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☀️
El helado de vainilla se derretía ligeramente en mi mano derecha bajo el abrasador sol veraniego, cubriéndola de la leche y crema que se deslizaban hasta perderse en la dorada arena de aquella playa.
Era de esa forma en la que anhelaba cubrir su perfecta caradura con mi esencia, salpicando sus labios de sandía, y admirando el descenso por su bronceada piel.
La suave brisa chocaba contra mi rostro al correr hacia el mar, arruinando varios castillos de arena, mientras le observaba discretamente esparcir bloqueador por su nariz.
Él se encontraba sentado en la silla alta de socorristas, con sus gafas de sol y cortos pantalones rojos, vigilando a los torpes turistas y a los novatos de Malibú.
El agua celeste hizo contacto con mis pies e instantáneamente deseé unirme a los surfistas, para devorar las salvajes olas que animaban esa soleada tarde de Julio. Salvo que tenía otros planes en mente. Esos que incluían el fingir ser un pésimo nadador, y llamar la atención de aquel salvavidas, cuyo atlético torso resplandecía con ayuda de la luz del día.
Contemplé el cielo azul, y a las gaviotas volando hacia los barcos que se hallaban en el muelle, sumergiendo mi cuerpo en la marea cristalina sin desvanecerme y, que él, quién bebía de su agua de coco, aún pudiera supervisarme.
Los enamorados nadaban cerca de la orilla, al igual que los padres con sus pequeños retoños en inflables rosa de flamenco, o amarillos en forma de pato. Yo por mi parte, era quién desafiaba al rebelde oleaje.
Agitaba mis brazos en el aire pidiendo auxilio mientras pretendía hundirme y luego regresaba a la superficie. Y con mis ojos irritados por el agua salada, le aprecié bajar de su trono de vigilancia generando un molesto ruido con su silbato, corriendo a toda prisa.
Lo último que vi fue el estribor de un bote blanco frente a mis narices, cuando me propuse a tomar aire una vez más...
🌊
Me hallaba recostado en la arena bajo la sombra de las altas palmeras que se mecían.
La suave presión de sus labios y de sus manos, liberaron el agua de mis pulmones como la espuma de una botella de champán al abrirla, y le aprecié desde tan cerca.
Mi mirada viajó desde su húmeda cabellera, tan negra como la noche, hacia su torso de piel de oro, para subir hacia sus ojos verdes como las delgadas y largas hojas de las palmas, hasta bajar nuevamente hacia sus firmes pectorales que lucían como un par de cocos en los que deseaba empinarme.
Posé mi mano en su ruborizada mejilla y luego la llevé hacia su cabello, atrayéndolo hacia mí para besarle en medio de aquella fantasía. Sus labios eran dulces como la canela, el beso era eléctrico y me sentía como Ariel en los brazos de su príncipe azabache.
Escuché unas risas y él se alejó sonriendo de lado.
—Por favor, denle un poco de aire. Regresen a sus actividades.
Los observé regresar al agua, a algunos meterse bajo las sombrillas de playa recostados sobre sus toallas en la arena con sus trajes de baño de dos piezas y sombreros de paja, y a otros con sus bermudas y cómodas alpargatas.
—Aún tienes una contusión. Te llevaré a la palapa de socorro para seguir tratándote— me cargó en sus brazos y trasladó hacia la estructura de techo de paja escondida tras un par de grandes rocas que brindaban algo de privacidad.
—A-aún me duele la cabeza...— mentí e hice pucheros. Él rodó los ojos y me recostó sobre una gran toalla enseñando su perlada sonrisa. Había un botiquín, cervezas en hielo y una boya torpedo.
— Te he visto surfear. Todo fue una actuación hasta que apareció ese bote...
—Fui un estúpido...— me curó la pequeña herida en mi frente y bebí algo de agua junto a un analgésico.
Él guardó los implementos en el botiquín, y cuando estuvo a punto de levantarse, lo tomé de su fuerte brazo —Deseo que te quedes... aquí conmigo...
Las hebras de mi cabello mojado se deslizaron entre sus dedos —Eso haré. Fue un fuerte golpe y debes permanecer despierto.
—¿Y de qué te gustaría hablar para mantenerme consciente?— cerré los ojos, sonriente, e instalé mis manos debajo de mi cabeza. —Dime cuál es tu canción favorita del verano... ¿Tienes mascota?
—De hecho, mi técnica no incluye tanto parloteo.
—¿Eh?— le miré confundido y él relamió sus labios.
—Esas personas no sólo hicieron burla de ese travieso beso. Ellos se reían de algo más. Algo que me cautivó, y en lo que debo ayudarte como el buen guardavidas que soy.
—Pero dime, Hale, ¿de qué se trata?— inquirí con desesperación, mientras él llevaba su mirada hacia mi pantaloneta playera. Aquella que se encontraba descaradamente levantada, debido a una incontrolable erección que rápidamente intenté ocultar con mis manos, —Oh, qué vergüenza...— mis mejillas ardieron...
🏖️
Derek separó mis piernas y se ubicó en medio de ellas. Su cuerpo era tan ardiente como el sol. Lucía sediento con su boca entreabierta, y el pecho elevándose y descendiendo con cada respiración.
Deslizó la prenda lentamente. Yo capturaba cada uno de sus movimientos, cada pestañeo, cada suspiro. Me encontraba a la merced de la joya Californiana, con su piel brillante como un diamante y sus manos apoderándose de mi pálida y dotada verga.
Incliné mi cabeza hacia atrás al percibir sus labios repartiendo besos por mis muslos, hasta situarlos en mi chorreante glande que saboreó con su experta lengua, para luego recorrer el resto del falo con deseo. Sus ojos brillaban, y "Espresso" se escuchaba en la radio.
Devoraba la longitud por completo con tan servicial boca, desvariándome. Succionaba y complacía mi polla desplazándose con sus manos por mi sudado torso para contar los lunares en este.
Él, sin siquiera saberlo, me elevaba hacia el paraíso.
Le contemplé lamer el líquido preseminal como si se tratara de las pegajosas gotas de una paleta helada disolviéndose por el calor. ¡Y ya no podía más!
—Mi agujero se encargará de ti desde ahora— extrajo el miembro, y secó el sudor de su frente con la mano para acercarse a mi boca, gateando, y así
besarme apasionadamente.
Le ayudé a despojarse de sus shorts y de su bañador negro. Poseía un culo velludo y tan enorme que no podía explorarlo por completo con mis manos. Tenía sus piernas a cada lado de mí y sostenía mi pene en dirección hacia arriba para introducirlo a través de su apretado orificio.
Dio inicio a una intensa cabalgata meneándose a una velocidad deslumbrante. Sus senos rebotaban tan provocativamente, al igual que su verga golpeando mi abdomen. Y gemía en voz alta, con su mirada fija en mí.
Me montaba con gracia. Ese rostro de dios Griego junto a ese cuerpo esculpido por deidades, sólo me hacían querer festejar. Era el sueño de una noche de verano y todo lo que anhelaba lamer a esas horas vespertinas.
Se inclinó hacia adelante apoyándose con sus antebrazos sobre la arena, aproximando su pecho besado por el sol a mi boca para chupetear los rosáceos y duros pezones, los cuales secretaban un líquido adictivo.
Con las piernas flexionadas, me empujé dentro de él una y otra vez levantando la pelvis mientras jugueteaba con sus pectorales. Él contaba con sus ojos apretados y una sonrisa de oreja a oreja a causa de las embriagadoras embestidas.
—¡Oh por Dios! ¡Sí!
—Mierda, ahhhh— lo tomé de la cintura para balancearlo sobre mi verga. Él cabalgaba como todo un vaquero de ensueño en un campo de placer y bañaba mi tronco con su dulce y blanquecina esencia. —Joder, eres precioso— chocaba contra su centro y me clavaba con más profundidad, perdiéndome en la serenidad de su mirada y en la sinfonía de sus jadeos, para finalmente vaciar todo mi elixir grisáceo en sus adentros.
—Wow— se tumbó a un lado de mí sobre la arena, respirando pesadamente y posando su mano en mi pecho, mirándome boquiabierto. —Definitivamente los surfistas universitarios son los más intensos.
—Y los más románticos...
—Eso tendré que averiguarlo...
Fin ☀️
