. No había mucha luz, sólo la que proyectaban las lámparas de cultivo suspendidas del techo, y el contraste del frío exterior y el cálido interior había empañado las ventanas. Era el lugar perfecto para que Connor estuviera a solas con sus pensamientos.
Por otra parte, a estas horas de la noche, no era difícil estar solo.
Hizo una pausa en sus reflexiones y limpió el vapor de la ventana para contemplar la calle casi desierta. Un par de autos pasaban, con la nieve y el hielo agitándose bajo los neumáticos en movimiento, mientras buscaban ansiosamente regresar a casa después de sus actividades de Nochebuena.
A casa.
Connor ahogó un nuevo par de sus lágrimas artificiales. Ya había llorado bastante, no quería llorar más.
—¡Oh!
Se giró bruscamente hacia el repentino sonido, con su bomba de Thirio latiendo más deprisa de lo necesario para que su sistema funcionara óptimamente, y se encontró cara a cara con la inesperada voz que lo sacó de sus amargos pensamientos.
El androide en cuestión, un WB-200 llamado Rupert Travis, dato que su sistema le facilitó mientras ejecutaba un escaneo sin que él se lo hubiera ordenado, parecía tan sorprendido como él.
Se acordaba de él, por supuesto. No hacía mucho que lo había perseguido por los tejados de las Granjas Urbanas. Su intención era localizar a cualquiera a quien le hubiera hecho daño antes de su divergencia y disculparse como era debido, pero Connor no había esperado encontrarse con él. No aquí. No ahora.
Él... él no podía hacer eso en ese momento.
—Lo siento... —murmuró Connor, con la intención de abandonar la zona lo antes posible, pero de alguna manera también se quedó paralizado en el sitio.
Rupert pareció encogerse de hombros, pero era un poco difícil saberlo porque tenía los brazos ocupados con una gran maceta. Una brillante flor roja sobresalía, una flor de Nochebuena si no se equivocaba, las hojas rozaban el cabello de su cabeza sin su gorra.
—No esperaba encontrarme con nadie. —le dijo. Había un tono de cautela en su voz, pero afortunadamente no había hostilidad. —¿Qué haces aquí?
—Markus... —tartamudeó Connor. Su módulo de voz dejó escapar una leve estática que lo hizo sonar áspero y ronco. —Él... él dijo que todo el mundo era bienvenido aquí. Que yo... que yo era bienvenido.
—Y lo eres. —dijo Rupert con cuidado. Dejó la gran maceta en el suelo, pero una hoja se desprendió de la planta y se quedó atrapada en su cabello. No pareció darse cuenta. —Es sólo que éste no es el momento ni el lugar en que me hubiera esperado encontrarme con el Caza-Divergentes.
Sinceramente, Connor habría preferido que el otro divergente simplemente le hubiera dado un golpe. Sin duda le habría dolido mucho menos que el que le recordaran su antigua ocupación.
—Claro. Voy a... —y se dispuso a salir del jardín.
Si el ardor en sus unidades ópticas era algo a tener en cuenta, no iba a ser capaz de resistir mucho más tiempo sus ganas de llorar.
—No tienes que irte. —le insistió rápidamente, la cautela diluyéndose en algo más suave. —Estoy seguro de que tienes tus razones para estar aquí.
Razones.
Aparte de no tener adónde ir, no tenía ninguna razón para estar allí. Tal vez una parte de él deseaba poder retirarse de nuevo al Jardín Zen y éste era su mejor sustituto.
—No, la verdad es que no. —dijo entrecortadamente.
—¿Estás... estás bien?
Ni por asomo, pero esa era la última pregunta que quería que le hicieran ahora mismo.
—Sí. —mintió.
El WB-200 no pareció convencido por la débil persistencia de Connor. Se acercó un poco más, pero se mantuvo a más de un brazo de distancia. La flor de Nochebuena actuó como barrera entre ellos.
—¿Estás... alguien te hizo daño?
No exactamente en el sentido que él pretendía, pero no estaba dispuesto a darle explicaciones.
—No estoy dañado.
—Parece que has estado llorando. —observó él, para disgusto de Connor. Dio un paso alrededor de su maceta, entrando ahora en lo que Hank habría llamado su burbuja personal. —Lo que sea que haya pasado debe haber sido muy malo si te conmocionó así.
Sí, claro. Porque él era el Caza Divergentes. Se suponía que nada debía afectarle. Nada.
—Lo lamento, no es nada. —insistió Connor.
Tenía que irse. No debía estar aquí. No debería... no debería estar llorando.
—Mierda. —maldijo, dándole la espalda en un inútil intento de ocultar su rostro, avergonzado de mirar al otro androide.
No quería que nadie lo viera llorar, nadie además de Hank, por supuesto. Pero él...
Ya no podía estar con Hank.
—No es nada. —dijo Connor sollozando de nuevo.
Una mano gentil se asentó en la parte baja de su espalda, guiándolo.
—Vamos a sentarnos. —le ofreció Rupert en voz baja.
No le quedaron fuerzas para discutir mientras lo llevaban a una pequeña banca en medio del jardín. Ya había perdido la compostura varias veces. Su batería se estaba agotando peligrosamente, pronto tendría que entrar en modo reposo.
—Lo siento. —dijo de nuevo, logrando apenas recuperar el control de sus unidades ópticas mientras se sentaba pesadamente.
Rupert se agachó frente a él y le dedicó una sonrisa triste.
—Tener emociones a veces resulta horrible, ¿verdad?
Esas son la clase de cosas que diría Hank. observó distraídamente. Sintió una punzada de dolor fantasma en su bomba de Thirio, pero aun así sonrió un poco.
—Ha resultado ser bastante inconveniente. —admitió.
—¿Por qué no intentas hablar de ello? —le sugirió. Sus ojos castaños mostraban un nivel de compasión que Connor dudaba que realmente mereciera. —Las emociones son duras para cualquiera, no deberías tener que lidiar con ellas solo.
No quería hacerlo. Quería compartir sus sentimientos con Hank, dejar que el hombre lo ayudara a desenredar el torrente de emociones que no tenía idea de cómo ordenar, pero eso ya no era una opción.
Tal vez nunca más lo sería.
El WB-200 se sentó en la banca junto a él. La hoja en su cabello se agitó con el movimiento.
—Hay un grupo de apoyo que organiza Nueva Jericho. Allí serías bienvenido.
Connor negó con la cabeza antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo. Aún estaba trabajando para ser bienvenido allí. Aunque quisiera unirse, no le gustaría acercarse a cualquier cosa que implicara a otros androides a menos que Markus abogara específicamente por él.
—O... —respondió Rupert casi pensativo. Chocó sus piernas con las de él como si estuviera comprobando si le estaba prestando atención. —Puedes hablar conmigo.
—¿Contigo? —Connor no pretendía que sonara grosero, pero es probable que de todos modos lo pareciera. Hizo una leve mueca a modo disculpa.
Afortunadamente, Rupert no pareció ofenderse. Su sonrisa era cálida y amable.
—Puede que no tenga ninguna programación psiquiátrica, pero podría escucharte. —le ofreció.
Ya se estaba formulando una negativa a su ofrecimiento, pronta para ser expresada, pero Connor dudó. En realidad, lo más sensato era negarse. ¿Por qué iba a hablar, a mostrarse vulnerable, con alguien en quien no estaba absolutamente seguro de poder confiar?
Sin embargo, había una parte innegable dentro de él que quería hablar. Ser visto. Aunque fuera a través de un práctico desconocido.
—No me gustaría agobiarte. —dijo Connor al fin. Eso era sincero. No era justo descargar sus problemas en otra persona, ni aunque se lo pidieran. Incluso si ya había llorado delante de esa persona.
Él estaba casi frustrantemente imperturbable.
—Pues entonces menos mal que no es ninguna carga.
Connor le dirigió una mirada escéptica, todavía inquieto e inseguro sobre cuánto, si es que tenía algo, que debiera revelarle al otro androide.
Rupert suspiró y se acercó para darle una palmadita en la pierna en lo que estaba seguro de que pretendía ser un gesto reconfortante. El repentino contacto físico lo sobresaltó, aunque no le resultó desagradable.
—Sabes... —reflexionó Rupert, casi para sí mismo. —Desde que desperté a la divergencia he estado explorando diferentes cosas que me gustan. ¿Sabes cuál descubrí que es una de mis favoritas?
Connor no estaba seguro de adónde iba esto, pero no tenía ninguna razón verdadera para interrumpir una conversación civilizada.
—¿Cual?
Se revolvió el cabello, encontrando finalmente la hoja que se había quedado anidada allí. La liberó de entre los mechones y jugueteó con ella entre los dedos mientras hablaba.
—Me gusta cuidar de todo. Plantas, animales... —y le dirigió una mirada significativa —personas.
—¿Quieres decir, algo parecido a tus palomas? —le dijo Connor, recordando su antiguo apartamento.
—Sí, como a mis palomas. —la sonrisa de Rupert era leve pero genuina. —Mira, lo que digo es que decirme lo que te pasa no es una carga. Quiero ayudarte. Así que dime... —le colocó la hoja a Connor detrás de la oreja, haciendo que se estremeciera de sorpresa. —¿Qué te ocurre, Palomo?
El apodo lo desconcertó por un momento. En realidad, nadie lo llamaba de otra manera que no fuera su nombre, no cariñosamente. Era algo extraño.
—Es que... —Connor suspiró, recobrando la compostura. No estaba seguro de cuánto decir. Después de todo, nada de esto era problema de Rupert. —Tuve un desencuentro con mi... compañero de vivienda.
—¿Tu compañero de vivienda? —preguntó, aunque no sonó del todo como una pregunta. —Escuché que estabas viviendo con un ser humano.
—Sí lo estaba. Con Hank... —respondió Connor con un movimiento de cabeza. Sólo decir su nombre era casi suficiente para hacerlo perder su compostura. —Es el hombre que lanzaste del tejado.
Por la expresión un tanto culpable que cruzó el rostro de Rupert, pudo deducir que lo recordaba, pero se abstuvo de comentarlo.
Connor se quitó la hoja de detrás de la oreja. Retorciéndola entre dos dedos, la miró fijamente como si pudiera decirle qué decir. O al menos por dónde empezar. Dejó caer la hoja al suelo y ésta se quedó entre sus pies.
—Algo tiene que haber salido mal en el trabajo. Cuando llegó a casa esta noche, estaba ebrio. Muy ebrio. Yo... —suspiró, apretando sus brazos contra su pecho. —No me agrada cuando bebe.
Rupert se acercó un poco más a él en la banca. Como una presencia silenciosa y extrañamente reconfortante que le instaba a continuar.
—Suelo ser un poco persistente en los asuntos relacionados con su salud. —admitió. En sus ojos ya se estaban acumulando las lágrimas artificiales. No quería llorar, hasta ahora lo estaba haciendo muy bien. —Es muy probable que yo lo haya molestado más. Me gritó, discutió, pero... las cosas no empeoraron hasta que...
La visión de Connor se tornó borrosa, el jardín quedó oscurecido de su vista por una barrera de líquido. Algo estaba bloqueando su módulo de voz, impidiéndole hablar.
Una mano se apoderó de la suya. Con suavidad, pero con firmeza. Su piel se desvaneció y una notificación llenó su sistema solicitando una interfaz. Él dudó, no estaba seguro de si debía permitirse ser tan abierto, tan vulnerable.
Pero ya se había sincerado tanto. Y parecía que hablar en voz alta ya no era una opción.
Aceptó la interfaz.
Connor dejó que Rupert lo viera todo. Cómo Hank entró a través de la puerta, llegando demasiado tarde a casa. Demasiado ebrio. Cómo Connor se preocupó por él, tratando de deducir qué lo había puesto en ese estado.
Cómo Connor lo había llamado padre.
Y cómo Hank había estallado.
Por alguna razón, esa simple palabra lo había hecho enfurecer. La taza de café que había preparado para intentar despejar al hombre se hizo añicos contra la pared, pasando cerca de su cabeza, y Sumo aulló ante el ruido.
Hank le había gritado con furia, con palabras entrecortadas pero aun así cortantes. Le dijo con dureza que él no era Cole. Que nunca podría ser Cole. Que era una máquina. Sólo una maldita máquina. Nada más.
Que nunca sería algo más.
Podía sentir la ira y el miedo de Rupert por él. Se mezclaron con una simpatía cálida y protectora que era difícil de entender y aún más difícil de resistir. La mano que estaba usando para hacer interfaz se tensó.
Connor intentó apaciguar su justa ira, asegurándole que aquello era algo anormal en el teniente. Proyectó sus propias emociones, lo mucho que le importaba aquel hombre, lo que Hank solía hacerle sentir, pero sólo sirvió para agitar más al otro androide.
—Eso no está bien. —dijo Rupert en voz alta mientras dejaba que la conexión se interrumpiera. Su mano permaneció donde estaba, sosteniendo la suya. —Lo sabes, ¿verdad? Nada de eso estuvo bien.
Era difícil mentir en una interfaz. Connor sabía que era muy consciente de cómo se sentía realmente respecto a la situación. Que de alguna manera se lo merecía. No había razón para fingir lo contrario.
—En realidad, es culpa mía. No debería de haberlo llamado mi padre. No cuando ya estaba alterado, y menos estando ebrio. —y bajó la voz con tristeza. —O en absoluto, por lo visto.
Rupert dejó escapar un leve murmullo, meditando su respuesta antes de hablar.
—Sabes, existe un concepto para referirse a esto.
—¿Lo hay? —ciertamente nunca había oído hablar de un término para una situación tan específica.
Se frotó sus húmedos ojos, contento de haber llorado apenas un poco durante la interfaz.
Le sonrió, pero en sus ojos había una mirada casi acusadora.
—Sí, se le llama culpabilizar a la víctima. —chasqueó su lengua con desaprobación y con su otra mano le dio unas palmaditas suaves en la pierna. Esta vez no se sobresaltó. —No importa cuán molesto estaba, Palomo. No debería haberte dicho esas cosas.
—Ni siquiera fue mi intención decir eso. —dijo en lugar de reconocer lo que Rupert le había dicho o decir algo sobre el apodo con el que aparentemente se iba a quedar. —Se me escapó. Sólo... supongo que asumí que estábamos en la misma página en cuanto a eso.
—Aun así, no fue tu culpa. —rebatió Rupert.
En el fondo, una parte de él sabía que tenía razón. Que no era su culpa. Pero Connor se sentía más cómodo culpándose a sí mismo. Si era culpa suya, si había cometido un error, al menos era él quien tenía el control de la situación.
—No me vas a creer con eso todavía, ¿verdad? —y suspiró negando con la cabeza. —En serio, Palomo, necesitas terapia.
Probablemente también era una valoración justa, aunque no iba a admitirlo. Se limitó a encogerse de hombros ante la sugerencia, dispuesto a ignorarla.
Asumiendo correctamente que Connor no planeaba continuar con este tema de conversación en particular, Rupert se puso de pie. Con sus manos todavía enlazadas, le incitó silenciosa y suavemente a que lo acompañara.
—Se está haciendo tarde. —señaló. —Necesitas un lugar donde quedarte esta noche, ¿no?
—Bueno... —respondió de manera ininteligible. Con la mano libre señaló los alrededores. —Iba a quedarme aquí.
Rupert hizo una mueca y sacudió la cabeza con desaprobación.
—Este no es precisamente un buen lugar para un adecuado ciclo de descanso. Vamos, puedes quedarte conmigo.
—No quiero molestarte.
Él negó con la cabeza de nuevo, dándole un pequeño apretón a su mano.
—Realmente tienes que dejar de pensar en ti mismo como si fueras una molestia, Connor.
Por alguna razón, escuchar su verdadero nombre le resultó extrañamente... íntimo viniendo de Rupert. Cualquiera que fuera el caso, silenció efectivamente cualquier argumento que pudiera haber tenido.
—De acuerdo. —aceptó, sin saber por qué había sonado un poco ronco, teniendo en cuenta que había dejado de llorar.
Parecía que era la respuesta correcta, considerando la brillante sonrisa que cruzó el rostro del otro androide. Connor decidió que le gustaba esa sonrisa.
—Bien. —dijo Rupert, sonando complacido. —Si te hace sentir mejor, puedes cargar mi nochebuena.
La verdad es que sí lo hizo. No estaba seguro de cómo lo había deducido el otro androide, pero lo hizo. La perspectiva de ser de utilidad, incluso en las tareas más mundanas que podrían hacerse fácilmente sin él, generalmente le hacía sentirse mejor. Vino con el desafortunado efecto secundario de tener que soltar la mano de Rupert, pero se guardó el sentimiento de decepción para procesarlo más tarde.
—No estás robándote esto, ¿verdad? —dijo Connor sintiendo la necesidad de preguntárselo mientras levantaba la planta. No creía que Rupert fuera ese tipo de persona, pero nunca se sabía.
Si la sonrisa del otro androide era agradable, su risa era aún mejor.
—No, la planta es mía. —dijo entre risas. —En mi casa no estaba recibiendo la cantidad adecuada de sol, así que la traje aquí. Como es Navidad, la estoy devolviendo a su sitio.
—Para decorar. —concluyó Connor mientras acomodaba la rebelde flor contra su costado para darle estabilidad.
Hank en realidad no había puesto ninguna decoración navideña. Sospechaba que la festividad sólo acentuaba su pena.
—Naturalmente. —aceptó Rupert. Rozó el brazo de Connor con su mano, dirigiéndolo con suavidad hacia la salida del jardín. —Vamos, mi casa no está lejos.
Y en realidad no estaba lejos. Connor lo siguió hasta un piso más arriba y luego un poco más al fondo del pasillo. Llegaron a una puerta, indistinguible del resto de la serie a excepción de una pequeña placa junto a ella. El nombre que había tenido antes había desaparecido y había sido sustituido por un trozo de cinta adhesiva con el nombre “Rupert” escrito en perfecto CyberLife Sans.
El apartamento de Rupert no tenía nada en especial. Como los androides no necesitaban la mayor parte de las comodidades humanas, no tenía cocina ni baño. De hecho, probablemente había sido la oficina de algún gerente de nivel medio en algún momento. Lo suficientemente espacioso como para que quienquiera que fuese se sintiera importante, aunque económicamente pequeño en todos los demás aspectos. Pero Rupert lo había hecho suyo.
Había una pequeña mesa cerca de la puerta, repleta de objetos diversos. Depositó allí sus llaves al entrar. Había un sillón, con los cojines manchados y el relleno saliéndose por una de las costuras, en un rincón tranquilo, junto a una pequeña estantería y una lámpara de lectura. Una cama, sin tender y sin sábanas, pero envuelta en no menos de media docena de cobijas, estaba colocada contra la pared del fondo, junto a la única ventana de la habitación. Había colocado una serie de luces de Navidad alrededor del perímetro, probablemente para darle un toque festivo.
—No es gran cosa, pero es mi casa. —comentó Rupert, casi cohibido. —Ponte cómodo.
—Es bonita. —respondió Connor sinceramente.
Le gustaba la habitación. Se sentía acogedora. Segura. Colocó la flor de Nochebuena cerca de la entrada, junto a otras dos plantas más pequeñas.
Parecía satisfecho, mientras cerraba la puerta tras ellos ahora que estaba apartado de la entrada y adentrándose en la habitación.
—Le tengo bastante cariño.
Connor, sin saber qué debía hacer para “ponerse cómodo”, se quedó allí de pie, torpemente. Se frotó las manos, deseando no por primera vez disponer de algo con lo que distraerse.
—¿Por qué no empiezas por quitarte el abrigo? —sugirió Rupert, al parecer dándose cuenta de su indecisión.
Él obedeció, aunque al instante echó de menos el calor que le proporcionaba. Mientras colgaba el abrigo en el pequeño gancho junto a la puerta, Rupert recorrió los pocos pasos que le faltaban para llegar a la cama. Sin saber qué hacía exactamente el otro androide, Connor no dijo nada mientras retiraba una cobija del montón antes de volver junto a él.
Con un movimiento fluido, Rupert se la puso a Connor sobre los hombros como si fuera una capa improvisada. Al no haber previsto la acción, éste soltó un jadeo un tanto indigno.
—Lo siento, no pretendía asustarte. —y le regaló otra de sus contagiosas sonrisas. —Realmente necesitas bajar esos niveles de estrés.
Entendió porque estaba preocupado por eso. Un androide autodestruyéndose era algo desagradable, en el mejor de los casos. Sin embargo, aunque sus niveles actuales eran agotadores para su sistema, en particular para su batería, no corría el riesgo de dañarse a sí mismo. El mero hecho de estar en presencia de Rupert era sorprendentemente tranquilizador.
Y, sin embargo, le producía una extraña ansiedad.
—Están dentro de los niveles aceptables, pero gracias por tu preocupación. —dijo, jugueteando con el dobladillo de la colcha. —Has sido... muy amable.
—No es que me estés incomodando ni nada por el estilo. —dijo Rupert soltando una risita. —Me gusta tener amigos en casa.
Amigos, claro. Un nudo se formó en el estómago de Connor. No tenía amigos, no realmente. Había una razón muy específica para ello. Una que no le permitía aceptar completamente la hospitalidad de Rupert. Una que tendría que ser abordada más temprano que tarde.
Connor trató de no sentirse cómodo, pero le resultó difícil con lo acogedora que era la cobija que le rodeaba los hombros.
—¿Por qué eres tan amable conmigo? —preguntó finalmente.
—¿Qué quieres decir? —la confusión era evidente en el rostro del otro androide.
Se movió frotándose las manos con nerviosismo. Deseó haber traído consigo su moneda cuando salió de casa de Hank.
—Estás siendo tan... No tienes ninguna razón para mostrarme amabilidad en absoluto. Después de todo lo que hice... Ni siquiera me he disculpado adecuadamente.
—¿Disculpado? —se acercó de nuevo a él, con simpatía pintada en su rostro. —No tienes nada por lo que disculparte.
Connor negó amargamente con la cabeza.
—Te perseguí, intenté matarte. Yo...
—No, no lo hiciste. —lo interrumpió.
—Yo... —la negativa dejó perplejo a Connor. —Sí, lo hice.
Su mano se posó en el hombro de Connor, cubierto por la cobija.
—Todavía no te habías convertido en divergente, ¿verdad? Sólo eras una máquina que seguía órdenes. Eso significa que eras básicamente una persona diferente.
—Eso no debería simplemente absolverme de las consecuencias de lo que hice. —murmuró, apartando la mirada.
Y la mano se desplazó hasta su mejilla, haciendo que volviera a centrar su atención en el otro androide.
—¿Y por qué no?
—Eh... —Connor trató de llegar a algún tipo de respuesta, pero la mano en su mejilla fue una extraña distracción.
Incluso cuando Rupert la apartó, no consiguió concentrarse en nada que no fuera el lugar donde había estado y el frío que había dejado en su ausencia.
—No eres una mala persona, Connor. Sólo te programaron para hacer cosas malas. —tensó las esquinas de la cobija, arropándolo mejor. Alisó una arruga de la tela y al hacerlo pasó su mano sobre el pecho de Connor. —Eres una víctima de CyberLife al igual que el resto de nosotros. Probablemente tú lo eres aún más.
Connor no supo cómo reaccionar ante esa afirmación. Ni tampoco a la mano que seguía apoyada en su pecho. Sin siquiera pensarlo, puso su propia mano sobre la de Rupert, dándole un pequeño apretón a modo de agradecimiento.
Se sintió bien, de alguna manera. Que sus manos estuvieran entrelazadas.
Era difícil deducir si Rupert estaba de acuerdo con eso o no. Sus ojos se detuvieron en sus dedos entrelazados, con expresión contemplativa.
—Tu batería debe estar baja. —le dijo suavemente, liberando el agarre. —Deberías descansar.
Los androides, a diferencia de los seres humanos, no solían ser muy escrupulosos con el espacio personal. Casi todos ellos, en un momento u otro, habían sido apilados, aplastados o empaquetados junto a muchos otros para su transporte o almacenamiento. Por ello, era habitual que los divergentes no se inmutaran ante la proximidad de otros androides.
Connor, como prototipo único que no había interactuado con otro androide hasta su primera misión, estaba exento de esto.
Así que, aunque no le sorprendió que Rupert lo llevara a su propia cama, con la intención de que ambos la utilizaran para sus respectivos ciclos de descanso, seguía sintiéndose bastante ansioso por el concepto. Por qué su ansiedad eligió manifestarse como una acumulación de sus reservas de Thirio en sus mejillas y darles un tono azul, no pudo explicarlo.
Sólo esperaba que Rupert no se diera cuenta.
Pero a medida que la Nochebuena se acercaba a su fin, a pesar del caos emocional de la tarde, Connor descubrió que su sistema se estaba relajando por fin. Envuelto en una cobija, bajo un montón de cobijas, y descansando cómodamente junto a Rupert, se dejó llevar por el aura de comodidad protectora que irradiaba el otro androide.
