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Ira y frustración.
Eran el dúo protagónico de sentimientos que embargaban el corazón de Daniel Valencia desde muy temprano en la mañana; específicamente, desde el momento exacto en que Olarte había llegado a su oficina a contarle todos sus hallazgos sobre la situación real de Ecomoda.
Lo sabía.
Sabía que algo gordo se habían estado guardando Armando, Calderón y la fea. Desde el principio, tenía la certeza que la gestión del menor de los Mendoza sería catastrófica para la empresa, y por supuesto, acabó teniendo la razón. Sin embargo, nunca pensó que el presunto desastre que había ocasionado Armando podría ser tal. La espantosa realidad terminó sobrepasando mucho su imaginación, y eso que él se caracterizaba por pensar lo peor cuando se trataba de él.
Impotencia
Ese era el tercer sentimiento que lo invadía a ratos. Y eso era porque en más de una ocasión, les había advertido al resto de los integrantes de la Junta Directiva que ese trío no era de fiar. Pero claro, nadie le creyó. Todos lo tildaron de negativo, paranoico y exagerado cuando expresaba sin ninguna clase de filtro lo que él creía que podía estar pasando con ECOMODA.
¿Decepción?
No, ese sentimiento definitivamente no lo padecía en estos momentos. Daniel Valencia estaba claro que Ecomoda, se había convertido en el Titanic y Armando en su fatídico iceberg, desde el instante en que éste asumió la Presidencia. Solo era cuestión de tiempo para que el muy inútil, lo arruinara todo con sus idioteces.
Mientras que ingresaba al ascensor del edificio de Ecomoda y pisaba el interruptor para subir a la siguiente planta, se preguntó que nuevas mentiras tendrían preparadas Armandito y su séquito para la junta que se celebraría en tan solo un par de minutos. No obstante, esta vez no serviría de nada lo que sea que hubiesen decidido inventarse, ya que en esta oportunidad, Daniel Valencia venía más preparado que nunca.
Esta vez, ya no se saldrían con la suya...
Cuando las puertas del ascensor se abrieron y Daniel se giró con el objetivo de salir de allí, por poco y no tropezó con su codo izquierdo a nada más y nada menos que a Beatriz Pinzón Solano, que por lo visto había estado esperando ahí para poder ingresar al elevador. En el último instante, la mujer logró dar un paso atrás para evitar el impacto.
—Buenos días, doctor— dijo ella con un tono carente de total emoción mientras sostenía entre sus brazos un par de carpetas.
Ambos se sostuvieron la mirada por un par de segundos hasta que Beatriz decidió romperla al intentar seguir con su camino. Pero para su sorpresa, Daniel la tomó por el brazo sin dudar y la hizo retroceder, posicionándola justo frente a él. La mujer lucía pálida con los ojos hinchados y algo ida, como si tuviera la mente en un lugar muy pero muy lejos de allí.
—Buenos días, Doctora Betty— respondió el accionista con una corta pero falsa sonrisa—. No me diga que no nos va a acompañar en la junta— Ella lo escaneó rápidamente de arriba abajo antes de volver a mirarlo directamente a los ojos.
—Sí, los voy acompañar. En unos minutos bajo. Tengo que alistar unas carpetas— Beatriz se removió incomoda queriendo zafarse de su agarre; ella tenía que irse. Sin embargo, pese a su esfuerzo, Daniel ni se inmutó a liberarla.
—Pero, ¿sabe que estoy muy ansioso por conocer... su balance, sus informes?— continuó él, empeñado en prolongar esa conversación. Pero para su desdicha, con un rápido giro la mujer finalmente se le escapó logrando entrar al ascensor con premura. Ella se acomodó los lentes.
—Estoy segura de que le van a encantar— concluyó arrastrando las palabras, remarcándole especialmente la última entretanto presionaba el botón del elevador. Segundos después, las puertas se cerraron desapareciendo así de su vista.
Daniel no pudo evitar sentirse desconcertado por su actitud, ella jamás se le había dirigido de esa manera, y si bien es cierto que en su último encuentro ella se mostró con un nuevo aire desafiante, esto ya era algo muy distinto. Además...
¿Qué quiso decir Beatriz con eso último?
No solo la mirada que le había lanzado la mujer era hostil, sino también, el tono de voz que empleó sonó claramente sarcástico bajo sus oídos. Podía comprender la irritabilidad de la asistente hacia él, después de todo, Daniel le había dado suficientes motivos hasta ahora. Sin embargo, le pareció muy fuera de lugar el que ella aplicase ese particular tonito en su respuesta.
Suponiendo que tenía la razón sobre el sarcasmo que llevaban las palabras de Beatriz... lo opuesto a encantar vendría a ser desencantar, ¿no?... De ser así, sería natural que él se desencantara otra vez, al ver cómo el resto de los integrantes de la Junta Directiva se volvían a tragar todas las patrañas de ese fatídico trío; tendría mucho sentido el que ella creyese que por eso él acabaría desencantado. Pero extrañamente, por muy lógico que pareciera su razonamiento no terminó del todo convencido. Y es que Daniel, no podía dejar de pensar en lo inusual que había sido el compartimiento de la doctora. Algo en ella le hizo recordar, el semblante que ponían las personas ante una inminente derrota.
Frustrado y malhumorado, Valencia frunció el entrecejo, giró los talones y comenzó a caminar hacia la sala de juntas. Sin embargo, de repente se paró en todo el medio del área administrativa de ECOMODA y se volvió hacía Sandra que estaba de pie frente a su escritorio buscando unos documentos.
—¿Ya están todos en la sala de juntas?— se limitó a preguntar, sin siquiera saludar.
—¿Cómo está, doctor?— respondió al instante al dirigirle la mirada—. Lo están esperando. Solamente faltaban usted y la señora María Beatriz.
***
La junta terminó en un desmadre como había previsto Daniel. No obstante, hubo un cierto detalle que fue incapaz de predecir. Y ese fue, que Beatriz Pinzón Solano había decidido claramente, de manera unilateral, mostrar el verdadero balance.
Hasta antes de esa reunión, ella siempre había sido estúpidamente fiel a Armando Mendoza y a Mario Calderón. Los tres eran un bloque unido, andaban perfectamente en la misma sintonía y por ende, se cubrían las espaldas los unos a los otros como toda una digna alianza. Es más, él mismo intentó de persuadirla en una oportunidad para que abandonara ese patético bando y se ganará un lugar en el suyo. No obstante, testadura al fin, la mujer prefirió mantenerse fiel que ser inteligente, menuda decepción fue.
Entonces, ¿qué fue lo que cambió? ¿Por qué Beatriz decidió repentinamente traicionarlos? Si sus intenciones habían sido esas desde un principio... ¿por qué no los entregó antes? ¿Por qué esperó tanto? ¿Qué fue lo que pasó allí?
Esa y muchas interrogantes más, rodaban por la cabeza de Daniel. Pero por el momento, prefirió archivarlas temporalmente en algún rincón de su mente. Después les dedicaría tiempo.
—Bueno, se levanta esta junta, yo no quiero escuchar nada más— Sin perder más tiempo, Roberto hizo saber sus ganas de querer largarse de allí—. Margarita, nos vamos.
Una vez anunciado el fin de aquella infernal reunión, Daniel se encorvó para depositarle un beso a Marcela como despedida. Al igual que Roberto, él tampoco deseaba estar un segundo más en aquel sitio.
—Ve yéndote tú, quiero hablar con Marcela— contestó Margarita al levantarse—. Ven— le ordenó a la susodicha. Resignada y haciendo una mueca, la gerente de puntos de ventas se paró para seguirle los pasos.
—Roberto, sabes que, por cualquier cosa, puedes contar conmigo—dijo el mayor de los Valencia, luego de darle un beso de despedida en la mejilla a María Beatriz y volver a rodear la mesa—, estaré al pendiente de cualquier decisión de la junta— Estrechó la mano con Roberto.
—Gracias.
—Lo lamento mucho— Apretó el agarre un poco más fuerte antes de soltarlo. Seguidamente, tomó su maletín y se encaminó a la salida junto con Margarita y Marcela—. Una última cosa— Se paró en seco al alcanzar la puerta y apuntar al expresidente con un dedo—. Usted me paga hasta el último centavo que me quitó en este desastre, Armando Mendoza.
Una vez que abandonó la sala de juntas se dirigió al ascensor, pero justo antes de ingresar lo asaltó el recuerdo doloroso de su hermana; esa expresión tan abatida que tenía lo abrumó de sobremanera. No era para menos, después de todo, Marcela era el ser más importante en su vida, por lo que cambió de planes y llamó a Margarita en voz alta, quien iba entrando a la oficina de punto de ventas en compañía de la dueña. Ambas mujeres detuvieron su avance al oír la masculina voz y retrocedieron un poco para poder verlo.
—¿Sí?— A medida que Daniel se acercaba a ellas, le hizo un par de señas a su hermana, dándole a entender de que siguiera de largo, que luego Margarita se reuniría con ella. Extrañada, Marcela alzó una ceja de manera inquisitiva y cruzó miradas con Margarita en silencio—. Adelántate, mi amor, ya te alcanzo— Le aseguró la mayor con una pequeña sonrisa. Y sin más remedio, ni con ánimos de discutir, se encerró en su oficina—. ¿Qué sucede Daniel?— prosiguió la esposa de Roberto al alejarse de la puerta hasta estar justo frente a él. Daniel suspiró de manera pesada y metió su mano libre dentro uno de los bolsillos de su pantalón.
—¿Sabías sobre la última infidelidad de la joya de tu hijo, Margarita?— Instantáneamente, la mujer frunció el cejo ofendida por su pregunta.
—Por supuesto que no, Daniel.
—¿Seguro? porque estoy muy consiente, que tanto tú como Marcela siempre se la pasan encubriendo los evidentes e innumerables errores y fracasos de Armandito.
—Daniel...— siseó enojada, haciendo todo lo posible por mantener el tono de voz bajo— por si no te has dado cuenta, nadie defendió a Armando hoy, ni quisiera nosotras dos.
—No, pues, ya era hora— Cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra—. Es que si no hubiese sido así, no sé qué más habrían necesitado ustedes dos para que dejaran de hacerlo— Exhaló largo y tendidamente—. Lo único bueno que salió de todo esto, es que por lo menos ya Marcela no se va a casar con el inútil de tu hijo.
—Ya basta, Daniel— lo reprendió enojada por la crueldad de sus palabras.
El Gerente de recursos financieros desvió por un momento la mirada mientras soltaba otro suspiro pesado. Por más que él tuviese todo el derecho del mundo de estar furioso con Armando, Margarita no se merecía aquel trato tan hostil por su parte; pues aunque ella fuese la madre de su peor enemigo, Daniel siempre la había visto como parte de su familia al igual que Roberto; después de todo, ellos lo habían acogido como un hijo al igual que a sus dos hermanas después del trágico accidente aéreo en el que murieron sus padres.
—Discúlpame, Margarita— dijo intentando de contar internamente hasta diez y apaciguar las aguas que el mismo había alborotado—. Será, ¿qué podrías dejarme unos minutos con Marcela? Prometo que seré rápido.
—Está bien—acordó al cruzar sus brazos sobre el pecho—. Pero eso sí, no seas dura con ella, por favor. Este no es el mejor momento para tus pesadeces.
—No te preocupes. No pienso hacer nada de eso.
Margarita lo miró intensamente a los ojos como si estuviese buscando en ellos alguna señal de mentira tras sus últimas palabras. Sin embargo, al no encontrar nada sospecho, finalmente se hizo a un lado para cederle el paso hacia la oficina de Marcela, por lo que Daniel prosiguió en silencio a adentrarse en la habitación en cuestión, asustando a su hermana en el proceso. Extrañado, notó lo increíblemente pálida que se le había puesto el rostro ante su aparición y la gran bolsa negra que cargaba entre las manos. Y entonces, los ojos de él descendieron a lo atiborrado que estaba su escritorio de... ¿tarjetas? ¿Cajitas de chocolates? ¿Y aquello otro era un peluche?
—¿Daniel? ¿No ibas a hablar con Margarita?— farfulló mientras intentaba rápidamente de guardar todo eso dentro de la bolsa de basura.
—Ya lo hice... y ahora quiero hacerlo contigo— respondió sin apartar su curiosa mirada de aquellas peculiares cosas que su hermana mostraba tanto afán por esconder—. ¿Qué es eso?
—Basura, nada importante.
—¿Sí?— dijo alzando ligeramente las cejas—. Y si es tan irrelevante, ¿por qué estás tan apresurada por botarla?
—Porque evidentemente estorban en mi escritorio, Daniel— contestó Marcela, procurando parecer lo más normal posible. Con una mirada de sospecha, su hermano se le acercó al mismo tiempo en que ella terminó de guardarlo todo y amarraba la bolsa, asegurándose así de que ninguna de esas porquerías siguiera quedando a la vista de cualquier otro par de ojos curiosos.
—Marcela...— empezó a decir con cautela, al rememorar la vez en que atrapó a Mario Calderón en compañía de Armando Mendoza, con unos detalles curiosamente muy parecidos— ¿acaso esas cosas pertenecen a la nueva amante de Armando?- Involuntariamente, por unos instantes, la cara de Marcela se contrajo.
—No, son mías— mintió velozmente con convicción al recomponerse de su pequeño shock—. Armando me ha dado todas estas baratijas a lo largo del tiempo— dijo rehuyendo de sus escrutadores ojos mientras fingía buscar algo en una de las gavetas del escritorio.
—¿De verdad? No sabía que Armandito fuese tan detallista y romántico— comentó siguiéndole el juego. Porque sí, Daniel sabía que le estaba mintiendo; le quedó claro cuando pilló su primera reacción.
—Pues sí, sí lo era. Pero me hizo prometer que lo mantuviéramos en secreto... ya sabes, para evitar que los demás se burlaran de él... especialmente tú, Daniel.
Antes del que el mayor de los Valencia pudiera agregar algo, el tono de su celular lo impidió, por lo que procedió a sacar el aparato de uno de los bolsillos internos de su saco y atender el móvil. Durante los segundos en que transcurrió la llamada, Daniel no dejó de observar la cara de funeral que tenía Marcela y comenzó a dudar sobre su idea de hablar con ella; quizás lo mejor sería posponer esa conversación para otra ocasión y por ahora darle algo de espacio, ya que lo que menos deseaba en este mundo era ponerla peor.
—Debo irme— anunció, tras un incómodo silencio luego de finalizar la llamada y guardar nuevamente el celular dentro de su saco. Resultó ser su secretaria, la cual le informó sobre la llegada de uno de sus amigos a la oficina y que necesitaba reunirse urgentemente con él, por lo aquella noticia fue suficiente para ayudarlo a terminar de decidirse—. Luego hablamos. Cualquier cosa me llamas— Se inclinó por encima del escritorio para despedirla con un beso en la mejilla.
***
Cuando Daniel finalmente llegó a su lujoso apartamento, eran más allá de las once de la noche. Estaba tanto físico como psicológicamente agotado. Aquel día había resultado ser una auténtica pesadilla desde el inicio hasta el final, pues no solo se había enterado de la grave crisis financiera de Ecomoda y su actual estado a nivel legal, sino que también, ahora perdiera por completo la oportunidad de participar en el nuevo proyecto que estaba tan interesado y por supuesto, el enorme aporte que ya había dado para el mismo. Las únicas dos cosas positivas entre el medio de aquel caos eran: que por una parte aún le seguiría entrando algo dinero por su sueldo como empleado público y por la otra, que ya su querida hermana, Marcela, no se casaría con el responsable todo aquel maldito desastre.
En vez de irse a bañar, cambiarse o algo remotamente parecido, Daniel se limitó a encaminarse a la habitación que tenía asignada como su estudio y a servirse un trago de whisky. Dejó su maletín sobre el escritorio y se sentó en su respectivo sillón estilo oficinista, rebobinando todo lo ocurrido en la catastrófica junta directiva que se había celebrado en ese día. Y nuevamente le comenzaron a surgir ese montón de preguntas que habían quedado sin respuesta y que todas ellas se relacionaban con una sola persona:
Beatriz Pinzón Solano.
Daniel se llevó el vaso a los labios con un semblante pensativo. ¿Qué había incentivado a esa mujer a traicionar a su gran y estimado jefe? ¿Acaso había decidido intentar de salvar su pellejo en el último momento?
No, eso no tenía sentido... ya era demasiado tarde para eso y ella evidentemente lo sabía, por algo les había presentado su carta de renuncia en el mismo instante en que todo se destapó, para evitar que ellos la despidieran y así quedara manchada su perfecta hoja de vida. Ahora, si su propósito no era querer salvaguardar su puesto, ¿entonces para qué lo hizo? ¿Qué ganaba ella con eso?
«Absolutamente nada» se respondió a sí mismo al contemplar el líquido ambarino que aún quedaba en su vaso, junto con un par de cubos de hielo. Luego, recordó su cara de pesar cuando intentó ilusamente de disculparse con Roberto por toda su participación en aquella farsa. ¿Acaso lo había hecho por un tema netamente moral? Se quedó por un largo rato meditando esa respuesta «No lo creo...» pensó, negado ante la idea que fuese solamente por eso. Si algo había aprendido en la vida, era que la gente no se atrevía a hacer ese tipo de movimientos sin algún beneficio de por medio «Aquí tiene que haber algo más» Continuó, cavilando. Y de repente, se le vino a la cabeza las últimas palabras que él mismo le había dicho a Armando, justo antes de que Beatriz se hubiese retirado de la junta y todo lo que ello desencadenó.
''Y no creas que la persona de tu confianza puede quedar eximida de toda su responsabilidad simplemente porque tú le diste una orden''
''Ni tan de confianza'' Había intervenido inesperadamente Marcela, sin ni siquiera dirigirle la mirada a la mujer ''Porque la persona en la que Armando Mendoza confió... la persona en la que Armando creyó ciegamente, a la que le entregó casi su vida...'' Por un instante, decidió observar despectivamente a la aludida ''acaba de entregarlo a esta junta''
''El doctor Armando les puede explicar por qué''
Aquella particular frase de la ex asistente de presidencia, resonaba una y otra vez dentro de su cabeza. Daniel acabó frunciendo el ceño al llegar inevitablemente a una conclusión.
« ¿Qué otra cosa más turbia hiciste, que no nos dijiste en esa junta, Armando Mendoza? »
***
El día siguiente no resultó ser mucho mejor.
Durante la breve reunión que tuvieron con los abogados, la Junta Directiva se enteró que los poderes que había hecho Beatriz, no servirían absolutamente para nada y por ende, no tenían otra opción, más que reunirse con ella y sus respectivos abogados, si es que querían lograr resolver algo de todo ese lío legal en que ahora estaban sumergidos.
Sin más remedió y sin ánimos de perder más tiempo, Roberto dio por suspendida la junta y fijó la prolongación de esta para la tarde del día siguiente, así le darían el chance a Beatriz para que pudiera regresar a Bogotá y asistiera a las próximas reuniones.
Sin embargo, nada remotamente parecido sucedió...
Resulto ser, que la muy ''distinguida'' doctora, no solo no se dignó a comparecer, sino para rematar, se le ocurrió mandar en su lugar a su flamante novio, Nicolás Moras.
Magnífico, simplemente magnífico...
A medida que los segundos pasaban, se notaba cada vez más que la presencia del muy tonto no servía para nada. Lo único que se limitó a comentar, fueron puras bobadas y que él no tenía la autorización para revelar el paradero de la estrella de su noviecita.
Si no estaba autorizado para decir algo remotamente útil, ¿para qué diablos Beatriz lo mandó en primer lugar?
La reunión prosiguió ciertamente en vano. Porque una vez que esta se dio otra vez por suspendida, quedaron exactamente igual que en un inicio: sin saber en dónde estaba Beatriz y en la espera a que la señora se dignará aparecer o al menos mandare algún tipo de razón.
—¿Será que podemos hablar un momento, señor Mora?— dijo repentinamente Armando al ponerse de pie y bloquearle la salida de la sala de juntas a este.
—No, ahora no puedo, tengo afán y tengo otra junta, ya había dicho, usted pone cuidado, ¿o no?
—No lo voy a demorar sino un par de minutos— Insistió Armando sin moverse un centímetro de su sitio.
—Ya escuchó, señor Mora— Se metió Marcela sorpresivamente en la conversación—, probablemente está muy angustiado sin saber de Beatriz.
El veneno que empleó Marcela ante ese comentario no paso desapercibido por Daniel. Sin embargo era entendible que su hermana estuviera tan furiosa y recorosa con Armando, pues no solo era culpable directo de la terrible situación de la empresa, sino también se había convertido en su ex-prometido como consecuencia de todo ello.
—¿Será que puedes dejar tus ironías, Marcela?— dijo el ex presidente al desviar la mirada de Nicolás Mora para dirigírsela a ella—. Que para mí es importante, bien importante.
Exasperado por no haber avanzado en nada, Daniel soltó un suspiro.
—Bueno, nos vemos mañana si la doctora Pinzón aparece, ¿no?— dijo él a modo de despedida luego de que Nicolás Mora y Armando Mendoza abandonaran la sala.
Mientras que iba de camino al ascensor junto con los abogados, cierta peliteñida entrometida no aguantó la curiosidad de preguntar y se levantó de su silla como un resorte.
—¿Ya se van?
—No, Patricia. Solamente decidimos salir para tomar aire fresco— respondió Daniel, con su típico sarcasmo al presionar el botón para llamar al elevador.
Sandra y Mariana soltaron unas risitas desde sus respectivos escritorios y Patricia posó una mano sobre sus caderas y lo miraba de manera asesina.
Justo cuando las puertas del ascensor se abrieron y los abogados ingresaron al mismo, Daniel captó por su vista verifica los perfiles de Margarita y Marcela, quienes se encaminaban a grandes pasos hacia la oficina de Puntos de venta.
—Señores, discúlpenme un momento. Enseguida voy con ustedes— les anunció repentinamente al par de Licenciandos, los cuales se limitaron asentirle. Daniel se encaminó rápidamente a seguir a las dos mujeres—. Marcela.
La nombrada se detuvo en seco al escuchar que la llamaban y se volvió hacia él. Entretanto, Margarita intercambió una veloz mirada con el Gerente de recursos financiero.
—Amor, te espero en la oficina— esta anunció a Marcela al comprender que su presencia no era requerida—. Nos vemos mañana, Daniel— lo despidió con un beso en la mejilla.
—Así será, Margarita— contestó al corresponderle el gesto.
—¿Qué sucede, Daniel?— interrogó inmediatamente Marcela con un semblante serio, después de que la mujer los dejará a solas.
—Solo quiero saber cómo estás— Con una mirada de preocupación, le colocó una mano sobre el brazo como un gesto de aprecio.
Lo único que se dibujó en el rostro de Marcela, fue una sonrisa triste.
—No te preocupes, estaré bien.
—¿Quieres hablar sobre ello?
—No, tranquilo, no es necesario.
—¿Segura?
Con las dos manos, ella le agarró con cariño la suya que aún mantenía sobre su brazo.
—Muy segura, mi príncipe— contestó dándole un beso en la mejilla—. Debo irme, Margarita me está esperando— Al notar la mirada de poco convencimiento de su hermano, ella prosiguió—. Te prometo que si llego a necesitar algo, te aviso, ¿sí?
Resignado, Daniel se limitó a suspirar. De nada serviría que intentara de presionarla. Porque al igual que él, ella tampoco había sido muy dada a compartirle algo sobre su vida privada.
—Sí, está bien.
***
Pasaron dos días y nada que lograban hacer ningún tipo de avance con la doctora Beatriz, debido a que la mujer se la pasaba escondida aún en quién sabe dónde, decidiéndose por mandarles otra vez al muy pusilánime de su novio, lo cual valía lo mismo que nada. Y como si eso no fuese suficientemente molesto, insólitamente, Armando seguía mostrándose sumamente protector con ella y de paso haciendo cada día un nuevo espectáculo, como por ejemplo: llegar amanecido, borracho y con la misma ropa del día anterior, para luego aparecerse al día siguiente apaleado. Al paso qué iba, ¿qué vendría después? ¿Encontrarlo ahorcado en plena sala de juntas?
«Solo espero que si se anima hacerlo, al menos no lo haga dentro de las instalaciones de EMOMODA» Pensó Daniel al salir de la empresa, después de otra infructífera reunión.
Y así transcurrieron otros dos nefastos días más; entre reuniones con abogados estudiando alguna otra opción que pudiera servir para pagar las deudas multimillonarias que había contraído la empresa, ya que al menos, según Roberto, sería un hecho que Beatriz efectivamente les devolvería la empresa. Sin embargo, por más horas que duraron estimando el valor total de todos los activos de cada uno de los socios y debatiendo las consecuencias jurídicas que sucederían al cesar el proceso judicial de Terramoda contra Ecomoda, acabaron tal cual como al principio...
—En otras palabras, otra vez estamos en manos de ella— soltó Marcela, quemándose internamente por la ira.
—Así es— le tocó al doctor Santamaría, confirmar su peor pesadilla.
O le rogaban a Beatriz que colaborara con ellos, o esperaban a que los bancos descuartizaran como una res a Ecomoda y ellos se resignaban a recoger los pedazos que quedaran.
Finalmente luego de otra acalorada discusión entre los integrantes de la Junta Directiva, decidieron por cuestión de mayoría de votos llamar a Beatriz y pedirle su colaboración.
—Miren— empezó a decir un Daniel irritado al ser el único que se había opuesto a la idea—, hagan lo que quieran con Ecomoda, pero les advierto algo, voy a cuidar el poco capital que me queda, voy a dejar de ser el imbécil que se pasea por estas oficinas— enfatizó mientras palmeaba la mesa con sus dedos repetidas veces—, voy exigir— Sus ojos viajaron al mayor de los Mendoza—. Roberto, voy a exigir resultados.
—Estas en todo tu derecho, Daniel— concordó este al instante.
Llegados a ese punto, solo faltaba ultimar un pequeño, pero gran detalle...
¿Quién sería la persona que hablaría con la ''ilustre'' doctora?
—Me parece que no puede ser el doctor Santamaría porque, como él dijo, sería un poco descortés— comentaba Mario Calderón—. Tiene que ser alguien con buen ascendente sobre Betty. Yo me ofrecería gustosamente al trabajo, ¿no? Ustedes saben— Levantó ambas manos a la altura de su rostro y expuso las palmas hacia el frente—. Pero a mi Betty me detesta.
—La doctora Pinzón y yo somos enemigos naturales— prosiguió, Daniel.
—Bueno, yo la saludé dos o tres veces, ni me acuerdo— expuso, Margarita por su parte.
—A mí, no me miren, cada vez que hablo con Betty es para insultarla— siguió, Marcela.
—No, y en todo caso, conmigo sí pues la verdad no cuenten— aclaró Armando, quien yacía de pie apoyado sobre una de las paredes—, porque saben el rencor que ella tiene hacia mí por estos días.
—Sí, Armandito, lo notamos en la junta cuando te entregó, pero nunca me expliqué, por qué tanto rencor, con tanto ahínco...— intervino Daniel, aprovechando el hecho que hubiese tocado un tema tan curioso. Y entonces, notó que Marcela y Margarita se removieron incomodas en sus asientos. Ante ese pequeño pero sutil detalle, Daniel afiló la mirada y decidió continuar con su punto, posando sus escrutadores ojos sobre el ex vicepresidente comercial—. Al igual que contigo, Mario...
Un profundo e incómodo silencio se asentó en el lugar. Entretanto, el susodicho lo miró directamente a los ojos sin ninguna expresión en su rostro.
—¿Saben?— insistió, Daniel—. En todos estos días no he podido dejar de hacerme una pregunta... y esa es, ¿qué fue lo que hicieron ustedes dos— señaló a cada uno con el dedo—, para que esa mujer decidiera traicionarlos de esa manera?
—Daniel...— comenzó a decir Marcela arrastrando su nombre mientras cerraba los ojos e intentaba de guardar la calma— ya nada de eso importa.
—¿Ah, no?— inquirió alzando las cejas— ¿Y eso cómo por qué?
—Porque discutir eso, no ayuda precisamente a resolver el problema en el que ahora estamos metidos por culpa de esa mujer— siseó.
A medida que pasaban los segundos, Daniel pudo notar como el cuerpo de su hermana se tensaba, mientras Margarita se movía otra vez incomoda sobre su silla.
—Pues a resolverlo no— admitió—. Pero sí a comprender el origen de este, hermanita...— agregó con una sonrisa a boca cerrada— Te hago una pregunta. ¿A ti no te parece muy raro, que esa mujer...?— No pudo terminar de hablar, porque un Roberto muy serio lo interrumpió.
—Daniel— lo llamó con un claro tono de advertencia en su voz, que le hizo entender que si decía otra palabra más él volvería a explotar.
El mayor de los Valencia desvió la mirada y suspiró ruidosamente. En esos últimos días, no hacia otra cosa más que sentirse completamente frustrado e impotente.
—Discúlpame, Roberto— dijo, a modo de resignación.
—Bien— Roberto hizo una pequeña pausa—. Volviendo al tema que nos concierne... yo hablaré con ella— resolvió—. Al fin y al cabo ella se presentó en la junta, me pidió perdón, esa es la demostración de que sintió, no sé, respeto, hasta remordimiento.
—Bueno, entonces, el doctor y yo vamos a cancelar la cita con los abogados, y yo quedo a su disposición, doctor, para lo que usted diga— declaró, Santamaría al escuchar la decisión definitiva.
***
El maletín de Daniel cayó sonoramente sobre su escritorio, al momento en que este se sentó sobre el sillón que tenía en su estudio e ingirió otro largo trago de whisky y se quedó ahí, prácticamente inmóvil, solo pensando.
Que tormentosos le habían sido los últimos seis días por Dios.
En teoría, al día siguiente, sabría de una buena vez el destino final de todo el patrimonio de su familia y el de los Mendoza, aunque en su opinión, ya todo estaba perdido. Se mantenía bastante escéptico en el hecho de que pudieran llegar a un acuerdo favorable con esa mujer; después de todo, no confiaba en lo más mínimo en ella.
Y hablando de la confianza...
Recordó lo defensiva que se había puesto su hermana cuando él demostró su claro interés por conocer el origen de los recientes y misteriosos resentimientos de Beatriz por Armando y Mario.
Desde un primer momento, sabía perfectamente el odio que Marcela le profesaba a esa mujer y en parte no podía culparla. Pues además de que Beatriz no tenía ninguna clase de presencia y que Armando no dejaba de concederle cada vez nuevos poderes, con el tiempo se había hecho evidente que trataba y defendía muchísimo mejor a su ex asistente que a ella, que para ese entonces, se supone que era su prometida.
«Si no fuese porque su ex asistente es fea, juraría que la última amante de Armando, era ella»
Ante el mar de dudas en el que aún seguía hundido, Daniel exhaló con pesadez y se desajustó la corbata con una mano.
A excepción de él, ¿por qué ninguno de los otros miembros que conformaban la Junta Directiva, mostraban un mínimo interés en conocer el motivo que había impulsado a Beatriz a traicionar a Armando y Mario?
Y de repente, el semblante de Daniel se endureció tal cual como una piedra al pensar en una posible razón... Y esa no era otra, que probablemente ya todos los demás conocían esa respuesta.
