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El Palacio de los Yaojin se encontraba inusualmente silencioso. A pesar del murmullo de conversaciones y las distanciadas risas, el lugar estaba quieto, como un lago que la brisa no rizaba. Y Qing Xiong sabía que la causa era la partida de Hongjun.
En los últimos años, el hijo de su hermano menor había sido el principal motivo de alegría en la morada de los Sabios. Él lo sabía. Todos los yaojin lo sabían. Chong Ming se negaba a reconocerlo.
Chong Ming no era uno para mostrar sus sentimientos, y Qing Xiong sabía que su hermano mayor no perdonaba a los humanos la muerte de Kong Xuan. En su interior, incluso él comprendía que era irracional culpar a los mortales; pero el Rey de los Yao no era conocido por su racionalidad. Por eso, el rey Fénix se había retirado lugo de despedir a su hijo adoptivo.
Lord Qing Xiong entró en la alcoba y se detuvo, contemplando a través de las cortinas de papel de seda la silueta yaciente de su hermano jurado.
Como suponía, Chong Ming dormía. Desde hacía casi dos décadas, había tomado la precaución de no dejarse llevar por su naturaleza – desde que siendo Hongjun un infante se asustó de las llamas.
Los aposentos estaban desiertos, sintió lord Dapeng; y, en otras circunstancias, eso sería impensable. Sin embargo, a pesar de su opinión personal, su hermano marcial se habría burlado de él. Si no estuviera tan deprimido por la partida del hijo de Kong Xuan.
Kong Hongjun se había marchado y las vidas de ambos se habían vaciado – como veinte años atrás ocurrió cuando su tercer hermano falleció. En aquel momento, por escasos meses, hallaron una forma de seguir adelante. Juntos.
Mientras avanzaba hacia el lecho, soltó el cinturón y dejó caer el chaleco negro. Se descalzó y subió a la cama para acomodarse junto a su amigo y aliado.
Chong Ming se había despojado de la característica hopalanda carmesí y de su collar de oro. En torno a él, su cabello ígneo resaltaba sus facciones hermosas y – por supuesto – ceñudas.
Qing Xiong extendió una mano y enredó un mechón rojo en su índice. Para él, el Rey Yao era la criatura más bella del mundo – humano y demoniaco. A pesar de las cicatrices. O tal vez a causa de ellas, admitió en tanto la yema de su dedo rozaba el borde de la marca de quemadura en su cuello. Como su hermano jurado no reaccionara al contacto, Qing Xiong cobró coraje y se acercó más, inclinándose hasta que su aliento tocó la piel morena.
No se detuvo. Presionó sus labios entreabiertos en la cicatriz y descendió hacia el pecho, deteniéndose entre los pectorales. Tomó aliento y, despacio, extendió la lengua, y lamió. Largo, lento, mojado. Hasta que solo quedó el sabor de él en su paladar. Tragó, con los ojos cerrados y volvió a lamer la piel cálida. Con una mano, sostuvo el pecho del otro, ayudándose para beber con calma del pezón endurecido por la caricia.
Chong Ming sabía a fuego y deseo – un fuego que ardía siempre en su interior; un deseo del que no conseguía saciarse.
Un jadeo vibró por encima de él, y Qing Xiong alzó la cabeza para encontrar los ojos dorados de su amigo.
—¿Qué haces? —reclamó el rey de los Yoajin; pero una de sus manos se elevaba para atraparle de la garganta, acercarle a sí.
—Sabes los que hago —medio rio el segundo de los Tres Sabios —. Te he echado de menos.
—He estado aquí todo el tiempo.
—No para mí —. Sacudió la cabeza —. Has estado a mi lado.
Su tono marcó la distinción. La presión en su garganta bajó hasta ser una caricia. Despacio, el Rey Fénix obligó a su amigo a cambiar de posición.
Qing Xiong se dejó guiar para tenderse de espaldas, Chong Ming cerniéndose sobre él, sus cuerpos demasiado juntos, y luego no lo suficiente cuando sus bocas se encontraron – lento; lenguas en un juego voluptuoso dentro y afuera; manos vagando por sus cuerpos.
Se apartaron solo cuando la falta de aliento pintó manchas de colores ante sus ojos, y aun así se aferraron uno al otro, sus alientos entremezclados.
Lord Peng cerró los ojos. Estaba siendo injusto.
La muerte de Kong Xuan había sido un golpe demasiado fuerte para los dos – su trinidad rota de forma irrecuperable. Mas, si bien él, Qing Xiong, fue quien trajera al bebé Hongjun al reino de los yaoguai, fue Chong Ming quien al final asumió su crianza y educación; fue a él a quien Kong Hongjun llamó “padre”. Era Chong Ming quien perdía a su hermano jurado por segunda vez.
Pero Qing Xiong no podía evitar agradecer a los cielos por la excusa que tenía para ir a su hermano mayor. Fueran años muy largos estando tan cerca y no atreviéndose a cruzar la distancia. Siempre tuvo la duda de si Chong Ming no habría preferido que él fuera la pérdida, si no habría soñado con ser el elegido de Kong Xuan…
La boca del rey dejó un rastro abrasador por su cuello, sus hombros, su pecho estremecido. Presionó besos demasiado leves y luego sus labios dibujaron los músculos tersos, demorándose en los pectorales amplios, duros, generosos.
Qing Xiong jadeó, echando la cabeza atrás, cuando su pezón fue tomado entre los labios del otro. El deleite de la caricia fue mayor cuanto que Chong Ming no solía ser atrevido. Apasionado sí; pero directo y poco sutil. No le molestaba: lo poco que consiguiera de él era más que la gloria. Ondeó bajo el peso de su amigo – con una mano aferrándose a las sábanas de seda; la otra, clavando las uñas en su hombro. Impaciente, abrió las piernas para que el fénix se ubicara entre ellas, presionando su virilidad engrosada de deseo.
El rey de los Yaoguai lamió y succionó, fuerte, hasta que los gemidos resonaron bajo el baldaquín y tuvo que aguantar a su compañero. Y, aun así, retuvo en su boca la carne turgente en tanto su verga maciza molía la otra similar.
Había gozado antes de la suavidad de senos cálidos; pero nadie le diera tanto placer como el macho bajo él, y quisiera beberse su esencia, devorarle centímetro a centímetro, suspiro a suspiro.
Bajo su cuerpo, Qing Xiong se arqueó, y un sonido mitad quejido mitad maldición acompañó los latidos de su sexo apretado en los pantalones, mientras la humedad empapaba la tela.
Tal vez en cualquier otra ocasión, se habría avergonzado de su poca resistencia, aceptó el segundo hermano en la niebla del orgasmo. Mas, no esta noche. Solo podía disfrutar de lo que había ganado.
Ronroneó cuando una larga lamida escaló por su garganta, hasta reclamar sus labios – lento y sinuoso. Con un esfuerzo, alzó los párpados y encontró la mirada dorada del otro.
—¿Quieres más? —susurró. Y de inmediato, se aclaró la garganta —. En otro momento, es decir. Cuando consideres que sea… adecuado…
—Ahora. Mañana. Siempre —se apresuró a asentir Chong Ming.
—¿Dage…? —vaciló.
—Ahora mismo, quiero más de ti. Siempre querré más de ti, Qing Xiong —. Se pasó la punta del pulgar por el labio inferior —. Deseo más de tu sabor en mi lengua.
La verga del aludido saltó, volviendo a la vida.
—Encantado de satisfacer tus… apetitos.
Chong Ming esbozó una sonrisa depredadora.
