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Acababan de ganar la bendita Copa del Mundo, y todo el equipo estaba con un subidón de azúcar y adrenalina que parecía no tener fin. Desde que se subieron a un micro que los llevó a recorrer las calles de Doha, hasta que abordaron el avión y, ahora otra vez, en un micro rumbo al predio, todo era un borrón de alegría y griteríos que no lograban procesar de ninguna manera. Todo pasaba tan rápido que apenas llegaban a notar la mayoría de las cosas que sucedían a su alrededor. Honestamente, Pablo no recordaba haber reconocido la cara de la mitad de las personas que los esperaban en Ezeiza.
Y la gente… Por Dios, la gente era muchísima, y estaba tanto o más eufórica que ellos.
Sin embargo, también había algo más, al menos en el caso del cordobés. Otra persona robaba demasiada de su atención.
El calor de la creciente multitud no era nada comparado con el calor que sentía Pablo cuando Lionel se inclinaba hacia él. Estaban en lo alto del micro, rodeados de gritos, música y banderas, pero lo único que podía escuchar era su respiración. Y lo único que podía ver eran esos ojos oscuros que parecían escanearlo.
Ese hijo de su madre… se ponía tan… “toquetón”. Siempre lo era, pero cuando estaba alegre, era todavía peor. Pablo siempre fue malísimo para simular que le daba igual. Actuar como si fuera lo mismo que lo abrazara Walter o Matías, a que lo hiciera Leo, era una tarea imposible. Porque la realidad era que nadie le provocaba lo que Lionel le provocaba.
Y era todo un tema, porque había momentos en que parecía que estaban a punto de equivocarse. Demasiado. Pero siempre lograban evitarlo. Ahora, con la dosis extra de euforia y el efecto del alcohol que comenzaba a hacer mella, parecía una receta para el desastre.
Había algo de todo eso rondando su conciencia, pero la realidad era que apenas si lo escuchaba realmente. En ese momento, estaba obnubilado.
Lionel sonreía. Esa sonrisa pícara lo hacía parecer mucho más joven. Por momentos, era casi como si hubieran vuelto en el tiempo y estuvieran festejando una copa del mundo, pero como jugadores de la Sub-20.
El morocho brillaba. Estaba alegre, tan jodidamente alegre que Pablo quedaba honestamente embobado viéndolo de a ratos.
Entre saltitos, cánticos y sonrisas, el santafesino encontró el momento de hablarle. Se acercó más, lo justo para que nadie escuchara lo que iba a decir.
—Estás lindo cuando estás alegre, ¿sabías? —le susurró.
Pablo sintió que el aire se le escapaba. Intentó disimular la sonrisa que quería salirle, pero fracasó. Lo miró de reojo, apenas conteniendo su risa y su sonrojo, mientras la caravana seguía avanzando entre aplausos y cánticos.
Este tipo… dijo exactamente lo que yo estaba pensando de él.
—¿Qué decís? —respondió, tratando de sonar casual.
Lionel no se echó atrás. Al contrario, se inclinó aún más cerca, tanto que su aliento rozaba la piel detrás de la oreja. Lo suficiente como para que se le erizara la nuca.
—Que estás lindo —repitió Lionel, pero su voz bajó de tono, volviéndose casi ronca—. Pero no es todo lo que tengo ganas de decirte.
Pablo tragó saliva, tratando de centrarse en los miles de personas que los miraban desde abajo. Los flashes de las cámaras, los gritos, el murmullo ensordecedor del público… todo debería ser suficiente para distraerlo, pero no funcionó. Nada funcionaba cuando Lionel estaba tan cerca.
Sentía el calor de su aliento en la oreja, y eso lo desarmaba de formas que no quería admitir.
Se obligó a aferrarse con fuerza al borde del micro, apretándolo casi hasta lastimarse, como si eso pudiera mantenerlo anclado a la realidad. ¿Cómo había llegado a esto? ¿En qué momento había permitido que las palabras de Lionel lo alcanzaran a ese nivel?
—¿Qué más? —se escuchó preguntar, inconscientemente, incapaz de resistir la curiosidad, a pesar de saber que posiblemente esto era un error.
Puta madre. ¿Qué carajo estoy haciendo?
¿Por qué no podía dejarlo ahí, sin más? Debería haberle respondido algo cortante, algo que lo hiciera retroceder. O mejor aún, debería haber ignorado el comentario, como si no hubiera pasado nada. Pero no. En lugar de eso, le daba pie. Le estaba abriendo la puerta de par en par para que siguiera.
Lionel seguía respirando cerca de su oído y... Se dió cuenta de que a veces lo odiaba. Lo odiaba por saber exactamente cómo desarmarlo, cómo encontrar esas fisuras que Pablo intentaba sellar desde hacía tiempo. Pero, sobre todo, se odiaba a sí mismo por permitirlo, y por querer más…
Lionel sonrió contra su oído, y esa maldita sonrisa fue como un golpe directo al pecho. Podía sentirla, aunque no la viera. Podía imaginarla, y eso lo hacía aún peor.
Todo era peor porque entendía perfectamente el porqué de esa sonrisa descarada, porque lo había conseguido: había logrado desarmarlo una vez más, y ya hasta era gracioso lo poco que le costaba hacerlo. Estaban literalmente rodeados de personas y, aun así, lo conseguía.
—Que no veo la hora de llegar al predio...
Finalmente habló. Pablo se tensó un poco, y Lionel lo notó. Se permitió un segundo más de silencio, en el que el de rulos solo abrió los ojos de par en par, asintiendo levemente con la cabeza, esperando que el morocho dijera más.
—Porque apenas lleguemos... —continuó, su voz bajando aún más, como si estuviera compartiendo el secreto más importante del mundo— voy a encerrarte en el cuarto.
Pablo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Quiso decir algo, cualquier cosa, pero su boca no obedecía, y solo podía seguir asintiendo.
Sí. Por favor, sí.
Lionel no dejó de hablar.
—Te voy a sacar esa camiseta que llevás puesta, te voy a besar por todos lados. No podés estar tan lindo, Pablo...
Una serie de vuvuzelas resonó bien alto desde algún lado de la caravana, pero Pablo apenas lo registró. Sentía el mundo volverse borroso mientras Lionel seguía hablando, su voz un susurro íntimo que lo envolvía.
—Y después...
Lionel finalmente se apartó un poco, lo justo para mirarlo a los ojos, con una intensidad que hizo que Pablo se olvidara de cómo respirar.
—Bueno, después vamos a ver si seguís tan callado como estás ahora.
Qué... Mierda.
Pablo respiró hondo, intentando mantener la compostura mientras miles de personas los miraban desde abajo. El corazón le latía tan rápido que temía que alguien más pudiera escuchar cómo su compañero le decía que más tarde lo iba a hacer gritar... Todo era demasiado irreal.
—¿Podés comportarte un poco? —le murmuró, sin mirarlo, y apretando aún más el borde, porque sabía que si lo miraba, perdería lo poco que quedaba de su autocontrol.
Lionel fingió inocencia, acomodándose como si la conversación no fuera lo bastante peligrosa. Pero lejos de acobardarse, se acercó de nuevo y, sin dejar de sonreír, dijo:
—¿Por qué? Si nadie nos está escuchando.
El tono de su voz era demasiado ligero, como si realmente creyera que Pablo podía resistirse a ese juego. Quizá Lionel apenas entendía del todo lo que hacía, o quizás sí y lo estaba haciendo a propósito. Pablo no sabía cuál opción podía ser peor...
La sonrisa ladeada de Lionel estaba ahí otra vez, pero había algo más en su mirada. Algo que decía que estaba disfrutando viéndolo debatirse entre su nerviosismo y su curiosidad.
Al carajo, hoy vale todo.
—¿Qué más? —preguntó el de rulos, demasiado ansioso por escuchar más.
Lionel levantó una ceja, y por un segundo pareció que iba a reírse. Pero, en lugar de eso, se inclinó de nuevo, sus labios casi tocando su oído.
—¿Ves cómo están besando la copa? —continuó, como si fuera la cosa más obvia del mundo, señalando apenas a sus entrenados—. Así me vas a besar la pija
Pablo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Podía sentir las miradas de sus compañeros cerca, podía escuchar a la gente gritando y cantando, pero nada de eso importaba ahora.
—Leo... —intentó advertir, pero su voz salió temblorosa, lo que solo hizo que la sonrisa de Lionel se ensanchara.
—¿Qué? —preguntó con una suavidad que casi parecía tierna, pero había algo debajo; siempre era así—. ¿Querés que pare?
Pablo apretó la baranda del micro, más fuerte de lo necesario. Por supuesto que no quería que parara. Por más nervioso que estuviera, por más que supiera que esto era peligroso, había algo en cómo Lionel le hablaba que lo hacía sentir... vivo. Y claramente le encantaba.
—No dije eso —murmuró. Apenas terminó de decirlo, supo que estaba perdido.
Lionel soltó una risa baja, de esas que parecían resonar en su pecho antes de salir.
—Eso pensé.
Pablo cerró los ojos por un momento, como si eso pudiera protegerlo de lo que venía. No funcionó.
—Ya vas a ver. Voy a hacer que te replantees lo que es estar cansado. Te lo prometo —continuó Lionel, su voz tan baja que parecía un secreto compartido solo entre ellos—. Te voy a hacer pelota.
Pablo sintió que su respiración se volvía más pesada, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso. Quería responder, quería decirle algo que lo igualara, pero las palabras no le salían.
" ¿Ah sí?"
Apenas alcanzó a decir.. pero era más bien un susurro que ya ni eran por estar nervioso, eran porque honestamente quería darlo vuelta y comerle esa boca y borrarle esa sonrisa desvergonzada En ese preciso momento, Leo sonriendo contra su oído no lo ayudaban para nada...
— Hay algo más que podés levantar además de la copa... y creo que te va a gustar bastante
Hijo de.
Lionel se apartó, apenas un poco, y le dio un vistazo rápido mordiéndose el labio antes de volver a mirar a la multitud. Ambos volvieron a saludar a la gente, tratando de simular normalidad y rompiendo la breve burbuja que habían formado.
—Mañana va a ser un día largo. Espero que te puedas mantener en pie —retrucó Pablo.
Lionel levantó ambas cejas, las palabras de Pablo lo tomaron por completa sorpresa.
—¿Qué...? —Se rió—. ¿Decís que no voy a poder manejarte, Pablito? ¿Tan...?
—No tenés idea —lo interrumpió, acercándose a su oído, sonriendo.
De golpe, todo el canchereo de Lionel se hizo pedazos. Pablo le estaba hablando en serio. El Santafesino Sabía bien cuando lo hacía, Tragó saliva.
Lionel finalmente soltó una risa corta, como si no pudiera creérselo. Pero algo en los ojos de Pablo, en la calma peligrosa que irradiaba, lo hizo reconsiderar.
—¿Sabés qué? —dijo Lionel en un tono apenas audible, levantando los hombros—. Ya estoy rendido.
Pablo giró hacia él, sorprendido por la sinceridad repentina. Lionel desvió la mirada hacia la multitud y, con un movimiento casual, se rascó la nuca, como si quisiera restarle importancia a lo que acababa de decir.
—Rendirse no es lo tuyo, Leo —le respondió Pablo, bajando el tono para que nadie más pudiera escucharlos.
Lionel volvió a mirarlo, esta vez sin la máscara de arrogancia. Había algo en su expresión que parecía agradecer esas palabras.
—Entonces, supongo que estoy en tus manos.
Pablo sonrió, y por primera vez en toda la conversación, su mirada dejó entrever algo dulce, casi tierno. Estaba a gusto, con esa familiaridad y confianza que solo pocas personas lograban conseguir de él...
—Siempre lo estuviste —dijo, pero apenas si había algo arrogante en sus palabras. Eran tan dulces que Lionel abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atrapadas.
Optó por sonreír, un gesto pequeño pero genuino, y volvió a saludar al público junto a Pablo. Ambos sabían que la conversación no estaba terminada. No del todo.
Mañana, pensaron al unísono, sería un día largo. Y, de alguna forma, no podían esperar a que llegara.
Ya habían ganado en todos los Jodidos sentidos de la palabra.
❤️
