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El problema de Juli es que le gusta hacer las cosas bien.
Claro está que no existe una sola forma de hacer las cosas "bien". Juli no es experto en filosofía ni sociología ni ninguna de esas cosas que hablan de ética y moral, de la ambigüedad del ser humano, de los grises, la autoexigencia... Nah, una paja. No. Para Juli, hacer las cosas "bien" es hacer todo de la manera que menos altere su entorno, para así poder seguir estando "bien".
Hacer las cosas "bien" es pasar desapercibido. Entonces, en una salida, significa comer más o menos lo que comen todos los demás, y comer más o menos rápido para no ser ni el primero ni el último en terminar. Significa tomar como para pasarla bien, pero no lo suficiente como para ponerse en pedo. Excepto si todos se ponen el pedo. En ese caso, significa ponerse en pedo. Y significa no decir que no a ir a bailar, pero tampoco bailar tanto como para quedar expuesto.
En la universidad, hacer las cosas "bien" es que, cuando su familia lo llama por teléfono o hacen una videollamada, Juli les puede decir que le está yendo "bien". Es decir, sí, está aprobando las materias; sí, está llevando todo al día; sí, estudia y rinde sus exámenes; y sí, se está haciendo amigos. Por ahora, no incluye plantearse si de verdad le gusta estudiar Agronomía, o si se ve trabajando de esto en algunos años, o si no preferiría explorar otros intereses.
Con sus amigos es cuando Juli más se relaja y un poco se olvida del concepto de lo que está "bien". Un poco se olvida porque sus amigos son las personas más extrovertidas que Julián conoció en la vida, al punto que Julián ni siquiera tiene la opción de pasar desapercibido a veces con las pavadas que estos hacen en público. Y, entre la torpeza generalizada del grupo y el afecto genuino que hay entre todos, Juli tiene un lugarcito ya afianzado, incluso con su timidez y sus inseguridades. Además, lo hacen reír tanto a Julián que un poco se olvida de lo demás.
Pero olvidarse un poco no quiere decir olvidarse del todo.
Por ejemplo, en este preciso instante, esto es lo que significa hacer las cosas "bien": estar sentado en la arena, con anteojos de sol que le tapan los ojos y un piluso que le hace sombra en buena parte de la cara, e igual estar pensando a dónde tiene que mirar. O, mejor dicho, a dónde no tiene que mirar.
Cosas que sí está bien mirar: el agua; la arena; el hueco que está cavando con la mano al lado de su pie derecho.
Cosas que no: Enzo saliendo del agua con ese traje de baño ridículo que se le pega a los muslos; Enzo tirándose en la arena boca arriba y poniendo los brazos atrás de la cabeza, como si estuviera posando para la tapa de una revista de tatuajes; Enzo clavando un talón al lado del huequito que hizo Juli y empezando a hacer un hueco igual; la forma en que los músculos de la pierna de Enzo se estiran y se relajan, la forma en que se notan más que siempre ahora que Enzo está bronceado.
El movimiento hace que el pie de Enzo roce el talón de Julián.
Julián chasquea la lengua. ―No me toqués con tu pata sucia.
Enzo se ríe. Corre el pie, pero deja que su pierna se caiga hacia un costado hasta que su muslo descansa sobre la pantorrilla de Juli. Juli no se mueve.
―¿No te metés al agua?
―Nah, en un rato.
―¿Querés jugar un truco?
―En un rato sí.
―Bueno, todo en un rato, che ―dice Enzo con una risita―. ¿En este rato qué querés hacer entonces?
Julián lo mira de reojo y después vuelve a mirar el agua. ―Nada, lo que estoy haciendo ahora.
A unos metros, Paulo, Lucas, Cristian y Rodri están jugando un fútbol tenis en una canchita que dibujaron en la arena. Emi está parado a un costadito, haciendo de matero-referí-descansero.
―Uh, Vikingo, sos malísimo ―le dice a Lucas cuando el rubio tira la pelota tan lejos que Rodri tiene que salir corriendo a buscarla. Termina el mate y empieza a cebar otro―. Dale, siete a cuatro.
―¿Cómo siete, boludo? Si recién ellos iban cinco.
―Es que fue tan mala tu pelota que le sumó dos puntos a ellos.
―Nah, así no se puede, boludo ―dice Paulo, haciendo montoncito.
―Y bueno ―tira Cristian con una sonrisita―. Jueguen mejor y ganen. Corta.
Más atrás, metido en el agua hasta las rodillas, Licha está parado solo hace casi media hora. En realidad, hasta hace unos minutos, Emi estaba con él, hablándole y gesticulando sin parar, y Licha estaba callado y escuchando, pensativo. Ahora se quedó en el agua, en silencio, mientras que el viento lleva las risas de los demás hacia la lona donde están Enzo y Julián.
―Ese en qué andará ―dice Enzo en voz bajita. Juli se encoge de hombros. Se da un poco una idea, pero no quiere abrir esa puerta y tener una conversación de ese tipo con Enzo. Sería muy peligroso. De reojo, ve cómo Enzo gira para estar boca abajo, apoyado sobre los codos, y lo mira a Julián―. A ver, sacate los lentes.
―¿Eh?
Juli igual obedece sin pensarlo. No llega ni a contestar que ya tiene los lentes de sol en la mano, y frunce un poco el entrecejo cuando le empieza a molestar el reflejo del sol.
―A ver, acercate.
―¿Qué?
―Acercate ―repite Enzo.
Enzo no se mueve, solo lo mira a Juli con esa sonrisa enorme que parece nunca borrársele de la cara. Igual esta es la versión especial de esa sonrisa, un poco más suavecita, más dulce, con los ojitos bien brillantes y achinados. Juli no puede hacer nada más que hacer lo que le dice su amigo y reclinarse hacia adelante hasta que están a solo unos veinte centímetros de distancia.
―¿Qué pasa, culiado?
Enzo se inclina y se acerca todavía más, tanto que Julián siente el olor a coco del protector solar que se puso Enzo hace horas antes de salir de la cabaña. Enzo apoya el dorso de su mano contra la mejilla de Julián, un contacto rápido y efímero, y después deja que su índice recorra desde el entrecejo de Julián hasta la punta de su nariz.
Julián recién se da cuenta de que está conteniendo la respiración cuando Enzo lo deja de tocar.
―Quería ver si te habías insolado ―le dice Enzo―, pero no, che. Estás igual de blanco teta que siempre.
―Tarado. ―Juli empuja el hombro de Enzo y lo hace caerse hacia atrás, pero obviamente que Enzo estaba listo para que eso pasara, siempre esperando el contacto que inevitablemente se da entre los dos. Agarra la muñeca de Julián y se deja caer, y Juli termina tirado sobre el pecho de su amigo. Solo gracias a que llega a apoyar el antebrazo al lado de la cabeza de Enzo es que no termina por completo desparramado sobre él. ―Vos sí te insolaste ―, le dice Julián. El pecho de Enzo parece una estufa―. Estás re caliente.
Enzo, que sigue con esa sonrisa enorme, le guiña un ojo. ―No te das una idea.
Julián revolea los ojos. ―Sucio de mierda.
―Y bueno, Juli, vos también me la dejás picando siempre.
El viento les vuelve a acercar las risas de sus amigos y, de repente, Julián cae en la cuenta de dónde está y de qué está haciendo. Estar así tirado sin remera sobre su mejor amigo, que también está sin remera, ciertamente no está "bien". Extiende los brazos con fuerza para levantarse rápido y, cuando se acomoda, lo hace todavía más lejos del huequito que había cavado. Más lejos de Enzo. Vuelve a ponerse los lentes y sigue mirando el agua.
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Esa noche los chicos deciden preparar un asado. La cabaña que alquilaron es enorme, y además de tener varias habitaciones y tres baños, algo totalmente esencial para que tremenda manada de pibes sobreviva una convivencia de una semana, tiene un patio donde hay una mesa, un rejunte de sillas de plástico y reposeras y una parrilla.
Entre Emi y Cristian prenden el fuego, mientras que Rodri y Licha se encargan de preparar y condimentar la carne. Paulo está preparando las verduras en la cocina, donde Lucas fue a buscar hielo y encargarse de las bebidas.
―Esto está re fuerte ―dice Emi cuando Lucas le lleva un fernet―. ¿Nadie te enseñó a hacer un trago a vos?
―Un trago dice este ―se ríe Rodri, mordiéndose el labio de abajo y haciéndole montoncito en la cara a Emi―. No seas cagón y tomá.
―Probalo vos entonces.
Emi le acerca el vaso, pero Rodri tiene todas las manos sucias por la carne, así que Emi le pone el vaso contra la boca y lo inclina. El primer sorbo basta para que la cara de Rodri se transforme enseguida en un gesto de asco absoluto. Tiene que correrse para un costado porque Emi, con una cara de póker inamovible, finge que no se da cuenta y lo hace seguir tomando.
―Pará, Dibujo, está horrible eso. Vikingo, sos malísimo haciendo fernet vos.
―Qué manga de cagones ―dice Paulo, que aparece en el patio con una bandeja de morrones y choclos envueltos en papel aluminio―. Dejá, Luqui. Con Juli nos tomamos el fernet. A estos porteños haceles un gin tonic.
Licha suelta una carcajada. ―¿Y este cheto que se hace el que es de pueblo?
―¿Qué me decís porteño? Desubicado ―dice Emi, y le da un golpecito a Paulo en la nuca.
Mientras los demás siguen discutiendo, el vaso de fernet llega a las manos de Julián. Lo prueba con cautela, pero la verdad es que no está tan mal. Sin duda ha probado otros muchos peores. Toma otro sorbo y sus ojos, como cediendo ante una fuerza de atracción que lo lleva siempre hacia el mismo lugar, encuentran los de Enzo.
―Vení, Juli ―le dice Enzo casi al segundo en que cruzan miradas. Enzo está sentado en una silla entre la mesa y la parrilla. Con la mano izquierda agarra la silla que tiene al lado y la acerca hasta que queda totalmente pegada a la suya, y le da unos golpecitos a modo de invitación―. Sentate y compartí, no seas egoísta.
Cuando Juli se sienta, las sillas están tan pegadas que su pierna queda contra la de Enzo. Los dos están en bermudas y ojotas, y Juli todavía puede sentir el calor que está emanando la piel bronceada de su amigo. Toma más fernet, esta vez un trago más largo.
―A ver. ¿Tan feo está eso?
―Nah, estos son unos llorones nomás.
Juli le pasa el vaso y mira fijamente cómo Enzo se lo lleva a la boca y prueba un poquito. Cuando termina de tomar, Enzo gira la cabeza y lo mira a Juli con ojitos achinados. Están tan cerca y el fernet está tan fuerte que Juli puede sentir el trago en la respiración de Enzo sin que este siquiera tenga que hablar.
―No te voy a mentir, es un asco esto ―dice Enzo, soltando una risa. Lo dice bajito y Juli es el único que lo escucha.
―No lo tomés, entonces.
―Salí, egoísta. ―Enzo le aleja las manos a Julián, que había tratado de recuperar el vaso. Toma otro sorbo, largo y casi desafiante, sosteniendo la mirada de Julián mientras traga. Los ojos de Julián siguen el camino de una gotita que se escapa desde la comisura de Enzo y que baja por la línea de su mandíbula hasta perderse entre tatuajes.
Cuando Enzo le devuelve el vaso, Juli hace lo mismo: toma un trago largo con los ojos clavados en los de su amigo. Así se van turnando entre miradas y sonrisas cómplices, sin decir nada, hasta llegar hasta el fondo.
Juli hace una nota mental de preguntarle a Lucas si aprobó matemática en el colegio, porque no hay forma de que ese fernet haya sido 70-30. Ya puede sentir que la silla se mece ligeramente. Cierra los ojos y deja caer la cabeza hacia atrás hasta que queda apoyada sobre el respaldo. Se imagina que está en el medio del mar, de espaldas, flotando en el agua.
En el mar las cosas siempre están bien, porque está solo, entonces nada puede salir mal.
Juli abre los ojos y mira al cielo.
―Se ven un montón de estrellas acá.
Enzo habla bajito de nuevo. Juli no sabe por qué su amigo hace eso a veces. Es como que no quiere incluir a los demás en la conversación, como si quisiera hablar solo con Julián, cosa que no tiene sentido, porque Julián es consciente de que es malísimo para hablar. La mitad de las veces que habla con alguien no se le ocurre nada para decir.
―En Calchín se ven más ―contesta Juli.
―Bueno, nunca fui a Calchín ―dice Enzo, y con una risa agrega―: y en San Martín no se ve una goma.
―Tendríamos que organizar un verano, ¿no? Y nos vamos para allá.
―¿En serio decís?
―¿Qué, no te parece? Si no venimos siempre al mismo lugar y ni salimos de la provincia.
―No, a mí me re parece ―dice Enzo, con la mirada clavada en el perfil de Julián, que sigue mirando el cielo―. Yo voy a donde vos me digas.
Julián hace como que mira el vaso de fernet a ver si queda algo para tomar, y después hace como que toma un fondito, aunque entre los dos no dejaron ni una gota. Enzo siempre dice comentarios de ese estilo, aunque últimamente más. Juli nunca sabe qué contestar. Se pone nervioso cuando su amigo le dice esas cosas, pero también sabe que un poco le gusta. Sería raro que Enzo dejara de ser tan directo, tan honesto.
―Igual olvidate de organizar un viaje así con estos ―dice Juli, esquivando el comentario―. Acá vienen todos porque ya se saben la ruta de memoria, pero subir para allá...
Enzo se encoge de hombros. ―Y que no vengan. Ya te dije que yo voy a donde vos me digas.
Julián cede ante esa fuerza de atracción invisible y gira la cabeza hacia la derecha para mirarlo a su amigo. Enzo le sonríe. Se quedan así, apenitas borrachos, como si estuvieran los dos flotando de espaldas en el mar.
―Juli...
―Che, ¿está vacío eso? ―Lucas se acerca y los interrumpe, y Juli corre la cabeza tan rápido que casi se desnuca―. Dame que les hago otro.
―Esperá ―dice Juli, poniéndose de pie―. Te ayudo.
Se para tan rápido que, de formas misteriosas, se engancha con el tobillo de Enzo y pierde el equilibrio hacia adelante. Lucas llega justo a ayudarlo con una mano en el pecho y lo estabiliza, pero Julián también siente que Enzo le sujeta un muslo desde atrás, como si eso fuera a detener la caída. El contacto desaparece tan rápido que tal vez se lo imaginó.
Rodri y Paulo se están descostillando de la risa, y Julián levanta la mirada para reírse con ellos. Los únicos que no se están riendo son Emi, que lo está mirando fijamente a Lucas, y Licha, que tiene la mirada posada en Enzo.
―Vos no sos más boludo porque no tenés tiempo, Vikingo ―dice Emi cuando Lucas y Julián le pasan por al lado para ir adentro a preparar más fernet―. En una nube de pedos vivís.
―¿Y ahora qué hice? ―pregunta Lucas indignado.
―¿Qué pasa, te sigue pegando el sol que te pusiste más rojo? ―Este comentario lo dice Rodri. Desde la puerta, Juli se da vuelta y ve que el rubio teñido lo está molestando a Enzo que, efectivamente, tiene la cara más roja que antes.
―Callate vos, pelotudo ―le contesta Enzo entre risas.
Juli sabe que lo mejor es no sobrepensar nada. Lo mejor es dejar todo como está y entrar con Lucas para preparar más fernet.
+
―Che, ¿estarán bien estos dos?
La voz de Enzo rompe el silencio de la habitación. Juli, desde la cucheta de arriba, se acuesta sobre su costado para enfrentar a su amigo, que está en la cama de abajo en la cucheta opuesta. Las dos camas restantes, la de arriba de Enzo y la de abajo de Julián, están vacías. Licha y Cristian todavía no aparecieron para dormir.
―Seguro se quedaron hablando o algo.
Los ojitos de Enzo lo miran en la oscuridad. ―Pero viste que se están cortando los dos solos todo el tiempo.
―¿Y qué tiene?
―No, nada. Pero es raro nada más.
―Puede ser.
Julián no dice nada más y cierra los ojos. Luego de unos segundos de silencio, escucha un movimiento de sábanas, el chirrido de los resortes desgastados del colchón y unos pasos cuidadosos sobre el piso de madera. Los pasos se acercan a él. Cuando Julián abre los ojos, Enzo está parado al lado de su cama, con los dos brazos apoyados sobre el borde de madera.
Por varios segundos, no hacen más que mirarse.
―¿Te puedo decir algo, Juli?
―No sé. Depende.
―¿De qué depende?
Julián trata de calmar el latido de su corazón. Tiene miedo de que Enzo lo vea a través de la remera finita que se puso para dormir. ―De lo que me vayas a decir.
―Pero eso no lo vas a saber hasta que te lo diga ―responde Enzo. Apoya el mentón sobre sus manos, casi sobre la misma almohada donde Juli está acostado―. ¿Qué pasa? Antes confiabas en mí.
―Ahora también ―se apresura a decir Julián.
―¿Entonces te digo?
Julián suspira. ―Bueno ―responde, con una voz suavecita.
Enzo sonríe. ―Te queda bien esta casita.
Julián frunce el ceño y levanta la cara unos milímetros de la almohada. ―¿Eh?
―Nada, que te queda bien ―dice Enzo, como si fuera el comentario más normal del mundo―. Es que a veces te pienso en un lugar así. No sé. Te imagino viviendo en una casa como esta, con muchos cuartos, pero con un patio más grande. Cerca del mar. Cuando venimos acá te relajás un montón, Juli, y a mí me gusta verte así.
El corazón de Julián no podría estar latiendo más rápido y fuerte. Siente que se le va a salir del pecho. Enzo le dice todo esto mirándolo directo a los ojos, con tanta sinceridad y vulnerabilidad, y entre todas las cosas que siente Julián en este momento, una de ellas es la envidia por esa capacidad que tiene su amigo de exponer todo lo que piensa y siente.
―Bueno... ―dice Juli―. Gracias, Enzito. Es muy lindo lo que me decís.
―Vos sos muy lindo ―dice Enzo, guiñándole un ojo. Juli sabe que se está sonrojando, pero al menos está más acostumbrado a este tipo de comentarios y puede responder con una risa y un revoleo de ojos.
―Ya empezás ―dice―. Ves cómo sos.
―Pero es la verdad. Debo admitir que es un poco egoísta lo mío, porque cuando venimos a la costa y estás al sol te salen esas pequitas que me encantan.
Julián entierra la cabeza en su almohada y cierra los ojos. ―Basta, andá a dormir ―le dice a su amigo, aunque le duelen las mejillas de tanto sonreír.
Enzo se ríe despacito. ―Que descanses, Juli.
Los pasos se vuelven a alejar. Julián escucha de nuevo el colchón y las sábanas y, unos minutos después, la respiración suave y profunda que indica que su amigo se quedó dormido.
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―Ah bueno, se ve que la onda fit llegó al grupo ―exclama Emi cuando los ve entrar a Licha, Cristian y Julián.
Los tres están en short deportivo y zapatillas, sin remera. Esa mañana, después de desayunar temprano, Julián había encontrado a Licha y Cristian solos en el patio. Los tres habían decidido salir a correr aprovechando que el día estaba empezando a nublarse y que el sol no estaba tan fuerte.
―Llegamos justo antes de que se largue ―dice Licha. Por la ventana ya no entra más sol y solo se ven nubes grises y oscuras―. Está pronosticado lluvia todo el día.
―El pronóstico es una mentira ―acota Rodri.
―¿Ah, sí? ¿Vamos a la playa, entonces? ―dice Cristian, justo cuando el cielo resplandece y, tan solo unos segundos después, se escucha un estruendo que hace temblar los vidrios de la ventana―. Dale. Andá armando el bolso.
―Uh, yo dejé el parlante afuera ―dice Lucas, y sale corriendo de la cocina mientras empiezan a caer las primeras gotas.
―Si lo de este pibe es contagioso ―dice Emi―, yo no quiero compartir más la pieza con él.
―Juli, ¿te pusiste protector?
Al comentario de Enzo le sigue un momento de silencio. Julián mira a su amigo, que está parado en la cocina con un pote de crema en la mano, y después sus ojos se desvían hacia Emi, que los está observando a los dos con su clásica cara de póker. Licha y Cristian intercambian una mirada cómplice. Rodri de repente está muy interesado en leer la parte de atrás del paquete de un alfajor que quedó tirado sobre la mesa la noche anterior.
El hechizo se rompe cuando reaparece Lucas con el parlante y empieza a buscar un repasador para secarlo. Ahí Licha parece recordar que a la vuelta compraron algunas cosas para comer a la tarde con los mates ya que seguramente no irían a la playa. Empieza a guardar las cosas en la alacena, y después él y Cristian se sientan en la mesa con Emi y Rodri.
Si Enzo nota algo de la situación, no lo deja ver.
―Vení, Juli. Tenés los hombros todos rojos.
Los pies de Julián avanzan sin que él pueda pensarlo mucho. Enzo da unos pasos hacia atrás, se sienta sobre la mesada y abre las piernas para que Julián se pare en medio de ellas. Julián, cuyo cerebro sigue en cortocircuito, se para de cara a Enzo, mirándolo desde abajo.
―No me mires así... ―murmura Enzo, tan bajito que podría haber dicho cualquier otra cosa. Y en un tono más alto dice―: Date vuelta, tarado.
Julián lo obedece. Cuando se da vuelta, sus cuatro amigos en la mesa están deliberadamente mirando para cualquier otro lado. Enzo cierra las piernas hasta atrapar la cintura de Julián, como si Juli estuviera por escapar. Como si el cuerpo de Juli fuera capaz de decidir irse de este momento.
―¡Uh, hijo de puta! ―Julián se queja con el primer contacto de la crema. Está helada, y por instinto trata de alejar los hombros de su amigo, pero las piernas de Enzo se cierran más alrededor de su cuerpo.
―Pará, es que la puse en la heladera. Te va a hacer bien.
Se vuelve a hacer silencio en la cocina. Después del primer shock, es cierto que la sensación de la crema fría en la piel caliente de Julián se siente bastante bien. Además, en los dedos de Enzo, se siente aún mejor. Al principio, su amigo esparce el producto por sus hombros y su nuca con cuidado, pero después de varios minutos, el contacto se vuelve más firme y se transforma casi en un masaje. Las manos de Enzo recorren la parte superior de la espalda de Julián y luego descienden por sus brazos, apretando ocasionalmente sus músculos. Después, vuelven a subir lentamente, pero esta vez descienden por el frente del cuerpo de Julián, atreviéndose a tocar sus pectorales por apenas unos segundos antes de volver a sus hombros.
Enzo clava con firmeza los dos pulgares entre los omóplatos de Julián, quien no puede evitar soltar un pequeño gemido. Las piernas alrededor de su cintura lo atraen todavía más cerca al cuerpo sentado detrás de él. Julián puede sentir la respiración de su amigo en la nuca, un poco más agitada que antes.
―Bueeeeeeno... ―dice Emi, golpeando los dedos en la mesa.
―Cuánta azúcar tiene esto, eh, tremendo ―dice Rodri, que hace veinte minutos está leyendo el paquete de alfajor.
―¿Vamos al living? ―propone Licha, y antes de terminar de decir esas palabras, los cuatro ya están levantándose de la mesa―. Vos también, Lucas, dale. ¿Cuánto más vas a secar ese parlante? Vení.
Julián los observa irse. Se da cuenta de que se tiene que acomodar un poco el short y lo hace de la forma más disimulada posible, aunque una parte de él sabe que, si se da vuelta en este momento, va a confirmar que su amigo está en una situación similar. Pero Juli no se quiere dar vuelta. Juli quiere que las cosas estén bien. ¿Cuán "bien" está que se te pare la pija porque tu amigo te hace un masaje enfrente de tus amigos?
Probablemente nada bien.
―Che, voy al baño. ¿Después vamos al living y jugamos un FIFA?
Julián le hace esta pregunta a la heladera, prácticamente, porque se rehúsa a mirarlo a su amigo. Igual lo conoce tanto que, cuando Enzo le contesta, Julián ni tiene que mirarlo para saber que está sonriendo.
―Dale, Juli, pero no vale llorar si perdés.
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―¿No te metés más?
―No, la verdad me da un poco de cagazo.
Enzo levanta un poco las cejas. ―¿En serio? No sabía.
―Un poquito ―responde Julián―. En mi casa siempre decían que hay que tenerle respeto al mar. Me gustaría meterme y quedarme ahí flotando un rato, pero... Me da miedo que me lleve la corriente.
Los ojos de Enzo se clavan en la sonrisa de Julián. ―Nada que ver. Yo te agarro.
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―Confirmado que nos tocó la peor temporada que nos podría haber tocado.
Paulo dice esto mirando por la ventana. Es el último día de sus vacaciones. Mañana a la mañana van a desayunar, cargar los bolsos en los dos autos y salir de nuevo a la ruta. Y pasado mañana, de vuelta a la rutina, a la facultad y al trabajo. Y así los despide la costa: con otra lluvia intensa y vientos tan fuertes que ni siquiera les permiten disfrutar de la parte techada del patio. El panorama es desolador.
Para ahogar un poco las penas, Lucas les preparó unos tragos, sin importar que todavía ni son las tres de la tarde. Ahora, los ocho amigos están desparramados por el piso del living entre vasos, cartas, facturas y golosinas.
―El próximo año vamos a Córdoba ―dice Enzo, mirándolo a Juli.
―Ojo. No estaría mal ―dice Emi.
―Mal. ¿Cómo puede ser que haya tres cordobeses en el grupo y que nunca hayamos ido a Córdoba? ―dice Lucas.
Cristian mira a todo el grupo, aunque sus ojos permanecen en Licha por un poco más de tiempo. ―Bueno, si les pinta, vamos. Yo puedo poner casa. ―Hace una pausa, todavía mirándolo a Licha―. Sería con mi familia, igual.
Licha se rasca la nuca y se encoge de hombros. ―Por mí sí. Vamos.
Julián siente que está interrumpiendo algo y mira para otro lado. ―Yo también puedo poner casa. Digo, si quieren ir a Calchín. Así vemos algo distinto.
―Oaa, de una ―exclama Rodri―. Recorremos toda la provincia, wacho, el full Córdoba tour.
Emi disimuladamente aleja el vaso de fernet de Rodri, que está gesticulando con las manos para todos lados.
Lucas saca el celular. ―Listo, ya cambié el nombre del grupo. Córdoba 2025.
―Este pibe... ―dice Emi, pero abraza los hombros de Lucas y lo tironea hacia él―. Te quiero, Vikingo. Sos especial.
―¿Este está en pedo ya? ―pregunta Licha.
Licha y Cristian empiezan a joderlo a Emi mientras Lucas intenta zafarse de un abrazo que se tornó en algo más parecido a una llave de lucha libre. Rodri y Paulo empiezan a cantar un tema de Rodrigo totalmente a destiempo. En medio de todo ese caos, Julián suelta una carcajada y lo mira a Enzo, quien ya lo está mirando.
Julián es cada vez más consciente de esta dinámica. Cada vez que pasa algo, lo mira a Enzo para compartirlo con él, y cada vez que hace eso, Enzo ya lo está mirando. Y esta vez, no hay nada que pueda interrumpirlos.
Enzo se moja los labios con la lengua y Julián no puede evitar mirarle la boca y copiarlo. Su pulso se acelera y, entre la mirada de su amigo y la mezcla de cerveza y fernet que viene metiendo hace unas horas, puede sentir la presión de la corriente que busca arrastrarlo mientras él flota en el medio del mar.
¿Estaría tan mal permitir que la corriente lo lleve?
―Che, Juli, ¿no querés que vayamos a dormir una siesta? ―le pregunta Enzo, bajito y solo para él, aunque están en un cuarto con otros seis pibes y obviamente todos los escuchan.
Sorprendentemente, a Juli no le importa. ―Bueno, dale.
―Subí la música, Vikingo ―dice Emi mientras los amigos suben las escaleras.
En la habitación, Enzo se acuesta en su cama y Juli, en un último intento por preservar cierta normalidad, se acuesta en la cama de Licha, en la otra cucheta de abajo. Enzo no le dice nada ni trata de presionarlo. Los dos se quedan boca arriba y en silencio. Juli está tratando de calmar la adrenalina que le recorre todo el cuerpo y, sobre todo, el calor que siente entre las piernas. Un poco es la anticipación de lo que probablemente esté por pasar, y un poco es la acumulación de todo lo que ya pasó estos días. Siente que se está quedando sin motivos para tratar de ocultar lo que siente.
Después de unos minutos, se atreve a hablar. ―Enzo.
―¿Qué pasa, Juli?
―¿Viste lo que me dijiste el otro día? Que me imaginabas en una casa así.
―Sí, ¿por?
―En esa casa... ¿Estoy solo o estoy con alguien?
Julián escucha que Enzo se acomoda. Cuando lo mira, Enzo está de costado, mirándolo.
―Te soy honesto. Yo sé que a vos te gusta estar solo, Juli ―le dice Enzo―. Pero a mí me gusta imaginarme a mí ahí con vos.
Julián hace un esfuerzo por tragar. ―Y... Y cuando estamos en esa casa, ¿qué hacemos?
Y Enzo, que siempre exterioriza todo, que con Julián es como una ventana abierta y sin cortinas que invita a su amigo a ver todo lo que hay dentro, se muerde el labio inferior y aprieta las sábanas con una mano, y para Julián esta reacción es igual de adictiva que los comentarios y los elogios que tan libremente le hace su amigo. Lo pone nervioso, pero quiere ver más.
―¿Por qué me preguntás?
―Quiero que me cuentes, Enzo.
―¿Querés que te cuente todo lo que me imagino con vos?
Julián asiente con la cabeza. ―Sí ―dice despacito.
Enzo cierra los ojos un segundo y respira profundo. Si Julián lo conociera menos, pensaría que está rezando. Cuando sus miradas se encuentran nuevamente, Enzo comienza a mover la mano. Lo hace despacio, casi como midiendo la reacción de Julián, o esperando que Julián lo pare o diga algo. Pero Julián no hace más que consumirlo con los ojos ardidos, observando cómo esa mano suelta las sábanas y baja hasta el short de River que tiene puesto Enzo. Es un shortcito rojo que, en este momento, no deja nada libre a la imaginación.
Julián mira con fascinación cómo Enzo se sujeta a sí mismo por arriba de la ropa. Casi en sintonía, sueltan un gemido de alivio que resuena en toda la habitación.
―Dios, Juli.
―Dale, decime ―insiste Julián.
―No, Juli. Es que no puedo.
―¿Por qué no?
La mano de Enzo sigue firme en su entrepierna. No se mueve. Es el cuerpo de Enzo que se empieza a mover contra ella. Primero son movimientos despacios y casi imperceptibles, movimientos medidos y que rozan lo prohibido, pero de a poco comienzan a intensificarse. Las caderas de Enzo ganan velocidad y empiezan a generar un frote casi desesperado y frenético, generando una presión constante sobre su miembro que le hace jadear cada vez más.
Julián no puede parar de mirarlo y de imaginarse a sí mismo ahí, entre esas piernas que se mueven en un ritmo perfecto. Se le hace agua la boca de solo pensarlo. Se da cuenta de que está desesperado, de que no puede seguir haciendo fuerza contra la corriente, y que tampoco tiene ganas de hacerlo.
Una de las manos de Julián, agarrada con firmeza a su remera, se suelta. Ya no aguanta más. La mete directamente adentro del short y se acomoda la pija, dándole un par de tirones fuertes para calmarse.
Igual, está tan al límite que podría acabar en menos de un minuto, y sabe que Enzo está en la misma.
―Dale, Enzo, por favor.
Ante esta súplica, Enzo suelta un gemido. ―La puta madre, Juli. En serio, no puedo. Es que es muy sucio.
―¿Qué te hacés ahora? Si siempre estás diciendo guarangadas.
Enzo se ríe casi sin aliento. ―Me encanta cómo hablás, Juli. Me encantás vos. Todo.
―Dale ―insiste Julián. Los dos se siguen tocando a un ritmo desesperado―. Dale, contame.
―Es que... Es que te quiero comer todo el orto, Juli.
La mano de Julián se acelera con el calor que le generan esas palabras. Nunca se imaginó una situación así, nunca pensó en algo tan íntimo como eso, pero ahora que lo piensa... ¿Cómo no se le ocurrió antes? Con lo atrevido que es Enzo y la boca hermosa que tiene, es perfecto para meterse entre las piernas de Julián y tenerlo a su merced.
―No te das una idea, Juli. Ese culito hermoso que tenés me vuelve loco ―sigue Enzo, que ahora que empezó a hablar no puede parar―. Te lo quiero comer toda la noche hasta dejártelo todo abierto y mojadito, hasta que me ruegues que pare. Y ahí, cuando no des más y estés desesperado por mi pija, te quiero poner en cuatro.
Las manos de los dos se aceleran. Enzo ya dejó de frotarse por afuera del short y ahora lo imita a Julián, tocándose de arriba a abajo piel a piel, los dos desesperados por encontrar el alivio de algo que vienen acumulando hace días, o meses, o incluso años.
―Y... ¿Y me la vas a meter? ―dice Julián en voz bajita.
―La puta madre, Juli, me vuelve loco la voz que ponés. Obvio, mi amor. Pero solo la puntita.
Julián gime desesperado. La calentura no lo deja pensar. ―¿No me la vas a meter toda?
―Al principio no. Solo la puntita, porque sé que vas a estar tan caliente que eso va a ser suficiente para hacerte acabar. Y justo ahí, cuando hayas terminado y me hayas apretado bien fuerte, te la voy a meter toda bien pero bien despacito. Y te voy a coger hasta que se te vuelva a parar y me pidas que por favor te haga acabar.
―Sí... Por favor...
Juli ruega como si estuviera en ese momento, como si pudiera sentirlo a Enzo entre sus piernas. Lo necesita tanto que usa su otra mano para poner presión justo atrás de sus testículos, y esto envía una onda de placer a todo su cuerpo.
―¿Y me... me vas a acabar adentro?
―No, mi amor. ―La respuesta de Enzo sale entre jadeos―. Cuando hayas acabado vos, te la voy a sacar y te voy a acabar toda esa carita hermosa que tenés. No sabés lo que me encanta y las ganas que tengo de llenártela de leche.
Y con esa imagen, Julián suelta un último gemido fuerte y desesperado, casi sin voz, y deja que el placer lo invada por completo. Se sigue apretando el miembro en cada oleada, sin importarle que se moja toda la mano, el short y la remera, y cuando termina, ve que Enzo también está al borde del precipicio.
Con las piernas todavía temblando, Juli se para de la cama. Enzo lo mira, dudando de lo que está por pasar, pero lo único que hace Juli es arrodillarse en el medio de las dos cuchetas y mirarlo a su amigo.
―Vení, entonces.
―La puta madre, Juli.
Enzo se para como puede y se saca la pija del short sin dejar de tocarse. Juli tenía una idea del tamaño de su amigo, de verlo cambiarse o con el traje de baño mojado, pero igualmente se le hace agua la boca cuando lo ve, tan grande y perfecto. Juli cierra los ojos e inclina la cabeza hacia atrás, y Enzo solo necesita un par de movimientos más hasta que dice el nombre de Juli una última vez, casi como rogando, y pierde el control.
Juli lo recibe fascinado, como recibió fascinado todo lo que pasó desde que vinieron a la habitación. Le gusta la sensación húmeda y mojada sobre sus mejillas que cae una y otra vez, acompañada de los gemidos tan perfectos de Enzo. Le gusta sentir el sabor de las gotitas que cayeron sobre sus labios. Le gusta la sensación potenciada de tener los ojos cerrados y escuchar todo con más detalle, la respiración de Enzo, los movimientos finales de sus manos, el cuidado con el que corre el pelo de Julián de la frente para que no se ensucie.
Juli deja salir una risita. ―Creo que es una causa perdida.
―Te pediría perdón, pero te estaría mintiendo ―dice Enzo, también riéndose.
Juli lo escucha moverse, y después siente que algo le limpia la cara. Cuando ya no tiene nada, abre los ojos y lo ve a Enzo descartar el short con el que acaba de secarlo. Pero, más que eso, se encuentra a Enzo mirándolo con una adoración tan evidente que le saca todavía más el aliento.
En ese momento, Juli sabe algo con certeza: no hay forma de que algo así, tan puro e intenso, no esté bien.
Con algo de ayuda, Juli se para y rodea el cuello de Enzo con los dos brazos. No se permite dudar. Lo atrae al más alto hacia él y pone sus labios contra los suyos en un beso tan dulce y suave que, al ser totalmente opuesto, complementa a la perfección lo que acaban de compartir. Cuando se separan, Enzo apoya su frente contra la de Julián y larga un suspiro profundo.
―Me vas a matar, Juli.
―Vos sos el que estaba pensando todas esas cosas sucias ―responde Julián.
―Y bueno, yo te avisé.
Julián sonríe. ―Enzo.
―¿Qué, mi amor?
―¿Qué más te imaginás que hacemos en esa casa?
Enzo da un paso hacia atrás. Lo mira a Juli y le da un besito en la frente. ―¿Además de vivir juntos y enamorados para siempre?
―Callate, culiado ―dice Julián, los nervios comiéndole la panza desde adentro. Pero no deja de sonreír. ―En serio te digo.
Enzo lo vuelve a besar. ―Yo también.― Se vuelve a acostar en la cama y, agarrándolo a Juli de las manos, lo recuesta junto a él―. Vení que te cuento.
