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Español
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2024-07-10
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Truco o prenda

Summary:

2021. Tras pasar a la final de la Copa América, cuatro técnicos un poco entonados juegan al truco.

Notes:

Dos aclaraciones truquísticas(?
-las sotas son los diez en el mazo de naipes español y son cartas de valor relativamente bajo en el truco (no son las peores cartas peeeero son malazas)
-el ancho de espadas es la carta de valor más alto (o sea, nada le gana).
El resto debería entenderse todo

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

—Dejame de joder, Walter.

—Dale, Pablo, no seas amargo —insiste el otro, golpeándolo con el hombro. 

Están en el predio de AFA en Ezeiza, recién llegados de la victoria contra Colombia. Les habían dejado a los jugadores un tiempo de distensión, antes de pensar en la final a disputarse en unos días. Esa noche, el fernet circuló cual Gatorade en entrenamiento sin que nadie los cague a pedos porque sabían que era una liberación necesaria después de estar más de un mes completamente aislados de sus familias, saliendo del edificio sólo para entrenar y jugar los partidos.

El cuerpo técnico también había disfrutado de los festejos, algunos más moderadamente que otros. Los jugadores hacía rato se habían retirado a seguir la joda en sus piezas. En la sala de descanso todas las mesas estaban vacías, exceptuando una de las cuadradas, ocupada en ese momento por Aimar, Ayala y unos entonadísimos Scaloni y Samuel, que se disputaban una partida de truco. Walter se acababa de consagrar ganador del premio y, después de guardar los billetes, propuso a los otros dos que se sumen a un nuevo partido.

—No me gusta jugar por guita, ya sabés —responde el riocuartense —Jueguen ustedes, yo me voy a dormir.

El Ratón da un último trago a su vaso y se levanta, con intención de acompañarlo. 

—Esperen, che, todavía es temprano —los frena Walter. No es temprano, de hecho, entre la borrachera de los técnicos y lo entrada de la madrugada, probablemente terminarían suspendiendo la práctica matutina —Jugamos por otra cosa.

—Por ropa —interviene Lionel con una sonrisa ancha. 

—¿Estás en pedo? —Pablo se ríe —Bueno, sí, estás en pedo, pero mirá si vamos a andar haciendo esas boludeces. No somos pibes. 

—Dale, Pablito —canturrea el oriundo de Pujato.

El aludido intercambia una mirada con Ayala. Ellos dos son los más "serios" del cuerpo técnico, algo de lo que el resto suele burlarse. No les haría daño soltarse un poco una noche. El Ratón sube los hombros en gesto de resignación y se acomoda en uno de los lados de la mesa. Pablo, un poco sorprendido por su rápida rendición, lo imita, sentándose justo frente a él para formar equipo. A su derecha, Walter le extiende el mazo para que corte.

—Cada dupla se saca una prenda por cada punto perdido —indica Scaloni para toda la mesa, mientras Samuel reparte —¿Dudas?

Los otros tres niegan con la cabeza. La primera ronda, Aimar y Ayala pierden tanto envido como truco. Por fortuna, los dos tienen campera y buzo sobre la camiseta, que junto a las zapatillas cuentan como las cuatro prendas en cuestión, a pesar de la insistencia del director técnico por hacer contar el calzado como una sola cosa.

—¡No salís con una sola zapatilla! —espeta —¡Te ponés el par! Se tienen que sacar algo más. 

—Tendrías que haberlo aclarado antes —opina el Ratón.

—Ya está, gringo —tranquiliza Walter.

—No vale —refunfuña el pujatense —Ya van a ver.

Después de la última tanda de fernet preparada por el cabecilla del seleccionado, Aimar se siente más flojo. Recibe las cartas con una exacerbada confianza. Sin permitir que los modestos valores de sus cartas mermen su optimismo, ojea a al par contrincante, quienes examinan las suyas con gemelos ceños fruncidos. ¿Será una estrategia para hacerles creer que no tienen nada útil? No, Pablo reconoce claramente el puchero frustrado de Lionel (un poco más pronunciado que su puchero de tristeza pero menos tensionado que su mohín de preocupación). 

El riocuartense mira a su compañero de equipo, quien le comunica casi telepáticamente que sabe que Walter no tiene buenas cartas, y juega. A pesar de perder un punto por el envido no querido –adiós a una de sus medias–, el dúo Aimar-Ayala se queda con tres puntos de un retruco ganado. 

Pablo extiende su vaso a Roberto, quien brinda divertido antes de que ambos hagan fondo blanco con el resto del fernet que les quedaba. 

—Pensé que no tenían nada, che —se lamenta Walter, negando con la cabeza. 

—Y bueno, así es la vida, cabeza —se burla Pablo, contemplando a los perdedores sacarse una de las zapatillas —Si no conté mal perdieron tres puntos, ¿no? 

La no-tan-inocente chicana del riocuartense va dirigida directamente a Lionel, quien lo mira con cara completamente seria pero la transforma a una traviesa.

—Tenés razón, che. Me tengo que sacar dos cosas más, ¿no?

Sin esperar respuesta, se quita de un solo movimiento el buzo y la camiseta, quedándose con el torso completamente desnudo. Revolea todo a un costado, ante la atónita mirada de Pablo. El cordobés lo inspecciona de arriba hacia abajo, deteniéndose especialmente en sus firmes pectorales. Siente un repentino deseo de tocar cada porción de piel disponible y desea que se de vuelta, para apreciar su ancha espalda en todo su esplendor.

Se agita un poco e intenta tragar, pero siente la boca totalmente seca. 

—Pablo, te toca repartir.

El tonito socarrón de Scaloni sacude violentamente a Aimar. Sintiendo sus cachetes calentarse, agarra el pilón de naipes y hace lo suyo, mirando a cualquier lado que no sea el cuerpo pujatense, ni el de Samuel, quien ha decidido seguir a su compañero y quedarse con el pecho descubierto. 

—Fabi.

El aludido, que había quedado un poco pasmado ante la exhibición de Walter, levanta sus cartas.

Pablo respira hondo. Ambos equipos tienen sólo cuatro prendas, por lo que necesita su concentración plena. Estudia sus cartas detenidamente. Siete de oro, siete de bastos y cinco de oro. Hace las señas correspondientes y, al recibir el guiño y la mordida de labios de Roberto por respuesta. El ancho de basto y un tres . Tiene que aguantarse la sonrisa para no cagarla. Saldrían victoriosos de esa partida, del juego y, lo más importante, verían al otro equipo desnudarse.

Walter suelta un exagerado estornudo y Lionel, sobresaltado, suelta los naipes por accidente. Los recoge con rapidez y se reacomoda.

—Te pasa por seguirlo a este descocado —regaña Pablo al hombre a su derecha. Luego se vuelve hacia el pujatense —¿Querés cambiarlas?

—¿Las vieron? —pregunta. Aimar y Ayala niegan —Entonces está todo bien.

—Como quieras. 

Walter juega un tres y Roberto tira el suyo. Si Lionel tira una más baja, empatarían e irían a la mejor para la victoria. Pero hace primera con un siete de espadas.

—¿Del envido no se habla, muchachos? —cuestiona Aimar. 

—Te habló a vos, gringo —responde Walter.

—Quiero. 

Roberto señala con la cabeza el tres de la mesa y Lionel suelta un confiado veintiocho. 

—Treinta y dos son mejores —replica Pablo, socarrón, antes de tirar un cinco de oro —Te dejo hacer primera.

Walter arroja un seis de espadas. 

—Uf, con ese seis le podías hacer frente a mi envido. Lástima. 

—Sí, lástima —concuerda Lionel, aparentemente divertido por el repentino ataque charlatán de su compañero —Truco, muchachos. 

Al ser el ganador de la primera ronda, arranca la segunda tirando un siete de copas.

—Quiero retruco —contraataca el cordobés.

—Quiero —canturrea Lionel —Vale cuatro —añade, mirando al más bajo desafiante.

Pablo mantiene la conexión visual, un poco mareado a causa del fernet (no porque esas dos orbes oscuras fijas en él le quiten el aliento, para nada). La apurada lo descoloca un poco.

—Para hoy, eh.

Pablo sabe que puede decir que no, perder tres puntos y enfrentarse en una última ronda a todo o nada. ¿Pero dónde está el desafío en aquello, pudiendo acabar el juego en ese mismo momento y sacarse por fin las ganas de ver a su compañero sin ropa? Ni siquiera lo consulta con Ayala.

—Quiero.

Scaloni suelta el siete de copas con una leve sonrisa. Aimar tira el siete de oro, anunciando los treinta y dos en la mesa, y observa totalmente satisfecho como Walter deposita su dos de oro en el montón. Roberto termina con una sota de espadas. Están oficialmente a una ronda de los cinco puntos le darían a la dupla Aimar-Ayala la completa victoria.

Revolea satisfecho su siete de basto y espera, con los brazos cruzados. 

Walter responde con el uno de copas, pero Pablo casi no se inmuta. En su lugar, echa una ojeada de refilón hacia el pantalón de Lionel. Se muere por saber que hay debajo de las capas de tela. Si bien sus siempre ajustados pantalones no suelen dejar mucho a la imaginación, nunca lo ha visto sin ellos, a pesar de haber compartido pieza en reiteradas ocasiones.

—La puta madre.

La ensoñación de Aimar se ve interrumpida por la puteada susurrada de Roberto, quien tira su as de basto y se se tapa la cara con frustración. Pablo permanece confundido, sin comprender la reacción de su compañero de equipo, hasta que repara en las cartas sobre la mesa. Mira a su izquierda en el momento exacto en el que Lionel, con una gigante sonrisa cruzando su rostro, se pasa el as de espadas por la lengua y lo pega en su frente.

Perdieron. 

—Creo que tenés un desafío por cumplir —se mofa Scaloni. 

—Andate a cagar, Lionel —refunfuña el bajito. 

—Después de que cumplas la prenda —insiste el otro. Le tironea la parte baja de la camiseta —No seas mal perdedor, Pablito.

El de rulos bufa, pero obedece. Se saca primero la media, seguida por la camiseta de AFA. Procede a pararse en su lugar para terminar su tarea. Se sostiene del hombro de Scaloni para sacarse el jogging, un pie a la vez..

Cuando la única prenda que le queda es el slip negro, el riocuartense se detiene, dubitativo.  

—Tengo una idea —habla Scaloni, e ignora el murmullo quejumbroso del bajito, que suena a algo como "Tus ideas de mierda me trajeron hasta acá" —Podés no desnudarte completamente —comienza —Pero, por no cumplir tenés que desfilar. Hasta el final del salón —extiende el brazo —Dos veces —agrega, levantando el índice y el mayor.

—¿Desfilar? —escupe Pablo incrédulo —Lionel, parece que tenés quince años.

El director técnico se limita a cruzarse de brazos, impasible. Lo observa fijamente con sus ojos oscuros y labios rectos en una mueca de firmeza. La piel de Pablo vibra y su respiración se vuelve superficial. Decide que haría cualquier cosa que Lionel le pida si eso significa tener la total atención del contrario en él y sólo en él.

Se mueve con lentitud hacia el sector señalado, en una marcha que espera que sea sensual. Usa un punto fijo de la pared como soporte visual y se concentra especialmente en balancear sus caderas de un lado hacia el otro, sacando un poco de culo en el proceso. Al girar para volver, comprueba que Scaloni ha descruzado los brazos para apoyarlos en sus cuádriceps, inclinando el tronco hacia adelante y observando el andar cordobés con atención. 

Aimar vuelve caminando con la misma lentitud, contoneándose, hasta llegar frente a Scaloni. El santafesino lo observa desde su lugar un par de cabezas más abajo y Pablo sonríe, satisfecho, antes de girar para completar su segunda vuelta.

 

Walter mira con diversión la cara de boludo con la que Lionel recorre el cuerpo de Pablo. Los ojos del santafesino suben y bajan con rapidez, como si no pudiera elegir un punto donde fijar la vista, y sus labios están entreabiertos. Le hace un chiste sobre limpiarse la baba, que el otro ignora olímpicamente.

Samuel recuerda de repente que aún hay un perdedor que no ha cumplido su parte de la apuesta y se gira a su izquierda con la intención de hacerle a Ayala un comentario al respecto, pero la chicana muere en su garganta cuando ve al entrerriano totalmente desnudo en su silla. Tiene el tobillo derecho cruzado sobre la rodilla izquierda, de forma tal que llega a tapar su entrepierna y observa la escena frente a ellos imperturbable. La mandíbula del ex Boca cae cuando posa su vista en los muslos torneados del contrario y no puede resistirse a estirar el cuello, buscando aunque sea un vistazo de lo que se esconde entre ellos, cuando el Ratón se encorva hacia adelante para alcanzar el vaso frente a él.

Al sentirse observado, Roberto se gira hacia Walter y, con una sonrisa descarada, toma un sorbo de su fernet. Vuelve a posar el vaso junto a las cartas olvidadas, entrelaza los dedos sobre su regazo, tapándose cuidadosamente con ellos, y descruza las piernas.

—¿Sabés una cosa? —susurra, inclinándose levemente hacia Samuel, sin romper contacto visual —No era necesario hacer esta estupidez del jueguito si querían ponernos en bolas.

—Fue idea del gringo —responde el Muro, con la garganta completamente seca.

Ayala se ríe.

—Siempre igual de boludo aquel —se burla, reacomodándose en la silla y volviendo a cruzar las piernas. Walter aprovecha a pasear su vista por todo el cuerpo del contrario —Te puedo asegurar que, si simplemente lo encaraba, Pablo agarraba viaje. Y yo también —añade, con los ojos brillantes.

Samuel traga con ruido. No sabe bien qué responder a eso, por lo que desvía su mirada hacia el frente.

 

Del otro lado de la mesa, Scaloni está embelesado por Aimar parado frente a él en ropa interior. Aferra sus rodillas con fuerza, aguantando las ganas de extender las manos y tocar la piel pálida de su cintura fina, que contrasta perfectamente con la tela slip oscuro. El alcohol se ha desvanecido completamente de su sistema y puede sentir los pantalones un poco más ajustados que antes.

—¿Ya cumplí mi castigo, Lio?

El aludido se para y reduce la distancia entre ellos. El enano maldito sabe lo que esas palabras causan en el cuerpo del pujatense, lo demuestra ese brillo travieso en la mirada y la sonrisa desafiante que le dedica. Pablo levanta su brazo y, rozando apenas la frente del técnico, despega de su piel la carta que aún tenía adherida. Lionel baja un poco su rostro, pero su siguiente movimiento es interrumpido por una tos de Ayala. Los dos pegan un salto instintivo. 

Walter descubre a Roberto parado a medio vestir. Sólo alcanza a ojear los glúteos del otro antes de que los cubra con el short deportivo, sin preocuparse por ponerse los calzoncillos.

—Es un poco tarde, ¿no les parece? —comenta el entrerriano —Muy lindo todo, pero yo me voy a dormir —lanza una mirada significativa a Samuel, quien se levanta y se viste presuroso. 

—Sí, tenés razón —Lionel se aclara la garganta antes de continuar —Yo también me voy —lo mira al de rulos —¿Venís, Pablo? Quiero aprovechar y comentarte un par de cositas.

—Te sigo, gringo.

Aimar se limita a ponerse la campera y calzarse las zapatillas, cargando el resto de la ropa en un bollo desprolijo. Scaloni agarra sus cosas con una mano, el brazo del cordobés con la otra y sale así, medio desnudo. Gritan un saludo rápido antes de alejarse a grandes zancadas del lugar. Ayala y Samuel hacen lo propio, casi trotando a la pieza del primero.

Ninguno de los ex River nota al salir que debajo de la silla que previamente ocupaba Lionel descansan dos sotas arrugadas.

Notes:

tenía este os guardado hace un tiempito sin animarme a subirlo, pero prometí postearlo si pasábamos a la final de la copa así que acá tamo :P espero que no haya sido aburrida la parte del truco😭
si no se entendió el final me lastimo(?