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Summary:

El omega que no quería amar, se enamoró de aquel León
El león que no quería dañar, inevitablemente dañó.

Chapter 1: No te rindas, nunca.

Chapter Text

Miraba los autos pasar uno tras otros, una sonrisa se formó en sus labios cuando vio un pequeño adelantamiento y es que ver a Toño y Pao manejar de esa manera, era lo que más le llamaba la atención. Quería conducir, de verdad que quería hacerlo.

—¿Qué tanto ves, Chequito? —Murmuró Marilú a su lado, su mamá siempre atenta a lo que le gustaba—

—Toño y Pao —Murmuró en su tono de voz infantil. —

Sergio iba a recordar siempre la primera vez que fue con sus hermanos a los karting, el todavía no podía conducir así que solo pudo subirse Pao y Toño. Pero, esa su primera vez, le marcaría de por vida. A los tres años de edad supo que quería manejar, supo que quería hacer karting, supo a dónde quería llegar.

El rugir de los motores, el viento fresco que le acariciaba la cara y la sensación de velocidad en el aire lo envolvían de una manera que no podía describir, solo sentir. A pesar de estar tan pequeño, el deseo de estar al volante lo consumía. Aquella pista, con sus curvas y rectas, le parecía un mundo entero.

Marilú lo miraba con cierta ternura, siempre tan atento, tan entusiasta. "No hace más que soñar con conducir", pensaba, pero lo conocía bien. Desde que era un niño, su hijo siempre había tenido ese brillo en los ojos cuando se trataba de algo que realmente le apasionaba.

—¿Te gustaría estar allí, en uno de esos autos? —le preguntó Marilú con una sonrisa.

Sergio asintió rápidamente, su cara iluminada por la idea. Sabía que ese momento tarde o temprano llegaría. Cada vez que veía a Toño y Pao maniobrar con destreza, el deseo en su pecho crecía, un fuego que no se apagaba.

—Cuando sea grande, voy a correr con ellos —dijo con firmeza, aunque todavía no entendía bien todo lo que implicaba.

Marilú no pudo evitar reír, un sonido suave, lleno de cariño. —Lo sé, hijo, lo sé. Pero tienes que esperar un poco más para eso.

Sergio miró el horizonte, observando los autos que seguían su ruta sobre el asfalto, cada uno avanzando a su ritmo, cada uno con una historia diferente. No necesitaba ser grande para entender que, algún día, él también sería parte de esa historia.

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Gruñó en voz bajita cuando bajó de su auto, vio a su hermano sacándose el casco y acercándose a él.

—No te enojes, Sergio, sabes que esto es así.

—¡Fue injusto! Tenías mejores ruedas que yo —Susurró. Toño se encogió de hombros mientras pasaba una mano por el cabello castaño de su hermanito—

—La vida es a veces así, además sabes que los papás pueden darnos a medida que podamos.

Toño se alejó mientras él se quedaba allí parado, soltó nuevamente un suspiro para sacarse el casco, había quedado en segundo lugar en aquella competencia y fue porque Toño tenía mejores neumáticos que él, agradecía de sobremanera que su hermano el próximo año se iba a Estados Unidos a otras competencias, porque entonces -ahora sí- podía ganar carreras. Hizo una mueca en sus labios, si lo pensaba bien no quería que Toño se fuese, lo iba a extrañar además que entonces, ya no tendría tanto dinero para ruedas nuevas -aunque fuese una vez por semestre- se tendría que conformar con las que tenía y sacarle el máximo de provecho.

—¡Sergio, apresura, recuerda que mañana tienes colegio, debemos irnos ya!

Su sonrisa se borró de su rostro al escuchar el grito de su padre. Odiaba la escuela, el solo quería ser piloto.

—Sí, papá.

Otra noche divertida de domingo viajando para llegar en la madrugada a su hogar, bañarse e irse a la escuela ¡Qué emoción! Eso era sarcasmo puro.

Sergio miró a Toño alejarse, su hermano mayor ya tan acostumbrado a las competiciones, siempre con esa calma que a él le faltaba. Respiró hondo, su mirada se fijó en las ruedas desgastadas de su kart. Sentía que no era justo, pero sabía que el dinero y los recursos limitados nunca lo dejarían llegar tan lejos como quería. Por un momento, pensó en escapar de todo eso, en dejar de estudiar, en ser solo un piloto.

Alzó la vista hacia el horizonte mientras las luces del taller parpadeaban a lo lejos. Sus pensamientos se disolvieron cuando vio a su padre aparecer entre las sombras, caminando rápido hacia él.

—¡Sergio! ¡Vamos, que se nos hace tarde, chamaco! —El tono de su padre le hizo saltar en el lugar que estaba. —

—Sí, papá... —respondió, con la resignación marcando su voz.

Se metió en el coche, sintiendo la incomodidad del asiento, el constante recordatorio de que su vida no giraba alrededor de lo que más amaba. Mañana sería otro día de clases aburridas, de tareas, de reproches sobre sus calificaciones. Pero en su interior, algo seguía ardiendo: el sueño de ser piloto. Ese sueño que sabía, de alguna forma, lo impulsaría a seguir adelante, a pesar de las adversidades.

—La escuela es temporal —se dijo a sí mismo mientras observaba cómo la carretera se extendía ante él. El futuro era otro asunto.

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Abrió los ojos cuando el auto se estacionó, miró a su alrededor para darse cuenta que se encontraba en el estacionamiento nuevamente de aquel karting en la ciudad de México, la competencia de Shifter 125 c.c estaba llegando a su final y solo faltaba esa carrera para coronarse campeón con solo 10 años de edad compitiendo con compañeros que tenían sobre 13 años de edad, era el más joven y lo sabía. Sin embargo, eso no lo atemorizaba.

—Venga hijo, toma este tecito que mando tu mamá y comete estas tortitas ahogadas, andele hijo, despierta.

Se acomodó en el asiento mientras intentaba que sus músculos despertasen, tomó el vaso con cuidado que le entregaba su papá Antonio mientras miraba por la ventana aquel amanecer.

El frío de la madrugada calaba en sus huesos, pero algo dentro de él lo mantenía firme. El ruido de los motores ya comenzaba a escucharse a lo lejos, los entrenamientos se intensificaban y la adrenalina comenzaba a elevarse en el aire. Sergio apretó los dedos alrededor del vaso caliente que su papá le había dado, el vapor del té le acariciaba la cara, pero su mente ya estaba en otro lugar, en la pista.

A pesar de ser el más joven de todos, no sentía miedo. A esa edad, el miedo aún no tenía cabida en su corazón, o quizás lo había aprendido a dominar con el paso de los años. Competir con chicos de 13 años no era fácil, pero se había entrenado para eso. Había trabajado duro, practicado cada curva, cada aceleración, cada frenada. Su mente estaba fija en el objetivo, en ese primer lugar que siempre parecía tan lejano, pero que estaba tan cerca. Solo un par de vueltas más, solo una carrera más, y todo el esfuerzo tendría sentido.

—Gracias, pa’ —dijo mientras daba un pequeño sorbo al té. No le gustaba mucho, pero lo bebió por el cariño que su mamá había puesto en prepararlo. Ella siempre estaba pendiente, siempre apoyando sus sueños.

Miró hacia el campo de karting a través de la ventana. El sol ya empezaba a elevarse, iluminando las lonas y el polvo que flotaba en el aire. Su kart estaba ahí, listo, con su número 11 bien visible. No importaba cuántos competidores había, ni cuán mayores fueran, para Sergio solo había una meta: ganar. Y no lo haría solo por él, sino por todos los sacrificios que su familia había hecho para que pudiera estar allí, compitiendo en una categoría donde muchos pensaban que era solo un niño.

—¿Listo para darlo todo? —preguntó su papá, con una sonrisa confiada.

Sergio asintió sin decir una palabra, pero su mirada lo decía todo. Estaba más que listo. Tomó una última bocanada de aire fresco, se estiró con fuerza. Sentía la energía recorriéndole el cuerpo, los nervios a flor de piel, pero estaba preparado.

—Vamos, hijo, te espero en la línea —dijo su papá, dándole una palmadita en la espalda.

Sergio asintió, bajo del auto y caminó hacia la pista, con cada paso sintiendo el peso de lo que estaba por venir. Sabía que sería una competencia dura, pero también sabía que esta carrera era solo una más en su camino hacia su sueño. Un sueño que no se detendría hasta ver su nombre en lo más alto del podio, sin importar la edad o el tamaño de sus rivales.

Al subirse al kart, se ajustó el casco y respiró profundamente. Sintió el motor rugir bajo sus pies, las vibraciones que recorrían su cuerpo. Y cuando la señal sonó, arrancó con toda su energía, sabiendo que, aunque fuera el más pequeño, tenía la velocidad y la pasión para vencer.

Ese día no solo se jugaba una carrera. Se jugaba su futuro.

En el año 2000, Checo Pérez dio un paso importante en su carrera al competir en la categoría Shifter 125 c.c. a nivel regional. Su talento y dedicación lo llevaron a conquistar el campeonato, convirtiéndose nuevamente en el piloto más joven en competir en esta categoría. Su desempeño comenzó a captar la atención de Escudería Telmex, un proyecto enfocado en apoyar a jóvenes talentos del automovilismo en México.

Dos años después, en 2002, Checo consolidó su reputación al lograr seis victorias en la categoría Shifter 125 c.c., lo que le valió el título de subcampeón nacional. Además, ese mismo año tuvo la oportunidad de competir a nivel internacional en la carrera mundial de Shifter 80 c.c., celebrada en Las Vegas. Durante este evento, logró clasificar en la quinta posición, finalizando en el puesto 11 tras una destacada actuación.

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2003.

—¿Cómo que no podré correr en el programa de la ? —Preguntó mirando a su entrenador, David suspiró.—

—Ni siquiera yo puedo entenderlo, Checo, de verdad.

—Per…o. Pero si no he hecho nada malo ¿Qué hice de mal, David? —Sus ojos se llenaron de lágrimas, aquello era peor que los castigos que Marilú le daba, tenían 13 años de edad y sentía que le cortaban sus alas ¿Por qué lo habían castigado de aquella manera? Y para rematar todo su mal año en dónde lo habían penalizado con 7 carreras en los Shifiters de 125 c.c, ahora el hombre que tenía frente a él y que era el organizador le decía que no podía correr esa carrera ¡Una de las carreras más importantes de su vida!
David se inclinó hacia él, poniéndole una mano en el hombro, como intentando anclarlo en el momento presente. —Checo, escucha… no es tu culpa. Esto no tiene nada que ver con tu desempeño, ni con lo que hayas hecho. Son decisiones que a veces toman los de arriba, y aunque no parezca justo, no podemos hacer mucho para cambiarlo ahora.

Checo apretó los puños, sintiendo cómo el calor de la frustración subía por su pecho. —¡No es justo, David! Me esforcé, entrené más que nunca… ¡Hasta dejé cosas que me gustan por esto! —Le temblaba la voz, pero no dejó de hablar—. Ellos no entienden lo que significa para mí. No lo entienden.

David asintió con una mezcla de tristeza y orgullo. —Tienes razón, Checo. Ellos no entienden. Pero eso no significa que tú debas detenerte aquí. Esto es solo un obstáculo más. Ya has superado tanto, y sabes que tienes el talento para llegar lejos.

Checo tragó saliva, luchando contra las lágrimas. Había algo en las palabras de David que tocaba una fibra dentro de él, algo que le recordaba las veces que había peleado por su lugar en la pista, por demostrar lo que era capaz de hacer. —¿Entonces qué hago? ¿Solo me quedo aquí, viendo cómo otros corren? ¿Cómo sigo adelante, David?

David sonrió levemente, con la paciencia de quien sabe que las mejores lecciones vienen en los peores momentos. —Te levantas. Sigues trabajando. Te preparas para la próxima oportunidad, porque créeme, vendrá. Y cuando lo haga, estarás listo. Esto no es un fin, Checo, es solo el principio. Y si alguien puede convertir esto en una lección, eres tú.

Checo se quedó en silencio, mirando el suelo por un momento. Luego levantó la cabeza, con los ojos aún brillantes pero llenos de determinación. —No voy a rendirme. No puedo. Si ellos no me dejan correr ahora, algún día van a tener que verme desde las gradas, porque voy a llegar más lejos que cualquiera de ellos.

David lo miró, y supo en ese instante que las palabras de Checo no eran una simple promesa vacía. Eran una declaración de lo que estaba por venir.

Antonio y Paola se acercaron dónde estaba Sergio, temblando, de rabia, de pena y de frustración

—¿Qué sucedió, David? —Preguntó Paola agachándose para ver a su hermanito, Sergio la abrazo rápidamente mientras se colocaba a llorar.—

David suspiró antes de responder. Miró a Antonio y a Paola, tratando de encontrar las palabras adecuadas para explicar lo que ni siquiera él terminaba de entender.

—No lo dejaron correr —dijo con un tono bajo, casi con vergüenza, como si él mismo se sintiera culpable de no poder hacer más.

Paola frunció el ceño, mientras abrazaba con fuerza a su hermano, que seguía llorando inconsolable. —¿Cómo que no lo dejaron? ¿Por qué? ¡Eso no tiene sentido, David! Sergio ha trabajado más duro que nadie.

Antonio, siempre más sereno, miró directamente a David. —¿Es algo que podamos arreglar? ¿Algo que podamos discutir con los organizadores? Esto no puede quedar así.

David negó con la cabeza lentamente, como si cada movimiento pesara toneladas. —Ya lo intenté todo. Me reuní con ellos, presenté argumentos, pero… simplemente no ceden. Parece que tienen sus razones, aunque no sean justas.

Paola apretó los labios, enfadada. —Esto es ridículo. Sergio tiene solo 13 años, pero ya corre como los mejores. ¿Qué miedo pueden tener de un niño?

Sergio, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se apartó ligeramente de su hermana y levantó la mirada, todavía con lágrimas corriendo por su rostro. —Dicen que soy demasiado joven. Que es peligroso… pero no es eso, Paola. Es porque no creen en mí. Creen que no puedo ganar. Le gané al hijo de Klaus Schinkel Jr, no quiero creer que es por eso, pero tiene mayores influencias.

—Eso no es verdad, Sergio —dijo Antonio con firmeza, poniéndose de cuclillas para estar a su altura—. No es que no crean en ti, es que te tienen miedo. Eres demasiado bueno, y lo sabes. Por eso ponen estas trabas. No quieren que alguien como tú los deje en evidencia.

Sergio parpadeó, sus lágrimas empezaron a detenerse mientras procesaba las palabras de su hermano mayor. Había algo en esa idea que lo reconfortaba, que transformaba su frustración en una chispa de desafío.

—Entonces… —dijo Sergio, su voz aún temblorosa pero más firme—, voy a demostrarles que no pueden detenerme. Aunque no sea aquí, lo haré en otro lugar. Les voy a demostrar que no pueden ignorarme para siempre.

Paola sonrió suavemente, limpiando las lágrimas de su hermano con el dorso de su mano. —Así se habla. Esto no se acaba aquí, Sergio.

David cruzó los brazos y asintió, sintiendo una renovada admiración por el pequeño piloto. —Exacto. Tómalo como un desafío, Checo. Si no te quieren aquí, ya encontrarás el lugar donde brillen más tus victorias. Esto no te define; tú te defines a ti mismo.

Sergio se puso de pie, limpiándose los restos de lágrimas con la manga de su camiseta. Aún había tristeza en sus ojos, pero la determinación había regresado. —Está bien. No voy a rendirme. Y algún día, todos los que me cerraron las puertas van a arrepentirse de haberlo hecho.

Antonio palmeó su hombro. —Así se habla, campeón. Ahora, vamos. Todavía tenemos muchas carreras por delante.

Sergio comenzó a caminar a la par de su papá y su hermana, elevó su mirada aquel cielo nublado quién en ese día le miraba caminar de vuelta, pero no estaba derrotado.

Lo supo la primera vez que se subió a un kart, cuando apenas podía alcanzar los pedales pero no dejaba que eso lo detuviera. Lo supo cuando sus manos temblaron de emoción al levantar su primer trofeo, y lo supo cada vez que sentía el rugir de un motor bajo sus pies. En cada giro, cada acelerón, cada victoria y cada derrota, Sergio había descubierto algo más sobre quién era. Él no era solo un piloto; era un luchador.

Subió al auto con la mirada fija en el horizonte. No importaba cuántos obstáculos aparecieran en su camino; él los enfrentaría uno por uno, con la misma pasión que lo había llevado hasta ahí. Porque sabía algo que pocos entendían: los sueños no se cumplen con suerte. Se cumplen con esfuerzo, determinación. Y él tenía todo eso, y más. No importaba si en unos meses más se presentaba como Omega o como Alfa, él lucharía por sus sueños.

Él era Sergio Michel Pérez Mendoza, lo supo a la edad de tres años, lo supo a los 6 años cuando Toño le ganó en su primera carrera, lo supo cuando al año siguiente levantó podio, lo supo en Las Vegas y lo supo ahora. Él era Checo Pérez y Checo Pérez nunca se rendía, nunca. Ni siquiera cuando la vida le pegará más duro.