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Besos de ambrosía

Summary:

La ambrosía era el alimento de los dioses, que les permitía conservarse jóvenes y hermosos.

*7 fics que responden a los prompts del Reto "Un montón de besos", de "El antro".

Modo Fácil.
Cada capítulo se identifica con el prompt y la pareja correspondiente.

**AVISO /WARNING:Cada fic cuenta con tags específicos en la nota inicial.

Chapter 1: Primer beso. Ship: Zeus/Ganimedes

Notes:

Underage. Secuestro. Primer beso. Zeus (eso en sí es una etiqueta en sí)

Chapter Text

Con dedos crispados, se aferró a las plumas que cosquilleaban en sus mejillas y nariz.
¿Qué había pasado? ¡Ni siquiera estaba seguro!
Durante casi un mes estuvo contemplando al ave, y se preguntó qué se sentiría sobrevolar la ciudad, la colina, la costa… y más allá, hacia el mar abierto.
La primera ocasión en que el águila se posó en una roca a unos palmos de él, Ganimedes contuvo el aliento, perplejo. ¡Era colosal! Sus garras y pico podrían desgarrar a un novillo fácilmente. Mas, el animal no parecía tener interés en un niño humano.
La majestuosa ave siguió viniendo, y cada tarde, se posaba más cerca. Hasta que un día, el chico se atrevió a alargar una mano y rozó las plumas oscuras de las alas. Poco a poco, las caricias se aventuraron más a la espalda, el cuello, la coronilla…
Así de cerca, el muchacho se sorprendió mirando una pupila negra, rodeada de un iris dorado – como el oro con que se adornaban reyes y las estatuas de los númenes.
Por largas jornadas, el hijo del rey Tros había solo esperado las horas en que se sentaba en compañía del enorme pájaro, acariciaba sus plumas y contemplaba sus ojos. Pero esta tarde, cuando el ave llegó, Ganimedes se abrazó a él.

—Ya no podré venir a visitarte —murmuró —. Ya es tiempo de volver al palacio, con mi padre y mis hermanos.

El animal lo miró fijamente y el adolescente estuvo convencido de que lo entendía.

—Tal vez un día te arriesgues a venir a la ciudad, a casa — propuso, medio sonriendo.

El águila quedó quieta, solo sus ojos dorados dilatándose y empequeñeciéndose. Entonces, abrió las alas. 
El muchacho cayó al suelo, sorprendido; pero antes de recuperarse, el ave aleteó, se sostuvo por encima del piso… y alzó el vuelo. Con el chico aferrado en sus garras.
Al principio, ni siquiera pudo gritar, solo capaz de intentar mantenerse a salvo. Espantado, percibió que la tierra se alejaba y pronto, las nubes pasaban a su lado.

—¡¿Qué haces?! —reclamó, el viento hiriendo su boca —. ¡Por favor! ¡Por favor!

Y lo soltó.
El muchacho gritó – rasposo y agudo – y plumas oscuras detuvieron su caída. Se aferró al lomo del ave y guardó silencio, intentando comprender.
Perdió el tiempo de cuánto llevaban volando – cada vez más arriba, las nubes de blancas a grises… a doradas. Por fin, el aire se tornó cálido y sintió que se posaban en tierra firme.
Despacio, se deslizó de encima del águila. Pero, al bajar la vista, notó que sus sandalias se sumergían en niebla cálida y algodonosa. ¡Nubes! Caminaba entre nubes.
Giró en el lugar… y su corazón se saltó un latido: donde antes estuviera el águila, se encontraba en pie un hombre. Alto y robusto, de clámide nívea y bucles frondosos. Pero lo que confirmó su identidad fue la poblada barba en que se confundían rizos dorados.
Sin vacilar, el muchacho se dejó caer de hinojos y mantuvo el cuello doblado.
Percibió que el dios se acercó y se agachó para tomarle la barbilla con dos dedos, delicadamente. El adolescente apenas sostuvo un instante la mirada como oro y relámpago antes de que el otro se inclinara y presionara un breve beso en su boca entreabierta.

—Bienvenido al Olimpo, hermoso Ganimedes —murmuró Zeus, todavía contra los labios temblorosos del príncipe troyano.